Novedades

Diario de Bertrat Banji

Orador

Bolsa de la Bolsa Planar
Registrado
24/11/08
Mensajes
829
N A S H K E L
A R A Ñ A S
C A J A S

Si algo he aprendido en mi impecable, heroica y absolutamente envidiable carrera, es que cuando una cueva intenta matarte una vez… lo más sensato es volver mejor preparado. O, en su defecto, más guapo. Y de eso último, por suerte, voy sobrado.

Allí estábamos otra vez. Nashkel. Cementerio. Agujero sospechoso en el suelo. El mismo por el que la última vez salimos con menos dignidad que un goblin en calzoncillos y con el recuerdo imborrable de tres desgraciados que explotaron como sandías podridas cuando intentamos ayudarles. Buen día aquel.

—Voy primero —dije, porque claro, alguien con liderazgo natural tiene que dar ejemplo.

Y bajé. Bueno… “bajé”. Resbalé como si el suelo estuviera untado en manteca de ogro, perdí el equilibrio, giré con una elegancia que solo los elegidos poseen y aterricé con un sonoro ¡PUM!

Desde arriba se hizo el silencio. Luego, mi voz, clara, firme, inspiradora.

—¡Me cago en las cuerdas y en el puntito de la I!

Porque uno puede caer, sí… pero jamás perder el estilo.

El resto bajó después, menos espectacular, claro está. Nadie puede competir conmigo en eso. Kath, ya Teniente (bien merecido, aunque todos sabemos quién es el referente), Xyen, ahora soldado,se le veía con ganas, el chaval, Gwen con su golem, Madeleine, Sariel y Mernaline. Un equipo sólido. Pero sobre todo, un equipo conmigo en él. Avanzamos. Y entonces… las arañas. Pequeñas, medianas, grandes, gigantes… aberraciones con patas. De colores que no deberían existir. Olores que tampoco. Juraría que una sabía a queso rancio solo con mirarla.​
b0bbdf51-6f43-40e4-abe5-1d32ee57bf3a.jpeg
Pero ahí estaba yo. Matilda en mano. Mi fiel compañera.

—Es normal —dije mientras barría docenas con una facilidad insultante —soy el mejor de los Banji, ¿a que sí, Kemper?

Silencio. Me quedé quieto un segundo. Miré alrededor. —…Mierda. Kemper no estaba. Y no es por decir, pero mis mejores frases siempre pierden fuerza sin su presencia para admirarlas. Seguro que estaba limpiando letrinas o haciendo algo igual de acorde a su nivel.

Suspiré, dramático, y seguí aniquilando arañas con precisión quirúrgica. Xyen lo daba todo, hay que reconocerlo. Pero el título de “la flecha del norte” no me lo regalaron y debía dar ejemplo.

Tras despejar medio ecosistema arácnido, llegamos a… eso. Un agujero. No uno cualquiera, no. Un agujero lleno hasta arriba de telas de araña, como si alguien hubiera decidido tejer su testamento ahí dentro.

Gwen, muy decidida, mandó a su golem de hierro. El golem entró. El golem se atascó. Magnífico.

Mernaline, sin perder el entusiasmo (ni el juicio, aparentemente), decidió intentarlo ella.

Se metió. Se atascó. Aquello empezaba a parecer una colección de errores.

—Apartaos —dije, porque obviamente era momento de que interviniera el talento. Me metí. Con una daga en mano empecé a cortar telas mientras, detrás, el resto tiraba de Mernaline como si fuera un nabo gigante atrapado en la tierra. Finalmente, plop, salió.

Entrada despejada. De nada.

Dentro encontramos un cubículo. Cajas. Muchas cajas. Drogas, sustancias, cositas “divertidas” que harían llorar de emoción a cualquier contrabandista… y una caja fuerte enorme.

La miramos. Ella nos miró. Intentamos abrirla. Durante un buen rato. Sin éxito.

Para una vez que Kemper serviría para algo… —murmuré—Seguro que está limpiando letrinas… le gusta.

Y entonces, Madeleine, con esa mezcla de magia y ocurrencias que tiene, lanzó un conjuro.

Y la caja… …creció patas. Ridículas. Pequeñas. Absolutamente indignas. Pero patas al fin y al cabo. Y empezó a caminar. —Bueno —dije—esto mejora mi día.

Así que ahí estábamos: nosotros, cubiertos de polvo, telarañas y gloria… y una caja fuerte caminando como si fuera de excursión con nosotros. Salimos. Y entonces lo vimos. Las arañas.

Cienes y cienes. Mirándonos. Quietas. Vigilantes. Pero sin atacar en silencio.

La tensión se cortaba con un virote silbante, yo, por supuesto, imperturbable.

—Interesante… —murmuré, acariciando a Matilda—. O esa caja tiene algo que les importa… o algo que temen.

Miré a la caja de patitas. Ella siguió caminando, feliz, como si nada. Sonreí.

Sea lo que sea… pronto lo abriremos.

Porque si hay algo seguro en este mundo, es esto:

Si Bertrat está en la historia… la historia se resuelve. Y con estilo.

El capitán me encomendó éxito en misión. Y no solo ha sido exitosa, si no que ha sido estilosa. El ascenso pronto será mío.

Offtopic :
Gracias @DM Astral y @DM Caotica por la escena. Estuvo genial.

 
Última edición:

Orador

Bolsa de la Bolsa Planar
Registrado
24/11/08
Mensajes
829
B O D Ó N
K A T H
V R A A S K

Jamás olvidaré la boda de Kath y Vraask en los Jardines, en Agujas de Oro. Y no porque fuese emotiva, elegante y llena de amor verdadero… que también. Sino porque fui yo, Bertrat, quien llevó a la novia al altar. Y eso, amigos míos, no es una tarea menor. Uno no acompaña a una mujer como Kath a dar el paso más importante de su vida sin sentir el peso de la responsabilidad… y de la posibilidad de que salga corriendo. Ella no sabía que yo era el indicado para llevarla, lo supo en ese momento, ¡y que feliz le hizo! Nadie mejor que este hin para llevarla al altar… estaba claro.

Horas antes de la ceremonia encontré a Kath hecha un manojo de nervios. Ida. Perdida. Caminando de un lado a otro como una recluta antes de una inspección sorpresa. Y claro, tuve que intervenir. Porque para eso estoy yo, para aportar calma, sabiduría y una perspectiva realista sobre la vida.

Kath —le dije apoyándole ambas manos sobre las suyas—. ¿Eres consciente del peso de las palabras “sí quiero”?

La pobre palideció.

Y continué, porque ya estaba metido en harina:

—Mi tía… la madre de Kemper… también dijo “sí quiero”. Y a mí tío le cayó encima un peso enorme. Enormísimo. Porque desde entonces ella engordó. ¡Pero muchísimo! Gorda como un jabalí terrible. Como una vaca subida encima de otra vaca. Una auténtica tragedia logística para las sillas.

Kath me miró y no pudo contener la risa.

—Así que imagina el peso real de ese “sí quiero”.

Creo que no ayudé mucho, pero la hice reír entre lágrimas, y eso cuenta como apoyo emocional.

Los jardines estaban preciosos. Rosas rojas por todas partes, velas aromáticas, músicos tocando melodías tan delicadas que parecían obra de los propios ángeles de Sune. Y allí estaba Fey, la paladina de la diosa, oficiando la ceremonia con esa mezcla de solemnidad y belleza que tienen las personas demasiado perfectas para este mundo.

Entonces llegó el gran momento.

Entré del brazo de Kath mientras todos los presentes se giraban. Vraask esperaba al final del altar con cara de haber derrotado dragones sin pestañear pero estar ahora mismo a punto de desmayarse. Y no le culpo. Porque madre mía el mujerón que se llevaba.
IMG_2404.jpeg

La ceremonia fue preciosa. Especialmente el Rito de la Rosa. Fey entregó una rosa y les pidió que la sujetasen por el tallo hasta clavarse las espinas. Sangre por amor. Dolor compartido. Compromiso eterno. Muy romántico todo mientras yo pensaba que aquello tenía un riesgo de infección considerable.
IMG_2405.jpeg
Pero funcionó. Porque cuando se miraron después… ahí había amor del bueno. Del de verdad. Del que hace que incluso un tipo curtido como yo se emocione un poco. Muy poco. Lo justo.

Y luego llegó lo importante.

Los discursos. Por supuesto hablé yo primero. ¿Quién si no?

Me levanté y el salón entero quedó en silencio. Algunos nerviosos. Otros expectantes. Todos conscientes de que estaban a punto de escuchar historia viva.

Hablé del amor. Del honor. De lo majos que eran los novios. De la paciencia infinita de Kath por soportar a Vraask y de la suerte obscena de Vraask por encontrar a Kath. Hablé del futuro que les esperaba, de los hijos que quizá tendrían, de las alegrías y dificultades de la vida compartida.

Y entonces bajé muchísimo la voz. Tanto que todos tuvieron que inclinarse hacia delante para escucharme.

—Y recordad… vuestro primogénito… debe llamarse Bertrat.

Los novios se rieron. El público estalló en carcajadas. Y entonces alcé la copa hacia el techo y grité:

—¡¡GLORIA A AMN Y A LOS CONTRAYENTES!!

Lo repetí dos veces más porque la acústica era excelente. En ese momento vi el orgullo en los ojos del capitán Ewan, me adora.

Después habló Samira. Resulta que Kath le había pedido investigar la vida amorosa y sexual de Vraask antes de formalizar la relación. Menuda pájara la teniente Kath. Ahí hubo archivos, entrevistas, probablemente seguimientos nocturnos… un trabajo digno de espías internacionales.

Samira aseguró que Vraask había pasado la auditoría sentimental con nota aceptable, dijo unas palabras muy bonitas sobre confianza y compañerismo y finiquitó el asunto antes de que alguien pidiese detalles concretos.

Luego vino el espectáculo de Briz, la mujer de Fery. No sé exactamente qué hizo. Había luces, movimientos y seguramente arte. Pero yo estaba ocupado hablando con Kitia, la magistrada, que es pareja del capitán Ewan.

Y ahí sí que hice labor diplomática de verdad.

Les expliqué que debían casarse. Tener tres hijos. Llamar al primogénito Bertrat. Todo muy razonable. Muy normal.

También comenté lo fácil que lo tiene una elfa cuando se casa con un humano.

—Porque claro —dije mientras gesticulaba con las manos— ella vivirá cienes y cienes de años… y él… bueno… sesenta, setenta si come verduras. Luego podrá buscarse un consorte más adecuado.

Kitia casi se atraganta de la risa.

—Pero esto no se puede hablar con Kath —añadí señalando discretamente a la novia—. Se pone nerviosa. Así que hay que meterlo en la caja de las cosas que no se dicen… y tirar la llave.

La magistrada es un encanto de mujer. Inteligente, divertida y elegante. El capitán Ewan, en cambio… bueno… es el capitán. Con esa cara de pasillo mal iluminado y más seco que un bocadillo de polvorones. Uno nunca sabe si está emocionado o pensando en inventarios militares.

Y entonces ocurrió. Kath lanzó el ramo. El tiempo se detuvo.

El ramo voló por el aire describiendo un arco glorioso mientras todos conteníamos el aliento.

Y lo atrapó Kitia. No pude contenerme.

Salté de la silla señalándolos como un profeta iluminado por los dioses.

—¡¡SERÁN LOS SIGUIENTES!!

La sala entera rompió en vítores y aplausos mientras Ewan ponía exactamente la misma cara de siempre, lo cual en su caso probablemente significaba pánico absoluto.

Esto seguramente me costará limpiar letrinas junto a Kemper durante un mes. Si es que encuentro a Kemper. Hace muchísimo que no lo veo. Seguro que está tan gordo como su madre.

Y así terminó la boda.

Con fiesta, abrazos, vino, canciones, gente llorando de felicidad y una sensación maravillosa de estar viviendo uno de esos días que se contarán durante generaciones.

Una boda épica. Como debía ser.
Offtopic :
Gracias a @Manny_LoneWolf por organizarlo, a @Kath Cantolunar por ser tan GENIAL como siempre y a @Vys por aguantar al mediano más grande que hay
 
Última edición:

Orador

Bolsa de la Bolsa Planar
Registrado
24/11/08
Mensajes
829
E L P R I M O
D E M A T E O
P U R S K U L L

Aquella mañana en Purskull olía raro. Y cuando digo raro, no hablo del típico olor a pescado muerto, barro húmedo y sobaco de mercenario que tienen todos los pueblos portuarios. No. Aquello olía a problema. Del gordo.

Todo empezó por culpa del “Primo de Mateo”. Sí, ya sé cómo suena. Pero cuando en aquella caja fuerte de Nashkel encontramos la nota que decía “mi primo Mateo siempre me invita a comer”, quedó claro que ahí había tema. Y cuando un Banji ve una pista, la sigue. Sobre todo si puede acabar con gloria, misterio o disparos. Y si son las tres… mejor.

Así que nos fuimos a Purskull. Nada más llegar, una aldeana se acercó a mí. Normal. Mi presencia impone. Hay gente que entra en una taberna y pide cerveza. Yo entro y la cerveza se sirve sola por respeto. La mujer, nerviosa, nos habló de desaparecidos, de gente que no volvía, de cosas raras cerca del puerto… le pregunté por el número 19 de la calle. Su cara lo dijo todo… El problema es que la calle acababa en el 17. Una sastrería. Pero otros hombres le preguntaron sobre ese número y fueron al sur.

Aquello ya olía todavía peor.

Fuimos hacia el sur investigando, aunque Astrid y yo… bueno… nos entretuvimos un poco hablando con la aldeana. Hay que mantener alta la moral del pueblo. Es parte del deber de un héroe legendario.

Y entonces apareció. La bruma. Una masa verdosa y nauseabunda arremolinándose junto al puente, al lado de donde deberían estar los barcos… pero no estaban. Porque cuando una niebla maldita devora un puerto, la gente suele coger sus cosas y largarse. Los inteligentes al menos.​
ee68cbb3-1aa2-4939-a71c-7d3f48cfd58a.jpeg
Ante nosotros emergió aquella casa. Imponente. Enorme. Demasiado enorme.

Varias plantas elevándose entre la bruma como si la mismísima oscuridad hubiese decidido construirse una mansión. Astrid fue a avisar al resto. Yo me quedé. Firme. Matilda en la mano. Mirando aquella cosa sin apartar los ojos. Esperé lo justo para que Astrid se alejase… y entonces fui yo también a avisar a los demás. Porque una cosa es ser valiente y otra ser idiota.

Cuando volvimos… empezó la fiesta. Cienes y cienes de humanoides infectados salieron de la bruma. Asquerosos. Retorcidos. Gruñendo como Liam cuando le despiertan temprano. La batalla fue épica. Virotes volando. Acero chocando. Gritos. Sangre. Más sangre.

Y allí estaba yo. Bertrat Banji. Matilda cantando muerte. Ninguno consiguió tocarme. O casi ninguno.

Hubo un momento en que aquella maldita niebla me golpeó la mente. Sentí mi espíritu tambalearse y caí de rodillas unos segundos. Recuerdo ver a Fery ayudándome a levantarme… y tengo que reconocerlo: Briz tiene suerte. Despertarte cada mañana viendo semejante mujerón debe ser una bendición de los dioses.

Aunque sigo pensando qué saldría de un hin y una semiorca. Probablemente alguien muy peligroso… y con mucho apetito.

Pero bueno, que me lío.

Entramos en la casa y aquello era aún peor por dentro. La bruma se pegaba a la piel. Los ojos escocían. Todo daba asco. Y más infectados seguían apareciendo.

Pero ahí fue donde Matilda y yo dimos un recital.

Qué precisión. Qué elegancia. Qué violencia tan perfectamente ejecutada.

Era imposible no admirarme. Yo mismo lo habría hecho de no estar ocupado salvando vidas.

Avanzamos buscando la cocina, porque si alguien invita a comer, la comida tiene que estar en alguna parte. La trampilla la encontró Liliana, hay que reconocerle mérito cuando lo tiene, y bajamos por un pasillo estrecho hasta llegar al corazón de toda aquella pesadilla.

Y allí estaba. La esfera. Gigantesca. Pulsante.

Vomitando aquel humo verde enfermizo que convertía la piel en lija y el aire en veneno. En cuanto la vimos entendí que aquella cosa estaba detrás de las brumas, de los infectados y probablemente de media docena de desgracias más.

Y allí también estaba el Primo de Mateo.

Spoiler: no invitaba a comer a nadie.

La esfera empezó a susurrar cosas. Algunos quedaron fascinados. Liliana y alguno más se acercaron a tocarla como si fuese una joya brillante en mitad de un mercado.

Pero mi voluntad es férrea. Inquebrantable. Disciplina de soldado legendario.

Mientras otros dudaban, yo gritaba:

—¡¡NO LA TOQUÉIS!!

La esfera, claro. Porque hay que especificar estas cosas.

Los que consiguieron sobreponerse al influjo empezaron a reaccionar también, pero el Primo de Mateo ya estaba completamente perdido. Empezó a desvariar:

La bruma os consumirá… veneradla… todos debéis venerarla…

Y ahí entendí que había llegado el momento. El momento Banji.

Levanté a Matilda. Apunté. Y entonces…

Blam. Blam. Blam. Blam.

Los virotes atravesaron el aire y aquello se convirtió en un caos glorioso. Infectados, humo, gritos, acero y magia por todas partes. Pero al final, entre todos, abatimos al Primo de Mateo y conseguimos sacar a los demás del influjo de la esfera.

Encontramos a los desaparecidos. Destruimos aquella locura.

Y regresamos a Purskull como auténticos héroes.

Aunque el asesino sigue suelto. Y eso me fastidia.

Porque mientras quede alguien ahí fuera jugando con la bruma… Bertrat Banji todavía tiene trabajo.

Y honestamente… creo que el mundo debería empezar a preocuparse.
Offtopic :
Gracias @DM Astral y @DM Caotica por la escena, ha estado genial
 

Orador

Bolsa de la Bolsa Planar
Registrado
24/11/08
Mensajes
829
B E R T R A T
V S
Z Y O N

No hay espectáculo más glorioso que ver a un hin enfadado. Bueno… quizá dos hines enfadados y armados hasta los dientes. Aquella noche, entre la niebla y el hedor a tumba abierta, el bueno de Zyon y yo demostramos por qué los bardos deberían cobrarnos por adelantado antes siquiera de cantar nuestras hazañas.

Los tumularios venían por cienes y cienes.

Bueno… quizá no miles. Pero suficientes como para que un humano promedio se hiciera encima tres veces y pidiera a su madre entre sollozos. Los muertos avanzaban con esos andares torpes que tienen los cadáveres, como nobles borrachos saliendo de un banquete. Y ahí estaba yo, Bertrat Banji, con Matilda entre las manos, reluciente, perfecta… una obra de arte mecánica creada para repartir democracia a virotazo limpio.

—¿Preparado para ver cómo dispara un arquero de verdad? —me dijo Zyon.

Casi me atraganto de la risa. Zyon es bueno, claro. Muy bueno. Tiene puntería, rapidez y todo eso. Pero también quedó segundo en el Torneo de la Flecha del Norte. ¿Y quién quedó primero? Exacto. Un glorioso hin osea yo. Desde entonces le llamo “el segundón”. Con cariño, claro. Bueno… con el cariño justo.

Claro —le dije— Mira atentamente y aprende cómo dispara alguien con la altura correcta.

Porque esa es otra. Los humanos son demasiado altos. Todo les queda lejos. Las mesas están mal hechas, las puertas demasiado arriba, los caballos son gigantescos… un desastre de proporciones. A nosotros nos llaman medianos por algo. Somos la medida perfecta de la creación. Compactos, eficientes y tremendamente letales.

Los tumularios llegaron chillando. Y entonces empezó la fiesta.

BLAM. Matilda escupió el primer virote y le atravesó la cabeza a un cadáver con tanta fuerza que el pobre desgraciado cayó llevándose detrás a otros tres. Zyon soltó una lluvia de flechas que parecían tener vida propia. Uno caía con una flecha en el ojo, otro en la garganta, otro directamente atravesado contra un árbol.

¡Nada mal para ser segundo! —le grité mientras recargaba.

—¡Nada mal para alguien que necesita una máquina para acertar! —me respondió.

Eso me dolió un poco. Mentira. Matilda es más elegante que cualquier arco. Un arco es un palo con cuerda. Matilda es ingeniería, precisión y violencia refinada.

Seguimos disparando durante horas.

Los tumularios se amontonaban tanto que llegó un momento en que ni siquiera apuntábamos. Bastaba con disparar al frente y algo muerto volvía a morirse. El suelo crujía bajo los huesos rotos. Zyon y yo competíamos constantemente.

—¡Cincuenta y siete!

—¡Sesenta y dos, segundón!

—¡Ese estaba ya muerto!

—¡Más muerto ahora!


En un momento especialmente glorioso, un tumulario enorme apareció cubierto de cadenas oxidadas y con una espada tan grande como una carreta.

Zyon tensó el arco. Yo disparé primero.

El virote de Matilda le explotó el pecho como un melón podrido.

—Velocidad de reacción — dije guiñándole un ojo.

—Te odio.

— Me adoras, como todos… no te culpo.


Cuando acabamos, el campo era un cementerio… lo cual, pensándolo bien, probablemente ya lo era antes. Pero ahora estaba mucho más ordenado.

Y entonces llegaron los orcos.

Cientos. Verdes, enormes, rugiendo como si hubieran olvidado cómo usar palabras. Venían cargando colina abajo creyéndose imparables.

Error clásico.

Matilda rugía. El arco de Zyon silbaba. Orcos caían como trigo segado. Algunos rodaban ladera abajo llevándose a otros por delante. Uno recibió tal impacto que juraría que volvió a ver a su madre antes de aterrizar.

Y seguimos avanzando. Pisando cadáveres.

Pisando tantos cadáveres que llegó un momento en que el suelo dejó de verse marrón.

Todo era verde. Verde por todas partes.

Creo que ya no tocamos tierra —dijo Zyon.

Miré abajo. Tenía razón.

Caminábamos literalmente sobre orcos muertos.

Esto —dije orgulloso— es lo más cerca que estará un humano de construir un buen camino.

Zyon se echó a reír mientras disparaba otra flecha entre los ojos de un jefe orco.

Al final, cuando el silencio volvió y sólo quedó el viento moviendo las flechas clavadas en los cuerpos, Zyon se dejó caer sobre una roca agotado.

Admite que hago buen equipo contigo.

Me senté a su lado mientras limpiaba a Matilda.

Claro que sí, segundón. Todo gran héroe necesita alguien que le siga el ritmo.

Y aunque nunca se lo diré demasiado alto… la verdad es que el condenado dispara bastante bien. Para ser humano, claro.
 

Orador

Bolsa de la Bolsa Planar
Registrado
24/11/08
Mensajes
829
La “Redada”

Aquella mañana en el distrito del puerto olía a pescado, brea y corrupción. Lo normal en Athkatla, vaya.

Todo empezó cuando el pomposo, maleducado e inútil noble Gustavo, dueño de los “Tiburones Hermanos”, apareció en los cuarteles lloriqueando porque le habían quemado una taberna. Y yo pensé: “Bertrat, cuando a un hombre le queman una taberna en Amn, normalmente es porque alguien, en algún sitio, estaba hasta los mismísimos de él”. Porque aquí no se incendia una taberna así porque sí. Bueno… salvo la cocina de Kemper, pero eso fue porque confundió aceite con grasa para botas. Pero… no estoy aquí para juzgar, ya que me fui cuando fue a poner la denuncia… estaba claro que un soldado de mi nivel no puede estar a minucias.

El caso es que desde aquella denuncia todo empezó a oler raro. Más raro incluso que la madre de Kemper después de comer arenques en verano y dormir cerca de una estufa.

Y entonces el comandante, en toda su sabiduría, o tras golpearse la cabeza con una puerta, puso al mando de la operación a Retlin.

¡Retlin! Un hombre que llevaba dos deckhanas desde su regreso a las Fuerzas Armadas. Dos. Yo he tenido resacas más largas que su reincorporación. Y aun así allí iba él, caminando como si fuese el mismísimo general de Amn, con ese porte suyo de “sé más que nadie”, aunque luego sus órdenes tuviesen la profundidad intelectual de una cuchara de sopa.

“Entrar y despejar” (se que dijo algo más… pero no viene al caso) Brillante. Magistral. Seguro que pasó toda la noche estudiando estrategia militar para llegar a semejante conclusión.

Fuimos al puerto, a una zona apartada llena de almacenes viejos, muelles húmedos y gaviotas con más mala leche que un inspector de impuestos. Y aquello fue un completo sin dios. No había mando, no había orden y, desde luego, no había diplomacia.
3831b27e-c0f5-48c8-a2eb-0ac0b903818b.jpeg
Porque claro, las “formas” de Retlin ya las conocemos todos. Habla con los ciudadanos como si estuviese interrogando goblins.

Menos mal que allí estábamos la dama Gwenaelle, conocida también como “Orejitas Bonitas”, y un servidor, Bertrat Banji, soldado legendario, orgullo de los Banji y ojito derecho de oficiales, suboficiales y de toda persona con buen gusto y sentido común.

Mientras Retlin iba tensando a los lugareños como si quisiera empezar una guerra civil en el puerto, Gwenaelle y yo fuimos calmando a la gente, ayudando aquí y allá, preguntando, escuchando… ya sabéis, esas cosas extrañas que hacen los soldados competentes.

Y entonces llegamos al almacén. Curioso. Demasiado fácil de encontrar. Demasiado limpio todo. Demasiado conveniente. No insinuaré nada. O sí.

Porque en Amn cuando algo parece demasiado fácil normalmente significa que alguien quiere que lo encuentres.

Antes siquiera de entrar hubo una refriega. Pin, pam, pum. Tipos vestidos de negro aparecieron de la nada atacándonos. Algunos dijeron que eran Ladrones de las Sombras. ¡Ja! Y yo soy un elfo de dos metros.

No, no. Aquellos tipos eran demasiado malos. Demasiado débiles. Los verdaderos Ladrones de las Sombras nos habrían hecho sudar sangre. Bueno… al resto. A mí no. Yo todavía recuerdo lo que le pasó a Migajas cuando decidió cruzarse conmigo. Pobrecillo. Si cierro los ojos aún puedo escucharle gritar.

Ahí fue donde todo empezó a oler peor que la madre de Kemper en una letrina pública.

Porque durante la pelea hubo paladines —sí, paladines— que ni se molestaron en atender a los heridos. No. Estaban demasiado ocupados alabando la “gran gestión” de Retlin. ¿Qué gestión?

Si sus órdenes habían sido poco menos que “id para delante”.

Mientras algunos se adentraban en el almacén como pollos sin cabeza, otros, los más decentes y agraciados por la inteligencia, nos quedamos fuera ayudando a civiles heridos. Porque cuando una anciana está sangrando quizá no sea el mejor momento para hablar de tácticas militares imaginarias.

Después entramos. Y allí dentro… dos cuerpos. Sangre. Rastros de más gente. Pero ningún cadáver adicional. ¿Dónde estaban? Nadie lo sabía. Nadie preguntó… Y no insinuaré nada. Bueno sí, insinuaré muchísimo.

Porque aquello parecía preparado por alguien que esperaba que llegáramos.

Entonces apareció un hombre escondido bajo una mesa. Un cocinero, decía.

Y ahí Retlin vio su oportunidad de hacer cuadrar la historia.

Señaló unos viales y empezó a decir que eran venenos peligrosísimos. Que si Loto Negro, que si toxinas, que si no sé qué sustancias mortales… nombrando venenos que apenas conocían cuatro alquimistas y dos asesinos retirados. Todo muy teatral. Todo muy conveniente.

Acusando al cocinero para que su redada pareciese un éxito. Pero claro. Ahí estaba Bertrat Banji. El muro contra la estupidez.

El escudo de los inocentes, está me ha gustado, soy demasiado ingenioso… normal soy un hin! El hin más alto entre los bajos de los altos de los Banji. Que sí, mido un metro, ¿y qué? También las ballestas son pequeñas y nadie discute lo mortales que son. Y menos discuten a Matilda, oh, la mejor ballesta que ha habido y habrá… aunque la ballesta no hace al ballestero, pero somos el binomio perfecto.

Así que agarré un vial. Lo miré. Y pensé:

“Bertrat… ¿quién en su sano juicio guarda veneno mortal junto a la cocina y luego se esconde debajo de una mesa?”

Me acerqué al cocinero y le dije:

—Cocinero, cocinero… si decís que todo esto es legal y nada hay que temer… bebed de este vial y demostradlo.

Y justo cuando el hombre iba a cogerlo, Retlin saltó como un gato al que pisan la cola.

—¡¿Qué hacéis?! ¡Lo vais a envenenar!

Claro. Porque hace un momento estaba segurísimo de que aquello era veneno mortal… pero de repente no quería comprobarlo.

Curioso. Muy curioso. Y encima me acusó de querer matar al hombre. A mí.

¡A Bertrat Banji! Solo un tonto se creería eso. Y si algo he aprendido en Amn es que no caben más tontos. Si entra uno más, alguien tiene que salir.

Cuando abandonábamos el lugar, una muchacha se me acercó furiosa diciendo que denunciaría mi actuación a mis superiores.

Y yo, con la serenidad y elegancia que me caracterizan, le respondí:

—Haced lo que tengáis que hacer.

Porque cuando uno tiene razón no necesita temer a los informes. Bueno… salvo si los escribe Retlin. Ahí sí conviene preocuparse un poco.

Ya fuera del almacén se me acercó Samira. La detective más grande que ha dado Amn. Una mujer con más ojo que veinte exploradores y más cerebro que media oficialidad junta.
IMG_2885.jpeg

Me mostró el emblema de los atacantes. Y ahí quedó claro. No eran Ladrones de las Sombras. El símbolo no correspondía. Otra banda, Los Cuchillos de Fuego, de otro distrito, de la puerta Oeste. Otra pieza que no encajaba.

Guardé el emblema y pensé:

“Esto huele peor que la madre de Kemper después de pasar tres días encerrada en una letrina… quizás por eso a Kemper le gusta tanto limpiarlas. De pequeño debió pasar demasiado tiempo allí dentro.”

Y mientras regresábamos, con el puerto aún cubierto de humo y gritos, una idea empezó a clavarse en mi cabeza.

Aquellos venenos probablemente no eran venenos. Aquellos atacantes no eran quienes decían.

El almacén apareció demasiado fácilmente.

Y demasiada gente parecía interesada en que todo terminase rápido y sin preguntas. Y cuando en Amn quieren que no hagas preguntas…

Es precisamente cuando Bertrat Banji empieza a hacerlas… Bueno, yo siempre hago preguntas… porque con decía mi madre, la Banji delgada.

“Sn curiosidad no hay cultura Bertrat”
Yo prefiero pensar:

“Saciar mi curiosidad me llevará lejos, ¿donde? A lo más alto que un Banji puede llegar”
 

Orador

Bolsa de la Bolsa Planar
Registrado
24/11/08
Mensajes
829
EL DÍA DEL
JUICIO
ABANDONO

Siempre pensé que si algún día acababa sentado ante un tribunal militar sería por algo glorioso. Qué sé yo… defender una muralla hasta el último virote de Matilda, prender fuego a un campamento enemigo por accidente —o por exceso de entusiasmo— o darle una bofetada a algún demonio que se creyera más listo que un hin.

Pero no.

Acabé sentado frente al comandante Pudhen por intentar evitar que muriera gente.

Tiene bemoles.

Entré en la sala con la misma tranquilidad con la que uno entra en una taberna sabiendo que no lleva dinero. Si te van a echar, al menos que sea con dignidad. Allí estaban el capitán Ewan, tan recto como siempre; el capitán Gianluiggi, dispuesto a escribir hasta el color de mis calzones; Retlin, con esa sonrisa de quien cree haber ganado antes de empezar; y el comandante Pudhen, que tenía delante más informes sobre mí que recetas tiene la madre de Kemper, la gorda.

Suspiró.

—Tiene más crímenes usted que toda la Iglesia de Selûne en Amn…

Reconozco que aquella frase tenía gracia.

Vi incluso a Retlin taparse la boca para no reírse.

“Buen comienzo”, pensé.

Luego llegaron los cargos. Desobediencia. Obstrucción a la justicia. Intento de homicidio. Calumnias contra oficiales. Me faltó preguntar si también me acusaban de provocar la lluvia y de que la cerveza se calentase.

Cuando me preguntó cómo me declaraba ni pestañeé.

—No culpable.

Porque no lo soy. No negaré jamás lo que hice. Lo repetiría exactamente igual. Desobedecí a Retlin. Claro que lo hice.

Cuando un hombre pierde el norte y empieza a tratar a inocentes como si fueran sacos de grano, alguien tiene que recordarle que llevamos un uniforme para proteger al pueblo, no para aterrorizarlos. Si eso es desobedecer… entonces desobedecí.

Y dormiré igual de bien.

Intentaron hacerme parecer un asesino porque ofrecí un vial al Cocinero. La escena era tan absurda que aún hoy me hace gracia.

¿Sabía usted algo de alquimia?

—No.

—¿Y aun así intento que se lo bebiera?

—Sí.


Silencio. Todos esperaban que aquello me hundiera. Pero seguían sin entenderlo.

Si un criminal sabe que un frasco contiene veneno… no se lo bebe.

Era la forma más rápida de comprobar si aquello era realmente lo que algunos afirmaban sin tener ni idea de alquimia. No pretendía matar a nadie. Pretendía descubrir la verdad. Qué curioso resulta que buscar la verdad sea delito cuando incomoda.

Luego vino la parte favorita del comandante.

Intentó hacerme elegir entre morir envenenado o ardiendo lentamente en una hoguera.

Bonita forma de buscar una confesión.

Respondí que prefería un juicio justo.

No le gustó.

Añadieron otro cargo.

Supongo que la justicia militar funciona así: si no respondes lo que quieren oír, el problema eres tú.

Cuando hablé en mi defensa miré únicamente al capitán Ewan. No porque necesitara convencerlo. Sino porque sabía que era el único hombre de aquella sala que entendía por qué había actuado así.

Hablé de la redada. De cómo Retlin parecía más preocupado por conseguir galones que por evitar muertos.

De cómo insinuó que si algún selunita moría durante la revuelta… mejor para todos. “Matar dos pájaros de un tiro”, fueron sus propias palabras.

Hablé de los inocentes. De que fui precisamente para que nadie terminara bajo tierra. De que mis formas quizá fueran discutibles. Pero mis intenciones jamás.

Cuando terminé, la decisión ya estaba tomada.

No importaba lo que dijera. Los testimonios hablaban más alto que los hechos.

Culpable. Desobediencia. Obstrucción. Calumnias contra oficiales.

El intento de homicidio desapareció por un tecnicismo jurídico. Al parecer, los criminales contra los que actué ni siquiera tenían derecho a que aquello contara como homicidio.

Curiosa justicia.

Primero me llaman asesino. Luego descubren que legalmente no podía serlo. Y aun así el malo sigo siendo yo. Lo mejor vino después.

Mi castigo consistía en convertirme en la sombra de Retlin. Su mano derecha. Seguirlo allá donde fuera. Obedecerlo. Creo que hasta el verdugo sintió lástima al escuchar aquello.

Después llegarían los latigazos públicos. Porque, al parecer, el dolor cura mejor las diferencias entre soldados que una conversación.

Fue entonces cuando el capitán Ewan habló. Pidió que ambos fuéramos destinados a Kalathyr bajo su mando. No para castigarnos. Para convertirnos en compañeros. Mientras hablaba comprendí algo. Aquel hombre seguía creyendo en nosotros incluso cuando nosotros habíamos dejado de creer en la institución. Y eso… Eso dolió más que cualquier sentencia.

Porque si había alguien a quien realmente estaba fallando aquel día…Era a él. No a Pudhen. No a Retlin. A Ewan.

Cuando todo terminó pedí permiso para decir unas palabras. Ni siquiera me dejaron. Así que hice lo único que me quedaba.

Me quité la insignia. La dejé sobre la mesa. Deslizándola despacio. Sin dramatismos. Sin discursos.
a9d2ac2c-38aa-4fd9-8dc5-2e07dedc04af.jpeg

Hay veces en que un trozo de metal pesa más que una armadura entera.

El comandante me preguntó si estaba abandonando las Fuerzas Armadas.

Asentí.

Cumpliría cualquier castigo que un juez creyera justo. Pero ya no vestiría aquel uniforme. No mientras representara algo en lo que había dejado de creer.

Me despedí con un último:

—Gloria a Amn.

Porque Amn nunca fue el problema. Las personas… esas sí. Al salir de la sala sentí algo extraño.

No rabia. No miedo. Alivio.

Por primera vez en mucho tiempo dejaba de pertenecer a una maquinaria que había olvidado para qué existía.

Ahora el camino era incierto. Quizá Gambitón.

Volver a escuchar a los hins discutir durante media hora sobre cuál es el mejor queso del mercado.

Abrir el Badulaque del Hin. Vender cachivaches inútiles a aventureros convencidos de que salvarán el mundo con una cuerda vieja y una sartén encantada.

O quizá unirme al Gremio de Aventureros.

Donde uno al menos sabe que quien lleva una espada delante de ti pretende matar monstruos… y no ascender a costa del compañero.

No lo sé. Solo sé una cosa. No cambiaría mis decisiones.

Porque un uniforme jamás debería pesar más que la conciencia.

Y si algún día vuelvo a cruzarme con el capitán Ewan…nEspero poder estrecharle la mano. Porque de todos los hombres que conocí en el ejército, fue el único que consiguió que un hin como yo creyera, aunque solo fuera durante un tiempo, que el honor existía de verdad.

Como diría mi abuelo:

“Hay jueces que dictan sentencia con un mazo… y otros con la mirada. De los primeros puedes salir condenado; de los segundos, procurando ser mejor persona.”

Y de esos últimos… No abundan.

Offtopic :
Gracias @DM Tepes por la escena.
Muchas gracias @Juan por la acogida en las FFAA, ha sido un placer compartir contigo y todos los compás roles
 

Orador

Bolsa de la Bolsa Planar
Registrado
24/11/08
Mensajes
829
N U E V A
V I D A

No os voy a engañar: dejar las Fuerzas Armadas me ha sentado de maravilla.

Antes iba siempre con el ceño fruncido, pensando en reglamentos, formaciones y quién demonios había dejado una lanza sin limpiar. Ahora me miro en cualquier charco y hasta yo pienso: “Bertrat, estás hecho un figurín”.

Tengo mejor color, me río más y, lo más importante, como bollos. Muchos bollos. He descubierto que la felicidad tiene forma redonda, huele a mantequilla y desaparece misteriosamente cuando me quedo solo cinco minutos con una bandeja delante.

Sigo convencido de que Ewan me quiere. Claro que me quiere. Otra cosa es que sea un cabezota incapaz de reconocerlo. Seguro que me echa de menos. A veces incluso imagino que suspira mirando al horizonte pensando: “¿Qué estará haciendo ahora ese pedazo de hombre?”. Pues probablemente estar comiéndome otro bollo.

Paso mucho más tiempo con Zyon. Es una relación preciosa basada en el respeto mutuo… y en recordarle cada dos por tres que quedó segundo.

—Dos.

Le hago el gesto con los dedos, sonrío de oreja a oreja y me parto de risa.

Él, con esa elegancia que lo caracteriza, osea ninguna, me manda a tomar por donde enebran las agujas, blasfema, me lama hin del demonio y sigue caminando como si nada. Me adora, se le nota.

Y yo detrás, todavía riéndome.

Es una tradición que fortalece la amistad.

También paso muchas horas en Gambiton ayudando a la guardia. No porque me lo pidan, sino porque alguien tiene que enseñarles cómo se hacen las cosas con disciplina… pero sin perder la sonrisa. Ya no doy órdenes; doy consejos. Bueno… casi siempre.

Me encanta instruir a los nuevos reclutas hins. Les enseño a manejar la ballesta y, por supuesto, saco a relucir a Matilda.

82cb1670-7f0f-4339-a3bc-e2e0818843c6.jpeg

—Mirad bien, muchachos. Esto no es una ballesta cualquiera. Esto es Matilda. Si algún día conseguís disparar la mitad de bien que ella, podréis contarle la historia a vuestros nietos.

Luego viene la parte más importante de la formación.

Y sobre las mujeres… escuchadme bien, solo debéis saber una cosa… como un cajón que no cierra.

Nunca explico qué significa exactamente, me gusta que usen la imaginación.

Asiento con mucha solemnidad, les doy una palmada en el hombro y me marcho antes de que puedan preguntar. Que la sabiduría también necesita un poco de misterio.

Con Groob me siento muchas tardes a charlar. Le recuerdo que ser padre es un trabajo más duro que cualquier campaña militar.

—Tú tranquilo. Cambiar pañales es cuestión de disciplina. Si sobrevives al primer mes, ya puedes considerarte veterano.

Estoy deseando conocer a mi primer ahijado. O ahijada. Aunque reconozco que hace ilusión.

Con Miria la conversación siempre termina igual.

—¿No tendrás unos cuantos virotes para alimentar a Matilda?

Ella suele suspirar porque sabe perfectamente cómo va a acabar aquello.

—Y otra cosa, Miria. ¿Ya estás en cinta?

Me mira con esa cara de “¿otra vez?”.

—Y llamarlo Bertrat.

Silencio.

—Bertrat junior.

Más silencio.

—Los amigos podrían llamarlo Bertju.

No sé por qué nunca parece entusiasmarle la idea.

Y luego está Numina. Esa mujer tiene una agenda más llena que un almacén de munición. Cada vez que intento hablar con ella ocurre algo.

—Numina, tenemos que comentar la idea para profesionalizar la guardia de Gambiton. Convertirla en unas auténticas Fuerzas Armadas…

—Luego, Bertrat.

—Pero…

—Luego.

—Es que tengo esquemas.

—Luego.

—Hay uniformes.

—Luego.

—Incluso he pensado un him…

—Luego.


Algún día lo conseguiremos. Estoy convencido.

Mientras tanto, sigo disfrutando de esta nueva vida. Como bollos, río con mis amigos, enseño todo lo que aprendí durante tantos años y descubro que uno puede dejar las Fuerzas Armadas… pero las Fuerzas Armadas nunca terminan de dejarlo a uno.

Aunque, si me preguntáis, prefiero este Bertrat. Más alegre. Más vigoroso. Muchísimo más guapo, aunque el uniforme me hacía un culito…

Y, por supuesto, con otro bollo en la mano.​
 
Arriba