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Diario de un Atracador.

KapilloGremlin

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El maestro encubierto recorría los pasillos de la sede de los ladrones de las sombras de Amn, su mirada fría e imperturbable clavada en las celdas que lo rodeaban. El hedor de la desesperación, y los murmullos de los condenados eran como ecos lejanos, distorsionados por la oscuridad que lo envolvía todo. Algunos prisioneros yacían encadenados, inmóviles, mientras otros se retorcían en el suelo, suplicando por una muerte rápida, una misericordia que jamás llegaría.
Era un lugar sin tiempo, donde las horas se desvanecían y los días no existían. No había ventanas, ni siquiera una grieta por donde se colara un rayo de luz que les recordara que, allá afuera, el sol seguía su curso, despuntando en lo más alto. Aquí, solo reinaba un silencio roto por el gemido y el grito de los desdichados que habían incumplido alguna de las leyes. El maestro observaba en silencio, impasible, su rostro oculto tras la máscara. Él sabía que el verdadero tormento no venía de las cadenas o los golpes, sino del olvido… del vacío que devoraba lentamente la esperanza de los que languidecían allí.




Capítulo 14:
El Silencio.

El silencio... la tercera ley y la más importante.


El Silencio es primordial, porque faltar a esta ley es traicionar a las dos primeras. Son tres simples reglas, las mismas que me enseñaron aquellos que alguna vez estuvieron por encima de mí, cuando puse un pie en estas calles.

Pueden parecer sencillas, pero no nos engañemos: más de uno ha caído bajo su peso. Algunos desafiaron su poder por ego, otros por orgullo, y los más necios por una ambición ciega.

También están los que, sin saberlo, fueron leales al bando equivocado, cavando así su propia tumba o los que murieron a causa de la ambición de otros.

Con el paso del tiempo, mientras me ganaba un nombre y aprendía a sobrevivir en este juego, descubrí una verdad irrefutable: en este mundo, ser buena persona es una carga. Aquí no hay lugar para la duda, el pulso no debe temblar y la conciencia no puede permitirse pesar.

Cada decisión es un paso, y cada paso, una sentencia. Y al final, lo que separa a los vivos de los muertos, a los que gobiernan de los que obedecen, es una única cosa: quién puede guardar el silencio, y quién no.

He matado a aquellos a quienes alguna vez estreché la mano, y apuñalado a los que llamé amigos, hermanos, ahijados o discípulos, todo por una única razón: incumplieron la ley más sagrada, el Silencio.

Incluso a los que llegaron buscando aprender, creyendo que podían caminar a mi lado, les di la lección más dura: lo que realmente significa el silencio. Porque, en este juego, la confianza no es más que un arma de doble filo. Muchos piensan que ganarse mi confianza es ganar la partida, que eso los hace intocables, impunes a las consecuencias. Pero, en realidad, están más cerca del filo del filo de mi daga, ten a los amigos cerca, pero a los enemigos aún más... dijo un sabi0 de Candelero cuyo nombre no recuerdo. Nadie está a salvo.

Aquí, la lealtad es tan volátil como el humo de un cigarro, y las promesas, tan frágiles como el cristal que se quiebra con un susurro. Los que se olvidan de esa verdad... la terminan recordando cuando ya es demasiado tarde, cuando se convierten en nada más que carne para los gusanos.
 

KapilloGremlin

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Capítulo 15: El Retrato de la familia Tane.


Miro aquel retrato de mi familia, recuperado después de tanto tiempo, y la nostalgia me recorre como un escalofrío que congela mi sangre. Mientras lo observo, cientos de susurros de voces entrelazadas de mis recuerdos me atormentan, recordándome que, a pesar de todo, aún sigo vivo.

Mi corazón late, y aunque sepultado bajo capas de sombras, aún queda algo de humanidad en mí. Recuerdo que alguna vez fui un ser de luz, inocente y confiado. Nací en una familia sin recursos, atrapada en una lucha constante por sobrevivir.

El dinero nunca nos alcanzaba, y la vida nos golpeaba con la misma dureza con la que el brillo de la dama mercader nos ignoraba desde la otra cara de la moneda, como si no existiéramos.

A veces me pregunto si, de haber nacido en otro lugar, con más comodidades, habría sido una persona distinta. Pero, en verdad, no me arrepiento.

A pesar de la pobreza, el amor nunca faltó a mi hogar. Fue esa inocencia, esa vulnerabilidad que una vez me dejó indefenso, la que con el tiempo aprendí a convertir en mi mayor ventaja. Mi ingenuidad se transformó en una herramienta, un arma silenciosa que me abrió puertas que ni el ladrón más habilidoso habría sido capaz de forzar.

Sin esa infancia dura, sin las lecciones amargas que la vida me obligó a aprender, no estaría aquí hoy, disfrutando de ciertos placeres y alzando mi copa de whisky. Porque es esa mezcla de luz y sombras, de dolor y astucia, lo que no solo me permitió sobrevivir, sino también saborear esos sueños que, en otro tiempo, parecían lejanos e inalcanzables.


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A veces, en la vida del ladrón y del asesino, uno se ve obligado a cambiar de papel.
No se trata de actuar, de interpretar un papel como lo haría un actor, sino de convencernos a nosotros mismos de nuestras propias mentiras, hasta que las palabras que decimos suenen tan auténticas que los demás crean en quien afirmamos ser.

Sin embargo, cuando adoptas tantas caras, corres el riesgo de olvidar cuál es la tuya verdadera.

Siempre he creído firmemente que mi auténtico yo; está repartido en fragmentos, escondido en cada uno de mis alter egos. Aunque llevo mucho tiempo sin mirar mi verdadero rostro en un espejo, este retrato recuperado me recuerda quién fui alguna vez: un niño rodeado de su familia, sintiendo el calor del cariño de su madre, y el afecto de su padre, quien, a pesar de sus vicios, también me quería a su manera.

El reflejo de esa vida pasada en aquel cuadro, de ese rostro que quizás ya no reconozco del todo, me recuerda que, entre las mentiras que me cuento y las máscaras que uso, aún queda algo auténtico. Algo que viví, algo que amé, y alguien que fue amado, por muy distante que todo eso parezca ahora.

Sin embargo, quien recuperó este cuadro, aquel al que en los suburbios llaman "el Conseguidor", conocido por su audacia para obtener lo que se le pida, restauró el retrato con esmero y me lo entregó con una advertencia: "No olvides quién eres". Y aunque podría haberle respondido, le sonreí. Porque sé que el pequeño Henny sigue vivo, oculto en cada una de mis sombras, en esas mil caras que llevo conmigo. Desde la más macabra hasta la más profesional, pasando por la más inocente. Cada una de ellas conserva una parte de ese niño que fui, escondido en los pliegues de los rostros que me he visto obligado a adoptar, ya sea por trabajo o necesidad.

Porque, al final, ninguna de mis caras es completamente falsa. Todas contienen una chispa de verdad, un fragmento de lo que fui, de lo que aún soy, en lo profundo de tantas máscaras.


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Capítulo 16 Herencia Mortal: El Legado de un Asesino
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Dicen las malas lenguas que a quien hierro mata, a hierro muere. Y tal vez sea cierto, pero aquí sigo, un día más, en esta cara oculta de la Ciudad de la Moneda, donde los hombres no rezan a los dioses de la luz, sino que se refugian bajo las sombras que nos tienden aquellos otros, los dioses sombríos.

O quizá, en el fondo, sea solo una excusa. Los dioses, si existen, no se meten en los asuntos de los mortales. Nos observan, sí, pero el mérito de seguir respirando en esta cloaca de sangre y traición depende, en última instancia, de uno mismo.

He oído escuchar en más de unca ocasión a los devotos de los dioses benignos murmurar sobre la redención, sobre el pago que algún día deberá cobrarse. Que mis pecados tendrán su precio. Pero he estado cometiendo atrocidades durante tantos años con mi daga maldita, que empiezo a pensar que no hay justicia divina que me alcance. O tal vez, lo que me aguarde sea el peor de los finales, un filo en la oscuridad, tan silencioso como yo mismo he sido. Aunque pensándolo fríamente pese a que no quiero que llegue ese final, no sería injusto.

Pero, si ese es mi destino, ¿Qué más da? Yo ya he ganado. He vivido a mi manera, con el acero en la mano y la voluntad de hacer lo que me ha dado la gana, arrebatando la vida de otros que tenían toda la vida por delante.

¿Qué importa el final si durante el camino has hecho todo aquello que anhelabas? El viaje lo es todo, no como se empieza ni como se termina.

A veces, en medio de la quietud después de un trabajo bien hecho, me viene a la mente la idea de retirarme. Colgar las armas y las ganzúas, dejar atrás esta mala vida.

Pero luego, en esos momentos de duda, también me asalta otro pensamiento: dar un último gran golpe. Algo que deje mi nombre grabado en las sombras de esta ciudad, que mi obra no se pierda como el eco de tantos otros. Pero la verdad es que todo se desvanece. Las leyendas se apagan, los nombres se olvidan. Incluso aquellos que creyeron haber burlado a la eternidad, los inmortales que paseaban entre nosotros con arrogancia, han tenido que tragarse su orgullo. Ahora solo queda polvo y ceniza de algunos de ellos, un recuerdo fugaz en la mente de los que aún respiramos, nada es para siempre, todo tiene un principio y un final.

Las calles del Distrito del Río crían a los niños y niñas fuertes, no cabe duda. Algunos se conforman con una vida sencilla, otros viven de la caridad, o tienen la suerte de ser rescatados por las hermanas del hospicio. Pero con el tiempo, aquellos que caminan bajo la luz se vuelven frágiles. La inocencia y la tranquilidad los hacen predecibles, vulnerables, blancos fáciles en esta ciudad donde el talento y el ingenio son los verdaderos dueños de todo.

No todos están hechos para soportar el peso de esta vida sin sudores. Los que eligen el lado cómodo acaban cayendo, y sino caen será una vida aburrida e insulsa.

Después están los que toman un camino más oscuro, aquellos que se dedican al latrocinio, que encuentran rápido consuelo en los placeres del loto negro. Los he visto pudrirse, robando solo para costearse su próxima dosis. Es una pena, claro, pero sería hipócrita decir que su miseria no nos ha llenado los bolsillos. Los adictos alimentan nuestras arcas, mantienen el ciclo girando, mientras los demás prosperamos.

Pero de vez en cuando, aparece alguien distinto, alguien con esa chispa de ambición que no se conforma con las sobras. Recuerdo a una muchacha en particular. Inocente, al menos en apariencia, despeinada y desvalijada por la vida, pero con algo especial en los ojos, como ella dice tiene mucha hambre. Aunque no sabía bien lo que quería, ni qué camino tomaría, pero estaba claro que no se conformaría con lo que le dejaran los demás. Tenía labia, aunque poca carne y mucho hueso, de esas que piensas que no aguantarán el próximo invierno.

Pero vi algo en ella.

Le ofrecí una oportunidad. Algo pequeño al principio, una prueba. Y como muchos otros antes, devolvió con creces los favores que le hice. Pero no era solo la gratitud lo que movía sus pasos, no, era el hambre de prosperar. Vi cómo crecía, cómo tejía sus propios hilos en esta red de sombras y mentiras. Tal vez sea de las pocas que entienden lo que hay que hacer para sobrevivir. No basta con resistir; hay que querer más, mucho más, y tomarlo cuando otros miran a otro lado.

Con ella, me arriesgué. Pero no todos los días se encuentra a alguien con tanto apetito.

Al final, el legado es una ilusión. Puede que por un tiempo, alguien susurre mi nombre en las esquinas, pero el silencio siempre se impone. Las sombras que ahora me cubren serán las mismas que me devoren. Así ha sido siempre, y así será hasta el fin. Y sin embargo, sigo aquí, dejando marcas en la oscuridad, porque ¿qué más tengo sino esta vida robada que construyo golpe a golpe?


La iniciación en el bello arte.

Recuerdo ese día como si fuera ayer, el día en que ella entró en nuestra organización. En sus ojos se veía una extraña mezcla: temor, ilusión y ambición. La misma mezcla que sentí yo el día que crucé ese umbral, el día en que el mundo dejó de ser un lugar imposible y se convirtió en un abanico de oportunidades. Ella, como yo entonces, estaba dando el primer paso de ser una don nadie a formar parte de algo cuya influencia se extendía por cada rincón de Athkatla. Lo que ella no entendía en ese momento - y que yo también tardé en comprender- era que esa influencia iba más allá de las calles, de los bolsillos y de las dagas. Era un poder que corrompía el alma y te hacía uno con las sombras.

Recuerdo cómo temblaba cuando le puse mi daga en la mano, aquella maldita hoja que robé del Triskelion de la saga hace ya unos cuantos años. La empuñó, con el pulso quebrado por la incertidumbre, pero sin un rastro de duda en sus ojos. Sabía lo que tenía que hacer. Lo que debía hacer. Y lo hizo, aunque su trabajo fue un desastre. El cuello del traidor que antaño también tomé por mi mano enseñándole el bello arte, quedó hecho jirones, la sangre bañando las piedras del suelo, un corte torpe y cruel.

Pero eso no importaba. Lo que importaba era que había dado el paso, había cruzado la línea. Se había ganado su lugar. No era solo una ladrona con talento, con el don de la palabra y una diestra habilidad para vaciar bolsillos. Esa daga, esa maldita hoja impía, la llamó hacia algo más profundo, hacia el oscuro arte de la muerte. Vi en sus ojos el hambre de saber, de dominar lo que acababa de rozar.

Unos años después los negocios al igual que nuestra influencia habían prosperado y un día de tantos como otro cualquiera, vino a buscarme a la bodega de la Corona de Cobre, quería saber más sobre la daga, sobre su historia, sobre el destino que cargaba. No era curiosidad lo que la movía, no, era algo más fuerte.

Quería seguir ese sendero, el que pocos se atreven a pisar. Quería ser más que una simple ladrona; quería ser una asesina.

Y fue ahí, entre los barriles de vino y el hedor a humedad, donde le hice la única oferta que podía cambiar su destino. Bajo el juramento de la daga umbilical, la infame daga de Roxanne, con nuestras sangres entrelazadas, aceptó ser mi pupila, mi aprendiz en el arte que pocos tienen el estomago de aceptar.

Vi en sus ojos algo más allá del miedo, una seguridad que solo unos pocos poseen, incluso en su fragilidad. Sabía que podía moldearla, hacer de ella una verdadera maestra del arte del asesinato, una versión mía perfeccionada, pero a cambio tenía que renunciar a todo. No hay lugar para nombres, para vínculos, para la vida que uno fue. Le dije que tendría que convertirse en nadie. Solo entonces, dejaría de ser lo que era, para ser lo que quisiera.


Y aceptó...



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Continuará

 
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KapilloGremlin

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Parte II Herencia Mortal El legado del Bello Arte

Hace ya muchas dekhanas, abandoné los vestigios de quien fui para sobrevivir al Páramo Sombrío. Fue allí donde hice un sacrificio que marcó un antes y un después en mi vida: los recuerdos de mi niñez, arrancados de raíz para que las sombras pudieran devolverme al plano material.

No sé cómo ocurrió, pero acepté el precio. Las memorias de mi niñez fueron consumidas, y con ellas se desvanecieron los ojos de mi madre, la última chispa de humanidad que se resistía a apagarse. Pero no me arrepiento. Las sombras me lo han dado todo, y a ellas les debo mi lealtad.

Han pasado algunos años desde que encontré a Fandar. Fue un día cualquiera, pero en sus ojos vi algo que pocos poseen: un destello más allá del miedo, una chispa de ambición que brillaba incluso en la fragilidad. Reconocí el potencial de la arcilla perfecta, lista para ser moldeada. Sabía que el precio sería alto, porque para seguir la senda del filo no hay espacio para nombres, vínculos, ni recuerdos.

Para convertirse en una verdadera maestra del arte, debía renunciar a todo. Debía ser nadie. Solo en la ausencia de identidad podría transformarse en cualquier cosa.

Cuando se lo expliqué, no dudó. No hubo lágrimas ni preguntas, solo esa mirada que me recordó a mi propio reflejo. Había encontrado a alguien que, como yo, había emergido de la decadencia. Una ladrona criada en el hambre y el desamparo, aferrándose a su ingenio como única arma. Sabía que estaba dispuesta a pagar el precio, y la llevé bajo mi ala.


Comenzamos con lo básico: robar al descuido, deslizarse entre multitudes, el viejo juego del cubilete. Cada truco, cada finta, era un reflejo de la vida misma: un juego donde a veces se gana y otras se pierde. Entre risas y huidas, planté las primeras semillas del verdadero arte.

Con el tiempo, la enseñanza se volvió más seria. La llevé al alcantarillado, donde la oscuridad es absoluta y el aire pesa con el hedor de la decadencia. Allí, entre el goteo constante del agua y el roce de las ratas, comenzó su verdadera formación.

Frente al estafermo, le enseñé los secretos del cuerpo humano, como un escultor estudia su mármol.


-La carótida, las cervicales, el corazón. El hígado, los riñones, los pulmones. Cada punto vulnerable era una pintura en el lienzo, y su cuchilla el pincel que daba forma a la obra.

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No bastaba con conocer el "dónde", también debía dominar el "cómo". Le mostré la eficacia de la muerte rápida y silenciosa que llega al cuello, una ejecución precisa, un corte en la carótida, que extingue la vida en un susurro, como una pincelada en el cuadro, dándole ese toque rojo al lienzo.

Pero también le revelé la belleza de una muerte que va de frente, esa que muchos no ven venir hasta que es demasiado tarde. Le enseñé la técnica exacta para que el filo atravesara la femoral, esa arteria oculta en el muslo, que serpentea por la entrepierna. Un corte allí, bien dirigido, no es solo letal, sino mortal; el golpe de gracia, la pincelada final en la obra.

La víctima queda atrapada en un estado de horror y agonía, con la vida desangrándose lentamente mientras la desesperación se apodera de su mirada.

Le expliqué que esa clase de muerte, donde el asesino y su víctima se enfrentan cara a cara, con los ojos cruzándose en un vínculo que es a la vez personal y cruel, podría ser la mayor de las obras de arte...


Es en esos momentos, cuando la vida se apaga lentamente y los labios intentan formar palabras que nunca llegan, que la escena alcanza su clímax. Poético, incluso. No hay expresión más pura del bello arte que ese instante de conexión final, donde la maestría del asesino se reconoce en la mirada del caído.

Esa es la verdadera esencia: no solo la muerte en sí, sino el significado que le damos, el arte, el mensaje que transmitimos, nuestra obra creada. Cada muerte tiene un propósito, cada corte una razón, y cada mirada final el vacío de lo que hemos dejado atrás. Es en ese instante, cuando todo se encuentra, cuando la vida se apaga y la obra se consuma, donde la muerte trasciende lo físico y se convierte en arte. Porque no es solo el acto en sí, sino la intención, el significado profundo que infundimos en cada gesto. Es allí donde la muerte deja de ser un fin para convertirse en una expresión, una creación que perdura más allá de su naturaleza efímera, una huella eterna que se graba en el tiempo. Cada muerte se convierte en una firma, un testamento de nuestra habilidad y visión.

A Fandar no le pedí solo habilidad; le exigí obsesión. Cada noche debía practicar hasta que el cansancio dejara sus manos entumecidas. Y cuando sus fuerzas no dieran para más, debía escribir. Cada técnica, cada punto mortal, debía grabarse en su mente como un códice. Así, noche tras noche, fue transformándose en lo que soñé. En Veshka, la Hija del Filo, un nombre que susurrará muerte entre los ladrones de las sombras.

La Hija del Filo nació de la sangre, cuando reclamó la vida de aquel que osó traicionar a los que le dieron su oportunidad. Empuñando mi daga maldita la que robé de aquella saga, dictó sentencia y se consagró en el camino del asesinato.

Ahora ella continúa el legado, heredando los oscuros caminos del asesinato. Se convertirá en aquello que moldeé: la perfección de un arte que no admite errores, una sombra que se desliza entre la vida y la muerte con la misma facilidad con la que un pintor traza un lienzo. Fandar, o Veshka como ahora la llaman, ya no es solo mi discípula; es el filo vivo de mi voluntad, la encarnación de los principios que me han guiado durante toda una vida sumida en las sombras.

Quizás, un día, su filo se vuelva contra mí. Tal vez mi obra cobre conciencia propia y decida apartar la última de sus cadenas, destruyendo a su creador. O quizás su lealtad permanezca firme hasta su último suspiro, entregada no a mí, sino al arte que le enseñé a venerar y me verá como un gran aliado. Pero sea cual fuere el camino, no temo. No temo a la muerte ni al olvido, porque sé que incluso si llegara a desaparecer, mi obra vivirá en ella, y en aquellos que algún día se atrevan a seguir la senda del bello arte.

En el vacío que dejan los nombres y los recuerdos, solo queda el arte.

Y el arte es eterno.


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KapilloGremlin

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Capítulo 17: El Heraldo, El Discurso y el Anillo.


Desde la terraza de mi mansión, contemplo el puerto de Athkatla, donde los barcos mercantes surcan las aguas tranquilas, descargando su carga.

El sol comienza a esconderse tras los muros de la ciudad, y la penumbra cubre a Athkatla como un manto de terciopelo oscuro. Aquí me encuentro, con una copa de whisky en una mano y un puro de Jaunspeir en la otra, observando cómo la noche reclama su dominio. El aroma del puro y el calor del licor avivan mis sentidos, y mi mente, libre por un momento de los enredos del presente se pierde en los recuerdos de aquel día en el Distrito de la Guardia.




Fue un día marcado en la historia de Athkatla, un momento único en el que un ladrón de las sombras, con el rostro oculto tras un embozo, se alzó para hablar junto a un archimago de los magos encapuchados.

Para mí
no era solo un discurso; sino un desafío, una provocación lanzada a aquellos que todavía se creen los dueños de esta ciudad. Una declaración de nuestra fuerza, de nuestra creciente influencia, que como raíces de un árbol sombrío, se extiende silenciosa pero implacable bajo los cimientos de su poder.

Recuerdo los rostros de los presentes, un mosaico de frustración y desconcierto. Algunos intentaron, en vano, influir en los demás, exigiendo que dejáramos al descubierto nuestras caras, acusándonos de mentirosos, de traidores.

Qué dulce ironía... aquellos mismos que temblaron al mencionar al Heraldo de la Muerte, que jamás se atrevieron a enfrentarlo, ¿osaban ahora llamarnos mentirosos? Sabía que, de haber intentado desafiarlo, habrían sucumbido a un final inevitable, gritando hasta que la muerte los reclamara, dejando sus cuerpos vacíos y sus almas quebradas.

No podían comprender lo que veían. No podían aceptar lo que estaba frente a ellos. Nuestra influencia se ha extendido más allá de sus pequeños dominios, como el humo que impregna todo lo que toca, como un cáncer que devora todo a su paso.

Sus intentos de resistirnos son patéticos, moviéndose torpemente dentro de una red que ya los atrapa por completo, ajenos a las reglas de un juego que nunca podrán ganar.

Fue un momento sublime, digno de ser recordado. Cada palabra de mi discurso, cada gesto en sus rostros era una confirmación de nuestra victoria. No en las sombras que creen combatir, sino en las cadenas invisibles que hemos colocado alrededor de sus almas. Esta ciudad ya es nuestra, aunque ellos todavía se debatan en negarlo. Su ignorancia, como siempre, es nuestra mayor aliada. Y mientras sigan cegados a la verdad, nosotros seguiremos avanzando, inexorables y silenciosos,
como el paso del tiempo que devora todo lo que toca.



Tampoco mentiré, sentí el miedo. Un escalofrío y un sudor frío recorrió mi espina cuando mi acero chocó contra el del Heraldo de la Muerte. No era como otros enfrentamientos, no era un asesinato corriente. Eclipse lanzaba puñetazos a lo largo de toda su silueta y yo buscaba como hundirle mis cuchillas, Azabache clavando sus hachas en los flancos del heraldo jugando sucio tal y como nos caracteriza...

Y sin embargo, el Heraldo parecía inmune a todo. Resistía cada intento de magia lanzado por los eruditos de las sombras que habían acudido con nosotros y de los arcanos de la Arcanum Scholla, incluso los conjuros de Ruiseñor, el mago más formidable que he conocido hasta la fecha.

Pero finalmente, como toda leyenda, cayó. Recuerdo el instante con nitidez, el momento en que hundí mi espada en su pecho...

Su resistencia, su furia, se desvanecieron en un solo aliento que escapó de sus labios. Ahí yacía a nuestros pies el asesino más famoso de nuestra era, aquel que había sembrado el terror en Athkatla y más allá.

Había algo poético en su final, en el modo en que la muerte reclamó al Heraldo justo como él la había entregado a tantos otros: implacable y silenciosa.


-Oportunistas, sí, eso somos-

No puedo negar que nuestra victoria fue posible gracias a los esfuerzos de aquellos que lograron primero debilitarlo, despojarlo de la inmensa fuerza que lo hacía invulnerable, gracias al mago rojo y al maestro de la Arcanum junto con el grupo de valientes que los defendieron por tal de que lograran realizar el ritual.

Pero así son las tierras de la intriga. Aquí, el mérito no siempre recae en quien da el primer golpe, sino en quien sabe cuándo asestar el último. Y aunque la gente prefiera ignorarlo, todos en este mundo formamos parte de un tablero de ajedrez. Cada pieza cumple su función, y nosotros no somos la excepción.

La gloria, al final, es para quien sabe reclamarla, y el Heraldo de la Muerte, pese al terror que sembró, quedó reducido a una figura en el suelo, un recordatorio de lo que fue...



Ahora, mientras el calor del whisky recorre mi garganta y su sabor amaderado se asienta en mi paladar, contemplo desde mi sillón como los ladrones de las sombras se extienden por las calles de Athkatla. Los nuestros, ingeniosos y resueltos, se mueven como engranajes en esta gran máquina de intriga, asegurando que la cara oculta de la moneda brille tanto como la otra. Algunos garantizan la 'seguridad' de los negocios que prosperan en la parte sur de la ciudad, mientras otros negocian con sustancias prohibidas, productos de lujo para los vicios de la ciudad.

No falta quien vigila las esquinas de placer, protegiendo a las meretrices cuyos clientes, hombres casados de los barrios nobles, acuden a ellas para satisfacer sus deseos más oscuros.

Ellos buscan aquí lo que sus vidas de fachada jamás les permitirán admitir, y nosotros se lo damos con una sonrisa discreta, mientras mantenemos el equilibrio de este juego que llamamos progreso.


¿Tan malos somos?

Eso me pregunto mientras observo todo lo que hemos construido. Ofrecemos diversión, seguridad, y un amplio abanico de placeres que hacen de esta ciudad el refugio que es.

¿Acaso no somos también constructores?

Donde otros ven decadencia, nosotros vemos oportunidad. Donde otros ven peligro, nosotros vemos orden. Somos la ola del progreso que Athkatla necesita, y la llevamos a todos los rincones, con un pragmatismo que no se disculpa ni se detiene.

Athkatla es nuestra obra maestra, y los que se opongan no son más que piezas deberán ser silenciadas o apartadas del tablero.


Podrán criticarnos, podrán condenarnos, pero en el fondo saben que esta ciudad no funciona sin nosotros. Así que brindemos, por las luces y las sombras, por el placer y el negocio, y por un futuro donde la mano que gobierna, aunque oculta, nunca tiemble.


"Y ahora, mis ojos se posan en el obsequio que descansa en mi mano, un legado de poder y promesa entregado por Terra, una de las maestras encubiertas. Ella, que antaño fue mi superiora, ahora camina a mi lado como mi igual. Este anillo, el Anillo del Rey en las Sombras, brilla con una oscuridad tan densa que devora toda luz a su alrededor, su poder e ilusión subordinados únicamente a mi voluntad. Solo quienes son dignos pueden percibir su verdadera forma: el emblema del Antifaz y el Estilete grabado en la gema central, símbolos de nuestra hermandad, de nuestra influencia que se extiende más allá de lo visible.

Este anillo no es solo un adorno; es mi juramento, mi lealtad hecha tangible. Es una promesa que resuena con la causa que he jurado proteger y con aquellos a quienes me debo. Es un recordatorio constante del trabajo que llevo a cabo en las sombras, del camino que no debo abandonar y del destino que jamás debo traicionar. Como dice el viejo refrán en el distrito del río: 'Nunca muerdas la mano que te dio de comer'. A esa mano, a este anillo, al Antifaz y al Estilete, les debo todo lo que soy.

Incluso el resplandor más dorado sucumbirá ante el ingenio de las sombras. No hay muralla que no pueda ser escalada, ni luz que no pueda ser apagada por manos que operan con paciencia y precisión. Así gobernamos: no con alarde ni con fuerza bruta, sino con el peso invisible de nuestras acciones.

En una ciudad donde el oro y el fulgor parecen reinar, las sombras siempre encontrarán su lugar. Siempre reclamarán lo que les pertenece. Y mientras permanezca fiel a este legado, ninguna luz, podrá resistirnos.


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Un relatillo y resumen desde la perspectiva de mi PJ.
Gracias a DM Faker por la pedazo de trama y a los PJs que han hecho que fuera posible.
 
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