A su regreso a la Tiru'tel'quessir, Iorfindel le entregó a Kalthalas la parte del tesoro del dragón que pudo transportar, a fin de sufragar una parte de los gastos de reconstrucción, tal como se había medio acordado en su día.
Por vez primera desde su desaparición, logró alcanzar el trance de la ensoñación y revivió con nitidez el trauma de su encuentro con Brymmyrreo.
Selise había puesto a salvo a los niños cautivos, pero aún quedaba el resto de la expedición.
- No podré llevar a tantos - dijo Gwendolyn. El día se oscureció cuando una sombra cubrió la desolada aldea. El dragón caería sobre ellos en cualquier momento.
- Volveré a pie - no había tiempo para hablarlo, Iorfindel se escabulló entre las jaulas y salió del poblado hacia la seguridad de los árboles. Erven dijo algo que no llegó a escuchar. Ojalá hubiese dudado un segundo.
A pesar del vendaval logró alcanzar una cobertura bajo las ramas de los árboles. (Si no me ha visto tendré una posibilidad), pensó, rememorando el episodio vivido entre el Camino del Comercio y la Tiru'tel'quessir. De pronto, el viento cesó y el suelo tembló bajo sus pies. La voz de Gwendolyn sonó por última vez a su espalda: - ¡Emma!
El posterior silencio fue uno de los presagios más aterradores que había experimentado en su vida. No movió ni un músculo hasta que el enorme reptil dio señales de vida. Los árboles cayeron frente a él con un crujido ensordecedor y se alejó rápidamente buscando otro lugar donde esconderse.
Siguió la línea de árboles bordeando un campo de cultivo, con la destrucción pisándole los talones. Después, en un momento de calma, se detuvo con la espalda apoyada contra un tronco inclinado sobre una zanja. La voz del dragón retumbó sobre su cabeza en un idioma que no comprendió. Por un instante su amuleto del Seldarine resplandeció protegiéndole del conjuro. No podía quedarse allí.
Saltó la zanja y ascendió campo a través hacia una ladera escarpada cubierta de vegetación, con la esperanza de que las altas hierbas sin cosechar le mantuvieran oculto. Todo esfuerzo fue en vano.
- ¿Cuándo vas a dejar de moverte? - la profunda voz habló esta vez en idioma común.
Iorfindel se detuvo para contemplar al dragón. Brymmyrreo, la gran sierpe de escamas verdes, le miraba por encima de la muralla arbórea que le había dado cobijo hacía un momento.
- ¿Te has quedado mudo? - salió de entre los árboles derribando uno de ellos y recortó distancias haciendo temblar la tierra a su paso. El elfo miró a ambos lados buscando una salida y comprendió con asombro que iba a morir. Pero no lo haría sin luchar.
Brymmyrreo se adelantó para atraparle con una de sus garras. Obedeciendo a un acto reflejo, Iorfindel se hizo a un lado rodando por la pendiente. En el mismo movimiento encontró apoyo para quedar con una rodilla clavada en la tierra, sacó dos flechas de la aljaba, tensó el arco y apuntó a los ojos de la bestia.
- ¿Aún tienes ganas de resistirte? - otra zarpa venía a su encuentro, logró esquivarla a costa de errar el tiro y retrocedió con agilidad.
Durante una breve pausa ambos rivales se estudiaron mútuamente, uno convencido de su victoria, el otro desalentado.
- ¿Unas últimas palabras elfo?
- Acabemos con esto - llevó la mano a su espalda y cogió otras dos flechas.
- Veo que eres un guerrero - la voz del dragón adquirió una intensidad hostil -, inténtalo hasta que te canses pero no podrás conmigo - desplegó las alas en toda su envergadura y se avalanzó con un chillido sobrecogedor.
Aquello quebró la voluntad de Iorfindel. Su mente enajenada olvidó todo empeño de morir en combate o incluso vencer a un enemigo extremadamente superior. Con su instinto de supervivencia al timón trató de poner distancia entre ambos, pero fue inútil.
Brymmyrreo le atrapó y el arco resbaló de su mano. Se quedó sin aire tras impactar contra una superficie sólida, y después tuvo una sensación de ingravidez.
Lo siguiente que vió, todavía presa del pánico, fue la tierra alejándose a través de unos barrotes.
A la mañana siguiente se reincorporó al servicio activo y partió en busca de algún fresno arrastrado por las inundaciones de primavera para reponer las flechas perdidas en la batalla.
Desde un principio la misión consistía en derrotar al dragón y desbaratar su pequeño ejército, pero aún así... conforme avanzaba río arriba, caminando de nuevo libremente, mayor era la sensación de haber contraído una deuda que no podría olvidar mientras viviera.