solilokio
Adorador del Gordo
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"Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra".
La niebla nocturna se aferraba a los muelles de Luskan como un sudario húmedo, cargado con el hedor de algas podridas y madera corroída. Entre las sombras de los almacenes en ruinas, una figura avanzaba con paso calmo, casi ceremonioso, mientras el farol que llevaba temblaba al compás del viento salado.
Markus Giovaneus no necesitaba la luz. La oscuridad le era familiar; había crecido dentro de ella.
Esa noche regresaba al lugar donde su madre había muerto. Un edificio hundido, desfigurado por años de abandono y saqueos. No quedaba nada salvo polvo, ecos y huesos olvidados por quienes temían remover demasiadas preguntas. Pero para él, ese hueco frío en la tierra seguía siendo un altar.
Se detuvo en el centro de la habitación hundida, allí donde de niño había buscado respuestas. Todo estaba igual: la misma humedad rancia, el mismo silencio que parecía observarlo. Markus respiró hondo, dejó el farol en el suelo y extendió los dedos sobre la madera ennegrecida.
—La negación es la verdadera putrefacción —murmuró, con la voz baja, como si hablara a alguien cercano.
El aire cambió. Un escalofrío recorrió las paredes, como si una presencia invisible se hubiera deslizado entre los restos del hogar. La sombra de Markus se alargó, retorciéndose con una forma que no coincidía con su cuerpo.
Una susurrante corriente helada cruzó la sala. No era viento. Era un saludo.
El recuerdo llegó como un zarpazo: él, enterrado bajo escombros años atrás, atrapado entre cuerpos fríos. La muerte le había hablado entonces. No con palabras, sino con aceptación. Y ahora, esa misma quietud regresaba a él… más consciente, más cercana.
Markus sacó un pequeño fragmento de hueso pulido y lo apretó entre sus dedos. Se inclinó, hundiendo la rodilla en la tierra húmeda. El gesto no era sumisión, sino pacto.
—El miedo debe volver a la carne de los hombres —susurró—. Y yo llevaré tu silencio a cada rincón que lo haya olvidado.
Una presencia tenue respondió. No un sonido… sino la ausencia de él. Un vacío que lo envolvió con una intimidad gélida.
Markus sonrió apenas.
Afuera, un barco descargaba mercancía ilegal; risas y blasfemias se mezclaban con el crepitar de antorchas. Nadie notó cuando él salió de la ruina sin mirar atrás. Nadie vio cómo la niebla parecía apartarse para dejarlo pasar.
Su destino era Amn. Rumores de cadáveres que no descansaban, templos que mostraban debilidad y un pueblo que hacía tiempo había dejado de temer a la Muerte.
Era hora de recordarles.
Y con cada paso que daba sobre los tablones húmedos del puerto, la bruma detrás de él parecía respirar.