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El diario de un Alma Sufriente

farraces

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La Dureza del corazón de Amn y la voz de la Piedad
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La plaza fue un fracaso. Un fracaso amargo que aún quema en mi garganta.

Di el discurso con todo mi corazón, con la autoridad de Ilmater, buscando tocar esa fibra de gratitud y piedad que creí aún viva en el pueblo de Amn. Pero la respuesta fue una ducha fría de resentimiento y desconfianza.

En lugar de la indignación por la injusticia, encontré un coro de voces hostiles. Entre mis súplicas por la lealtad, me llegaban gritos cínicos:

"¡Gwenaëlle no fue la única que luchó!"

"¡Si cometió un delito, que pague, como cualquiera!",

"¡Todos los sacerdotes sois iguales, grandes palabras y ambición egoísta por debajo!"

El cinismo no me sorprende, pues el mundo está lleno de sufrimiento que endurece el alma. Lo que sí me dolió profundamente fue la fuente de gran parte de esa hostilidad. Vi, claramente, a Guardias de la propia Guardia de Athkatla gritando entre la multitud, comportándose como verduleras en un mercado, avivando la hostilidad contra una aliada. ¿Cómo puede una organización juramentada al orden y a la disciplina caer en tal vulgaridad y parcialidad pública?

Es una hipocresía que degrada la autoridad que tanto el Guantelete intenta sostener.

Apenas terminé, el Caballero Centinela Valerio Velandros me apartó de la multitud. Su voz era tranquila, pero su desaprobación era un puñal de hielo.

Me dio una lección de orden. Que un ordenado no busca alterar el orden, sino conseguir la paz. Me recordó que mi deber es con el bien común, y que acciones como un mitin público solo sirven para inflamar y dividir. Me sentí regañado como un novicio.

Y él tiene razón. La tiene en la letra y en la lógica.

Pero mientras él hablaba de protocolos y estabilidad, yo solo podía ver los ojos hambrientos de Gwenaëlle comiendo ese buñuelo en el calabozo, y recordar el pánico de Sariel en Murann.

¿De qué sirve la "paz" si solo se consigue ignorando el sufrimiento de los justos?

Sé que Gwenaëlle y Sariel no son las únicas que lucharon; nunca pretendí tal cosa. Pero son las únicas que, a pesar de haber luchado, ahora están o han estado injustamente encarceladas por sus actos de valentía.

Entiendo la posición de la Orden, Valerio y la Guardia. Pero mi corazón de Ilmater no puede simplemente aceptar que el precio de la Ley sea la agonía de aquellos que nos salvaron. La lección de hoy no fue sobre la ley. Fue sobre la dureza del corazón de Amn, y la soledad que enfrentan quienes buscan la verdad y la piedad.

Mi fe en el martirio y la perseverancia se pondrá a prueba en estos días. No me detendré, aunque deba caminar solo.

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El Retrato de la tentación
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Ilmater me dé fuerzas para escribir esto, aunque sea solo para mí.
Hoy ha sido… una prueba. Una experiencia que desafía mi comprensión del deber y, francamente, mi propia decencia como Sacerdote de Ilmater y Caballero del Guantelete. Pero lo hice.

La cita para el retrato. En un casino, en una habitación con una bañera-jacuzzi. Por Héroes Caídos, la dama Eileen. Es una presencia que lo inunda todo. Cada palabra suya es suave, musical, y cada movimiento rezuma una… una cualidad que me resulta tan ajena como magnética. Es extraordinariamente bella, y la sexualidad la rodea como un aura, pero siempre con una gracia innegable.
Me pidió que me desnudara.

Todavía siento el rubor. Soy un hombre de votos, de armadura, de austeridad. Jamás… jamás me había expuesto así a una mujer. Pero su petición fue tan directa, tan libre de malicia—un "retrato erótico, pero con mucho respeto", dijo.

Por la artista, por la obra, me quité toda la ropa. Sentí la piel desnuda como una traición a mis votos.

Me acerqué al agua con todo el pudor del mundo, tratando de ocultar lo que no debía ser visto. El agua estaba tibia, envolvente.

Ella me dio un patito de goma. Un patito de goma amarillo, para cubrir mis… mis dotes masculinas. Sentí que se me escapaba una broma, la primera en horas. Dije que temía que fuera demasiado pequeño para la tarea. Ella se rió. Una risa coqueta, suave.

Mientras el agua me envolvía, hablamos. Y la vergüenza, inspirada por el consejo de una amiga —lánzate, sé valiente—, me dio el atrevimiento. Le conté el sueño. El sueño… que he tenido.

Mientras hablaba, ella escuchaba, y sus comentarios eran brasas encendidas.
Le conté cómo caminaba descalzo por la arena húmeda, la brisa salina, el cielo de acuarela dorada. “Qué paz, Padre Dick, caminar así, tan libre,” musitó.
Cuando apareció ella—Eileen en el sueño—con el vestido ligero que el viento pegaba a su figura, me aclaré la garganta. Le conté cómo no hablamos, cómo el mar lamía mis tobillos. “¿El mar estaba cálido? El mar de los sueños siempre es más sugerente,” me preguntó con esa sonrisa.

Y luego el contacto. El roce mínimo de su brazo contra mi pecho en el sueño, y cómo me encendió. “Oh, ese pequeño accidente,” dijo, muy cerca, mientras pintaba un trazo.

Le narré cuando nos detuvimos, el viento juguetón con el borde de su vestido, cómo nuestros ojos se encontraron sin juicio, y cómo nuestras manos se enlazaron. “Como si nunca hubieran estado separadas,” murmuró, y por el tono, supe que lo decía de verdad.

Describí cómo ese contacto era tan natural, como si Ilmater y mi voto nunca hubiesen existido en ese lugar onírico.

Ella apoyando la cabeza en mi pecho, mi mano en su espalda, y la mirada sin urgencia. Le conté el deseo, intenso, contenido.

Y el final. El beso no llega. Solo la suspensión en el instante previo, el deseo que se disuelve cuando el mar nos rodea y el sueño se desvanece.

Eileen solo sonrió. “Los sueños que te dejan en el borde… son los que más se recuerdan, Dick.”

El resto del dibujo pasó en silencio.
El final fue… más audaz de lo que puedo admitir.

Ella bromeó, acercándose mucho, tocando la superficie del agua. Su rostro estaba a centímetros del mío, sus ojos profundos y coquetos. De repente, su mano se alargó, ágil, y me quitó el patito de goma.

Me lo puso en la cabeza.
Sonrió, una sonrisa tan abierta, tan… sexualmente conocedora, que me dejó sin aliento. Me dio un pequeño toque en la nariz con la punta del pincel.

“Hemos terminado, puedes vestirte, Dick Cars,” dijo.

El problema, el terrible y humillante problema, es que en ese instante mi miembro se puso completamente erecto. La vergüenza me invadió con tal fuerza que apenas pude bajar el patito de mi cabeza para cubrirme otra vez.

Salí del agua tan rápido como mis piernas torpes me permitieron. Me vestí a toda prisa, evitando su mirada. Nos despedimos. Fue un adiós cortés, casi profesional, como si nada hubiera pasado.

El Caballero del Guantelete ha fallado hoy. El deseo ha vencido a la decencia, aunque solo fuera en el silencio de un baño. Eileen, su arte, su ser. Siento la tentación.

Padre Dick, reza por tu alma. Rezo a Ilmater para que me guíe. Pero temo que el calor del mar onírico haya dejado una marca más profunda de lo que quisiera.

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El ascenso a Caballero Centinela
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El hedor de la batalla y sangre de trasgo aún parecía flotar sobre Purskul, un recuerdo agrio de la furia que habíamos desatado. Ver a la Guardia, a la Liga del Cereal, miembros de la Arcanum, La Iglesia de Selune, varios aventureros y a los míos, los del Guantelete, hombro con hombro, fue un espectáculo que grabaré en mi alma. Una comunión forjada en la necesidad y el acero. El agotamiento es un manto pesado, pero lo llevo con orgullo, sabiendo que el dolor de esta jornada ha traído un respiro a los inocentes.

Después de la batalla, cuando la Maestre de la orden hizo llamarme, el corazón me dio un vuelco. Me acerqué, con las rodillas ya dobladas antes de que pronunciara palabra. Había un presentimiento, una certeza profunda de que mi año de servicio, de que cada golpe dado y cada plegaria susurrada, había sido visto y medido. Arrodillarme no fue un acto de sumisión, sino la entrega sincera a la Voluntad de la Orden, a la causa que me ha dado un propósito.

Sus palabras resonaron con la fuerza de un juicio justo. Sentí un oleaje de orgullo puro y ardiente al escuchar que mi labor como Clérigo y Caballero era digna. Mis aptitudes, mi dedicación... todo había dado fruto. Me sentí validado. Pero entonces vino el toque de disciplina, el frío acero del Guantelete templando el fuego de Ilmater, mi carácter impulsivo.

La Maestre tenía razón, por supuesto, y esa verdad me escuece. Mi corazón es débil ante el sufrimiento ajeno; un dolor en el rostro de un niño o la injusticia me hacen arder, me empujan a la acción sin medir las consecuencias, sin recordar que la justicia del Guantelete debe ser también la calma y el orden. No puedo permitir que mi celo, por muy bienintencionado que sea, cause más desasosiego. Debo aprender a canalizar la compasión de Ilmater a través del temple de la Orden.

Cuando la Maestre miró a Valerio, sentí que mi futuro quedaba en las mejores manos. Mi corazón se desbordó de una gratitud que pocas veces me atrevo a mostrar. Valerio. Él vino a buscarme a las sombras del hospicio de San Annur, me vio cuando yo era invisible. Él me ofreció una vida por la que vale la pena luchar.

Le agradecí con una sinceridad que apenas pude contener, un reconocimiento a todo lo que me ha guiado hasta el rango de Caballero Centinela.

El nuevo título, "Centinela", se siente como una armadura más pesada y una responsabilidad más dulce. Es el reconocimiento de que pertenezco a algo inquebrantable.

Después, el alboroto de las felicitaciones fue un bienvenido alivio. La camaradería sincera de los que habían compartido batalla, que reconocían no solo mi ascenso sino también la victoria conjunta, me envolvió en una calidez humana que pocas veces he experimentado. Dejamos atrás los restos del conflicto y nos dirigimos a la posada de Purskul.

El Vino de la Casa Gáldrim era denso y dulce, un néctar de paz que contrastaba con el sabor a metal y miedo de la tarde. En ese rincón, entre el tintineo de copas y las risas de mis compañeros, sentí la satisfacción más honda. La batalla había terminado, mi camino había sido confirmado. La Orden me había elevado y me había corregido. Y bajo la mirada vigilante de Valerio, estoy dispuesto a convertirme en el Centinela que la causa requiere, un alma templada, lista para la próxima pelea y seguir soportando la carga de todos los necesitados.
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Offtopic :
Gracias @DM Tepes por la escena de la batalla y por el ascenso 😊
 
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Cuando la Fe Olvida la Ternura
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Señor del Sufrimiento, dame claridad, pues mi pecho alberga hoy una pesadez que no proviene del látigo ni del sacrificio, sino de la mirada empañada de una mujer.

Hoy me encontré con Eileen frente a los puestos de la plaza. Se veía radiante, aunque ella se empeñe en decir que es solo una doncella entre tantas. Me pidió consejo sobre unas joyas, zafiros que, según sus ojos, eran el complemento perfecto para la celebración que vamos a ir juntos.

Pero al preguntar el precio... el mundo real golpeó con fuerza. Una cifra obscena. Un insulto para quienes no tienen qué comer en el hospicio.

No pude evitarlo. Mi fe, mi vida entera dedicada a los necesitados, habló por mi boca antes que mi corazón. Le dije que ese dinero podría alimentar y curar a muchos durante meses. Vi cómo su ilusión se apagaba, cómo su espalda se tensaba. Intenté arreglarlo, ofrecí comprarlo si mis manos tuvieran el oro, le dije que su belleza natural no necesitaba de piedras frías... pero el daño estaba hecho.

Me siento un necio. Ella, en su infinita generosidad, me ha regalado un traje de telas nobles para que luzca digno a su lado en la boda. Me ha elegido a mí, un humilde servidor de Ilmater, para acompañarla. Y yo, en lugar de abrazar su deseo de brillar para mí, la he hecho sentir superficial. He puesto la carga de mi moral sobre sus hombros, haciéndola sentir culpable por un deseo tan humano como el de querer sentirse bella.

Se marchó corriendo, huyendo de mis palabras y de la vergüenza, perdiéndose entre la multitud mientras yo gritaba su nombre en vano. Me duele verla sufrir, y me duele más saber que yo he sido la causa de ese dolor.

¿Cómo puedo enseñarle que para mí ya es la joya más valiosa sin que mi voto de pobreza se interponga en el camino?

Mañana buscaré la forma de sanar esta herida. No por el oro, sino por el respeto que le debo a su generosidad. Ilmater, enséñame a ser tierno sin dejar de ser justo, porque temo que en mi empeño por ser un buen sacerdote, esté perdiendo el corazón de la mujer que me está haciendo ver el mundo con otros ojos.

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Luces y Sombras en el Distrito del Río
Feria en los Barrios Bajos
1759987927115.pngAún tengo el eco de las risas y el clamor de la multitud resonando en mis oídos.

Hoy, el Distrito del Río no olía solo a agua estancada y desesperación, hoy olía a fiesta, a especias y a esa alegría frenética que solo los que poco tienen saben exprimir de la vida. La feria ha sido un respiro necesario para las gentes de los barrios bajos, y confieso que, para este humilde servidor de Ilmater, también lo ha sido.

Caminar por entre los puestos ha sido una experiencia enriquecedora. A cada paso, una cara conocida, un estibador al que curé una fractura el mes pasado, una de las "chicas de vida alegre" a la que visité para asegurarme de que el mal no marchitara su salud, o algún huérfano del hospicio de San Annur que corría con la boca manchada de dulce.

Me sentía en paz. Ver a mis feligreses sonreír es, a veces, la mejor medicina que puedo recetar.

La atmósfera me embriagó tanto que acabé frente al foso de combate. El sudor y el choque del acero despertaban algo primario, y no pude evitarlo, aposté unas monedas. Justo en ese momento, apareció el Caballero Centinela Valerio. Su presencia,esa rectitud que solo la Orden del Guantelete sabe mantener, y su ceño se frunció al verme participar en tales "vicios".
“Hermano Dick, ¿es este el ejemplo que un Centinela debe dar?” —me reprendió con esa voz de mármol que tiene.
Yo solo pude sonreírle mientras recogía mis ganancias. — “Tranquilo, Valerio. Estamos de feria, y el Señor del Sufrimiento sabe que estas monedas se transformarán mañana en ungüentos para los leprosos y pan para el hospicio. Si el azar ayuda a los pobres, ¿quién soy yo para negarme?”

No todo fue ruido. Me dejé llevar por la curiosidad. Entre el humo de las velas, le pregunté a las cartas sobre el amor... ese asunto que a veces pesa más que un cilicio de hierro. La respuesta fue clara y, quizás, necesaria: “Céntrate en tu labor, Dick. Tu camino es el del alivio del dolor ajeno; no fuerces los hilos del corazón, pues se enredarán si los tiras antes de tiempo.” Me dolió un poco, lo admito, pero hay paz en la aceptación.

Antes de marcharme hacia el campamento de leprosos que custodia nuestro templo, hice girar la ruleta. Parece que Tymora decidió hacerme un guiño, o quizás Ilmater quiso recompensar mis largas noches de vigilia, porque los premios fueron generosos. Salí de allí con la bolsa pesada, pero el corazón ligero.

Mañana volveré al dolor, a las llagas de los enfermos y a la pobreza extrema del Distrito del Río. Pero esta noche, el Padre Dick duerme con una sonrisa, sabiendo que la alegría de hoy comprará el alivio de mañana.
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LA BODA, EL VINO Y EL BESO
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Había quedado con la Dama Eileen junto a la fuente del Templo de Selûne. El agua cristalina reflejaba la luz plateada, pero nada brillaba tanto como ella. Eileen lucía un vestido espectacular, de un azul profundo que recordaba al cielo nocturno, adornado con detalles dorados que fluían como polvo de estrellas. El diseño de su corpiño, de un marrón terroso y ajustado, resaltaba su figura de manera audaz, con un escote prominente y generoso que desafiaba la compostura de cualquier hombre, incluso la de un caballero de la Orden del Guantelete. Su melena roja caía como una cascada de fuego sobre sus hombros.

Yo vestía mis nuevas galas que me regaló ella, un jubón verde esmeralda con brocados detallados sobre una camisa de seda blanca de mangas abullonadas, y unos pantalones oscuros que, como bien notaron las damas después, marcaban mi figura con gallardía
.

Me arrodillé ante ella, tomé su mano y deposité un beso, sintiendo que mi pulso se aceleraba más que en cualquier batalla. Aprovechando un momento de confidencia, le pedí que cerrara los ojos y se diera la vuelta, que confiara en mí, ella lo hizo y rodeé su cuello con el collar de esmeraldas que tanto había deseado aquel día en el puesto. El verde de las gemas palidecía ante la luz de su mirada.

Ya cuando llegamos a la boda, que durante el camino me sentí el hombre más afortunado del mundo llevando en mi brazo a una mujer tan bella y con corazón enorme, como padrino, tuve el honor de escoltar a Gwenaelle hacia su amada Sariel. Al verla, tan radiante, no pude evitar romper el protocolo con dos besos de sincero afecto. "Estás hermosa", le susurré, antes de entregarla a Sariel. Ver su felicidad me llenó de un gozo puro; un recordatorio de que, aunque mi Dios es el del Sufrimiento, también luchamos para proteger la alegría ajena.

La ceremonia, oficiada por la Obispo Arianne, fue un bálsamo de paz. Pero tras los votos y los anillos, llegó el banquete... y con él, el vino.

Decidí que "un día es un día". Bebí el vino puro, sin agua, sintiendo cómo el fuego líquido relajaba mis defensas. Entre copas y risas, saqué a bailar a Eileen. La música nos envolvió y pronto nuestros cuerpos se buscaron. Sentí el contacto de su pecho firme y prominente contra el mío, una presión que me nubló el juicio.

El vino me dio el valor que la castidad me suele robar. Detuve el baile, la miré a los ojos y me lancé. Fue un beso de película, caliente, húmedo, eterno. Un beso que sabía a deseo contenido. Al separarnos, entre sonrojos, pedí perdón por mi audacia, pero su sonrisa me confirmó que el sentimiento era mutuo.

Embriagado de amor y alcohol, le pregunté si aceptaría a un hombre con mis cargas, un centinela entregado al servicio y al sacrificio. Su respuesta fue sabia: "Poco a poco, Dick". Un beso en la mejilla selló nuestra promesa de conocernos más.

No fuimos conscientes de que el resto de invitados nos observaba. Entre bromas con Dama Maeve y la Obispo sobre cómo me sentaban mis nuevos pantalones, y me marcaba el "culito" la euforia empezó a decaer. Eileen se marchó con las novias a entregarlas su regalo, me quedé charlando con la dama Maeve y Arianne. Hasta que volvieron y nos retiramos.

¿He fallado a Ilmater? El Dios Quebrado no prohíbe el amor, pero temo que este fuego por Eileen me distraiga de mi deber como sufridor. El beso fue apasionado, quizás demasiado para un sacerdote. Me preocupa la imagen que di, la distracción de mis funciones... pero al cerrar los ojos, solo puedo sentir el calor de su piel y el brillo de las esmeraldas. Que el Señor del Sufrimiento me perdone si, por una noche, preferí el placer al sacrificio.

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Donde la Justicia Muere, Empieza el Sufrimiento
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No puedo quitarme de la cabeza el sonido de ese mazo. Cada golpe del Juez Payne no caía sobre la mesa, caía sobre el honor de Gwenaëlle y sobre todo en lo que creo como Caballero de la Orden y servidor de Ilmater. Hoy he visto el rostro de la tiranía, y no llevaba una máscara de monstruo, sino una toga de magistrado.

Tener que pagar 100 monedas de oro para ver cómo destrozaban a una amiga... me sentí como un cómplice pagando la entrada a un patíbulo. Miraba a mi alrededor y solo veía buitres esperando el despojo. Mientras ella estaba allí, de pie, privada de su silla por "disciplina", yo sentía que mis propias piernas flaqueaban de la rabia. La obligaron a estar erguida mientras intentaban que su espíritu se arrodillara.

¿Qué clase de justicia es esta? Vi a Gwen intentar abrir sus documentos, vi su mirada buscando una lógica que no existía en esa sala. La mandaron callar como si fuera una criminal de guerra cuando solo intentaba defender la verdad. Y esos jueces... esos perros de Bane.

¿Usted qué opina?, preguntaban a los testigos. ¡Maldita sea! En un juicio se buscan hechos, no las bilis y los prejuicios de cualquiera que pase por allí.

Me dolieron las manos de tanto apretarlas. Ver a los guardias intimidándola, ver cómo el Juez Domar disfrutaba con cada palabra de "opinión" que la hundía más. Y lo peor fue el final.

Esa sentencia no buscaba castigar un crimen, buscaba extirpar a la Iglesia de Selûne de Amn. Han usado a Gwen como la llave para cerrar las puertas de los templos de la Luna.

Diez azotes... se me revuelve el estómago. Como siervo de Ilmater, sé que el dolor físico pasará, pero la humillación pública y el destierro de su propia fe en estas tierras es una herida que no cierra con ungüentos.

La han dejado sin ciudadanía, sin derechos, casi sin identidad.

Como su amigo, mi deber es no olvidar. Siento una impotencia que me quema el pecho. El Circo de Athkatla ha bajado el telón, pero la función no ha terminado. Si creen que Dick Cars va a dejar que este robo a plena luz del día se pierda en el archivo de los casos cerrados, es que no conocen mi terquedad.

Gwen, lo siento. Siento no haber podido saltar desde el estrado y gritarles la verdad a la cara.

Y hay algo más. El día señalado, cuando el látigo deba rasgar la piel y la humillación se haga carne, no la dejaré sola. Como siervo de Ilmater, mi camino es claro: "Si es necesario, toma el lugar del que sufre". No es solo una frase de los libros de fe, es el latido de mi propio corazón en este momento.

Me presentaré ante el verdugo y ante esos jueces de pacotilla. Ofreceré mi espalda, mi cuerpo y mi sangre para recibir cada uno de esos diez azotes en su lugar. Si el dogma de mi señor dice que debemos entregar nuestro cuerpo para aliviar el dolor ajeno, que así sea.

Prefiero que el cuero me marque a mí mil veces antes que ver a Gwenaëlle quebrarse bajo el odio de esos tiranos.

Si el mundo ha decidido convertirse en un circo de crueldad, yo seré el escudo que reciba los golpes. Que Amn vea lo que significa la verdadera entrega y lo que es ser un siervo de Ilmater verdadero, y que esos jueces sientan, aunque sea por un segundo, el peso de su propia injusticia sobre los hombros de un hombre que no les tiene miedo.
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Un Beso sin Remordimientos
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Hoy el peso del acero se siente distinto sobre mis hombros. Partimos hacia Purskul para asistir al joven escudero Atticus, mi ahijado, en una labor propia de nuestra fe, ayudar a quienes no pueden defenderse de las bestias.

Cumplimos con el deber, y el Escudero se quedó en Purskul visitando algunas tiendas, la dama Eileen y yo fuimos camino de regreso a Crimmor que nos reservaba pruebas que ningún manual de la Orden me enseñó a superar.

En la ruta, la violencia nos salió al paso. Varios bandidos, cegados por la codicia, no nos dejaron más opción que el acero. A pesar de mi condición de Caballero Centinela, el arrebato de la vida siempre deja una sombra en mi espíritu.

Elevé mis plegarias a Ilmater, pidiendo por las almas de aquellos desgraciados que forzaron su propio fin.

Pero fue al llegar a la seguridad de Crimmor, a solas con la Dama Eileen, cuando el dolor del combate se transformó en un fuego que no supe, ni quise, extinguir.

Todavía siento el calor recorriendo mi cuerpo y el pulso acelerado.

Todo empezó cuando no pude aguantar más y se lo solté a la cara, ella me provoca algo que simplemente escapa a mi control. Entre risas nerviosas y rascándome la cabeza, terminé preguntándole si era una bruja, porque no es normal lo que me hace sentir. Pero ella, lejos de molestarse, me miró con esa mezcla de timidez y picardía que me vuelve loco. Sus labios se tensaron por la vergüenza, sí, pero me desafió con la mirada, preguntándome si de verdad la creía capaz de semejantes "artimañas".

Me puse galán, ya me conozco, y le dije que yo era un "caramelito". Ella me siguió el juego. Subió su mano poco a poco, con una lentitud que me cortó la respiración, hasta posarla justo sobre mi armadura, sobre el corazón. Me preguntó con curiosidad: “¿Así que sois un caramelo?”. Y qué iba a decirle yo, sintiendo su mano ahí, quemándome a través del metal... le solté que era un caramelito que se estaba derritiendo en ese mismo instante.

Entonces, se inclinó. Fue tan delicada, tan... propia de una dama, pero con una sensualidad que me gritaba que la tomara. No pude resistirme más. Sellé el encuentro con un beso que deseaba fervientemente, un beso consciente, cálido y húmedo que me hizo sentir el hombre más afortunado del mundo.

Sentí sus brazos rodeando mi espalda, apretándome, buscando elevar nuestras pasiones a otro nivel.

Cuando nos separamos, ella parecía dudar por un segundo. Me preguntó si había sido demasiado atrevida, pero la tranquilicé de inmediato, fui yo el que no pudo contenerse. Me confesó sin pudor que, aunque no sabía si era lo correcto, lo deseaba.

En ese momento, mi cabeza dio un vuelco. Verla ahí, vulnerable pero decidida, confesando su deseo, rompió cualquier rastro de duda que yo pudiera tener.

La tomé de las mejillas, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos, y la atraje hacia un segundo beso.

Esta vez no hubo delicadeza de caballero, fue algo rápido, hambriento, puramente carnal. Mientras mis labios se perdían en los suyos, solo podía pensar en lo mucho que quería romper esa distancia, en cómo su aroma me nublaba el juicio. Quería más, lo quería todo.

Fue entonces cuando la atmósfera se volvió eléctrica. Eileen me susurró al oído, con una voz cargada de una lascivia que me erizó la piel, una advertencia que todavía me retumba, “Ten cuidado, no enciendas una mecha que luego no puedas apagar”.

Se despidió con metáforas poéticas, diciendo que ya había "bebido bastante del manantial de su afecto" por hoy y que debía dejar que mi sed se apagara poco a poco.

Me lanzó algún que otro guiño, admitiendo que le iba a costar tanto controlar mis impulsos como los suyos propios.

Antes de irse, bajó la mirada de forma furtiva y táctica... y vaya si vio el efecto físico evidente que me había causado.

Me prometió que nos veríamos más tarde y se marchó, dejándome aquí, completamente encendido. Solo puedo pensar en el día en que ambos podamos dar rienda suelta a lo que sentimos. Lo tengo claro, ese día, Amn va a temblar.

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El Camino y la Luna
Conociendo a Maeve Mirelith

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Hoy Ilmater me ha regalado un encuentro de esos que te alivian el peso de la armadura. Salía yo de los llanos de Athkatla hacia el camposanto cuando, justo al pasar por la puerta del hospicio, me crucé con la dama Maeve Mirelith.

Qué mujer tan agradable. Ella sirve a Selûne y, aunque habíamos coincidido antes, nunca nos habíamos parado a hablar de verdad.

Me contó que iba hacia la aldea pesquera Kalathyr a buscar plantas, y como yo también buscaba ingredientes para mis pociones, decidimos caminar juntos. Fue una bendición. Hablamos de todo, de su vida, de su pasado y de lo que guarda en su corazón.

Me gusta su forma de ver el mundo; es sincera y no esquiva ninguna pregunta.

El camino, como siempre, tuvo sus pruebas. Varias criaturas nos salieron al paso defendiendo su territorio. Es su naturaleza y no les guardo rencor, pero tuve que usar la maza para protegernos.

Cada vez que uno caía, pedí al Dios Ilmater que les diera la paz que no hallaron en vida. Maeve estuvo increíble; sus bendiciones y sanaciones me mantenían en pie cada vez que las fuerzas me flaqueaban. Es una sanadora nata.

Antes de que las cosas se pusieran feas, llegamos a el Árbol de Fruto Fantasmal. Mientras recolectábamos esos frutos, seguimos charlando con total confianza. Ella también quiso saber de mí, me preguntó por la dama Eileen. Le confesé la verdad, que lo nuestro va poco a poco, sin prisas, y que esa relación me está cambiando.

Siento que soy un hombre nuevo, más amoroso, y creo que hasta se me nota ese brillo en los ojos del que todos hablan.

Pero poco después, el cielo se oscureció con el batir de alas. Un grupo de arpías se nos echó encima. Eran duras, aguantaban mis golpes como si nada y golpeaban con rabia. Si no fuera por Maeve, que no dejó de sanarme ni un segundo para que yo pudiera centrarme en el combate, no sé si lo habríamos contado. Al final, con esfuerzo y la gracia de nuestros dioses, las vencimos.

Llegamos a la aldea pesquera y terminamos la tarea recogiendo unos cactus. Al momento de despedirnos, no pude evitar sentir una alegría muy profunda. Le tomé la mano con cariño y fui sincero, ha sido un descubrimiento conocerla.

Le pedí que, por favor, me avisara la próxima vez que salga a recolectar.

Doy gracias a Ilmater por este camino compartido. A veces, entre tanto sufrimiento y batalla, un poco de buena compañía es la mejor medicina para el alma.

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Cuando la Ciudad Olvida su Dolor
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Apenas puedo sostener la pluma. Mis hombros pesan por el esfuerzo de descargar carros, pero mi alma... mi alma se siente más ligera que nunca.

Hoy Ilmater no ha llorado por el dolor del mundo, sino por la alegría de ver que la bondad no se ha extinguido. Me quedé sin palabras al ver aparecer a la Casa Gáldrim y a los Aurelion, con sus carros cargados de vida. Ver ese Golem de la Iglesia de Selune traído por la dama de la Luna Gwenaëlle, caminar entre la gente corriente, cargando comida en lugar de armas, fue una imagen que tardaré en olvidar.

Sentí un nudo en la garganta cuando aquella mujer, que aún viste de luto por su esposo, puso sus ahorros en mis manos. ¿Cómo es posible que quien más ha perdido sea quien más ofrece?

Esos son los momentos en los que mi fe se hace de acero. También la Dama Any Eiven... sus plantas sanarán cuerpos, pero su gesto ha sanado un poco mi propia esperanza en esta ciudad.

Miraba a mi hermano Atticus, con su túnica amarilla y esa rosa en el pecho, y supe que no estábamos solos. Incluso los que salieron de las sombras, esos encapuchados, trajeron luz con su oro.

Todo este grano, la miel de la Dama Arianne, el oro de Madeleine y Astrid... mañana se convertirá en la sonrisa de un huérfano y en el suspiro de alivio de un anciano en el Distrito del Río. Gracias, Dios que sufre, por permitirme ser el puente entre tanta generosidad y tanta necesidad.

Hoy me voy a dormir con el corazón en paz. Mañana queda mucho trabajo por hacer, mucha harina que repartir y muchas heridas que vendar. Pero hoy, por fin, la Ciudad ha brillado.
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Un cargo que pesa más que los sacos de grano
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Aún no me lo creo. Tengo delante un pergamino oficial de los altos cargos de la Iglesia de Ilmater y la palabra "Obispo" escrita en letras grandes. Dicen que es por el trabajo que hice en el hospicio y en el templo de la ciudad.

A ver, no voy a mentir, me ha dado un vuelco el corazón. Pero luego me he quedado mirando mis manos y he pensado

"Dick, ¿tú de Obispo?"

Se supone que es un ascenso, algo bueno, pero a mí me da un miedo que me muero. No quiero que por llevar un título importante se me olvide lo que es tener barro en las botas y la espalda molida de ayudar a los demás.

En nuestra orden, ser jefe no es mandar, es servir el doble. Si ahora soy Obispo, significa que tengo que cargar con los problemas de mucha más gente. Espero que el Dios que Sufre me eche una mano, porque no quiero convertirme en uno de esos tipos estirados que solo dan sermones desde un sitio alto.

Si este cargo sirve para que los de arriba nos den más comida y medicinas para los pobres de Athkatla, entonces bienvenido sea. Pero seguiré siendo el mismo Dick de siempre, solo que ahora con más líos en la cabeza.

Mañana será un día largo. Toca rezar para que no se me suba el cargo a la cabeza y para seguir siendo útil de verdad.

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Offtopic :
Gracias ☺️
 

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Una visita inesperada al cuartel
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No me esperaba yo que el día acabara con mis huesos sentadito en el cuartel de la Guardia de Athkatla. Recibí el aviso y como no tengo nada que esconder, para allá que me fui. Me recibieron la Sargento Kath y el guardia Kemper Banji.

Gente educada, no tengo queja de eso, me ofrecieron asiento, pero el ambiente estaba raro, como si me estuvieran midiendo.

Lo primero que me dijo Banji fue lo de la ciudadanía. Le expliqué que, por ser Caballero de la Orden del Guantelete, ya la tenemos por derecho, aunque no llevaba el papel encima en ese momento. Lo apuntó todo y seguidamente me comunicaron la razón por la que estaba ahí, me han puesto una denuncia por "blasfemias" contra oficiales de la guardia.

Me quedé a cuadros, la verdad. Yo, que me esfuerzo por ser un hombre recto, ¿soltando insultos a la autoridad? No me salía la cuenta. Les dije que no recordaba haber hecho nada parecido, y menos a un oficial. Intenté tirarles de la lengua para saber qué dije exactamente o quién me señalaba, pero nada, dicen que no pueden decir nada sobre ello. Todo muy secreto.

Dándole vueltas a la cabeza, pensé en mi trabajo en el periódico La Voz de Amn. Quizás algún artículo sobre el lío de la dama Gwenaëlle no sentó bien a alguien.

Tendré que releer lo que escribí, pero estoy seguro de que no falté al respeto a nadie. Al final, como les dije a ellos, el que acusa es el que tiene que demostrar las cosas, ¿no?

En fin, me fui de allí con la cabeza un poco caliente pero la conciencia tranquila. Veremos en qué queda este enredo, pero uno ya está acostumbrado a luchar contra seres fantasmales y No-muertos como para asustarse por sombras.

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Día de los enamorados lleno de besos pasionales
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Empezó la mañana tranquila, paseando con Manitas por el camino del río. El aire fresco y el ronroneo de mi compañero eran lo único que ocupaba mi mente hasta que, al llegar a los llanos de Athkatla, la vi. La Dama Eileen.

No importa cuántas veces la encuentre, cada vez que mis ojos dan con ella, algo en mi interior se transforma. Es, sin duda alguna, la mujer más hermosa de toda Amn. Estuvimos charlando un buen rato sobre el hospicio, planeando algo que me hace mucha ilusión, pintar murales con los niños huérfanos.

Ver su entusiasmo por ayudar a los pequeños me llena el alma, pero a la vez, Eileen tiene esa forma de hablar... tan sugerente, tan llena de una feminidad que me desborda. Aunque ya hemos compartido algunos besos, sigo siendo un novato en estos lances del corazón.

Me pongo nervioso, las manos me tiemblan un poco y siento que ella tiene un control sobre mis sentidos que yo aún no sé gestionar.

En mitad de nuestra charla, apareció la Dama Fery. ¡Qué estampa! Esa semiorca tiene una presencia arrolladora y hoy lucía un vestido rojo que era un auténtico desafío a la imaginación, elegante y atrevido a partes iguales. Iba repartiendo rosas por el día de los enamorados y en un arrebato de timidez juguetona, le pedí consejo de amor como si Eileen no estuviera delante, hablándole de mi fascinación por una mujer de increíble melena pelirroja. Fery, captando el juego, me dio unos sabios consejos mientras Eileen sonreía.

Al despedirnos de Fery, le ofrecí el brazo a mi dama y caminamos hacia el hospicio. Pero la tensión de la charla anterior era como un fuego lento que, nada más cruzar el umbral del edificio, estalló.

El primer beso fue un volcán. No pude contenerme más. La pasión que veníamos reteniendo se liberó de golpe. Eileen respondió con una entrega que no conocía hasta ahora, me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento, buscando la cercanía de mi cuerpo. Sentir la calidez de su figura, la suavidad de sus formas presionando contra mi pecho... fue como si el mundo exterior dejara de existir.

Pero el destino quiso que una de las hermanas de San Annur apareciera con una bandeja. El estrépito del metal contra el suelo nos devolvió a la realidad. La pobre mujer salió huyendo roja de vergüenza. Eileen, con esa dulzura que me mata, apoyó su cabeza en mi pecho y me miró a los ojos, calmándome. La dije que no se preocupara por la hermana, que me encargaría luego. Y ahí, en ese instante de complicidad, llegó el segundo beso. Fue tan extremo, tan cargado de una química que casi podía verse en el aire, que perdí el juicio.

La tomé de la mano y entre risas y suspiros, corrimos hacia mi despacho en la biblioteca. Al cerrar la puerta, la urgencia nos ganó. La apoyé contra la mesa y nos fundimos en un tercer beso, el más ardiente de todos. El deseo era una llama viva, yo estaba sobre ella, dejándome llevar por una lujuria que nunca pensé sentir con tanta intensidad.

Sin embargo, en el último momento, una punzada de conciencia me golpeó. Me detuve en seco. Eileen es una dama, una mujer a la que respeto profundamente, y habíamos acordado ir despacio. No era el lugar, ni eran las formas que ella merece de un hombre que la ama de verdad. El arrepentimiento me invadió de tal forma que caí de rodillas ante ella, escondiendo mi rostro en los pliegues de su vestido, suplicándole perdón por mi exaltación.

Eileen, con una nobleza que solo me hace amarla más, me tomó de los brazos y me obligó a levantarme. Me miró con ternura y me aseguró que no se había sentido vulgar en absoluto. Al contrario, me confesó que le gustaba ver esa reacción en mí, que sentía nuestra química y que agradecía que expresara mi amor de esa forma.

Poco después, los golpes en la puerta nos llamaron a la realidad, había gente esperando en la entrada. Nos arreglamos las ropas, nos abrazamos con esa paz que queda tras la tormenta y salimos a cumplir con nuestro deber.

Ahora que escribo esto, a solas en mi cuarto, todavía siento el aroma de las rosas y el calor de su piel. Ilmater me dé paciencia, porque amar a Eileen es la penitencia más dulce y el regalo más grande que jamás he recibido.

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El peso de la compasión
Día de reparto en los Barrios Bajos

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Aún me duelen los hombros por el esfuerzo, pero es un dolor que se lleva con gusto. Tras el éxito de la colecta en los llanos de Athkatla, hoy por fin hemos movido todo ese cargamento de esperanza hacia donde más falta hace.

No es fácil organizar tantas cajas de víveres y medicinas, pero el hospicio hoy respira un poco más aliviado al ver sus almacenes vaciarse para llenar estómagos vacíos.

Empecé el día temprano, yendo a por los bueyes. Son animales nobles, lentos pero constantes, justo lo que necesitábamos para cruzar la ciudad con los carros cargados hasta arriba. Al llegar a los Barrios Bajos, me encontré con el hermano Baldrak y la dama Maeve. Ver caras conocidas de la Orden y de la fe siempre da fuerzas, uno siente que no está solo en esta lucha contra la miseria.

Lo más curioso y lo que nos recuerda que en estas calles la ley no siempre lleva uniforme, fue el encuentro con los Encapuchados de Negro nos estaban esperando. No para robarnos, sino para guiarnos. Conocen cada rincón, cada callejón y cada escondite de este laberinto. Nos dirigieron con precisión, mostrándonos dónde la necesidad apretaba más y por dónde podían pasar los carros sin problemas. Fue una tregua silenciosa por el bien del pueblo.

El trabajo fue duro, pero no estuvimos solos. Muchos ciudadanos se acercaron a echarnos una mano con el reparto. Atticus y yo no dábamos abasto, pero con su ayuda pudimos llegar a cada rincón. Mientras tanto, Baldrak cumplía con su deber de Caballero repartiendo símbolos sagrados. La cercanía del Camposanto y los últimos ataques de los no muertos tienen a la gente con el miedo en el cuerpo, y un poco de fe tangible siempre ayuda a dormir mejor.
Incluso la dama Maeve se unió a mis rezos. Cada vez que me paraba a bendecir una calle para limpiar el aire de enfermedad y desesperación, ella estaba allí, elevando sus oraciones conmigo hacia el Señor del Sufrimiento. Sentir la presencia de Selûne y de Ilmater unidas en un mismo rincón oscuro de la ciudad fue algo realmente poderoso.

Terminamos la jornada frente al templo de Ilmater. Allí, con el corazón todavía latiendo fuerte por la emoción del día, tomé una decisión que llevaba tiempo madurando. Atticus ha sido mi mano derecha, mi apoyo constante en el hospicio y nunca ha flaqueado. Por la gracia de Ilmater, y por mi autoridad como Obispo, lo ascendí de novicio a Monje. Se lo ha ganado con creces, su dedicación es el ejemplo que nuestra orden necesita.

Ahora toca descansar un poco. Los bueyes ya están en el establo y los carros vacíos, pero las almas de los Barrios Bajos hoy están un poco más llenas. Que Ilmater nos guarde para la próxima batalla.

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Un Nuevo compañero
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La carga de un Obispo no solo se mide en el peso de las almas que debe consolar, sino en la fatiga de los pies que recorren los caminos. Hoy, esa carga se ha vuelto un poco más ligera, o al menos, mejor repartida.

Ha llegado a las puertas de la ciudad un emisario proveniente del lejano Monasterio de la Rosa Amarilla. Traía consigo una misiva sellada con la humildad de mis hermanos de las montañas y sujeto de una cuerda de cáñamo, a un pequeño pony de pelaje color tordo y ojos serenos.

"Para el Obispo de Ilmater. Que este animal de paso firme te ayude a llevar el bálsamo donde haya herida, y el pan donde haya hambre. No es un regalo de gloria, sino una herramienta para tu sacrificio."

Lo he bautizado como "Flequi". Es un animal robusto, acostumbrado al frío y a las pendientes escarpadas, que no se queja ante el peso de las alforjas. Ya lo he equipado con lo necesario, sacos de grano para los distritos más pobres, vendas limpias y ungüentos que yo mismo he preparado.

Ya no dependeré de lo que mis manos puedan cargar. Podré llevar provisiones desde el Hospicio a los barrios bajos de un solo viaje.

Flequi servirá para transportar a heridos leves que encontremos en los senderos, permitiéndoles descansar sus miembros fatigados.

Al igual que el burro que carga con la leña, este pony me recordará que mi posición de Obispo no es para ser servido, sino para servir mejor.

Verlo trotar a mi lado, siguiendo mi paso con paciencia infinita, me reconforta. Hay una pureza silenciosa en su esfuerzo que refleja la voluntad de Ilmater. Juntos, recorreremos las calles y caminos, llevando un poco de alivio a quienes más sufren.

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Día de la Sentencia
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Hoy el mazo del juez Tharos ha caído con fuerza. Me han declarado culpable de calumnias. Dice el juez, en su infinita justicia de Tyr, que mis palabras han ofendido a los magistrados y que he manchado el nombre del sistema. Me obligan a escribir un edicto desdiciéndome de todo, a retractarme de lo que mi corazón sabe que es verdad. Y lo peor, un año de trabajos forzados sirviendo a los mismos que me han encadenado.

Es irónico. Un Obispo de Ilmater castigado a servir a la guardia. Supongo que el Señor del Sufrimiento sonríe al verme hoy, al fin y al cabo, cargar con pesos que no nos corresponden es nuestro oficio.

He tomado una decisión. No puedo seguir escribiendo para La Voz de Amn. Si mi pluma debe estar bajo la bota de un juez, prefiero que se seque. Voy a entregar mi renuncia. Me duele dejar el periódico, pero no puedo ser un hombre de fe y un mentiroso al mismo tiempo.

Mañana empezaré a servir mis cadenas. Limpiaré sus cuarteles, cargaré sus suministros y les miraré a los ojos con la humildad de quien no tiene nada que ocultar. Ellos tienen la ley, pero yo tengo mi honor.

Que Ilmater me dé fuerzas para que este año de servicio no me amargue el alma.

El cuerpo aguantará el peso, solo espero que mi paciencia también lo haga.
Mañana será un día largo.

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Recogida de la cosecha
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Todavía me duele un poco la espalda, pero tengo el corazón bien lleno. Ayer celebramos la recogida de la cosecha en el hospicio y sinceramente, si no llega a ser por el llamamiento que colgué en el tablón
¡seguía yo allí solo doblando el lomo entre los tomates!

Empezamos con buen pie porque el caballero Zentakord bendijo la cosecha. Con el visto bueno de los dioses, nos lanzamos al barro. Mis hermanos de la Orden, Baldrak y Talkir, junto con el hermano de fe Atticus, demostraron que los rezos no están reñidos con los músculos. Entre ellos y la Dama Madeleine, que cargó más cestos de los que puedo contar hasta la mula, fueron el auténtico "brazo fuerte" del día.

Pero claro, no todo fue trabajo serio. Teníamos a la guardia Kath... a ver cómo lo explico. Ella ayudaba, sí, pero creo que le gustaban demasiado los maizales para echarse alguna que otra siestecita sentada. ¡Y lo mejor es que luego se manchaba la cara y la ropa a propósito para que pareciera que había estado dándolo todo! Me aguanté la risa porque, oye, ¡venía sin cobrar! Y eso se agradece.

El pobre caballero Radix no tuvo su mejor día, estaba algo flojo y encima se llevó un corte, así que tuvo que retirarse a descansar.

También quiero dar las gracias a los que vinieron a darnos ánimos y compañía, que al final eso es lo que hace comunidad. Gracias a la Dama Numina, al caballero Vrrask, a la Dama Anneris, a la Dama Selhana, a la dama Calendil y a la Dama Elenya. También a la Dama Maeve, que aunque al final no pudo remangarse para ayudar, se agradece igual la intención de pasarse por el hospicio.

Terminamos con las sandías, los melones y las judías, y cuando ya no quedaba nada en el campo, encendimos la barbacoa. Entre risas, recordando los momentos más divertidos y compartiendo la comida, me di cuenta de la suerte que tengo de tener a gente así a mí alrededor.

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Reparto en los Barrios Bajos
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Hoy el cuerpo me pesa, pero el alma está tranquila. Me levanté temprano para ir a los establos a por Flequi. Mi pony ya sabe de qué va esto, se portó de maravilla mientras lo cargamos en el almacén del hospicio. Metimos de todo, hogazas de pan, fruta que aún olía a fresco y un buen montón de medicinas, vendas y esos ungüentos que tanto alivian.

No fui solo. Me acompañaron el hermano Atticus, que con su calma de monje siempre ayuda a templar los ánimos y el caballero Talkir. Talkir se encargó de la escolta, vigilando las esquinas mientras nosotros nos metíamos en los rincones más feos del distrito del río.

Fuimos de puerta en puerta por los callejones de los barrios bajos.¡Somos los Ilmaritas, del hospicio de San Annur, traemos algo para desayunar! íbamos diciendo.

Es duro ver cómo se le ilumina la cara a alguien por un simple trozo de pan, pero así es Athkatla.

No nos quedamos solo en las calles. Entramos en casas que se caen a pedazos para ver a enfermos que no pueden ni levantarse. Les dimos medicinas para las fiebres y les limpiamos las heridas con vendas nuevas.

Me detuve con las mujeres que trabajan en la calle. A ellas les di unos ungüentos especiales, sirven para calmar los picores y sobre todo, para intentar que no pillen enfermedades de esas que te van consumiendo poco a poco.
Al principio algunas me miraban raro, pero al ver que solo quería ayudar y no juzgarlas, me dieron las gracias con una sinceridad que te parte el corazón.

A los mendigos que dormían en el suelo les dejamos algo de comida al lado para que al despertar tuvieran algo que llevarse a la boca.

Ha sido una mañana larga. Si Ilmater sufrió por nosotros, lo menos que puedo hacer yo es cargar un poco de pan y repartir algo de alivio entre los que la ciudad ha olvidado.

Mañana tocará seguir, pero por hoy, el deber está cumplido.

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La defensa de Kazad
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Querido diario,
Aún me tiemblan un poco las manos mientras escribo esto y no es por el frío del Norte, sino por la adrenalina que todavía me recorre el cuerpo. Hemos sobrevivido a una noche que bien podría haber sido la última para todos nosotros.

Llegamos a Kazad, bajo una bruma tan espesa que parecía que el mundo se acababa a dos pasos de nuestras narices. No vimos la entrada hasta que casi nos chocamos con las piedras de la muralla. Los guardias estaban destrozados, se les notaba en los ojos que llevaban días sin dormir, vigilando una oscuridad que no daba tregua. Una dekhana entera, nos dijo luego su Protector, recibiendo ataques noche tras noche.

Nos unimos a la defensa junto a un escuadrón de la Orden del Guantelete y los propios enanos. Incluso la Gran Maestre estaba allí, firme como una roca. También apareció un aventurero que ya andaba ayudando por la zona, un tal Griraslun. Lo que no sabíamos era quiénes venían a por nosotros, los Espectros Duergar del clan Acerosombrío.

Daba igual cuántas barricadas pusiéramos. Esos seres, al ser espectrales, atravesaron las puertas como si fueran aire. La primera oleada fue un caos de sombras y acero frío. Yo estaba centrado en lo mío, manteniendo a mis hermanos en pie. Veía a Baldrak aguantar como un verdadero titán, parando golpes que habrían partido a un buey con su hacha, mientras que Talkir, a su lado, hacía que su espada brillara con un fuego mágico que cortaba la niebla. Atticus era un espectáculo aparte, ese monje no necesita armas, sus puños se movían más rápido de lo que la vista alcanza a ver, golpeando a los espectros como si pudiera tocarles el alma.

En un momento de descuido, mientras lanzaba una curación a uno de los muchachos, un mazazo me vino de la nada. Todo se volvió negro. Por un instante, creí que Ilmater me llamaba a su lado. Por suerte, mis hermanos no me dejaron atrás y me restablecieron justo cuando terminábamos con la primera oleada de ataques.

Pero lo peor estaba por llegar. La segunda oleada trajo a su líder, un ser aterrador con un gran hacha que manejaba con una maestría endiablada. Ahí desenvainé mi espada y dejé que el fuego divino fluyera. Lanzaba conjuro tras conjuro, intentando frenar a esa bestia, pero el líder era demasiado fuerte. Empezamos a flaquear, a caer uno a uno bajo el peso de su acero oscuro.

Y entonces, ocurrió el milagro. Griraslun, el aventurero que parecía uno más, se transformó de repente. En medio de la plaza, surgió una enorme Sierpe Dorada, un dragón majestuoso que rugió con una fuerza que hizo vibrar las raíces de la montaña. Su presencia nos dio el respiro que necesitábamos para recuperarnos y contraatacar. Ver a un dragón de oro luchar a nuestro lado es algo que no olvidaré mientras viva.

Al final, la victoria fue nuestra. La bruma se ha disipado y los comerciantes vuelven a acercarse a Kazad. Los enanos están de festejo, agradecidos a la Orden y a esa "Sierpe Dorada" que se marchó tras la batalla.

Después del caos de la batalla realicé unas bendiciones por los hermanos y enanos caídos en la batalla, al final aunque se consiga la victoria hay vidas que se quedan en el camino.

Yo solo doy gracias por seguir aquí, con mis hermanos de armas y por haber podido servir a Ilmater en una noche tan oscura.

Mañana seguiremos el camino, pero hoy, Kazad vuelve a respirar.

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Offtopic :
Gracias @DM Tepes por la escena 😊
 

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Misa por los caídos en la Niebla
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He pasado la tarde cortando los cordones rojos para la ceremonia. Mientras hacía cada nudo, pensaba en los que ya no están, en los que se quedaron atrapados en la oscuridad de Amn.

A veces me pregunto si mis palabras han sido suficientes. Sé que la gente no busca grandes discursos, solo quieren saber que sus seres queridos no han sido olvidados por los dioses. He sido sus manos y su voz. Ilmater, dame fuerzas para sostener su pena sin quebrarme.

Ahí estaban mis hermanos de la Orden, las damas de la iglesia de Selune, encapuchados de los barrios Bajos de Athkatla, miembros de la guardia, aventureros varios, una redactora de la Voz de Amn que incluso después me hizo una pequeña entrevista. Daba alegría ver cómo ciudadanos de muy diferentes formas de pensar y actuar estaban unidos bajo un mismo techo para una misma causa, eso solo lo puede conseguir Ilmater que soporta la carga de cada uno de ellos para que estén tranquilos y puedan compartir una misma sensación conjunta.

He visto sus caras mientras sostenían la cuerda roja. En ese momento, en la capilla, la niebla de afuera parecía no existir.

He sentido un calor extraño en el pecho a nombrar a los caídos. Es una sensación agridulce, duele saber cuántos se han ido, pero es reconfortante ver cómo nos unimos en el dolor. Al final, cuando todos estábamos en silencio, he sentido que Ilmater estaba allí, cargando con un trocito de la tristeza de cada uno. Mi túnica pesaba menos.

La capilla ya estaba vacía. Solo quedaban las velas consumiéndose y el olor al incienso barato que usamos. Me he quedé un rato solo, mirando las cuerdas anudadas en el altar. Cada nudo es una vida, una historia que la niebla no pudo borrar.

Estoy agotado, pero es un cansancio bueno. Es el cansancio de haber servido de puente. Espero que esta noche los habitantes de Amn duerman un poco más tranquilos. Mañana habrá más heridos, más miedo y más niebla... pero por ahora, hay paz. Mañana volveré a empezar. Porque mientras haya alguien que sufra, yo estaré allí para ayudarle a llevar la carga.

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