farraces
Bug de oscuridad
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La plaza fue un fracaso. Un fracaso amargo que aún quema en mi garganta.
Di el discurso con todo mi corazón, con la autoridad de Ilmater, buscando tocar esa fibra de gratitud y piedad que creí aún viva en el pueblo de Amn. Pero la respuesta fue una ducha fría de resentimiento y desconfianza.
En lugar de la indignación por la injusticia, encontré un coro de voces hostiles. Entre mis súplicas por la lealtad, me llegaban gritos cínicos:
"¡Gwenaëlle no fue la única que luchó!"
"¡Si cometió un delito, que pague, como cualquiera!",
"¡Todos los sacerdotes sois iguales, grandes palabras y ambición egoísta por debajo!"
El cinismo no me sorprende, pues el mundo está lleno de sufrimiento que endurece el alma. Lo que sí me dolió profundamente fue la fuente de gran parte de esa hostilidad. Vi, claramente, a Guardias de la propia Guardia de Athkatla gritando entre la multitud, comportándose como verduleras en un mercado, avivando la hostilidad contra una aliada. ¿Cómo puede una organización juramentada al orden y a la disciplina caer en tal vulgaridad y parcialidad pública?
Es una hipocresía que degrada la autoridad que tanto el Guantelete intenta sostener.
Apenas terminé, el Caballero Centinela Valerio Velandros me apartó de la multitud. Su voz era tranquila, pero su desaprobación era un puñal de hielo.
Me dio una lección de orden. Que un ordenado no busca alterar el orden, sino conseguir la paz. Me recordó que mi deber es con el bien común, y que acciones como un mitin público solo sirven para inflamar y dividir. Me sentí regañado como un novicio.
Y él tiene razón. La tiene en la letra y en la lógica.
Pero mientras él hablaba de protocolos y estabilidad, yo solo podía ver los ojos hambrientos de Gwenaëlle comiendo ese buñuelo en el calabozo, y recordar el pánico de Sariel en Murann.
¿De qué sirve la "paz" si solo se consigue ignorando el sufrimiento de los justos?
Sé que Gwenaëlle y Sariel no son las únicas que lucharon; nunca pretendí tal cosa. Pero son las únicas que, a pesar de haber luchado, ahora están o han estado injustamente encarceladas por sus actos de valentía.
Entiendo la posición de la Orden, Valerio y la Guardia. Pero mi corazón de Ilmater no puede simplemente aceptar que el precio de la Ley sea la agonía de aquellos que nos salvaron. La lección de hoy no fue sobre la ley. Fue sobre la dureza del corazón de Amn, y la soledad que enfrentan quienes buscan la verdad y la piedad.
Mi fe en el martirio y la perseverancia se pondrá a prueba en estos días. No me detendré, aunque deba caminar solo.
Di el discurso con todo mi corazón, con la autoridad de Ilmater, buscando tocar esa fibra de gratitud y piedad que creí aún viva en el pueblo de Amn. Pero la respuesta fue una ducha fría de resentimiento y desconfianza.
En lugar de la indignación por la injusticia, encontré un coro de voces hostiles. Entre mis súplicas por la lealtad, me llegaban gritos cínicos:
"¡Gwenaëlle no fue la única que luchó!"
"¡Si cometió un delito, que pague, como cualquiera!",
"¡Todos los sacerdotes sois iguales, grandes palabras y ambición egoísta por debajo!"
El cinismo no me sorprende, pues el mundo está lleno de sufrimiento que endurece el alma. Lo que sí me dolió profundamente fue la fuente de gran parte de esa hostilidad. Vi, claramente, a Guardias de la propia Guardia de Athkatla gritando entre la multitud, comportándose como verduleras en un mercado, avivando la hostilidad contra una aliada. ¿Cómo puede una organización juramentada al orden y a la disciplina caer en tal vulgaridad y parcialidad pública?
Es una hipocresía que degrada la autoridad que tanto el Guantelete intenta sostener.
Apenas terminé, el Caballero Centinela Valerio Velandros me apartó de la multitud. Su voz era tranquila, pero su desaprobación era un puñal de hielo.
Me dio una lección de orden. Que un ordenado no busca alterar el orden, sino conseguir la paz. Me recordó que mi deber es con el bien común, y que acciones como un mitin público solo sirven para inflamar y dividir. Me sentí regañado como un novicio.
Y él tiene razón. La tiene en la letra y en la lógica.
Pero mientras él hablaba de protocolos y estabilidad, yo solo podía ver los ojos hambrientos de Gwenaëlle comiendo ese buñuelo en el calabozo, y recordar el pánico de Sariel en Murann.
¿De qué sirve la "paz" si solo se consigue ignorando el sufrimiento de los justos?
Sé que Gwenaëlle y Sariel no son las únicas que lucharon; nunca pretendí tal cosa. Pero son las únicas que, a pesar de haber luchado, ahora están o han estado injustamente encarceladas por sus actos de valentía.
Entiendo la posición de la Orden, Valerio y la Guardia. Pero mi corazón de Ilmater no puede simplemente aceptar que el precio de la Ley sea la agonía de aquellos que nos salvaron. La lección de hoy no fue sobre la ley. Fue sobre la dureza del corazón de Amn, y la soledad que enfrentan quienes buscan la verdad y la piedad.
Mi fe en el martirio y la perseverancia se pondrá a prueba en estos días. No me detendré, aunque deba caminar solo.




























































