Poisoned
El que aplaude en los discursos Zhent
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Introducción
¿Asesinar? Ah, es... un arte. Para los ingenuos o los débiles de corazón, la muerte es solo una sombra temida, un espectro distante, pero para mí, asesinar es mucho más que una simple acción violenta. Es un arte que desnuda la verdad más pura: el poder absoluto de disponer de alguien, de convertir su última respiración en tu decisión. Hay una belleza sustancial en ese instante, cuando su vida se desvanece bajo el filo preciso de tu hoja o se apaga con un último susurro envenenado; es entonces cuando siento el mundo en mis manos.
Pero también es un negocio. Los vivos siempre encuentran motivos para desear la muerte de alguien, y yo... jamás desperdicio la oportunidad de lucrar con los deseos. Vendía loto negro en la Calle del Trato, acepté oro a cambio de secretos, incluso robé en nombre de otros. ¿Es tan distinto el asesinato? No lo creo.
-"Matar es poder, arte y recompensa, todo en uno. Un equilibrio fascinante."
La primera vez... es especial, ¿no? Como el primer amante, el primer gran éxito, el primer trabajo, el primer fracaso. Todo lo que viene primero, a veces, abre paso a lo siguiente. Esa marca, tan profunda, es casi natural.
¿Cómo olvidar ese primer acto sublime? Tenía que hacerlo, claro, para asegurar mi entrada en 'las sombras'. Pero no era solo cuestión de "demostrar" algo. No, fue una necesidad que creció en mí, antes de que siquiera pudiera comprenderlo. El primer asesinato fue tan... visceral y revelador. Lo recuerdo bien: la adrenalina, el miedo de fracasar y quedarme en el camino, sin avanzar hacia mis metas. Nunca había cometido tal acto, al menos no así. Era un traidor, me dijeron, alguien que había fallado a las sombras. Ahí estaba, en algún rincón oscuro de la ciudad, donde los ecos se esconden entre las penumbras, en una celda, desnudo e incapaz de resistirse. A mi completa merced.
Dos estocadas en el cuello. No sabía lo que hacía, pero el instinto me indicó que el cuello sería rápido; claramente, no fue así, al menos no de la manera en que lo hice. Aún desconocía la ubicación de la vena carótida, y mi ataque fue seis dedos de distancia. Un desastre. Pero, incluso en su momento final, el traidor no suplicó, no pidió piedad. Supongo que aceptó su destino.
Me miré en sus ojos mientras se desvanecía, y en ese instante entendí algo: la vida que escapaba de sus pupilas, esa vida llena de ambiciones, errores, aciertos, pasado y recuerdos, me pertenecía ahora. Su vida era mía, y eso… eso es poder absoluto.
Cuatro años después, mi mente se debatió entre dos sombras de mi propio ser. Sí, sé quién soy y sé perfectamente que la bondad me abandonó hace muchos años… si es que alguna vez poseí tal virtud (o debería llamarla debilidad). Por un lado estaba esa obsesión por arrancarle su fortuna a otros y llenar mis bolsillos con lo que me fue negado desde mi nacimiento. Por otro, el recuerdo de la daga profana que mis inexpertas manos blandieron aquella vez, frente al traidor.
No lo digo en voz alta, pero no he logrado arrancar esa imagen de mi mente. No la de la sangre, ni la de esos ojos. Fue el arma. Esa pieza única y siniestra, como el pincel más exquisito de un artista. Su detalle quedó grabado en mí, y no me atrevo a plasmarlo aquí para no romper la ley del silencio, pero ese cuchillo dio vida, a través de la muerte, a una nueva versión de mí. Veshka, hija del filo, es el nombre que me otorgo el destino y el que use en mi aprendizaje del arte oscuro.
Le pregunté al dueño de esa arma sobre su naturaleza. Quería saber más sobre ella, sobre su historia, sus propiedades mágicas y si estaba maldita. Tal vez, pensaba, esa impía daga me influía de algún modo, como en los cuentos de héroes y espadas malditas. Ilusión pueril la mía, tan alejada de la realidad. En efecto, el arma posee propiedades excepcionales, pero no afecta a quien la porta. Así que todo pensamiento oscuro que me acompaña desde aquella primera vez es, al final, solo un reflejo de mi propia naturaleza.
¿Asesinar? Ah, es... un arte. Para los ingenuos o los débiles de corazón, la muerte es solo una sombra temida, un espectro distante, pero para mí, asesinar es mucho más que una simple acción violenta. Es un arte que desnuda la verdad más pura: el poder absoluto de disponer de alguien, de convertir su última respiración en tu decisión. Hay una belleza sustancial en ese instante, cuando su vida se desvanece bajo el filo preciso de tu hoja o se apaga con un último susurro envenenado; es entonces cuando siento el mundo en mis manos.
Pero también es un negocio. Los vivos siempre encuentran motivos para desear la muerte de alguien, y yo... jamás desperdicio la oportunidad de lucrar con los deseos. Vendía loto negro en la Calle del Trato, acepté oro a cambio de secretos, incluso robé en nombre de otros. ¿Es tan distinto el asesinato? No lo creo.
-"Matar es poder, arte y recompensa, todo en uno. Un equilibrio fascinante."
La primera vez... es especial, ¿no? Como el primer amante, el primer gran éxito, el primer trabajo, el primer fracaso. Todo lo que viene primero, a veces, abre paso a lo siguiente. Esa marca, tan profunda, es casi natural.
¿Cómo olvidar ese primer acto sublime? Tenía que hacerlo, claro, para asegurar mi entrada en 'las sombras'. Pero no era solo cuestión de "demostrar" algo. No, fue una necesidad que creció en mí, antes de que siquiera pudiera comprenderlo. El primer asesinato fue tan... visceral y revelador. Lo recuerdo bien: la adrenalina, el miedo de fracasar y quedarme en el camino, sin avanzar hacia mis metas. Nunca había cometido tal acto, al menos no así. Era un traidor, me dijeron, alguien que había fallado a las sombras. Ahí estaba, en algún rincón oscuro de la ciudad, donde los ecos se esconden entre las penumbras, en una celda, desnudo e incapaz de resistirse. A mi completa merced.
Dos estocadas en el cuello. No sabía lo que hacía, pero el instinto me indicó que el cuello sería rápido; claramente, no fue así, al menos no de la manera en que lo hice. Aún desconocía la ubicación de la vena carótida, y mi ataque fue seis dedos de distancia. Un desastre. Pero, incluso en su momento final, el traidor no suplicó, no pidió piedad. Supongo que aceptó su destino.
Me miré en sus ojos mientras se desvanecía, y en ese instante entendí algo: la vida que escapaba de sus pupilas, esa vida llena de ambiciones, errores, aciertos, pasado y recuerdos, me pertenecía ahora. Su vida era mía, y eso… eso es poder absoluto.
Cuatro años después, mi mente se debatió entre dos sombras de mi propio ser. Sí, sé quién soy y sé perfectamente que la bondad me abandonó hace muchos años… si es que alguna vez poseí tal virtud (o debería llamarla debilidad). Por un lado estaba esa obsesión por arrancarle su fortuna a otros y llenar mis bolsillos con lo que me fue negado desde mi nacimiento. Por otro, el recuerdo de la daga profana que mis inexpertas manos blandieron aquella vez, frente al traidor.
No lo digo en voz alta, pero no he logrado arrancar esa imagen de mi mente. No la de la sangre, ni la de esos ojos. Fue el arma. Esa pieza única y siniestra, como el pincel más exquisito de un artista. Su detalle quedó grabado en mí, y no me atrevo a plasmarlo aquí para no romper la ley del silencio, pero ese cuchillo dio vida, a través de la muerte, a una nueva versión de mí. Veshka, hija del filo, es el nombre que me otorgo el destino y el que use en mi aprendizaje del arte oscuro.
Le pregunté al dueño de esa arma sobre su naturaleza. Quería saber más sobre ella, sobre su historia, sus propiedades mágicas y si estaba maldita. Tal vez, pensaba, esa impía daga me influía de algún modo, como en los cuentos de héroes y espadas malditas. Ilusión pueril la mía, tan alejada de la realidad. En efecto, el arma posee propiedades excepcionales, pero no afecta a quien la porta. Así que todo pensamiento oscuro que me acompaña desde aquella primera vez es, al final, solo un reflejo de mi propia naturaleza.













