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El ensueño de Anaeris

Meivel

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¿Cuánto tiempo hacía ya? ¿Dos? ¿Tres meses?

Se sentía como si solo hubiese pasado un pestañeo desde que la elfa había pisado por primera vez la hierba húmeda de los llanos. Un leve suspiro. Y, sin embargo, ya recogía más emociones de las que tenía planeado albergar cuando su viaje al sur comenzó.

Había encontrado el enclave en los árboles tan sólo un par de días después de llegar, Loreliel la había conducido a través del bosque llevándola a las raíces del Árbol de la Vida sin saber que ese había sido su único cometido durante el último año. Encontrar el lugar de descanso de Firael.

La invitación del druida todavía resonaba en su memoria como si se hubiese formulado la noche anterior.

“Ve al sur, a un lugar llamado Wéldath. Cuando llegues, si te atreves a cruzar ese inmenso océano de árboles y natura, encontrarás un enclave suspendido en las copas de los árboles. Allí te esperaré.”


Pero no lo había hecho, esa era la realidad. La decepción que la lunar había sentido al descubrir que Firael se había marchado todavía más al sur, al desierto, pocas dekhanas antes de ella arribar fue un golpe duro. Tuvo que replantearse todo y tomar una decisión. Seguir su viaje y perseguir la sombra de aquel elfo errante o quedarse allí y ser ella la que le esperase.

Cualquiera en su situación seguramente hubiese recogido las pocas pertenencias que albergaba y hubiese seguido caminando. Al fin y al cabo, el viaje había comenzado por él, era lógico que siguiese su estela. Sin embargo, algo inesperado sucedió. Una mano le fue tendida, una sonrisa sincera y una mirada que albergaba la esperanza de que una nueva tel´quessir se uniese al pueblo.

Sylwen Galadonel, la Portadora de la Paz.

Ella había sido la que le había hecho recordar a la lunar que su viaje no sólo estaba centrado en encontrar al druida. Su viaje trataba de encontrarse a sí misma, de buscar en su interior y conectar con esa parte élfica que en aquella granja vieja siempre le había sido negada. Necesitaba saber quién era en realidad y quién podía llegar a ser. Si se pasaba la vida persiguiendo al druida jamás lo descubriría.

Aquella mano, aquella sonrisa y aquella mirada le dio la fuerza para elegir.

Y no eligió irse.

Ni eligió quedarse.

Se eligió a ella misma, eligió su corazón y su voz interior.

Y cuando a la mano de Sylwen se unieron otras nuevas de más gentiles sintió que algo dentro de ella despertaba más fuerte, más intenso y más vivo.

¿Quién sabe? Quizá, después de tantos años, por fin la voz del Seldarine se había alzado por encima del resto.

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Había encontrado un rinconcito tranquilo cerca del intenso barullo de la ciudad. Un lugar donde poder ensoñar sin preocuparse, donde organizar sus ideas y escuchar en paz su corazón.

Cualquier momento era bueno para estar allí, pero sentía cierta debilidad por el amanecer, cuando el sol despuntaba en el horizonte y la luz desvanecía la oscuridad. Lo único que la entristecía era dejar de ver las estrellas, pero no le importaba, sabía que seguían allí.

Aquella mañana, la elfa tenía algo entre las manos, un broche que había adquirido pocos días antes. Una insignia con forma de jarra de cerveza.

Vraask había sido quien le había propuesto unirse al Gremio de Aventureros y no había sido una decisión fácil de tomar. Al principio, las dudas sobre si iba a permanecer en Amn o no habían sido el principal motivo por el que rehuir la invitación, pero luego, cuando decidió quedarse, sintió un peso en el pecho. ¿Estaba dispuesta a comprometerse con aquel gremio? ¿Serían útiles sus habilidades aún por pulir? ¿La aceptarían tal y como era?

En Beregost nunca se había preocupado de lo que los demás pensasen de ella. Se había acostumbrado a ser “la niña azul” o “la elfa de los mestizos” y, aunque ninguno se metía con ella cuando la veían con el arco, siempre había existido ese muro invisible entre ella y el resto de niños de las granjas.

Ahora, allí en Amn, con esta historia nueva por empezar, no quería que esos muros volvieran a alzarse silenciosos.

El enclave élfico ya le había demostrado que con ellos podría estar en paz, acogida y, ¿quién sabe?, querida incluso. Apreciaba enormemente el tiempo con el pueblo gentil, pero también era cierto que no estaba acostumbrada a rodearse de elfos así que las gentes de la ruidosa ciudad le hacían sentir cierta añoranza.

Al final había aceptado la oferta. Maelis siempre le había dicho que el miedo era el peor de los enemigos, porque te bloquea y no te permite avanzar. ¿Había sido una decisión acertada? ¿Estaría a la altura? El tiempo era el único que tenía esa respuesta.

Lo único que la elfa tenía claro era que, cuando se abrochó la pequeña insignia en el broche de su capa sintió un hormigueo en su estómago y una sonrisa sincera afloró en sus labios.

Cuando llegó a Amn perseguía una sombra, un recuerdo, una estela… pero ahora empezaba a sentir que podía hacerse un hueco en aquel reino.​
 
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El Concilio había sido convocado.

Era la primera vez que Anaeris presenciaba uno y estaba algo nerviosa. Sylwen ya le había explicado que podría hablar y dar su opinión, pero a la hora de las votaciones sólo los miembros oficiales tendrían voz. Aún así, permaneció en silencio todo el tiempo.

Los temas a tratar eran importantes a la par que delicados y ella apenas llevaba un parpadeo en el enclave como para creer que algo de lo que pudiese decir valdría la pena. Sin embargo escuchó, escuchó tratando de entender cada situación y cada postura de los allí presentes. Observó a los elfos reunidos con más curiosidad que otras veces, fijándose bien en la manera que tenían de expresarse, en sus movimientos livianos e incluso en las expresiones que, voluntaria o involuntariamente, sus rostros regalaban.

El inicio del concilio fue tranquilo y sosegado, no fue hasta la oferta del pase de primavera a un nuevo N´Tel´Quessir que el ambiente se volvió turbio. Brizaelinth Do'ett se había ganado el respeto de muchos de los presentes, pero otros tantos tenían sus reticencias.

La elfa bien conocía la eterna guerra entre los hijos de Corellon y la infraoscuridad. Maelis había sido sabia al explicarle las historias, al menos las más elementales, los conocimientos más esenciales de las diferencias entre ambas razas, suficiente para que ella pudiese comprender el descontento de algunos por aquella oferta.

Nunca había visto un drow más allá de imágenes el libros o pergaminos viejos, pero las historias que había escuchado o leído no traían consigo nada bueno. Brizaelinth había roto el molde para ellos establecido… ¿Significaba eso que no todo era tan oscuro? ¿Habría un poco de esperanza para aquellos criados en ese mundo hostil y despiadado?

Sin duda a la elfa le gustaría descubrirlo.

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La segunda parte del concilio fue más intenso. La propuesta presentada por la Dendravoz causó malestar y cierto ambiente incómodo entre todos. Muchos fueron los que participaron en la discusión, siempre de forma ordenada y respetuosa, aunque quizá se perdieron un poco las formas en algún momento concreto. Anaeris contemplaba a Sylwen tratando de poner orden y apaciguando a los presentes. Admiraba su paciencia y serenidad.

A pesar de los conflictos, Aelindar aseguró tener todo lo expuesto en cuenta y su propuesta pareció ver un poquito la luz.

Sin embargo, un peso se asentó en el corazón de Anaeris. Las palabras que Kyathel había expresado, compartiendo sus reticencias y sus preocupaciones calaron hondo en la lunar.

Aquella noche, mientras trataba de ensoñar junto al pequeño estanque en el Claro del Cisne, su mente no dejaba de divagar, haciéndose una y mil preguntas que lanzaba en silencio al viento. Había tanto que no comprendía… y había tanto que sí comprendía…

Desde que había llegado a aquel reino, nunca se había sentido tan confusa.​
 
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El aire se había enfriado con la caída del sol, y solo la luz plateada que se filtraba entre los doseles de los árboles iluminaba el claro. El estanque yacía como un espejo de obsidiana bajo la bóveda de la noche. No había insectos ni ranas; solo el silencio absoluto, roto únicamente por el suave murmullo del agua.

Anaeris se detuvo en el borde, despojándose de las últimas vestiduras de cuero con un suspiro de alivio.

Con cuidado, deslizó un pie, luego el otro, sobre las piedras pulidas que formaban el fondo. El agua no era fría, sino fresca, con una temperatura perfectamente equilibrada, como si el manantial estuviera regulado por la misma magia. La sensación fue de inmediato purificadora: no solo la suciedad del camino era arrastrada, sino también el cansancio que se había adherido a sus huesos.

Se sumergió hasta el cuello, cerrando los ojos por un momento y dejando que su cuerpo se relajara completamente. El silencio del estanque amplificaba el latido de su propio corazón, un tambor lento y reconfortante.

Cuando abrió los ojos, la preocupación que se había asentado en su pecho volvió a resonar con fuerza. La conversación que había mantenido con Nyvara en la Casa de las Artes había apaciguado un poco sus dudas e incertidumbres tras el Concilio, pero el temor al resentimiento del pueblo Amniano que le había sido descubierto no estaba alejándose con facilidad.

Ella ya conocía las miradas de odio y desprecio camuflado, las había vivido en su propia casa cuando Daren se enfadaba. Ese brillo delator en los ojos, llenos de rencor, y la forma en que pronunciaba su raza para siempre hacerle saber que, en el fondo, no era hija suya.

Cuando se marchó de Beregost llegó a pesar que aquel odio desmesurado e irracional que su padre adoptivo tenía hacia ella se vería tragado por el pasado y el recuerdo, pero ahora, en un reino tan alejado del suyo, con gentes tan diferentes a las suyas, se encontraba con el mismo dilema.

¿Cómo podría encajar ella en un lugar donde su mera existencia era acompañada por el resentimiento ajeno?

Se sentía en paz en Tethir, el enclave le proporcionaba sosiego, pero la idea de quedarse allí permanentemente le hacía estremecerse. Su alma era demasiado curiosa, su espíritu demasiado libre… pero ¿cómo ser libre en un mundo que no la deseaba?

Le había dicho a Nyvara que ningún no elfo había sido desapacible con ella pero, ahora, tras conocer la historia de la Guerra de las Sierpes, la duda de si aquellas sonrisas dedicadas ocultaban otra verdad no dejaba de invadir su mente… principalmente porque ya había algunas personas por la que sentía aprecio.

¿Debería preguntarles directamente? ¿Era buena idea revolver sus recuerdos y volverles a tener presente aquella masacre sólo para saciar sus propios miedos y dudas? ¿Estaba preparada para escuchar una respuesta que no deseaba de aquellos por los que había comenzado a sentir afecto?



La lunar sumergió por completo la cabeza en el agua dejando que la falta de aire nublase todo el amasijo de preguntas y su cuerpo se centrase en recordarle que debía volver a respirar. Estaba claro que, la vida en Amn, no iba a ser sencilla.

Y, aunque lo fácil seguramente sería darle la espalda a aquella sombra que se cernía en su mente, bien sabía la elfa que no podría estar tranquila hasta saber la verdad.​
 
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El aire en los humedales al sur de la ciudad no se movía; pesaba. Era una mezcla espesa de aroma a turba, vegetación en descomposición y ese olor metálico y estancado que precede a las tormentas.

Anaeris hundió su bota en el lodo, soltando un suspiro cuando el agua turbia le llegó al tobillo. Miró su ropa con desdén: sabía que, sin importar cuánto frotase después, aquellas prendas ya pertenecían al basurero del olvido.

El grupo al que acompañaba estaba bien curtido: guerreros, arqueros, arcanos… todos con el mismo sentimiento de pesadez en el pecho por al aire cargado. Vraask buscaba algo en aquella explanada de barro, el taller del Creador.

Casi todos los presentes ya se habían adentrado en alguna ocasión en los humedales, por lo que las protecciones mágicas volaron y brillaron entre la niebla sin necesidad de ser recordadas. La elfa, poco acostumbrada a usar la magia, sintió de pronto que su cuerpo se endurecía y una capa de piedra sólida la envolvía por completo. Al girarse, se encontró con los ojos de Zahal que la miraban serios. Se encogió de un hombro y tan sólo pronunció tres palabras antes de alejarse y unirse al resto de protecciones en grupo.

“Por si acaso”

No habían recorrido dos leguas cuando el siseo de las flechas rompió el croar de las ranas. Un grupo de bandidos, harapientos pero letales, saltó desde las copas de los sauces. Sin embargo, ninguno de los allí presentes era novato. La respuesta fue una coreografía de acero y magia, en cuestión de minutos, los bandidos supervivientes huyeron hacia la bruma, dejando atrás solo el olor a ozono y sangre. El grupo estaba intacto, eufórico por la victoria fácil.

Espoleada por la adrenalina y el deseo de demostrar su valía como batidora, Anaeris se adelantó. Se puso de cuclillas sobre una raíz nudosa que sobresalía del agua negra mientras sus ojos recorrían la cortina de sauces llorones y los juncos.

—¡Por aquí! Hay huellas profundas en el fango, sin duda hay algo grande más al sur —exclamó, señalando un sendero que parecía evitar las arenas movedizas.

Guió al grupo a través de un laberinto de sauces y álamos, girando a la izquierda en un vado y luego al sur bordeando el río, siguiendo el rastro de unas ramas quebradas. Pero el pantano es traicionero y un maestro del engaño para los ojos inexpertos.

El desastre ocurrió cuando el grupo se dividió para cruzar el río. De los montículos de turba emergieron nuevos asaltantes. Antes de que el primer grito de advertencia terminara de formarse, un perno atravesó el aire con un sonido seco. Vraask, que se había quedado vigilando, recibió el impacto directamente en el pecho, cayó al suelo con la rigidez de una estatua derribada y la maleza a su alrededor comenzó a teñirse de un carmesí oscuro. La emboscada fue repelida a duras penas, pero el silencio que siguió fue sepulcral. Vraask no respiraba.

—¡Atrás, dejadme paso! —gritó una de las sanadoras, arrodillándose en el lodo.

Anaeris observaba con los ojos empañados mientras las manos de la sacerdotisa se iluminaban con un resplandor dorado. La magia divina comenzó a cerrar el desgarrón en el pecho de Vraask, forzando al aire a entrar de nuevo en sus pulmones. Tras un agónico minuto tosió, expulsando agua y sangre, y abrió los ojos. Estaba débil, pero vivo.

El ambiente se endureció, sin duda la presencia del grupo ya no pasaría desapercibida para los habitantes de los humedales, y por ello Aviel, una rastreadora experimentada, decidió ponerse al frente. Los condujo por aguas que olían a huevo podrido y donde la vegetación estaba marchita. Al llegar a una hondonada profunda y oscura, la tierra tembló. No era el taller lo que encontraron primero, sino a su posible guardián: una serpiente colosal, de escamas iridiscentes y del tamaño de un tronco de mil años, que emergió de las aguas negras con las fauces abiertas.

El combate fue brutal. La serpiente azotaba con su cola, derribando árboles y aventureros por igual. Las flechas surcaban el aire y se clavaban en las escamas del reptil monstruoso. Las espadas cortaban y se hundían en la carne que alcanzaban. Todos terminaron bañados en sangre, la suya propia, la de sus compañeros, pero, sobre todo, la de la enorme serpiente.

Cuando su cuerpo quedó inerte sobre el lodazal, respiraron aliviados. Habían ganado ese enfrentamiento, pero sin duda los humedales habían ganado la batalla. Varios de ellos tenían costillas rotas, otros sufrían por el veneno que la criatura había exhalado y los sanadores habían agotado sus energías.

—No llegaremos vivos si seguimos —sentenció Gunna.

Con el corazón pesado pero agradecidos por seguir con vida, el grupo inició el penoso regreso hacia las murallas de la ciudad, dejando tras de sí el rastro de una misión inacabada.

Horas después, bajo la protección del Árbol de la Vida, Anaeris contemplaba sus manos. La elfa entendió, entre el dolor y la fatiga, que el "mundo real" no entendía de buenas intenciones y que todavía le quedaba mucho, muchísimo, por mejorar.​
 
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El aire en las afueras de Azkathla olía a salitre y a la humedad de los bosques costeros, pero dentro de la caverna, el ambiente se volvía rancio, como una tumba abierta tras siglos de olvido.

Anaeris ajustó el guardabrazo de cuero sobre su piel azulada, que bajo la luz de las gemas luminiscentes de la entrada adquiría un matiz casi plateado. No buscaba oro ni gloria; su mente, inquieta por las dudas, necesitaba el enfoque absoluto que solo el peligro real podía otorgar.

No había caminado más de veinte metros cuando el siseo de pasos rozando la piedra la puso en alerta. De las sombras de las estalactitas emergieron varias figuras, criaturas encorvadas que vagaban en silencio por la caverna, con la mirada perdida y el corazón detenido. La elfa, camuflada entre las sombras de la propia gruta, avanzó cautelosa analizando a los alzados, barajando las posibilidades que se le presentaban.

Podría dar media vuelta y tachar aquella cueva del mapa mental que estaba creando, o podía ponerse a prueba y hacer gala de su talento ante el tenue brillo de la luna llena que se colaba entre las grietas superiores.

«Tu curiosidad te matará un día», recordó la elfa, una frase que Firael le había dicho mucho tiempo atrás. Sonrió, con esa picardía que esbozaba cuando sabía que iba a alentar su lado más temerario, deslizó con suavidad una flecha entre sus dedos, apuntó y dejó que Solonor la guiase hasta el centro justo de la cabeza de uno de los no muertos.

Su puntería más exquisita no marcaba diferencia alguna contra aquellas criaturas, pero aquel disparo fue igualmente certero y tumbó al necrófago. El resto, alertados quizá por el repentino desplome de su compañero, se lanzaron contra la elfa que ya había dejado descubierta su posición.

Las flechas, bendecidas con la magia de los árboles del Alandor, impactaron en las articulaciones de sus perseguidores. Sus pies se volvieron más pesados, sus piernas más torpes, y mientras se esforzaban por alcanzar a aquella elfa que había alterado su silencio, uno a uno, fueron cayendo. En cuestión de segundos, la cámara quedó de nuevo en calma. Anaeris exhaló un suspiro largo, sintiendo cómo el pulso se le estabilizaba. Su destreza no le había fallado.

Con la adrenalina aún recorriendo sus venas, Anaeris avanzó hacia el fondo de la estancia. Allí, tallada directamente en la roca viva, se abría una segunda obertura. Pero esto no era una simple cueva.

De aquel arco natural emanaba una oscuridad absoluta, una negrura física que parecía devorar incluso la visión infrarroja de sus ojos de elfa lunar. No se oía nada, ni goteos ni susurros, solo un vacío que irradiaba una malicia demasiado peligrosa.

«Si... la curiosidad es una virtud», se recordó a sí misma, acariciando la madera de su arco, «pero la imprudencia es una sentencia de muerte».

Anaeris comprendió que aquello superaba su capacidad actual. Aquel abismo no era lugar para una exploradora solitaria en busca de paz mental; era un nido de algo que requería fuego, magia y, sobre todo, aliados.

Al dar la vuelta y desandar sus pasos, los pensamientos que había estado tratando de apartar volvieron a ella de súbito. Su corazón se contrajo ligeramente y un leve hormigueo le subió desde el vientre hasta la garganta.

Resopló, molesta por no ser capaz de controlar aquellas reacciones. Su mente y su corazón parecían estar en constante guerra.

Por un lado, su cabeza no paraba de recordarle el motivo de su viaje, el deseo de reencontrarse con los gentiles, de servir a su pueblo, de ser alguien de valía para ellos. Pero el corazón… el corazón parecía haberse aliado con Hanali y aferraba sus pensamientos lejos del bosque… lejos de los suyos… lejos de todo lo que siempre había creído.

Resopló una vez más, sintiendo un leve dolor de cabeza y un pálpito súbito. Otra vez en guerra y al final parecía que ella misma fuese solo una mera espectadora.

Apretó el arco con fuerza, tendría que buscar otra cueva, una torre o unas ruinas que la mantuviesen alerta y en constante concentración. Esa, era la única forma que había encontrado para no pensar.​
 
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Meivel

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El aire en el taller de Cromwell no olía a bosque ni a rocío, sino a una mezcla densa de carbón, aceite mineral y el inconfundible rastro metálico del hierro candente. Anaeris aguardaba en un rincón mientras el rítmico martilleo del enano marcaba el pulso de la estancia. Había acudido allí por un encargo especial, algo pequeño pero simbólico, que descansaba ahora bajo las últimas chispas del yunque de Cromwell.

Mientras esperaba, la elfa comenzó a recorrer la hilera de estantes que flanqueaban las paredes de piedra. No eran simples herramientas de guerra; eran obras maestras. Al pasar los dedos cerca de una pechera de placas, sintió un leve hormigueo eléctrico, más allá, una daga de obsidiana emitía un brillo violáceo que parecía devorar la luz de las antorchas, un escudo grabado con runas mágicas cuyo tenue brillo palpitaba rítmicamente… Aquel enano era sencillamente brillante.

Todos aquellos objetos no le hubiesen servido de nada a ella, la armadura: demasiado pesada; la daga: se le habría escurrido entre los dedos; el escudo: seguramente pesaba más que ella en su totalidad… Todas las protecciones de las que la lunar gozaba estaban fundidas en cuero o tela, materiales suaves y ligeros que le permitían moverse con agilidad y elegancia. Sin embargo, en sus prendas también había magia incrustada, fusionada con los hilos otorgándole dones que, de otra forma, no tendría. Y desde luego muy loca tendría que estar para adentrarse en sus exploraciones sin ellos.

Pero aquella tarde Anaeris no había ido a encargar ninguna armadura, ni ninguna protección. Había llevado un collar de plata sencillo y un emblema recién adquirido que todavía brillaba lustroso e impoluto. Quería llevar aquella pieza en todo momento con ella, porque lo que representaba era realmente importante para la lunar.

Muchos eran los que creían que unirse al Gremio de Aventureros era solo una estación de paso, un empalme en aquellas tierras hasta encontrar su verdadero sitio, su verdadero propósito. Pero para ella, el Gremio era mucho más que un mero cúmulo de encargos. Para ella, el Gremio era perfecto.

Un lugar sin políticas, sin dioses, sin razas… Donde los más veteranos no miraban con soberbia a los novatos, donde todos se tendían la mano sin importar su procedencia o su raza… porque todos deseaban lo mismo. Libertad.

Libertad para ser ellos mismos, para ir y venir, para implicarse más o implicarse menos, para disfrutar del viaje o para ganar las suficientes monedas e irse a una taberna a emborracharse. No había juicios, ni exigencias, ni reproches…


Cromwell la llamó entonces, sacándola de sus pensamientos.

—Aquí lo tienes elfa. Ensúciate un poco las manos y aprende, aunque sea, a fundir, muchacha—gruñó el enano con una ronca carcajada, secándose el sudor con un trapo tiznado.

Anaeris le dedicó una suave sonrisa y dejó sobre la mesa una bolsa de cuero con el dinero acordado. Alzó el colgante frente a ella y su sonrisa se ensanchó, después se lo colocó con cuidado alrededor del cuello. El metal todavía estaba un poco caliente y, al tocar el pecho de la elfa, la lunar sonrió aún más.

Ya no era una novata, se había ganado ese emblema y lo llevaría con orgullo. Porque para ella, pertenecer al Gremio de Aventureros era algo realmente valioso.​

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—Lo siento Anaeris… ya no puedo hacer más. Te quedas sola.

La elfa se secó el sudor de la frente y se apoyó en el borde de la muralla. El sol pegaba con ganas, de ese modo que te hace sentir que la ropa te pesa el doble. Desde ahí arriba, la ciudad de Memnon quedaba a sus espaldas, y frente a ella un inmenso océano de arena árida.

El Desierto de Calim era una extensión de dunas doradas que no terminaba nunca, tan grande que te hacía sentir insignificante, y para ella, acostumbrada a los extensos bosques y a poder respirar profundamente, aquel paisaje se le atragantaba.

Yivaia había puesto punto y final a la búsqueda de Firael y sus otros dos acompañantes. Cuatro eran ya los meses que habían pasado desde que el trio había desaparecido tras una terrible tormenta de arena. Anaeris sabía que sus amigos y compañeros habían hecho todo lo posible por encontrarlos, pero ni si quiera los nativos habían encontrado una mísera pista de dónde estaban.

El desierto, simplemente, los había engullido.

“¿Qué te crees que puedes hacer tú que no hayamos hecho ya nosotros?”

Eso le había dicho Yivaia cuando ella llegó al puerto suplicando una batida más, suplicando acompañarlos, elogiando sus dotes de rastreo y orientación.

“¿Te crees mejor que los nómadas de la arena? ¿Crees que vas a hacerlo mejor que los que han crecido aquí?”

A pesar de tener razón, había accedido a un último intento para callar a la elfa. Un último viaje que resultó en nada, una pérdida de tiempo para todos y un cubo de agua fría para ella.


“Te quedas sola”


Yivaia y el resto de errantes se marchaban. Y aquellas simples tres palabras significaban mucho más para la elfa de lo que el druida habría querido transmitir.

Firael era lo único que le quedaba. Había sido su maestro y su compañero, el motivo por el cual no venirse a bajo cuando su familia se volvió cenizas. Había sido su amigo, su confidente, su fuerza, su esperanza… Su promesa… y ahora todo aquello se lo había tragado la arena.

No había podido encontrarle, no había podido hacer nada, igual que no había podido sanar la enfermedad de su madre ni salvar a su padre. No era capaz si quiera de encontrar al estúpido gato de aquella niña en Naskhel…

¿Quién era ella? Una niña de granja que se había creído alguien. Que había creído que por coger un arco y dar un paso adelante el mundo al frente iba a apartarse.

¿Quién era ella? Una huérfana perdida, cuya última mano que aferraba con fuerza se había desvanecido en la nada.

¿Quién era ella?


“Te quedas sola”


Y allí, en lo más alto de aquella muralla, con las infinitas dunas frente a ella y la realidad a su espalda, una voz sonó en su cabeza. Fuerte, clara y firme:

¿Qué vas a hacer ahora, Anaeris?​
 

Meivel

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Anaeris cerró los ojos y respiró hondo, dejando que aquel abrazo que la envolvía se filtrara en su interior.

La vuelta a Amn había sido silenciosa, lenta y rápida a la vez. Para ella, su ausencia parecía sólo haber sido un parpadeo, pero lo cierto era que habían sido casi tres dekhanas lo que la habían mantenido lejos de aquellas tierras de intriga.

¿Por qué había regresado? Ni ella misma lo sabía. Quizá, después de todo, el camino hasta Beregost desde allí era más sencillo… quizá podría pedirle a la vieja Enma que le dejase trabajar en las granjas de nuevo o incluso podría recuperar la casa de sus padres y comenzar una vida austera como campesina…

Quizá…

Aquellas ideas le habían estado abordando durante toda la travesía hasta llegar al puerto de Azkathla. Su corazón se había apagado, no había tristeza, ni felicidad. No había enfado ni culpa… no había nada.

Algunos de sus allegados habían querido hablar con ella, viendo el cambio, queriendo ayudarla, pero al final había sido Kaladriem quien le había terminado por arrancar la frustración y el dolor del interior. Había sido él quien había logrado que la arquera expresase por fin en palabras lo que tenía dentro carcomiéndola.

"Yo también sentí esa misma oscuridad y, créeme, aislarte no te ayudará. No hará que te sientas mejor."

Él también se había quedado solo, también lo había perdido todo en un simple suspiro. También había sucumbido a la tristeza y a la incertidumbre… a la venganza… El elfo se había perdido en ese dolor durante mucho tiempo, pero había logrado encontrar la luz gracias al Pueblo, gracias a los gentiles del Enclave que le habían hecho abrir los ojos para poder ver que había algo más tras tanta oscuridad.

Y allí estaba ahora, tratando de evitar que Anaeris se ahogase en un pozo semejante, pidiéndole que no se dejase llevar por la tristeza y que tomase las manos que se ofrecían a estar a su lado.

"No estás sola."

Kaladriem no dejó de repetirle aquellas palabras una y otra vez. No había necesitado que ella expresase ese temor en voz alta, lo había visto en sus ojos verdes, esa luz apagada que él mismo había visto en su propio reflejo tantas veces atrás… Conocía la expresión de indiferencia, conocía los silencios, las miradas perdidas y la tristeza camuflada.

Allí, con sus brazos rodeándola y apretándola contra su pecho, el arquero solo podía esperar que sus palabras y su afecto le llegasen, una preocupación sincera que iluminó sutilmente la oscuridad de Anaeris. Era una luz muy leve, pero ahí estaba, asentada desde ese momento sin ninguna intención de desaparecer.

Apartarse, aislarse o desprenderse de lo que tenía no le devolvería a Firael, no haría que el vacío que sentía se esfumase, que el nudo en la garganta se deshiciese solo… La tristeza que sentía ahora sólo la derrotaría el tiempo y su esfuerzo por seguir adelante.





Horas después de aquel encuentro, Anaeris había regresado a tierras élficas. Arriba, en lo más alto de una de las laderas que protegían el enclave, con el suave murmullo del agua precipitándose al vacío y un discreto altar iluminado por la luna, la elfa contemplaba el regalo que el siervo del Arquero Negro le había hecho. Un amuleto al cual poder aferrarse cuando sintiese que la oscuridad la llevaba, un colgante con forma de media luna que sería a partir de ese momento su refugio y su consuelo.​

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El frío se calaba por dentro de la ropa, el aire helado cortaba la suave piel de sus mejillas y sentía sus labios agrietados. Había ido bien abrigada pero, incluso tapada hasta los huesos, su delicada piel nunca se había tenido que enfrentar a la nieve ni a esas bajas temperaturas.

Podría haber cruzado el túnel subterráneo que conectaba con el otro lado. Tan solo había que aportar una pequeña donación al capataz enano de la puerta y el recorrido habría sido un ligero paseo de aire viciado en lugar del helado ambiente exterior. Sin embargo, cruzar bajo tierra no la ayudaría en nada.

Con el paso de los meses en aquellas tierras de intriga, la elfa se había dado cuenta de algo. En el fondo, ella no era nadie. No era nada.

Una tel´quessir más en una tierra hostil que derrumbaba corazones, aplastaba sueños y enterraba a débiles. Prácticamente todos su conocidos tenían un pasado cruento, difícil de digerir. Vivencias que los habían vuelto fuertes de mente y de espíritu. Fríos de corazón para enfrentar las adversidades que Amn lanzaba contra ellos, fuera de sus ciudades y también dentro de ellas.

Quizá por eso había ido allí, a aquel camino que conducía a Naskhel desde Crimmor, aquel sendero teñido de blanco donde los dedos se entumecían si no los movía. Aquel frío despejaba su calor interior, un calor que había crecido bajo el amparo y la protección de una vida sencilla, sin preocupaciones ni apenas miedos. Una vida llena de sonrisas, de comida caliente, de caricias y de amor…

¿Y qué quedaba ahora de todo aquello? ¿Dónde estaban las caricias que sanaban sus lágrimas infantiles? ¿Dónde estaban los abrazos que reconfortaban su corazón tras alguna reprimenda? ¿Dónde estaban las risas en la mesa mientras el puchero humeante aromatizaba el comedor?

Se sentía feliz de haber tenido aquella vida, de no haber pasado miedo, de no haber tenido que llorar pérdidas… pero ¿acaso eso la había hecho débil? ¿Acaso el calor en su interior la volvía frágil?

A medida que avanzaba, las botas se le hundían en la nieve.

El frío no la dejaba pensar, pero sabía que no podía rendirse. Podría dar media vuelta, todavía estaba cerca de Crimmor. Podría bajar al túnel y refugiarse unas horas en él, tomarse algo caliente en la discreta taberna… recuperarse.

Pero entonces, ¿de qué serviría?

Debía hacerse más fuerte, debía mejorar física y mentalmente. Debía dejar de pensar en juegos de niños y abrir los ojos, abrirlos de verdad y darse cuenta de que el mundo real es cruel y despiadado.

No hay treguas ni segundas oportunidades. No hay un fin de partida.

Si fallas, el juego se termina.

Y en un mundo con reglas tan cruentas, una elfa como ella… ¿podría sobrevivir?​
 

Meivel

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En el campamento en las cercanías del bosque siempre solía reinar el silencio. Los aventureros buscaban aquel lugar en pos de calma e intimidad, donde sentarse en alguno de los troncos y calentarse junto al fuego que siempre estaba encendido. Sin embargo, aquella noche, el campamento rebosaba vida, lleno hasta la saciedad de un sinfín de habitantes de Amn que había acudido al llamamiento para aquella patrulla en el bosque.

Varios eran ya los ataques que habían perpetrado hombres rata dentro del bosque y en sus cercanías. El Pueblo gentil no podía consentir que esas viles criaturas rondasen con libertad en su territorio y muchos de sus aliados y amigos se habían unido a la causa.

Cuando Anaeris llegó al campamento, su asombro no fue desmedido. Seguramente no había visto tanta gente reunida en el mismo lugar desde que había llegado a esas tierras de intriga. Algo en su interior se removió incómodo, las multitudes no eran para ella y, en aquel momento sobretodo, cuando ella estaba luchando su propia batalla interna, relacionarse con semejante cantidad de hombres y mujeres se le antojaba muy cuesta arriba.

Entre la multitud divisó a sus hermanos y se abrió camino para alcanzarlos. Algo apartados discutían sobre cómo abordar el grupo tan grande que se había presentado y cómo proceder una vez dentro del bosque.

Mientras ultimaban decisiones, una figura salió del bosque. Una sombra negra que fue tomando forma a medida que la luz lo iluminaba. Un elfo alto, de cabellos oscuros y ojos azules que se acercó al pequeño grupo para unirse en la patrulla. Anaeris siguió con la mirada a Kaladriem mientras se acercaba, y cuando él rozó su mejilla con los dedos de la mano para saludarla, sintió que esa lucecita que resistía en su interior brillaba con un poco más de intensidad. Le dedicó una sonrisa, una sincera, de esas que llevaba tiempo sin esbozar y que últimamente sólo surgían cuando el arquero estaba cerca. Kaladriem se alejó entonces uniéndose al resto del grupo mientras Anaeris todavía lo observaba preguntándose, en silencio, en qué momento aquel elfo se había vuelto tan importante para ella.​


foto.jpg​


El grupo partió, adentrándose en la espesura del Alandor, sin duda iba a ser complicado pasar desapercibidos así que ninguno de ellos se molestó es ser discreto en su paso. A pesar de que pensaba que sería difícil dar con el grupo de licántropos, no fue mucho el tiempo que tuvieron que esperar para que el primer asalto se produjera. Seguramente un grupo más reducido hubiese encontrado una forma más estable de repeler los ataques, de mantener el orden y enfocar el objetivo… pero eran demasiados.

Al principio, la elfa había intentado seguir a sus congéneres, pero el alboroto de los enfrentamientos la había terminado por confundir incluso a ella y, al final, se había dedicado a proteger a los que tenía cerca, fuesen quienes fuesen.

Los hombres rata tampoco terminaron siendo discretos, atacaban entre los ramajes de los árboles y los arbustos a nivel del suelo, sin temor ni preocupación por lo que les sucedía a sus compañeros. Uno a uno, el gran grupo fue derribando los ataques sorpresa de aquellas criaturas y, aunque algunos de ellos sufrieron heridas graves, no tuvieron que lamentar ninguna pérdida.​

foto2.jpg​

La elfa se fijaba de vez en cuando en Sylwen, la Profetisa trataba de mantener la calma del grupo y se ayudaba de los que conocían la guerra para dirigir y organizar. Se fijaba en Nyvara, oculta entre el ondulante misterio de la urdimbre y preocupada por todo lo que estaba aconteciendo. En Elenya, directa y decidida, sin temor a lo que se le presentara delante. En Lyrei convertida en pequeña pixi, siendo una estela luminosa entre tanto alboroto. Se fijaba en Kaladriem… en cómo sus ojos azules oteaban el horizonte y se relamía cuando tenía presas a tiro…

Su Pueblo estaba entregado y ella… tan solo se dejaba arrastrar. ¿Cuánto le importaba a ella realmente aquella empresa? ¿Cuánto le importaban aquellos bosques? ¿Aquellas gentes?

¿Qué era lo que quería hacer? ¿Qué era lo que quería ser?



Las pistas los llevaron a la torre vigía, las marcas de los licántropos se mezclaron con guardias gentiles y la confusión llegó a sus camaradas como un alud inesperado. Mientras ellos trataban de encontrar respuestas y buscaban la mejor forma de resolver el misterio, Anaeris volvió a perderse en sus pensamientos. Su mirada, fija en la espesura del bosque, contemplaba el horizonte pendiente de movimientos anómalos. O al menos eso parecía. En su interior, todas las preguntas que se había estado haciendo en las últimas dekhanas latían con fuerza. Había tomado decisiones, se había aferrado a seguir adelante, pero ¿era eso suficiente?​

foto3.jpg​

El pequeño conflicto entre sus compañeros de Enclave fue lo único que la sacó de sus pensamientos. Al final, los elfos decidieron llevar lo descubierto con discreción y buscar más información lejos de tantísimas miradas.

El gran grupo, satisfecho igualmente, terminó disolviéndose.

Los hombres rata parecieron desvanecerse.

Y el bosque volvió a quedar en silencio.​
 

Meivel

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guardia.jpg​

La lluvia caía copiosa aquella tarde. Las ropas de la elfa se habían pegado hacía rato a su cuerpo y, si no fuese por la capucha que cubría su rostro, seguramente el cabello estaría tan mojado que gotearía al compás del temporal.

Pero a ella no le importaba, permanecía inmóvil en la muralla que cruzaba el bosque, un lugar que ahora debía custodiar como miembro del Akh´Velahr. Sus ojos verdes estaban fijos en la espesura, atenta a cualquier movimiento extraño que requiriese de su intervención… o al menos eso creía ella.

La realidad era que su mente llevaba rato divagando en las profundidades de sus sentimientos, enfadada, frustrada y triste.

¿Otra vez, Anaeris?

De vez en cuando una parte de ella encontraba la forma de reprenderla. Tan sólo habían pasado unos días desde que había decidido dejar de sentirse culpable por lo que le había ocurrido a Firael, y de pronto, sin esperarlo, sin pretenderlo, se había encontrado de bruces con algo que no sabía gestionar.

-Si quieres… puedo mantener las distancias otra vez…

-No quiero… pero creo que debería hacerlo… No podemos seguir siendo cercanos.



Aquellas palabras la habían herido profundamente. La habían llenado de una rabia y una frustración que no había sentido antes, no de aquella forma.

Era tan injusto…

Había intentado ser discreta, había intentado no molestar, no causarle problemas… había intentado actuar con normalidad para demostrar que no había ninguna maldad ni nada oculto entre ellos… pero al final había sido en vano. Al final daba igual lo que ella hiciese, daba igual lo que ella quisiera… el rechazo era tan evidente, tan intenso, que la única solución era la que Vraask había expuesto.

Su amistad, tal y como se encontraba en ese momento, debía terminar.

¿Y qué esperaba que hiciese a partir de ahora? ¿Qué lo tratase como a uno más en los Llanos? A él… Qué la había visto en su peor momento. A él… en quien había buscado consejo y compañía. Con quien había reído, bebido y conversado hasta altas horas de la noche. El único en todo Faerum que sabía quién era el que había estado volviendo loca a la elfa durante tanto tiempo y el único que había sido capaz de hacerle abrir los ojos para darse cuenta de lo errada que estaba…

Era su amigo… era su hermano… su hanar… y ahora se tenía que quedar de brazos cruzados, a un lado, fingiendo que no le importaba... Y ¿por qué?

La rabia le subió por la garganta, quiso gritar, quiso llorar… pero no salió nada. Si alguna vez hubo alguna intención de cordialidad, sin duda se había esfumado. Respetaría la decisión de Vraask, pero sus buenas intenciones terminaban ahí, la lluvia se las llevaba como un torrente arrasando un muro de contención.

Katherine había ganado una guerra que no existía, una guerra alentada por terceros que ni siquiera se habían molestado en conocer la verdad. Y ella... ella había perdido a su amigo.

Era tan injusto…

Cerró los ojos, frustrada, dolida… y escuchó entonces los arbustos cerca del gran portón moverse. Un grupo de orcos se acercaban tratando de ser discretos, pero esa tarde la elfa tenía sus sentidos más al límite y, para su desgracia, la rabia y la ira que fluía como un rio de lava en su interior caería sobre ellos sin juicio alguno.​
 
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Meivel

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Para poder hacer frente al futuro, primero hay que sanar el pasado.

Cuando la elfa regresó del desierto todo cuanto la rodeaba se le antojaba oscuro. Como un túnel profundo del que cada vez vas viendo menos hasta que la nada lo invade todo.

Con el paso de los días esa oscuridad fue menguando, pero la "nada" seguía aferrada al corazón de la elfa. Había algo en su interior que no le permitía avanzar. Algo, invisible e intangible que comprimía su interior y le hacía plantearse toda su existencia.

¿Qué sentido tenía hacer lo que estaba haciendo? ¿Qué sentido tenía vagar sin rumbo por aquellos caminos que no la conducían a ninguna parte? ¿Qué valor había en sus sonrisas ahora vacías?

Hubo muchas conversaciones durante las dekhanas posteriores a su regreso. Sus más allegados no tardaron en darse cuenta de la espesa bruma que encorvaba a la lunar.​

Vestir de negro y estar distante no cambiará nada.

¿Quién es Anaeris realmente? ¿Qué es lo que deseas de verdad?

¿Quién dice que tengas que ser la misma de antes?

​
Lo cierto era, que desde que había vuelto de Memnon, no tenía ni idea de quién era, de qué debía hacer o de si merecía la pena intentar averiguarlo.

Entonces llegó el Verdor.

Una fiesta que daba la bienvenida a la primavera, con música, copiosa comida, baile y concurso. Un concurso diseñado para elegir al rey y la reina de ese año.
Anaeris nunca había asistido a una celebración así y se sintió maravillada al ver la decoración y todo lo previsto en el lugar elegido. Era realmente hermoso.

Seguramente para todos los presentes aquella fiesta tuvo un significado diferente, para algunos sería más importante (Seguramente Sylwen y Zentakord la recordarían con especial cariño al haber sido nombrados Reyes), para otros habría sido una fiesta más a la que acudir y pasarlo bien; y para otros pocos quizá fue una fiesta en la que no se sentían encajar.

Sin embargo, para Anaeris fue de vital importancia. No por la fiesta en sí, ni por la comida, ni por el concurso... fueron las palabras de la dama Fery las que tocaron su alma y le hicieron comprender.

""Hoy es un día de paz y regocijo para todas las deidades, pues cada una celebra a su modo. Y aunque mi gran amor es Sune, mi diosa, también tengo en mucha estima a Chauntea, La Madre Tierra. Durante años trabajé en el campo y esta siempre supo otorgarnos su cálida bendición, y es por eso que hoy me gustaría mencionarla. Os entrego estas semillas de flores bonitas para que las plantéis aquí mismo... porque su dogma suele decirnos: «Hacer crecer y reparar son parte del eterno ciclo, así como la parte más natural de la vida.»""

Crecer y reparar...

Crecer y reparar...

Chauntea... ¿Qué significaba para ella aquella Diosa?

Toda su vida la había pasado en una granja, su padre había cultivado, sembrado, labrado y recolectado sin descanso. Habían hecho ofrendas, visitado templos, recitado salmos... Su padre se había esforzado mucho en tener la mente de la elfa metida en los arados para no dejarla pensar en el Seldarine...

Crecer y reparar...

Crecer y reparar...

Entonces lo vio. No se trataba de encontrar un nuevo significado, ni un nuevo propósito. Ella seguía siendo la misma de siempre, con los mismos sueños y las mismas ilusiones. Su viaje había tenido un objetivo más grande que el de reunirse con Firael. Un deseo más puro, más profundo. Un deseo que había tenido desde niña, desde que Mielis le había explicado quién era ella.

Una Tel'quessir. Una hija de Corellon.

El Pueblo que se le había negado toda su existencia seguía con sus manos tendidas, esperándola. Y mientras todos celebraban y reían en aquella fiesta espectacular, Anaeris comprendió que para cumplir su más profundo deseo debía de enfrentarse a su pasado más estricto.​

templo.jpg​

Cuando acabó la fiesta, viajó a Crimmor. En las afueras, un templo de Chauntea tenía todavía sus puertas abiertas. Ella no era de templos, ni de capillas... ni si quiera de altares. Pero decidió entrar, pues sabía que ese era el único sitio en el que podría hablar con su padre.

Y esa era la mejor decisión para empezar a sanar.
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Meivel

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Cuando Anaeris cruzó el umbral de Tiru'Tel'quessir sintió que el ambiente se volvía cargado. Sabía que esa tarde se reunían allí por algo importante, aunque debía admitir que no tenía toda la información.
Sin embargo, los rostros serios de sus congéneres y la presencia de Radix, el Jinete del Enclave Esmeralda, le hizo saber al instante que, lo que allí iba a acontecer, sería importante.

No tuvo mucho tiempo de divagar sobre posibles escenarios pues, tras llegar a la sala principal, reconoció a los dos elfos que estaban sentados en la gran mesa central, esperando.

Aillion y Tharhindrel.

Los saludos fueron cordiales, mas las miradas escondían rencores afilados que ni si quiera ellos podían evitar. Anaeris lo sintió en su interior, el odio... el desprecio... la decepción.
Aquellos con los que ahora compartían mesa era tan sólo unos sectarios más del gran grupo que había estado asaltando y asesinando comerciantes y aventureros en el bosque durante las últimas dekhanas. Extremistas que despreciaban a los hombres y buscaban, como único fin, expulsarlos de cualquier territorio élfico. Pero, no contentos con ello, vilipendiaban también a todos aquellos hijos de Corellon que se atrevían a relacionarse con los N'Tel'Quessir.

La Eldreth Veluuthra... una organización tan antigua, tan asentada y tan fuerte que incluso ella, que había crecido lejos de las tradiciones de su pueblo, los conocía.

Una tercera invitada se unió al grupo, una hermosa elfa de cabellos largos y dorados. Ceryl, la llamaron.

Sylwen los había convocado aquella tarde para parlamentar. Buscar entre todos una tregua, un pequeño respiro que no destruyera las relaciones entre el Enclave y la capital, entre los elfos y los humanos de Amn que tanto esfuerzo y dedicación había costado lograr.

Sin embargo, ninguno de los tres "invitados" había acudido allí ese día para hablar. Algo más perverso se había labrado en secreto, en susurros, oculto entre las sombras del silencio. Un evento que ni si quiera los ojos más expertos de los presentes vieron venir y, cuando lo tuvieron encima, fue demasiado tarde.​

eldreth.jpg​

- ¡Intrusos! - gritó Kyathel lanzándose contra uno de los licántropos que habían irrumpido en la torre.
La antigua AryKerym fue implacable y el resto, sorprendidos durante unos instantes por el vuelco que había dado aquella reunión, no tardaron en unirse a la defensa de los presentes.

Anaeris nunca se había visto envuelta en una situación semejante. Vio a Durei desenvainar los estoques y enfrentarse a varios licántropos con determinación. A Elenya y Nyvara lanzar hechizos que iluminaban la sala más incluso que las propias luces colgadas en la pared. Acala e Yrathea disparaban sus flechas con precisión. Sylwen extendía el Poder sobre ellos sanando una y otra vez cortes y heridas profundas. Kyathel hacía frente a su líder, aquella que había irrumpido en primer lugar y había dado la orden, sin vacilar, de atacar a su propio Pueblo. Y Radix aguantaba, una tras otra, las terribles embestidas que los licántropos le propinaban, ensañándose especialmente con él.

El Jinete trató de resistir pero, a pesar de que las flechas de las tres arqueras se clavaban en sus enemigos, su cuerpo maltrecho terminó en el suelo. Por el caos de la pelea ninguno de los licántropos se preocupó en darle el golpe de gracia y eso, seguramente, le salvó la vida.​

eldreth2.jpg​

El olor a sangre y muerte comenzó a apoderarse de la estancia, los elfos-rata fueron perdiendo la vida a manos de sus medio congéneres. El Pueblo atacando al Pueblo.... el Pueblo matando al Pueblo... ¿Qué locura era esta?

Se escuchó un grito de guerra y la líder se desplomó contra el suelo. Kyathel le había dado el último golpe y Larithiriel se desangraba medio inconsciente. Anaeris se tomó unos segundos para observarla, creyendo que allí vería el final de aquel ramaje sectario, sin embargo, acabar con su vida allí, desplomada casi sin vida, sin apenas poder respirar, sin poder defenderse... no les haría mejores que la Eldreth.​

eldreth3.jpg​

No. El peligro había terminado. Ceryl y Larithiriel habían sobrevivido al caos y serían sometidas al juicio del Enclave. Y pasase lo que pasase, se decidiese lo que se decidiese, un último juicio las esperaría el día en que sus almas abandonasen este mundo.

Un Juicio en Arvandor, donde el Padre de todos las miraría y decidiría su verdadero destino.



Offtopic :
Gracias a Tepes por la escena, estuvo muy chula ^_^
Y a Radix por las fotitos, que a mi siempre se me olvidan xD
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Meivel

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La noche se cernía silenciosa sobre los Llanos exteriores de la capital. Anaeris caminaba pensativa, nerviosa por regresar habiendo estado varios días refugiándose en el amparo del bosque y del Enclave.
Primero habían surgido la ira y la rabia, descargadas sobre los orcos de la frontera y los rezagados de la Horda Negra que se había atrevido a cruzar el bosque. Después, la frustración se había adueñado de su pecho y la elfa había estado paseando por los puentes colgantes del Enclave Matadragones resoplando y suspirando. Y al final, la resignación.
Cuando había aceptado que a partir de ese momento esa sería la realidad a la que debería enfrentarse, su mente pareció calmarse.

Pero su corazón no. No corazón seguía triste. Echaba de menos a Vraask.

Apenas había cruzado el estrecho riachuelo que separaba los Llanos de las cercanías del Alandor cuando una figura rojiza se hizo visible en el horizonte. La capa ondeante y el paso firme hizo que algo en el interior de la elfa se estremeciera. Había planeado qué hacer si se encontraba con su amigo, pero nunca pensó que sería ella la primera en ver.

Katherine...

Al cruzarse, ambas inclinaron la cabeza, educadas, firmes. Pero el corazón de la arquera no pudo más y gritó tan alto, con tanta fuerza y tanto ímpetu, que los labios de Anaeris se separaron sin que ella pudiera darse ni cuenta.
- Katherine... -la bardo detuvo su avance y se giró ligeramente para mirarla, esperando a que ella continuase su frase. Anaeris sintió el nudo en el estómago pero no quiso recular, quería solucionar la desesperante situación en la que se habían visto envueltas sin saber si quiera cómo -...si tuvieras a bien... concederme algo de tiempo. Me gustaría hablar contigo.

Aquella no sería una conversación convencional, nada se oiria entre ellas sobre el oro, la bruma o cualquier problema aledaño al Alandor o incluso a Amn. Eran muchos los motivos que Katheirne podía pensar que llevarían a la arquera hasta ella, pero, en el fondo, la bardo sabía perfectamente cuál era el "problema" a exponer.

Anaeris deseaba privacidad, un lugar sin miradas ajenas, sin posibilidad de una interrupción. Katherine las condujo entonces a su despacho en los Cuarteles. Allí ni una sombra se atrevería a entrar. En silencio, una frente a la otra, ya no había vuelta atrás. No importaba qué sucediese en aquel despacho, Anaeris necesitaba aclararlo. La sargento observó a la arquera, silenciosa, impertérrita.
-Sé que no te caigo bien... sé que no te agrada mi amistad con Vraask... al igual que sé que hay otras personas que han insinuado que yo busco de él otra cosa... y por eso... quiero disculparme.

Como un torrente sin obstáculo alguno, las palabras fueron fluyendo a través de Anaeris. Todo cuanto tenía en su interior, las dudas, los miedos, las emociones fueron puestos sobre la mesa, sinceras y sin tapujos. Katherine la miraba en silencio, escuchando cada una de sus palabras, asintiendo cuando estaba de acuerdo o pensando quizá en interrumpir en algún momento. La arquera vació hasta sus entrañas y aún así, sintió que podía decir mucho más.

Cuando terminó, cuando se sintió satisfecha por sus palabras y creyó que serían suficientes para lograr el entendimiento, calló, apretando sus manos nerviosas y observando la reacción de la elfa frente a ella. Katherine la miró en silencio durante algunos segundos y, finalmente, esbozó una tenue sonrisa.
-Gracias... en mi trabajo, cuando una amenaza perturba la paz sin pensar en las consecuencias... esa amenaza debe ser eliminada. Sin preguntas. -Anaeris apretó sus manos y aguantó la respiración, temiendo cuáles podían ser las siguientes palabras de la sargento- A veces, se me olvida que no todo es trabajo en esta vida... y está bien que alguien me lo recuerde de vez en cuando.

La arquera dejó escapar el aire y aflojó la tensión en sus manos. Katherine continuó hablando, expresando ahora ella lo que llevaba guardando en su interior desde hacía demasiado tiempo. Quizá no todo fue dicho en voz alta pero al menos fue capaz de sacar lo suficiente para que ambas pudiesen cerrar las heridas que aquella situación les había provocado.
Sus palabras también fueron sinceras, Anaeris pudo sentirlo. No había rencor, ni odio... no había reproche si quiera... tan solo lamento. Lamento por no haber hablado antes, por no haber aclarado todo antes, por no haber sido sinceras, las dos, antes.

Cuando Anaeris salió del Cuartel General, el aire se sentía distinto, más liviano, más cálido. Miró hacia el cielo estrellado y miró la luna. Sehanine siempre estaba ahí, observando, y ella no podía estar esa noche más agradecida. Quizá, después de todo, dejar que su corazón hablase había sido la mejor decisión.
Y quizá el tiempo terminaría de sanar los delicados rasguños que aquel malentendido había dejado cicatrizando en los tres... Quizá Vraask y ella podrían retomar la amistad donde se quebró al dejar espacio...

...y quizá el tiempo les daría una oportunidad... incluso a ellas dos.​

Kath y Annie.jpg​
 
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La primera vez que la Bruma envolvió a Anaeris, el mundo a su alrededor se detuvo. El grupo que se había adentrado aquella noche en el bosque era pequeño, un puñado de elfos acompañados por Baldrak y Thaldrakor para investigar más allá de Tiru'Tel'Quessir, donde el bosque ya no se percibía como antes e incluso los gruñidos de los orcos se habían desvanecido.

Se adueñó de su mente, de sus sentimientos y de sus emociones. A su alrededor sólo vio muerte, destrucción y tristeza. Un Enclave consumido por las sombras y dominado por un mal antiguo que ella desconocía. Irenicus.

Las criaturas que emergieron de la bruma y los atacaron fueron silenciosas, tanto que ni sus sentidos más agudizados fueron conscientes de su presencia hasta tenerlos ya encima. Recordaba las desgarradoras imágenes que se adueñaron de su mente, pero también a Sylwen correr hacia ella con la mano alzada para socorrerla.

Cuando abrió los ojos tras perder la consciencia, sus manos no dejaban de temblar. Su espíritu estaba roto y su orgullo destrozado.



La segunda vez que la bruma envolvió a Anaeris, se llevó con ella a un gran grupo de protectores del bosque. Casi todos los elfos que habían acudido a la reunión en Gambiton marcharon hacia la torre tras el aviso del ataque, y los que no eran elfos habían sellado en algún momento un acuerdo diplomático y querían honrar su existencia ayudando al Pueblo.

El Akh´Velarh ya se encontraba protegiendo los grandes portones de la muralla, pero ni si quiera el gran numero de aliados que llegó en su ayuda fue suficiente para que la bruma se replantease el ataque. Una tras otra, las criaturas surgidas del espesor fueron arremetiendo contra los allí presentes, tratando de doblegar su espíritu, pero el grupo era bien ducho en la guerra y fue repeliendo cada uno de los ataques hasta que los susurros del bosque trajeron nuevas del peligro que acometía al Enclave.

En el trayecto hacia las profundidades del bosque, la bruma se hizo más espesa, más densa, envolviéndolos a todos como si tratase de ahogarlos. Anaeris dejó de ver lo que la rodeaba, dejó de ver el camino, los árboles, incluso a sus compañeros... y de un soplo, la bruma se desvaneció. Pero ya no estaban en el bosque, sino en el Enclave... un Enclave bien distinto, apagado y destruido.

El miedo dio paso al terror y una nueva oleada de criaturas oscuras se abalanzó contra ellos, mientras una voz profunda y errática sonaba dominante en cada rincón. El Enclave era suyo y nada podrían hacer para salvarlo.

No importaba la fuerza.
No importaba el deseo.
No importaba la fe.

Ella fue una de las primeras en caer, pero su mente no se disoció de la realidad y en algún punto perdido de su mente profunda pudo ver como, uno a uno, sus compañeros, sus aliados, sus amigos caían bajo el terrorífico poder de aquellas criaturas.

El mundo entonces se tornó negro. El silencio se hizo eco en su interior y, durante unos instantes, todo estuvo en paz.

Volvió a abrir los ojos y sintió un escalofrío, a su lado, los cuerpos de sus compañeros yacían desplomados. Poco a poco todos fueron despertando, desconcertados ante el nuevo escenario en el que habían aparecido. Ya no había bosque ni Enclave, ni si quiera bruma. Una explanada larga y desoladora que recorría kilómetros a la redonda, y una única montaña frente a ellos con un trono oscuro en su base y un hombre, siniestro y espectral, sentado en él, observando.

Joneleth, el exiliado.

Muchos de los presentes ya lo conocían, sabían su historia, sabían de su odio y su rencor. Boti trató de hacerle frente, pero el poder y la presencia de aquel antiguo elfo lo arrolló sin piedad. Trataron de hablar con él, pero Joneleth solo reía irónico y amenazaba, tranquilo, con destruirlo todo.

La joven elfa, sumida todavía en un miedo que no había experimenta jamás, trató de afianzar su propia presencia allí donde estaban. Sabía que poco podía hacer contra aquel elfo consumido por el deseo del poder, así que dejó que los experimentados se hicieran cargo de la situación. Ella, en cambio, buscó algo que sí estuviese a su alcance, algo que la hiciese sentirse útil... algo que le dijera "es importante que estés aqui"

A su lado, Kalasther temblaba igual que ella. El travieso e irónico elfo siempre tenía alguna frase afilada preparada en sus labios, pero ahora estaba callado. Se acercó a él y le tomó de la mano, sonriéndole. Él la miró y en sus ojos vio la certeza de la muerte, Kalasther estaba seguro de que allí concluía el viaje de todos, ese sería el lugar en el que los Dioses dejarían de escucharlos y sus cuerpos quedarían condenados a pudrirse en aquel desierto de nada. Y aunque Anaeris tenía el mismo presentimiento, se esforzó por sonreír e intentar transmitirle algo de confianza.

- Mantén la esperanza Kalasther... este no es nuestro final.

El elfo rio nervioso, aferrándose a esa idea y a las manos de Anaeris y Alexander, estoico a su otra vera.

Cerró entonces los ojos, deseando que aquella pesadilla terminase. El diálogo no estaba yendo bien, una propuesta descabellada había sido puesta sobre la mesa. O se unían a su causa o todos perecerían. Menuda oferta más ridícula...
Todavía Irenicus se estaba riendo de ellos cuando un torbellino de hojas y hierba comenzó a aparecer de la nada. El viento arremolinado dio paso a un portal mágico por el que cruzaron ents, dríadas, guardianes y el mismísimo Rothormir. Los hijos del bosque se enfrentaron a las nuevas criaturas de la bruma sin mediar palabra, y el Portavoz arremetió contra Joneleth obligándole a centrarse en él.

El remolino de hojas se desvaneció dejando a la vista el portal que unía aquella pesadilla con el Alandor y, aunque algunos vacilaron pues deseaban quedarse a ayudar, terminaron por cruzarlo.
Cuando el aroma del bosque, del musgo y de las flores se hizo presente... cuando el portal se desvaneció en el aire como una simple mota de polvo... solo entonces se dieron cuenta de que no estaban todos.

Aviel no había cruzado, y el Rothormir y los aliados que habían acudido a salvarlos también se habían quedado allí. La alegría por haber escapado se vio ensombrecida por la pérdida y la desesperanza.. sin duda, aquella había sido una de las peores noches en muchísimo tiempo.

Horas más tarde, otro remolino movió polvo y hojarasca. Los pocos que se había quedado juntos, caminando desconsolados por el bosque, pudieron contemplar el regreso del Rothormir y los pocos que habían sobrevivido a aquel desesperado rescate. La esperanza volvió a brillar un poco en sus corazón, no todo estaba perdido. Sin embargo, hubo una que no regreso. Aviel nunca volvería a escuchar el canto de los pájaros del Alandor.

Y a pesar del miedo, a pesar del dolor del cuerpo, a pesar de que le faltaba el aire, a pesar de la pena... Anaeris se sintió aliviada. Había sobrevivido y, aunque era cierto que no había sido de gran ayuda en los enfrentamientos físicos, al menos le consolaba saber que, lo poco que había podido aportar, había significado algo.



Offtopic :
Gracias a @DM Kapillo y @DM Nazgul por la locura de escena, al final Anaeris va a acabar traumada la pobre xD Me lo pasé genial ^_^
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Meivel

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“Ante la gentil mirada de nuestro Padre, Corellon, este es mi juramento. Que mis manos sean protección y mi arco guardián. Yo, Anaeris Daranthir, juro que protegeré al Enclave y al Pueblo hasta mi último aliento”

ascenso3.jpg
​


El momento había llegado, su tiempo como aprendiz había concluido y un nuevo rango, lleno de orgullo y determinación sonaría a partir de ese día junto al nombre de la elfa.​

Anaeris, Velarh del Pueblo.​

La Kerym Elenya preparó una sencilla y emotiva ceremonia, alzó palabras de aliento y de esperanza buscando destensar las mentes de los presentes, dados los tiempos que corrían. La aprendiz hincó una rodilla en el suelo, apartando su capa con cuidado y fijando sus ojos en un punto desenfocado del suelo. LA Kerym continuó hablando dirigiéndose no solo a Anaeris, sino a todos los presentes. La Bruma les estaba golpeando con fuerza, pero no debían doblegarse. "Debían persistir incluso en la adversidad, incluso en el miedo" había dicho la avariel.

"Anaeris, os nombro oficialmente Velahr. Desde ahora serás otra hermana dedicada noblemente a la protección del bosque. Que este, espero, sea un momento en el que os sintáis orgullosa por lo que hacéis."

¿Orgullosa? Se sentía desbocada. Por fin había encauzado el camino que llevaba tanto tiempo persiguiendo. Ser alguien de valía para su Pueblo siempre había sido una de sus metas. Quería estar allí, quería formar parte de ellos, quería ser su apoyo y su protección. Ser Velarh sólo era el primer paso para la elfa, su vista estaba puesta mucho más lejos. No por el poder ni por la responsabilidad, sino por ella misma.

Su mayor deseo era que llegase ese día en el los elfos del Enclave, los ahora presentes y los que llegasen en el futuro, incluso los que tan solo quisieran transitar las tierras de la intriga, pudieran ver en ella alguien en quien confiar, alguien a quien tener cerca, alguien en quien buscar consejo, consuelo o simplemente compañía.
Formar parte del Akh'Velarh sólo había sido un primer paso para labrarse un nombre entre los suyos. Y a partir de ahora, ya nada la detendría.​
 

Meivel

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-Me alegro de que hayas podido venir.

Anaeris sonrió a Kaladriem y el elfo abrió los brazos hacia ella, esperándola. Desde hacía ya un tiempo, el arquero le regalaba aquellas muestras de cariño cuando se quedaban a solas. Abrazos que al principio habían sido reconfortantes y al final se habían terminado por convertir en necesarios.
La lunar no se lo pensó, ya no lo hacía. Avanzó hacia él y le rodeó la cintura, apretándose contra su pecho, cerrando los ojos y aspirando su aroma. Kaladriem la envolvió entre sus brazos y le acarició el pelo, apoyando la mejilla en su cabeza, dejando que aquel pequeño instante de paz que el mundo les entregaba se calase hasta lo más profundo.

No eran los mejores tiempos en aquellas tierras de intriga. Los enfrentamientos, los problemas en el bosque, la fiebre del oro que seguía haciendo mella en el sur, el encuentro con Irenicus, la Bruma... desde luego eran muchos los frentes abiertos y, aunque la elfa trataba de lidiar con todo a la vez, la situación la sobrepasaba en muchas ocasiones. Era en los brazos del arquero, en su respiración pausada y en su fría calma donde encontraba paz.

Pero había algo más que encontraba cerca suya, había algo que hacía tiempo que había empezado a sentir. Algo distinto y profundo, arraigado en su pecho y en su mente.

Cuando conoció al arquero, no había pasado mucho tiempo desde su llegada a Amn. Kaladriem ni si quiera formaba parte del Enclave y compartía su tiempo con otros, y ella acababa de unirse al Gremio de Aventureros y tenía su mirada fija en otros intereses. Sin embargo, aquel primer contacto, aquella primera expedición juntos ya marcó un antes y un después entre ellos, cuando las raíces y los ents de la isla Glaxtrox tumbaron a casi todos los presentes y la elfa corrió a sacarle del río, malherido.

En aquel momento ellos no se conocían, no habían escuchado nada el uno del otro y, sin embargo, todo cambiaría desde ese instante.


La elfa respiró profundamente regresando a la realidad, se separó un poco de Kaladriem y lo miró a los ojos, en silencio, como tantas otras veces había pasado en los últimos meses antes de que la vergüenza se adueñase de ella haciéndola retroceder.
El corazón volvía a latirle con fuerza y la timidez hacía que no se atreviese a hablar, a decir en voz alta lo que hacía tiempo que sabía en su interior.

Amaba a ese elfo.

No era consciente de cuándo había sucedido, ni cómo, pero esa era la verdad.

Se separó un poco de él apartando la mirada tratando de ocultar el rubor que se había adueñado de su rostro. El arquero sonrió como todas las veces anteriores en las que se había dado cuenta pero había preferido callar.
Sin embargo, esa noche algo distinto sucedió. Quizá Kaladriem vio en sus ojos todo lo que ella no se atrevía a decir o quizá tan solo saltó al vacío arriesgando su propio orgullo. Alzó ambas manos para acariciar las mejillas de Anaeris y la besó.

El mundo pareció entonces detenerse, todos los problemas desaparecieron, la vergüenza se esfumó y los dos se fundieron en aquel beso, abrazados, sintiéndose por fin conectados, confesando después lo que sentían y lo que pensaban sin temor.​

Anaeris y Kaladriem.jpg​


-Si es mi oscuridad lo que necesitas...

Si... era cierto, Kaladriem caminaba por un sendero oscuro que seguramente ella nunca lograría comprender. Ya se lo había dicho Sylwen tiempo atrás, el arquero transitaba un sendero extremadamente fino entre ambos mundos y cualquier acontecimiento significativo podía decantar la balanza hacia un lado u otro.
Anaeris le había visto destrozar cabezas de orcos ya caídos, pegarse a sus enemigos hasta sentir su aliento por el puro placer de verles sangrar de cerca, despreciar con ironía y frialdad a quienes se habían arriesgado a ser despectivos con él o con lo que le rodeaban... Pero también le había visto proteger a los suyos, preocuparse por las pequeñas cosas, sonreír con calidez, ser gentil... y había sido en el medio de ambas versiones donde ella había encontrado su perfección. No quería un lado ni el otro, los quería a ambos. Lo quería a él.

Por primera vez para ella, la noche no fue el final del día, sino el comienzo. Juntos abandonaron la muralla y Tiru'Tel'Quessir, adentrándose en el Álandor cogidos de la mano.
Una mano que Anaeris no pensaba soltar ya jamás.​
 

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