Meivel
Adorador del Gordo
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¿Cuánto tiempo hacía ya? ¿Dos? ¿Tres meses?
Se sentía como si solo hubiese pasado un pestañeo desde que la elfa había pisado por primera vez la hierba húmeda de los llanos. Un leve suspiro. Y, sin embargo, ya recogía más emociones de las que tenía planeado albergar cuando su viaje al sur comenzó.
Había encontrado el enclave en los árboles tan sólo un par de días después de llegar, Loreliel la había conducido a través del bosque llevándola a las raíces del Árbol de la Vida sin saber que ese había sido su único cometido durante el último año. Encontrar el lugar de descanso de Firael.
La invitación del druida todavía resonaba en su memoria como si se hubiese formulado la noche anterior.
“Ve al sur, a un lugar llamado Wéldath. Cuando llegues, si te atreves a cruzar ese inmenso océano de árboles y natura, encontrarás un enclave suspendido en las copas de los árboles. Allí te esperaré.”
Pero no lo había hecho, esa era la realidad. La decepción que la lunar había sentido al descubrir que Firael se había marchado todavía más al sur, al desierto, pocas dekhanas antes de ella arribar fue un golpe duro. Tuvo que replantearse todo y tomar una decisión. Seguir su viaje y perseguir la sombra de aquel elfo errante o quedarse allí y ser ella la que le esperase.
Cualquiera en su situación seguramente hubiese recogido las pocas pertenencias que albergaba y hubiese seguido caminando. Al fin y al cabo, el viaje había comenzado por él, era lógico que siguiese su estela. Sin embargo, algo inesperado sucedió. Una mano le fue tendida, una sonrisa sincera y una mirada que albergaba la esperanza de que una nueva tel´quessir se uniese al pueblo.
Sylwen Galadonel, la Portadora de la Paz.
Ella había sido la que le había hecho recordar a la lunar que su viaje no sólo estaba centrado en encontrar al druida. Su viaje trataba de encontrarse a sí misma, de buscar en su interior y conectar con esa parte élfica que en aquella granja vieja siempre le había sido negada. Necesitaba saber quién era en realidad y quién podía llegar a ser. Si se pasaba la vida persiguiendo al druida jamás lo descubriría.
Aquella mano, aquella sonrisa y aquella mirada le dio la fuerza para elegir.
Y no eligió irse.
Ni eligió quedarse.
Se eligió a ella misma, eligió su corazón y su voz interior.
Y cuando a la mano de Sylwen se unieron otras nuevas de más gentiles sintió que algo dentro de ella despertaba más fuerte, más intenso y más vivo.
¿Quién sabe? Quizá, después de tantos años, por fin la voz del Seldarine se había alzado por encima del resto.
Se sentía como si solo hubiese pasado un pestañeo desde que la elfa había pisado por primera vez la hierba húmeda de los llanos. Un leve suspiro. Y, sin embargo, ya recogía más emociones de las que tenía planeado albergar cuando su viaje al sur comenzó.
Había encontrado el enclave en los árboles tan sólo un par de días después de llegar, Loreliel la había conducido a través del bosque llevándola a las raíces del Árbol de la Vida sin saber que ese había sido su único cometido durante el último año. Encontrar el lugar de descanso de Firael.
La invitación del druida todavía resonaba en su memoria como si se hubiese formulado la noche anterior.
“Ve al sur, a un lugar llamado Wéldath. Cuando llegues, si te atreves a cruzar ese inmenso océano de árboles y natura, encontrarás un enclave suspendido en las copas de los árboles. Allí te esperaré.”
Pero no lo había hecho, esa era la realidad. La decepción que la lunar había sentido al descubrir que Firael se había marchado todavía más al sur, al desierto, pocas dekhanas antes de ella arribar fue un golpe duro. Tuvo que replantearse todo y tomar una decisión. Seguir su viaje y perseguir la sombra de aquel elfo errante o quedarse allí y ser ella la que le esperase.
Cualquiera en su situación seguramente hubiese recogido las pocas pertenencias que albergaba y hubiese seguido caminando. Al fin y al cabo, el viaje había comenzado por él, era lógico que siguiese su estela. Sin embargo, algo inesperado sucedió. Una mano le fue tendida, una sonrisa sincera y una mirada que albergaba la esperanza de que una nueva tel´quessir se uniese al pueblo.
Sylwen Galadonel, la Portadora de la Paz.
Ella había sido la que le había hecho recordar a la lunar que su viaje no sólo estaba centrado en encontrar al druida. Su viaje trataba de encontrarse a sí misma, de buscar en su interior y conectar con esa parte élfica que en aquella granja vieja siempre le había sido negada. Necesitaba saber quién era en realidad y quién podía llegar a ser. Si se pasaba la vida persiguiendo al druida jamás lo descubriría.
Aquella mano, aquella sonrisa y aquella mirada le dio la fuerza para elegir.
Y no eligió irse.
Ni eligió quedarse.
Se eligió a ella misma, eligió su corazón y su voz interior.
Y cuando a la mano de Sylwen se unieron otras nuevas de más gentiles sintió que algo dentro de ella despertaba más fuerte, más intenso y más vivo.
¿Quién sabe? Quizá, después de tantos años, por fin la voz del Seldarine se había alzado por encima del resto.
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