Nicodemus no podía dormir, presentía que la batalla era inminente y que el desenlace de todo iba a suceder así que cogió tinta y papel he izo una carta para sus amigos de la mancomunidad, algo le decía que esta esta podía ser su ultima noche, una pesadez que se le enquistaba en los huesos.
(Tristeza) Con cada línea la tristeza fue apoderándose de él y lloro, no temía la muerte pero si caía nunca volvería a ver a los que amaba, nunca más podría reír con ellos o ayudarles o simplemente estar sin necesidad de decir nada.
Dejo que el llanto corriera por sus ojos, como siempre decía su madre no es malo llorar, en ocasiones es la mejor forma de sanar el alma, amar es dejar ir, es entender que nada es eterno, es disfrutar cada momento.
Él sabía que le amaban.
Salió de la tienda del campamento de la alianza y miro el cielo.
(Desesperación) Ninguna estrella brillaba aquella noche, solo se veía la oscuridad más profunda en tormentas de desesperación y muerte, la sombra se había extendido por el firmamento y la tierra a su alrededor, hiciera lo que se hiciera ese sería el resultado, tarde o temprano todo acabaría en el olvido.
Respiró profundamente y cerró los ojos para que su ser viajara más arriba, sabía que ahí estaban las estrellas y la luna, sabía que la oscuridad solo era un manto fino que a duras penas tapaba la luz, sabía que el vacío y el olvido, el fin de la existencia solo era una sombra que no podía socavar la vela de la esperanza. Nada podía vencer la esperanza.
De repente y como si la sombra le pusiera de nuevo aprueba un nuevo sentimiento le golpeo.
(Miedo) ¿y si no era el correcto? ¿y si acababa siendo un ser de oscuridad y muerte como Lord Soth? ¿y si condenaba a todos a la oscuridad misma?
Muchos creían que los paladines no sentían el miedo, pero no era así, Nicodemus sabía que tenía dudas, conflictos y miedos como todos, no era más digno que Fery, no era mejor que Sariel, no era mas grande o digno que nadie, se equivocaba y dudaba como todos … y así como aceptaba y entendía las faltas de los demás también amaba y perdonaba las suyas pues gracias a ellas crecía.
Respiro profundamente …
NICODEMUS … MIS ALAS… NO PUEDO MÁS…! – Alas de esperanza rugió en la oscuridad misma y devolvió a Nicodemus a la realidad.
Sintió entonces el dolor en todo su cuerpo, arder su alma con un dolor que le impería moverse y recordó que estaban surcando la brecha, que no podían estar mucho allí.
Delante suyo se erguía la todopoderosa Takhisis, sus cinco cabezas los observaban como quien observa a un mero insecto.
Insignificante criatura… un campeón patético de un mundo patético.
La mirada de la diosa fulmino al hin como un torrente mismo, entro en sus recovecos mas oscuros, clavo sus garras en el espíritu del mediano retorciéndolo en busca de la más mínima pizca de sombra que incendiar y encender, que controlar y manipular.
El tiempo se detuvo de nuevo y el hin fue arrogado a desafíos y juicios, a pruebas que parecieron eternas. Fue apenas un segundo en el mundo material, pero para el hin fue una eternidad.
Takhisis, la Reina de la Oscuridad, la reina de los dragones, la tentadora, la señora de los muchos rostros, la madre del odio, la reina de las mentidas, la de la voz dulce… busco y busco en el pequeño ser que la desafiaba alguna macula que explotar… y no encontró nada.
¡¡¡¡NO ES POSIBLE!!!!
Las cinco fauces de la Reina se abrieron y en ellas Nicodemus vio la muerte, su poder era acogedor, inevitable y fue lanzado contra él.
El hin sintió la lanza palpitar, sintió que una mano le ayudaba a levantarla, supo que era Palatine. Sintió un abrazo que lo protegía del poder acogedor de Takhisis, supo que era Yondalla.
En aquel instante último Nicodemus miro a la diosa maligna y supo que el viaje era solo de ida, pero no dudo, no tubo miedo, no estaba solo, todos sus amigos estaban con él, miro al lado y vio cargar a Radix, sintió el grito de Vungrir detrás de si, el perfume de Frey, el sonido de los abanicos de Calendil a su lado al cortar el viento y el hormigueó en su nuca característico que sentía cuando Numina conjuraba, sintió el poder curativo de la dama Anith, cada amigo, cada enemigo, cada criatura viva del mundo estaba con él… no estaba solo, no era Nicodemus, era Faerun.
Fue relámpago, fue bramido, fue estallido, fue rayo de sol, fue rayo de luna, fue cascara, fue martillo, fue justicia, fue amor fue todo y todo golpeo contra Takhisis hiriéndola....
AARRHHH!!!
Nicodemus despertó en un lugar apacible, el verdor y la alegría lo rodeaban parpadeo y se pregunto si aquel lugar eran los campos verdes, ya no sentía la conexión con todo, volvía solo a ser Nicodemus aun así la calma y la tranquilidad se apoderaban de el en aquel lugar de luz.
Sintió el chisporrotear de una hoguera y el olor de guiso haciéndose, la pancita le rugió, tenía hambre y se acercó al lugar.
Reparo entonces en una figura de un anciano que parecía un mago de avanzada edad enclenque y taciturno que aguardaba y lo saludo afable pues a su alrededor se sentía una armonía única.
Bienhallado, no sé cómo he llegado aquí, ¿puedo sentarme junto a usted para reponer fuerzas? – dijo Nicodemus
Por favor, toma asiento, has viajado mucho pequeño amigo mío. ¿Estas cansado?
Han sido unos días duros, aunque no lo crea vengo de una batalla enorme contra una diosa oscura para proteger a mi mundo
¿Y lograste protegerlo?
No lo sé, aunque tengo fe en que así fue. Os agradezco que me dejarais sentarme junto al fuego, aunque no me conocierais de nada.
Oh… yo creo que si nos conocemos. Se mucho de ti y solo cosas buenas.
¿No serán esto los campos verdes?
¿los campos verdes? Oh… no… esto es solo un lugar donde me gusta traer a hablar a los amigos mientras espero. Eres un buen amigo.
Me alegra que lo consideréis, pero tampoco soy perfecto, se me quema el pan mas de una vez cuando me distraigo *bromeó*
Son esos pequeños errores lo hermoso de la vida * sonríe *Creo que nunca más tendrás que preocuparte porque se te queme el pan amigo mío. Tu mundo se ha salvado gracias a ti.
Yo creo que gracias a todos, yo quizá empuñaba la lanza pero todos ayudaron y tenían el deseo de salvarlo, ellos me dieron la fuerza, es la unión de todos lo que ha salvado mi mundo.
Antes de que el anciano pudiera responder un son llego des del linde, una música armoniosa y alegre que elevada el animo y encendía el espíritu.
Des de los árboles una pequeña figura se recorta hasta que se apareció una hin ataviada con una armadura y un escudo de la matriarca Yondalla. Es su rosto ya entrado en años portaba una sonrisa afable y maternal observando con ternura al anciano y al joven hin.
Vaya… ¿ya has llegado? Pensé que tendríamos un poco más de tiempo – el anciano se levanto del tronco estirando sus huesos.
Es hora de que comencemos tu siguiente gran aventura – dijo con una voz melodiosa la mujer.
Ha sido un placer Nicodemus. Y un honor… que todas las bendiciones de la Luz te acompañen…y que nos volvamos a ver…. Llegado el momento.
Si nunca me necesita no dude en decirme ayudar a otros es parte de mi senda – dijo al anciano el hin.
Bueno hemos de partir, hay quienes llevan mucho tiempo esperándote querido Nicodemus… ¿estas preparado?
La mujer le tiende la mano que antes aguardaba en la empuñadura de su espada corta y Nicodemus entiende de golpe, repara en cada uno de sus detalles de su atuendo como si una venda mágica cayera de sus ojos, cae de rodillas al suelo llorando al comprender que se haya delante de su diosa y que ha muerto.
Siento no haberos reconocidos… gracias por... ayudarnos… por todo… yo…- el hin sollozante no puede seguir con las palabras.-
eres mi guía... mi luz... todo ha sido gracias a vos…
La mujer se acerca y besa con ternura la frente del pequeño hin que sonríe entre sollozos de alegría y dicha. Cualquier duda, cualquier temor queda atrás ante la protección y bendición de la Bendita.
No Nicodemus… tu eres mi luz y mi fuerza
La gran matriarca del pueblo hin, vuelve a tender la mano a su hijo que la toma con delicadeza, luego lo alza para que camine a su lado y ante ellos se abren los campos verdes.
Dos cuerpos desprovistos de vida caen cual cometa contra el suelo, uno de ellos es el de un hin que sonríe y llora de dicha.