El Ultimo día de Imnescar
El día en que el sol se tornó de bronce y hollín, Arianne Brillalba sintió que la bendición de Waukin —la Dama del Comercio, la diosa de la opulencia— se volvía no un don, si no una imperiosa necesidad, como respirar.
Durante semanas, la ciudad de Imnescar resistió el asedio del Imperio de las Bestias y sus cohortes de muertos alzados de Murann. Habían llegado al anochecer, su ejército un alud de garras y mandíbulas entre las brumas de los campos. Arianne, con mirada incansable, sostenía el ánimo de los defensores con oraciones y curaciones, procurando que los ánimos no flaquearan durante el conflicto
"Pero la fe y el coraje son monedas que se gastan más rápido que el oro".
La noche del sexto día, el portón sur se estremeció bajo los embates de un ariete inmenso, encuadernado con anillos de bronce y surcado de runas protectoras que repelían fuego y hechizos. Durante horas, los defensores concentraron toda su furia en aquel artefacto: cánticos de disolución, saetas benditas, cargas desesperadas. Al fin, cuando el ariete se quebró en un estallido de astillas y metal, creyeron haber comprado un día más de resistencia.
Se equivocaron.
A la luz vacilante de las hogueras, y los braseros de guerra de las bestias, un jinete cadavérico alzo sus brazos clamando por cobrar un pacto anteriormente realizado. De entre sus huesos torcidos y mellados surgió una bestia del infierno. Un diablo de la sima. El monstruo se abalanzó sobre el portón sur. En un rugido que hizo temblar las almenas, y a pesar del esfuerzo de los defensores lo redujo a escombros ennegrecidos.
En los cielos sobre la ciudad
Sarvhylarewanyn, la dragona negra aliada de Amn, luchaba encarnizada contra el dragón verde de Muran, pero cuando el portón ya estaba roto, el diablo ascendió como una centella para encarar a la dragona negra. Desde las murallas, Arianne presenció aquel duelo de colosos, con el corazón encogido en un puño.
La batalla duró hasta que el alba tiñó de gris las nubes bajas. Con un rugido final, el diablo alzo la cabeza de
Sarvhylarewanyn sobre las ruinas de lo que fue la alcaldía donde quedo el resto del cuerpo de la gran sierpe.
Fue entonces cuando la disciplina se quebró. Sin la dragona que mantenía a raya a los muertos y a las bestias, la ciudad se convirtió en un matadero. Nadie defendió templos ni santuarios; no hubo altares que inspiraran un último sacrificio. Solo polvo, humo y el pánico de los que huían.
Arianne combatió codo a codo con sus compañeros de armas —mercenarios de Galdrim veteranos de compañías libres, algunos milicianos ya sin fuerzas, Fery, Briz, Calendil, Kerloch, Ewan, Lufram, Williams, Khazan, Rainde, Drull, Sulion, Talivia, Madeleine, Astrid, Aitana, Calistia, Ragkbar, Miller— en un laberinto de barricadas improvisadas. Entre cuerpos y brasas, penso que eso era todo. Fue todo para Imnescar.
La ciudad fue arrasada. Las tiendas y los zocos ardieron; las campanas del mercado se desplomaron. El estandarte dorado de Waukin se perdió entre las brasas.
Y cuando la matanza hubo terminado, ella y los suyos —un puñado de supervivientes aturdidos— fueron llevados ante el ogro hechicero. Bajo su manto ennegrecido y el báculo todavía humeante, contempló a Arianne con un gesto que no era ira, sino un desprecio casi compasivo.
—Habeis luchado con honor —dijo aquella voz gutural— Podeis tomar a los vuestros y marchar. Esta ciudad sera destruida piedra a piedra, por las afrentas contra el pueblo de los ogros y sus habitantes floreceran en Murann o se apagaran para siempre.
Así fue como Arianne Brillalba, que había creído en el comercio de la esperanza, quedó en pie sobre las ruinas de Imnescar. Se perdio la ciudad, y la certeza de que toda inversion retorna multiplicada. Aprendió la lección más amarga de todas: que no siempre la fe salva a quienes creen merecerlo.
Tras el largo camino de Imnescar a Purskul y el aun mas largo silencio de la columna de los "Vencidos". La obispo de la moneda se preocupo de volver a alza el hospital de campaña. Habian cargado con muchos heridos que habian recibido el perdon de Murann y habia conseguido esconder algunos niños de las zarpas de las bestias.
Alli paso los dias, en aquellas tiendas, atendiendo las ultimas cicatrices de Imnescar, mientras la ponian al dia de los ultimos acontecimientos, que poco o nada de halagueños tenian.
En los vaivenes del oficio medico, con mas sangre en la ropa que algodon, los heridos alicaidos gimoteban y lloraban, pues ahora tras el shock se daban cuenta de todo lo que habian perdido.
- Imnescar ha caido...Ya no esta, se ha ido todo a la mierda...
- Nuestro hogares, los han quemado, no han dejado nada.
- ¿Ha donde iremos ahora?
Una Arianne serena y taciturna se mantenia en sus tareas atendiendolos, pero cuando hablo con todo calmo todos la oyeron en la tienda.
- Mientras quede un hijo de Imnescar en pie, este donde este...Imnescar resiste.
Y con el silencio que se marco tras sus palabras, siguio con su trabajo.
Offtopic :
Gracias por estos roles y si me olvide de alguien, que me lo diga, soz...Gracias a Kapillo por el mapeado.