DMT Faker
Dungeon Master
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El deshielo no había traído paz.
A las afueras de Crimmor, donde las orillas del Álandor solían rebosar vida en primavera, ahora se alzaba un bosque de mástiles improvisados, sogas tensadas y sombras moviéndose con premura. El río, de corriente lenta pero orgullosa, era testigo silente de la revolución que se avecinaba. La Alianza del Norte —conformada por representantes del Enclave Esmeralda, el Enclave de Tethir, la División de la Nube, la Iglesia de Selûne, los robustos de Kazad Gromdal, los Bárbaros Reghed y muchos más— no descansaba. Habían traído consigo barcazas ya construídas desde su campamento de guerra. Pero no eran suficientes. Los carpinteros e ingenieros del ejército —manos endurecidas por la escarcha y la guerra— trabajaban sin tregua, montando nuevas embarcaciones allí mismo sobre tablones húmedos y enmohecidos, bajo un cielo nocturno sin luna y que no anunciaba otra cosa que desgracia.
¿Para una linde u otra del Álandor? Tal vez para las dos, pues la extraña aguanieve caía de un modo torrencial, creando un fino velo casi neblinoso y perlado que dificultaba la visión desde ambas orillas.
Aquella gélida cortina parecía sofocar los colores de la estación. Las montañas al norte desaparecían tras un horizonte de blanca bruma y el río Álandor, cruel y frío, aceptaba las embarcaciones como una arteria presta a llevar la sangre de la guerra al corazón del sur. En la retaguardia, armas de asedio eran ajustadas, grúas izaban contrapesos y las primeras balistas iban siendo ensambladas. Los carros de artillería crujían sorbe el barro, esperando a que los ingenieros terminaran de montar las bocas de los dos puentes levadizos que estaban construyendo.
Aunque, de momento, poco se conocía sobre sus planes o intenciones, todo
aquello apuntaba al otro lado del río y a la tiranía que allí se apostaba... Aunque bajo la atenta mirada de sus enemigos. Por ello, en Crimmor las campanas sonaron tres veces. Una, para el alba. Dos, para la tormenta. Tres, para el toque de queda.
Los portones se cerraron con el eco sordo de un juramento no pronunciado. Las gentes corrieron a sus hogares, aunque no todos: muchos civiles, agradecidos hasta el fanatismo a los Consejeros de la Tormenta y toda la mano de alimento y reconstrucción que les habían tendido, tomaban lo que podían; horcas, palos encendidos en fuego, incluso viejos y oxidados rastrillos acabados en punta para defender hasta la vida o la muerte aquella ciudad —su ciudad— que estaban a punto de asaltar los rebeldes del Norte.
Los milicianos de Crimmor, los Magos Rojos de Thay, Ladrones de las Sombras, Encapuchados de Capaconjuro, soldados de la División Occidental, Magísters de la Arcanum Schola, mercenarios enviados directamente por el Waukeenar e ingenieros del Gremio de Artesanos... Todos ellos se apostaron sobre los muros y tras ellos, en cada entrada y rincón. Los tradicionales halcones y los recados arcanos ya no trasladan palabras de tregua, sino de supervivencia y urgencia.
Y entonces, en un estruendo de viento telúrico y alas veladas por la Urdimbre, el Arconte sobrevoló Crimmor, el enorme escudo de diamante alzado siempre en gesto defensivo ante su cuerpo. Aquellos que posaran su mirada en él —amigos o enemigos— jurarían, a cada día que pasaba, el tamaño del enorme dracónido exaltado era aún mayor.
Aquella noche, Athkatla no durmió.
Desde los torreones del Palacio de los Seis hasta los muelles donde anclaban las galeras de guerra, la ciudad entera vibraba bajo un mismo pulso: eld e la marcha. El gran portón, cincelado en bronce y acero, se abrió con un lamento antiguo que no se escuchaba desde eras pasadas.
Desde el corazón mismo de la capital, comenzó a desplegarse el Ejército de la Tormenta en perfecta formación. Aquel ejército —que se conformada no solo de los fanáticos de Iryklathagra, sino también de todos los aliados que se había ido granjeando a lo largo de los meses—, cabalgaba ondeando diversos estandartes —La División Occidental, el Waukeenar, Capaconjuro, Thay...—, pero solo uno se repetía con mayor frecuencia: la Garra hendida en Truenos. A su paso, el empedrado temblaba como tambores de guerra.
Al frente, la Comandante al-Hakim a lomos de su corcel oscuro marcaba el ritmo del avance con mirada decidida. A su lado, los heraldos repetían las órdenes que bajaban del Palacio. La marcha debía ser continua, sin detenerse, dudar ni dar un paso atrás. Las tropas avanzarían por el Camino del Río hasta llegar a Crimmor a la mayor brevedad posible; con suerte, poco más de un día.
Fue entonces cuando las nubes —oscuras y centelleando por la tormenta— se abrieron, dejando paso a aquella que obedecían como su Qysara.
Una figura cerúlea emergió desde lo alto de Athkatla, elevándose por encima de cúpulas, obeliscos y torres arcanas. Iryklathagra, Colmillos Afilados, se alzó sobre la ciudad con un rugido que no fue solo un llamado a la guerra, sino a la promesa de una victoria. Su forma dracónica, imponente y resplandeciente incluso bajo las nubes cargadas, cruzó el firmamento dejando una estela de truenos y tempestades a su paso.
Su sombra cubrió las plazas, los tejados y los ojos de quienes alzaban la mirada con temor o devoción. Las alas se extendieron como un dosel más sagrado que la divinidad misma sobre la columna de soldados que abandonaba la ciudad, y con cada batida de sus alas rotas entre cuyos agujeros serpenteaban los relámpagos, marcaba el avance.
No descendió ni se posó. Desde los cielos, guiaba con su presencia, sobrevolando las primeras leguas del Camino del Río mientras la capital se alejaba a sus espaldas y la guerra se acercaba en el horizonte.
En su ausencia, la ciudad quedaba al mando de los Magos Rojos de Thay. El gobierno de Athkatla, por primera vez en siglos de arcanofobia, era puramente mágico. Los Sellos de la Tormenta habían sido colocados en el Palacio de los Seis, y ninguna decisión quedaría fuera del control o conocimiento de la Protectora de Amn ni de sus aliados de Thay.
En todos los frentes, el pulso de la guerra se aceleraba. Las fronteras ya no eran líneas sobre un mapa, sino caminos de hierro, ríos embravecidos y silencios tensos; la calma que precede a la tempestad, esta vez más viva que nunca. Los corazones de los soldados latían al ritmo de los tambores. Las plegarias eran más breves. Los juramentos más crudos. La guerra ya no era inminente, era una realidad, una pesadilla presente.
Y, sin embargo, sea en el Norte, el Sur o en cualquier camino entre ellos, hay una sensación que pondera por encima de todas las demás: fe.
Porque incluso la criatura más pequeña puede cambiar el curso del futuro.
A las afueras de Crimmor, donde las orillas del Álandor solían rebosar vida en primavera, ahora se alzaba un bosque de mástiles improvisados, sogas tensadas y sombras moviéndose con premura. El río, de corriente lenta pero orgullosa, era testigo silente de la revolución que se avecinaba. La Alianza del Norte —conformada por representantes del Enclave Esmeralda, el Enclave de Tethir, la División de la Nube, la Iglesia de Selûne, los robustos de Kazad Gromdal, los Bárbaros Reghed y muchos más— no descansaba. Habían traído consigo barcazas ya construídas desde su campamento de guerra. Pero no eran suficientes. Los carpinteros e ingenieros del ejército —manos endurecidas por la escarcha y la guerra— trabajaban sin tregua, montando nuevas embarcaciones allí mismo sobre tablones húmedos y enmohecidos, bajo un cielo nocturno sin luna y que no anunciaba otra cosa que desgracia.
¿Para una linde u otra del Álandor? Tal vez para las dos, pues la extraña aguanieve caía de un modo torrencial, creando un fino velo casi neblinoso y perlado que dificultaba la visión desde ambas orillas.
Aquella gélida cortina parecía sofocar los colores de la estación. Las montañas al norte desaparecían tras un horizonte de blanca bruma y el río Álandor, cruel y frío, aceptaba las embarcaciones como una arteria presta a llevar la sangre de la guerra al corazón del sur. En la retaguardia, armas de asedio eran ajustadas, grúas izaban contrapesos y las primeras balistas iban siendo ensambladas. Los carros de artillería crujían sorbe el barro, esperando a que los ingenieros terminaran de montar las bocas de los dos puentes levadizos que estaban construyendo.
Aunque, de momento, poco se conocía sobre sus planes o intenciones, todo
Los portones se cerraron con el eco sordo de un juramento no pronunciado. Las gentes corrieron a sus hogares, aunque no todos: muchos civiles, agradecidos hasta el fanatismo a los Consejeros de la Tormenta y toda la mano de alimento y reconstrucción que les habían tendido, tomaban lo que podían; horcas, palos encendidos en fuego, incluso viejos y oxidados rastrillos acabados en punta para defender hasta la vida o la muerte aquella ciudad —su ciudad— que estaban a punto de asaltar los rebeldes del Norte.
Los milicianos de Crimmor, los Magos Rojos de Thay, Ladrones de las Sombras, Encapuchados de Capaconjuro, soldados de la División Occidental, Magísters de la Arcanum Schola, mercenarios enviados directamente por el Waukeenar e ingenieros del Gremio de Artesanos... Todos ellos se apostaron sobre los muros y tras ellos, en cada entrada y rincón. Los tradicionales halcones y los recados arcanos ya no trasladan palabras de tregua, sino de supervivencia y urgencia.
Y entonces, en un estruendo de viento telúrico y alas veladas por la Urdimbre, el Arconte sobrevoló Crimmor, el enorme escudo de diamante alzado siempre en gesto defensivo ante su cuerpo. Aquellos que posaran su mirada en él —amigos o enemigos— jurarían, a cada día que pasaba, el tamaño del enorme dracónido exaltado era aún mayor.
Aquella noche, Athkatla no durmió.
Desde los torreones del Palacio de los Seis hasta los muelles donde anclaban las galeras de guerra, la ciudad entera vibraba bajo un mismo pulso: eld e la marcha. El gran portón, cincelado en bronce y acero, se abrió con un lamento antiguo que no se escuchaba desde eras pasadas.
Desde el corazón mismo de la capital, comenzó a desplegarse el Ejército de la Tormenta en perfecta formación. Aquel ejército —que se conformada no solo de los fanáticos de Iryklathagra, sino también de todos los aliados que se había ido granjeando a lo largo de los meses—, cabalgaba ondeando diversos estandartes —La División Occidental, el Waukeenar, Capaconjuro, Thay...—, pero solo uno se repetía con mayor frecuencia: la Garra hendida en Truenos. A su paso, el empedrado temblaba como tambores de guerra.
Al frente, la Comandante al-Hakim a lomos de su corcel oscuro marcaba el ritmo del avance con mirada decidida. A su lado, los heraldos repetían las órdenes que bajaban del Palacio. La marcha debía ser continua, sin detenerse, dudar ni dar un paso atrás. Las tropas avanzarían por el Camino del Río hasta llegar a Crimmor a la mayor brevedad posible; con suerte, poco más de un día.
Fue entonces cuando las nubes —oscuras y centelleando por la tormenta— se abrieron, dejando paso a aquella que obedecían como su Qysara.
Su sombra cubrió las plazas, los tejados y los ojos de quienes alzaban la mirada con temor o devoción. Las alas se extendieron como un dosel más sagrado que la divinidad misma sobre la columna de soldados que abandonaba la ciudad, y con cada batida de sus alas rotas entre cuyos agujeros serpenteaban los relámpagos, marcaba el avance.
No descendió ni se posó. Desde los cielos, guiaba con su presencia, sobrevolando las primeras leguas del Camino del Río mientras la capital se alejaba a sus espaldas y la guerra se acercaba en el horizonte.
En su ausencia, la ciudad quedaba al mando de los Magos Rojos de Thay. El gobierno de Athkatla, por primera vez en siglos de arcanofobia, era puramente mágico. Los Sellos de la Tormenta habían sido colocados en el Palacio de los Seis, y ninguna decisión quedaría fuera del control o conocimiento de la Protectora de Amn ni de sus aliados de Thay.
En todos los frentes, el pulso de la guerra se aceleraba. Las fronteras ya no eran líneas sobre un mapa, sino caminos de hierro, ríos embravecidos y silencios tensos; la calma que precede a la tempestad, esta vez más viva que nunca. Los corazones de los soldados latían al ritmo de los tambores. Las plegarias eran más breves. Los juramentos más crudos. La guerra ya no era inminente, era una realidad, una pesadilla presente.
Y, sin embargo, sea en el Norte, el Sur o en cualquier camino entre ellos, hay una sensación que pondera por encima de todas las demás: fe.
Porque incluso la criatura más pequeña puede cambiar el curso del futuro.
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