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[El Retorno de los Dragones] La Batalla por Crimmor.

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DMT Faker

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El deshielo no había traído paz.

A las afueras de Crimmor, donde las orillas del Álandor solían rebosar vida en primavera, ahora se alzaba un bosque de mástiles improvisados, sogas tensadas y sombras moviéndose con premura. El río, de corriente lenta pero orgullosa, era testigo silente de la revolución que se avecinaba. La Alianza del Norte —conformada por representantes del Enclave Esmeralda, el Enclave de Tethir, la División de la Nube, la Iglesia de Selûne, los robustos de Kazad Gromdal, los Bárbaros Reghed y muchos más— no descansaba. Habían traído consigo barcazas ya construídas desde su campamento de guerra. Pero no eran suficientes. Los carpinteros e ingenieros del ejército —manos endurecidas por la escarcha y la guerra— trabajaban sin tregua, montando nuevas embarcaciones allí mismo sobre tablones húmedos y enmohecidos, bajo un cielo nocturno sin luna y que no anunciaba otra cosa que desgracia.

¿Para una linde u otra del Álandor? Tal vez para las dos, pues la extraña aguanieve caía de un modo torrencial, creando un fino velo casi neblinoso y perlado que dificultaba la visión desde ambas orillas.

Aquella gélida cortina parecía sofocar los colores de la estación. Las montañas al norte desaparecían tras un horizonte de blanca bruma y el río Álandor, cruel y frío, aceptaba las embarcaciones como una arteria presta a llevar la sangre de la guerra al corazón del sur. En la retaguardia, armas de asedio eran ajustadas, grúas izaban contrapesos y las primeras balistas iban siendo ensambladas. Los carros de artillería crujían sorbe el barro, esperando a que los ingenieros terminaran de montar las bocas de los dos puentes levadizos que estaban construyendo.

Aunque, de momento, poco se conocía sobre sus planes o intenciones, todo
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aquello apuntaba al otro lado del río y a la tiranía que allí se apostaba... Aunque bajo la atenta mirada de sus enemigos. Por ello, en Crimmor las campanas sonaron tres veces. Una, para el alba. Dos, para la tormenta. Tres, para el toque de queda.

Los portones se cerraron con el eco sordo de un juramento no pronunciado. Las gentes corrieron a sus hogares, aunque no todos: muchos civiles, agradecidos hasta el fanatismo a los Consejeros de la Tormenta y toda la mano de alimento y reconstrucción que les habían tendido, tomaban lo que podían; horcas, palos encendidos en fuego, incluso viejos y oxidados rastrillos acabados en punta para defender hasta la vida o la muerte aquella ciudad —su ciudad— que estaban a punto de asaltar los rebeldes del Norte.

Los milicianos de Crimmor, los Magos Rojos de Thay, Ladrones de las Sombras, Encapuchados de Capaconjuro, soldados de la División Occidental, Magísters de la Arcanum Schola, mercenarios enviados directamente por el Waukeenar e ingenieros del Gremio de Artesanos... Todos ellos se apostaron sobre los muros y tras ellos, en cada entrada y rincón. Los tradicionales halcones y los recados arcanos ya no trasladan palabras de tregua, sino de supervivencia y urgencia.

Y entonces, en un estruendo de viento telúrico y alas veladas por la Urdimbre, el Arconte sobrevoló Crimmor, el enorme escudo de diamante alzado siempre en gesto defensivo ante su cuerpo. Aquellos que posaran su mirada en él —amigos o enemigos— jurarían, a cada día que pasaba, el tamaño del enorme dracónido exaltado era aún mayor.

Aquella noche, Athkatla no durmió.

Desde los torreones del Palacio de los Seis hasta los muelles donde anclaban las galeras de guerra, la ciudad entera vibraba bajo un mismo pulso: eld e la marcha. El gran portón, cincelado en bronce y acero, se abrió con un lamento antiguo que no se escuchaba desde eras pasadas.
Desde el corazón mismo de la capital, comenzó a desplegarse el Ejército de la Tormenta en perfecta formación. Aquel ejército —que se conformada no solo de los fanáticos de Iryklathagra, sino también de todos los aliados que se había ido granjeando a lo largo de los meses—, cabalgaba ondeando diversos estandartes —La División Occidental, el Waukeenar, Capaconjuro, Thay...—, pero solo uno se repetía con mayor frecuencia: la Garra hendida en Truenos. A su paso, el empedrado temblaba como tambores de guerra.

Al frente, la Comandante al-Hakim a lomos de su corcel oscuro marcaba el ritmo del avance con mirada decidida. A su lado, los heraldos repetían las órdenes que bajaban del Palacio. La marcha debía ser continua, sin detenerse, dudar ni dar un paso atrás. Las tropas avanzarían por el Camino del Río hasta llegar a Crimmor a la mayor brevedad posible; con suerte, poco más de un día.

Fue entonces cuando las nubes —oscuras y centelleando por la tormenta— se abrieron, dejando paso a aquella que obedecían como su Qysara.

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Una figura cerúlea emergió desde lo alto de Athkatla, elevándose por encima de cúpulas, obeliscos y torres arcanas. Iryklathagra, Colmillos Afilados, se alzó sobre la ciudad con un rugido que no fue solo un llamado a la guerra, sino a la promesa de una victoria. Su forma dracónica, imponente y resplandeciente incluso bajo las nubes cargadas, cruzó el firmamento dejando una estela de truenos y tempestades a su paso.
Su sombra cubrió las plazas, los tejados y los ojos de quienes alzaban la mirada con temor o devoción. Las alas se extendieron como un dosel más sagrado que la divinidad misma sobre la columna de soldados que abandonaba la ciudad, y con cada batida de sus alas rotas entre cuyos agujeros serpenteaban los relámpagos, marcaba el avance.
No descendió ni se posó. Desde los cielos, guiaba con su presencia, sobrevolando las primeras leguas del Camino del Río mientras la capital se alejaba a sus espaldas y la guerra se acercaba en el horizonte.

En su ausencia, la ciudad quedaba al mando de los Magos Rojos de Thay. El gobierno de Athkatla, por primera vez en siglos de arcanofobia, era puramente mágico. Los Sellos de la Tormenta habían sido colocados en el Palacio de los Seis, y ninguna decisión quedaría fuera del control o conocimiento de la Protectora de Amn ni de sus aliados de Thay.

En todos los frentes, el pulso de la guerra se aceleraba. Las fronteras ya no eran líneas sobre un mapa, sino caminos de hierro, ríos embravecidos y silencios tensos; la calma que precede a la tempestad, esta vez más viva que nunca. Los corazones de los soldados latían al ritmo de los tambores. Las plegarias eran más breves. Los juramentos más crudos. La guerra ya no era inminente, era una realidad, una pesadilla presente.

Y, sin embargo, sea en el Norte, el Sur o en cualquier camino entre ellos, hay una sensación que pondera por encima de todas las demás: fe.

Porque incluso la criatura más pequeña puede cambiar el curso del futuro.

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Este hilo será cerrado para poner los resúmenes de cada quest que, en este caso, llevemos Rallanstar y yo.
Las respuestas podéis postearlas aquí y/o aquí.
 
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DMT Faker

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EL RÍO NO CEDE
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Aquel anochecer llegó teñido de acero y congoja. Aguanieve caía en mitad de la primavera, como si el propio cielo dudara entre la vida y la muerte, entre florecer o marchitarse. El río Álandor, ancho y perezoso, era la única frontera entre Crimmor y la Alianza del Norte, y esa noche su cauce sería marcado por la sangre y la ruina.

En la orilla sur, los defensores aguardaban. Diez armas de asedio alineadas en escuadras compactas —catapultas y balistas negras como tiniebla— se alzaban protegidas del ojo enemigo y apuntando al horizonte, donde las brumas del norte comenzaban a deshacerse como un telón que revelara la obra final. Entre aquellas del sur caminaba el Maestro de las Sombras, Eclipse, envuelto en una capa oscura con embozo que no desvelaba rostro alguno. A su lado, Ámbar —su fiel y eterna compañera cuya faz cubría siempre una máscara blanca—, le completaba como si ambos fueran los engranajes de un mismo mecanismo; recorría el frente entonando conjuros que hacían brillar las siluetas de los suyos como si el mismo plano etéreo les defendiera. Por último Olvido, su escudo, su cuchilla muda, vigilaba los cielos y los flancos, impávido como una estatua de obsidiana.

Pero no estaban solos. Con ellos, como una anomalía política tan perfecta como imposible, se unían los aliados más insospechados. El Gran Khazark de Thay, Obara Alghul, se mantenía erguido y levitante, los dedos alzados como si gobernara la gravedad misma. Su poder era casi absoluto, temido incluso por los suyos. Tras él, siempre precisa, su Maga Roja Arizima lo complementaba: controlaba los ritmos arcanos del campo de batalla con una risa desquiciada, rompiendo el tejido arcano de la defensa enemiga. Juntos, eran el martillo que ajusticiara a los rebeldes al otro lado del río.
Lideraban un pequeño escuadrón conformado por Encauchados de Capaconjuro, Magos Rojos de Thay, asesinos de los Ladrones de las Sombras e infantería de la División Occidental, aunque solo respondían a las órdenes de Eclipse.

Desde la otra orilla, la Alianza del Norte comenzó su avance. Quince barcazas druídicas, cargadas de robustos de Kadaz Gromdal, Custodios de la Luna, druidas del Enclave Esmeralda y sacerdotes de la Cruzada de la Luz, acompañaban a la infantería de la División de la Nube. Atravesaron el Álandor como un enjambre de madera viva, protegidas por runas y la bendición primigenia de los druidas. El río —un campo de batalla en estado líquido— se tornó el verdadero protagonista. Los protectores del bosque luchaban por domar su cauce; el Gran Khazark, por mantenerlo estable. El agua se agitaba y se calmaba, resistía y cedía, como si luchara contra su propia voluntad. Finalmente, ninguno pudo sobrepasar a los otros, por lo que las aguas se mantuvieron en su lento fluír.

Los enemigos de Crimmor invocaron elementales de agua —decenas de ellos— que brotaban del río como espuma con garras. Pero los Magos Rojos de Thay no respondieron en número, sino en poder. surgieron de sus sellos elementales criaturas ancianas, vastas, cargadas de la presión abisal de los océanos pese a emerger desde agua dulce. Cada uno valía por diez, quizá más. Las barcazas crujieron. Algunas se partieron, llevándose hasta el fondo del río a sus navegantes. Otras se incendiaron en llamas, pues las protecciones druídicas fueron quebradas por la magia disruptiva de Ámbar, Arizina y el Khazark Alghul. Y cuando las llamas —alimentadas de grasa mágica que flotaba sobre las aguas— alcanzaron la madera ahora común, esta ardió como papel de carboncillo.

Así cayó la primera oleada y con ella, la primera cabeza del puente levadizo que intentaban ensamblar sobre el río.

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Pero los norteños regresaron. Quince barcazas más, esta vez con bárbaros del clan Reghed. Y luego quince más. oleadas como cuchilladas, cada vez más potentes; un intento desesperado del General Puñomaza de conseguir al menos uno de sus objetivos. Pero los defensores resistían, golpeaban, desaparecían en el humo de sus bombas solo para aparecer en los flancos, mientras las catapultas vomitaban piedra encantada tras piedra encantada. Los Encapuchados de Capaconjuro cortaban los hilos de la magia enemiga, los asesinos de las sombras se infiltraban en los cascos de las barcazas cuando ya rozaban la orilla para clavar dagas en las gargantas de sus capitanes, y los magos rojos de Thay dibujaban constelaciones de fuego en el aire con sus grimorios y verbos.
En la quinta oleada, una docena de barcazas sí alcanzaron la orilla. La batalla fue brutal, cuerpo a cuerpo, sortilegio contra sortilegio, zarpazo contra acero. Olvido repelió a casi un batallón entero con la furia de una sombra viva, y Eclipse decapitó a un Farandulero Escarlata con el que había combatido durante minutos en una danza mortal.

Pero fue en la sexta cuando el cielo nocturno pareció agrietarse.

Aquella barcaza, resguardada por Custodios de la Luna, protegida por un Portador de la Alegría y un Archimago Encapuchado disidente, avanzó en medio de una formación de escudos de Kazad, lentos pero implacables. La segunda cabeza del puente levadizo, el último intento del Norte, viajaba con ellos.

El Gran Khazark, jadeante ya por los esfuerzos de la batalla pero aún alzado sobre el suelo como una ominosa amenaza, levantó su báculo y mano siniestra al cielo. Y el tiempo... Se detuvo por primera vez.

Los copos de aguanieve casi parecían suspendidos en el aire. El rugido de las catapultas y el silbido de las balistas se congelaron en ecos quebrados. Y en esa eternidad prestada, Obara creó muros de fuego imposibles, selló rutas, desvió conjuros y convocó —desde el averno más profundo— a un Cornugón de cuatro metros de furia y sed de sangre. Le hizo volar sobre las aguas y el fuego, justo antes del lugar de desembarco. Cuando el tiempo recuperó el movimiento natural de sus cuerdas, el verdader infierno se desató.

La barcaza tocó tierra envuelta en gritos y carne carbonizada. Aún así, algunos llegaron. La lucha fue tan feroz como atroz. Olvido casí pareció caer, convertido en piedra por la maldición del Archimago rebelde. Eclipse gritó por primera vez en la contienda. Ámbar le cubría entre llamaradas ilusorias mientras los custodios se acercaban a matar. Y entonces, por segunda vez, el Khazark Alghul detuvo el tiempo.
¿Fue por táctica, gloria o lealtad? Sea como fuere, en esa burbuja de silencio final, alcanzó el cuerpo de Olvido y le sacó del área de peligro mientras sus compañeros les cubrían. Y luego, el tiempo continuó, como si jamás se hubiera ido.

Pero todo tenía un precio.

Para la séptima oleada, ya no les quedaban fuerzas. Las catapultas se habían desmontado para llevarlas de nuevo a lugar seguro, en las murallas del portón sur. Las reservas, agotadas. Los cuerpos, heridos y los compañeros, mermados. Eclipse, regente militar ahora de Crimmor por la gracia de la Tormenta, ordenó la retirada con voz firme. Nadie dudó a la hora del cumplimiento de esa orden.

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Pero los Reghed —los bárbaros del norte, enardecidos por la pérdida de los suyos— no perdonaban. Cargaban como lobos hambriendo entre la maleza en llamas. Eclipse miró a su alrededor y, por un momento, pensó que no todos escaparían.
Pero el Gran Khazark guardaba aún un último as bajo la manga.

En los últimos alientos del Cornugón, se alzó sobre el montón de cadáveres y esqueletos que se apostaban como una montaña de muerte a la orilla sur del río. Cantó en una lengua oscura y sacrílega. Y de los huesos quebrados, de los cuerpos hundidos en barro, comenzaron a levantarse. No espectros. No fantasmas. Cuerpos. Carcasas de enemigos, con rostros marchitos y armas aún firmes. Un ejércuito de casi un centenar de no-muertos marchó por última vez contra el Ejército del Norte aquella noche.

Y mientras los suyos retrocedían, mientras el portón sur de Crimmor se cerrada con un estruendo de hierro y esperanza, los gritos de los norteños se fundían con los de los lamentos de los muertos.

Así terminó la batalla en el Río Álandor. Crimmor resistía; herida, sí, y agotada, pero en pie. La Alianza del Norte había perdido cinco veces más hombres que los defensores, pese a superarles por mucho en número y fuerza de asedio. Y sin puente, con las armas de asedio en la orilla norte del río, desmontarlas y cruzarlas les llevaría toda una noche.

Una noche que las fuerzas de Crimmor, sin duda, no habrían de desaprovechar de cara al siguiente desafío.

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Durante las últimas horas de la noche, mientras la niebla se cernía sobre los campos y el río, el ejército del Norte avanzó con paso firme por el curso del Alandor. No hubo intento de sigilo ni sorpresa: Crimmor estaba advertida. Las almenas vibraban con el repique de campanas, los muros se llenaban de arqueros, y las maquinarias de guerra aguardaban tensas. La ciudad de las caravanas, herida pero no derrotada, se había preparado para resistir.

Las tropas norteñas tomaron posiciones con disciplina férrea. Levantaron barricadas y defensas avanzadas, bloquearon los caminos y emplazaron sus torres y arietes. Catapultas, escorpiones y balistas apuntaron hacia los lienzos del muro sur, donde los signos de antiguas batallas aún se veían, apenas disimulados por reparaciones apuradas. Un foso profundo, reciente, rodeaba toda la cara sur de la ciudad. Sobre las murallas, Crimmor desplegaba sus propios ingenios: fuego griego, lanzapiedras y magia. Todo estaba dispuesto para una jornada de sangre.

Pero el Norte no vaciló.

Con los primeros rayos del alba, los estandartes se desplegaron como alas de guerra. Escuadrones de la División de la Nube, veteranos endurecidos por la montaña, tomaron sus posiciones en las torres de asedio. Batallones enanos de Kazad Gromdal entonaron sus cantos de guerra mientras afilaban hachas y martillos. Cruzados de la Luz y de la Doncella de Plata cerraron filas entre oraciones y promesas de redención. Y entonces, el cuerno sonó.
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Un clamor grave, ancestral, que partió la bruma como cuchilla de trueno. Las catapultas respondieron primero, vomitando proyectiles envueltos en brea ardiente. El cielo se tiñó de rojo y negro, mientras desde la ciudad respondían con igual furia. El amanecer se volvió infierno.
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Las torres comenzaron su avance por el campo, moviéndose bajo la lluvia de flechas y fuego. Desde lo alto de los muros, los magos rojos de Thay, los Magos encapuchados y miembros de la Arcanum Scholla conjuraban escudos arcanos y trampas invisibles. Una torre entera desapareció al ser tragada por un abismo súbito. Otra se estrelló contra una barrera imposible de atravesar. Pero aún así, el Norte avanzó.

Las tropas formaban en escuadrones compactos, escudos al frente, escalas preparadas. Cada paso era un desafío. Cada metro ganado, una victoria pagada con sangre.

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Finalmente, las torres alcanzaron los muros.

Las rampas se abrieron y, con un alarido de acero, los norteños asaltaron la muralla. Allí comenzó el combate más encarnizado de la jornada. Los defensores de Crimmor lucharon por cada palmo de piedra, y los cuerpos comenzaron a caer, unos desde lo alto al suelo helado, otros sobre el muro mismo, en un caos de sangre, espadas y gritos. Era una guerra sin poesía. Una lucha de convicciones encontradas.

Lo que pareció durar horas no fue sino un puñado de minutos. Rápido, brutal, sin tregua. El avance norteño no se detenía, y mientras tanto, un grupo de saboteadores se desvió del frente principal. Su misión era una: abrir la puerta sur.


A través de ruinas y combate, alcanzaron los mecanismos de la gran puerta y los inutilizaron. Las cadenas se rompieron. Los engranajes estallaron. Y la hoja de la puerta, esa que había resistido décadas de comercio y guerra, cedió.

La entrada fue abierta. Pero no sin precio.

Las bajas entre las fuerzas del Norte fueron incontables. Aunque los altos mandos las declararan “aceptables”, el campo de batalla quedaba sembrado de vidas rotas, de nombres que ya no volverían a ser llamados.

La puerta está abierta. El mecanismo, destruido. La ciudad, herida.
Pero la batalla por Crimmor aún no ha terminado.

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Proxima parte la batalla del puerto c:
 

DMT Faker

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HAY UNA TORMENTA A LA QUE NINGUNA CALMA PRECEDE
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La noche anterior, el río Álandor fue tumba y crisol. Bajo la lluvia helada de una primavera herida, las barcazas enemigas se estrellaron una y otra vez contra la resistencia sureña. Las aguas se tiñeron de sangre y, aunque Crimmor se vio obligada a replegarse, lo hizo con la frente alta: por cada hombre perdido, cinco enemigos cayeron. Las fogatas nocturnas no fueron para calentar cuerpos, sino para fundir acero, apuntalar el portón sur, encastrar nuevos hierros y tallar runas protectoras. Las murallas, que habían resistido la tormenta, ahora lucían reforzadas con magia de disuasión, glifos de contención y trampas ocultas bajo cada tramo de piedra.

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Cuando despuntó el alba, el Ejército de la Tormenta estaba preparado. Sobre la muralla, cinco figuras dominaban la escena con la solemnidad de los generales antiguos. Debacle, la Maga Roja de Thay y mano derecha del Gran Khazark, dirigía con un solo gesto la coreografía defensiva. Su discípulo, Khamul de Pyarados, permanecía a su lado con servicial devoción, ojos atentos y labios sellados, listo para asistir a su mentora. Katia Naxxremis, arcana de la Arcanum Schola, se mantenía en trance, entrelazando conjuros de transmutación con la tierra aledaña al foso. Cerca, el Lancero de la Tormenta, adusto y silencioso, representaba la fiereza de Iryklathagra en la defensa de Amn. A su flanco, Khalagan, veterano de la División Occidental, murmuraba órdenes a los suyos con la calma de quien ha sobrevivido a muchas cargas.

Junto a ellos, en las almenas, sus respectivas tropas formaban una amalgama de disciplina y fervor: Túnicas escarlas de Thay, Capuchas de Capaconjuro, aceros relucientes del Ejército de la Tormenta y ondeante rojo y gualda de la División Occidental. Todos miraban hacia el norte, donde se alzaba la amenaza.
La Alianza del Norte se había reagrupado y avanzaba ya por la llanura: una marea de acero y determinación. Desde la distancia, podían distinguirse las líneas compactas de los soldados de la Nube, los cánticos de los druidas esmeralda invocando vientos y raíces, las pinturas de guerra de los bárbaros Reghed. Custodios de la Luna caminaban entre ellos, elevando plegarias en voz baja. Los enanos escudo escoltaban el gran ariete con forma de lobo y múltiples torres de asedio marchaban flanqueadas por ingenieros de guerra. Los elfos, sin embargo, no se mostraban aún. Permanecían ocultos en el bosque del Álandor, y su silencio era tan inquietante como su ausencia.

Entonces comenzó el fuego cruzado.

Una lluvia de flechas descendió desde las almenas sureñas como si el cielo hubiera decidido volverse contra aquellos rebeldes del norte. Les siguieron los truenos de las catapultas y el chirrido de las balistas, rompiendo el aire en dirección a la formación enemiga. La respuesta no se hizo esperar: las catapultas norteñas respondieron en un duelo de proyectiles que sacudió la tierra, y pronto, las murallas de Crimmor vibraban como si el núcleo mismo de Toril vibrara.

Pero Crimmor se había hecho fuerte en la noche. Desde las almenas, decenas de magos encapuchados, rojos y magisters lanzaban oleadas de fuego, hielo y ácido, mientras conjuraciones defensivas tejían una malla invisible de escudos arcanos. Debacle alzó una mano y un muro de fuerza emergió ante una de las torres de asedio enemigas, deteniéndola en seco. A su lado, Katia Naxxremis cerró los ojos y la tierra frente al foso comenzó a moverse con una cadencia casi imperceptible, hasta que la arena se tornó traicionera y movediza. Una a una, las armas de asedio más ligeras comenzaban a hundirse lentamente, atrapadas por la trampa transmutadora.

Las escaleras de asalto, sin embargo, consiguieron aproximarse. La primera oleada trepó por ellas con fiereza y los defensores se vieron obligados a dividir sus fuerzas para contenerla. Mientras Debacle gritaba órdenes precisas desde lo alto, Khalagan y el Lancero de la Tormenta rompían a golpteazos las maderas de ascenso. Khamul cubría la retaguardia de su mentora, conjurando contramagia y escudos en el instante preciso.

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Katia, furiosa por la audacia del enemigo, convocó entonces a una criatura del Abismo: una Bébilith de proporciones monstruosas; una araña infernal con un caparazón tan negro como el vacío y colmillos impregnados en veneno extraplanar. La criatura descendió con un chillido sibilante y se lanzó sobre las escaleras, despedazando enemigos con sus patas como guadañas.

Mientras tanto, Debacle seguía conjurando, los ojos incandescentes por la magia y la Urdimbre tragando cada vez más enemigos. Y aunque la Bébilith, Khalagan y el Lancero mantenían a raya a los trepadores, el verdadero reto llegó con la marcha del gran ariete. Escoltado por robustos enanos y protegido por ingenieros, el lobo de hierro avanzaba lentamente hacia el portón sur. Debacle no dudó. Alzó los brazos, murmuró una frase prohibida, y de inmediato, dos tercios de la escolta enemiga quedó inmovilizada por un hechizo de parálisis en área.

Fue la señal. Khalagan alzó el brazo, y una descarga mágica conjunta de los arcanos de Crimmor cayó como el juicio de los dioses sobre el enemigo: rayos, fuego y relámpagos cayeron como un vendaval. El ariete quedó partido, humeante y sin operadores. La resistencia fue feroz, pero efectiva.
Uno a uno, los enemigos fueron repelidos. El Lancero destrozó otra escalera; Khalagan descabezó a un bárbaro con un solo tajo. Khamul protegía a Katia con un escudo de sombras mientras Debacle lanzaba una lluvia de misiles ígneos.
Cuando la última torre cayó, un rugido se alzó en las murallas: habían sobrevivido otra oleada.
Habían ganado tiempo.

Pero no fue una victoria limpia.

Una comitiva de infiltración había sacrificado una cantidad ingente de efectivos durante el asalto... Y, sin embargo, funcionó. Mientras los ojos estaban puestos en el asedio exterior, habían conseguido sabotear el portón desde dentro. Con un chasquido sordo y decidido, las bisagras cedieron. El portón sur se abrió, sin posibilidad de volver a cerrarse. Las alarmas sonaron, pero ya era tarde para detener el fallo. Y sin embargo, la victoria táctica de Crimmor había forzado a la Alianza del Norte a retirarse. Las bajas del enemigo habían sido demasiado grandes, las pérdidas en armas irremplazables. Tal vez el objetivo no hubiera merecido el precio, pensaron para sí...

Y Crimmor se aferró a ese instante.

En medio del polvo y el sudor, del humo y los cuerpos, los soldados de la tormenta y sus aliados entendieron que aquel era un momento prestado. Uno que debían usar con sabiduría e inteligencia. No sabían qué pasaba en el resto de la ciudad, hasta que un alarido lejano les atravesó el pecho. Gritos desde los barrios bajos: El puerto había sido tomado. Nadie sabía cómo, ni cuántos eran. Se había producido un desembarco y la lucha estaba allí. Por un segundo, el miedo arañó los corazones. Y entonces, retumbó el cuerno de guerra. Tres veces.

Auuu. Auuu. Auuu.

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Los ojos de todos se alzaron. La sombra se proyectó primero, negra y vasta. Luego, el sonido del viento rasgado por alas imposibles. Y por fin, la visión de la tormenta encarnada que tanto esperaba el corazón de los fieles: Iryklathagra, la Gran Sierpe Azul, sobrevoló la ciudad con la grácil majestuosidad de una emperatriz de la muerte. Sus alas abrazaban los tejados, su cola azotaba el aire con violencia contenida. Descendió con la elegancia letal de una depredadora segura de su presa.

Y sus ojos dorados, burlones y afilados, no se desviaron un instante de su objetivo.
Miraban al puerto, a aquellos que habían osado a no hincar la rodilla ante su Qysara.

Y con esa mirada, buscaba dictar su sentencia final.

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Punto de vista de Crimmor sobre la Escena de Guerra: Toma de la Puerta Sur.
 
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Momentos antes del estruendo, del fuego y del caos del asedio, una fuerza se alzó desde la espesura en las orillas del Alandor. No era una hueste multitudinaria ni un desfile de estandartes. Eran apenas quinientos soldados del Norte, endurecidos por el frío y el acero, embarcados en barcazas de fondo plano y dirigidos por un pequeño grupo cuyos nombres, tras aquella jornada, serían susurrados como leyendas: Sylwen la sacerdotisa, Vys, Alice, Liliana, Rukhar, Tanya, Nighthin... y la elfa de la llama, Loreliel.

Muchos soldados, nerviosos ante la magnitud de la misión, murmuraban que era un plan suicida. Pero cuando la sacerdotisa de Sehanine alzó su voz, no hubo dudas. Sus palabras, cargadas de esperanza y determinación, fueron más poderosas que el miedo. Aquel grupo no buscaba gloria. Solo victoria.
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El cruce del río fue meticuloso: se desplazaron corriente abajo, buscando ganar velocidad con el cauce del Alandor. Magos del Norte emplearon hechizos de invisibilidad para ocultar la avanzada... pero Crimmor no dormía.

Los Magos Rojos de Thay, junto con los Encapuchados y sus aliados arcanos, descubrieron el engaño. Desde las murallas se alzaron alarmas. Y sin que el fuego de las catapultas aún hubiese despertado, el río mismo se volvió enemigo. Barcazas enteras fueron tragadas por pozos de agua, conjurados desde las alturas. Luego vino la lluvia: flechas, proyectiles, rocas. Un diluvio mortal.

En medio de aquel trayecto infernal, una figura se alzó entre las sombras de una de las embarcaciones: Nighthin, silencioso y decidido, encendió una bomba de humo y la lanzó a la corriente. La nube oscura se expandió entre las barcazas, ocultándolas momentáneamente del fuego enemigo. Algunos dicen que lo hizo para proteger a sus camaradas de una salva final....

Porque justo después, las aguas explotaron.

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Detonaciones subacuáticas sacudieron el cauce del Alandor. Algunas barcazas se alzaron por los aires antes de estallar en astillas ardientes. Otras se partieron como cáscaras huecas. Como si hubiesen caído en minas mágicas, ocultas y activadas con precisión letal. El caos fue total. La corriente se tiñó de humo, sangre y madera rota.

Y aun así, avanzaron.

Protegidos por escudos invisibles, los barcos zigzagueaban entre la muerte. Desde las embarcaciones, los arqueros del Norte respondían, aunque sin mucha eficacia. El oleaje salpicaba fuego. Cada impacto de catapulta estremecía los cascos. Muchos pensaron que sería el fin...

Hasta que algo cruzó el cielo.

Una figura alada descendió desde las alturas. Un Ogrillón con alas de un dragon y el emblema de Selûne en su pecho rugió con furia y descendió sobre las máquinas de guerra amnianas. Su fuego barrió los muros y distrajo al enemigo, permitiendo que varias embarcaciones alcanzaran el puerto. Pero su vuelo terminó abruptamente: herido, cayó en el puerto, donde fue rodeado por decenas de soldados. Aun así, resistió.

Mientras tanto, las barcazas eran diezmadas. Las bajas aumentaban, la magia enemiga llovía con precisión quirúrgica. Pero el grupo de punta de lanza no se detuvo. Alcanzaron el puerto, lucharon su camino hasta su compañero caído, y lo defendieron como si defendieran la entrada al propio norte.
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Entonces, lucharon.

Contra magos rojos escoltados por caballeros Thayinos.
Contra magos encapuchados y asesinos de las sombras.
Contra flechas, fuego y acero.
Y vencieron. No porque tuvieran ventaja, sino porque no sabían cómo rendirse.

Avanzaron por las almenaras del puerto, despejando los accesos. Dieron muerte a artilleros y arcanistas. Destruyeron pequeñas piezas de asedio, permitiendo que más soldados del Norte arribaran. Y cuando divisaron el enorme trebuchet que aún amenazaba la costa, decidieron tomarlo.

Lucharon por él con furia. Fuerzas de Amn, refuerzos de los magos encapuchados y los temidos miembros de los ladrones de las sombras junto a miembros de los magos rojos trataron de recuperarlo. Uno a uno, los norteños fueron cayendo.
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Pero en medio de la tormenta, hubo quien siguió en pie.

Loreliel, la Lythary con su lanza de doble filo.
Y Nighthin, su sombra en la batalla.





Juntos resistieron, hasta que entendieron lo inevitable: no podrían avanzar más y tendrían que contener las fuerzas del puerto allí. Cargando a sus compañeros heridos, se replegaron hacia las filas aliadas.

El puerto, finalmente, cayó en manos del Norte en un heroico despliegue. Los cuerpos de cientos de valientes alfombran ahora los adoquines del muelle, y aún humean las almenaras rotas. Pero la batalla continúa y ahora hay una posibilidad de victoria.

Pero el asalto no se ha detenido.

Con el control del puerto asegurado, las fuerzas del Norte pretenden avanzar hacia el interior del puerto donde les espera una lucha fraticida donde el enemigo ha convertido la ciudad en una madriguera cubierta de trampas y barricadas.

La ciudad no duerme.
El corazón de Amn aún late.

Y la batalla... continúa.

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Offtopic :
Desembarco puerto de Crimmor
 

DMT Faker

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El Testamento de las Eras
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En lo más alto del cielo sobre Crimmor, donde el sol titubeaba tras columnas de humo y magia, el aire comenzó a vibrar con una resonancia primitiva. Desde el norte, atravesando los jirones abrasados del firmamento, la forma impontente de Bálagos, Rey de los Dragones, emergió como un meteoro hambriento. sus alas eran murallas de fuego sólido, su cuerpo una catedral escarlata de escamas fundidas y músculos tensos. Cada aletazo provocaba vórtices de calor que distorsionaban el aire. No descendía: arremetía implacable.

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Frente a él, suspendida en la inmensidad como un astro tenaz, se alzaba Iryklathagra, Qysara de la Tormenta, más grácil que contundente, más urdimbre que bestia. La Gran Sierpe Azul surcaba los cielos con el fulgor gélido de una tormenta domada. No batía las alas: volaba sostenida por pura voluntad arcana. Las membranas de sus alas, tiempo atrás desgarradas en los campos de otras guerras, parecían ahora estelas de magia líquida. Su cuerpo era de plata y medianoche y su corona resplandecía con el fulgor helado de las altas cimas del mundo.

Siempre has elegido el dominio sobre el caos —rugió Bálagos, descendiendo como un misil de magma. La voz le brotaba del pecho como una avalancha—. ¿Cuánto tiempo más vas a huir de lo que eres?
Tú nunca lo has entendido, Bálagos; no se trata de dominio, sino de control. Uno que tú nunca has tenido, ni siquiera sobre tí mismo.

Las palabras se cruzaron antes que las garras. Bálagos impactó como un cometa infernal, buscando quebrarle el cuello de un zarpazo. Pero, aunque la herida fue profunda, Iryklathagra se desvaneció antes del golpe de gracia en un parpadeo eléctrico, reapareciendo varios metros más allá. Un destello cerúleo relampagueó y de sus fauces brotó una lanza de electricidad pura que rasgó parte del costado a su rival. El macho rojo rugió no de dolor, sino por pura diversión. Sus escamas ennegrecieron momentáneamente, pero no cayó.

Te escondes tras tu tormenta, tras las murallas de las razas inferiores esperando que ellos te protejan de mí. ¿Acaso no entiendes que el fuego lo devora todo?
Todo, menos el recuerdo de mí —respondió la Qysara. Por un momento, el rugido cesó. Una pausa contenida entre la batalla, como si en esas alturas del mundo no quedara más que el eco de algo viejo y amargo, palabras sentidas pero jamás pronunciadas—. Por eso estás aquí, Bálagos. Porque yo soy tu infierno.

Bálagos no respondió con palabras, sino cn su propio cuerpo. Descendió en espiral de forma aún más violenta que antes, en espiral y envuelto en una vorágine de llamas que pretendían consumir el aire mismo alrededor de su enemiga. Iryklathagra respondió girando sobre su eje, liberando una descarga de electricidad caótica y descontrolada que cargó todas las nubes alrededor de ellos. Ambos dragones cruzaron el cielo como relámpagos
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enredados, golpeándose con cuerpo y hechizo, con garras y fauces, con verbo y astucia, con inteligencia y furia.

Pero la Gran Sierpe Roja era mucho más grande, mucho más fuerte. Atrapó a la hembra azul contra el lobo de una nube ardiente y la barrió a través de ella hasta que ambos cuerpos chocaron contra una de las almenas, destrozándola. Las garras sujetando el cuerpo de la Qysara mientras su fuego le rodeaba el cuerpo sin llegar a consumirla, gracias a sus protecciones arcanas.

¿Por qué luchas, Qysara —en su voz, grave, profunda y desdeñosa, aquel título sonaba como un insulto, la burla de otra burla que, tan cerca el uno del otro, se filtraba como un susurro de lava líquida por la garganta de la azul— si te has escondido a simple vista todo este tiempo, deseando que te alcance?
Porque anhelas mi muerte tanto como temes mi existencia, Perdición de Dragones; pero este será tu final, no el mío.

Con un destello súbito, la magia arcana de Iryklathagra se concentró en un estallido cegador entre ambos. El aire crujió y relinchó como si la propia tormenta gritara. Liberó una descarga tan precisa como desesperada, que obligó a la Llama Voladora a soltarla por un instante, apenas el tiempo justo.

Colmillos Afilados se desprendió de su agarre con un giro de cuerpo violento, dejando tras de sí un rastro de relámpagos, sí, pero también de sangre. Se lanzó hacia las nubes altas con una estela de dolor ardiéndole en el costado, donde las depredadoras garras de Bálagos habían atravesado más allá de sus escamas. El cielo se cerró tras ella, rasgado como si la noche misma se estremeciera. Pero no el infierno, que la siguió con un rugido que caló en los corazones de todos aquellos que aún combatían bajo ambos colosos de leyenda como un mazazo de desesperanza.

La batalla continuaría... Pero ambos sabían que aquel encuentro era solo el preludio de algo mayor.
Algo inevitable.

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Offtopic :
Esto sucede cronológicamente a la vez que la batalla de los ejércitos contra los Generales, que será relatado en el siguiente post.
 

DM Rallito

Lanzador de Deseos que no funcionan así
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Tras las cenizas de Crimmor
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Han pasado algunos días desde que el último fuego en Crimmor fue extinguido. El humo ya no se alza sobre los tejados, pero su olor sigue impregnando las piedras. El hollín cubre las paredes como una sombra que se niega a abandonar, y en cada rincón permanece la marca de la batalla que casi quebró a la Ciudad de las Caravanas.

Crimmor, lo que era un hervidero de comercio y movimiento, un lugar donde la voz de un mercader se confundía con el paso de las caravanas y el repicar de las herraduras, hoy es un lamento de piedra y silencio. Si antes se encontraba en un proceso de alzarse tras viejas heridas, ahora parece no recordar cómo volver a levantarse.

En los cielos, la batalla de titanes entre dragones dejó una estela de destrucción que no se limita al recuerdo de quienes alzaron los ojos con miedo. Se siente en las calles arrasadas, en los barrios que ya no existen, en los hogares convertidos en escombros y en los templos cuyo único sonido es el del viento colándose entre sus arcos rotos.

Distritos enteros han ardido y se han desplomado, dejando pasillos de ruina y hollín. Los muros de la ciudad, que habían resistido asedios, magia y traiciones, ahora yacen fragmentados. Las puertas, antaño símbolo de fuerza y control, se encuentran torcidas, calcinadas, inoperativas, abiertas como heridas que supuran desconfianza.

El río Álandor, que alguna vez trajo mercancías y promesas de prosperidad, ahora arrastra restos de maderas quemadas, barcos dados vuelta como juguetes rotos y cuerpos hinchados que emergen con las corrientes, reclamados por el sol y las aves carroñeras. El agua, antes clara, lleva el reflejo del cielo enrojecido en cada atardecer, recordando las llamas que la iluminaron días atrás.

Crimmor está desolada.
Pero su gente, aún entre las ruinas, no está derrotada.

Se alzan, paso a paso, con las manos cubiertas de polvo y las rodillas sucias de barro. Las miradas están vacías, pero no rendidas. “Destruidos, pero no derrotados”, se repite en las esquinas mientras hombres y mujeres retiran piedras, rescatan vigas, intentan recuperar los pocos enseres que el fuego no consumió.

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El comandante Héctor, junto al Consejo de Hierro, ha comenzado las tareas de reconstrucción. Se han formado cuadrillas con artesanos, herreros y simples ciudadanos dispuestos a cargar piedra y madera si con ello pueden devolverle algo de dignidad a su hogar. Los arquitectos y albañiles trabajan de sol a sol, sus voces raspan en la garganta al dar instrucciones por encima del ruido de martillos y sierras. Cada clavo, cada piedra, es un recordatorio del precio que están pagando.

Pero todo esto está pasando factura. Las familias mercaderes de Crimmor, que ya habían vaciado sus arcas para pagar las primeras reparaciones de los asedios pasados, se enfrentan ahora a la necesidad de reconstruir casi una ciudad entera desde sus cimientos. Los ahorros se desvanecen, las deudas crecen como maleza entre las ruinas, y algunos comienzan a preguntarse si hay futuro en una ciudad que parece empeñada en arder una y otra vez.

Por las calles de piedra, donde antes se escuchaban pregones y risas, ahora resuenan los cánticos graves de los clérigos de Kelemvor. Se mueven entre los escombros como sombras pálidas, ofreciendo servicios funerarios, oraciones de paz, palabras de consuelo a aquellos que se aferran a la mano de un moribundo en una camilla improvisada, rogando por unos últimos momentos de calma antes de que la muerte los lleve. Han improvisado altares en plazas ennegrecidas, donde las velas parpadean junto a cuerpos cubiertos por mantas toscas.

Y mientras la ciudad intenta alzarse entre el polvo y la ceniza, otro rumor se extiende, casi tan rápido como las llamas que la consumieron: un recelo creciente hacia la magia y sus portadores.

Algunos susurran en las tabernas que aun siguen en pie, con las manos temblorosas alrededor de jarras vacías, que no importa si fue el Norte o el Sur, si fueron magos que decían defenderlos o aquellos que los atacaron: la magia ha traído destrucción, muerte y ruinas sobre Crimmor. Se cuentan historias de arcanistas perseguidos en callejones, de aprendices de magia que reciben miradas cargadas de odio, de comerciantes que han negado la entrada a magos cubiertos con túnicas gastadas.

No es todavía una cacería.
Pero es un miedo que crece, una rabia que fermenta, un resentimiento que se acumula.
Porque las ruinas de Crimmor no distinguen entre la luz de un conjuro y las llamas de un dragón: todo se siente igual de abrasador para quienes lo han perdido todo.

En cada paso, se siente la fragilidad de la esperanza.

Los ciudadanos de Crimmor miran hacia adelante con la cabeza en alto, porque no tienen otra opción. Pero el desamparo se palpa en cada respiración, en cada esquina donde los niños recogen clavos retorcidos entre las piedras, en cada noche en la que las familias duermen con un ojo abierto, temerosas de que un nuevo rugido en el cielo vuelva a arrebatarles lo que apenas están comenzando a reconstruir.

Y mientras las ruinas aún humean, las noticias del este llegan con el viento: historias de conflictos en aumento, de ejércitos que se mueven, de ciudades que caen y de otras que tiemblan mientras se preparan.

Crimmor se levanta.
Crimmor se reconstruye.
Crimmor sobrevive.

Pero la pregunta que recorre sus calles, sus muros rotos, sus plazas ennegrecidas, permanece como un susurro que nadie se atreve a decir en voz alta:


¿Será suficiente?

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