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[El Retorno de los Dragones] Murann , Guerras en Tethyr y Tributo Djinni

DM Ofnir

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GRAN CARAVASSAR
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Con Faerûn sumido en el caos, muchos han sido los que han girado sus ojos a aquellas fuerzas que ajenas a este plano tal vez tengan algo que opinar sobre la crisis que azota el continente.

Durante decanas, la Joya de los Planos Elementales, se ha alzado impertérrita ante la amenaza que parece llevar el caos y la guerra a todos los rincones. Tras la seguridad de los muros de caliza y poder arcano, cientos son los que han buscado refugio en los grandes salones de los genios, en los cuales la bebida y la comida no parece escasear.

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En la Gran Caravasar, todos aquellos que buscan seguridad y placer han podido encontrarlo bajo la protección de los sultanes elementales.

Sus guardias genasi, reforzadas por regimientos de docenas de esclavos engalanados en armaduras bruñidas de oropel recuerdan el poder, riqueza y seguridad que otorga el que es comparativamente un pequeño enclave comercial establecido por los grandes reinos efreeti, djinn, dao y marid.

Algunos oficiales amnianos han acudido buscando apoyo en sus guerras: La negativa de los Sultanes ha sido estricta.

No solo eso, sus fuerzas se han extendido hacia el norte y hacia el sur, patrullando secciones del Camino del Comercio cuya seguridad antaño dejaban a otras naciones.


La época de caos que sacude Amn ha llevado a que los saqueadores y bandidos, no pocos de ellos antiguos mercenarios descastados o militares rebeldes se vuelvan más atrevidos, asaltando caravanas y mercaderes. Ante la incapacidad de Amn de mantener el flujo mercantil, tal responsabilidad ha sido asumida por los genios.

¿Cómo es que la ciudad mágica ha evitado las tribulaciones que azotan otros territorios? Algunos especulan que esto se debe al inmenso poder mágico de sus sultanes.

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Hace apenas dos decanas, un joven y envalentonado dragón verde, emergido de las estepas poco habitadas del oriente amniano sobrevoló los cielos de Caravassar, expidiendo su hálito ponzoñoso sobre sus bóvedas y cúpulas.

Con voz en grito, reclamó tributo, prometiendo la protección de Caravassar de las grandes sierpes que según sus palabras, estaban demasiado asustadas para dejarse ver sobrevolando los cielos.

La respuesta vino en la forma de un rayo fulminante arrojado desde un minarete de nácar y perlas engarzadas: En su palco de oro bruñido, el Gran Sultán del Coral, Ajhuu yn Nassher, contemplaba la figura del dragón verde caer paralizado en mitad de Caravassar, sus alas fracturadas por la aparatosa caída, donde pronto fue dado muerto por las fuerzas de la ciudad.

Su cuerpo, convertido en una estatua de esmeralda petrificada, decora ahora la entrada del palacete del enorme marid.

Tal muestra de poder sin embargo, no traiciona el verdadero motivo de la seguridad de Caravasar: Los sultanes elementales ofrecieron, tras su primer vuelo sobre los cielos de las Tierras de la Intriga, un sendo tributo a Bálagos, la Llama Voladora, buscando los genios congraciarse con el enorme dragón rojo.

De este no pidieron protección, sin embargo: Estaba claro que poca necesitaban, simplemente la garantía de que les dejasen en paz, pues un conflicto con la enorme sierpe, rumorean muchos, probablemente se mostrase demasiado incluso para el poder mágico combinado de los genios.



Mientras tanto, en Tethyr...
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El reino sureño y rival de Amn se ve azotado por el caos: El reinado de Anais Rhindaun, que pocos años de paz ha conocido, se enfrenta a una crisis no demasiado distinta a la que azota el reino amniano. Dos dragones rojos, envalentonados por la desaparición de Bálagos y el "exilio" de Colmillos Afilados en el reino de Amn, han aprovechado el vacio de poder de las grandes sierpes para buscar conquistar un reino que llamar propio.

Alzando una horda de bandidos, mercenarios, y reuniendo bajo sus alas a algunos de los condes y duques orientales más descontentos con la corona, han sumido el reino en el caos y la guerra. Esto, para cualquier amniano de bien, carecería de demasiado interés, probablemente incluso se burlaría de las desgracias de los sucios Tethyrianos.

Sin embargo la destrucción que somete al reino caballeresco no dista de una estampa tantas veces vista a lo alto y ancho de todo Faerûn.

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Sobre la frontera norte de Tethyr, aprovechando su debilidad y caos, han descendido varias hordas de Murann. Dos Señores de la Guerra han reclamado a sus legiones, y más de tres millares de bestias, desde clanes kóbold de la Horda de la Escama a batallones de ogros y trasgoides, han descendido sobre el reino humano.

Las provincias del norte arden bajo el fuego de las bestias, que arrasan y saquean sin apenas oposición.

Pero algo extraño ha pasado, que se ha extendido como la pólvora a lo largo y ancho del imperio: El Murkul, desde su palacio, ha declarado a esos Señores de la Guerra en rebeldía. Ha enviado a sus mensajeros para traer de regreso a las hordas a las fronteras imperiales, aunque como todo amniano sabe, cuando una horda de Murann se arroja al saqueo y la destrucción es difícil detenerla.

Ante el silencio de los Señores de la Guerra frente a las órdenes del Murkul, este no ha dudado en movilizar parte de su ejército personal: Un millar de semiogros embutidos en oscuras armaduras, luciendo las enseñas imperiales de Murann.

Ciegamente leales. Disciplinados en el fuego y la crianza bajo el Imperio de Murann. No han conocido nada más, y sus vidas son por y para el Murkull. El que los comanda es una figura siniestra, un déspota temible miembro del Consejo Privado del Murkull.


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Er-Kalabeth es una figura temida incluso entre las figuras más influyentes de todo Murann. Este Semi-Infernal es el ejecutor personal del Murkul, más su hacha devoradora de almas rara vez se emplea contra meros prisioneros o esclavos revoltosos. Su filo rúnico está reservado para los oficiales, nobles, mercaderes, y figuras de las cuales el anciano emperador del Muranheim busca hacer un ejemplo.

Muchos en el imperio, entre posadas y pasillos de palacetes y mansiones, se cuestionan a qué se debe que el Murkull reaccione así ante una invasión aparentemente exitosa en Tethyr, mientras que permite que una figura como el Lord Brujo Morkruk ambicione arrojarse en una campaña casi suicida sobre Amn.

Los simples señalan que los Señores de la Guerra han expuesto las fronteras orientales, más vulnerables y valiosas, pues han dejado sin protección las grandes plantaciones de esclavos que alimentan al Imperio, o que simplemente han movilizado a muchas más fuerzas imperiales.

Los de mentes más avispada, pronto señalarán que el Murkull, una figura añeja, próxima a sus últimas décadas de vida, teme más el éxito de sus oficiales que su fracaso, pues no hay pocos que hablan ya sobre un futuro sin Sothillis gobernando el Imperio de Muranheim.

Otros más sabios, sin embargo, señalarán que solo puede haber un motivo por el cual aquel cuya existencia se ha dedicado a buscar la caida y la ruina de Amn, cuando esta se encuentra en su momento más vulnerable, elige la pasividad. Y ese motivo no puede augurar nada bueno para el
Imperio de las Bestias.
 
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Alpha

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El Guardián se sentó en uno de los tronos de la Sala de Oficiales, observando la enorme maqueta que representaba todo el territorio de Murannheim. Su habitual sonrisa se encontraba rígida.

Había dado las órdenes a sus soldados y para él no era nada nuevo. Sin embargo, aunque para algunos esta situación podría parecer una mala noticia, El Guardián tan solo empezó a reírse ¿Cómo no podía estar contento? ¿Quién no podría estarlo?

Tan solo era el comienzo de algo mucho más grande... y mejor.
 

Alpha

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El Imperio de las Bestias se remueve eufórico. No se habían visto tantos soldados armados desde hace tiempo en las tierras crueles de Muranndin. Movimiento constante de las compañías de los Guardianes se hace notar en el distrito de los gigantes, quienes entran y salen del cuartel general con nuevas órdenes cada vez, nueva distribución, nuevas patrullas hacia la costa.
Otras tribus llegan bajo la promesa de sangre y se unen a los movimientos militares, junto a los soldados llegados bajo el mando del Lord Brujo. Aquellos que no tienen órdenes preparan sus tácticas y afilan sus espadas. Los herreros se encierran en sus forjas y trabajan sin cesar para abastecer a los soldados.

Los arcanos y eruditos del Cónclave Negro se reúnen en su torre, bajo la oscuridad de sus capuchas se preparan discretamente para el porvenir, no tan ruidosos, pero desde luego determinados. La sabiduría de los maestros Barón Mortuus y Miruh guían los pasos de sus miembros en las sombras de esta campaña. Muranndin se cubre de nubes en ocasiones, tapando la mirada del Astro Rey de las acciones de los miembros de la Torre Oscura


Bajo las órdenes del Lord Brujo Morkruk y la organización de los Guardianes, Comandantes de la campaña, Sondakur y Aryan, Las tropas se preparan, sin discreción, sin miedo a ser escuchados por sus enemigos. Soldados sin temor a la batalla, solo con el objetivo de hacer sangrar a Amn, nación que tanto han odiado por años.

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Algunos soldados de la compañía del Guardián Aryan son enviados al Coliseo constantemente, lugar que parece haberse vuelto la zona de entrenamiento temporal. Mientras que algunas bestias prefieren el entrenamiento libre, así como practicar puntería usando un elfo de diana para arqueros y ballesteros o entrenar su combate cuerpo a cuerpo con otros soldados. Otros son instruidos por el Guardián preparando tácticas simples, formaciones y entrenamiento en el uso de los escudos tan grandes como puertas.

Lo que quizás algunos ven como el fin de Las Tierras de Intriga, Murann lo ve como una oportunidad y parece que la recibirá con brazos abiertos.
 
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DM Ofnir

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Hordas de Pesadilla
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Sobre todas las demás, se alzaba una colina de roca desnuda y hierba seca. Este montículo de tierra cuya apariencia mundana traicionaba su significado, era un puesto privilegiado desde el cual se podía ver la totalidad de la ciudad de Murann.

A apenas media hora de caminata desde los portones principales, se decía que hacia más de un siglo, en esta misma colina, el Emperador y su Consorte se habían alzado antes de señalar y ordenar la conquista y toma de la ciudad. Cuando Murann aun era amniana. Cuando Murann aun conocía el significado de la compasión.

Las figuras que ahora habían tomado posición en esta colina carecían del abolengo y el prestigio de los emperadores de Muranheim. Al menos, por ahora. Dos ogros hechiceros, uno, en senda armadura de obsidiana que no dejaba rastro de piel visible, el otro, de menor estatus, luciendo una indumentaria de guerra ocre y marcada por batallas pasadas. Ambos estaban acompañados de una figura más menuda, un humano en apariencia, enmascarado, envuelto en una armadura carmesí como la sangre.

Juntos, observaban una larga linea de color azabache abandonar los portones de la capital y recorrer la Carretera Imperial dirección este. Sus estandartes, orgullosos, marcados con la simbología de cada compañía bajo el emblema principal de la Legión: Una Espada Ardiente, de un color oscuro como la noche. Bajo el sonido de los tambores y los cánticos de sus oficiales, la marcha militar se perdía en el horizonte, y cuando las líneas de guerreros en armadura oscura dejaron de salir de los portones imperiales, más les siguieron: Bandidos y saqueadores, orcos, humanos, gnolls, trasgos. Docenas de compañías mercenarias y tripulaciones piratas, carentes de la disciplina de las legiones hobgoblin, pero el doble de crueles, el triple de violentos.

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Detrás de las bandas de criminales , siluetas enjutas, embutidos en túnicas negras caminaron entre nubes de incienso y humos rituales: Sus sectarios serviciales les acompañaban , encorvados bajo el peso de baúles, enormes libros rituales, y materiales más valiosos que sus propias vidas, que con fe ciega y voluntad servicial transportaban a sus espaldas, sometidas bajo el doloso peso de tal labor.

Les acompañaba un enjambre de criaturas repulsivas: Pieles hinchadas y pustulentas, dentaduras deformadas, afiladas y putrefactas y unas garras negras, infecciosas, cuya silueta indudablemente humana solo llegaba a intuirse bajo los rituales mágicos que les habían deformado en la muerte para alzarlos como carroñeros.

Trasgos, soldados humanos imperiales y ogros guardianes se apartaban ante la marcha de la Hueste de Guerra, repugnados y aterrados a partes iguales. Mercaderes, esclavos y viajeros aguardaban, agolpados fuera de los muros, en los campos de tiendas y chabolas que rodeaban los muros de la capital, al pasar de la comitiva, contemplando el despliegue de las fuerzas que el Lord Brujo y sus aliados habían conseguido congregar.

Su destino era la guerra. La victoria o la derrota, era algo que solo los dioses podrían augurar. Pero el dolor y el terror que extenderían quedaba fuera de toda duda. Amn estaba expuesta, y era el momento de atacar.

Con expresión impertérrita bajo una máscara mortuoria de acero, el Señor de la Guerra aguardó hasta que todas sus fuerzas hubiesen abandonado la ciudad para reclamar consigo a sus oficiales.

A los hechiceros y Nigromantes de la Torre negra les siguió la sombría marcha de los túmulos: Caballeros de guerras ya luchadas. Asesinos de sombra y augurio. Marchaban en silencio, rodeados de un neblina fría que teñía de rocío y escarcha la hierba aplastada bajo sus botas de oscuro acero y desgastado cuero. Criaturas de pieles encuartadas, dientes afilados y ojos inyectos de odio e ira. Odio por todo lo bueno. Desprecio por todo lo vivo.

Y cerrando la comitiva, con la desfachatez que los caracteriza, ogros y gigantes deformes, comprados con oro, comida, promesas o violencia, solo aquellos que habían ganado sus servicios lo conocían. Sus pisadas, gruesas y profundas, borraban el rastro de las fuerzas a las que seguían. Un retumbar que se oiría en todos los rincones del norte.

La marcha del Imperio era un símbolo. Una promesa. Una firma, a un requiem cuyas primeras notas ya habían comenzado a sonar.

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Durante años la ruta a Kalathyr había estado acosada por los saqueos y el peligro de los bosques malditos y la infame torre maldita y su barón. Fruto de la previsión propia de su pueblo, el por entonces capitán Ewan había invertido decanas y esfuerzos militares en despejar una ruta alternativa, más larga pero segura, por la cual llevar suministros hasta Kalathyr.

La ruta de Tuerceraíz había llenado de vida al que habia sido antaño un pueblo olvidado y abandonado. El tráfico constante de caravanas militares y de suministros había reavivado la economía de la villa amniana. A lo largo de toda la ruta, numerosos puestos se habían establecido para evitar incursiones de hombres lagarto de los pantanos, bandidos, y tribus de los bosques de los Dientecillos, al sur.

Los movimientos de tropas recientes habían blindado aun más la ruta: Sus convoys militares rara vez estaban compuestos por menos de medio centenar de soldados preparados, y sus carromatos, de ruedas gruesas y placas metálicas, llevaban suministros, armas y materiales de construcción al ahora fortín de Kalathyr.

Pero esta seguridad parecía haber llegado a su fin. Desde hacia una decana, las patrullas y los oteadores que regularmente recorrían la ruta y las tierras salvajes que la bordeaban, habían comenzado a desaparecer sin dejar rastro. Pronto, las caravanas de suministros comenzaron a sufrir ataques: No de bandidos, no de trasgos u hombres lagarto, que habían optado por esconderse desde que el vuelo de la Dragona Negra sobrevolaba los parajes de los Humedales y el norte de los Dientecillos, al servicio de Colmillos Afilados.

Aquello que atacaba las caravanas amnianas era algo más maléfico e insidioso. Capaz de evitar el agudo y cruel ojo de la dragona negra.

Hombres y caballos por igual encontraban pasos en bosques que hasta hacia poco eran seguros envueltos en ácidas brumas sombrías. El sonido de los pájaros, extinguido, y cubriendo corteza, tierra y arboleda, telas de araña hasta donde alcanzaba la vista. Los carromatos se veían atascados por el pegajoso material, quemado con antorcha y cortado con espada para abrirse camino por los soldados.

Era entonces cuando descendían: Grandes como mastines unas, por millares otras. Arañas monstruosas, que arrastraban a las sombras del bosque a aquellos con la mala fortuna de haberse alejado de la compañía de sus hermanos de armas. Los arácnidos no eran suficientes para acabar con convoys armados, pero las comitivas llegaban siempre con alguna perdida a los muros de Kalathyr, con algunos soldados de menos, y algunas patrullas de pocos hombres no regresaban nunca. Asustados unos, otros jurando venganza.

Pero todos ellos con un mismo mensaje en sus labios: El bosque ya no era seguro.

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Otro era el mensaje que llegaba a los muros de Imnescar. En las últimas semanas, las fuerzas de la ciudad, coordinadas bajo las Casas Mercantes del Escudo del Sur habían establecido puestos de vigilancia en los pasajes montañosos de los Dientecillos. Un resguardo ante un posible avance de Murann que no cogería por sorpresa a la ciudad. Ocultos en las montañas, los amnianos habían evitado ser encontrados por las fuerzas bestiales y las tribus de la Horda, pero no sin pagarlo en sangre.

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Entre bosques y montañas, reportaban que las tribus de trasgoides, particularmente numerosas tribus osgas, bestias temibles, musculosas, tan perezosas como sigilosas, habían intensificado sus ataques.

Las nutridas patrullas amnianas, que recorrían los bosques orientales de los Dientecillos en busca de movimientos militares cada vez sufrían más ataques, emboscadas de estas bestias, que hasta hacia poco no habían sido más que habituales bandidos y saqueadores de otros tantos que pueblan los dientecillos.

Las emboscadas de los osgos eran salvajes: Las bestias eran expertas en la guerra de guerrillas, y el acero y escudo amniano no lo tenia fácil frente a la violencia y fuerza de las toscas armas saqueadas que blandían estos trasgoides.

Pronto los oficiales de Imnescar se reunieron , y entre viejos tomos de guerra y mapas, comenzaron a elucubrar el significado de los numerosos reportes que llegaban desde Murann, y sobre todo de los Dientecillos.

Las tribus de la Horda parecían estar agitándose, desplazadas de sus territorios de caza y saqueo habituales. Su lealtad era hacia el Murkul y no hacia Murann, pues rara vez eran leales o amistosos a aquellos comandaban sus ejércitos, que normalmente debían abrirse paso por su territorio con la fuerza de las armas.

Un cambio en el equilibrio de las montañas solo podía significar una cosa. Que una nueva fuerza había penetrado en ese territorio. Y si los informes de espías y oteadores , así como agentes entre los muros de la capital bestial eran verídicos, esas fuerzas no podían ser otras que la Hueste de Guerra del Lord Brujo Morkruk.

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Los bosques se retorcían.
Como pájaros, agentes de lo natural y forestales élficos de los bosques de Tethyr contemplaban como claros enteros eran despejados bajo hacha de esclavo y trasgo, para encender los fuegos que se usaban para alimentar a una nutrida fuerza de guerra e invasión.

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Soldados de armaduras negras. Hordas no-muertas, y salvajes mercenarios. Pero no era solo eso lo que habia llegado a los Dientecillos. Figuras corpulentas descansaban, alejadas del grueso de la hueste principal. Su corpulencia rivalizaba con la de los ogros, pero sus pieles escamadas y las armaduras que blandían los delataban como enemigos más letales.

Ocres y cobrizas eran sus escamas. Bestias de alas atrofiadas, de olfatos dracónicos. Lucian símbolos que ningún libro en las amplias bibliotecas de Imnescar sabia identificar.

En una época donde los Dragones alzaban el vuelo y sumían Faerûn en el caos, una horda de aberraciones de linaje mágico parecía acompañar a Murann a la guerra.

En el centro de su campamento, marcadamente separado de las fuerzas Imperiales, una tienda sombría, de seda y terciopelo negro habitada por una figura enjuta, su apariencia frágil traicionando el poder ilimitado que blandía. Guardada esta figura siempre por caballeros de armaduras negras y auras gélidas, ojos carmesies y carentes de hálito vital.

Y a su alrededor, una quincena de corpulentas bestias de escamas plateadas, alas amplias como un carromato, y ojos oscuros como una noche sin luna, brillando con pérfida y maléfica inteligencia.

Amn se sumia en el caos, en el fratricidio, y en las peleas por poder, por justicia, por viejos odios.

Pero ningún odio era más viejo. Ninguna injusticia más milenaria que la que habían sufrido las razas antiguas a manos de pueblos invasores. Usurpadores. Hombres, elfos, enanos.

"Abandonados a la oscuridad. ¿Qué elección, salvo seguir la llama? Conquistar el mundo con este fuego... significa hacerlo arder primero"

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Manny_LoneWolf

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En el campamento de las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí, en el Risco de Plata, ubicado lo más cerca posible de la ciudad, Fery era atendida de sus heridas por su hermana Calistia mientras dirigía una palabra a los caballeros del amor, sus compañeros de fe.

—Los rumores ya no son rumores —asintió con firmeza.

Amagó un gesto de dolor mientras su hermana procedía con el tratamiento de las diversas puñaladas por la espalda que había sufrido.

—Están cerca, son poderosos y se mueven rápido. Os quiero a todos alerta: se ha puesto de moda lo de pedir tributo, pero no hemos doblado la rodilla por una asquerosa dragona azul, así que no vamos a hacerlo por esas bestias pues la gente nos necesita.
 

DM Ofnir

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El humo negro aun se alzaba desde las ruinas de los campamentos arrasados: Uno de mercenarios, otros, chozas de ogros y ettins cuyos cadáveres pronto habían sido consumidos por los enjambres de necrófagos que recorrían las tierras de nadie que separaban los campamentos de las fuerzas de Murann.

Cuando un regimiento de hobgoblins llegó a la escena, la devastación ya habia sido total. Un ataque quirúrgico a las afueras de su propio campamento de guerra. Sus autores solo podían ser amnianos.

Ninguna otra fuerza tendría el interés y la capacidad de ejecutar semejante provocación a una a hueste de guerra Imperial.

El Lord Brujo recibió las nuevas en su ostentosa tienda de campaña, situada en el centro absoluto del campamento fortificado de su Legión.

No le otorgó más que unos instantes en su mente, pues asuntos más importantes atosigaban sus pensamientos.


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Entre las empalizadas, construidas cada anochecer y deconstruidas cada alba, varios centenares de hobgoblins aguardaban, arrodillados. Sus pieles y rostros expuestos al frio que descendía desde los picos de los Dientecillos y la lluvia fina que convertía en lodo intransitable el suelo pisoteado por bota de hierro de trasgo.

El Lord Brujo Morkruk contemplaba como los capellanes de la legión recorrían las filas de leales soldados dispuestos para recibir sus bendiciones: Los cadáveres empalados y desangrados, de cuya sabia vital se proveían los hechiceros hobgoblin para inscribir runas de muerte y furia en sus rostros y frentes, habían pertenecido a esclavos y prisioneros capturados en las escaramuzas que sucedian en los dientecillos desde hacia semanas.

A diferencia de otras legiones hobgoblin, sin embargo, los cánticos de los chamanes no eran recitados en trasgoide. Tampoco clamaban el favor de Maglubiyet.

No. Su legión recitaba la lengua de los infiernos, y en las frentes de sus leales soldados se inscribían las runas del Soberano del Cetro de Rubí.

De la lealtad de su Legión, el Señor de la Guerra estaba convencido. Pero. ¿Y de todos los aliados que habían recabado?

La deslealtad de piratas y mercenarios era asumida, y por ello, poco peligrosa. Había vaciado sus arcas personales, y congregado a cuantos capitanes y tenientes mercenarios le debían favores. Lucharían mientras hubiese oro en sus bolsillos, y huirían en cuanto la derrota se presentase como posible.

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Era los demás los que le ocasionaban dudas, unas que ocultaba bajo la máscara mortuoria de hueso esculpido que adornaba su yelmo de ónice.

El Cónclave marcharía y lucharía: Sus rituales profanos desatados sobre sus enemigos. Su lealtad estaba garantizada, pues el Lord Brujo había confabulado directamente con el Emperador Negro para tal fin. Los pactos sellados entre el anciano Liche y el Ogro Hechicero solo conocidos entre ellos.

Pero las tribus, revoltosas por naturaleza, y sobre todo, las huestes mutadas por ese nigromante de túnica negra y las "alianzas" que había buscado a la hueste resultaban para él un trago difícil de asumir.

¿Había hecho bien en ceder el mando de su campaña a aquellos que componían su mesa de oficiales? Eran ambiciosos y leales al Imperio. Pero no a él. Y no estaba del todo seguro que hubiesen escuchado sus avisos de advertencia. En el fondo, sabía que sus objetivos no eran los propios, pues ellos buscaban la victoria para el Imperio y la gloria para Murann.

¿Murann? Qué era Murann, salvo una espina clavada en el costado de reinos más poderosos y centenarios. Murann era una ilusión sostenida por la fuerza diluida fruto de las décadas del Conquistador Sothyllis.

La visión del Morkruk iba mucho más allá de lo físico y la gloria personal.


Su visión era, a fin de cuentas, el regalo que Asmodeo le había concedido cuando sacrificó su vista terrenal ante su señor. Sus ojos arrancados ardieron sobre la pira profana, y el fuego que se encendió agónico dentro de sus cuencas le otorgó la verdadera visión.

Ahora, atrapado en un mundo de ciegos, era el único que podía realmente ver. Y dejaba que los tuertos decidiesen su destino.

- Lord Brujo, la hueste está lista para marchar. - Las palabras secas , siempre utilitarias, del oficial hobgoblin interrumpieron sus pensamientos.

La ceremonia había terminado, y como era habitual, la legión ya habia comenzado a desmontar el campamento fortificado.

- Reclama a las hordas. En menos de una decana, nuestro destino será decidido frente a los muros de Amn. - Su voz fue obedecia sin cuestionamiento por el hobgoblin.

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Cuando cayo la noche, el único recuerdo de la presencia de la Hueste de Guerra en esos claros de los Dientecillos eran el terreno embarrado y pisoteado, y los cientos de tocones de los árboles talados para alimentar las hogueras y maquinaria bélica Imperial.
 
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Alpha

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La orden había sido dada. Los hobgoblins de las legiones de Morkruk se movilizaban entre los campamentos para dar el aviso a la horda. Entre ellos, El Guardián de la Sangre se encargó de guiar personalmente a la tribu Osga que, haciendo uso de su palabra y la fuerza de Moldreed, había logrado que se uniesen a la batalla.

Sin embargo, había algo que inquietaba al Guardián. Algo en el fondo de su mente que le hacía preguntarse el significado de esta batalla, más allá de la necesidad de conquista, sangre y venganza; más allá de sus motivos personales contra Amn. Veía a sus compañeros sedientos de sangre, a los otros oficiales cegados por la emoción de lo que estaba por venir.

¿Pero él? Entre todo el caos, entre su posición como comandante, seguía siendo un humano y seguía viendo la situación con una perspectiva, quizás, más cautelosa que las bestias y los muertos.

Sentía que algo se le estaba escapando, algo que quizás solo estaba viendo él. Así pues, avanzó entre las bestias hasta la tienda de campaña del Lord Brujo, con un objetivo en mente.
 

LucienThorns

Copa de Champán de Trauson
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No era la primera, ni tampoco sería la última. El semiorco sabía bien dónde apostaba su destino. Pero había algo que no se había esperado: los años habían hecho que aquel culto que practicaba en solitario durante tiempo fuera ahora la respuesta a las plegarias de tantos años.
Era imposible no verlo, ofreciendo sus servicios como alquimista a los miembros del ejército muranní. La Cofradía de Alquimistas seguía viva y la bandera de la misma era portada por el antiguo maestro del Cónclave Negro.

Sin embargo, lo que otrora guardaba más escondido, y tras su nueva experiencia religiosa, ahora portaba con mayor visibilidad: el símbolo de Asmodeo que había renovado su esperanza, su fe y su búsqueda de poder y conocimiento.

Fabricaba y elucubraba. El día llegaría, donde Azamuth de nuevo se alzaría.
 

Focus

Minsorrano sin caminos
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A veces cuando el viento cesa y no había órdenes que dar, Dientes se quedaba quieto.

No como un soldado en reposo, no como un centinela eterno al servicio de grandes poderes. Dientes permanecía como algo que fue hombre y ya no lo es, algo que recordaba lo que era la vida pero no puede volver, una carcasa de que fue, es y será.

Su único ojo se movió por el campamento reconociendo las decenas de vidas que lo conformaban, y dentro de todas ellas ninguna le resultaba placentera, un mal necesario igual que las bestias que miraban a sus hermanos lo entendían de igual forma en viceversa, puede que incluso el Lord Brujo lo hiciera igual pero le daba lo mismo.

No sentía hambre, ni sed, y sin embargo había un odio intrínseco en cada fibra de lo que podía llamar su persona. Sentía el odio quemándole el pecho, como un brasero lleno de clavos ardiendo. Dientes había sido alzado como una herramienta, lo levantaron para matar, para destruir, para ser un arma.

Una herramienta que rompió sus cadenas, alzó su voz en desafió a sus señores, su rebeldía le había hecho ganarse su libertad y su condena.

El Tumulario eligió seguir existiendo después de ello, eligió seguir rebelándose ante los Dioses, contra aquellos que lo veían aborrecible, ahora en su mano estaba la elección para matar, para destruir.

Dientes golpeó los lados de su destrero cuando la ceremonia del Lord Brujo había terminado, estaba listo para marchar junto a sus hermanos a la guerra, a una que haría eterna.​

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Francisco94

Corona de la reina de Aitana
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En las horas previas al inicio de los combates y tras haber establecido el campamento y las distintas tiendas de mando se pudo observar a un sujeto de ropajes góticos y recargados en emblemas y símbolos de la fe de Perdición caminando entre los diferentes pelotones y divisiones que conforman la legión oscura Imperial.

Su rostro siempre oculto por una máscara azabache cuyas mejillas son mojadas por lágrimas de color verde. El porte del sacerdote es ligeramente encorvado con una elevada estatura y siempre ayudado por una vara como punto de equilibrio en su caminar.

Se muestra pensativo, quizá en el combate que está por venir. Durante todo su trayecto no menciona una sola palabra llegando hasta la zona destinada para su unidad. En este lugar asignado se dedica a revisar a los diferentes componentes de esta, sin un ápice de sentimiento o emoción, siendo totalmente indulgente y haciendo que estos cumplan sus obligaciones a raja tabla. Entre discusiones se puede ver al anciano realizar leves correctivos, zanjando los problemas. Durante este tipo de actos algunos mencionan el nombre del hombre, Talkorion.

Durante largas horas se mantiene realizando las mismas labores, siempre a la espera del sonar del cuerno el cual indicará que la legión se mueve hacia la victoria o la misma muerte. Al caer la noche volvería a su tienda, siempre coronada a la entrada por dos estandartes de Bane.

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El_Vara

Copia defectuosa de Kronobot
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La presencia de oro, plata y sangre se adentró en los cuarteles de Murannheim acompañados de la Mesa de Oficiales del Señor de la guerra Morkruk. Tras varias horas, el grupo volvió a salir con gesto más desenfadado, aunque no tardó el Mashar de la Qasan Adh-Dhahabi en endurecer el ambiente.

"Qasam adh-Dhahabi, ista‘iddu, fa al-dhahab wa al-fidda wa al-dam fi al-ufuq. Nanṭaliq ila al-ḥarb; nanṭaliq naḥwa Imneskar."
(Juramento de Oro, preparaos, se avecina oro, plata y sangre. Partimos a la guerra; partimos hacia Imnescar.)

Todos cabalgaron sobre sus monturas y, para cuando la turbe armada del Señor de la guerra Morkruk partió hacia Imnescar, se pudieron ver a estos extraños mercenarios, con sus prendas sureñas de oro, plata y sangre, partir junto a ellos. Todos junto al Mashar que lideraba la marcha, incluso aquellos que formaban también parte de otras agrupaciones conocidas de Murann.

Cuando en la lejanía se observó la ciudad, el grupo repartió a sus miembros y liberó de sus obligaciones como Qasan Adh-Dhahabi a aquellos que tenían obligaciones como Soldados del Ejército de Murannheim o como miembros del Cónclave, el Mashar no dio directrices extensas, simplemente cumplir las órdenes de los oficiales en las misiones que se les encomendaran.

Los ojos de el Qasan Adh-Dhahabi ya estaban puestos en el oro, la sangre y el poder que aguardaba en el caos de la guerra.

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Alpha

Admirador del brazo de Sune
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¿Quién hubiese pensado que llegaría este día?

Avanzábamos imparables, organizados. Estábamos determinados, pues se nos había arrebatado la gloria por mucho tiempo, se habían burlado de nosotros por años. Ahora, cuando menos debían subestimarnos, lo han hecho. Imnescar se encuentra indefensa, más cerca que nunca. Cada carga de los paladines y soldados me demostraba que no había plan por su parte, solo medidas desesperadas. Me sentí ciertamente decepcionado, pues no pensaba que sería tan sencillo inicialmente.

Os doy las gracias, Amn, Colmillos Afilados, Alianza del Norte. Vuestro orgullo, vuestra obsesión por creer que tenéis la razón, ha causado que Amn se divida, ha causado la mayor brecha posible para que nosotros entremos a la fuerza. Las muertes de Imnescar pesarán en vuestra consciencia, pues gracias a vuestros conflictos, Amn es débil y Muranndin se alzará victoriosa. Habéis permitido esto.

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Observaba los no muertos masacrar a los paladines que trataban de defender desesperadamente el cementerio. Debía ser realmente aterrador ver como, contra más de los tuyos caían muertos, más se sumaban a nuestro ejército.

La última vez vencisteis, pues éramos pocos y pobremente organizados, pero ahora me he encargado de que eso no suceda de nuevo. Oficiales de mi confianza, competentes y con sus objetivos claros; El Comandante Sondakur, junto a mi como un igual, asegurándose que los planes y las estrategias se cumplan al pie de la letra. ¿Quién diría que Murann tenía la capacidad de organizarse así?

Ha sido un camino largo y tortuoso, pero finalmente me encuentro aquí, a las puertas. Y una vez esto termine, podré recuperar el alma de mi compañero.

La diferencia entre vuestro ejército y el nuestro, se encuentra en que la única voluntad de mis tropas es haceros sufrir, sin importar si deben morir en el proceso. Vosotros teméis a la muerte, huiréis, pelearéis desorganizados y con miedo... Y aún así tengo esperanzas de que me mostrareis la determinación del bien en la que tanto os apoyáis.


Permitidme mostraros lo que llevo guardando por tantos años.

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archedchristian

Bug oculto de Darth
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Se vería a un ogro sobrevolar los exteriores de Imnescar, cuidando no ser presa de los dragones que dominaban los cielos. Su objetivo: presenciar cómo se hacía realidad lo que tantas dhekanas y oficiales habían preparado. Lo que una vez fue una mesa de operaciones, ahora tomaba forma ante sus propios ojos. Complacido al ver que cada frente avanzaba según lo previsto, descendería poco después, colocándose al frente de la Legión del Ébano, aguardando con una paciencia que le parecería eterna, ansioso de sangre y destrucción, como un verdadero cultista de los designios de Vaprak.

Puede que Mortruk tuviera su guerra y utilizara a los comandantes del Imperio, pero el ogro también parecía utilizarlo a él para cumplir su propia cruzada contra los amnianos.


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Juro por Vaprak que esto solo es el comienzo de lo que está por llegar.
 

Ultralodeo

Elfo que no discute
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La tierra misma parecía gemir bajo el peso de la guerra.

Las carreteras hacia Imnescar ardía en la distancia: estandartes rotos ondeaban al viento, cubiertos de hollín y sangre; la tierra se teñía del rojo apagado de la ceniza y el púrpura grotesco de la corrupción. Desde la línea rota de la ciudad hasta los campos abiertos donde los estandartes de Muranndin se abrían como cuchillas al alba, todo era muerte y humo.

Y llovía. Llovía como si los cielos quisieran enterrar con agua lo que las bestias habían asesinado con hachas y espadas. El aguacero caía implacable, empapando la tierra y mezclándose con la sangre de los muertos. Truenos rugían con furia, y rayos partían el firmamento como lanzas divinas, iluminando por breves instantes la silueta de los horrores que caminaban nuevamente sobre el mundo.

Y entre las lápidas quebradas del cementerio mayor, allí donde la buena gente de Imnescar reposaban en antaño con paz eterna, se alzaban de nuevo con ojos vacíos y sus carnes podridas. No por un acto divino, sino por la mano de los cabalistas del cónclave negro.​

El Barón Mortuus caminaba.
Su andar era lento. No por torpeza, sino por deleite. El tiempo no significaba nada para los muertos. Sus pies apenas tocaban el suelo cubierto de hojas secas, barro ensangrentado y charcos oscuros, y sin embargo cada paso parecía marcar un compás antiguo. Sus ropajes, finos como las sombras de una cripta, ondeaban con una elegancia que desafiaba la violencia que lo rodeaba.
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A su paso, los cuerpos abiertos por la guerra temblaban. Una mujer Selunita con el rostro aún contorsionado en su último grito, giró su cabeza quebrada para mirarle mientras se alzaba entre chirridos de hueso. Más allá, otro paladín caído, aún con el estandarte de la luna de plata clavado en su espalda, fue arrancado de su descanso por hilos rojizos que emanaban de los dedos esqueléticos del liche.

El liche avanzaba y hacía castañear sus dientes. No por frío —Porque no podía sentirlo—. No por debilidad. Sino por una melodía.

Una risita muda, casi infantil, escapaba entre los huesos de su mandíbula, como si recordara una vieja canción de cuna. Cada cráneo que se alzaba parecía acompasarse con ese cántico sin voz. Si uno escuchaba con atención —más allá de los lamentos de los heridos, más allá del silbido de las flechas o del bramido de los elefantes cayendo— podía oírlo: una tonada leve, alegre incluso.​

El Barón Mortuus estaba feliz.

"La muerte es música y poder", solía decir. Y esa mañana oscura y lluviosa, el cementerio era su salón de baile.

En lo alto del túmulo central, rodeado por obeliscos agrietados y antiguas criptas de la nobleza caída, lo esperaba la Maestra Miruh. Con su hermosura conservada por su oscura inmortalidad, envuelta en su largo vestido oscuro como una noche sin luna que no llegaba ni a tocar el suelo, su mirada fulguraba con impaciencia.

¡MORTUUS! —exclamó con una mezcla de desprecio y urgencia—. Caminas como si tuvieras toda la eternidad… ¡y sólo tenemos lo que nos queda de esta mañana!

Él no respondió. Sólo hizo castañear sus dientes, y alzó una mano huesuda en un gesto casi teatral, como pidiendo a una orquesta que afinara sus cuerdas.
A su alrededor, el círculo de invocación ya brillaba. Grabado con sangre vieja, hollín fresco y osamentas negras, palpitaba como un corazón enterrado. El aire se volvió más denso, el cielo más pálido. Miruh y el resto de cabalistas alzaron los brazos.

Y juntos, comenzaron a cantar.

No era una canción para el oído humano. Era una letanía podrida, un himno arrastrado desde el mismo abismo donde el tiempo fue traicionado. El suelo tembló. Las lápidas lloraron. Las almas aún no arrancadas se estremecieron.

Y entonces… algo, respondió.

El Barón Mortuus reía. Y el mundo temblaba.
 
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