DMT Faker
Dungeon Master
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UNA CRUZADA DE VENGANZA
El cielo de Athkatla permanecía encapotado por una tormenta que no parecía obedecer a los ritmos naturales cuando una llamada mágica recorrió los pasillos del Palacio de los Seis. Urgente. Precisa. Traída por los aliados de la garra hendida en truenos.
Iryklathagra, ya advertida de una nueva traición y el revuelo y miedo que ésta estaba causando, interrumpió sus preparativos.
Cuando salió al palco que daba a la Plaza del Tributo —su tributo, pese a que muchos parecían haber olvidado que aquel tratado con los Seis llevaba vigente desde eras atrás—, vestía la armadura de guerra ceremonial que el Arconte le había ayudado a portar. El gentío ya miraba a hacia lo alto. Iryklathagra se detuvo al borde del mirador: los guanteletes aferrados a la balaustrada y sus ojos dorados, antiguos, recorriendo la ciudad sin pestañear. Entonces habló.
—Los Salones de la Luna, antaño sagrados, se han
convertido en una madriguera. En lugar de oraciones, guardan susurros. En vez de votos, esconden pactos con nuestros enemigos. No fue Amn quien les declaró la guerra, sino ellos quienes partieron al Norte con una falsa proclama de libertad, abanderada únicamente por su orgullo y con el único resultado de una división de nuestras tierras. De vuestras familias.
Hubo un silencio tenso entre los presentes. Casi reverencial.
—La falsa voz de Selûne ha elegido dar la espalda al pueblo amniano. Ha dado por buena la mentira de que este conflicto lo ha comenzado el sur y ha convertido su templo en un estandarte para la rebelión. Pero no se equivoquen. El enemigo no responde a la guerra, la provoca. Y ahora exige lágrimas como si él no hubiese derramado la primera sangre, la primera traición. Como si ellos no os hubieran abandonado a vuestra suerte contra la invasión de las Bestias para librar su propia batalla de interés y poder.
Hizo una pausa. El viento que la rodeaba agitó su capa de tela azul medianoche y plumas de cuervo negro.
—Como Protectora de Amn por la gracia de los Seis y la vuestra misma, yo, Iryklathagra de la Tormenta, no habré de abandonaros. No permitiré que el caos tome la ciudad; ni esta, ni ninguna otra que no haya dado cobijo a los traidores. Mientras los fanáticos de la luna siembran discordia, nosotros seremos bastión. Mientras claman por una guerra —la segunda— escudándola bajo los preceptos santos que nada aplican contra mí, nosotros lucharemos porque los que aún vives fieles a Amn, puedan seguir haciéndolo. No abandonaremos el sur, ni dejaremos desvalidos a los nuestros.
Seremos escudo. Seremos orden. Seremos permanencia.
Su voz, sin gritar, llenaba el aire como el tañido de una campana haciéndose eco de los vientos.
—Los Testigos de la Tormenta, junto a cada espada, escudo y grimorio leal de su ejército, permanecerán. No para destruir, sino para impedir que la locura los use como lanzas. No para quebrar la fe, sino para evitar que ésta sea pervertida. No para conquistar, sino para proteger a Amn de quienes han olvidado no solo lo que significa pertenecer a esta tierra, sino el infierno vivo que amenaza con quemarla hasta sus cimientos en el momento en que yo desaparezca.
La dragona azul bajó ligeramente el mentón como cierre a su proclama.
—Que vuestros Dioses juzguen con sabiduría, pues la historia ya ha elegido a quién recordará como traidor... Y a quiénes como baluarte.
Durante unos segundos nadie se atrevió a hablar. Luego, desde algún lugar de la plaza, una voz rompió el silencio con vítores apagados. Les siguieron murmullos, luego gritos más fuertes. La multitud estalló en una ovación confusa, temerosa y fervorosa a la vez.
Iryklathagra no les miró más. Dio media vuelta con paso tranquilo y regresó al interior del palacio.
Ya lejos de los ojos del pueblo, su expresión se relajó. Giró el rostro a su izquierda, donde aguardaba el Khazark. Una sonrisa sesgada, orgullosa y maliciosa asomó a su rostro mientras caminaba por los pasillos de mármol y estuco sin mediar una palabra con él, pero sabiendo que lo que embargaba a ambos no solo era el júbilo, sino la certeza.
Sabía que había sellado un nuevo propósito. Sabía que, de nuevo, había obligado a sus enemigos a mostrar su verdadero rostro, cruento y sanguinario. A postularse de tal forma que dejaran claro al mundo que no eran moralmente mejores que ella, de sus propios labios.
Y sabía, más que nada, que el pueblo amniano ahora la reconocía —en parte gracias a ellos— como lo que siempre fue.
Imprescindible.
Iryklathagra, ya advertida de una nueva traición y el revuelo y miedo que ésta estaba causando, interrumpió sus preparativos.
Cuando salió al palco que daba a la Plaza del Tributo —su tributo, pese a que muchos parecían haber olvidado que aquel tratado con los Seis llevaba vigente desde eras atrás—, vestía la armadura de guerra ceremonial que el Arconte le había ayudado a portar. El gentío ya miraba a hacia lo alto. Iryklathagra se detuvo al borde del mirador: los guanteletes aferrados a la balaustrada y sus ojos dorados, antiguos, recorriendo la ciudad sin pestañear. Entonces habló.
—Los Salones de la Luna, antaño sagrados, se han
Hubo un silencio tenso entre los presentes. Casi reverencial.
—La falsa voz de Selûne ha elegido dar la espalda al pueblo amniano. Ha dado por buena la mentira de que este conflicto lo ha comenzado el sur y ha convertido su templo en un estandarte para la rebelión. Pero no se equivoquen. El enemigo no responde a la guerra, la provoca. Y ahora exige lágrimas como si él no hubiese derramado la primera sangre, la primera traición. Como si ellos no os hubieran abandonado a vuestra suerte contra la invasión de las Bestias para librar su propia batalla de interés y poder.
Hizo una pausa. El viento que la rodeaba agitó su capa de tela azul medianoche y plumas de cuervo negro.
—Como Protectora de Amn por la gracia de los Seis y la vuestra misma, yo, Iryklathagra de la Tormenta, no habré de abandonaros. No permitiré que el caos tome la ciudad; ni esta, ni ninguna otra que no haya dado cobijo a los traidores. Mientras los fanáticos de la luna siembran discordia, nosotros seremos bastión. Mientras claman por una guerra —la segunda— escudándola bajo los preceptos santos que nada aplican contra mí, nosotros lucharemos porque los que aún vives fieles a Amn, puedan seguir haciéndolo. No abandonaremos el sur, ni dejaremos desvalidos a los nuestros.
Seremos escudo. Seremos orden. Seremos permanencia.
Su voz, sin gritar, llenaba el aire como el tañido de una campana haciéndose eco de los vientos.
—Los Testigos de la Tormenta, junto a cada espada, escudo y grimorio leal de su ejército, permanecerán. No para destruir, sino para impedir que la locura los use como lanzas. No para quebrar la fe, sino para evitar que ésta sea pervertida. No para conquistar, sino para proteger a Amn de quienes han olvidado no solo lo que significa pertenecer a esta tierra, sino el infierno vivo que amenaza con quemarla hasta sus cimientos en el momento en que yo desaparezca.
La dragona azul bajó ligeramente el mentón como cierre a su proclama.
—Que vuestros Dioses juzguen con sabiduría, pues la historia ya ha elegido a quién recordará como traidor... Y a quiénes como baluarte.
Durante unos segundos nadie se atrevió a hablar. Luego, desde algún lugar de la plaza, una voz rompió el silencio con vítores apagados. Les siguieron murmullos, luego gritos más fuertes. La multitud estalló en una ovación confusa, temerosa y fervorosa a la vez.
Iryklathagra no les miró más. Dio media vuelta con paso tranquilo y regresó al interior del palacio.
Ya lejos de los ojos del pueblo, su expresión se relajó. Giró el rostro a su izquierda, donde aguardaba el Khazark. Una sonrisa sesgada, orgullosa y maliciosa asomó a su rostro mientras caminaba por los pasillos de mármol y estuco sin mediar una palabra con él, pero sabiendo que lo que embargaba a ambos no solo era el júbilo, sino la certeza.
Sabía que había sellado un nuevo propósito. Sabía que, de nuevo, había obligado a sus enemigos a mostrar su verdadero rostro, cruento y sanguinario. A postularse de tal forma que dejaran claro al mundo que no eran moralmente mejores que ella, de sus propios labios.
Y sabía, más que nada, que el pueblo amniano ahora la reconocía —en parte gracias a ellos— como lo que siempre fue.
Imprescindible.
Offtopic :
Último rumor antes de la guerra, en respuesta a La Guerra Santa.








