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[El Retorno de los Dragones - Rumor] - El Tributo.

DMT Faker

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UNA CRUZADA DE VENGANZA
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El cielo de Athkatla permanecía encapotado por una tormenta que no parecía obedecer a los ritmos naturales cuando una llamada mágica recorrió los pasillos del Palacio de los Seis. Urgente. Precisa. Traída por los aliados de la garra hendida en truenos.
Iryklathagra, ya advertida de una nueva traición y el revuelo y miedo que ésta estaba causando, interrumpió sus preparativos.

Cuando salió al palco que daba a la Plaza del Tributo —su tributo, pese a que muchos parecían haber olvidado que aquel tratado con los Seis llevaba vigente desde eras atrás—, vestía la armadura de guerra ceremonial que el Arconte le había ayudado a portar. El gentío ya miraba a hacia lo alto. Iryklathagra se detuvo al borde del mirador: los guanteletes aferrados a la balaustrada y sus ojos dorados, antiguos, recorriendo la ciudad sin pestañear. Entonces habló.

—Los Salones de la Luna, antaño sagrados, se han
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convertido en una madriguera. En lugar de oraciones, guardan susurros. En vez de votos, esconden pactos con nuestros enemigos. No fue Amn quien les declaró la guerra, sino ellos quienes partieron al Norte con una falsa proclama de libertad, abanderada únicamente por su orgullo y con el único resultado de una división de nuestras tierras. De vuestras familias.

Hubo un silencio tenso entre los presentes. Casi reverencial.

—La falsa voz de Selûne ha elegido dar la espalda al pueblo amniano. Ha dado por buena la mentira de que este conflicto lo ha comenzado el sur y ha convertido su templo en un estandarte para la rebelión. Pero no se equivoquen. El enemigo no responde a la guerra, la provoca. Y ahora exige lágrimas como si él no hubiese derramado la primera sangre, la primera traición. Como si ellos no os hubieran abandonado a vuestra suerte contra la invasión de las Bestias para librar su propia batalla de interés y poder.

Hizo una pausa. El viento que la rodeaba agitó su capa de tela azul medianoche y plumas de cuervo negro.

—Como Protectora de Amn por la gracia de los Seis y la vuestra misma, yo, Iryklathagra de la Tormenta, no habré de abandonaros. No permitiré que el caos tome la ciudad; ni esta, ni ninguna otra que no haya dado cobijo a los traidores. Mientras los fanáticos de la luna siembran discordia, nosotros seremos bastión. Mientras claman por una guerra —la segunda— escudándola bajo los preceptos santos que nada aplican contra mí, nosotros lucharemos porque los que aún vives fieles a Amn, puedan seguir haciéndolo. No abandonaremos el sur, ni dejaremos desvalidos a los nuestros.
Seremos escudo. Seremos orden. Seremos permanencia.

Su voz, sin gritar, llenaba el aire como el tañido de una campana haciéndose eco de los vientos.

—Los Testigos de la Tormenta, junto a cada espada, escudo y grimorio leal de su ejército, permanecerán. No para destruir, sino para impedir que la locura los use como lanzas. No para quebrar la fe, sino para evitar que ésta sea pervertida. No para conquistar, sino para proteger a Amn de quienes han olvidado no solo lo que significa pertenecer a esta tierra, sino el infierno vivo que amenaza con quemarla hasta sus cimientos en el momento en que yo desaparezca.

La dragona azul bajó ligeramente el mentón como cierre a su proclama.

—Que vuestros Dioses juzguen con sabiduría, pues la historia ya ha elegido a quién recordará como traidor... Y a quiénes como baluarte.

Durante unos segundos nadie se atrevió a hablar. Luego, desde algún lugar de la plaza, una voz rompió el silencio con vítores apagados. Les siguieron murmullos, luego gritos más fuertes. La multitud estalló en una ovación confusa, temerosa y fervorosa a la vez.
Iryklathagra no les miró más. Dio media vuelta con paso tranquilo y regresó al interior del palacio.

Ya lejos de los ojos del pueblo, su expresión se relajó. Giró el rostro a su izquierda, donde aguardaba el Khazark. Una sonrisa sesgada, orgullosa y maliciosa asomó a su rostro mientras caminaba por los pasillos de mármol y estuco sin mediar una palabra con él, pero sabiendo que lo que embargaba a ambos no solo era el júbilo, sino la certeza.

Sabía que había sellado un nuevo propósito. Sabía que, de nuevo, había obligado a sus enemigos a mostrar su verdadero rostro, cruento y sanguinario. A postularse de tal forma que dejaran claro al mundo que no eran moralmente mejores que ella, de sus propios labios.
Y sabía, más que nada, que el pueblo amniano ahora la reconocía —en parte gracias a ellos— como lo que siempre fue.

Imprescindible.

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Último rumor antes de la guerra, en respuesta a La Guerra Santa.

 

Juan

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*Desde la Fortaleza Fronteriza de Kalathtyr se expande un rumor rápidamente, el cual termina tomando forma de edicto por puño y letra del Capitán de las Fuerzas Armadas y Comandante de las Huestes de la Protectora Azul.*


¡Gloria a Amn, a Iryklathagra y al Consejo de los Seis!

Por la presente es que informo de que, debido a la última declaración de intenciones por la Suma Pontífice de clero de la Luna, proclamando el alzamiento de armas contra la Protectora de Amn, y por extensión al Consejo de lo Seis en su decisión, los terrenos y la concesiones que tenía dicho clero en las tierras amnianas de Kalathtyr quedan expropiadas, tomando uso de ellos para el fin que más apropiado y procedente se estime oportuno. Se aceptarán ofertas.

Capitán Ewan
Comandante de los Testigos de la Tormenta

Consejero del Trueno
 

Krul

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Durante la noche, cuando la aguanieve caía sobre el campamento de guerra de la Alianza del Norte, una figura uniformada recorría las filas de la División de la Nube como una luz decidida entre la oscuridad de la noche. Era la Teniente de la División de la Nube, Alice Valdor, montando guardia con los suyos, con la siniestra sobre la guarda de su espada que aún mantenía envainada y su mirada carmesí del color de la sangre puesta sobre el río que los separaba de la ciudad de Crimmor.

Mientras los ingenieros ajustaban sogas y se alzaban las primeras barcazas entre la espesura de los árboles que los ocultaban, ella caminaba entre los soldados. No les gritaba órdenes, no era el momento para ello. A cada paso, levantaba el ánimo de sus hombres con algo más firme que el acero de sus espadas, un propósito, aquello que necesitaban en aquellos momentos previos a la batalla que les hiciera tener un espíritu inquebrantable.


Cada paso que demos será medido compañeros. Cada golpe será calculado. Cada vida que defendamos, protegida por algo más grande que nosotros, la causa que compartimos todos aquí. No somos mercenarios, no somos piezas sueltas. ¡Somos un ejército con propósito! ¡No os rindáis antes de alzar las espadas! No deis la victoria por perdida antes de haber luchado. El enemigo os quiere temerosos… ¡pero nosotros seremos su tormenta! Y si esta ciudad ha de caer, caerá ante nosotros… porque pensamos mejor.

Y sin esperar reconocimiento, la Teniente Alice Valdor siguió su ronda. Caminando entre la bruma y la nieve que caía, igual que había llegado, rumbo a los ingenieros, a los arqueros, a los soldados de la División de la Nube que aún quedaban por ver. No era tiempo de descanso. Era tiempo de prepararse para la guerra.

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En respuesta a La Batalla de Crimmor
 

Nazgul

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"El Fantasma de Kerloch"
— Rumor entre las Bestias de Murann
Dicen que cuando cae la noche en los Dientecillos y la niebla baja entre los árboles, debes quedarte cerca del fuego... porque si te alejas demasiado, él podría encontrarte.

Las noches más tranquilas en Kalanthyr, vigilando el frente sin noticia alguna, se dice que desaparece el viejo mago de batalla. Soldados creen que le gusta jugar a las cartas o el ajedrez con sus colegas arcanos, otros dicen que, junto al Comandante Ewan de la Tormenta y el Magistrado Azul, deciden los próximos pasos de Amn.

Sin embargo no hay noche tranquila para las huestes de avanzadilla del Lord-Brujo desde que apareció el viejo mago, el llamado Senescal Kerloch. Con su armadura azul y plata, y el emblema de la Garra entre relámpagos, surca los cielos o aparece de la nada. Pero cuando toca tierra, lo hace con el rugido de un trueno.

No viene con ejército. No necesita uno.

Surge solo, entre los árboles o desde una sombra, acechando campamentos bestiales solitarios. Habla maldiciones y pronuncia hechizos, y luego van el fuego y los relámpagos. Las criaturas más bravas —hobgoblins, ogros, incluso gigantes— juran haberlo matado: lo aplastaron, lo atravesaron, lo quemaron. Incluso lo decapitaron. Pero cuando su cuerpo cae... siempre sonríe. Una sonrisa torcida, de muerte. Y luego... explota.

Una onda de fuerza consume todo a su alrededor. Cuerpos mutilados. Gritos. Sangre. Nadie puede encontrar los restos del mago. Solo quedan cenizas, marcas negras en la tierra, y miedo.

Algunos lo llaman el espectro de Amn, otros simplemente el Senescal Fantasma, pero los que lo han visto saben que la noche siguiente, cuando la próxima explosión aleje de las copas de los árboles las bandadas de pájaros alertadas. Su amenaza es clara.

Los jóvenes y los cobardes tiemblan.
Los supervivientes, se lamentan con furia y dolor.
Los desmembrados, saben que Murann no es para débiles. Mañana podría ser su último día.



"Yo os maldigo, bestias de Murann.
Por cada día y cada noche que atentéis contra Amn.
Por cada Amniano herido o muerto por vuestras zarpas.
Me levantaré de mi tumba una noche más para devolveros el daño.


Que La Tormenta os devore en nombre de Iryklathagra"

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Resubido aquí porque lo posteé por accidente en el post de rumores de Lufram y yo no tengo tanto caché como él. Lo siento mi pana <3
 
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ELLOESO

Perro de Dan
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Observando más allá, a través de lo que les separaba del siguiente paso, las palabras de Iryklathagra que resonaban ahora en el campamento, como proclama, hacían que la bilis remarcara la amargura de su ánimo. Esas palabras; escudo, permanencia, unión... que debieron ser el baluarte, ahora eran utilizadas como mofa y contraataque de aquellos que manejaban el relato. Se pinzó el puente de la nariz, con el ánimo lúgubre de quien se sabe derrotada independientemente del resultado de una batalla.
 

Sariel

Enano sin acento ruso
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Sariel emergió de su tienda de campaña con paso firme, el sonido metálico de su armadura de placas resonando con cada movimiento. La luz plateada de la luna bañaba su figura, reflejándose en cada pieza pulida de su armadura que llevaba sobre el hábito sagrado. En ese momento, se sentía más fuerte que nunca, como si ella misma fuera un avatar vivo de Selûne, encarnando su voluntad y su poder. Sin prisa pero con determinación inquebrantable, comenzó a subir la colina que dominaba el campamento. Al llegar a la cima, se detuvo y giró para mirar a sus tropas reunidas abajo. Su voz se elevó, fuerte y clara, como un rayo de luz que corta la oscuridad, lista para encender la voluntad de cada guerrero de aquella basta húeste que que habían sido sus compañeros y amigos estos últimos meses

"Guerreros, guardianes de la noche, hijos e hijas de Selûne, hermanos y hermanos de otra madre y padre. La luna está sobre nosotros, alta y vigilante. No es un mero astro en el cielo; es la mirada eterna que observa cada acto nuestro, que conoce cada intención y cada miedo.

Esta batalla que hoy enfrentamos no es una prueba más. Es el momento en que la sombra intenta devorar la esperanza, cuando los que desean aplastar la luz han cruzado el umbral de lo permitido. Han elegido el camino del conflicto, y nosotros somos la respuesta.

No hemos venido a implorar la paz, ni a suplicar por clemencia. Hemos venido a defender lo que Selûne nos ha confiado: la protección de la noche sagrada, el amparo de los inocentes, el equilibrio que mantiene al mundo en pie, a nuestros padres, hermanos, hijos, amigos.

Nuestro deber es firme y nuestro propósito claro. No permitiremos que la oscuridad crezca sin límite. No habrá tregua para quienes ataquen con odio, ni descanso para aquellos que deseen sumirnos en la desesperación.

Pero escuchad bien, que nuestras palabras resuenen hasta los confines de este campo: la misericordia existe, pero solo para los que la buscan con sinceridad. Quien deje caer su arma y levante la mano en señal de rendición, quien bese el suelo bajo la luna y pida perdón, hallará en Selûne un refugio y una segunda oportunidad.

Mas los que persistan en la violencia, los que nieguen la luz y abracen la sombra sin arrepentimiento, conocerán la fuerza de nuestra justicia. Somos la espada y el escudo de la noche, la fuerza que arrasa lo que amenaza con destruir.

Que cada uno de vosotros lleve en el pecho la llama de la Dama de la Luna. Que la luz plateada ilumine vuestro camino, afile vuestra voluntad y fortalezca vuestro brazo.

Caminad sin miedo, que vuestros pasos sean firmes como las mareas que ella mueve. Llevad la justicia en la punta de vuestra lanza, la protección en vuestro escudo y la fe en cada latido de vuestro corazón.

Hoy no somos solo soldados, somos los guardianes de la noche eterna, la esperanza encarnada, la luz que no se apaga cuando todo a nuestro alrededor parece caer.

Levantad vuestros estandartes. Que vuestros gritos retumben en el campo y en los cielos. Que los enemigos sepan que la noche les pertenece a quienes la protegen, no a quienes la profanan.

Porque recordad siempre: el único momento en que el mal puede avanzar es cuando la luz decide permanecer inmóvil, cuando la sombra encuentra en la pasividad su aliada. No daremos ese regalo. Hoy, nosotros somos la luz que avanza.

Que aquellos que llaman a la no-muerte para resguardarse por cobardía y maldad, reciban el justo castigo. Cuando esto acabe, ellos serán los condenados, ellos serán los olvidados en las cenizas del tiempo, negados incluso por las sombras que los parieron. Bajo la luz de Selûne, no quedará rastro de su impiedad.

¡Por Selûne! ¡Por la luz que nos guía! ¡Por la justicia que no conoce descanso! ¡Id hijos de la luna, demostrad a los que abrazan la oscuridad que hoy sois algo más! ¡Avatares de la justicia, guerreros de la luz!"


Al terminar sus palabras, Sariel alzó su brazo derecho, la palma abierta hacia el cielo nocturno, como si recogiese la propia luz de la luna con ella. La luna pareció brillar con más intensidad, como si respondiera a su llamado. Un silencio reverente cayó sobre el ejército, roto solo por el susurro del viento y el tenue choque del metal. Sariel bajó el brazo, sus ojos brillando con orgullo, esperanza y sobretodo, fe.
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ELLOESO

Perro de Dan
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Paseaba como gato encerrado a lo largo del margen del río, pensativa, revisando de manera concienzuda, intentando dejar el menor espacio a la improvisación.

De sus labios se iba escapando un tarereo de lo que parecía una saloma norteña mientras paseaba entre aquellos que preparaban lo que estaba por venir, mientras intentaba que su cabeza se ocupara con la planificación. Cuanto menos dejara vagar su mente, más focalizada estaría, ya habría tiempo después para la conciencia.... si es que había un después.
 

BobM

Restos de un PJ de Aharadad
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En una Crimmor incomunicada, asediada, donde sus gentes son participes y testigos de un acto sin precedentes para la historia de Amn, entre las fuerzas y civiles de la ciudad, empiezan a repartirse unas proclamas en el espacio de calma que la contienda ofrece.

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ELLOESO

Perro de Dan
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Cuando la victoria se transforma en ceniza en el paladar, la sangre derramada y el sufrimiento desatado juzgará las acciones en el futuro próximo, marcando para siempre el devenir de Amn.

Kharmin tenía razón en sus temores, eco de los pensamientos de la Iluskana que, con la mirada en el cielo del amanecer, repetía las palabras del druida; el temor sobre como iban a cambiar las cosas, el temor de que nada volverá a ser lo mismo, el temor de la historia contada por un sesgo velado y la connivencia de aquellos que se unieron a la danza impuesta; quizás no hubiese otra salida o quizás fueron desfilando lentamente a la pista de baile, al escenario de una escena macabra que dividía, fracturaba y desgarraba el espíritu y la propia tierra.

Dos frentes. ¿habría razón, entendimiento o perdón a lo sucedido si el Sur caía? ¿Acaso los grilletes de los actos desatados en el Norte daban pie a algún escenario que no fuese el que se había revelado?


(Que la Diosa ilumine esta profunda oscuridad, ¿hemos hecho los correcto?)

Suspiró y cerró los ojos mientras, tras sus párpados, se repetían las imágenes vividas.
 

Superboy

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Se dice que uno de los soldados del norte encontró en en punto del puerto un antifaz, no uno común, sino el mismísimo antifaz del mediano conocido como NightHin, poco se habla pero mucho se siente.

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-Esto debe ser del Hin, ¿Estará bien? ¿Se le habrá caído? Bah... Busquémosle, quizá se le perdió, el Hin ha combatido como pocos y a pesar de que su fuerte no era el combate como muchas veces dijo, puso el pecho en esta cometida, un maquina ¿Ehh Morales? jah, ya lo encontraremos.-


-Deja de decir sandeces gordo, busquémosle anda, que como mínimo se merece una cerveza, escuche que fue de los últimos en pie junto a la loba esa, si tenemos gente con esos huevos y ese aguante en nuestras filas esto esta ganado compareee...-

Voces, sonidos, pasos, caminatas, búsqueda, el Hin aun no se dejaba ver, pero si se presentía que no estaba lejos, pues las pisadas pueden verse cuando el barro esta húmedo.



xzczxcxc.jpgAhí estaba el, escondido, sin siquiera poder mirar a los ojos a nadie, escondido como ninguno y difícil de encontrar, solo el sabría cuando dejarse ver, solo el entendería cuando seria el momento perfecto para aparecer con los suyos.

Los soldados cansados por el combate, simplemente cesaron la búsqueda y entregaron el antifaz a la
Teniente Valdor, pues era la referente del mediano y su mas cercana amiga dentro de todo este conflicto, ahora mismo en sus manos estaba el antifaz del Hin, el antifaz de NightHin.

 

Airoh

Gerardo de Amn
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"Donde la luz aún canta"


Hospital de campaña de la Alianza – Fronteras de Crimmor


Las primeras luces del alba no alcanzan el interior de la tienda.
Allí, la claridad nace de otra fuente: de las manos de Aelindar, que recorren con suavidad una frente febril, que sellan una herida con un murmullo apenas audible, que prenden una plegaria en el pecho de un moribundo como si de un faro en mitad del naufragio se tratara.


Su túnica, manchada de tierra y sangre, ya no huele a lirios ni a bosque.
Huele a esfuerzo. A vida conservada a duras penas. A muerte contenida por poco.


Los heridos llegan sin tregua.
Algunos son arrastrados por compañeros; otros entran por su propio pie y caen al cruzar el umbral, como si la única fuerza que les quedara fuera la voluntad de no caer fuera.
Aelindar no pregunta primero los nombres, sino los pulsos.
No busca historias, sino señales.
La luz de Corellon le guía en lo esencial: contener la hemorragia, calmar el temblor, llevar consuelo donde la esperanza tiembla.

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A veces canta, muy bajo.
Una antigua melodía de Siempreunidos, aprendida en los días en que el cielo no conocía la guerra.
Los soldados no siempre entienden las palabras, pero su voz les arrulla como si una madre elfa les meciera entre ramas doradas.
Y por un momento, incluso los que van a morir cierran los ojos en paz.


Cuando hay un respiro, cuando el último grito se silencia y la noche empieza a susurrar de nuevo, Aelindar sale a mirar las estrellas.
Se mancha los dedos con savia y sangre, pero al alzar la vista aún cree ver el Arvandor brillar entre los pliegues del firmamento.
Sus plegarias no son de súplica, sino de sostén.


“No permitas que olviden quiénes fueron antes de sangrar.”


Luego regresa.
Otro herido llama.
Otra alma se aferra.


Y ella está ahí, como la última lámpara en medio de la tormenta.



 

DMT Faker

Dungeon Master
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I. Sin voces, no hay preguntas.
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En la explanada oeste de Athkatla, bajo el generoso sol del mediodía y el ojo vigilante de seis Magos Rojos y un burócrata con bigote afilado, el Ejército de Amn sudaba a chorros mientras practicaba maniobras con lanzas de desfile y escudos de madera. Una banda musical desafinada tocaba marchas sin convicción y un soldado con casco que no cubría la totalidad de su circunferencia craneal trataba de formar una línea recta con la sombra de la columna cercana. Los Magos Rojos tomaban notas y bebían vino especiado bajo sombrillas voladoras encantadas para repeler el sudor y los gritos.

Un goblin esclavo pasó trotando con una cesta de hongos para su amo. Se detuvo, ladeó la verdosa cabeza de enormes ojos amarillentos y alzó una ceja.

Una pregunta zuz carmezíez eminenciaz... ¿No deberían eztar peleando en Crimmorz con el rezto de vueztraz ominozaz fuerzaz?

Un bastonazo como un trueno golpeó al pequeño goblin en lo alto de la cabeza. Solo hundió un poco la cabeza entre los hombros, con la mirada ida, como si los golpes ya no le dolieran. En un marcado acento extranjero, el Mago Rojo de Thay respondió.

¡Silencio, Sedimento! ¡Nadie cuestiona las órdenes del Khazark!

El goblin se frotó la cabeza mientras se alejaba, murmurando algo sobre el maltrato laboral. Ya más lejos de sus nuevos regentes, masculló que igual prefería volver a ser criado en Murann, donde al menos le daban galletas.

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II. ¡Qué buena la vida en Púrskul!

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A las afueras de Púrskul, bajo el canto de los mirlos y la brisa cálida pero no sofocante de la primavera, dos semiorcos granjeros recogían calabazas del tamaño de cráneos de ogro. Uno, fornido y con la nariz rota, llevaba un sombrero de paja y la barba adornada con multitud de margaritas frescas. Una ramita de tomillo le daba el toque final a su aire casi poético. El otro mascaba trigo con parsimonia mientras sacaba lombrices del surco a patadas.

'Cucha, Golbrok... ¿No te pa'ece raro que la seña Ha'valen no haya pasado estas semanas? Ni siquiera m'ha recogí'o las cartas que le llevé. Ni queda pan negro d'ese que hacen pa' nosotros, el que sabe a ceniza de volcán —dijo el primero mientras se atusaba las margaritas, como si estas pudieran darle su respuesta.

Yo sé por qué es —replicó Golbrok, solemne. Floro —un apodo cariñoso con el que se referían a su amigo— le miró con fijeza, aguardando—. Es porque han ido a Imnescar, a la guerra. Una dragona verde vuela por las murallas, mientras esperan a una dragona negra que no aparece —comenzó Golbrok su relato—. Hay unas nubes negras mágicas que ha conjurado un Lord-Brujo y espérate, que la Pontífice, una de esas meapilas a caballo, ha salido de su fortaleza infranqueable en Hydcont para combatir una invasión de las bestias que nadie sabe de dónde sale.

Los dos semiorcos se miraron en silencio. El sol brillaba con intensidad en lo alto del cielo azulado de nubes blancas. Las ovejas balaban. Los terneros recién nacidos pastaban de manera parsimoniosa. El flujo de comercio iba y venía y ahora, en tiempo de cosechas, el resto de granjeros y ganaderos trabajaba de sol a sol.
Continuaron mirándose en silencio.

¡HAHAHA! —Floro empezó a reírse, doblándose sobre su prominente panza.
¡HAHAHA! —Le coreó Golbrok un segundo después, echando la enorme testa atrás, mostrando los prominentes y amarillentos colmillos.
Qué cosas inventan los duendes cantamañanas...
¡Menudas vacaciones se está pegando la Ha'valen!

Y así, ajenos al mundo exterior, continuaron su jornada mientras daban cuenta de las últimas botellas de exquisito vino Gáldrim en su reserva.

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III. Luz en las ruinas.

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En los restos ennegrecidos de lo que una vez fueron los Salones de la Luna, el silencio pesaba más que la piedra. Entre columnas resquebrajadas y frescos quemados, la sombra de una figura se deslizaba con pasos furtivos. Era una joven campesina, con la falda manchada de barro seco y los brazos cubiertos de polvo y hollín. Llevaba oculta una pequeña vela en su delantal, y cada pocos metros miraba hacia los tejados, temerosa de las patrullas.

Cuando el último par de botas metálicas se perdió en la distancia, emergió como una caricia tímida. Trepó con cuidado por entre los escombros y se arrodilló ante lo que quedaba del antiguo altar de Selûne, una losa agrietada donde aún quedaban los rastros de plata y piedra lunar. Con manos temblorosas, colocó la vela y la encendió. La llama parpadeó, lánguida pero serena, persistente, inalterable.

Cerró los ojos y rezó. No en voz alta, pues sabía a lo que se arriesgaba. Rezó por sus hermanos, por los amigos que partieron al Norte, por lo que aún resistían y porque la Luna encontrara un modo de volver a brillar entre los tejados de Athkatla. Por un momento, pareció que el viento respetaba aquella llama.

La vela seguía encendida cuando ella despareció entre los escombros.​
 

Zethan

</c> de Minikanyas
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En el campamento, el humano de pelo morado podrá ser visto al lado de un altar improvisado en un rincón algo apartado, donde cada cierto tiempo deja varias ofrendas. Justo al lado, un pequeño fuego con una marmita hierbe, inundando la zona de un olor extraño y con cierto toque picante, junto con una serie de hierbas y morteros desperdigados alrededor de este.

Aquel que se atreva a ver el contenido de la marmita, verá flotando en el brebaje que cada vez se vuelve más y más pastoso conforme pasan las horas, donde podrán verse desde pequeños vertebrados, hierbas y raíces de todo tipo machacadas aunque dejando algún que otro trozo sólido e identificable y quien sabe qué más.

Muy cerca habrá colgando en las ramas cercadas trozos de telas que se están secando de algún producto amarillento con tonalidades rojizas. El goteo de estas parece que atrae a los insectos locales, en especiales a las hormigas, que parecen disfrutar del jugo.

De vez en cuando, el humano aparecerá con bolas de preparado de marmita ya frías junto con vendas de color amarillo y rojo en la tienda de los heridos, tratando a los heridos con menos velocidad y habilidad de la habitual .

- Esta guerra dejará una profunda cicatriz en Amn y en este bosque... espero que este pueda recuperarse del golpe recibido una vez más. -
 

Kronos

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El eco de risas élficas descendía por las rocas bajo el agua termal y las cataratas subterráneas. Agua salpicando, copas tintineando, pieles rozándose con pieles: todo tan liviano, tan estúpidamente feliz, que a la vieja goblin le daban ganas de arrancarse las orejas.

En lugar de eso, se ajustó su manto de parches y cuero curtido, tragó saliva y alzó la mirada hacia el otro extremo de la sala. Allí, oculta entre las sombras, descansaba sentada una mujer con las piernas cruzadas y desnudas, sobre un trono improvisado de rocas volcánicas.

—¿Y soñó con fuego otra vez? —preguntó temerosa. Como si no lo soñara ella también, noche tras noche. Siendo abrasada viva por las llamas de una gran sierpe roja. Y qué casualidad: justo el tipo de criatura que tenía delante.

La mujer —bella hasta lo ofensivo— se levantó y paseó descalza sobre el suelo de piedra como si fuera de mármol pulido. El cabello le caía como un manto de oro líquido, y sus ojos… por el Rey de los Nueve Infiernos, sus ojos. No había nada humano en ellos. Solo una conciencia más antigua que las rocas que la rodeaban, y más cruel que una tormenta en alta mar.

—Fuego no —murmuró Balagos, con una voz tan sedosa que parecía mentira que saliera de alguien con semejante historial de genocidios—. Esta vez soñé que me desgarraban la espalda. Una elfa me lavaba el cabello y me daba masajes. Con aceites. De lavanda.

La goblin parpadeó. Dos veces.

—Suena terrible —replicó. Intentando mantener un tono tan neutro que cualquier posible muestra de sarcasmo se evaporara.

Le dolía la espalda, tenía hambre y llevaba semanas escuchando a un dragón psicótico que jugaba a ser una agradable diplomática humana con elfos, selunitas y paladines varios. Lo del masaje élfico a ella no le sonaba nada mal la verdad.

—He visto cómo lo hacen entre ellos al caer la noche, cuando creen que duermo.

La goblin asintió en silencio. Había aprendido a no interrumpir los monólogos del dragón. En esos momentos —que podían ser los últimos de su larga vida— prefería callar, asentir y rezar a dioses que llevaba décadas sin dedicarles una oración.

—Otro me propuso cenar. Un medio elfo. Tocaba el laúd. Y tenía la piel tan suave que quise arrancársela y ponérmela de abrigo —hizo una pausa, como si meditara algo— . Quizás nadie lo eche de menos. No parecía demasiado popular.

A menudo se preguntaba si era la primera prisionera usada como confidente involuntaria. ¿Cuántos más habrían estado donde estaba ella? ¿Si levantaba las rocas encontraría huesos? ¿Rostros chamuscados?

—¿Ha considerado no disfrazarse como uno de ellos? ¿Acabar con la farsa?

Balagos se detuvo. La miró. Esa mirada de milenios. Esa mirada que podía freírte por dentro con solo inclinarse un poco más. Y se arrepintió de la pregunta antes incluso de terminar de formularla. Pero estaba cansada, tenía hambre y empezaba a hartarse de todo lo que la rodeaba.

—¿Y permitir que Iryklathagra conserve la ventaja? —respondió controlando su furia, girándose con esa gracia inquietante que ni la forma humana podía ocultar—. ¿Sabes lo que hace ella mientras yo bebo vino dulce y escucho poemas recitados por un mono con orejas picudas y voz aflautada? Reúne tropas. Forja alianzas. Teje un muro contra mí.

—¿Y... cuál es vuestro plan?

La goblin hablaba a marchas forzadas, intentando reconducir la conversación. Sin poder apartar la vista de aquellos dos orbes dorados que la observaban como si ya hubieran decidido su valor.

—Reunir tropas. Engañar a todos esos idiotas que recitan ensalmos y juramentos. Hacer que me adoren. Hacer que me sigan. Y cuando Colmillos Afilados asome el hocico…

Un chillido divertido cortó la pausa dramática del dragón. A juzgar por el chapoteo que siguió, debían estar jugando —otra vez— a zambullirse en la piscina termal.

—Por ahora los necesito —dijo finalmente tras una larga pausa, reuniendo toda la paciencia que le quedaba— Cuando llegue el momento y me deshaga de esa aspirante a reina dragón que usurpa mis dominios volveré, y agradeceré a todos estos insectos su ayuda como se merecen.

Terminó su última frase sonriendo. Usando su retorcida mente para imaginar los rostros de sus 'aliados' cuando descubrieran su verdadera forma. La fatalidad que habían convocado. Era una sonrisa blanca, perfectamente humana. Y terriblemente falsa.

La goblin se encogió sobre su banquito de piedra. A su alrededor: cadenas oxidadas, tazas vacías, y un montón de anotaciones hechas con carbón en hojas arrancadas de libros viejos. Nada útil. Nada que pudiera salvarla. Apretó el puño y se levantó como un resorte.

—¡Yo podría ayudarte! —dijo, de pronto, como quien lanza una moneda a un pozo con la esperanza de que se cumpla un deseo—. Conozco muchos trucos. Sé ganarme la confianza de los humanos. Los he observado durante años. Generaciones, podría decirse. Te ayudaría a hacer más verosímil tu historia.

El dragón no dijo nada. Pero no se marchó. No habló. Se limitó a observarla.

La Tía Sisi tragó saliva.

—Seamos claras. Cuanto más tiempo pase, más dudarán de ti. Y alguien terminará preguntándose: ¿Dónde está Balagos? Lleva desaparecido demasiado tiempo.

Entonces, la sonrisa volvió. Más amplia. Más afilada.

—Estás equivocada, mi pequeña y traicionera criatura—susurró Balagos, muy despacio—. No se preguntarán dónde estoy. Se preguntarán por qué tardé tanto en llegar.

Y con eso, el dragón se giró y volvió a su lecho de piedra volcánica. Con cada paso, el suelo parecía calentarse un poco más. Calentando la piedra volcánica que alimentaba la piscina termal de la planta superior.

Y la Tía Sisi no respondió. Solo respiró. Una vez. Muy hondo.

Arriba, las elfas reían.

Abajo, los dientes esperaban.

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Krul

Otaku del Viento
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La vuelta al Umbral

La Teniente Alice Valdor tras la revelación que tuvo lugar durante la batalla de Crimmor en la que se vío la verdadera forma de Sarynthalyss, la gran Sierpe Roja Balagos. Regresaría hacia el campamento al otro lado del río donde junto a otros compañeros que lograban regresar de la batalla que tenía lugar allí marcharon hacia el interior del Umbral mientras aún tuviera acceso.

La acompañaban en ello, la soldado Tanya de la División de la Nube, Aviel del Ejército del Enclave de Tethir, el señor Dainn del pueblo robusto de Kazad Gromdal y un escuadrón más de soldados de la División de la Nube que hacían guardia hasta ese momento en el perímetro del propio campamento de guerra.

Tras cruzar la entrada al Umbral el grupo trató de reunir a los residentes de aquel espacio planario, aquellos con los que habían compartido el tiempo en dicho lugar esta última estación. Los ojos carmesís de Alice brillaban con fuerza en la oscuridad del lugar observando a cada uno de ellos con detenimiento tras haber empleado un milagro previamente sobre si misma otorgándole "visión verdadera" para ver tras embrujos, si es que estos los tuvieran antes de preguntarles uno a uno por la relación que tenían con Sarynthalyss, como llegaron hasta el lugar y lo necesario para descubrir si como la sierpe "dorada", alguno más de ellos les había engañado y traicionado así su confianza.
 

Sariel

Enano sin acento ruso
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Anhelaba la paz…

Sariel siempre la había anhelado. Pero, cuando las sombras se alzan y la oscuridad extiende su manto, no queda más remedio que prepararse para la guerra. Aquella lección, amarga pero necesaria, la había aprendido bien a lo largo de los años. Muchos jamás comprenderían las razones que empujaron a tantos de los suyos a partir hacia el Norte, y era comprensible: los labios que sólo conocen la incertidumbre y que son sellados con el miedo siempre se apresuran a pronunciar palabras precarias, nacidas del desconocimiento. Sariel lo entendía… y los perdonaba, a todo aquel campesino, hermano o soldado que dudase de ellos, lo entendía de verdad, y tal y como su diosa deseaba no les guardaría rencor alguno, despues de todo ella tambien había pecado de ello en alguna ocasión.

Ese pensamiento fue el último que cruzó su mente antes de adentrarse en la plaza, flanqueada por los suyos. Los pasos del grupo rompían el silencio al chapotear sobre el barro, resonando al unísono: "chof, chof, chof", como tambores de guerra marcando el compás. El metal bruñido de las armaduras de Rhalein, Lyra, Eothain y Baldrak, junto a las de Gwenaelle y la propia Sariel, tintineaba al ritmo de la marcha, como si un ejército se desplegara en formación. Incluso Dainn, a pesar de su corpulencia, caminaba con la gracia de los suyos, mientras el jinete furioso y su majestuoso hipogrifo parecían flotar sobre la tierra, desafiando el lodo. Radix, siempre hosco, gruñía en desaprobación, incapaz de ocultar su desagrado ante lo que veía en las calles.

La batalla no se hizo esperar. Los llamados "Testigos de la Tormenta" se precipitaron sobre ellos con la desesperación de quien no teme a la muerte. Los combatientes, sin embargo, eran implacables. Desde el inicio de aquel conflicto, los mandatos del Norte habían sido claros:

"Perdón para quien se rinda. Ningún acero contra los inocentes. Ninguna blasfemia contra los templos, sin importar su deidad."

Mas aquellos hombres, consumidos por el fanatismo o la desesperanza, quebrantaban toda promesa sagrada. Luchaban hasta su último aliento, y lo único que el grupo podía ofrecerles era una muerte rápida y piadosa.

Sariel combatía al lado de los paladines, hombro con hombro, como tantas veces antes. Aunque su verdadero propósito era otro: mantener a los suyos con vida, tal como había hecho siempre, y siempre con orgullo. Aun así, los necios que osaban creer que la sacerdotisa lunar era vulnerable encontraban rápido su error, recibiendo la furia de su cuerpo ágil y entrenado. Habían venido a extinguir a la vil criatura que mancillaba aquellas tierras, y no había hombre, bestia ni espectro capaz de detenerlos.

Entonces, el Arconte apareció, volando cerca de la muralla sur, rodeado por sus secuaces. Gwenaelle fue rápida y, alzando su báculo, convocó una lluvia de proyectiles que surcaron la noche. La criatura gruñó, herida, y descendió. Siguieron palabras vacías, amenazas y blasfemias sin importancia. Lo único que contaba era que Selûne los observaba aquella noche, y bajo su mirada, el mal sería purificado.

El Arconte portaba un escudo extraño, sus bordes giraban como un caleidoscopio de pesadilla. Entonces, visiones se filtraron en la mente de Lyra y Sariel: se vieron en los abismos infernales, ultrajadas, encadenadas, esclavizadas… La oscuridad amenazó con quebrar su voluntad. Sariel gritó, abrumada, llevándose las manos a la cabeza mientras luchaba contra la tentación de huir. Pero debía resistir. No podía abandonar a sus compañeros. No ahora.

Cuando quiso darse cuenta, el Arconte se abalanzaba sobre ellos y el combate comenzó. Para su horror, la criatura dracónica desató conjuros que Sariel conocía bien, los había visto en los labios de Selise tantas veces…

"Implosión", aquel devastador conjuro y no solo uno, la criatura no paraba de conjurarlos a una velocidad frénetica, por un momento la desesperanza la invadió, pero los paladines, los guerreros y los clérigos se alzaron como un muro de mithril, inquebrantables, y las bendiciones sagradas que Sariel mantenía sobre el grupo los protegieron. No hubo retroceso, no hubo miedo, sólo furia lunar.

Y contra todo pronóstico, el Arconte cayó. Su cuerpo yacía inerte sobre la tierra. Lyra se acercó, deseosa de decapitarlo… pero su hoja rebotó contra la carne. La criatura se alzó nuevamente, revelando su verdadera naturaleza. Una voz de ultratumba, retorcida, pronunció palabras de aparente gratitud:

"Gracias… por haberme liberado…"

Poseído por una entidad de otro plano, quizás un diablo… o algo peor, su figura renacía más poderosa. No importaba su origen, lo único que contaba era que ahora debía ser purificado, y el grupo lo entendió al unísono.

La segunda batalla fue aún más brutal. Los hechizos que el Arconte tejía eran de un poder que Sariel rara vez había presenciado, su destreza marcial tampoco era despreciable. Pero, como antes, los suyos resistieron. Los escudos chocaban, los castigos divinos impregnaban las espadas, y los salmos de Gwenaelle y Sariel resonaban, elevando plegarias y sanaciones que enmudecian el propio sonido del metal chocando como si un coro celestial velase por quienes estaban allí dandolo todo por la justicia y el bien. Conjuraban sin descanso, cerrando las heridas que se abrían en sus camaradas, porque aquel grupo no era una simple fuerza de choque… eran una máquina sagrada, bendita, una tormenta enviada por la Luna para extirpar las sombras.

Y así, finalmente, la criatura fue vencida una vez más. Esta vez sin concesiones, sin compasión. No la habría para los siervos de la oscuridad. Lyra le cercenó la cabeza y Sariel consumió los restos con un conjuro que volatilizó el cuerpo sin dejar rastro, un conjuro que no solía agradarla usar, volviendo menos que cenizas aquello que mancillaba la tierra.

Tomaron los objetos que portaba, pues su esencia debía ser examinada y purgada si albergaban corrupción, dado lo que habian vivido. Pero entonces, entre el caos, Sariel la vio… La mestiza, tendida en el barro, inmóvil.

Por primera vez esa noche, sintió verdadero miedo. Corrió hacia ella, derrapando sobre el suelo mojado y el barro, cayendo de rodillas a su lado. Sin pronunciar palabra, la recogió entre sus brazos de forma firme y sin dilación, posó la mano sobre su pecho, conjurando con toda la devoción que su diosa le permitía. Luz azulada fluyó de sus dedos, cerrando las heridas, restaurando su aliento.

Cuando vio que se estabilizaba, soltó un suspiro, como si siglos de peso abandonaran sus hombros. Acarició su mejilla con ternura y la abrazó, murmurándole al oído palabras que sólo las dos sacerdotisas comprenderían. La sostuvo un largo minuto, temerosa de que todo fuese un engaño de su mente agotada.

Pero era real. Estaba viva. Habían vencido. La justicia de la Luna se había impuesto, y por fin, podían respirar. Su papel, por hoy, estaba cumplido.

Paz, como anhelaba la paz, pero para ello, primero debian acabar esta guerra, músito para si misma mientras ensangrentada, tomaba su collar entre sus manos.

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Offtopic :
Relatillo basado en la escena de ayer y las acciones de los jugadores en la misma
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Artema

El que aplaude en los discursos Zhent
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La vuelta al Umbral II.

A
viel había sido convocada una vez más por Alice, la dama del Caballero Rojo, para cumplir una nueva misión. Su propósito principal: asegurar el Umbral y descubrir la traición entre aquellos que, durante largo tiempo, no solo habían compartido miradas y sonrisas, sino también la pesada carga de una guerra. Una guerra que, sin lugar a dudas, sembraba incertidumbre en el corazón de la Elmanesse.


Mientras avanzaba hacia el Umbral con las órdenes bien claras, su mirada delataba un agotamiento más mental que físico. ¿Por qué estaban combatiendo? Aviel conocía bien lo que había visto… y lo que se había perdido. Las vidas truncadas, la destrucción sin sentido, los ecos de los gritos en el campo de batalla: nada de ello le era familiar, ni fácil de aceptar.


Las dudas, los miedos y los temores solían asaltarla en sus momentos más frágiles, cuando el bullicio del campamento menguaba o se quedaba sola frente al río. En esos instantes, buscaba huir —no tanto del conflicto— sino de sí misma, de las preguntas que no tenían respuesta. Pero la carga se hacía cada vez más pesada, más profunda, como si cada paso hacia el Umbral también fuera un paso hacia dentro de su propia sombra.

¿Acaso la victoria sería realmente una victoria? ¿Existía, tal vez, la posibilidad de alcanzar aquel noble ideal que llamaban libertad?
Aviel continuaba su marcha hacia el Umbral, esforzándose por mantener la claridad en su juicio, pero le resultaba cada vez más difícil acallar aquella verdad que retumbaba en su interior. Esta guerra lo había cambiado todo.
El pueblo, en su intención más noble de proteger la Semilla del Alandor y preservar el futuro, había ido perdiendo lentamente su esencia. Aquellos que alguna vez fueron conocidos como el pueblo gentil ya no conservaban del todo ese nombre. Habían actuado con dureza, con métodos que en otros tiempos habrían considerado ajenos, impropios… inaceptables.
Y Aviel lo sabía. Lo sentía en cada fibra de su ser.

Pero éste no era momento para dudar, ni para hacerse preguntas que ya no tendrían respuesta. Las decisiones se habían tomado. Los caminos, escogidos. Ahora, solo quedaba enfrentar las consecuencias.


Volvió en sí, dejando atrás la bruma de sus pensamientos. El Umbral se alzaba ya a lo lejos, y con él, el deber que compartía con Alice, Tanya, Dainn y los soldados de la División de la Nube. Era hora de apoyar sus acciones.
 

Vinter

Elfo que no discute
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Al final, el Arconte había caído. Por un momento, Eothain había desfallecido al ver a Bálagos reemplazar a la dragona dorada a la que todos habían tomado como su referente y guardadora durante tanto tiempo. Aunque él nunca la había visto antes y por tanto tomaba las palabras de los demás por buenas – tantos amigos y aliados que hablaban maravillas de la Dorada, cómo iba a ponerles en duda -, no pudo evitar si no el sentirse como un necio, un tonto útil, un engañado cuando sus ojos vieron, con absoluto estupor cómo el dorado protector se convirtió en rojo infernal, y los cuernos bruñidos, en carbón.

Aunque la explosión inicial lo tiró al suelo, Eothain se levantó con rapidez, y empezó a bramar órdenes a los demás para que se pusieran a cubierto, sabiendo que Balagos no perdonaría a nadie, que sus llamas acabarían con todos aquellos que encontrase. Y que Colmillos Afilados, pues no sería muy distinta, envuelta en un combate terrible con el Gran Rojo. En un primer momento, no supo muy bien qué hacer. Nunca se había visto en una situación así. Tan horrible. Tan comprometida. Y eso que había estado en un semiplano, había luchado contra fatas, manadas enteras de licántropos, en el mismísimo Plano Sombrío y había vuelto para contarlo. Pues todo eso, todas esas experiencias, incluso cuando habían sido azuzados por las huestes de Irenicus dentro del Páramo, eran una nimiedad al lado de la destrucción que estaban generando las sierpes.

El olor a carne quemada y podredumbre, a muerte y sangre, le inundaban las fosas nasales, el humo le asfixiaba, el yelmo le quitaba visión. Sentía cómo los músculos le ardían y la sangre hervía, y sin embargo, no era el momento de retirarse. En especial cuando vieron al Arconte de Colmillos Afilados, bajar a la plaza para dar fin a más de sus hombres, mientras el grueso de la tropa se replegaba para ponerse a salvo. Era hora de actuar. No podían dejar esa oportunidad. Y si caían, al menos lo harían ganando tiempo para los demás.

Eothain avanzó junto a sus compañeros, al lado de Sariel, acompañado por Lyra y Rhalein, y justo un paso por detrás, Gwen, que demostraba una vez más lo mucho que había aprendido a sobreponerse a la adversidad pese a lo terrorífico de la situación. El Capitán no podía si no sentirse orgulloso de todos ellos mientras caminaba, si bien la situación era terrible, el Capítulo siempre fue la chispa de esperanza de muchos, y esta vez no sería distinto. Junto a ellos, aliados de muchos años. Baldrak, Radix y Dainn. Si aquella iba a ser la última de sus batallas, el rubio Ffolk no podía pedir mejor compañía para caer.

Llegaron a la plaza, justo al lado del Teatro de la Alegría, que si bien estaba rodeado de llamas, milagrosamente seguía en pie, dentro de lo que cabía. En un primer momento, el pensamiento de Eothain fue hacia los inocentes que debían estar refugiándose en los templos de Chauntea y Kelemvor, así como en lo profundo del Teatro. Rezó silenciosamente porque las llamas y los relámpagos no les alcanzarían, y una vez terminase aquella pesadilla bélica, podrían salir. Un pensamiento ingenuo, pero uno esperanzado de todas maneras.

Fueron interceptados por un destacamento de Testigos de la Tormenta. Al verle sin el escudo, decidieron atacarle a él primero una vez Baldrak interceptó a unos cuantos de ellos. Pero no tuvieron en cuenta que el paladín no era un bruto sin cerebro. Sin pensarlo dos veces, agarró la espada larga del cinto en lugar de su mandoble, y el escudo de acero plateado que colgaba debajo de la capa, defendiéndose como el que más. Y tampoco tuvieron en cuenta una cosa: Ellos, empleaban sus escudos para defenderse. Eothain en cambio, empleaba el escudo para golpearles. El escudo quebró el yelmo de dos de ellos, con un brazo que más que extremidad, era una maza, para sorpresa de los Testigos, creyendo que el capitán selunita sería presa fácil. Terrible error.

Y entonces, pudieron ver al Arconte intentando hostigar al remanente de tropas que atacaban a las fuerzas del sur. Realizando un perímetro defensivo con los demás, Eothain se plantó en el frente junto a Lyra y Baldrak, y Rhalein cubriéndoles el costado, mientras Dainn y Gwenaelle se afanaban en atacar al enorme dracónido, para forzarle a bajar. Los proyectiles de la teúrgo parecieron surtir efecto, y entonces el Arconte bajó a su encuentro, no sin emplear alguna clase de magia impía para afectar las mentes de Lyra y Sariel. Viendo la situación, Eothain dio un empellón a ambas, forzándolas a quedarse en el medio de la formación. Plantó los pies en el suelo y alzó el escudo, esprando que el dracónido cayera directamente sobre ellos. Estaba dispuesto a recibir el embiste para proteger a las que estaban siendo afectadas por el lacayo de Colmillos. Sin embargo, el Arconte bajó a escasos metros de ellos… Y se lanzaron a la carga. Pese a los conjuros de ceguera que el dracónido había realizado sobre ellos, Eothain y Baldrak se abalanzaron los primeros, siendo rápidamente acompañados por Radix y Rhalein.

La batalla fue colosal y cruel. Cruenta, sangrienta. Eothain hubo de empeñar una buena cantidad de sus favores, clamando a la Luna y a la Luz de Plata, hasta que al final el dracónido cayó. Pero el horror no había terminado todavía. Con una voz de ultratumba, mientras ellos ya estaban discutiendo qué hacer con el cuerpo, el cadáver fue poseído, por alguna clase de criatura infernal. Eothain se preparó de nuevo.

De nuevo, la batalla fue extremadamente agotadora. Acabó con la armadura desvencijada, la capa quemada, varias heridas, y no estaba muy seguro de cómo su cuerpo había sido capaz de resistir aquellas irrefrenables implosiones que cada vez que las lanzaba, le daba la impresión que su cuerpo iba a desgarrarse por todas partes. Pero fuera por su salud, o por la gracia divina que la diosa de la Luna le había concedido – algo que ahora mismo a su criterio no terminaba de comprender, con la destrucción que habían llevado a Crimmor aunque fuera bajo engaño -, resistió, y el dracónido poseído murió, una segunda vez.

Destruyendo el cuerpo del monstruo para evitar que volviera a ser alzado, ya fuera en favor de Colmillos, o por los perversos Thayinos y sus lacayos, el grupo dio por terminada la misión: El general del enemigo había caído, y ellos salieron victoriosos del terrible combate. Si bien era cierta una cosa: La batalla aun no había terminado, y posiblemente aquella victoria podría haber sido vacua.

Una vez de vuelta al campamento al otro lado del río, fueron recibidos por un mar de miradas esperanzadas. Muchos de sus amigos y compañeros de la Alianza se habían asomado a la orilla del Alandor tras replegarse, para asegurarse de cómo iba el combate. El ánimo era mixto. Muchos estaban decaídos por la muerte de Puñomaza, mientras que otros celebraban la 1750860682895.pngvictoria frente al Arconte.

Eothain miró a los hombres, y a los otros miembros que ya conocía tan bien de otras ocasiones. Los enanos de Khazad, la Teniente, los gentiles… Prensó entonces los labios, y tras quitarse el yelmo, mostrando su rostro repleto de hollín, sangre y suciedad, habló.

—¡Descansad, amigos! Ha sido un día duro. Mucho más largo de lo que la mayoría hubiéramos querido, y con más cosas que contar de las que cualquiera desearía. -Le costaba hablar. Tenía la voz ronca, le quemaba la garganta por la falta de agua. Pero tenía que seguir. —¡La batalla aun no ha terminado, pero hoy hemos librado un duro golpe a las fuerzas de los tiranos! ¡Descansad, y no os ceguéis con el futuro, disfrutad de este momento de paz! ¡Os lo merecéis, todos y cada uno de vosotros! Y por lo que más queráis, si tenéis a alguien a quien deseéis decir algo, decídselo y aprovechad ahora. – El capitán de la Rosa de Plata fue menos elocuente de lo habitual, pues su corazón le pesaba, y su mente estaba en otro lugar.

Se giró entonces hacia la orilla del Alandor, desoyendo su propio consejo. Y se acercó al agua, desenvainando su espada, que centelleaba todavía con el fuego lunar plateado. El arma bruñida por el uso, su compañera silente desde hacía tanto tiempo, compartía su pena. Clavó el arma en el suelo, y entonces, miró la ciudad en llamas. El olor a quemado permanecía. La carne quemada, grabada a fuego. Y ahora, el desesperanzador paraje de la ciudad que había padecido tantas penurias no hacía tanto, quedaría grabado en su retina, para siempre. Había sido veterano de varias guerras en demasiado poco tiempo. Había bajado a los infiernos, y luchado contra licántropos. Escapado del Plano de las Sombras, luchado contra toda clase de engendros y monstruos.

Y sin embargo, ninguna penitencia fue tan dura como aquella.​
 

Zio

Pornorroleador oldschool
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Hay un famoso dicho que comparten todas las razas, uno entre tantos.

"Más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto"

Su significado es simple: Mas vale tomarse prudencia en tomar una decisión, que tomar una elección de forma apresurada con consecuencias desmesuradas. Era una filosofía que aplicaba a su forma de hacer las cosas antes de tomar acción, investigaba, reunía pruebas y las presentaba a sus allegados. Transmitía la misma para que todos aquellos que estuvieran relacionado tuviesen constancia de lo que había en juego.

Y en ocasiones Destino no nos pone entre la espada y la pared.
Cuando los dragones se alzan, la corrupción asola tu hogar, parte de aquellos que pudieras llamar una vez aliados intentan manipularte son sonrisas mientras estrechan las manos de tus enemigos... Cuando las garras y colmillos primigenios amenazan con romper la paz que conoces, ¿Es apresurado encontrar aliados?

El elfo decidió confiar.

Y cuando la mano tendida le hubo otorgado recursos, parte de sus dudas quedaron resueltas en el momento que su mente ató los datos que iba encontrando sobre la historia de aquel pueblo perdido en territorio desconocido, todo empezó a cobrar sentido. ¿O quizá fue la necesidad de encontrar una razón? En aquel momento, no lo podría haber respondido con certeza. Actuaba por un propósito noble y una determinación certera. Sus aliados, con los que quizá no siempre pudiera estar en completo acuerdo junto a él luchaban en una guerra no solo de fe, si no de libertad de las gentes que habían visto como una "Protectora" se autonombraba "Reina" junto a aquellos necios que, tejiendo las mentiras con sus propios oscuros propósitos aprovechaban su parte de la historia a ese clavo ardiente que llamaban control.

Y no tardaron en venir las pesadillas tras ese día donde tuvo el accidente con aquel exótico material.

Las llamas devoraron su cuerpo y alas, pero ningún daño físico parecía haber sufrido en ese momento. Y sin embargo, sentía como algo detrás de la nuca se había asentado donde antes no había lugar para la duda. Los sueños, carentes de sentido y llenos de caos a los que no conseguía poner orden, se intensificaban pasados los días sin que pudiera darles ningún tipo sentido.
Fue en ese momento previo al asalto del puerto cuando su cuerpo se convulsionó como tantos otros con sangre de dragón habían sufrido en ese tiempo. Fue en ese instante donde perdió el control de su razón cuando vio el significado de sus peores temores y pesadillas: Escamas tan rojas como lava solidificada, musculos tan fuertes y tensos que con un aleteo volaba a tal velocidad que apenas podía distinguir donde estaba situado. Pero no era su cuerpo, ni eran sus alas aquellas que estaba batiendo haciendo que el bosque ardiera a su paso. Él era un mero espectador atrapado a presenciar el fatídico desenlace de la Llama Voladora, avanzando veloz mientras el Enclave de Tethyr se reflejaba en sus maliciosos ojos, arrasaba con todo a su paso sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Una canción de fuego y ceniza de la que nada pudo sobrevivir.

Que iba a saber él en el momento en el que decidió confiar en un nuevo aliado, que ante sus ojos aquella fatídica noche la luz dorada de la esperanza se iba a convertir en un cometa de destrucción sin control, avivando las presentes pesadillas que ahora le acompañaban cada vez que intentase ensoñar, viendo ese fatídico desenlace cada vez mas cerca mientras su rostro se desfiguraba en un sentimiento de negación y terror por unos angustiosos segundos que se tornaron horas para él.


________________________________


El elfo alado daba vueltas a sus vivos pensamientos repasando todo una y otra vez: Todo suceso, toda decisión, toda interacción y aquello que les había llevado hasta ese momento mientras se encaminaba hacia el Umbral. Unos buscarian respuestas en las gentes que aun permanecían allí, ¿Victimas de una figura que había hilado su mentira a través del espácio y el tiempo o meras marionetas que perderían su voluntad cuando la mascara hubiera caído? ¿Todos los libros iban a quedar en cenizas o presentaban una verdad que El Rojo había sabido aprovechar para poder hilar su telaraña de engaños?

Y lo mas importante: Necesitaba entender.

Entender sus visiones, comprender por que él era el que las tenía aparte de las criaturas draconicas y lo que significaban: ¿Posibilidad o certeza?

Solo existía un único pensamiento en su cabeza en aquel momento que no dudaba:

Bálagos era una amenaza que debía ser eliminada.

Descendió al Umbral no solo a buscar respuestas, si no también certezas.
 

ELLOESO

Perro de Dan
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Mientras el camino de las lágrimas marcaban las mejillas de la joven, su visión se centraba en la desolación y en el caos desatado al otro lado del río, pero su alma y su ser se encontraban aletargadas, anestesiadas, confrontadas con la terrible realidad y la senda que les había arrastrado a esta locura.

Aún dolorida y herida por la contienda en el puerto, otro sin sentido, una última esperanza de salvar o rescatar a una villa que no parecía tener la consciencia de haber sido sometida, sus hojas se movieron letales en el desembarco, pero no aplicó muerte a aquellos habitantes de Crimmor espoleados por el látigo de la manipulación y la malicia, al menos no sus hojas... aunque vio caer a numerosos oriundos de Crimmor en el desembarco, así como a habitantes del Norte, mezclados en la danza mortal y caótica de la trampa en la que todos habían caído.

Su mente vagaba, recorriendo el camino recorrido. Recordaba estar sentada frente al cubil de la "dorada" expresando sus dudas, ¿Cómo aquella que alzó el Umbral como un refugio apoyaba el asalto de Crimmor? Pero no obtuvo respuesta, tampoco la esperaba, sólo emitía en alto las dudas que atenazaban su mente.


Su ánimo era lúgubre y ceniciento mientras avanzaba por los pasillos del Umbral. Sus pasos la llevaron a la zona que Sylwen le recomendó no frecuentar, pues allí se hallaba el cubil de Sarynthalyss. Devolvió una mirada derrotada y cargada de gravedad a los Caballeros que la observaban avanzar. Algo en su expresión o la asiduidad del lugar, evitaron preguntas o impedimentos.

La joven Iluskana simplemente se sentó, apoyada la espalda contra la fría roca de la gruta, cerca de la entrada al pozo, con la mirada perdida en ninguna parte y sus pensamientos vagando difusos entre lo sucedido y lo que vendría. Simplemente habló, quizás esperase una respuesta, pero sabía que no la encontraría; simplemente habló, pues las sombras que atenazaban su alma así se lo imploraban.


Desde que volví a Amn, tras... huir - rio bajito, sin humor, mientras negaba - he sido testigo de todo el caos y el enfrentamiento que se alzaba hacia nosotros. La Diosa sabe que he intentado que nuestra mera prevalencia, nuestra fuerza y unión, fuesen los que forjaran nuestro destino en este devenir.

He pedido, casi implorado, sentido común y cautela, consciente de que cada paso que se daba nos adentraba más y más en el intrincado baile que las dragonas han orquestado, jugándoles su juegos, dándoles munición y motivos para seguir en sus posiciones, cuando creo que el camino que nos ha llevado hasta aquí podría haber sido, aunque solo fuese mínimamente, distinto...

Hemos sido objetos de ofensas y ataques, uno tras otro; barbaridades, carnicerías, mentiras... pero prevalecíamos sin darles la satisfacción de apuntillar con nuestros hechos sus mentiras; pero ahora...
- desvió la mirada por primera vez hacia la inmensa oscuridad que se hundía en la profundidad - marchamos hacia Crimmor sin la certeza de lo que encontraremos; debíamos acudir como salvadores, como ayuda, libertadores de los oprimidos, pero ¿lo seremos? ¿O acaso el precio de nuestros actos nos harán ser vistos como las mentiras nos delatan?

Volvió a mirar a la pared de la caverna, mientras daba un golpe con la cabeza contra la fría roca - Vuestra mera existencia, Sarynthalyss, así como la de este refugio, llenó mi corazón de esperanza, así como la constatación de la amenaza real, la amenaza que nos acecha en el Sur, me llenó de convicción, pero, ahora dudo al saber que apoyáis el ataque y participaréis en él - Dejó escapar un quedo suspiro - Si consideráis que este es el paso necesario para poder acudir al Sur y hacer frente a la Reina, no tendré duda. De igual manera que intentaré que la menor cantidad de sangre sea derramada en el combate y los habitantes de Crimmor se alcen contra los opresores de la Tormenta. Pero no he apoyado ni apoyaré una guerra civil, no jugaré ni danzaré al ritmo de las dragonas.

Si este es el paso para consolidar nuestra posición, si éste es el paso para liberar Crimmor de su opresión, si éste es el paso para avanzar al Sur y acabar con el mal que nos sobreviene, proseguiré la batalla hasta que mi corazón deje de latir Sarynthalyss.


Dejó que sus últimas palabras reverberaran en las oquedades de la cueva, mientras el silencio la envolvía, con los ojos enrojecidos, sus mejillas húmedas y el corazón compungido.

Pero, ahora, revelado el engaño y la manipulación ¿fueron tales?

La Gran Sierpe Roja no impulsó a las Fuerzas del Norte a atacar Crimmor; el objetivo era liberar la ciudad cuando llegase el momento, entonces ¿por qué el sabor de la ceniza amarga se mezclaba con el de la sangre en su boca, con el regusto amargo de la bilis que encogía su alma?

La Gran Sierpe Roja no fue la que arrasó los bosques del Alandor, con ponzoña y aniquilaciones, fuego y destrucción; el Norte recibió golpe tras golpe hasta que se cerró la trampa que desencadenó en el ataque a Crimmor, siendo Colmillos Afilados una de las actrices partícipes de dicha trampa, bailando todos al son de la trampa de Balagos, que sin mover una garra, observaba el devenir de las acciones de todos los que tomaron parte en dicha contienda.

¿El Norte había sido engañado por la "Dorada"? Quizás el alma del Norte si, amparada en la figura, la esperanza y la promesa, pero fueron los actos de todos los participantes en la contienda los que desataron este aciago final.



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Imnescar había caído, la Primera Iniciada muerta, amigos y aliados heridos y muertos....

El Consejo se había pronunciado, declarándose cautivo de la Azul.....

¿Amnistía y cerrar heridas? Crimmor humeaba entre los escombros aún candentes.


No volvió al Umbral, deambulaba sin rumbo por los bosques, dejando que su mente vagase. Algo finalmente se había apagado dentro de ella.

La heridas no cerrarían, las rencillas seguirían abiertas, sangrando hasta la pústula, la infección y la gangrena.

Como se anunciaba, el mal se aproximaba ahora, resuelto el primer acto, habiendo danzado al son de los dragones, ahora la Señora de la Oscuridad establecía su paso cataclísmico y apocalíptico, prometiendo el final de Amn.

¿Quién se alzaría ahora, destrozada toda confianza y resolución, para afrontar la amenaza que se cernía?


El Sur quedó aislado, como quedó aislado el Norte, ese juego de insidias y las elecciones tomadas había dejado a Amn partida en dos. ¿Acaso el Norte habría podio acudir en ayuda de Imnescar? Aunque la Iluskana meditó sobre ello, sabía que las acciones que se habían tomado en contra del Norte, les inmovilizaron en dicho escenario. Y la respuesta tras ello sellaron el escenario actual.

Dos ciudades en ruinas; muerte por doquier: enfrentamientos que ninguna proclama solventaría.

Antes de comenzar ninguna guerra, antes de cualquier movimiento, ya estaba todo perdido.

Bien, ¿Y ahora qué?
 
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