ELLOESO
Perro de Dan
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El cansancio de las horas del viaje, la tensión de las conversaciones trascendentales desde que llegó al Umbral; su corazón y su cuerpo se quejaban de manera silenciosa, recordándole el precio pagado por cada paso desde que bajó malherida del Norte.
Avanzó cubierta por la fina bata, tras hablar pedirle permiso a la dorada. Algunas miradas curiosas la observaban en su lento camino hacia ese extraño remanso del que caía el agua desde un origen incierto, como incierto era su propio camino.
Se retiró la fina bata, descubriendo su débil y malogrado cuerpo, ignorando pudor alguno en aquel momento. No sin dificultad, se encaramó al saliente y se adentró en las aguas, lentamente, torciendo el gesto ante el extraño contraste del líquido sobre sus piernas, hasta llegar a su vientres. Tomó aire y se escurrió lentamente en las mismas, cubriendo su desnudez en las aguas que pasaron a abrazar su fina y blanca piel, cerrando los ojos.
Su corazón y su musculatura parecieron quejarse, asaltados por una extraña mezcla de sensaciones; quizás en este extraño momento, su cuerpo y su mente se encontrasen en sintonía, ante la incapacidad de encajar lo que acontecía, ante la incapacidad de unir quien era ella misma: su pasado y su presente, el futuro incierto. Antaño, sus convicciones idealistas era férreas, si sendero claro; ahora, sin embargo, las heridas en el alma, acumuladas por el tiempo, hacían que todas esas decisiones, esas certezas, se asemejaran más a un mar crispado por el golpe de una tormenta.
Pero algo había cambiado en ella. Esa huida, esa desesperación le llevó a la iluminación bañada en plata de la dama.
Según su cuerpo flotaba en el líquido, meciéndola, arrastrando la pesadez, el malestar... su mente parecía ser arrastrada también por esa sensación, abriendo los grisáceos ojos al techo de la gruta. Quizás no fuese la misma, peor nada era inmutable. Anduvo perdida en las sombras durante mucho tiempo, ahora el resplandor plateado había sustituido su manera de ver el mundo en esa escala de cambiantes grises.
No, no era hora de volver a ser quien fue, pero si de afrontar de nuevo el camino, con esa nueva conciencia y esa nueva realidad. Casi sin darse cuenta, el pesar de su corazón y el sobresfuerzo que aguantaba, retornó a ser esa antigua compañera, permanente, inexorable, pero estable, conocida.
El dolor de sus músculos se fue atenuando, como se fueron disipando sus dudas, así como el fuego fue prendiendo nuevamente en la determinación de su mirada. El suspiro que dejo escapar de los labios no fue un suspiro cansado, si no el suspiro de aquella que deja atrás la pesada carga de las dudas por el peso de las decisiones por afrontar. Decisión, prevalencia...
Tras un tiempo absorta, flotando en el líquido elemento, se incorporó, dejando que se deslizara por su piel toda duda que pudiese albergar hasta el momento. Estiró el brazo, asiendo con firmeza la bata, para cubrirse con ella. Su mirada resuelta, saliendo de la poza; dejando atrás la ponzoña, abrazando de nuevo la senda.
Avanzó cubierta por la fina bata, tras hablar pedirle permiso a la dorada. Algunas miradas curiosas la observaban en su lento camino hacia ese extraño remanso del que caía el agua desde un origen incierto, como incierto era su propio camino.
Se retiró la fina bata, descubriendo su débil y malogrado cuerpo, ignorando pudor alguno en aquel momento. No sin dificultad, se encaramó al saliente y se adentró en las aguas, lentamente, torciendo el gesto ante el extraño contraste del líquido sobre sus piernas, hasta llegar a su vientres. Tomó aire y se escurrió lentamente en las mismas, cubriendo su desnudez en las aguas que pasaron a abrazar su fina y blanca piel, cerrando los ojos.
Su corazón y su musculatura parecieron quejarse, asaltados por una extraña mezcla de sensaciones; quizás en este extraño momento, su cuerpo y su mente se encontrasen en sintonía, ante la incapacidad de encajar lo que acontecía, ante la incapacidad de unir quien era ella misma: su pasado y su presente, el futuro incierto. Antaño, sus convicciones idealistas era férreas, si sendero claro; ahora, sin embargo, las heridas en el alma, acumuladas por el tiempo, hacían que todas esas decisiones, esas certezas, se asemejaran más a un mar crispado por el golpe de una tormenta.
Pero algo había cambiado en ella. Esa huida, esa desesperación le llevó a la iluminación bañada en plata de la dama.
Según su cuerpo flotaba en el líquido, meciéndola, arrastrando la pesadez, el malestar... su mente parecía ser arrastrada también por esa sensación, abriendo los grisáceos ojos al techo de la gruta. Quizás no fuese la misma, peor nada era inmutable. Anduvo perdida en las sombras durante mucho tiempo, ahora el resplandor plateado había sustituido su manera de ver el mundo en esa escala de cambiantes grises.
No, no era hora de volver a ser quien fue, pero si de afrontar de nuevo el camino, con esa nueva conciencia y esa nueva realidad. Casi sin darse cuenta, el pesar de su corazón y el sobresfuerzo que aguantaba, retornó a ser esa antigua compañera, permanente, inexorable, pero estable, conocida.
El dolor de sus músculos se fue atenuando, como se fueron disipando sus dudas, así como el fuego fue prendiendo nuevamente en la determinación de su mirada. El suspiro que dejo escapar de los labios no fue un suspiro cansado, si no el suspiro de aquella que deja atrás la pesada carga de las dudas por el peso de las decisiones por afrontar. Decisión, prevalencia...
Tras un tiempo absorta, flotando en el líquido elemento, se incorporó, dejando que se deslizara por su piel toda duda que pudiese albergar hasta el momento. Estiró el brazo, asiendo con firmeza la bata, para cubrirse con ella. Su mirada resuelta, saliendo de la poza; dejando atrás la ponzoña, abrazando de nuevo la senda.



