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[El Retorno de los Dragones - Rumor] - El Tributo.

ELLOESO

Perro de Dan
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El cansancio de las horas del viaje, la tensión de las conversaciones trascendentales desde que llegó al Umbral; su corazón y su cuerpo se quejaban de manera silenciosa, recordándole el precio pagado por cada paso desde que bajó malherida del Norte.

Avanzó cubierta por la fina bata, tras hablar pedirle permiso a la dorada. Algunas miradas curiosas la observaban en su lento camino hacia ese extraño remanso del que caía el agua desde un origen incierto, como incierto era su propio camino.

Se retiró la fina bata, descubriendo su débil y malogrado cuerpo, ignorando pudor alguno en aquel momento. No sin dificultad, se encaramó al saliente y se adentró en las aguas, lentamente, torciendo el gesto ante el extraño contraste del líquido sobre sus piernas, hasta llegar a su vientres. Tomó aire y se escurrió lentamente en las mismas, cubriendo su desnudez en las aguas que pasaron a abrazar su fina y blanca piel, cerrando los ojos.

Su corazón y su musculatura parecieron quejarse, asaltados por una extraña mezcla de sensaciones; quizás en este extraño momento, su cuerpo y su mente se encontrasen en sintonía, ante la incapacidad de encajar lo que acontecía, ante la incapacidad de unir quien era ella misma: su pasado y su presente, el futuro incierto. Antaño, sus convicciones idealistas era férreas, si sendero claro; ahora, sin embargo, las heridas en el alma, acumuladas por el tiempo, hacían que todas esas decisiones, esas certezas, se asemejaran más a un mar crispado por el golpe de una tormenta.

Pero algo había cambiado en ella. Esa huida, esa desesperación le llevó a la iluminación bañada en plata de la dama.

Según su cuerpo flotaba en el líquido, meciéndola, arrastrando la pesadez, el malestar... su mente parecía ser arrastrada también por esa sensación, abriendo los grisáceos ojos al techo de la gruta. Quizás no fuese la misma, peor nada era inmutable. Anduvo perdida en las sombras durante mucho tiempo, ahora el resplandor plateado había sustituido su manera de ver el mundo en esa escala de cambiantes grises.

No, no era hora de volver a ser quien fue, pero si de afrontar de nuevo el camino, con esa nueva conciencia y esa nueva realidad. Casi sin darse cuenta, el pesar de su corazón y el sobresfuerzo que aguantaba, retornó a ser esa antigua compañera, permanente, inexorable, pero estable, conocida.

El dolor de sus músculos se fue atenuando, como se fueron disipando sus dudas, así como el fuego fue prendiendo nuevamente en la determinación de su mirada. El suspiro que dejo escapar de los labios no fue un suspiro cansado, si no el suspiro de aquella que deja atrás la pesada carga de las dudas por el peso de las decisiones por afrontar. Decisión, prevalencia...

Tras un tiempo absorta, flotando en el líquido elemento, se incorporó, dejando que se deslizara por su piel toda duda que pudiese albergar hasta el momento. Estiró el brazo, asiendo con firmeza la bata, para cubrirse con ella. Su mirada resuelta, saliendo de la poza; dejando atrás la ponzoña, abrazando de nuevo la senda.
 

DMT Faker

Dungeon Master
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El cielo se tornó cárdeno y cerúleo, pesado cuando surgió entre las nubes la silueta de una criatura gigantesca que parecía arrastrar una tormenta en su estela. Aleteaba con fuerza hercúlea y su sombra —tan hipnotizante como un presagio— se abatió sobre los riscos que guardan la Fortaleza de Kazad Gromdal.

La Gran Sierpe azul descendió con violencia, una enorme roca afianzada en cada garra trasera, y su furia se dejó sentir como un trueno que estalla dentro del pecho. Las murallas de piedra oscurecida, esculpidas y talladas por generaciones de robustos, temblaron. Una de ellas cedió con estrépito ante el envite de la criatura, desmoronándose sobre la plaza del martillo. Consecuencia de aquella avalancha de poder, el fuego prendió en la Posada Piedranegra, donde los robustos que allí habitan, viajeros, aventureros y comerciantes apenas tuvieron tiempo de alzarse de sus sillas antes de que el techo ardiera y las vigas colapsara sobre sus cabezas.
Muchos murieron sepultados; otros, aplastados por la piedra; todos sin gloria, despedida ni un sentido digno a su marcha.

Kazad Gromdal resistió, pero su herida fue profunda y la sangre de los suyos empapó la roca.

La Sierpe Azul alzó su voz a los cielos rugienentes, profiriendo un gruñido que resonaría en toda la Fortaleza:

TEMED A LA REINA DE AMN, PUES TODO AQUEL QUE SE OPONGA A LA TORMENTA SERÁ CONSUMIDO POR ELLA.

Entonces, despegó el vuelo sin una palabra más, sin dejar claro si aquello fue únicamente una advertencia o una sentencia. Sus alas, sin embargo, la llevaron más lejos aún: hacia el corazón del norte, donde alzaba, antaño altiva y noble, la Ciudadela de Rassturl. Y allí, no hubo clemencia.

Rhasturl, joya de mármol blanco y techumbres de cobre bruñido, asentada sobre las cordilleras de los Picos de las Nubes y descansando antes pacíficamente junto al Lago Weng, había sido un bastión infranqueable durante décadas, cuna de los mejores y más competentes guerreros que había producido el Norte, y que hacía apenas unos días habían partido en gloriosa marcha hacia el Náshkel para unirse a la Alianza del Norte.

Y tras ese error fatal, en el que aquella mañana dejaron atrás tan solo a las familias a sus familias, civiles que servían en la Ciudadela y un pequeño batallón... Ahí fue donde la paz fue sesgada.

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La sierpe azul descendió con ímpetu devastador. Las almenas apenas dieron la alarma cuando y los primeros torreones ya se desmoronaban, los edificios estallando en mil pedazos de piedra y cobre. Serpenteaba en ángulos imposibles con las garras alzadas y extendidas y hambrientas fauces abiertas, desmembrando y desagarrando toda carne que hallaba a su cruel y brutal paso. Las bibliotecas el archivo se encendieron como hojas de otoño; las bóvedas se derrumbaron sobre los escribas; las plazas se convirtieron en mataderos al aire libre.
Los soldados de la Divisón de la Nube allí asignados, aunque valerosos, no pudieron más que morir de pie. Y muchos ciudadanos, creyendo que bastaría refugiarse en las criptas o en las cámaras de los magistrados, no hallaron sino su tumba en ellas, selladas por el peso de la ciudad colapsada.

Los testimonios son pocos. Un anciano mutilado, hallado entre escombros, hablaba de ojos que brillaban con inteligencia cruel, de una sierpe que no rugía ni aullaba, sino que miraba y elegía, como si supiera lo que hacía y por qué. Una niña salvada por milagro, perdida entre los patios del conservatorio, afirmó haber visto a la bestia detenerse ante el cuartel general de la Nube y destruirlo lentamente, no con furia, pero sí con deleite.

El caos y la destrucción no cesaron hasta que todo fue piedra agrietada, ceniza y hierro fundido.
Cuando la sierpe azul alzó el vuelo por última vez, ya no quedaba canción, batalla o lamento. Solo un silencio denso y negro que cubría como un eco inaudible pero tangible a través de las rocosas montañas que coronaban Rashturl, y el rumor creciente de que esta catástrofe no fue obra del azar ni del capricho de una criatura salvaje.

Porque mientras la dragona contemplaba desde los cielos como los únicos supervivientes —ancianos, mujeres y niños que pudieran contar la historia de la masacre, pero ni un solo soldado— partir hacia el cobijo de Náshkel y su Alianza del Norte, todos tuvieron una certeza arraigada en su corazón.

La dragona no buscaba oro, ni venganza. Buscaba destruir símbolos, y ni uno solo quedó en pie cuando ella hubo terminado.​
 

El Espino Blanco

Legionario del Hielo
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Desde Agujas de oro, atareada con citas y reuniones de la nueva agenda, la "Obispo sedimento" fue informada de las ultimas nuevas.

- Gambiton, Alandor, Rhasturl, veneno en Athkatla y en Kalathyr...Pues no va a quedar mucha Amn con tanto dragón protegiéndola...Que los sacerdotes de Kalathyr aseguran el suministro de agua, que en la capital se afanen en lo mismo y que de ser necesario repartan el agua que hemos purificado. Waukin provea.
 

Dhraax

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Carta abierta en hojas sueltas, avistadas en tabernas, bibliotecas y plazas de Kalathyr, Athkatla y otros puntos donde la tinta y los rumores fluyen con igual fervor.

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"A QUIENES DIVIDEN"
por Ertai Crowley, Arcanista del Decanato del Tiempo y la Materia de la Arcanum Schola, ciudadano de Amn.

"No hablo en nombre de nadie más que el mío propio. Y sin embargo, alzo la voz por muchos."

A los ciudadanos de estas tierras, a los que dudan, a los que claman por liderazgo sin saber obedecerlo, a los que arrastran alianzas por orgullo y a los que sueñan con fracturas como si fueran victorias os digo;

No es necesaria la genuflexión para servir al bien común. No se requiere volverse esclavo de ningún poder ni lamer el seno del más fuerte por simple conveniencia. Yo mismo no lo he hecho. Y aun así, aquí estoy, cumpliendo con las leyes que rigen la tierra donde vivo, pagando tributo y colaborando sin arrastrar mi nombre por el barro ni rendirme ante nadie. No soy menos por ello, tampoco más. Soy uno más. Como lo sois todos.

Aquel que busca alianza por berrinche, por respuesta visceral, por teatro de poder, cuando no tiene fuerza real que pujar, no sirve a nadie más que a su ego. Y su ego no salvará a Amn.

El poder legítimo reside hoy en el Consejo de los Seis, en la Orden de Capaconjuro, y en los templos que sostienen la voluntad de los dioses y los pueblos. Si estas instituciones, probadas en muchas decadas de historia, han elegido un aliado para enfrentar una amenaza mayor, como lo es es la Sierpe Bálagos, entonces el deber no es replicar; es obedecer, colaborar, reforzar. No desde la sumisión, sino desde la responsabilidad.

Yo no he sido obligado a hacer nada contra mi voluntad. Y sin embargo, enseño, protejo, asesoro. Porque vivir aquí me hace parte del futuro de esta tierra. Y eso pesa.

Sé lo que son los dragones. Sé lo que ocultan sus promesas. No me dejo cegar por brillos dorados ni por palabras de sabiduría ancestral. Son dragones. Fueron antes de nosotros y serán después. Solo cuidan sus intereses. No son maldad pura ni bondad celestial; son fuerzas. Instrumentos. Debemos tratar con ellos desde la vigilancia y la inteligencia, no desde la candidez ni la devoción.

Por ello, mido lo que se cede. No es rendición pagar un tributo menor para evitar una ruina mayor. No es sumisión sentarse a la mesa de quien puede destruirnos si no lo hacemos. Ceder no es conceder. Conciliar no es rendirse.

No necesitamos alianzas del norte, del sur, del este o del oeste. Amn es una sola. Y si cae, los que aún viven lamentarán no haber hecho más. No seáis necios creyendo que vendrá alguien mejor. Este es el momento. Este es el lugar. Las amenazas que enfrentamos no razonan, no descansan, no negocian. Dormirán mil años, si hace falta, pero al despertar solo encontrarán ruinas si no actuamos hoy.

Volved a la capital. Unid esfuerzos. Los enemigos no se reducen dividiéndonos.

No sigáis a líderes tan erráticos como los propios horrores que enfrentamos. No hay muerte digna ni indigna. Solo hay muerte. Y en vida, nos toca cuidar de los que aún no pueden hacerlo por sí mismos.

Confíad en el Magistrado y el Senescal para negociar en beneficio común. Escuchad al Capitán de la division Occidental si la guerra os preocupa. Y si la Dragona exige, entonces que los bolsillos tiemblen menos que las murallas. Mejor un tributo que una extinción. Mejor un esfuerzo voluntario que una pérdida irreparable.

Esta tierra no se salva sola.
Y vosotros, que la pisáis cada día, sois parte de su defensa, lo queráis o no.

- Ertai Crowley
Arcanista de la Arcanum Schola, Decanato de Tiempo y la Materia
 

ELLOESO

Perro de Dan
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Extraños sucesos en lugares aún más extraños, últimos reductos, esperanzas en la oscuridad.

Muchos ojos vieron danzar la estrellas tomando formas que respondieron preguntas y despertaron dudas; lo que quedó claro es que nadie jamás olvidaría tamaño espectáculo.


Más tarde, cuatro figuras levantaron el polvo de papiro de extraños escritos y antiguos libros, un alado, una sabia incombustible, la palidez hecha iluskana y un ser de aire, enfrascados en el estudio, absortos en el tiempo transcurrido.

Quizás, y sólo quizás, algunas de las preguntas antiguas y nuevas encontrasen respuesta.
 

zumoenvenenado

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"A QUIENES DIVIDEN"



"No hablo en nombre de nadie más que el mío propio. Y sin embargo, alzo la voz por muchos."

A los ciudadanos de estas tierras, a los que dudan, a los que claman por liderazgo sin saber obedecerlo, a los que arrastran alianzas por orgullo y a los que sueñan con fracturas como si fueran victorias os digo;

No es necesaria la genuflexión para servir al bien común. No se requiere volverse esclavo de ningún poder ni lamer el seno del más fuerte por simple conveniencia. Yo mismo no lo he hecho. Y aun así, aquí estoy, cumpliendo con las leyes que rigen la tierra donde vivo, pagando tributo y colaborando sin arrastrar mi nombre por el barro ni rendirme ante nadie. No soy menos por ello, tampoco más. Soy uno más. Como lo sois todos.

Aquel que busca alianza por berrinche, por respuesta visceral, por teatro de poder, cuando no tiene fuerza real que pujar, no sirve a nadie más que a su ego. Y su ego no salvará a Amn.

El poder legítimo reside hoy en el Consejo de los Seis, en la Orden de Capaconjuro, y en los templos que sostienen la voluntad de los dioses y los pueblos. Si estas instituciones, probadas en muchas decadas de historia, han elegido un aliado para enfrentar una amenaza mayor, como lo es es la Sierpe Bálagos, entonces el deber no es replicar; es obedecer, colaborar, reforzar. No desde la sumisión, sino desde la responsabilidad.

Yo no he sido obligado a hacer nada contra mi voluntad. Y sin embargo, enseño, protejo, asesoro. Porque vivir aquí me hace parte del futuro de esta tierra. Y eso pesa.

Sé lo que son los dragones. Sé lo que ocultan sus promesas. No me dejo cegar por brillos dorados ni por palabras de sabiduría ancestral. Son dragones. Fueron antes de nosotros y serán después. Solo cuidan sus intereses. No son maldad pura ni bondad celestial; son fuerzas. Instrumentos. Debemos tratar con ellos desde la vigilancia y la inteligencia, no desde la candidez ni la devoción.

Por ello, mido lo que se cede. No es rendición pagar un tributo menor para evitar una ruina mayor. No es sumisión sentarse a la mesa de quien puede destruirnos si no lo hacemos. Ceder no es conceder. Conciliar no es rendirse.

No necesitamos alianzas del norte, del sur, del este o del oeste. Amn es una sola. Y si cae, los que aún viven lamentarán no haber hecho más. No seáis necios creyendo que vendrá alguien mejor. Este es el momento. Este es el lugar. Las amenazas que enfrentamos no razonan, no descansan, no negocian. Dormirán mil años, si hace falta, pero al despertar solo encontrarán ruinas si no actuamos hoy.

Volved a la capital. Unid esfuerzos. Los enemigos no se reducen dividiéndonos.

No sigáis a líderes tan erráticos como los propios horrores que enfrentamos. No hay muerte digna ni indigna. Solo hay muerte. Y en vida, nos toca cuidar de los que aún no pueden hacerlo por sí mismos.

Confíad en el Magistrado y el Senescal para negociar en beneficio común. Escuchad al Capitán de la division Occidental si la guerra os preocupa. Y si la Dragona exige, entonces que los bolsillos tiemblen menos que las murallas. Mejor un tributo que una extinción. Mejor un esfuerzo voluntario que una pérdida irreparable.

Esta tierra no se salva sola.
Y vosotros, que la pisáis cada día, sois parte de su defensa, lo queráis o no.

- Ertai Crowley
Arcanista de la Arcanum Schola, Decanato de Tiempo y la Materia

*No en Kalathyr pero sí en Athkatla, Bashar se toma la molestia de leer gran parte de la carta, y en una cualesquiera, añade con su propia tinta:*

Siga agachando la cabeza, así quizás con suerte algún día encuentre una moneda en el suelo.
 

ELLOESO

Perro de Dan
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"A QUIENES DIVIDEN"



"No hablo en nombre de nadie más que el mío propio. Y sin embargo, alzo la voz por muchos."

A los ciudadanos de estas tierras, a los que dudan, a los que claman por liderazgo sin saber obedecerlo, a los que arrastran alianzas por orgullo y a los que sueñan con fracturas como si fueran victorias os digo;

No es necesaria la genuflexión para servir al bien común. No se requiere volverse esclavo de ningún poder ni lamer el seno del más fuerte por simple conveniencia. Yo mismo no lo he hecho. Y aun así, aquí estoy, cumpliendo con las leyes que rigen la tierra donde vivo, pagando tributo y colaborando sin arrastrar mi nombre por el barro ni rendirme ante nadie. No soy menos por ello, tampoco más. Soy uno más. Como lo sois todos.

Aquel que busca alianza por berrinche, por respuesta visceral, por teatro de poder, cuando no tiene fuerza real que pujar, no sirve a nadie más que a su ego. Y su ego no salvará a Amn.

El poder legítimo reside hoy en el Consejo de los Seis, en la Orden de Capaconjuro, y en los templos que sostienen la voluntad de los dioses y los pueblos. Si estas instituciones, probadas en muchas decadas de historia, han elegido un aliado para enfrentar una amenaza mayor, como lo es es la Sierpe Bálagos, entonces el deber no es replicar; es obedecer, colaborar, reforzar. No desde la sumisión, sino desde la responsabilidad.

Yo no he sido obligado a hacer nada contra mi voluntad. Y sin embargo, enseño, protejo, asesoro. Porque vivir aquí me hace parte del futuro de esta tierra. Y eso pesa.

Sé lo que son los dragones. Sé lo que ocultan sus promesas. No me dejo cegar por brillos dorados ni por palabras de sabiduría ancestral. Son dragones. Fueron antes de nosotros y serán después. Solo cuidan sus intereses. No son maldad pura ni bondad celestial; son fuerzas. Instrumentos. Debemos tratar con ellos desde la vigilancia y la inteligencia, no desde la candidez ni la devoción.

Por ello, mido lo que se cede. No es rendición pagar un tributo menor para evitar una ruina mayor. No es sumisión sentarse a la mesa de quien puede destruirnos si no lo hacemos. Ceder no es conceder. Conciliar no es rendirse.

No necesitamos alianzas del norte, del sur, del este o del oeste. Amn es una sola. Y si cae, los que aún viven lamentarán no haber hecho más. No seáis necios creyendo que vendrá alguien mejor. Este es el momento. Este es el lugar. Las amenazas que enfrentamos no razonan, no descansan, no negocian. Dormirán mil años, si hace falta, pero al despertar solo encontrarán ruinas si no actuamos hoy.

Volved a la capital. Unid esfuerzos. Los enemigos no se reducen dividiéndonos.

No sigáis a líderes tan erráticos como los propios horrores que enfrentamos. No hay muerte digna ni indigna. Solo hay muerte. Y en vida, nos toca cuidar de los que aún no pueden hacerlo por sí mismos.

Confíad en el Magistrado y el Senescal para negociar en beneficio común. Escuchad al Capitán de la division Occidental si la guerra os preocupa. Y si la Dragona exige, entonces que los bolsillos tiemblen menos que las murallas. Mejor un tributo que una extinción. Mejor un esfuerzo voluntario que una pérdida irreparable.

Esta tierra no se salva sola.
Y vosotros, que la pisáis cada día, sois parte de su defensa, lo queráis o no.

- Ertai Crowley
Arcanista de la Arcanum Schola, Decanato de Tiempo y la Materia

Mientras escucha como comentan las cartas que se han entregado, lee una con interés, alzando lentamente una ceja mientras bebe un té en la Luz del Alandor.

-A ver... a ver... entonces ¿no se subyuga pero dice que hay que subyugarse? - Comenta en alto la jugada mientras bebe te, hasta que llega a cierta parte, lo que le produce hacer un aspersor por no ahogarse. Tose, se golpea el pecho, mientras los parroquianos la miran con una ceja alzad - Hostia... dragones como herramientas... eso seguro que les gusta. - Le da la risilla boba, mientras deja el pago en la barra, antes de irse.
 

DMT Faker

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Y MIENTRAS TANTO, LAS TROPAS DEL ENEMIGO, AVANZAN
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Los días que siguieron a la caída de Rashturl fueron de humo, silencio y ceniza. Bajo un cielo cubierto por nubes oscuras que no traían lluvia, sino el pesar de la pérdida y la añoranza, se alzó una nueva llama no de ruina, sino de rebelión y esperanza.

Desde los corredores fortificados de la ciudad de Náshkel, allí donde las montañas aún resisten las dentelladas del tiempo y la tiranía, se convocaron los estandartes de la antigua División de la Nube. Mas ya no respondían al nombre que les fue dado por el Consejo de los Seis. Aquel juramento había muerto o había sido traicionado, como los propios Seis. Ahora marchaban bajo un nuevo nombre, forjado en sangre y convicción: El Ejército de los Libres.

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Al frente de ellos y liderando la comitiva erguido sobre su montura alada, marchaba Mardok Puñomaza, general de mil campañas y con corazón de mithril. Montaba su Grifo de Guerra, un coloso de plumas aceradas y ojos de tormenta, cuyos bramidos rasgaban el aire como una amenaza a aquellos que osaran intentar detener su vuelo. Desde lo alto guiaba la marcha del Norte hacia el Sur, cruzando tierras que aún no sabían si debían aplaudirles, temerles o ambas cosas. En sus ojos brillaba la misma pregunta que guardaban sus soldados en silencio. ¿Quién gobierna Amn desde las sombras?

El general, primero en confidencia con sus capitanes y luego con el pueblo llano que le mostrara simpatía en cada descenso, había compartido sus temores: no ha recibido palabra alguna de los Seis, ni respuesta a sus misivas, desde que Iryklathagra iniciara su audiencia en el Palacio de los Seis. Muchos lo habían escuchado como quien rumia una verdad amarga. Sospechaba, sin rodeos, que el Consejo de los Seis había sido asesinado y que, en su lugar, reinaban otros que se disfrazaban de hombres, pero en cuyas venas no corría otra que la sangre de las bestias.

Mas no era Náshkel la única que respondía al clamor de guerra. Desde Caravasar, ciudad de comerciantes y genios, partieron en formación un ejército entero de Calishitas; una compañía de guerra sin patria, temerosa de nada ni nadie, respondida solo con oro y fuego.

Avanzaban hacia Ímnescar, se dice, como un río de acero y arena. Algunos marchaban a pie, cubiertos con capas bordadas, turbantes que les protegían del sol y la garra hendida en truenos tejida en sus tabardos; otros, de misma indumentaria, cabalgaban sobre enormes elefantes de guerra, monstruosas torres vivientes cubiertas con armaduras de bronce y cuyas pisadas hacen temblar hasta los cimientos de la tierra.

Tras ellos dejaban el olor de incienso mezclado con hierro y sangre de aquellos rebeldes y bestias que abatían en pequeños números por el camino. No mostraban piedad. No aceptaban rendición. Y su lealtad estaba vendida al precio de la victoria bajo el nombre de Iryklathagra, Protectora de Amn y Reina de la Tormenta.​

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Ímnescar, mientras tanto, se mostraba inquieta. No había proclamas, ni estandartes nuevos ondeando en sus murallas, pero quienes la observaban con ojos atentos hablaban de un ritmo distinto en sus calles; de figuras que iban y venían en horarios fuera de lo habitual; de almacenes que se abrían de noche y de partidas de jinetes sin blasón. Se dice que no se preparaba para resistir una ofensiva, tampoco para unirse a una de ellas, sino para otra clase de cambio, más profundo y más hondo, más velado. Como si algo —o alguien— aguardase su momento entre las sombras.

Lejos, aún más al Sur, donde los bosques se rompen en colinas y la frontera con el Imperio de Muranndin se afila como un cuchillo, se alzaban las enseñas de la Orden del Guantelete Negro de Perdición.
Agarathea Narteha, su señora, cuya mirada es sentencia y su lengua decreto, daba cumplimiento a su palabra. Desde su campamento de guerra y su fortaleza móvil salieron las armas de asedio prometidas al Capitán de la División Occidental. Arietes coronados con garras de hierro, torres con techos de escamas azules y catapultas grabadas con runas de quebrantamiento. Fueron entregadas sin ceremonia al nuevo Comandante del Ejército de la Tormenta, cuyas decisiones ya comenzaban a trazar, junto al Consejo de la Tormenta y todos aquellos bajo su cargo, el destino de regiones enteras.

Así se alzaron las espadas. Nada tan simple como una guerra del bien contra el mal, sino una lucha de voluntades, fe y creencias enfrentadas; de visiones distintas sobre el gobierno, la libertad, el orden y sus significados.
Desde el Norte y el Sur, los tambores de guerra ya resuenan con un compás lento, pero inexorable.

Y mientras el pueblo de Amn miraba al horizonte con temor o esperanza —o tal vez las dos—, el destino de sus tierras se escribía en aleteos de grifo, pisadas de elefante, símbolos sagrados, políticos... Y el murmullo de muchos secretos aún no desvelados.

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DMT Faker

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El sol se alza rojo; se ha derramado sangre esta noche.
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En el Norte
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Sucedió cuando el sol aún no había asomado sobre las nieblas del Álandor. Aquel amanecer quedó marcado no por la luz solar, sino por el fulgor dorado de una anciana dragona que no conocía el descanso: Sarynthalyss, la Gran Sierpe de los antiguos días de Ansalon, madre de soles y guardiana de pactos, alzó el vuelo sobre los árboles milenarios con un rugido que estremeció las raíces del bosque y de la tierra.

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No acudió sola. A su sombra marchaban los estandartes del Ejército de la Alianza, reunidos por un propósito que iba más allá de los tronos o las monedas: la destrucción de la corrupción que brotaba de las aguas putrefactas y sus criaturas infectas, una improvisada ciénaga donde la Señora del Pantano había extendido sus dominios y hueste. Desde aquel río ahora envenenado salieron trolls de carne hedionda y centenares más de criaturas de pesadilla engendradas en los pozos profundos de los Humedales, trasladados ahora al Bosque. Guiándolos en la batalla, una Yuan-ti Purasangre, alta como un roble, escupía conjuros y órdenes con la misma calculada frialdad.
Pero el Norte no luchaba a ciegas. Desde los cielos descendió el Escuadrón del Grifo, alas rasgando las nubes lideradas por el implacable General Mardok Puñomaza, que defendía las zonas colindantes a la avanzadilla principal de la Alianza. Sus lanzas, virotes y flechas caían como los relámpagos a los que se enfrentaban, así fuera de forma aún indirecta, sobre la marea enemiga; y cada embestida abría un claro de huesos rotos y humo.

Mientras ambos ejércitos se medían entre sí en el corazón del bosque, Sarynthalyss sobrevolaba los límites del conflicto. Su tarea parecía simple: asegurarse de que la Reina del Pantano no acudía a salvaguardar su hueste; por eso no descendía al conflicto directo y, sin embargo, cuando la duda se tornó en la absoluta certeza de que la Dragona Negra dejaría morir a los suyos peleando en su nombre, su misión se mantuvo crucial: impedir que los orcos que habían descendido desde los Picos de las Nubes —bestias salvajes con corazón lleno de odio y rencor— rompiesen la línea frontal y asaltasen los flancos del norte.

Vigiló los valles, los pasos de piedra y los claros donde el musgo aún ocultaba antiguas trampas élficas. Allí, cuando los
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orcos emergieron entre la maleza, al amparo de la bruma y en número abrumador, los devoró sin clemencia, pues ellos no la habrían tenido contra aquellos que protegía. Su juicio dorado descendió como si este mismo fuera divino, y cuando la aurora por fin rasó la noche, el suelo estaba cubierto de cuerpos calcinados y escudos rotos. Ninguno sobrevivió. El bosque había sido purgado con la furia de una criatura ancestral, sí; pero también con la voluntad de los hombres, elfos, enanos y todos aquellos a los que Athkatla había despreciado como sedimentos, unidos bajo una sola bandera.
Esa victoria, tan feroz como precisa, ha permitido a la Alianza del Norte erigir su campamento marcial de avanzadilla. Al pie del bosque —aunque escondido adecuadamente entre su foresta— ahora liberado y junto al cauce limpio del río, liberado del yugo de la Señora del Pantano, los ingenieros y soldados clavaron estacas, alzaron empalizadas y trazaron estandartes que ondeaban no por orgullo, sino como advertencia.
El campamento se alza ahora colindante con las tierras del sur, mirando directamente hacia las fronteras de Athkatla, como un cuchillo apoyado contra la garganta del tirano.

Un recordatorio rugiente de que el Norte se ha alzado, aunque todavía no se sepa si marcharán. Ni cuándo. Ni contra quién, con exactitud. Solo el viento susurra que el destino de Athkatla se decidirá pronto, ya sea por palabras de rendición o por el estruendo del acero.

¿Y en Athkatla?
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Muchas cosas sucedieron en los días subsiguientes a aquella batalla. Las palabras de Puñomaza resonaron en los salones de los viejos señores del Norte. Gobernantes, thanes, alcaldes y comandantes se pusieron en movimiento. Se escribieron misivas, se sellaron con cera grabadas con los emblemas más importantes de cada Casa, ciudadela o cuartel. Se enviaron emisarios hacia el Sur, buscando a los Seis. Pero toda palabra enviada se disolvió como humo. Ninguna respuesta llegó. Solo el silencio contestaba al clamor del norte.

Fue entonces, como una respuesta cuidadosamente medida a las dudas de la población, las puertas de mármol blanco de la mansión Dannijyr se abrieron.

Desde el jardín de la entrada, escoltada por su guardia personal ataviada con armaduras rojas y hojas afiladas como lenguas viperinas, surgió la Tessarca de la Casa Dannihyr: Cabellorrojo. Su porte era altivo, su mirada tan firme como el acero pulido. A su flanco izquierdo cabalgaba Saemon Havarian, de sonrisa ambigua y paso ligero; al derecho, un Archimago Encapuchado de la Casa Selemchant, cuya vara parecía un relámpago congelado, atrapado en forma corpórea.
Pero fue ella, y sólo ella, quien se detuvo ante el umbral donde el pueblo de la moneda aguardaba respuestas.

Con voz que atravesó el aire con claridad inquebrantable, la Consejera de los Dannihyr, habló.

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—¡No temáis, pueblo de Athkatla, gentes de Amn! Los Seis se encuentran a salvo, protegidos y custodiados por la voluntad y el poder de la gran Iryklathagra, nuestra Protectora. Fue ella quien nos ofreció refugio cuando los vientos oscuros se alzaron, y ella quien cumple ahora el pacto sellado por el Tributo. Nuestra seguridad es esencial para la continuidad del orden en tiempos de caos, como lo son estos. Y aunque la distancia parezca separarnos, nuestro juicio aún gobierna por medio de manos dignas que actúan en nuestro nombre, y con nuestro beneplácito absoluto.

Alzó entonces el mentón, como quien domina el horizonte y todo lo que se esconde más allá.

—Sabemos que nuestro silencio ha causado dudas. Pero era necesario. La amenaza que nos acecha es antigua y astuta. No todo puede ser revelado sin provocar el caos que justamente intentamos contener, y si mostramos nuestras bazas, sin duda alguna estas serán utilizadas en nuestra contra y, por ende, en la vuestra. Colmillos Afilados ha servido antes a esta ciudad, para aquel a quien estos datos le sean desconocidos. Mantuvo su palabra entonces, y confiamos en que lo hará ahora de nuevo. Respetamos nuestro acuerdo con ella. Y confiamos, con certeza, en su buen hacer.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calasen en los corazones allí reunidos, que parecían apaciguarse un tanto más a cada palabra de la Emisaria de los Seis.

—Por eso no respondemos —ni responderemos- ante el Norte, a no ser que sus misivan portes palabras de rendición. Porque no hay otra que merezcan los traidores; traidores a los Seis, a la Moneda y a Amn. Aquellos que han mancillado nuestro nombre y honor, han perdido la oportunidad y el derecho para el diálogo. No reconoceremos su voz ni sus ruegos. Solo el pueblo fiel será escuchado. Y solo a él pertenecerán las tierras de Amn. ¡Larga vida a los Seis! ¡Gloria a Amn y al Trueno!

Tras aquella declaración pública, el portón se cerró lentamente tras ella. Y aunque el pueblo aplaudió con mesura, en los rincones de Athkatla se multiplicaban las preguntas. Algunos se aferraban a aquellas palabras con esperanza. Otros, con temor. Pero todos tenían claro una cosa: el tiempo del juicio se acerca... Y este rugirá con hálido y aleteo de dragón, ya sea por la justicia o la conquista.


El tablero está listo y las piezas, en movimiento
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Fue entonces —cuando las nuevas de la victoria del Norte en el Álandor llegaron a oídos de Colmillos Afilados de fauces de su Arconte— cuando se alzó al cielo con un rugido que quebró hasta las mismas estrellas.

En respuesta a aquel campamento de rebeldes, Iryklathagra, la Gran Sierpe Azul conocida por el pueblo llano como Colmillos Afilados, abandonó su forma velada y emergió en toda su terrible majestuosidad sobre Athkatla. Las nubes se abrieron paso como cortinas de humo y un velo de tormenta precedió su vuelo. Sus alas, extendidas como tapices de zafiro y diamante, oscurecieron los cielos mientras los relámpagos danzaban en sus garras y fauces.
Atravesó los distritos altos con la furia de los viejos Dioses, y descendió sin piedad sobre el Distrito Gubernamental.

Allí, entre las cúpulas de mármol y los altares de plata, se hallaban los Salones de la Luna, templo dedicado a la Diosa
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Selûne. Sin más aviso que su presencia, Iryklathagra se precipitó como una tempestad viva, y su primer rugido partió los vitrales en mil fragmentos. Un relámpago surgido de sus fauces cayó como un martillo de guerra sobre la gran bóveda del santuario, y las columnas sagradas —esculpidas con escenas celestes— estallaron bajo la descarga. Aquel lugar de recogimiento fue convertido en ruinas en cuestión de minutos, aunque sus cimientos y la sala de homilías permanecieron ilesos.

Sacerdotes y novicias, sorprendidos en mitad de sus cánticos y vigilias, fueron arrasados por la furia del trueno. Más de dos centenares perecieron bajo el relámpago y la roca. Y sin embargo, la Suma Sacerdotisa Selise, empapada en sangre y hollín, logró salvar a decenas de fieles e iniciados, guiándoles a un antiguo refugio cuyo paradero permanece aún como una gran incógnita sellada por el silencio y el miedo.

Los demás no tuvieron tal suerte. Entre los prisioneros del templo se encontraban altos cargos de la fe, elfos eruditos, sabios robustos y otros refugiados que, hasta entonces, habían permanecido ocultos bajo la protección sagrada de la Luna. Todos ellos fueron entregados sin ceremonia a los Testigos de la Tormenta, que sellaron las puertas del templo semi-derruido y levantaron los estandartes de la Garra Hendida en Trueno sobre los restos destrozados de las antiguas esculturas de la Diosa.

Cuando el humo aún ascendía en espirales y las piedras sagradas humeaban como brasas, Iryklathagra habló. Su voz, amplificada por el trueno, retumbó en toda la ciudad y más allá de las murallas como si surgiera del corazón pleno de los vientos. Fue una proclama pública, implacable y clara.

—Por cada amanecer que el Norte persista en su rebeldía y no deponga las armas, diez de los traidores escondidos por los Salones de la Luna serán ejecutados públicamente. No por mis garras, sino por su violencia y silencio. Por cada día de orgullo, diez morirán. Humanos, elfos, robustos; todos los que se escudan tras plegarias o nuevas e impías alianzas. Diez, cada alba, hasta que se escuche la única palabra del Norte a la que responderemos: Rendición.

No me escondo. No les cazo. Solo espero. Y mientras lo hago, por su terquedad, uno a uno irá cayendo. Pero sabed esto: si el Norte se rinde, todos estos traidores —criminales a ojos de la Carta de la Moneda— serán indultados por mí, Iryklathgra de la Tormenta, y puestos en libertad. Ellos —los traidores que habrán de ver su error— condenados a muerte, como dicta la ley.
Así pues, no es mi poder el que los mata: es su traición. Que cada muerte pese en su conciencia, no en mis alas.

La ciudad calló. Las campanas de los templos ya no repicaban. El aire olía a tierra mojada, a sangre y a derrota.
Y aquella noche, bajo el cielo encapotado, la Luna no se atrevió a salir.​
 

Khazan

Enano con acento ruso
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Khazan permanece inmóvil, los ojos entrecerrados bajo la sombra de su capucha. Sus labios se aprietan con desdén al oír hablar de la victoria vana del norte. Un leve chasquido de lengua, apenas audible, escapa de entre sus dientes.

-Qué curioso. El norte se gana un pantano, matan a unos trolls malolientes...una o un dragón dorado da vueltas sin ensuciarse y los soldados aplauden como niños que han visto un cometa... y ya creen que tienen el favor de los cielos. Patético.

Poco después de enterarse de las noticias, aconteció algo nuevo... Una sonrisa torcida cargada de reverencia y ambición nació en él, los sucesos y las palabras de amenaza por parte de Iryklathagra le inspiraron, supo que eligió el lugar correcto.

-Y aquí... aquí abajo, ya veo que ella no alardea: arrasa. No custodia desde el aire, se muestra y actúa. Ella destruye templos y sella pactos con fuerza y miedo.
Que griten. Que escriban cartas. Que lloren a sus muertos de diez en diez. En Athkatla se habla el idioma que los dioses entienden: el del dominio.

Y Tiamat… Tiamat observa. La Reina de las Cinco Cabezas no premia a los que rezan. Premia a los que toman lo que quieren y dejan cenizas detrás.
 

AssasinPenguin

Pipa perdida de Duzdin
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*Al enterarse de la desgracia caída por mano de Iryklathgra sobre el templo de selune en la capital, Katia salió de la Arcanum para acercarse a las ahora ruinas.
Allí recogió una piedrita de las ruinas y la atesoró para sí. luego retornó a sus quehaceres habituales.*
 

Aett

Receta de Noctis
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Asqel Sabyr se encontraba en el Distrito de los Templos cuando Iryklathgra lanzó su poder sobre el Salón de la Luna, así pues se dirigió allí para tratar a los heridos qué estuvieran presentes, donando plata a los más desfavorecidos. Horas después, una caravana en dirección Minsorran fué preparada en busca de marcharse hacia tierras seguras.

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Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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Dicen que en cierto lugar, tras recibir las noticias, Gwenaëlle se mantuvo especialmente reservada en los días siguientes. No quiso hablar con nadie; su rostro mostraba una indiferencia que algunos llegaron a considerar glacial. Dicho rictus, se decía, no era nada propio de ella, y los que la conocían optaron por evitarla, salvo cuando les era absolutamente indispensable tratar con ella.

Dedicó sus energías a atender cuantos heridos llegaban a sus dominios, y en sus momentos libres, a devorar sendos tomos de ciertos archivos, ahora colmada con una extraña determinación.

Pues llegaría al final de todo esto. Cueste que lo que cueste.

Offtopic :
Reacción completa en relato, aquí.
 

Hela

Calculador épico de fichas de PJ
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Los rumores acontecidos llegan, como de costumbre, adrornados por los visitantes a la mancomunidad.

Una pequeña, pero ya familiar figura los escucha en silencio.

Si es cierto, la dragona ha cometido un terrible error, pues con esta acción se ha puesto en contra al resto del clero de selune.

La elfina sacudió la cabeza mientras salia de la taberna y miró el estrellado cielo que presidía aquella noche primaveral en la mancomunidad.

Un terrible error...
 

Arrakis

Copia defectuosa de Kronobot
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La mujer se adentró desde la sombra de la Arcanum entre los edificios cercanos, avanzando entre la gente que gimoteaba o se agolpaba alejada de los destrozos. Vistiendo su armadura, la mujer se plantó ante lo que antes habia sido el gran templo erigido en honor a la luna. Ahora no era más que un despojo quebrado. El desafío del capítulo traidor, ayudando a la dragona de oro a declarar la guerra y el silencio y la falta de condena de los sacerdotes del templo principal les había salido caro.

Algo se movió en el fondo de su mente. Una sensación ufana y satisfecha. Que se deleitaba en el dolor.

No había sido una mujer que disfrutara del mal gratuito. Habías ido fiel defensora de aquellos a quienes apreciaba.. siempre había mantenido un cierto equilibrio. Y sin embargo se dejó llevar por esa sensación, que colmaba ahora su mente. Abandonándose no al regocijo por el mal, sino al de su señora triunfante. Repitió murmurando parte de su dogma para si misma, antes de retirarse de nuevo en dirección a los laboratorios de Alquimia.​


Apaga la luz de la luna allá donde la encuentres-...
 
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Manny_LoneWolf

Vestido de Valak
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Allí en Imnescar y en el amanecer de un nuevo día, tras su rezo, la mestiza oró por esas almas que habían perdido la vida, aquellas pertenecientes a la fe de una diosa aliada. Frente al espejo en el cuál se admiraba al rezar, sus párpados cayeron con lentitud antes de que un par de lágrimas recorrieran sus mejillas, todo mientras sus manos se colocaban de manera cálida en el colgante de Sune que reposaba en la parte superior de su pecho.

—Quizá algunos no hayan tomado las mejores decisiones, mi diosa, pero seguro que encontrarán el camino para tomarlas con el fin de acabar de una vez con esta locura.

Musitó de manera cómplice, intentando vislumbrar el optimismo a pesar de la tragedia.
—Dadme fuerza para acabar pronto con las bestias, pues debo de volver a la capital.

Rogó finalmente a la Dama del Amor justo después de volver a abrir los ojos.
 

Sariel

Enano sin acento ruso
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Cuando el eco de la noticia alcanzó los oídos de la sacerdotisa, su semblante no se inmutó. En aquel preciso instante, compartía un humilde plato de comida con los compañeros del Umbral, sentada sobre un viejo tronco mientras un gnomo hacía cabriolas y malabares, arrancando risas a los presentes. Una suave sonrisa adornaba sus labios... hasta entonces.

Sin prisa, depositó el plato sobre el tronco con delicadeza. Los cubiertos, colocados con sumo cuidado dentro del cuenco, parecían sellar un último instante de paz. Se alzóCapturab.png con porte digno, sin pronunciar palabra, y marchó hacia la pequeña gruta que hacía las veces de habitación. Al llegar, corrió con firmeza la tela que oficiaba de puerta, ocultándose a la vista de todos.

Lo que siguió fueron minutos eternos. Desde el interior, sólo se escucharon alaridos desgarradores, una mezcla de frustración, furia y un dolor tan hondo que hubiera quebrado el corazón de cualquiera. Gritos prolongados más allá de lo que su orgullo permitiría jamás admitir.

Finalmente, emergió tras la tela, con una expresión sería pero los surcos de las lagrimas aun pendian de sus mejillas.

Su mirada era un espejo sin emoción, su figura, erguida y envuelta en un halo que podría helar el alma. Ante el gentío, pronunció casi en un susurro:

- Se acabaron los juegos. Así lo han querido… así será.

Y con un gesto, desató un conjuro de teleportación. El aire chispeó con la magia que la Dama de Plata le entregaba, y en un parpadeo, desapareció.

¿A dónde? Sólo Selûne lo sabe. Aunque para algunos, el destino era ya más que evidente.
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archedchristian

Bug oculto de Darth
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Dicen que el ogro Sondakur estaba en el Elfo Asado cuando casi se atraganta con el hueso de un muslo de kobold al oír lo del campamento del Norte. Escupió media comida gritando:

¡Por los cuernos de Murkull! ¡Si esos pelamontes llegan antes que yo a cortarle el cuello a la lagarta azul, me lo van a echar en cara por toda mi eternidad!

Luego se levantó tan rápido que se llevó por delante la mesa y al bardo trasgo que estaba tocando.

¡Basta de descanso, soldados, direccion a-!​
 

Teiglin

8º Nombre extraño de Onyxia
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Locura. Estupidez. Locura otra vez.

Así pensó el archimago mientras observaba las ruinas humeantes del Templo de Selûne, como si repitiendo esas palabras pudiera conjurar algún sentido entre las cenizas. Las llamas de la Sierpe todavía lamían las piedras sagradas, retorcidas por la energía desatada, y la columna de humo ascendía hacia un cielo que no parecía interesado en ofrecer juicio alguno, nuevamente el orgullo había reclamado su papel en la historia y los acólitos de la Diosa comenzaban a pagar el precio, pronto todo escalaría, Obara lo sabía bien.

Aquello no era más que el principio. El fuego se extendería, como lo hace siempre, alimentado por la rabia y por la fe ciega de los devotos. Pronto llegarían los gritos de venganza, las plegarias transformadas en decretos de cruzada, las espadas desenvainadas en nombre de la diosa. No sería la primera vez. Ya cuando Murann cayó, los estandartes de Selûne se alzaron y colapsaron la furia de Sothillis hasta frenarlo.

Y sin embargo, a Colmillos Afilados todo eso probablemente le traía sin cuidado. El dragón no conocía de templos ni de cruzadas, solo de orgullo y caos, y ambos le bastaban para reescribir la historia con rugidos y muerte.

Una sonrisa se dibujó en el rostro ajado del archimago. Los años habían curtido esa piel como el pergamino más viejo, pero sus ojos aún brillaban con un cálculo frío. Gobernaba ahora, al menos en apariencia, como una de las pocas cabezas de lo Arcano que quedaban en pie dentro de la nueva Amn. ¿Temporal? Tal vez. Todo lo era, después de todo.

La guerra, hasta ahora, había favorecido su causa más por torpeza ajena que por virtud propia. Mantener la calma en medio de la tormenta había resultado ser su mayor hechizo. No por falta de poder, sino por exceso de paciencia. Los magos jóvenes creen que actuar es siempre mejor que esperar; los muertos no suelen tener tiempo de aprender lo contrario.

Con la mirada aún cargada de humo y recuerdos, el mago rojo se volvió, alejándose del templo destruido.
 
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Feanor1700

Lágrima de mago nerfeado
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A la hechicera no le gustaba mucho ir por la ciudad, menos en los últimos tiempos. Pero al enterarse de lo ocurrido no pudo evitar ir a verlo por si misma. Lo que encontró fue devastador. Un templo que visitó su primera semana en la gran ciudad, casi lo único que le había gustado, y lleno de inocentes.

Las lagrimas empezaron a salir, pero a pesar de su naturaleza afable había algo mas oscuro saliendo de ella. Una ira, que sabia alimentaba su magia innata, y que empezaba a resurgir. Tuvo que contener sus emociones para que no saltaran las alarmas arcanas.

Y ahora temía lo peor, que esa misma ira se extendiera entre otros por esto, y que sustituyera los valores por los que algunos se habían declarado en rebeldía. Que al final en esta guerra solo quedara la ira. Que la consumiera a ella como temía cada vez que usaba su magia.

Si algún día tenía a esa dragona delante tal vez dejara que la ira se adueñara de ella por primera vez. Solo eso evitaría que huyera despavorida.
 
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