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[El Retorno de los Dragones] - Una Rosa en las Ruinas

ET Faker

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Las ruinas no duermen. Bajo la ceniza se alza un anhelo que supura entre las grietas y se despliega en un rastro de pétalos que ningún viento consigue arrastrar. Hay quien lo sigue a ciegas, hay quien cierra los ojos para no verlo. Pero todos terminan por hallarlo, y al hacerlo descubren que era él quien los conducía desde el principio.

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El viento no soplaba en las colinas. La hierba estaba muerta desde hacía tiempo, y el sendero que subía a la fortaleza apenas era una grieta entre polvo y zarzas secas. Las raíces quebradas asomaban como garras entre las piedras y la tierra resquebrajada. La mole de piedra, ennegrecida por incendios antiguos, seguía en pie sólo por costumbre. Las almenas carcomidas y el portón vencido parecían mirar con rencor a quien se atreviera a acercarse, y los muros desprendían un frío ajeno a la estación, un silencio demasiado lleno.

Tres figuras aguardaban en la falda del camino. La primera, alta y rígida, más estatua que hombre, reposaba las manos sobre el pomo de una espada clavada en la tierra. La segunda, a su derecha, sostenía un estandarte desgarrado y oscuro cuyo paño se agitaba solo, como si algo debajo quisiera salir, latiendo al ritmo de una voluntad ajena. La tercera permanecía más atrás, donde la penumbra del camino era más profunda; apenas una silueta delgada y quieta, con ojos pálidos como hueso y una sombra a sus pies que no seguía forma ni ley. Allí, donde se detenía la luz, él parecía crecer.

El primero habló al fin, y su voz sonó a piedra arrastrada sobre metal.
—No basta con tomarla. La piedra ha de ceder. La tierra se abrirá.
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La segunda inclinó ligeramente la cabeza hacia el estandarte y una mueca infecta, que intentaba replicar una sonrisa afilada, le curvó los labios.
—Las murallas recordarán quién las reclama. La sangre vieja aún mancha sus cimientos.

Entonces, algo reptó desde la oscuridad del tercero. Un murmullo seco, más pensamiento que palabra, apenas un roce de sonido, como un secreto enterrado demasiado tiempo.
—Y que nunca vuelvan a alzarse.

El primero alzó la mirada hacia la fortaleza, sus ojos encendidos bajo el yelmo. Allí, entre los muros deshechos y las torres partidas, algo se estremeció. La piedra se agrietó sin ruido. Lenta, casi reverente, como si aceptara a sus nuevos dueños sin rechistar. Un polvo gris ascendió en espirales como humo y volvió a caer en silencio sobre el campo muerto. En lo alto, una sombra más espesa que la noche pareció posarse sobre las almenas…

Y permaneció allí, aguardando paciente, como si supiera que cada ruina en este mundo acabaría clamando un nombre.​

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Offtopic :
Comenzamos la segunda mitad de la mega-trama. Durante esta semana habrá ambientaciones espontáneas en diferentes horarios para aquellos que conecten aleatoriamente (pues además de que necesito descansar, mi horario esta semana es imprevisible). La semana próxima, comenzamos lo gordo.
 
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ET Faker

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Desde la taberna más amniana de Amn, los Dedos de Delossar, donde los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas van a refrescar el gaznate entre guardia y guardia, los murmullos se han ido extendiendo hasta más allá del Camino del Río. Ya no son sólo habladurías sobre la batalla por Crimmor o las maniobras en Kalathyr; ahora todos los ojos se desvían cuando alguien menciona la aldea pesquera de Torbolda y el Camino del Río.

El destacamento habitual enviado a escoltar los cargamentos no ha regresado, ni ha enviado noticia alguna sobre su paradero o el de los carros. Al principio, los oficiales pensaron que era la desgana de siempre: soldados holgazaneando, con más pasión por el vino que por el sentido del deber. Pero los días van pasando, y en Athkatla y Crimmor las reservas de pescado se agotan. Los barriles vacíos se apilan en las lonjas donde antes rebosaban de salmuera y la preocupación empieza a pesar más que la el darthen. Algunos barqueros, entre sorbo y sorbo, cuentan que en la bruma del Camino del Río vieron un carromato varado con un estandarte oscuro colgando sobre él, inmóvil. Otros dicen haber oído chirridos de hierro, crujidos demasiado taimados para ser obra del viento y un frío en los huesos como si la propia noche respirara cerca.

Peor aún, los molinos del Camino del Río han dejado de girar. Desde hace días nadie parece mantenerlos y las piedras han enmudecido entre zarzas secas y polvo. Hace apenas una tarde, una patrulla de la División Occidental evacuó —con prisas mal disimuladas— los cuerpos de una familia entera —un matrimonio y sus hijos— hallada en un carromato cerca de los Llanos de Athkatla. Cuatro en total, inmóviles y vacíos, como si algo hubiera drenado de ellos su esencia vital, desposeyéndoles cualquier humanidad. Los cuerpos fueron retirados, pero no el carromato, que permanece allí, vigilado.
Dicen que su Sargento ordenó dejarlo todo en su sitio para una "investigación en profundidad posterior”. Sin embargo y desde entonces, nadie se atreve a acercarse demasiado.

En los Dedos de Delossar, los murmullos terminan siempre igual: Con una mirada a la puerta y una voz ronca que masculla:
—Torbolda ya no abre las puertas al caer la noche. Y el río… El río trae cosas que nadie debería mirar.
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Offtopic :
Mañana a lo largo de la tarde para los reales, a los primeros 8-10 máximo que pille conectados.
 

Zio

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Se dice, se cuenta, se comenta...

Varios aventureros y figuras de renombre se han visto dirigidos por el camino a Crimmor por la comandante Zahra Al-Hakim en un llamado: Sariel, Druulxakmilesh, Eclipse, Elessar, Leathryl, Kriell y Kaeril. Después de revisar las cercanías de un carromato que había sido asaltado y abandonado a su suerte, la comandante fue vista yendo hacía Gambiton con una "caja de mármol" mientras el grupo avanzaba hacia la aldea de Torbolda para garantizar su bienestar y seguridad.

Los rumores dicen que todos ellos volvieron de la empresa presentando signos de batalla, algunos unidos en grupo y alguno por su cuenta. El Discípulo de Amatista cargaba a hombros con un cuerpo maniatado y amordazado que entregaron en las dependencias de la Guardia de Amn.
 

Nyra

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*Kriell enviaría un informe a la comandante Zahra Al-Hakim y al teniente Ewan sobre lo qué descubrieron.*

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Buenas,

Hemos acudido al llamado de la comandante Zahra Al-Hakim para vigilar un camino hacia la aldea de Torbolda. Eramos un grupo variado entre los presentes estaba Sariel, Druul, Kaeril, Eclipse, Elessar, Leathryl y yo misma.

En el camino del río encontramos un carromato asaltado, no había ningún ruido ni rastro de gente. En el carromato encontramos una especie de estandarte de una rosa negra, Sariel mencionó qué vió algo parecido pero de otro color, la rosa roja de Ansalon. Así qué la mayoría intuyó qué serían del mismo lugar. Aparte encontramos una caja de mármol pesada la cuál contenía una hin en su interior muerta, Eclipse tomó una nota qué tenía el cuerpo y decía algo así: "Esta no la toméis, podría servir a nuestro propósito. Entregádsela al Mariscal." firmado con una W. La comandante se encargó de la nota y de llevar el féretro de vuelta mientras nos dejó la tarea de ir hacia Torbolda.

Por el camino hallamos cuerpos de la guardia División Occidental por las simbologías de sus uniformes. En sus cuerpos hallamos virotes ensartados que eran un tanto peculiares, la madera es oscura casi negra, con plumas de tacto correoso y la punta dividida en tres. Habían cuatro virotes en total, una la tomó Eclipse, otra la tomé yo, otra Kaeril y la cuarta Druul. Este último además se percató que los cuerpos tenían una marca de la rosa negra entre los dedos.

Mientras nos dirigíamos a Torbolda fuimos atacados por unos fantasmas o así, con una bruma. Eran peligrosos y encontramos más cuerpos de la guardia diría apilados. Al acercarnos empezamos a escuchar un cántico algo siniestro en un idioma qué no parece de aquí, lo más cercano qué escuché a ese idioma era de los Caballeros de Solamnia. Posiblemente sea un dialecto o variable de este, realmente no se tanto de su idioma. Nada más llegar vimos algo bastante bizarro, parecía ser un ritual con sacrificios humanos, Druul y yo intentamos interferir para qué no se completara. Solo se pudo salvar una víctima.

Había un hombre que contemplaba todo con calma, intuíamos que fue uno de los perpetradores. Sin duda alguna así fue, ya qué enseguida estuvo diciendo de negociar. Quería algo de nosotros a cambio de qué no nos mataran. Por lo qué observaron varios del grupo había una jinete en la colina observando, no llegué a verla, pero mencionó qué ya estábamos muertos desde que pisamos esa aldea. También dijo qué ella sabe qué perseguimos el Orbe de los Dragones, qué puede sentirlo igual que puede sentir a aquellos a los que toca su embrujo. Remarcando qué nos encontrará incluso si no hacemos uso de él, comentó también algo cómo qué Los Doce irán a por nosotros y no quedará nada con ni por lo qué negociar. Claramente para intentar qué cedamos y cooperemos, cosa qué no hicimos.

Usamos armas no letales para poder derribarlo y entregarlo a la guardia, Kaeril se aseguró de entregarlo personalmente tras que Eclipse lo maniatara bien para que no escapara. Así recibirá el justo juicio por asesinato, alzamiento y rituales siniestros. Sariel llevó al herido, y víctima superviviente, a qué se recuperara al campamento de los Salones de la Luna.

Tras ser atendida de la pelea en la qué me molieron... Me desperté con ardor y dolor en el cuello, Kaeril lo observó y me dijo qué tengo la misma marca en este qué los guardias fallecidos y el estandarte del carromato. Una rosa negra, la cuál ahora mismo no duele ni siento nada raro más allá de un ¿picor?

Atentamente Kriell, marinera y escudera del Capítulo de la Rosa de Plata.
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*A pie de página además Kriell habría anotado a cada uno de la guardia que enviaba una copia al otro.*​
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ET Faker

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La aldea de Torbolda no ardió. No hubo fuego que purificara la tierra ni llama que consumiera la podredumbre. Los cuerpos —hinchados, corrompidos, aún gélidos en su ruina— fueron abandonados en el silencio quebrado de las casas, bajo las vigas partidas y entre las ruedas detenidas de los carros que jamás llegarán a su destino. Y al caer la segunda noche tras la retirada de los aventureros, se alzaron.

No fue con gritos. Tampoco con furia. Se alzaron como los restos de un pensamiento olvidado que se niega a morir. Sin rostro, sin voz, caminando los mismos pasos que dieran en vida, ahora como sombras atrapadas en una danza macabra. El
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Camino del Río —arteria viva de comercio hacia Athkatla— ha quedado marcado desde entonces. Caravanas que se aventuran al anochecer son rodeadas por un frío sin causa y una niebla sin origen. Quienes sobreviven no recuerdan ataque alguno, pero llevan consigo el hedor de la tumba y una mirada vacía.

Desde las alturas pedregosas que rodean Torbolda, una figura ha sido vista en más de una ocasión. Envuelta en armadura rota y paños que ondean como humo púrpura, una mujer cabalga sobre un corcel sin carne. Porta una larga asta de guerra con un estandarte desgarrado. Sus ojos, si alguna vez los tuvo, arden con un fulgor purpúreo y muerto. Dicen que observó en silencio a los aventureros que capturaron a la Espina del Rosedal, mas no los siguió... No aún.

Pero la noche siguiente, todas las aldeas entre Crimmor y las estribaciones del río cerraron puertas, aseguraron postigos y apagaron sus luces. Nadie se atrevió slair mientras la abanderada cruzaba las llanuras al galope: Un relámpago de hueso y acero sin voz ni tregua. Algunos miembros del Gremio de Aventureros —pocos, temblorosos, marcados— regresaron de un intento de reconquista en Torbolda con historias que apenas pueden repetir sin quebrarse. Dicen que la mujer espectral cabalga siguiendo un olor, una esencia, una culpa. Y que nada la detiene mientras exista quien lleve en sus pasos la marca de la Rosa Negra.

Y en Gambiton —la apacible mancomunidad hin— el amanecer trajo una figura que ensombreció incluso a sus más risueños habitantes. La Comandante al-Hakim, de rojo y oro entre los tejados cubiertos de flores, cruzó la verja principal de la mancomunidad escoltada por su guardia personal. En sus brazos, cubierta por un paño blanco, portaba un pequeoñ féretro de mármol. Pidió hablar con los representantes del lugar, con rostro sombrío. Nadie sabe a quién ha venido a entregar tan callado presente. Pero algunos murmuran que el nombre que guarda el féretro no ha nacido aún.​

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Offtopic :
El próximo miércoles 30 de Julio haré otra ambientación espontánea, a lo largo del día y sin horario definido, para los que encuentre conectados y estén interesados. En el caso de que hubiera demasiada afluencia, se dará prioridad a los que no participaron en la primera por motivos de equidad y compañerismo. Gracias siempre por leer y por estar. Nos vemos cuando nos veamos. ✨
 

Teiglin

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La patrulla a Torbolda

La patrulla partió desde Athkatla por el Camino del Río. La encabezaba el aspirante y aprendiz Akryos, quien marchaba en vanguardia, seguido por Druulxakmilesh y Khamul. Tras ellos avanzaba el Khazark. El grupo progresó sin dificultad, guiado por rastros y cadáveres. Peregrinos, refugiados y olvidados vagaban como espectros en una necrópolis, famélicos y cabizbajos. Observaban a los Magos Rojos con temor, pero nadie se atrevía a mendigar pan o agua, y los thayinos no mostraron ni un atisbo de compasión.

Tras recorrer los primeros kilómetros, se adentraron en un cruce donde Druulxakmilesh los guió hacia Torbolda. Pronto fueron interceptados por las criaturas del lugar: trácnidos, enormes arañas y algún troll extraviado. Cerca de allí se encontraba la antigua guarida de la Sierpe Negra. Finalmente, alcanzaron Torbolda.

El dracónido les explicó lo ocurrido. Mientras cruzaban el pueblo entre almas en pena, una oleada de trolls los emboscó.

Lo que siguió fue un campo de batalla implacable. Los Magos Rojos avanzaban arrasando todo a su paso: la magia cortaba el aire, perforando madera, piedra y carne por igual. Durante horas, enfrentaron a cientos de trolls del pantano. Se replegaron, reorganizaron y contraatacaron. El acero thayino y la hechicería lograron doblegar a tantos enemigos que los supervivientes huyeron, rodeados por llamas incluso en medio del lodo y el agua.


Así, se alejaron de Torbolda y del pantano, rumbo a Crimmor, repasando en silencio cada detalle de lo vivido y lo dicho.



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ImVermilion

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Y en Gambiton —la apacible mancomunidad hin— el amanecer trajo una figura que ensombreció incluso a sus más risueños habitantes. La Comandante al-Hakim, de rojo y oro entre los tejados cubiertos de flores, cruzó la verja principal de la mancomunidad escoltada por su guardia personal. En sus brazos, cubierta por un paño blanco, portaba un pequeoñ féretro de mármol. Pidió hablar con los representantes del lugar, con rostro sombrío. Nadie sabe a quién ha venido a entregar tan callado presente. Pero algunos murmuran que el nombre que guarda el féretro no ha nacido aún.​
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*Ante la llegada de tal comitiva la Alcaldesa Numina junto a sus más cercanos compañeros para recibir a La Comandante al-Hakim y su escolta, la hechicera observaba con temor aquél féretro de mármol, preguntándose que nuevas y oscuras noticias volvían a llegar a su pequeña y apacible Villa.

La invita amablemente al ayuntamiento para ver de que iba todo esto, temiendo lo peor y preparándose para el desastre.*

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¡Hola! Quedo pendiente para saber de que se trata o si tienes tiempo para rolear esto y avisar al resto<3
 

Sariel

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Tras las órdenes dictadas por la comandante Al-Hakim, el grupo emprendió su marcha conforme a lo establecido, enfrentando en su trayecto no pocos peligros, entre ellos escaramuzas con insepultos que, si bien no supusieron amenaza fatal, sí pusieron a prueba sus habilidades. No menor fue el desafío cuando se alzaron contra el "campeón" de la Abanderada, uno de los muchos que aguardaron entre muerte y rituales profanos en el poblado de Torbolda. En combate reñido, pero con más con astucia y sobretodo con la experiencia que muchas portaban a sus espaldas, el grupo logró reducir y apresar al sujeto.

Tras el cometido, algunos compañeros, como el embozado Eclipse, se alejaron pronto de la villa, dejando atrás la contienda. El resto del grupo -el paladín Elessar, el dracónido Druulxakmilesh, la bardo Kriell, el aventurero Kaeril, y la Alta Sacerdotisa de Selûne, Sariel— emprendieron el retorno a la Ciudad de la Moneda, llevando consigo al prisionero, cuya custodia no fue precisamente tomada a la ligera.

Sin perder tiempo, el sujeto fue entregado a las fuerzas del cuartel, conducido por Kaeril con poco decoro pero gran eficacia, cargado al hombro como si de un fardo se tratase, mientras Kriell y Sariel velaban por que el sujeto llegase debidamente al lugar. Así, con la entrega del reo y el informe correspondiente a la comandante Al-Hakim, el grupo dio por concluido su cometido para con la misma.


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Perdón si me dejo algún pj, he hecho memoria y no soy capaz de recordar a nadie más ahora mismo
 
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ET Faker

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UNA CICATRIZ EN EL CIELO
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El viento no alcanza aquellas alturas. La fortaleza flota como un recuerdo que se niega a desaparecer, suspendida sobre el vacío por columnas de magia enferma, verdes como moho en carne abierta. Son ruinas lo que la sostienen; fragmentos de Rashturl reagrupados en un acto de profanación arquitectónica. No hay armonía, solo peso muerto y conjuro impío. Una cicatriz en el cielo.

En la torre más alta, tras una galería sin ventanales, se sentaba el Amo. El sillón es viejo. Había sido testigo de silencios pesados como lápidas, de decisiones que no se escriben en los anales, sino en lánguidos epitafios. Las garras del respaldo sobresalen como alas plegadas. Su figura, inmóvil, lo ocupa por completo.

Ante él, un caballete, un lienzo y un pincel. Y en el lienzo, trazos. Inseguros al principio, firmes después. Una frente alta. Un perfil sereno. Unos ojos que no miran. Cabello recogido con la dignidad de la estirpe. El retrato de una elfa que aún no está completo, pero pronto lo estará. En las manos que lo conciben hay una pulsión extraña. No es amor, ni pasión, ni siquiera cariño. Es obsesión y necesidad.

Tras él, la sala permanece muda hasta que crujen los goznes de la puerta. La figura que entra no se anuncia. No es necesario. Las sombras se inclinan a su paso por reconocimiento.

—Ya no la escucho cantar —dice el Amo, sin girarse.

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La abanderada se detiene a tres pasos del sillón orejero. Su armadura, ennegrecida por el uso y no por el metal, desprende olor a campos calcinados. Las astas del estandarte, atadas a su espalda, no arden.

—El Mariscal se ha encargado de ella, mi Señor. Opuso resistencia, pero alguien más estaba interfiriendo. Sus guardas se desvanecieron. Los sueños que alimentaba han sido ahogados.

El Amo de la fortaleza deja que una gota de tinta se escurra en el borde del retrato. La absorbe con un trozo de tela raída, con una lentitud que delata otra cosa. Está pensando.

—¿Y el Orbe?
—En la Ciudad de la Moneda, mi Señor. Amn cree que está bajo control.
—Bien. Deja que lo piensen.

Entonces, el Amo se levanta. Su sombra no le sigue, permanece sentada, como si esa parte de él no pudiera despegarse del retrato.

—Inicia la segunda fase. Y no me decepciones.

La abanderada tarda una fracción de segundo en responder. Es casi imperceptible, pero suficiente para delatar que ha comprendido el alcance de lo dicho. No hay miedo en su gesto, pero sí una grieta. Duda. Y no por compasión, sino por el entendimiento de un nuevo delirio.

—Se hará como ordenéis, mi Señor.

Cuando la abanderada se retira, sus pasos no emiten sonido alguno. Los pútridos jirones de lo que un día fue su piel forman un rictus mudo, impasible y desapasionado mientras cierra la puerta tras de sí. A su espalda solo deja un silencio apenas perturbado por los leves roces del pincel.

Frente a ella, no mucho después, el follaje del Bosque de Weldath tiembla, como si sus raíces supieran quién se acerca.

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Mañana, martes 05 de Agosto a las 22:00h (España Península), destrucción del Orbe de los Dragones.
 

Nyra

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Desde lo alto del firmamento, las nubes se desgarraron acompañadas de múltiples rugidos qué retumbaron por el horizonte mostrando la silueta de varios dragones que surcaban los cielos. Un numeroso grupo de aventureros alarmados y conocedores de lo qué se iba a realizar en la Torre Capaconjuro marcharon raudos hacia el Distrito Gubernamental.

No importaba si eran guardias, guardianes del bosque, aventureros del gremio o selunitas, todos fueron decididos buscando poder ayudar en lo posible. Se detuvieron frente a la gran torre donde no podían acceder por sus defensas y contemplando cómo el Sargento Rakgbar se mantenía firme y decidido en actuar. Apenas intercambiaron algunas palabras de duda qué este presto, mandó indicaciones para evacuar a la gente del distrito hacia Agujas de Oro y Gambiton. Tras darles esas indicaciones se puso a organizar a la guardia del lugar tanto para preparar defensas de los evacuados.

El Capitán Cruzado de Selûne,Dragones en Capaconjuro.jpg Eothain no dudó en dar ordenes al resto de sus compañeros para impedir qué busquen resguardo en las ruinas del templo y poder guiar mejor a todos a la salida. Los primeros en marchar a cumplir fueron el estratega Kastan y Kriell a lo cuál no tardó en sumarse todos. La caballero Lyra junto al aventurero Flynn y Eothain se acercaron a diferentes hogares hablando con las diferentes castas de ciudadanos de la zona más suroeste mientras qué los guardianes de la naturaleza Inalynn y Kharmin Musgoverde ocuparon más la zona noreste trabajando todos en coordinación.

Junto a los Salones de la Luna se personaron las aventureras Enma, Kriell y Madeleine haciendo coros de voces para guiarlos en orden hacia la puerta donde les esperaban Florian, Elunara y Kastan para repartirlos hacia Agujas de Oro o hacia Gambiton. El aventurero Bran y Sophie se mantenía de enlace entre los otros aventureros y el Sargento Rakgbar haciendo todos una cooperación muy coordinada e improvisada, donde solo importaba la seguridad de la gente ante el espectáculo y horror qué se veía de lejos hacia la Torre de los Capaconjuro.


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Offtopic :
Actuación y reacción de los personajes al ver en el global sobre la cercanía de los dragones en la Torre Capaconjuro. Intenté ser lo más fiel posible al rol realizado y nombrar a todos los participantes. Avisé a Faker de esta actuación y pedí permiso para subir el relato de ello. Gracias a todos por algo tan improvisado y guiarnos entre todos por el ambiente.
 

Sariel

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separador-luna-png.pngEl ritual había comenzado y con él, el archimago dispuso a los arcanos en posición, ávidos buscadores de conocimiento que aquel día tenían una misión muy concreta: apoyar al poderoso miembro de capa conjuro para quebrar el orbe que tanto había traído de cabeza a Amn y Murann desde hace ya meses.

El Líder del enclave Thayino Obara, el maestro Gelvalm, la sacerdotisa Gwenaelle de Selûne, Jadzia Lartos, Katia Naxxremis, Shazar de Tyrautos... todos teníamos claro qué debíamos hacer. Todos sabíamos que debíamos apoyar al archimago en su hacer, en su ritual. De nosotros dependía el éxito, de nosotros dependía quebrar el Orbe de los Dragones.

Más mientras realizábamos nuestro cometido, estaríamos expuestos. Y para nuestra protección, un pequeño grupo de magos de capaconjuro vino a colaborar destinados a proteger el ritual.

El embozado Eclipse, la Soldado Alice, el Teniente Ewan, el ya caballero selunita Lekin, la Alta Sacerdotisa del Capítulo y el Burgomaestre Baldrak.

Cubriendo el círculo del ritual, nos dispersamos, y cuando se comenzó a liberar el arte, las aguas que bordeaban aquel claro comenzaron a agitarse. Los elementales que allí parecían residir estaban nerviosos, y más pronto que tarde, comenzó la batalla.

Espectros comenzaron a llenar el lugar. Los magos de capa conjuro desataron su poder, y ante el asombro de los presentes eran abatidos uno tras otro, en pos de cumplir la misión. Mientras Lekin resistía los embates de los espectros con la firmeza de un bastión, el embozado Eclipse los retenía de una forma completamente diferente, haciendo uso de su agilidad para esquivar, desviar y despistar a cada adversario.

Desde la lejanía, se podía ver al teniente haciendo silbar las flechas con su arco, haciendo absoluta gala de lo mortífero que podía ser un arma tan simple en las manos correctas. Alice y yo, por nuestra parte, tratábamos de mantener al grupo intacto: oraciones, sanaciones, protecciones varias eran pedidas a los dioses por ambas aquella noche, mientras los férreos gruñidos del Burgomaestre eran la antesala de los espectros que, derrotados, se disipaban ante el renombrado enano, mientras los conjuradores seguían al pie de la letra el ritual que allí tenía lugar.

No pasó mucho tiempo hasta que llegó la calma, pero ya sabéis lo que dicen: después de la calma viene la tempestad. Y aquella tempestad, era algo que nadie presente podría imaginarse.

El orbe fue quebrado y, de su interior, el interior del propio mago Selemchant quiero decir, un "hombre" salió de él. El cielo tronó y las nubes taparon la luna. Y antes de todo aquello, pude observar cómo el cuerpo del archimago de capa conjuro era consumido, drenado si podría decirse de alguna forma, cayendo al suelo, desplomado, repelido por lo que antaño, fue el Orbe.

El hombre recién aparecido rió, habló y se vanaglorió con palabras que… no quiero recordar. Y un dragón insepulto acudió a su llamada junto a otros muchos. No fui capaz de llevar la cuenta en aquel momento, pues metálicos y cromáticos se enfrentaban en el aire en una suerte de combate que fácilmente podría haber sido confundido con el fin de los tiempos que conocemos… hasta que un gran verde descendió.

No hubo tiempo para pensar, solo actuar. El grupo, sin un ápice de duda en ellos, encaró a la bestia y allí comenzó una batalla que haría temblar al más valiente de los guerreros. Arte, poder y pura destreza marcial combatieron a la bestia. Y no con poco esfuerzo, sudor y sangre, tras oraciones, conjuros y acero, finalmente la bestia cedió y dio su último suspiro. Un estruendo resonó en el lugar cuando su cuerpo cayó sin vida al suelo, frente al exhausto grupo.

Pero no, no habíamos terminado ahí. Mientras combatíamos, aquel hombre había tomado el orbe y ahora abandonaba el lugar. Ni siquiera parecía huir; era como si nos perdonase la vida. Pero… no estábamos dispuestos a aceptar aquello, no al menos sin intentarlo.

Una flecha del teniente voló, proyectiles mágicos salieron de la palma de Gwenaelle, y una lluvia de meteoros convocada por Obara comenzó a caer. Todo ello con el único objetivo de hacer caer a aquella criatura esquelética de dimensiones gargantuescas que ahora se alzaba en el aire en aquella retirada. El hombre encima de ella era tan pequeño en comparación, que era prácticamente imperceptible a aquella distancia.

Mientras tanto, aquella figura, con un simple gesto de la mano, extrajo por completo la vida de una de las sierpes que combatían en el aire, un alarde de poder que me dejo sin habla unos segundos. Esta cayó en picado sobre el grupo, que consiguió apartarse… a excepción del mago Shazar y de Gwenaelle, que quedaron parcialmente sepultados por ella, aparentemente sin vida.

Corrí. No dudé. Toqué a Gwenaelle y me teleporté con ella para sacarla de aquel peso. La observé y al verla inerte, mi corazón estuvo a punto de detenerse. Colapsé sin saber qué hacer en aquel instante o más bien, sin poder hacer nada. Pues cuando miré al cielo, los esfuerzos de mis compañeros habían conseguido que el orbe cayese de las manos de aquel hombre. Quise teleportarme al orbe y tomarlo, pero cuando mi cuerpo quiso reaccionar, ahí estaba él: veloz,Adobe Express - file (2).png como el virote de una balista recién impulsado por la tensión de su cuerda. Tan valiente como siempre le había conocido, el Burgomaestre alzó el vuelo y sin dudar trató de alcanzar el orbe, cortando viento y nubes por igual, con la determinación de quien no tiene miedo a la muerte porque sabe que está haciendo lo correcto. Solo pudimos mirar al cielo mientras Baldrak se perdía entre las nubes, expectantes. Ahora todas las esperanzas residían en aquel héroe, aquel que siempre había luchado por lo correcto, aquel que no dudó en alzar vuelo contra cuatro sierpes del tamaño de la catedral más grande que yo hubiese podido ver.

El tiempo pasó, y nada supimos de él. Aquello llenó de nerviosismo mi corazón, mi pesar. Le devolví el aliento a Gwenaelle con mis dones. Al verla respirar, una lágrima brotó de mí, pero no podía mostrar alegría, no hasta que estuviésemos a salvo.

Truenos, relámpagos, fuego comenzó a caer del cielo. Era casi como una advertencia final. Debíamos salir de allí y… así fue. Teleportándose, cada compañero abandonó el lugar. No hubo muchas palabras, pues el futuro desde ese día se había vuelto más negro, y nosotros… habíamos perdido una luz. Pero Bahamut había ganado otra.separador-luna-png.png

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Offtopic :

Espero que no haya problema en postearlo aquí. Quería tener, aunque fuese, un pequeño detalle con Baldrak, y espero que no le moleste. Por mi parte, un 10/10 para él, es todo lo que puedo decir.

Me he tomado la libertad de representar levemente a algunos personajes, aunque creo que todo es bastante fiel a la escena. Si alguien prefiere que retire su parte, que me lo diga por Discord y lo haré sin problema.
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ET Faker

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EL CABALLERO DE LA ROSA NEGRA (I)
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Las brasas de un engaño arden más lento que las del odio.

El círculo fue tallado con precisión. Plata líquida, sal negra y piedra grabada con antiguos votos de conjuración. Los aventureros formaban el último anillo: representantes de los Magos Rojos, de la Arcanum Schola y del Capítulo de la Rosa de Plata. Gwenaëlle de Selûne; Obara Alghul, Gran Khazark de Thay, y sus Magos Rojos, Druulxakmilesh y Shazzar de Tyraturos; Gelvalm Williams, Magistrado de la Moneda. Katia Naxxremis y Jadzia Odger, maestras de la prestigiosa Arcanum Schola.

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Todos ellos protegían al catalizador, el Cónsul de los Selemchant y Archimago de Capaconjuro, mientras el ritual comenzaba. El silencio inicial pesaba más que la tensión. Pero no duró demasiado. Del agua que rodeaba el torreón se alzaron los espíritus descompuestos del Rosedal anhelando carne para recordar su forma. Eran recuerdos atrapados en agonía, y llegaron por ambos flancos.

Hubo gritos, el choque de hechizos contra la bruma, flechas que silbaban y se perdían entre dedos incorpóreos. Los aventureros —entre los que se contaban las Fuerzas Armadas de Amn de la mano del Teniente Ewan y la Soldado Alice Valdor; Los Ladrones de las Sombras cuyo general en Crimmor, Eclipse, actuó como un bastión inexpugnable, solo igualado por el Burgomaestre de la orgullosa Kazad Gromdal y por el artífice de la luna, Lekin Tannaru; La mano y voz de la Luna en Athkatla, Alta Sacerdotisa Sariel Shade, manteniendo a sus compañeros a salvo, arrancando en más de una ocasión sus almas de las garras de la muerte.— combatieron sin gloria, solo con determinación y deber, resguardando el corazón del círculo.

Y en ese corazón, el Orbe de los Dragones flotaba. Levitaba como si cada palabra en dracónico arcaico empujara sus ejes hacia la ruptura definitiva. El cuerpo del Selemchant temblaba no por el miedo, sino por la carga de una voluntad ajena. Las letanías que murmuraba tenían el eco de una lengua que no conocía la redención.

En el instante final —cuando la luna velada comenzó a palidecer en el cielo de Athkatla—, el archimago dio el paso definitivo: hundió ambos brazos desnudos en el Orbe de los Dragones. La plata del círculo se volvió roja como el óxido. Sus dedos desaparecieron en la superficie pulida como sif uesen absorbidos por carne viva. Entonces gritó, mas no con voz humana, sino con un alarido que parecía sacado de las entrañas del mundo.
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Su cuerpo se arqueó. Sus venas brillaron como cables incandescentes. Fue lanzado hacia atrás como una marioneta cuyo titiritero hubiera arrancado los hilos de cuajo. El cuerpo del Selemchant permaneció inerte y, pagado el precio vital... El Orbe de los Dragones despertó.

Primero fue un tronar sordo, como si el cielo se agrietara. Después, un susurro en una lengua imposible que cada alma comprendió pese a no tener la capacidad de repetirlo. El firmamento se hendió. El sello que lo contenía, se quebró.
Y a su llamado, llegaron.

Tres dragones cromáticos. Dos dragones metálicos. Uno a uno, cruzaron las nubes con aleteos que oscurecieron la luna. Alas de acero, escamas esmeralda, oro bruñido y fuego púrpura. No hubo alianza. Solo hambre, ira y confusión. Cuatro de ellos seenzarzaron en una batalla cruenta, los unos contra los otros, formando un torbellino de furia ancestral sobre la Ciudad de la Moneda.

Pero uno de los cromáticos no dudó. Conducido por las manos espectrales de Caradoc —el espectro que había poseído hasta la muerte al Cónsul de los Selemchant— un joven dragón verde, con los ojos nublados por la obediencia absoluta, se lanzó en picado contra los aventureros.

No fue hasta entonces que desde lo alto, entre nubes que se tornaban óxido y esmeralda por los hálitos de los distintos dragones, la muerte engalanada de leyenda hizo presencia. Karavarix, aquel extraño dragón que parecía oscilar entre la vida y la muerte, no tenía carne. Era hueso, humo púrpura y furia contenida. Sus alas eran cortinas de niebla oscura sostenidas por espinas negras. Bajo cada aleteo, la realidad temblaba como si no pudiera sostener su presencia.

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Montado sobre él, la figura de Lord Soth, inmóvil y eterno, se dibujaba en el horizonte. Su armadura negra devoraba la luz. Su yelmo tenía cuencas vacías, pero sus ojos ardían con el rencor de un millar de traiciones. No emitía palabra alguna, pero su sola presencia hablaba volúmenes.

Desde la altura, su siniestra se extendió hacia el maltrecho cadáver del cónsul Selemchant. El cuerpo, que mantenía en su rigor mortis una postura imposible causada por el atroz dolor infligido por el Orbe, se alzó envuelto en un haz de luz verdosa. Donde una vez hubo un hombre, ahora había un siervo.

La batalla fue larga. La Sierpe Verde, aunque joven, veía su poder aumentado por el influjo del Orbe, y sus movimientos acelerados por la voluntad de Caradoc. Sin embargo, ni siquiera así pudo traspasar la férrea barrera que conformaban Eclipse, Baldrak y Lekin. Y con la ofensiva de todos sus compañeros, la enorme sierpe, sin tiempo ni oportunidad de huir, cayó.

Pocos son los aventureros que entre sus hazañas pueden contar la caída de una Sierpe... Como pocos son los que tendrían el valor de mirar a los ojos de la muerte...
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Y enfrentarla.​
 
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CENIZAS DEL ROSEDAL
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La sala de observación estaba bañada en una penumbra cetrina, teñida por la luz que emergía de una gran esfera de adivinación. Su superficie ondulaba como un mar contenido, reflejando imágenes lejanas: Tiendas de campaña de lóbregas telas, acantilados coronados de humo y bajo ellos, la silueta rota de uno de sus Thal'Varan. No quedaba piedra intacta. Columnas caídas y cristales de poder fragmentados eran ya parte del cauce del Rashturiver, arrastrados por una corriente que no debiera ser tan fiera.

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En medio de aquel caos, figuras tatuadas se movían con paso seguro. Los Magos Rojos de Thay. Y no estaban solos. Un gólem. Y criaturas de proporciones gargantuescas y ningún rasgo humanoide derribaban restos y escalaban con la agilidad y fuerza desmedida de un animal.

Lord Soth no apartó la vista. No hubo rugido, ni golpe contra la mesa. Solo el susurro uniforme de su voz.

—Mariscal Caradoc.

El espectro, de pie a su lado, evitó desviar la mirada lechosa de la esfera.

—Mi señor.
—Reconozco a aquel al que llaman Khazark. De dónde son esas bestias.

Preguntó Soth, sin inflexión en su tono; como si el hecho de formularlo ya fuera suficiente amenaza. Caradoc se permitió una pausa medida, aunque su esencia vibraba por el terror contenido.

—Presumen... Ser de Muranndin, mi señor.

Durante un instante, el silencio llenó la sala, roto solo por un suspiro áspero del Orbe de los Dragones, que reposaba en un pedestal cercano. Soth volvió la mirada al espectro.

—Entonces... Ese Thal'Varan será el primero en abrirse.

Un crujido interrumpió el silencio. Karavarix, el Dragón de Ultratumba Mayor, movía las alas lentamente como si algo invisible le incomodara. Los ópalos que hacían las veces de ojos se
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encendían y apagaban, no con el ritmo constante de un insepulto, sino con la irregularidad de una mente perturbada. El Orbe ejercía su presión incluso sobre él, aunque en menor medida que en el resto. Un influjo tenue, pero inexorable.

Caradoc habló con cautela.

—Mi señor... El Orbe debe salir de la Fortaleza. Mientras permanezca aquí, su voluntad seguirá midiéndose con la vuestra. Mantener vuestra mente libre... Es vital para lo que ha de acontecer.

Soth giró la cabeza apenas unos grados y su voz, grave y taimada pero cargada de advertencia, cortó la penumbra.

—Coge papel y pluma, Mariscal.

Caradoc alzó una mano espectral. El aire se agitó y, desde una mesa cercana, un tintero, pluma de asta negra y pergamino ajado se elevaron por sí solos. La pluma comenzó a trazar palabras en el aire y cada letra, al posarse sobre el papel, parecía impregnarlo con un peso invisible.

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Lohezet,

Despojo inútil de huesos y polvo escondido en la mediocridad como un insecto bajo la piedra. Te concedo la oportunidad de demostrar que sirves para algo más que pudrirte en tu propia irrelevancia.

No confundas el imperativo de esta orden con un llamado de cortesía. Te exijo que abandones tu rincón de fracaso y te persones ante mí en Nueva Dargaard, donde recibirás instrucciones dignas que habrás de cumplir solícito, con la dedicación de un siervo inepto al que se le ha permitido seguir existiendo.

Te sacaré de tu hedionda costra de mediocridad si eres capaz de cumplir unas simples directrices, aunque tu carne, mente y alma no merezcan tal esfuerzo ni consideración.


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Caradoc hizo descender lentamente la pluma, conteniendo un acceso de risa. El pergamino quedó suspendido en el aire, las letras aún húmedas brillando con un matiz verde que no era tinta. El espectro esperó la orden final.

Lord Soth se volvió hacia la esfera de adivinación, en la que aún se repetía la visión del puente-portal destruído. Su voz sonó como un susurro, pero sin la más mínima duda.

—Que la reciba antes de que la próxima piedra caiga sobre Muranndin.​
 
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