Pensé que estaríamos juntas por siempre, querida Andrómeda. Juntas vimos la primera luz y hubiera deseado que también la última, pero me abandonaste. A pesar de la adversidad que tocó nuestra infancia y del remordimiento que ahora atesoro por haber servido juntas a una divinidad caprichosa y cruel, no logro recordar días menos sombríos ni noches más lúcidas que las que nos unieron. Y sin embargo te confieso que esas memorias, cada vez más lejanas, lejos de serenar mi ánimo lo atormentan sin descanso.
Lo habría desdeñado todo con tal de que no te hubieras marchado esa noche de luna encendida y dorada al encuentro de la Muerte, y nada me hará creer que tú no hubieras obrado del mismo modo por mí. Maldita sea entonces la hora en la que por error me pensaste indispuesta a compartir la penitencia que una diosa sin piedad impuso, sin justicia, sobre ti, su más devota servidora y también mi bienamada hermana. Jamás he deseado conocer la razón detrás de tan grande desgracia, puesto que nada podrías decir para que mi corazón supiera perdonarte.
Aun así, cuando te perdí rogué desesperada y sin culpa a las divinidades celestes y también a las de ultratumba. Ninguna escuchó. Entonces no sabía de su temperamento indiferente, y confiaba ingenua y en vano lograr comprar con mi vida, con mi alma o con otras artes menos dignas lo que nuestra diosa, inmisericorde, me negaba en silencio. Con cualquier sórdido pecado hubiera tratado de cubrir la desnudez de mi culpa, pues podía ya adivinar que su mácula no me abandonaría nunca.
Renegué de los sagrados votos y busqué socorro en las estrellas. Con ellas forjé un pacto para persistir, jurándome que buscaría sin cesar tus ojos de plata en su firmamento. Entregué cada noche a la lectura de los astros, tratando de hallar tu rostro con la minuciosidad del adivino y la esperanza en el porvenir de los recién desposados; pero también con la angustia del moribundo que sabe que no verá un nuevo día. Allí, en aquel bello e infinito horizonte, del mismo modo que en los sueños, creí que el tiempo no pasaba. Con suma decepción me descubrí engañada y, aun y así, jamás dejé de intentarlo.
Admito haberme rendido voluntariamente a ese deseo impaciente disfrazado de esperanza, a la esclavitud de un anhelo desconsolado que muere tan pronto como nace. La promesa de salvación me encontró antes siquiera de que yo la hubiera deseado o, mejor dicho, de que me hubiera tenido por digna de tal misericordia. Naturalmente la redención tenía un alto precio, pero no estaba yo dispuesta a prestar mis oídos a las más imperiosas advertencias de la razón, ni a nada que no tuviera que ver con volver a mirar mis ojos reflejados en los tuyos. Entonces no presagiaba que el supuesto don que se me ofrecía poco tenía que ver con todo aquello, sino con liberar mi alma de tu recuerdo y de cualquier otro afecto u obediencia. Aquella siniestra voz deseaba substituirlos por una nueva, y yo consentí, pues no hay tiranía si no hay esclavos.
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