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El último espejo

Eussoros

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I - DE LA CULPA

II - DEL UMBRAL
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I - DE LA CULPA​




Pensé que estaríamos juntas por siempre, querida Andrómeda. Juntas vimos la primera luz y hubiera deseado que también la última, pero me abandonaste. A pesar de la adversidad que tocó nuestra infancia y del remordimiento que ahora atesoro por haber servido juntas a una divinidad caprichosa y cruel, no logro recordar días menos sombríos ni noches más lúcidas que las que nos unieron. Y sin embargo te confieso que esas memorias, cada vez más lejanas, lejos de serenar mi ánimo lo atormentan sin descanso.

Lo habría desdeñado todo con tal de que no te hubieras marchado esa noche de luna encendida y dorada al encuentro de la Muerte, y nada me hará creer que tú no hubieras obrado del mismo modo por mí. Maldita sea entonces la hora en la que por error me pensaste indispuesta a compartir la penitencia que una diosa sin piedad impuso, sin justicia, sobre ti, su más devota servidora y también mi bienamada hermana. Jamás he deseado conocer la razón detrás de tan grande desgracia, puesto que nada podrías decir para que mi corazón supiera perdonarte.

Aun así, cuando te perdí rogué desesperada y sin culpa a las divinidades celestes y también a las de ultratumba. Ninguna escuchó. Entonces no sabía de su temperamento indiferente, y confiaba ingenua y en vano lograr comprar con mi vida, con mi alma o con otras artes menos dignas lo que nuestra diosa, inmisericorde, me negaba en silencio. Con cualquier sórdido pecado hubiera tratado de cubrir la desnudez de mi culpa, pues podía ya adivinar que su mácula no me abandonaría nunca.

Renegué de los sagrados votos y busqué socorro en las estrellas. Con ellas forjé un pacto para persistir, jurándome que buscaría sin cesar tus ojos de plata en su firmamento. Entregué cada noche a la lectura de los astros, tratando de hallar tu rostro con la minuciosidad del adivino y la esperanza en el porvenir de los recién desposados; pero también con la angustia del moribundo que sabe que no verá un nuevo día. Allí, en aquel bello e infinito horizonte, del mismo modo que en los sueños, creí que el tiempo no pasaba. Con suma decepción me descubrí engañada y, aun y así, jamás dejé de intentarlo.

Admito haberme rendido voluntariamente a ese deseo impaciente disfrazado de esperanza, a la esclavitud de un anhelo desconsolado que muere tan pronto como nace. La promesa de salvación me encontró antes siquiera de que yo la hubiera deseado o, mejor dicho, de que me hubiera tenido por digna de tal misericordia. Naturalmente la redención tenía un alto precio, pero no estaba yo dispuesta a prestar mis oídos a las más imperiosas advertencias de la razón, ni a nada que no tuviera que ver con volver a mirar mis ojos reflejados en los tuyos. Entonces no presagiaba que el supuesto don que se me ofrecía poco tenía que ver con todo aquello, sino con liberar mi alma de tu recuerdo y de cualquier otro afecto u obediencia. Aquella siniestra voz deseaba substituirlos por una nueva, y yo consentí, pues no hay tiranía si no hay esclavos.
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II - DEL UMBRAL​




Pero antes de rendirme, luché. Libré una batalla atroz y terrible, con un espíritu de frío hierro por espada y sin mayor égida que la nostalgia de tu recuerdo. Agoté noche tras noche mis ojos siguiendo el curso de los astros, buscando en las regiones del cielo extraños patrones y figuras que pudieran llevarme hasta ti. Pregunté a los oráculos y recurrí a eruditos de lo oculto. Escuché todavía a los siervos de la diosa Luna, maldito su nombre entre los déspotas celestes, cuando con infundios y un vano encomio a tu sacrificio pretendieron que continuara al servicio de sus detestables altares.

Los juramentados de esa miserable tirana honraron la tumba que en tu nombre hicieron levantar con fúnebres cantos y exvotos, mas yo sabía que su indiferencia te había asesinado y abjuré de aquella impostura. Cínicos, en tu epitafio cometieron el escarnio de legar a la posterioridad una póstuma absolución: ‘Obedeció la orden del cielo’. Abominé de su hipocresía y de que tu memoria se abreviara en un martirio sin nombre ni propósito. Dónde quedaba la gratitud que la fidelidad merece; dónde el auxilio de una madre, pertenezca al orden divino o al profano, sobre sus devotas hijas. ¿Qué otro título merece aquella que tras hacer a su estirpe partícipe de sus más secretos mandamientos recompensa pasión y servicio con un abandono despiadado?

Aquella noche de tragedia sostuve en mis manos tu rostro surcado por la amargura, y callé nuestras voces rotas con la lluvia de mi llanto. Trató mi abrazo de brindarte consuelo, pero su afecto no tuvo mejor fortuna que tu propio pensar. Me aseguraste, resignada pero serena, que con el amanecer una nueva senda nacería lejos de aquellos muros inclementes. Acepté sin prudencia aquella mentira y la fatiga hizo que el sueño me venciera. En aquel momento se vio consumada tu agonía, pues no supo mi corazón advertirme que de él te despedías, ni tampoco pudo impedir tu martirio. Tus brazos se cerraron por última vez sobre mí, legándome un triste remordimiento.

Con el tiempo perdí la fe en el misterio de los astros, y convirtió mi mente las estrellas en indescifrables formas perdidas en aquel confín lejano e infinito. Cuántas noches imploré al firmamento luminoso, mas quienes en él moran eran sordos a mis ruegos. Cuando ahora mis ojos se alzan ven un cielo negro de desgracia, la bóveda oscura en cuyos palacios de oro y plata habitan en incesantes fastos los seres divinos, indiferentes a nuestras felicidades y, sobre todo, a los vientos contrarios que nos abaten.

En el perpetuo combate que enfrenta la tenacidad del desdichado con el espantoso destino que los dioses le han impuesto rara vez rige la justicia, y muchas menos obedece a la supuesta misericordia que se predica en los templos donde son adorados. Largo tiempo perseveré en el solitario camino del arrepentimiento, hasta que, desprovista de un horizonte y agotado el espíritu, me dejé poco a poco vencer por el titán de la desesperación. Anhelé adormecer la agonía que se apoderaba de él y comencé a despreciar la vida y desear como tú la Muerte. Te ruego, dulce Andrómeda, no me reprendas por aquello que yo te reprocho, pues como el enfermo de agonías contemplé capitular al legítimo pecado de quien, en el siniestro umbral de su negra puerta, profetiza en ella el final de todos los tormentos. Jamás imaginé que fueras a morir.
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