LA PIEDRA VIEJA
XXI
Muelles, Puerta de Baldur
El gris plomizo del Chiontar rompía contra los pilotes del muelle con un rumor constante de madera húmeda y barro. La niebla pesada de la Ciudad Baja ascendía por las laderas hacia los bastiones de la Ciudad Alta, trayendo el olor acre del óxido, la brea y el carbón estancado.
Evelyn portaba su abrigo rojo, con una camisola abierta adornada con un corsé. En su cuello colgaba el colgante con el sol dorado, adornado con un rubí y un ojo de tigre en su centro, el último regalo de Alexander antes de su partida, y un silencioso recordatorio de dónde estaba su corazón. Su primo la esperaba en el muelle, nervioso y con ropajes oscuros. Un burdo intento de no ser robado, probablemente.
—¿Sabe mi padre que estoy aquí?
Matthew negó, ofreciéndole el brazo para caminar. Su silencio no pasó desapercibido, y Evelyn se ancló al suelo antes de seguir caminando.
—Primo. — Tiró un poco de él hacia ella. Mathew esquivó su mirada, y ella frunció aún más el ceño.
— ¿Sabe - tu - padre, qué estoy aquí?
Matthew tragó saliva. El sonido ahogado de su garganta casi quedó sepultado por el graznido distante de las gaviotas y el crujido de las gabarras golpeando la madera podrida del muelle. Intentó zafarse con un movimiento sutil, pero Evelyn mantuvo el agarre firme sobre la tela oscura de su manga.
—Prima, por los dioses... no eleves la voz aquí —susurró él, echando una mirada rápida a un grupo de estibadores que arrastraban un tonel de salazón a pocos pasos. Sus ojos, del mismo verde desvaído que los de su linaje, denotaban un cansancio acumulado de semanas—.
No ha hecho falta que nadie se lo diga.
Arthur Blackwood era el mayor de los descendientes de su abuelo. Su tío y el único hombre vivo disponible para manejar el patrimonio de la rama principal de su familia. Era un hombre enjuto, de cabello rubio coronado por canas, y sobre la mesa de su despacho reposaba un estoque similar al que ella misma portaba, hecho mucho antes que el suyo. Durante mucho tiempo deseó haber sido su hija en lugar de la de su padre por toda una serie de razones. Herencias, orgullosos y concesiones.
—Lleva sabiendo que llegarías desde que tu barco zarpó del Sur —añadió Matthew, bajando aún más la voz y dando un paso involuntario hacia el abrigo de Evelyn, como si el color rojo de su prima pudiera ofrecerle algún tipo de protección.
Evelyn no pestañeó. Mantuvo la mano aferrada a la manga de Matthew, pero la tensión de su brazo mutó de la sorpresa al cálculo frío.
—¿Y qué espera el gran Arthur Blackwood?
—Espera que vengas a pedir clemencia —respondió Matthew en un murmullo apurado, esquivando el contacto visual—.
Quiere usar tu regreso como una lección pública. Lleva meses alimentando el rencor de la familia, recordando a quien quiera oírlo que te perdiste el funeral del abuelo, que preferiste vagar como una repudiada antes que rendir honores al hombre que te dio ese acero. Sabe que la culpa te quema por dentro.
—No es culpa lo que siento, primo. —corrigió Evelyn, con una voz serena que heló el aire salobre entre los dos—.
Es rabia. Me dio esta espada porque sabía perfectamente quién de todos nosotros tenía el carácter para llevarla. Mi abuelo no necesita que le llore en una cripta húmeda rodeada de parásitos vestidos de seda.
Matthew dejó de caminar, durante un instante, Evelyn creyó que iba a reprenderla. Su primo tenía aquella expresión desde niño, la misma que adoptaba cuando alguien decía algo demasiado cierto en el lugar menos conveniente. Sin embargo, se limitó a mirar por encima de su hombro hacia las escalinatas que ascendían desde el muelle.
—Te agradecería que no declararas una guerra familiar antes de que hayamos llegado a casa. — Apretó ligeramente el brazo de su prima.
—¿Nuestra casa? — Evelyn no tardó en responder, no sin sorna.
—La mansión, Prima…
—Ah. Por un momento pensé que te referías a un lugar al que perteneciera.
Matthew apretó los labios. No encontró una respuesta que no empeorara las cosas, pero una pequeña indignación coronó su rostro.
—Aquí tienes a alguien que te quiere; me tienes a mí.
Evelyn soltó su manga y reanudó la marcha. Sus botas golpearon las tablas húmedas del embarcadero con una firmeza que contrastaba con el balanceo de las gabarras. Había imaginado muchas veces su regreso a Puerta de Baldur, aunque nunca había conseguido decidir si deseaba que alguien la recibiera con los brazos abiertos o que todos fingieran no reconocerla. Ambas posibilidades le parecían igualmente insoportables.
El carruaje los esperaba al final del muelle, junto a una hilera de puestos donde los pescadores empezaban a recoger sus mercancías. Un cochero de librea oscura sostenía abierta la portezuela. Al reconocer a Evelyn, inclinó la cabeza con una cautela que le confirmó que su regreso no había sido, ni mucho menos, un secreto.
Antes de subir, ella volvió la mirada hacia el río.
Más allá de los almacenes, las aguas del Chiontar se perdían en la niebla. Había partido de Puerta de Baldur convencida de que alejarse de su familia bastaría para librarse de su influencia. Había descubierto que los Blackwood no necesitaban estar presentes para acompañarla. Bastaba con una palabra, una deuda, el recuerdo de una voz muerta.
El colgante descansaba contra su pecho.
Evelyn lo sostuvo entre los dedos, notando las aristas del rubí y la superficie lisa del ojo de tigre. Esbozó una sutil sonrisa bajo la incrédula mirada de Matthew.
— Hay que joderse, los rumores son ciertos.
Matthew siguió la dirección de sus ojos hasta el colgante. Durante un instante pareció dispuesto a preguntar algo; después, al reconocer la pieza, cambió de opinión.
—He escuchado cosas de las cosas que han pasado en Amn. ¿Eso es otro secreto más, prima?.
—No me digas que has pasado todos estos años esperando que regresara sin ninguno.
Por una vez, agradeció que Matthew tuviera la prudencia de no preguntarle a quién pertenecía cada parte de su vida.
El trayecto hacia la Ciudad Alta transcurrió entre el traqueteo de las ruedas y el silencio incómodo de dos personas que se conocían demasiado bien para fingir que no tenían nada que decirse.
Matthew fue el primero en rendirse.
—¿Vas a contarme qué ha ocurrido en Athkatla?
Evelyn, que observaba por la ventanilla el lento ascenso de las calles empedradas, arqueó una ceja.
—¿A qué parte te refieres? ¿A la que haría que te escandalizaras, a la que haría que te preocuparas o a la que te haría sentir envidia?
—No siento envidia de ti. los dioses me absuelvan.
—Por supuesto que no. Tú has nacido con todo lo que yo tuve que aprender a conseguir y, aun así, has logrado la admirable hazaña de no querer nada de ello.
Matthew dejó escapar una carcajada, aunque la sonrisa se le desvaneció al comprender que Evelyn no había hablado únicamente para provocarlo.
—No es tan sencillo. — Rebufó.
— Jamás hubiera decidido formar parte de esta familia si me hubieran dado la oportunidad.
—Nunca es sencillo cuando uno tiene la suerte de poder elegir, primo.
—¿Y tú? ¿Has elegido?
Evelyn apartó la mirada de la calle. Por un instante, el reflejo de su rostro quedó superpuesto al de las fachadas que desfilaban al otro lado del cristal: la misma nariz recta, los mismos ojos claros, la misma expresión severa que tantas veces había visto en los retratos de los Blackwood. Sin embargo, el colgante que descansaba bajo su ropa no pertenecía a ninguno de ellos.
—Sí.
Matthew aguardó una explicación que no llegó, mirando con fijeza el perfil de su prima.
—¿Y piensas dejarme con una respuesta tan miserable?
—Me parece generosa, teniendo en cuenta que no has dejado de interrogarme desde que puse un pie en el muelle.
—Te he hecho solo dos preguntas.
—Y ya has demostrado que no sabes formularlas. Tienes que ser más espabilado, primo.
—Te había echado de menos, Evelyn. Contigo la carga siempre era menos pesada.
La confesión la tomó desprevenida. No porque dudara de ella, sino porque Matthew acostumbraba a esconder sus afectos detrás de bromas, quejas y una pereza cuidadosamente cultivada. Decir algo semejante, sin ironía ni pretexto, le exigía más de lo que habría admitido.
Evelyn bajó los ojos hacia sus manos.
—Yo también te he echado de menos.
Matthew sonrió, satisfecho con aquella pequeña victoria, y se acomodó contra el respaldo.
El carruaje dobló una esquina y la mansión apareció al final de la calle, tras una verja de hierro negro. El edificio se alzaba sobre las construcciones vecinas con la arrogancia discreta de las fortunas antiguas: piedra clara, ventanas altas y balcones de forja trabajada. No necesitaba exhibir su riqueza. La casa había visto mejores días. Donde antes habia luz, ahora habian sombras. Donde los pajaros se posaban en las fuentes ya no había agua.
Evelyn sintió que algo se le tensaba bajo las costillas.
Había recordado aquel lugar de muchas maneras durante su ausencia. En ocasiones, como un refugio; en otras, como una prisión. Lo había reconstruido en su memoria con la minuciosidad de quien repasa una herida para comprobar si todavía duele.
No había olvidado nada.
Ni la escalera de mármol donde su abuelo la había encontrado una vez, sentada con las rodillas manchadas de tinta y un libro de leyendas abierto sobre el regazo. Ni el despacho de su tio Arthur, donde aprendió que una conversación podía ser más peligrosa que una amenaza. Ni el comedor, donde su padre había pasado años enteros sentado frente a su hermano, escuchando elogios que nunca parecían destinados a él.
—Todavía puedes pedirme que demos media vuelta —dijo Matthew, planchando su ropa con las manos.
Evelyn volvió la cabeza, conciliando sus sentimientos con una afilada sonrisa.
—¿Y privarte del placer de presenciar el desastre?
Al atravesar las puertas, la recibió el vestíbulo de siempre: las lámparas de cristal, los paneles de madera oscura y los retratos de hombres muertos que parecían haber dedicado sus vidas a vigilar a los vivos. Evelyn reconoció cada rostro. Algunos habían sido comerciantes brillantes; otros, administradores mediocres que habían heredado más de lo que jamás podrían comprender. Todos compartían el mismo apellido y la convicción, más o menos disimulada, de que el mundo debía algo a los Blackwood.
Se detuvo ante el retrato de Bastien.
El pintor había conseguido plasmar la dureza de su mandíbula, la mirada penetrante y aquella quietud que precedía a sus decisiones. No había logrado reproducir la manera en que sus ojos se suavizaban cuando la encontraba leyendo en un rincón, ni el orgullo que había contenido al ponerle la espada en las manos.
Evelyn alzó la barbilla.
—Un poco tarde, pero sabrás perdonarme, abuelo. —susurró antes de ser interrumpida por un par de pasos.
—Me alegra que hayas encontrado el camino. —La voz de Dorian llegó desde el extremo del vestíbulo.
Evelyn cerró los ojos durante un instante antes de volverse.
Su padre estaba junto a la entrada del salón, vestido con un jubón oscuro y una expresión que habría resultado severa incluso en un hombre de carácter afable. Tenía el rostro más cansado de lo que ella recordaba. Algunas líneas nuevas le marcaban las comisuras de los ojos; su cabello, antes castaño, comenzaba a perder color en las sienes.
Evelyn sintió el impulso absurdo de cruzar la distancia que los separaba, pero no lo hizo. Y Dorian tampoco se movió.
—Padre.
El saludo quedó suspendido entre ambos, desnudo de cualquier afecto que pudiera volverlo peligroso.
Su mirada descendió hasta los ropajes de su hija, reparando en cada pieza de joyería que habia adquirido y llevado hasta entonces. Se detuvo allí un segundo más de lo necesario.
—Veo que te ha ido bien. — Mencionó con desidia, llevándose una mano a la muñeca contraria para apretarla.
Evelyn sostuvo su mirada con un destello de ira contenida.
—He hecho muchas cosas en el sur.
—Estoy al tanto de algunas. De todas las que has hecho sin consultarme especialmente.
—Entonces quizá deberías aprovechar esta oportunidad para preguntarme a mí, en lugar de escuchar a quienes te lamen las botas. ¿No es eso lo que hacen los padres, Dorian?
La mandíbula de Dorian se endureció. Por un momento, Evelyn creyó que respondería con alguna de las viejas recriminaciones, que le recordaría la partida, el funeral, los meses de silencio. Había preparado respuestas para todas ellas. Algunas eran justas; otras extremadamente crueles. Pero su padre la miró, y por un instante suavizó la mirada.
—Estás distinta, Evelyn. Más imprudente, si cabe. Soy tu único aliado ahora mismo.
— Que los dioses me asistan, entonces.
—Tu tio está en su despacho —dijo al fin, sin apartar la mirada.—.
Ha pasado toda la tarde preparando esa cena para recibirte.
—Qué considerado por su parte, ¿Sabes sobre qué hora querrá humillarme, padre?
—No juegues con él, Evelyn. Las cosas han cambiado desde que marchaste.
Evelyn se quedó inmóvil, replicando el gesto de su padre con la muñeca. ¿Donde estaba el vindictivo Dorian? ¿Tanto se había ahogado en su ausencia?
—¿Me lo dices como una advertencia o como un consejo?
—Como tu padre. Agradecería que me hicieras caso por una vez en tu existencia, hija mía.
Rodó los ojos. La respuesta le dolió más de lo que habría querido reconocer.
Dorian debió advertirlo, porque su expresión cambió apenas. La dureza no desapareció, pero dejó de parecer una armadura perfectamente ajustada.
—No sé qué pretende mi hermano contigo —continuó—.
Y no voy a fingir que me agrada que hayas vuelto para ocupar un lugar a su lado. Uno que me ha negado a mí.
—No he vuelto para ocupar ningún lugar al lado de nadie.
—Entonces, ¿para qué has vuelto, para insultar la memoria de tu difunto abuelo? ¿Para burlarte de mí?
Evelyn pensó en el regalo que llevaba contra la piel. Pensó en una vida que había comenzado a construir lejos de aquellas paredes, y en todas las cosas que había descubierto sobre sí misma cuando nadie le recordaba qué debía ser una Blackwood.
Después miró a su padre.
—Porque esta también era mi casa, aunque no la reconozco.
Dorian recibió las palabras sin apartar los ojos de ella. Había algo terrible en lo poco que necesitaba Evelyn para herirlo; bastaba con decir la verdad.
—No lo parecía cuando te marchaste sin mirar atrás. Sin escribirnos. Tu madre... —
—Tampoco me buscasteis.
El silencio que siguió fue tan profundo que Evelyn oyó el roce de una puerta al cerrarse en algún lugar del piso superior.
Dorian bajó la mirada, y por primera vez desde que ella había entrado, pareció no tener una respuesta preparada.
—Tu habitación sigue como la dejaste —dijo finalmente—.
He pedido que la ventilen.
No era una disculpa, tampoco era una reconciliación. Era, sin embargo, una forma de decirle que alguien había conservado su sitio. Evelyn sintió que la garganta se le cerraba. Detestó aquella reacción con una intensidad casi infantil.
—Gracias, padre. Muchas gracias. Procuraré dejarla igual cuando vuelva a casa, a Amn.
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