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En Clave de Sol

Quetzalcoatl

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CXLII. De la necesidad de sanar el alma tras la tragedia de la guerra.


Las sombras de la noche se cernían sobre los campos que rodeaban Beregost, envolviendo las colinas con su manto mientras el sol se desvanecía lentamente por el Oeste. Ni siquiera el Dios de la Mañana, desde su majestuoso templo sito en el centro de la pequeña urbe y cuyas brillantes torres se alzaban a lo lejos, más allá de las colinas, podía cambiar lo inevitable. Esas mismas sombras que cubrían la tierra parecían haberse adueñado del corazón de la jinete que surcaba el cielo, montada sobre un pegaso tan negro como la noche que empezaba a rodearla. Un corazón ensombrecido por la guerra, la derrota, la pérdida y la ceniza.
madeéothain.JPG
El viento le agitaba los cabellos oscuros, enmarcando un rostro joven donde unos ojos de un azul profundo, más sabios y cansados de lo que la apariencia sugería, escrutaban el horizonte con impaciencia. Ella conocía bien aquella ruta, pero una necesidad acuciante la impulsaba hacia su destino. La magnífica bestia alada batía las alas con renovada fuerza, compartiendo esa misma ansiedad. Aunque exhausto -ambos lo estaban-, percibía la necesidad de su jinete, sabiendo que la meta estaba cerca.
"¿Dónde os gustaría estar ahora mismo?"

Quién le había hecho esa pregunta... ¿Calendil, tal vez? ¿O fue Calistia...? Podría haber sido Zahal, o Aitana... Era imposible recordarlo ya. Solo sabía que alguien se la formuló pocas horas antes de la tragedia. Antes de que la monstruosa desgracia arrasara con vidas y sueños en Ímnescar.
"Con mi marido y mis dos hijos, en Beregost. Junto a Aravae, Charlotte y sus pequeños. Y a nuestro lado, mis dos hermanas: Astrid y Azalea."

Aquellas palabras brotaron de sus labios de forma casi automática, sin filtro ni reflexión. Había regresado a Amn una vez más, pese al deseo de su esposo de establecerse en la apacible Beregost, lejos de una tierra maldita por la constante tragedia. Para él, Amn era el mal, una tierra corrupta donde incluso los amigos más cercanos podían traicionarte. Y ella aceptó. Aceptó marcharse con él, criar a sus hijos —dos mellizos adorables, niño y niña— en el entorno tranquilo de una granja que su esposo había comprado a muy buen precio. Fueron años de verdadera paz, de felicidad sencilla, alejados del caos de su tierra natal.

Pero Amn… Amn seguía siendo parte de ella. Allí echaban raíces sus recuerdos, su identidad. Era quien era, en gran parte, por la vida que había vivido en esa tierra, con todas sus sombras y luces.

Y hoy, regresaba al hogar. Rendida. No herida en el cuerpo, pero sí en lo más profundo del alma. Dos horas. Eso fue lo que les concedieron para despedirse de lo que fue, de lo que jamás volvería a ser. Dos horas viendo a padres, niños, ancianos, recorrer las calles devastadas de Ímnescar, caminando hacia un destino horrible, y sin poder hacer nada para evitarlo.

Recordaba haber buscado el inusual pero reconfortante abrazo de Astrid, el consuelo de Calendil y Aitana, la mirada rota de una Calistia vencida por el llanto. Y luego, había echado a correr, desesperada, en dirección a la plaza del mercado. Un único pensamiento latía en su mente: rescatar aquello que aún podía salvarse, como símbolo y memoria de lo que alguna vez había sido el Escudo del Sur.

Allí se alzaba aún, imperturbable, el Gran Roble. Custodio de Ímnescar, testigo de siglos de historia, guerras y esperanza. Majestuoso. Eterno. Durante unos instantes, lo contempló en silencio, con un respeto desmedido. Y le pidió perdón. Por no haber hecho más, por no haber podido proteger a sus hijos, los hijos de aquella ciudad que iba a desaparecer.

El tiempo se agotaba. Había buscado entre las gruesas raíces que rompían el suelo, entre las ramas bajas que aún alcanzaban su altura. Y al fin, la había hallado: una bellota. La había guardado con sumo cuidado como si contuviera el alma misma del árbol y había partido con los demás sabiendo que del Gran Roble no quedaría ni siquiera ceniza...

Sumida en sus pensamientos, la jinete parpadeó, arrancada de su ensimismamiento por los relinchos de su montura. El pegaso, atento, le anunciaba la llegada al destino. Bajo ellos, las conocidas estructuras de la granja parecían sonreírles y acogerles con un abrazo cálido tras una larga ausencia. A pesar del cansancio, la criatura alada descendió con elegancia, desplegando sus alas con maestría. El aterrizaje levantó una nube de polvo que, con un par de potentes aletazos, disipó en el aire. La jinete se inclinó sobre su cuello, lo besó con ternura y le susurró palabras de gratitud antes de dejarse caer al suelo.

Las piernas de la jinete temblaban, pero no vacilaron. Casi tropezó en su carrera hacia la casa, movida por una imperiosa necesidad. La luz cálida se derramaba por las ventanas, y el aroma del estofado recién hecho la envolvió como un recuerdo. Las lágrimas se agolparon en sus ojos justo cuando la puerta se abrió de par en par. Allí estaban. Tres sonrisas, radiantes, esperándola. Tres rostros amados que la miraban como solo lo hace la verdadera familia.

Y entonces lo supo con claridad. No era el descanso, ni la comida, ni el techo lo que más necesitaba. No era Amn.

Era su abrazo.​
 

Quetzalcoatl

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CXLIII. Del Juicio Vivo.

*Durante el evento del Juicio Vivo organizado por Tharion Velmantar en el Castillo de la Orden del Guantelete, Madeleine interpretó a dos personajes en una obra corta de teatro titulada Guardianes de la Llama.*

Guardianes de la Llama

Personajes:
  • Lady Altharia de Torm: Caballero veterana, marcada por cicatrices de guerra, con la fe en Torm como faro.​
  • Escudera Laurynn: joven aprendiz, llena de dudas, aún aprendiendo lo que significa el verdadero servicio.​

Escena única:
Un claro al borde de un bosque, al anochecer. Restos de una batalla reciente: estandartes rotos, humo lejano, olor a sangre. Lady Altharia limpia su espada con calma ritual mientras Laurynn coloca piedras en torno a una pequeña hoguera.

Laurynn: *Se detiene, mirando los cuerpos caídos en la lejanía* ¿Tanta sangre… para qué, mi Señora? ¿De qué sirve hablar de honor, cuando la tierra misma se traga a justos y culpables por igual?

Altharia: *Mirando su hoja, solemne* El honor no se mide por la victoria ni por la tumba. El honor es lo único que los dioses no pueden arrebatarnos, ni los hombres comprarnos. Es la huella que dejamos cuando todo lo demás se desvanece.

Laurynn: Pero yo… yo temo. No sé si tengo Fe suficiente para seguir luchando.

Altharia: *Levanta la mirada* La Fe no es ausencia de miedo, muchacha. Es caminar aun cuando las rodillas tiemblan. Torm no pide perfección, solo pide que te entregues al deber.

Laurynn: ¿Y el sacrificio? ¿Debe el Caballero entregar su vida sin dudar?

Altharia: No se trata de desear la muerte. El sacrificio es dar lo que se necesita. A veces tu sangre, a veces tu orgullo, a veces tus sueños. Servir es morir un poco cada día… para que otros vivan.

Laurynn: Entonces… ¿servimos incluso cuando no queda Reino que proteger?

Altharia: El verdadero servicio no es al trono, sino a la gente. Aunque los Reinos caigan y sus nombres se olviden, mientras un caballero guarde la Fe, la Llama no muere.
*Un silencio pesado. El viento sopla entre las ramas. Ambas miran al horizonte, donde una nueva oscuridad se levanta.*

Laurynn: Entonces, mi Señora… enséñeme a ser Guardián de esa Llama.

Altharia: *Asiente y envaina su espada* Levántate, Laurynn. La noche será larga, pero no eterna.

FIN
 

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CXLIIII. Del homenaje al Héroe de la Lanza.

*Madeleine escribió unos versos para homenajear a Nicodemus Buenpan, el Héroe de la Lanza. Fueron recitados en la ceremonia que se ofició en Gambiton, en la voz de la autora y acompañada de las melodías de gaita de su amiga Astrid Minstreltides.*


Gambiton a su sherif más querido conoció
sin mancha en el alma ni sombra en la sonrisa,
sirvió a los suyos sin motivos egoístas,
hoy recoge el fruto del bien que nos dejó.

Jamás buscó corona ni tesoro,
ni oro tentó su mano sincera,
vivió por otros sin pedir recompensa,
fue bondad pura, no vano decoro.

Mas la Reina Oscura apareció, ominosa,
y el cielo lloró su trágica profecía,
Nicodemus fue la Luz que hundiría,
la Lanza Divina en tan impía Sombra.

Cayó, sonriendo, cumpliendo el destino,
el mundo un nuevo Héroe ganó,
su nombre en los Anales quedó,
mas nosotros perdimos a un gran amigo.


Madeleine
 
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CXLV. De Kalathtyr.

*El diario vuelve a abrirse y la pluma de Madeleine traza nuevos versos, destinados a ser cantados por la autora junto a su inseparable hermana, Astrid Minstreltides, durante un pase de modelos en la villa pesquera de Kalathtyr.*


En Kalathtyr el mar despierta
con campanas de sal y luna
las barcas sueñan ancladas
mecidas en olas y brumas.

El tiempo camina descalzo
por las calles de lenta arena
nadie le apura el aliento
pues las horas descansan, eternas.

Sus casas huelen a marea
y a pan recién horneado
en sus cocinas los pulpos
rezan a dioses olvidados.

Pescados de plata antigua
arden en platos humildes
el aceite canta bajito
y el ajo no le discute.

Aquí la vida se sienta
a mirar cómo pasa la tarde
el silencio tiene sabor
a hermandad entre compadres.

¡Ay Kalathtyr, pueblo de agua!
Corazón manso del mar,
quien te conoce naufraga
y ya no quiere marchar.
Madeleine
 

Quetzalcoatl

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CXLVI. Del insalvable obstáculo de la bruma.


Éothain surcaba los cielos del norte de Amn con su jinete aferrada con firmeza a las riendas. El viento les azotaba el rostro y silbaba entre las alas extendidas del pegaso, oscuras como las de los cuervos. Bajo ellos... y sobre ellos... el mundo se extendía, pálido, lejano.

Y al frente, donde una dekhana atrás se alzaban cumbres nevadas recortadas sobre el horizonte boreal, se extendía una niebla espesa y gris, un cuadro deslucido de tonalidades mortecinas que parecía vibrar y susurrar.

No había forma aparente de escapar.

Encerrados. Sin senderos hacia otras tierras.

Sin poder regresar a su hogar.
...Beregost...

El pegaso batió con fuerza las alas, impulsándose hacia la bruma, pero el aire mismo parecía volverse pesado y la niebla se cerraba sobre ellos, sofocante. Madeleine advirtió a su compañero del peligro y el pegaso esquivó una algodonosa garra que se había extendido hacia su posición. Real o no, la forma se disipó como un suspiro cuando falló su presa.

Volvieron a intentarlo, mas el resultado fue el mismo. La bruma cedíaMadeypegaso.jpg apenas lo justo para atraerlos con falsas promesas de hospitalidad y luego se compactaba en un mullido muro. De sus profundidades interminables brotaban murmullos, versos apenas perceptibles incluso para el entrenado oído de la bardo. Jirones neblinosos se tensaban y sugerían formas, siluetas. Rostros conocidos. Rostros amados.

Burlándose.

Éothain relinchó, nervioso. Madeleine apretó los labios, luchando contra el impulso de aproximarse, pero sabía que no era buena idea. Fuera a causa de una mente confusa por el deseo y la necesidad o fuera realmente "algo", no podía caer en la trampa. Frustrados, jinete y pegaso cambiaron de rumbo en dirección a Nashkel.

Tras ellos, la niebla siguió murmurando.​
 
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CXLVII. Del brillo del oro entre brumas.


*Madeleine participó en un Sornyn donde, pese al brillo del oro y la alegría de los juegos, la inquietante niebla sobre Amn seguía muy presente. Dejó constancia de su creación en su diario.*

En un reino donde la bruma acosa al comerciante
Amn levanta sus mercados con ese oro deslumbrante
Y con el especiado vino siempre fiel acompañante
De los brindis que sellan los negocios entre pares.

El "Sornyn" no distingue raza, linaje o estirpe
Ni las redondas monedas de las que no atañe el origen
Hermanos con hermanos, amigos con hostiles
Reunidos en mismo lugar, buscando idénticos fines.

Mas el oro enmudece si la mesa está vacía
Y aun con rutas clausuradas de la costa a la campiña
En las plazas de Agujas se presentan maravillas
Que nos hacen olvidar las penas de cada día.

Una única jornada nos separa del adiós
¿Disfrutaste de la fiesta? ¿rezaste con devoción?
Cuando la niebla del Oeste difumine nuestro Sol
Declamaremos que la última moneda desapareció.

Pero el eco de las risas no se debe marchitar
Ni el calor de cada pacto ha de llegarse a enfriar
Porque el oro se pierde, mas no así la lealtad
Y en la balanza de esta vida ha de pesar más la amistad.

Madeleine
 

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CXLVIII. De melodías perdidas entre brumas.

*En el diario que siempre acompaña a la bardo, una nueva página cumple su función y recoge las letras y la partitura de una creación nacida entre muros de piedra y hueso. Una canción cantada junto a Astrid Minstreltides para un baile de aristócratas, adalides de brumas y niebla.*


En los patios de piedra toca, virtuoso, el laúd,
la luna se derrama en las copas de cristal,
y un perfume de rosas parece convertirse en luz,
mientras la noche seduce con su voz peculiar.

Bailan sombras oscuras en trajes de seda,
abanicos que tiemblan como alas de ilusión,
y entre máscaras altivas se mecen las hebras,
de una música que invita a bailar a su son.

Las risas son campanas que en el aire repican,
palpitan y sueñan sus corazones de nácar,
y los pasos se buscan, acaban, se inician,
persiguiendo los secretos de una prohibida danza.

Pero al alba, en silencio, los muros suspiran,
se deshacen las luces, se enfría el cantar,
y en los ecos del baile, las sombras se miran
como brumas que nunca quisieran marchar.

Madeleine
 

Quetzalcoatl

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CXLIX. De una boda entre brumas.


*Para el enlace de Vraask y Katherine, Madeleine escribió unas letras pensadas para ser recitadas junto a su amiga Astrid Minstreltides como regalo de boda de ambas.*

Bajo las plateadas estrellas
Vraask cruzó el puerto de Athkatla
con deseos de aventura
henchido de confianza.

Kath llevaba sobre el hombro
el capote de la guardia
sus ojos, dos golondrinas
vigilaban la desgracia.

Él traía viento y tabernas,
travesura y botas rasgadas
ella, canciones y melodías
de una músico inspirada.

Cuando el mundo alzó sus brumas
sus espinas y dolores
ellos, tocados por Sune,
cruzaron juntos la noche.

Nunca soltó Kath su mano,
ni Vraask la abandonó a su suerte
porque hay amores que vencen
incluso a la misma muerte.


Madeleine
 

Quetzalcoatl

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CL. De una canción invernal.


*En los festejos del solsticio, Madeleine acompañó a los presentes con una canción sobre el invierno y la esperanza en el retorno del buen tiempo.*


Bajo la escarcha tiemblan la colinas,
la luna derrama un cántaro de hielo,
y el río lleva, lento y silencioso,
gélidas aguas nacidas del invierno.

El solsticio ha clavado sus garras
en el pecho de los árboles dormidos
sus ramas, desnudas, tiritan
mientras se dejan envolver por el frío.

La noche domina nuestra tierra
mas los días poco a poco crecerán
el sol exigirá regresar a su trono
y el calor nuevamente reinará.


Madeleine
 

Quetzalcoatl

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CLI. De despedidas y nidos vacíos.


Los grandes salones del Gremio de los Aventureros parecían más silenciosos de lo habitual.

No era porque faltaran voces. Muchos aventureros seguían riendo alrededor de las mesas. Otros discutían sobre rutas comerciales o recientes avistamientos de monstruos. Continuaban firmándose contratos y se compartían historias sobre exitosas expediciones y tesoros recuperados. El fuego crepitaba en la enorme chimenea y las jarras seguían chocando unas contra otras. Todo era exactamente igual.

Y, sin embargo, para Madeleine no lo era.

Permanecía de pie junto al tablón de misiones, observando en silencio a los aventureros reunidos en el lugar. A lo largo de los años había visto llegar a decenas de jóvenes henchidos de sueños y propósitos. Había curado heridas, escuchado fracasos y celebrado éxitos. Había sido testigo de cómo algunos se convertían en experimentados aventureros y de cómo otros descubrían que sus destinos estaban lejos de aquellas paredes...

Lo había sabido apenas unos días atrás. Había sido la primera en enterarse, o al menos la primera entre los aventureros. Estaban a punto de partir de los llanos de la capital para cumplir uno de los muchos contratos habituales del Gremio cuando Liam la detuvo. Sostenía algo entre sus dedos. Era el emblema Drizzt del Gremio con forma de dos cimitarras cruzadas. Aquel símbolo que había colgado de su capa durante incontables aventuras.

- Dejo el Gremio, Madi. Éste será mi último trabajo y quería dártelo antes de irme.

Madeleine lo observó unos segundos y negó con la cabeza.

No.

liammade.JPGTodavía no, le dijo. Liam cumpliría ese último contrato y, entonces, lo aceptaría.

Y así fue. Concluida la misión y a pocas horas de celebrarse la "Fiesta de los Regresados", Liam depositó cuidadosamente el emblema sobre la palma abierta de la "Eterna". Ella bajó la mirada y contempló aquel símbolo ligeramente desgastado, marcada por el paso del tiempo, la lluvia y los viajes. Por las incontables aventuras que había acompañado. De algún modo, también, parecía contener todos los recuerdos, las risas, los días difíciles, las victorias. Los regresos.

Madeleine alzó la mirada y le ofreció un fuerte abrazo y una sonrisa cálida, de ésas que dicen mucho más que las palabras. Liam sabía que no importaba cuantos caminos recorriera ni cuán lejos le llevaran sus pasos. Siempre seguiría formando parte de la familia del Gremio.

Cuando Liam se marchó, Madeleine permaneció inmóvil unos instantes aún con el emblema entre sus manos. Finalmente lo guardó entre sus pertenencias y dejó que su mirada siguiera el camino que se extendía más allá de las puertas del Gremio. Había vuelto esa sensación, la que experimenta una madre cuando sus hijos abandonan el hogar. El corazón duele y la ausencia se nota, pero a la par existe felicidad porque los polluelos han aprendido a volar solos. Era un sentimiento que conocía bien gracias a los innumerables aventureros que había conocido, aunque, por suerte o por desgracia, todavía no lo había vivido con sus propios hijos.

Una sonrisa cargada de nostalgia se dibujó en sus labios. Madepensat1.JPGDurante unos segundos permitió que los recuerdos de muchos rostros la acompañaran. Las despedidas y reencuentros, los caminos que se separaban para no volver a cruzarse jamás aunque otros sí lo hacían.

La vida seguía adelante, Liam seguiría con la suya. Y con la misma serenidad con la que había recibido a tantos aventureros y despedido a tantos otros, Madeleine apartó aquellos pensamientos y regresó a sus quehaceres. Después de todo, en Amn siempre había algo que atender y ya no había niebla que le impidiera volver a Beregost con Anhol y los muchachos.

- ¡Marinera! ¿Cuál es nuestra próxima aventura?

 
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