Quetzalcoatl
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CXXVII. De una boda, dos bautizos y un funeral.
Qué extraño es el transcurso del tiempo, ¿verdad? Unas veces un instante nos parece eterno; otras veces, los años se suceden raudos y las hojas del calendario caen una detrás de otra sin apenas darte cuenta. Y raudos pasaron los años para Madeleine desde el mismo día en el que unió su vida al adusto montaraz llamado Anhol.
Los meses más fríos de aquel año 1.483 se aproximaban, y aunque inesperadas lluvias mojaban de vez en cuando los campos de Crimmor, ese día los cielos habían decidido respetar la ceremonia que se oficiaba bajo ellos en un tranquilo claro cercano a la orilla del Álandor. Allí, observados por el sol del mediodía y acariciados por la agradable brisa que llegaba del río, el montaraz y la bardo se desposaban ante la atenta mirada de Khauntea y de sus familiares y un contado número de amigos. Fue una boda íntima, desprovista de la publicidad que siempre rodeaba el mundo de la mujer. Sin lujo ni boato, tal y como a él le gustaba. Ni siquiera vistieron de manera especial, tal vez lo más llamativo fuera la túnica pálida que cubría el cuerpo de ella y los adornos florales en los cabellos de ambos -violetas y rosas entrelazadas- junto a la inusual sonrisa que brillaba en el rostro de él. Y así le cantaba ella mientras sus vidas se unían para siempre.
La primera vez que vi tu rostro
Pensé que el sol amanecía en tus ojos
Y que la luna, en la noche, era tu regalo
Plateado faro para seguir tus pasos
La primera vez que rocé tus labios
Sentí el universo vibrando en mis manos
El corazón de un pájaro cautivo
Ávido por descubrir su destino
La primera vez que me sumergí en ti
El tiempo dejó de existir
Fue eternidad o un instante
El dulce abrazo de los amantes
La primera vez que creí perderte
Sentí mi alma romperse
Mi corazón se quebró en pedazos
Mi vida perdió su significado
Aquellos primeros momentos
Aquellos primeros encuentros
Nos han guiado al ahora
Me he convertido en tu esposa
Pensé que el sol amanecía en tus ojos
Y que la luna, en la noche, era tu regalo
Plateado faro para seguir tus pasos
La primera vez que rocé tus labios
Sentí el universo vibrando en mis manos
El corazón de un pájaro cautivo
Ávido por descubrir su destino
La primera vez que me sumergí en ti
El tiempo dejó de existir
Fue eternidad o un instante
El dulce abrazo de los amantes
La primera vez que creí perderte
Sentí mi alma romperse
Mi corazón se quebró en pedazos
Mi vida perdió su significado
Aquellos primeros momentos
Aquellos primeros encuentros
Nos han guiado al ahora
Me he convertido en tu esposa
Aquel día Anhol y Madeleine contrajeron matrimonio, y esa misma noche cuando compartieron secretos de alcoba con la siempre vigilante Luna, ella quedó encinta. No lo supieron hasta un par de meses después, y quizás si las cosas hubieran sido diferentes -Amn, siempre Amn, interfiriendo en la vida de este par- los críos habrían nacido en Crimmor. Pero el destino quiso que durante un viaje a Beregost Anhol empleara las ganancias de una recompensa en una granja a las afueras de la ciudad. Madeleine inesperadamente aceptó la propuesta de Anhol y hasta allí marcharon en los últimos meses de embarazo junto con los padres de Madeleine, retirados ya de su pequeño negocio de compraventa de objetos de arte en Crimmor. Kendrik Sweeny, hombre de genio poderoso que profesaba un amor incondicional por su única hija, no pudo conocer a sus nietos y la muerte se lo llevó una noche mientras dormía. La tristeza de tal desgracia para la familia Sweeny aceleró el parto de Madeleine y los niños nacieron antes de tiempo, un par de gemelos morenos de ojos azules y mejillas rechonchas. Niño y niña, a él le llamaron Kendrik en honor al abuelo que nunca conocería y ella recibió el nombre de Arabela, en recuerdo de una gran amiga.
Los niños crecían fuertes en la plácida Beregost, alejados de los constantes peligros que Amn ofrecía como reclamo a miles de aventureros. Mientras la sangre de dragón en Madeleine mantenia su vitalidad casi intacta, los años iban cubriendo de nieve los cabellos del montaraz. Anhol disfrutaba de su refugio y de sus paseos a caballo por la granja -con una "silla de montar anholiana de estilo aravaenianao"- y aunque nunca superaría su aversión hacia el Consejo de los Seis y todo aquello que representaba, el cambio de vida le vino bien. Los nuevos aires convirtieron al hosco montaraz en un granjero algo más sociable y campechano, evocando al que antaño fue, antes de la muerte de tantos y tantos de sus amigos. Pero el Anhol de siempre regresaba cuando conversaban sobre la herencia de oropel que corría por las venas de la bardo y por las de Kendrik y Arabela. O cuando Madeleine mencionaba su intención de volver unos días a Amn para ayudar a sus bardos del Teatro de la Alegría, compartir experiencias con Astrid y Azalea, cubrir alguna noticia de El Amniano o visitar a los amigos de siempre. Y según los niños crecían y se hacían menos dependientes, los viajes de Madeleine a Amn a lomos -y sobre las alas- de Éothain eran más y más frecuentes... porque Amn siempre sería parte de su alma y siempre pensaría en el bien de sus gentes, por más que le pesara a su amado señor esposo.
Offtopic :
Breve explicación de los 4 años on rol que han transcurrido entre 1.69 y la EE para Anhol y Madeleine ^^.

