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En Clave de Sol

Quetzalcoatl

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CXXVII. De una boda, dos bautizos y un funeral.

Qué extraño es el transcurso del tiempo, ¿verdad? Unas veces un instante nos parece eterno; otras veces, los años se suceden raudos y las hojas del calendario caen una detrás de otra sin apenas darte cuenta. Y raudos pasaron los años para Madeleine desde el mismo día en el que unió su vida al adusto montaraz llamado Anhol.

Los meses más fríos de aquel año 1.483 se aproximaban, y aunque inesperadas lluvias mojaban de vez en cuando los campos de Crimmor, ese día los cielos habían decidido respetar la ceremonia que se oficiaba bajo ellos en un tranquilo claro cercano a la orilla del Álandor. Allí, observados por el sol del mediodía y acariciados por la agradable brisa que llegaba del río, el montaraz y la bardo se desposaban ante la atenta mirada de Khauntea y de sus familiares y un contado número de amigos. Fue una boda íntima, desprovista de la publicidad que siempre rodeaba el mundo de la mujer. Sin lujo ni boato, tal y como a él le gustaba. Ni siquiera vistieron de manera especial, tal vez lo más llamativo fuera la túnica pálida que cubría el cuerpo de ella y los adornos florales en los cabellos de ambos -violetas y rosas entrelazadas- junto a la inusual sonrisa que brillaba en el rostro de él. Y así le cantaba ella mientras sus vidas se unían para siempre.


La primera vez que vi tu rostro
Pensé que el sol amanecía en tus ojos
Y que la luna, en la noche, era tu regalo
Plateado faro para seguir tus pasos

La primera vez que rocé tus labios
Sentí el universo vibrando en mis manos
El corazón de un pájaro cautivo
Ávido por descubrir su destino

La primera vez que me sumergí en ti
El tiempo dejó de existir
Fue eternidad o un instante
El dulce abrazo de los amantes

La primera vez que creí perderte
Sentí mi alma romperse
Mi corazón se quebró en pedazos
Mi vida perdió su significado

Aquellos primeros momentos
Aquellos primeros encuentros
Nos han guiado al ahora
Me he convertido en tu esposa



xhGl03Z.jpg

Aquel día Anhol y Madeleine contrajeron matrimonio, y esa misma noche cuando compartieron secretos de alcoba con la siempre vigilante Luna, ella quedó encinta. No lo supieron hasta un par de meses después, y quizás si las cosas hubieran sido diferentes -Amn, siempre Amn, interfiriendo en la vida de este par- los críos habrían nacido en Crimmor. Pero el destino quiso que durante un viaje a Beregost Anhol empleara las ganancias de una recompensa en una granja a las afueras de la ciudad. Madeleine inesperadamente aceptó la propuesta de Anhol y hasta allí marcharon en los últimos meses de embarazo junto con los padres de Madeleine, retirados ya de su pequeño negocio de compraventa de objetos de arte en Crimmor. Kendrik Sweeny, hombre de genio poderoso que profesaba un amor incondicional por su única hija, no pudo conocer a sus nietos y la muerte se lo llevó una noche mientras dormía. La tristeza de tal desgracia para la familia Sweeny aceleró el parto de Madeleine y los niños nacieron antes de tiempo, un par de gemelos morenos de ojos azules y mejillas rechonchas. Niño y niña, a él le llamaron Kendrik en honor al abuelo que nunca conocería y ella recibió el nombre de Arabela, en recuerdo de una gran amiga.

Los niños crecían fuertes en la plácida Beregost, alejados de los constantes peligros que Amn ofrecía como reclamo a miles de aventureros. Mientras la sangre de dragón en Madeleine mantenia su vitalidad casi intacta, los años iban cubriendo de nieve los cabellos del montaraz. Anhol disfrutaba de su refugio y de sus paseos a caballo por la granja -con una "silla de montar anholiana de estilo aravaenianao"- y aunque nunca superaría su aversión hacia el Consejo de los Seis y todo aquello que representaba, el cambio de vida le vino bien. Los nuevos aires convirtieron al hosco montaraz en un granjero algo más sociable y campechano, evocando al que antaño fue, antes de la muerte de tantos y tantos de sus amigos. Pero el Anhol de siempre regresaba cuando conversaban sobre la herencia de oropel que corría por las venas de la bardo y por las de Kendrik y Arabela. O cuando Madeleine mencionaba su intención de volver unos días a Amn para ayudar a sus bardos del Teatro de la Alegría, compartir experiencias con Astrid y Azalea, cubrir alguna noticia de El Amniano o visitar a los amigos de siempre. Y según los niños crecían y se hacían menos dependientes, los viajes de Madeleine a Amn a lomos -y sobre las alas- de Éothain eran más y más frecuentes... porque Amn siempre sería parte de su alma y siempre pensaría en el bien de sus gentes, por más que le pesara a su amado señor esposo.


Offtopic :
Breve explicación de los 4 años on rol que han transcurrido entre 1.69 y la EE para Anhol y Madeleine ^^.
 

Anthala

Vestido de Valak
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Offtopic :
O sea que fuerte me parece....no solo no invitáis a Rena a la boda si no que no hay una pequeña Renathita....
 

unhearted

Restos de un PJ de Aharadad
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Offtopic :
Seh... esa pequeña tenía que llamarse Aravae o Aravina
 

Frankysan

Bolsa de la Bolsa Planar
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Offtopic :
Y una leche, tendría que haberse llamado Frederica
 

Quetzalcoatl

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CXXVIII. De un cuento de aventuras.

*Se guarda en el diario una tonada escrita para el evento de cuentaventuras de Grace Seratolva.*


La Alhaja del Embeleco

Esto fue que se dice que era
Hace ya unos cuántos años
Cuando todo esto era campo
Y algunos teníais niñera

Dícese que en las montañas
Un comerciante vendía
Alhajas, colgantes y bisuterías
Con una importante tara

Todo el que las portare
Quedaba bajo un hechizo
¡Odiaban a los mestizos!
Y les lanzaban tomates

Pronto se fue descubriendo
Que la culpa de tal enigma
Se encontraba en una isla
Donde moraba un hechicero

Rodeado de mujeres
Beldades de pura raza
Con la razón obnubilada
Eran esclavas sin mente

El arcano estaba ido
Y desde su torre observaba
Con su lasciva mirada
Su reino sin un mestizo

Unos héroes preocupados
Arribaron a estas tierras
Y tras las primeras sorpresas
Al autor del mal encararon

Se le dio una buena paliza
Las mujeres, ¡liberadas!
Y los héroes a sus casas
Tras vencer aquella liza.


Madeleine​
 

Quetzalcoatl

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CXXIX. Una nueva obra benéfica.

*Se añade al diario la obra corta de teatro que Madeleine escribió para el evento benéfico por Ímnescar, tras la destrucción de la ciudad causada por aguijoneadores.*

Crepúsculo y Amanecer en Ímnescar
Por Madeleine Sweeny

Personajes:
Narrador
Arcano
Semiorco
Hombre santo
Elfo
Hombre lobo
Asolador
Liche
Zombie

Acto I.

Narrador
Arcano
Semiorco
Hombre santo
Elfo

*Ocaso sobre Ímnescar. Reunidos en la plaza de Ímnescar frente al Roble del mercado están un Arcano, un Hombre Santo, un Elfo y un Semiorco. Armados, preparándose para la batalla*

Narrador: Corre el año 1.471 y un gran poder se oculta en Ímnescar, un poder desconocido por muchos y deseado por muchos más. Y quienes lo desean tienen pensado hacer lo que sea por conseguirlo. Pero Amn es tierra de valientes, de hermanos de muchas razas y nacionalidades diferentes, y pronto se reúnen en la plaza de la ciudad para preparar la defensa.

Arcano: El mal se cierne sobre Ímnescar pero ofreceremos todos nuestros conocimientos y toda nuestra magia para detenerlo.

Hombre Santo: La Sagrada Luz de las deidades del Bien someterá al enemigo a través de nuestras espadas y de nuestros rezos.

Elfo: El pueblo Gentil no se ocultará en el bosque cuando otros necesitan ayuda.

Semiorco: La fuerza y determinación de mi raza estarán con vosotros en estos momentos de necesidad.



Acto II.

Semiorco
Elfo
Hombre lobo
Asolador

*Delante del Imnescurso, Semiorco y Elfo se preparan para hacer frente a lo que parece acercarse por él. La noche cubre el lugar*

Semiorco: Nuestra labor es proteger este frente y rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre Ímnescar.

Elfo: Cuidado, algo se aproxima desde el Imnescurso.

*Al poco aparecen en escena un Asolador y un enorme licántropo*

Asolador: Muerte y Oscuridad, Veneno y Podredumbre. ¡Invoco a la energía negativa oculta en las profundidades de este mundo! Hoy os convertiréis en alimento para gusanos.

Licántropo: Desgarraré vuestra carne y vuestra inmunda sangre regará esta tierra infecta *aúlla*

Semiorco: ¡Por Amn, por Ímnescar y por sus gentes! Esa bestia y su Amo no pasarán de aquí.

Elfo: ¡Mis flechas volarán como rayos de luz hasta su objetivo para disipar las sombras!

*Se encaran al licántropo lobo -que ruge de forma terrible- y al Asolador. La pelea es cruenta pero los héroes de Ímnescar logran vencer. El Elfo hinca la rodilla, tremendamente cansado y el Semiorco le ofrece su mano para que se levante*

Semiorco: La lucha no ha acabado, amigo mío.

Elfo: Sigamos combatiendo, ¡por Ímnescar!

*Se alejan hacia el interior de la ciudad*


Acto III.

Arcano
Hombre santo
Liche
Zombie

*Cementerio de Ímnescar. Sigue la oscuridad. Hombre santo y Arcano aguantan los embates de la nomuerte, alzada por los enemigos*

Hombre santo: Arcano, permitidme ser vuestro baluarte, vuestro escudo y vuestra espada en esta batalla. ¡La Sagrada Triada nos protejerá!

Arcano: Agradezco vuestro ofrecimiento pero la magia es mi espada y mi escudo, y el vuestro también.

*Se sonríen amistosamente cuando derriban al zombie pero no da tiempo a más pues aparece un liche*

Liche: *Ríe maliciosamente* Consumiré vuestra vida y seréis mis lacayos, pútridas carcasas para someter y destruir Ímnescar. No luchéis y sed parte de mi ejército... o luchad y sentid la oscuridad destruyendo vuestras almas en una espiral de infinito dolor.

Hombre santo: ¡Nunca nos rendiremos! Os daremos la paz que merecéis más allá de la no-vida a la que habéis sucumbido.

Arcano: Lo único que merece esta aberración es convertirse en polvo y que el viento se lo lleve junto a cualquier recuerdo de su existencia. ¡Combatamos!

*Una nueva batalla y el liche termina siendo destruido*


Acto IV.

Narrador
Arcano
Semiorco
Hombre santo
Elfo

*De nuevo el centro de Ímnescar. Los cuatro aventureros se enfrentan a la batalla final: un enorme gusano púrpura*

Arcano: Esto no pinta nada bien, pero no podemos rendirnos. ¡Por Ímnescar!

Elfo: Tremenda bestia supera nuestra posibilidades pero no podemos dejar que la ciudad caiga. ¡Por Ímnescar!

Semiorco: Hemos de estar unidos en la lucha y en la muerte. ¡Por Ímnescar!

Hombre Santo: Mis plegarias están con todos vosotros. ¡Por Ímnescar!

Todos: ¡Por Ímnescar!

*Se sucede la batalla contra el enorme gusano púrpura pero la combinación de las habilidades de todos los aventureros supone la derrota del gigante ser. Todos se felicitan y abrazan por la victoria mientras los primeros rayos de sol les iluminan desde el este.*

Narrador: Y así fue como Ímnescar superó aquellos trágicos momentos a pesar del poder de los enemigos que buscaban su destrucción. Organizaciones y aventureros coordinaron sus esfuerzos para evitarlo, uniéndose en un único objetivo: proteger Ímnescar.
 

Quetzalcoatl

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CXXX. Del admirador número 45.

*Una copia de la canción que escribe para Roberto Ramiro de la Fuente Casi Llena, admirador de la Eterna Melodía, queda reflejada en su diario. El original es entregado al susodicho como prometió.*


Admirador número 45

Arremolinada está la muchedumbre en las gradas
Sombras danzantes con idéntica intención
Expectantes, contemplan el escenario del teatro
Va a dar comienzo una nueva función.

En la primera fila ocupa su pétreo asiento
Un elocuente mozuelo de cálido corazón
Sus ojos refulgen cual ansiosas estrellas
Deseosos de contemplar la actuación.

La luz prende desde la llama de las antorchas
E ilumina a los artistas que hacen su aparición
¡Son ellos! Grita así el jovial caballero
Su hablar impregnado de genuina emoción.

De nombre, Roberto Ramiro de la Fuente Casi Llena
Admirador del teatro, adepto al arte y la canción
Ferviente incondicional de la Eterna Melodía
Demuestra por sus integrantes una virginal pasión.

Las acordes musicales inauguran el evento
Instrumentos creadores de un maravilloso son
Extasiado, se deja atrapar por la rica melodía
Un millar de notas en perfecta sincronización.

Despiertan entonces las voces de los bardos
Lisonjean los oídos de Roberto Ramiro con su don
Todo parece eterno y a la vez dura un suspiro
Al terminar, aplaude el caballero en singular ovación.

¡Ay! Roberto Ramiro de la Fuente Casi Llena
Qué sería de la vida del artista sin vuestra admiración
Por esa fuerza que es la que nos guía y da sentido
La Eterna Melodía os agradece toda su inspiración.


Madeleine​
 

Danieru

Karonte está escribiendo...
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*Un dia normal, el declarado Fan Nº 45 de la Eterna melodia recibe una carta, y tras leerla casi muere de gozo y entusiasmo, guardará a partir de ahora el sombrero con las firmas, y la poesia dedicada como el mas preciado de sus tesoros, y como no se fia de ninguno de los pillastres de sus hijos, dejara falsificaciones en herencia y esos tesoros se los llevara a la tumba.*

*Dia tras dia de su despacho se escuchan ciertos siseos y la gente empieza a preocuparse*

https://www.youtube.com/watch?v=5FjMjm10UL4
 

Quetzalcoatl

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CXXXI. De los versos a Acala y Nuadha.

*El diario vuelve a la vida, al menos por un día, recogiendo los versos de la canción que Madeleine escribió como regalo de "las Eternas" a Acala y Nuadha el día de su enlace.*

A Acala y Nuadha

Caprichosa es la existencia
Cuando enlaza corazones
El Amor como una esencia
Imbuye almas de emociones
Y entona sin advertencia
Sus atractivas canciones
Labrándose una dolencia
Que nos hace ser mejores.

Ay el amor, que une
Ay el amor, que crea
Hoy el Amor, se funde
En una preciosa pareja.

Acala, bondadosa sonrisa
Nuadha, vigilantes ojos
Vuestros son el gozo y la risa
Vuestros, los besos y los sonrojos.

Y vuestra la bendición
De años juntos y de hijos
Deseos que en esta canción
Os reflejo en verbo escrito.


Madeleine​
 

Quetzalcoatl

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CXXXII. De los versos a Marzer y Mia.

*Un nuevo enlace matrimonial y Madeleine recupera su ajado diario para dejar escritos los versos que le dedica a los contrayentes, en este caso Marzer y Mia. Onofer la ayudó apoyando los versos con una melodía a laúd.*

A Marzer y Mia

Valerosa es la pareja
Que desea vincular sus almas
Frente a los ojos divinos
Y su favor.

Todo su temor se aleja
Cuando, entre vítores y salvas
Encaran idéntico sino
Con emoción.

Sus dedos se enredan
Deslizándose hacia el ara
Y declarándose, unidos
Su amor.

Mia y Marzer nos ofrendan
Un sentimiento que emana
Con la fuerza y el sonido
Del corazón.

Y desde hoy serán eternas
La virtud y la esperanza
Para dos novios ungidos
Bajo un mismo son.


Madeleine​
 

Quetzalcoatl

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CXXXIII. De los versos a Ryl y Crella.

*Aunque no pudo ser recitado durante la boda, el poema llega a manos de la pareja al finalizar la misma, escrito en pergamino de la mano de la autora. En el diario, los versos quedan igualmente reflejados.*

A Ryl y Crella

Suspiran los bosques de envidia
Y la tierra se lamenta y llora
Cuando les llega con la brisa
Las nuevas sobre esta boda.

Codician vuestra alegría
Tan inmensa que la notan
Anhelando compartirla
Y ser uno o ser la otra.

Ryl, de alma y esencia
Innato poder, va creciendo
La chispa vibrante en su corazón.

Crella, de arco y sentencia
Flexible como rama de fresno
Aguda y certera, su vista de halcón.

Que los dioses bendigan este día
Los bosques acepten su derrota
La tierra os rinda pleitesía
Y disfrutéis de lo que os espera ahora.


Madeleine​
 

Quetzalcoatl

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CXXXIV. Del cuento de terror.

*Como preludio al concurso de narraciones de terror que La Eterna Melodía organizó en Crimmor, Madeleine escribió en su diario su propia versión de una historia que había escuchado muchos años atrás.*

La arboleda de los Espíritus.​

Existía cierta leyenda en un pequeño pueblo de la costa de Faerun, una leyenda muy antigua transmitida de padres a hijos que todos creían cierta aunque nadie se atrevía a confirmar.

Se decía que en un bosque cercano a la aldea, conocido como la arboleda de los Espíritus, durante la última noche del año las almas de los muertos se aparecían, bailaban alrededor de los árboles y reían con sus fantasmales voces hasta que el primer rayo de sol bañaba el lugar.

El joven Josh tuvo la desgracia de perder a su amada Olivia, una inteligente muchacha de grandes ojos marrones y cabellos castaños con toda la vida por delante. La pena no se diluía, aguardaba y se gangrenaba en su corazón quebrando su conciencia en mil pedazos cada día, cada noche.

Josh decidió descubrir si la leyenda era cierta. Quería volver a ver su hermosa Olivia, disfrutar de su sonrisa aunque fuera una última vez. Sus pasos lo llevaron hasta la linde de la arboleda de los Espíritus cuando el sol estaba a punto de desaparecer en el gris horizonte invernal. Se avecinaba la última noche del año y la niebla baja comenzaba a cubrir la foresta, deslizándose desde las playas cercanas.

Josh inspiró hondo, esperanzado y nervioso, y la oscuridad cubrió la tierra de repente, solo la débil luz de la luna le permitía ver lo que le rodeaba. No tardó en verlos. Figuras etéreas y translucidas emergieron como jirones de niebla, reagrupándose en apariencias humanoides, conocidas. Hombres, mujeres y niños, sus rostros tomaron forma delante de Josh, y le vieron. Con gestos de sus manos le invitaron a acercarse y mientras Josh se acercaba, buscaba entre aquellos rostros el de su amada Olivia.

Pero ella no estaba allí. Aún así, y sin saber muy bien la razón, se unió a aquellas fantasmagóricas imágenes, y bailó y rió, como si hubiera olvidado su pena. Durante horas y horas sus pies se deslizaron sobre la húmeda hierba y sus manos estrechaban las manos de los muertos.

Poco antes del amanecer Olivia apareció, bella y transparente, junto a la linde del bosque. Josh quiso soltar las manos de los muertos, abrazar a Olivia, pero no le dejaban. Insistían en que se quedara con ellos, le desorientaban, rodeándole y confundiéndole, jugando con él. Josh logró llegar hasta Olivia y sus brazos, y se besaron como nunca antes se habían besado. Fue entonces cuando le vino a la mente la verdadera razón por la que estaba allí... "si en la arboleda de los Espíritus y en la última noche del año amaneces con los muertos, te quedarás con ellos". Y Josh quería quedarse para siempre con Olivia, ella había sido su vida y su luz. El sol comenzaba a asomar por el Este, estarían juntos eternamente... pero justo cuando el primer rayo de sol tocaba el hermoso rostro de Olivia, ella lo empujó, empujó a Josh y éste cayó a suelo, cruzando el límite del bosque.

Con una última sonrisa ella le dijo que lo amaba, y la luz del sol borró su rostro y el de todos los demás espíritus que no volverían a aparecer hasta el siguiente 31 de Noctal...
 

Quetzalcoatl

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CXXXV. De una ceremonia de despedida.

*Los versos que el diario refleja esta vez, fueron cantados en compañía de Astrid durante los funerales de la enmascarada Dhaunae.*

A Dhaunae

Fui viajera en esta tierra
Dulce paso, suave huella
Una máscara cubría mi rostro
Descubierto, el corazón de oro

Busqué convertirme en estrella
Del firmamento ser eterna
Compañera del plateado globo
Que en las noches llamea orgulloso

Alzad al cielo las cabezas
Contempladme en mi belleza
Quizás no pensé en vosotros
Mas no lloréis, no os abandono

Soy inmortal, imperecedera
Un lucero entre tinieblas
No me añoréis, mas yo os añoro
Y nunca os dejaré solos.


Madeleine​
 

Quetzalcoatl

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CXXXVI. De los versos del Verdor.


*Madeleine adapta una antigua tonada para ser cantada por La Eterna Melodía en el Verdor del año 1.498 C.V.*

La Voz del Verdor

¡Escucha, hijo mío!
Yo soy la Voz del Verdor
No temas, dame tus manos
Danza abrazando este son.

Soy la Voz en el viento y en la lluvia
Yo soy la Voz de tu risa y tu canción
Soy la Voz que siempre te llama
Yo soy la Voz del Verdor.

Soy la Voz en el campo cuando la nieve se ha ido
El baile de las hojas que la brisa animó
Duermo los meses de frío invierno
Y despierto en primavera con renovado vigor.

Soy la Voz del pasado y del futuro
Yo soy la vida y la renovación
Soy el primer llanto del neonato
Yo soy la Voz del Verdor.

¡Escucha, hijo mío!
Yo soy la Voz del Verdor
No temas, dame tus manos
Danza, canta, abrazando este son.

Yo soy la Voz del Verdor.

Madeleine
 

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CXXXVII. De una obra de títeres en honor a Chauntea.
*Para la inauguración del altar dedicado a Chauntea y construido en Purskul según las indicaciones de la sacerdotisa Tess, Astrid y Madeleine escriben y representan una breve historia de títeres sobre la Gran Madre*

Chauntea, así fui, así soy
Por Astrid y Madeleine​

En el escenario de títeres hay representado un campo de trigo bien maduro salpicado de algunos frutos alternados con las espigas, de animales, de árboles y también de mujeres y hombres recogiendo los frutos de la tierra. Aparece en escena una marioneta como maestra de ceremonias que entonando presenta la obra. Es una señora de arrugas afables, de mejillas rojas y de mirada cálida. Porta una rosa en su mano.

Chauntea actual:
Escuchad la historia que yo, Chauntea, os vengo a narrar, mientras llega el momento de la cosecha. ¡Qué prendada estoy de ver lo que veo! Plantas creciendo en el suelo fértil, espigas naciendo, brotes surgiendo. Abundantes campos y fecundos vientres en honor a la Gran Madre. Pero hace eones todo esto no era así, ni yo era tal y como ahora soy.

Desaparece la marioneta dando paso a otra, de fondo se oye la narración de la historia. El primer decorado cambia a uno vacío y yermo, aparece un títere femenino con aspecto más joven y agreste, vestido con hierbas y flores y enredaderas que crecen exuberantes a modo de atuendo. Es la Chauntea primitiva.

Chauntea primitiva:
Demasiado tiempo pensando que desde que el Toril surgió algo le falta, algo precioso, algo armonioso, algo sin igual. Ha llegado el día de dar vida a este mundo estéril.

El títere retira una hoja de su frondosa y salvaje cabellera y una ramita verde y espigada de donde crecen las pestañas. Une ambas y de repente una chispa surge de estas dos haciéndose cada vez más rutilante acercándose al suelo. Brota un esqueje y como estirándose bosteza entre juegos. A su lado otro, y otro y otro.

Chauntea primitiva:
Mirad mis preciosas criaturas creciendo, cubrid este suelo haciendo una alfombra de mullida hierba, salpicadlo de flores, de manzanas, de frambuesas. Miles de zarzas que se enreden entre el marrubio.

Aparecen algunos títeres de animales, lobos y ciervos.

Chauntea primitiva:
Ciervos y halcones, peces y lobos, id y bebed, alimentaos de mí, creced y corred por los campos, cielos y rios. Yo os enseño, yo os escucho y os defiendo. Creced y al rayo no temáis, proliferad y a la ventisca no escuchéis, creced, corred y sed muchos más.

Finalmente aparecen los títeres de dos humanoides, hombre y mujer, vestidos con pieles y dedicándose a recolectar y cazar. Los humanoides trabajan duro pero no muestran un aspecto especialmente vigoroso/sano. La Chauntea primitiva observa a la pareja con cierta preocupación.

Chauntea primitiva:
Vosotros sois mis más amados seres de entre todos los que horadáis mi piel. Aprended a trabajar la tierra, a cultivar el trigo y la cebada y la vid. Domesticad animales, saciad vuestras necesidades cuidándome y respetándome. Y tal y como vosotros cambiaréis, yo cambiaré con vosotros.

Cambia de nuevo el escenario, aparece el escenario inicial con el campo de trigo. Esta vez los títeres son dos figuras humanoides, típicos purskulitas trabajando la tierra. El títere de Chauntea primitiva cambia a la Chauntea de hoy en día, más madura y civilizada, una rosa prende en sus cabellos.

Chauntea actual: Así fue como aprendisteis a plantar semillas y a hacer germinar la vida de mi fértil seno, tal y como germina en el fecundo seno de cada Madre. Plantad, proteged, salvad y reparad la vida natural, hacedlo no solo por mí. Hacedlo por vosotros.
 

Quetzalcoatl

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CXXXVIII. De la tristeza y la alegría: para Lux.


*Al conocer del mal que afectaba a la druida/bardo Lux, la Eterna Melodía y sus colaboradores y amigos prepararon un festejo en su honor, y Madeleine escribió una breve obra de teatro dedicada a la joven*


El Sacrificio de Lux
Por Madeleine Sweeny​

Elenco:
Aravae Dispar como Lux
Orisong como Compañero de Lux
Jared como Inti
Lyrei como Wendigo
Selhana Mechacorta como Narrador


*Escenario: Fuente del buen samaritano, zona nevada en Nashkel. Descubrimos a un grupo de aventureros acercándose al lugar, planificando cómo solucionar un problema relacionado con la maldición de los wendigos que está afectando a animales y personas.*

Narrador
: Lo que antaño contuvo un benigno y sagrado poder ahora rezuma odio, maldad y una oscuridad insana. La Fuente del Buen Samaritano de Nashkel, cuyas cristalinas y frías aguas siempre ayudaron a los viajeros a aliviarse de sus malestares, ha enfermado y ocasiona el mal del wendigo a quien bebe en ella. Un grupo de seguidores de la Naturaleza se ha decidido a liberar a la Fuente de su mal.

Lux: La salvación de estas aguas requiere de un ritual muy concreto, será peligroso porque necesitaré tiempo.

Compañero: Las bestias enfermas nos están rodeando, céntrate en el ritual, Inti y yo seremos tu bastión protector.

*Lux se arrodilla junto a la Fuente y comienza a salmodiar las plegarias y cánticos requeridos.*

Narrador
: La dama Lux, hermana de los bosques, inicia los cánticos de un poderoso ritual.

Lux: ¡Dioses del Bien, de la Naturaleza y de la Canción! ¡Espíritus de los Bosques, de los Vientos y de las Heladas Montañas! ¡Atended mis ruegos, escuchad mis oraciones, prestad oídos a mis canciones! Que la ponzoña que aqueja estas aguas se disipe como se disipa la niebla al llegar el mediodía, que el veneno se disuelva como se disuelve la espuma del mar al besar la playa.

Narrador: Los animales enfermos, enloquecidos por la maldición del wendigo, comienzan a asaltar a los Héroes.

*Inti y el Compañero de Lux custodian y defienden a Lux mientras son atacados por los animales enfermos.*

Compañero de Lux
: ¡Nos rodean! No te preocupes, las buenas gentes de esta tierra y los animales afectados te necesitan, Lux. ¡Continúa, yo te protejo!

Lux: ¡Inti, a mi lado! ¡Protégeme!

*Inti se queda a su vera, protegiéndola*

Narrador
: La afección de la Fuente requiere algo más... y Lux está dispuesta a pagar el precio.

Lux: *Gime, agotada* Siento que he de ofrecer una parte de mí misma, una parte de mi propia alma o no podré cumplir con mi cometido. ¡Fuente del Buen Samaritano! Ofrezco mi júbilo, las risas de mis días, la sonrisa de mi rostro... ¡que tu mal desaparezca!

*Lux cae al suelo, extenuada. Los animales enfermos son derrotados y su maldición termina. Lux se pone en pie ayudada por su Compañero e Inti, pero no sonríe. Llora*

Narrador
: Y así fue su sacrificio. La dama Lux entregó su alegría para anular la enfermedad del wendigo de la Fuente del Buen Samaritano, previniendo nuevos contagios y futuras muertes. un sacrificio como solo hacen los mejores.
 

Quetzalcoatl

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CXXXIX. De un viaje por antiguos recuerdos y aventuras.



*En la soledad de su habitación "etérnica" y tras la partida de Astrid, Madeleine rebuscó entre sus relatos alguno en el que hubiera plasmado sus peripecias y aventuras compartidas con la gran bardo del sombrero emplumado. Necesitaba recordar aquellos días en los que aún estaban juntas, las tres... Azalea, Astrid y ella, quizás siempre las trató no ya como hermanas sino como hijas, unas hijas que como rige natura debían hacer su vida y alejarse del nido que las acogió, un nido un poquito más vacío ahora, pensó. El primer relato que llegó a sus manos fue...*
La fiebre del Oro I. 19 de Noctal de 1.488 C.V.

Participantes
Astrid
Madeleine
Renatha
Erven
Drakus (artista invitado)

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Esta aventura surgió a raíz de una búsqueda, una de vital importancia no solo para unos pocos sino para toda una nación. Ciertas reliquias religiosas pertenecientes a una extraña raza maztiqueña de seres mitad humano-mitad escorpión –a los que se les terminó llamando “aguijoneadores”- debían ser devueltas. O al menos aquélla era la intención de quien narra esta historia. Dicha devolución debería calmar, supuestamente, la furia vengativa de esos aguijoneadores por el hurto de tales objetos sagrados a manos de, supuestamente, amnianos. Esa furia vengativa había provocado la destrucción de Ímnescar y la tragedia amenazaba con repetirse en otra urbe.

No me extenderé mucho contándoos cuáles fueron los pasos que nos condujeron a visitar La Caída de Orlo, pero tras unas “intensas y peleadas” negociaciones con Jhanos Yhilvast –que se decía que había sido el comprador de parte de las buscadas reliquias- nos tocó aceptar un trato: o le limpiábamos las minas de La Caída de Orlo para permitir su explotación o no veríamos reliquia alguna. Menudo “patriota” al que encima se le tuvo que agradecer la atención y la generosidad de darnos la opción de conseguir las reliquias ayudándole, ¿eh?

La Caída de Orlo es un pueblo minero abandonado al noreste de Amnagua que la rumorología de la zona no dejaba en muy buen lugar. Que si bandidos o fantasmas, lo cierto es que Astrid, mujer valiente y experimentada, no dejaba de advertirnos de lo feas que se pondrían las cosas cuando nos adentráramos en el lugar. No éramos un grupo numeroso, a decir verdad. Astrid Minstreltides, Renatha Cantabestias, Erven Nailo y una servidora. Tres bardos y un mago, quizás no parecía ser un gran grupo pero como descubriréis las apariencias engañan.

Habíamos salido de Amnagua a primera hora de la mañana pero los caminos estaban embarrados –dichosas y persistentes lluvias otoñales- y las horas pasaron rápido mientras nuestros pies no lo eran tanto. Los mapas no se mostraban muy aclaratorios; sabíamos que necesitábamos dejar el camino para adentrarnos en las elevaciones que nacían a unas millas al norte de la vía principal, pero las sendas no eran claras, ni en el pergamino ni sobre la tierra. Finalmente, cuando el sol apenas nos iluminaba desde el oeste, encontramos una zona despejada y nos internamos siguiendo el norte en las praderas abiertas que colindaban con las colinas. Cuando la noche nos atrapó, comenzaron los aullidos. Un lobo común no es oponente para cuatro aventureros experimentados, y si bien avanzamos con la precaución esperada, varios animales acabaron rodeándonos y nos obligaron a detenernos. Erven buscó unas ramas secas –con tanta lluvia Tymora proveyó- y prendió con destreza una pequeña hoguera con la que espantar a unas bestias que gruñían y caminaban a nuestro alrededor pero sin acercarse. La luz de la fogata fue reveladora: los lobos, no eran tales; sus miembros inferiores se extendieron y elevaron su estatura, alzándose a dos patas y transformando unos simples lobos en peligrosos licántropos.

No tardamos en desenvainar filos y concentrar la magia, preparados para lo peor. Pero percibí inteligencia en el más alto y fornido de todos y propuse… bueno, parlamentar con esas bestias. Tenía razón, aunque las palabras no servirían por sí solas. Renatha descubrió sus habilidades de cambiaformas delante de Erven y su menudo cuerpo creció, se expandió, se cubrió de placas metálicas, y donde antes había una risueña mediana ahora se alzaba una enorme mole de metal. ¡Hojalata! La visión del gólem hizo recular a los licántropos, excepto al líder, aunque no tardó en imitar a sus compañeros de manada tras las bravatas y amenazas pertinentes.

Resuelto el inesperado encuentro, seguimos nuestro andar ascendiendo por una suave pendiente y adentrándonos en las colinas. Horas de búsqueda después logramos identificar una senda oculta entre paredes de roca que viraba hacia el norte. Conducía hasta las mismas puertas de lo que antaño fue ese próspero y rico pueblo llamado La Caída del Orlo, aunque el escenario que contemplábamos poco tenía que ver con el brillo de antaño. Las casas, medio derruidas, parecían dientes mellados que recortaban el horizonte con sus perfiles irregulares. El silencio era abrumador, ni siquiera el viento parecía atreverse a molestar el descanso de ese cadáver alojado en las montañas. Y a pesar de que el sol nos dio la bienvenida al pueblo, Astrid proseguía con sus agoreras predicciones.

De todos modos y para ser justos, tengo que deciros que Astrid vivió muy malos momentos en una incursión de hace unos cuántos años en La Caída del Orlo. Nosotros, por lo pronto, comenzamos a atravesar las ruinas sin mayores incidentes que el encuentro con un esqueleto que cayó deshecho por los golpes de nuestras armas. Nuestro objetivo era la mina, saber en qué situación se hallaba y liberarla si fuera menester.

Los ojillos de Renatha, a la que pocas cosas se le escapan, apreciaron, semioculto entre las piedras que cubrían una de las calles principales, un muslo de pollo a medio comer, muy reciente. Quien fuera que se hubiera alimentado de esa carne respiraba, estaba vivo. No tardamos en ver una construcción amurallada más allá de los límites del pueblo y escuchamos las voces de varias decenas de personas. Bandidos.

La mina por lógica debía de estar protegida por esa construcción. Erven aprovechó la invisibilidad y un conjuro de vuelo para sobrevolar discretamente el fortín. Eran unos 30, si no más. Bien pertrechados, con arcanos entre sus filas. A Renatha se le ocurrió la genial idea de intentar asustarles; ella cambió hasta ser un fuego fatuo, Erven conjuró un perro sombrío, yo me dispuse a ser algo sombría también y conjuré “La Voz del Dragón”, mi voz se tornó oscura, poderosa, anciana. El perro y el fuego fatuo distraerían a los bandidos mientras yo soltaba cualquier monólogo de alguna obra de terror con un personaje terrorífico, amparada en esa grandiosa y tenebrosa resonancia nueva en mi voz. Bueno, el plan posiblemente hubiera dado buen resultado de no ser porque “don gallo” y “don pollo” llamaron a la puerta de mi garganta. La voz se me fue, cacareé como una cómica gallina y los bandidos se rieron. Hasta Erven se ríó… bueno, Erven es erevanita, un caso aparte.

Y tras las risas llegaron los lloros y el dolor. Ya no había tiempo de parlamentar, comenzó así un enfrentamiento de 30 –o más- contra 4 –o 5, el banita Drakus apareció de la nada poco después de empezar las tortas- y entre bolas de fuego, cercenamientos y alfileretazos yo perdí la visión de todo. Me contaron después que una bestia medio-orca me había derribado de un hachazo que casi me corta en dos. Astrid pudo reanimarme, yo reanimé a Erven, y mientras tanto, el fuego consumía lo que quedaba del asentamiento de esos bandidos junto con sus cadáveres. Pero un frío helador surgió como un suspiro del interior del campamento, el fuego pareció retroceder atemorizado y ante nosotros se abrió el acceso a la tan buscada mina…

¿Qué pensáis, que entramos o que no? Lo sabréis en el siguiente capítulo, queridos niños.

Offtopic :
Escenario: área de intriga La Caída de Orlo. DM Kronos.
La fiebre del Oro II. 20 de Noctal de 1.488 C.V.

Participantes
Astrid
Madeleine
Renatha
Erven
Drakus
Teodoro

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Nuestra narración comienza donde termina la anterior, esto es, con los cinco aventureros –Astrid Minstreltides, Renatha Cantabestias, Erven Nailo, Drakus Straken y yo misma, a los que se les unió un sexto en forma de desagradable sacerdote banita llamado Teodoro- frente a la entrada de la mina abandonada de La Caída de Orlo. A pesar de las dudas, sobre todo por parte de Astrid, sabíamos que se nos había encomendado limpiar las minas para conseguir aquellas reliquias, así que procedimos a internarnos en la boca abierta en la montaña que exhalaba su gélido hálito sobre nosotros.

A los pocos minutos de entrar en sus dominios, todos reparamos en lo afectada que estaba la mina por el paso del tiempo. La madera podrida de los raíles crujía y se rompía bajo el peso de nuestras pisadas y pequeñas rocas se desprendían del techo y caían sobre nuestras cabezas. No necesitábamos demasiadas pruebas para percatarnos de que aquellas minas no habían sido visitadas por humanoides en muchos años, ni siquiera por quienes guardaban su entrada, aquellos bandidos que yacían ahora, muertos, sobre las cenizas del fortín exterior. Y a pesar de saber que la mina estaba abandonada, casi todos podíamos sentir los susurros y las palabras ininteligibles como murmullos en la lejanía que luego te acariciaban el oído y te erizaban el vello sobre la piel. Las historias sobrenaturales de Astrid tenían que ser ciertas.

El túnel de entrada de la mina pronto se bifurcó y nos ofreció dos posibilidades, dos pasajes descendentes tan oscuros como pozos que no invitaban a continuar. Renatha se encomendó a Brandobaris y eligió el de la derecha. Según nos sumergíamos en las tripas de la mina, comenzamos a escuchar el claro golpeteo de los picos atravesando la piedra como una reminiscencia al glorioso pasado de La Caída de Orlo, y al acceder a una enorme gruta… los vimos.

Fantasmas. Varias figuras etéreas repetían sin descanso las mismas acciones que realizaran muchos años atrás, cuando aún respiraban el viciado aire del interior de la mina y sus huesos no eran polvo. Los espíritus sintieron nuestra presencia y se lanzaron hacia nosotros. No puedo decir que el sacerdote que nos acompañaba cumpliera con el cometido de expulsarlos, tal vez la edad le pasó factura o no puso demasiado empeño. El caso es que a base de magia y espada conseguimos derrotar a las entidades moradoras de la gruta… una gruta que refulgía y reflejaba la luz de nuestras runas mágicas con brillantes centelleos dorados, ya que sus paredes estaban recubiertas de vetas de oro como la mismísima Agujas waukinita. Ese oro tan ansiado por Jhanos Yhilvast.

No era el mejor momento para detenerse y deleitarse con el hipnótico mineral, así que el viaje prosiguió pues la mina era más profunda, mucho más profunda. Las vetas doradas se fundían en la roca de los túneles junto a vetas menos exuberantes de hierro en zonas donde los primeros mineros no habían podido llegar, y había algo más allí abajo…

Cómo no, arañas. Grandes como vacas, dirigían sus multifacetados ojos hacia sus nuevas presas, ¡nosotros! Descendiendo por las telarañas que cubrían las paredes o descolgándose de las estalactitas, pronto sentimos su hedor y nos rodearon. Astrid y yo les hicimos frente combatiéndolas lado a lado y protegiéndonos la una a la otra; maza y estoque golpeando y perforando en una terrible danza perfectamente sincronizada. Por su parte, Erven y Drakus hacían uso de sus conjuros evocadores diezmando su número con fuego y magia. Pero la suerte no acompañó ni a Renatha ni a Teodoro, sin poder hacer nada por ella pude ver cómo la pequeña hin desaparecía bajo el peso de una de esas enormes aberraciones. El sacerdote banita yacía cerca de ella, con la cara hinchada por el efecto del veneno de las terribles picaduras.

Sin clérigo -vivo- en el grupo, tuve que utilizar dos pergaminos divinos para devolver la salud a los caídos. Uno lo leí yo misma desatando su magia sobre el delicado cuerpecillo de Renatha, que abrió sus ojos asustada pero recuperada por completo. El otro desapareció de las manos de Astrid cuando la energía positiva fue canalizada para devolver la vida a Teodoro, el mismo hombre que la acusó falsamente en el pasado y la llevó a Juicio. Dudo que ninguno de los presentes que conozca lo que pasó pueda olvidar ese momento.

Apenas nos habíamos recobrado del encuentro con las arañas cuando escuchamos una voz femenina, cavernosa y profunda.


"Rasgáis la tierra en busca de aquello que os pueda dar sin importar nada más.
Pero vuestra ambición ya os resultó cara una vez.
Huelo que vuestro camino viene por el mismo objetivo.
Soy Isaharesh dueña de estas minas.
Soy la pesadilla de los hombres, el Terror de Ocho Patas."

Lo que ocurrió después fue tan caótico que no lo recuerdo muy bien... imaginad una enorme, pero enorme mole arácnida emerger de un agujero del suelo y echársete encima con la potencia de una manada de caballos salvajes. Enfrentarse a Isaharesh era una locura pero huir no era ya una opción. Astrid y yo detuvimos como pudimos a la Madre Araña. Teodoro y Renatha estaban ocupados protegiéndose de la nueva caterva de crías que aparecían de todas partes y los arcanos volvían a precipitar todo su arsenal mágico sobre la gigantesca bestia. Aprovechando la confusión, logré destrozar una de las patas delanteras de Isaharesh y golpeé con todas mis fuerzas el tórax de la criatura, que chilló de dolor pero fijó su atención en mí. Me agaché y rodé por el suelo evitando su primer ataque pero el siguiente no lo vi venir y la oscuridad se me llevó. Cuando desperté gracias a Renatha, me encontraba semidesnuda al lado de una también semidesnuda Astrid y del cadáver de la bestia arácnida que se fundió en un charco de azufre desvelando su naturaleza demoniaca. ¡Habíamos vencido!

Teodoro también mostraba su cuerpecillo anciano tal cual vino al mundo -más o menos, ya me entendéis- y Renatha fue esta vez quien devolvió a la vida al seguidor de Perdición... no había sido el mejor día para él, desde luego.

Con las nuevas, regresamos a la mansión de Jhanos y haciendo de tripas corazón aceptamos sus agradecimientos y las cinco reliquias que buscábamos.

¡Y hasta aquí la historia!

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Escenario: área de intriga La Caída de Orlo. DM Kronos.
 

Quetzalcoatl

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CXL. De un contrato de aventuras y el banquete de duergars esclavistas.


¿Alguna vez te has preguntado qué se siente al ser un esclavo? Puede ser tristeza, por esa libertad que ya ni recuerdas. O rabia, ardiente y sorda, dirigida a quienes te encadenaron. Tal vez vergüenza. ¿Venganza, quizás? Puede que algunos ya no sientan más que resignación y acepten su destino.

Yo sí me lo pregunté. Y no hace mucho.

La infraoscuridad es como un caramelo envenenado para el aventurero. Brilla, seduce… pero sabes que te hará daño. Aun así, lo pruebas, y cuando el veneno hace efecto... ya es tarde. A Doyle parece gustarle enviar aventureros allá abajo. Quizás como prueba, como una forma de medir el temple de quienes dicen estar listos para lo imposible. Solo regresan los que realmente valen algo. Y yo… bueno, casi no regreso.

Acepté ese caramelo. El encargo parecía uno más, un contrato para recuperar uninfra1.JPG cargamento perdido en la Antípoda, uno de tantos de esas caravanas mineras que serpentean entre las entrañas de la tierra bajo Imnescar. Ya lo había hecho antes. Descender un par de millas, seguir los túneles conocidos, recoger lo extraviado y volver. Esta vez bajaría con Sariel, Rukhar y Lyra Fiore, seguidores de Selûne; Druulxakmilesh, arcano draconiano: Tharion Velmantar, devoto de Torm; Asqel; y una joven inexperta, Krisha.

El viaje empezó como tantos otros. Se tomaron las precauciones debidas, se siguieron las rutas "seguras" y las grutas señalizadas, y los túneles más profundos fueron evitados. Todo parecía bajo control… hasta que alguien activó una trampa. Un gas asqueroso nos golpeó como una bofetada. Denso, acre, se nos metió en la nariz y nos cegó unos instantes. No podíamos ver, pero sí oír. ¡Pasos! Muchos. Acercándose presurosos.

Cuando por fin pude abrir los ojos, vi a varios compañeros caer inconscientes. Las sombras, antes solo manchasduergars.JPG en las paredes, cobraron forma. Eran duergars, armados con hachas y ballestas y con pinta de no venir a conversar. Sentí un golpe seco en la cabeza y después, la nada.

Cuando volví en mí, habían pasado horas. El cuerpo entero me dolía y estaba tirada en un rincón de una carreta que apestaba a todo lo imaginable. Orina, heces... restos de otros prisioneros. Un ventanuco enrejado dejaba pasar apenas un hilo de luz, suficiente para ver a mis compañeros que ya estaban tramando la huida.

Asqel, bendito sea por todos los Dioses del Bien, había conseguido mantenerse oculto y había seguido a los duergars esclavistas como una sombra a través de los túneles. ¿Pensé en la posibilidad de pasar el resto de mis días encadenada al servicio de alguna matriarca drow o de algún coleccionista de rarezas con tendencia al desequilibrio mental? Claro que sí. Pero entonces llegaron los dedos de Asqel, veloces, precisos, milagrosos, que abrieron candados y retiraron cadenas. Y Tymora —¡ay, Tymora!— la Diosa de la Fortuna decidió sonreírnos.

De repente, el suelo tembló. La carreta se sacudió, se ladeó y acabó volcando con un estruendo. Los gritos de los duergars intentando poner orden duraron apenas unos minutos antes de transformarse en alaridos de puro terror, luego dolor, luego... nada. Solo el sonido de algo reptando, grande... muy grande.

Salimos. Un monstruoso gusano de las profundidades había llegado al banquete. Y nosotros… bueno, nosotros éramos el postre. ¿Te lo imaginas? Regresando al tema del caramelo envenenado... esta vez, el caramelo éramos nosotros. Pero quien acabó envenenado fue el gusano.

En fin, mejor no entro en detalles sobre lo que vino después. Demasiada sangre, vísceras, olor a muerte y oro. Y ninguna de esas cosas es especialmente de mi agrado.​


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Aaaay, qué mal nos lo hace pasar el kapi...
 

Quetzalcoatl

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CXLI. De Ichxonihuunionchdrunli o "El Último Que Ríe".


*Unos versos se escriben en la soledad de la habitación que Madeleine ocupa en el Gremio de Aventureros.*

En ruinas huecas ríe sin medida,
su eco suena en cuevas olvidadas,
el cobre bruñe su arrogante vida,
mientras vuela con alas embarradas.

Mas nadie aplaude su infantil estruendo,
nadie escucha su berrinche horrendo.

Se dice astuto, voz de lo divino,
pero ignora el dolor que va dejando,
juega con vidas como un peregrino
que pisa flores, nunca preguntando.

Sus ojos brillan, no por compasión,
sino por hambre de admiración.

Dragón de cobre, bufón de su historia,
no hay quien te tema, solo quien te esquive,
tu alma es hueca, máscara ilusoria
de un ser oscuro, ¿El Último que Ríe?

Te creerás leyenda, sí... pero advertencia:
del ego nace la vil decadencia.
 
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