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En Clave de Sol

Quetzalcoatl

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XCVII. Del encierro en el Sanatorio II.​

Cuando la consciencia regresó, lo primero que sintió fue la pegajosa humedad que recubría la piel de su frente y el tenue calor que desprendía el suelo sobre el que estaba tendida, boca abajo. Sus ojos se abrieron, aletargados aún, observando desorientados el lugar donde se hallaba. Lentamente volvía a la realidad, su mente despertaba y con ella el dolor, un dolor que latía en sus sienes como si de un tambor se tratara.

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Con evidente esfuerzo, logró arrastrase hasta una pared de roca retorcida que se levantaba a su izquierda y apoyó la espalda sobre ella. La niebla de sus ojos comenzaba a desaparecer, y cuando sus dedos se posaron en aquella humedad que le caía por el rostro supo de inmediato que se trataba de sangre. Suya, probablemente, aunque no recordaba aún cómo se había golpeado en la cabeza. Una explosión cercana la sobresaltó, y los sonidos de los gritos de sus compañeros estimularon el regreso de sus recuerdos.

"Estoy en el interior del Sanatorio, una prisión para arcanos construida por los Magos Encapuchados de Amn. Estoy aquí buscando respuestas, intentando averiguar el porqué de la desaparición de los componentes de esta orden arcana. Tesla, Andros... ¿Jade? Sí, ella también está atrapada aquí... y los elfos, y Hal, Obtus... y Roxx..."

Al acordarse del Guardián de El Orbe Eterno un escalofrío recorrió su cuerpo maltrecho y cada recuerdo de las últimas horas golpeó su memoria con la crudeza de la verdad.

“Permanecí en el campamento para vigilar al pelirrojo mientras los demás buscaban la última de las cuatro esencias necesarias para escapar de aquí. Roxx ya no era Roxx. Una presencia diabólica había penetrado en su cuerpo y la transformación casi había concluido. Tesla tuvo un enfrentamiento con él y Roxx terminó maniatado, malherido e inconsciente. Se me advirtió sobre su comportamiento, sobre sus amenazas de violarnos y asesinarnos, así que preparé un conjuro de comunicación con Tesla por si la guardia se complicaba… como así ocurrió.”

Apretó los dientes y se obligó a ponerse en pie, desgranando después un conjuro de energía positiva que cerró la herida aún sangrante de su frente y suavizó las molestias que sentía.

”Algo gigantesco se acercaba al campamento. Pude escuchar sus pasos en la lejanía, retumbando por cada pasillo y por cada estancia, un eco aterrador de maldad y destrucción. Era el tañido de la muerte. Avisé a Tesla, mis palabras aceleradas no acertaron a pronunciar el nombre de la criatura que me amenazaba... era... un Diablo de la Sima.”


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Notaba sus ropas mojadas en sudor, producto de las emociones y la inquietud, y de ese calor incesante y extremo al que constantemente se veían sometidos. Los esfuerzos de Tesla por asearlas cada cierto tiempo con un conjuro de Prestidigitación en esos instantes parecían en vano, aunque la sensación de sentirse limpia aunque fuera sólo por un rato era increíblemente reconfortante. Era en las peores situaciones cuando uno valoraba los pequeños placeres de la vida.

”El Diablo se acercaba y sabía que no era rival para un ser de aquel poder. Pero no podía dejar a Roxx a su merced, así que me acerqué al pelirrojo con la intención de llevármelo conmigo. En mi cabeza se iban ordenando con rapidez las piezas de un plan, requeriría de la ayuda de la magia y algo de tiempo, pero podría sacar a Roxx de allí. Cuando estaba comprobando que las ataduras de Roxx seguían firmes, sus ojos se abrieron.”

Algo más centrada, observó detenidamente lo que la rodeaba. Se encontraba en una oquedad no muy profunda, uno de los muchos socavones que la invasión de los siervos de Belmar había provocado en el interior del Sanatorio. No muy lejos de donde se hallaba, su apreciado bastón descansaba sobre el suelo esperando a que su dueña tomara de nuevo posesión de él. Y a su lado, una bolsa cerrada.

”Los ojos de Roxx se abrieron, pero no eran sus ojos. No como los recordaba. Iluminados por un brillo de perversión que nunca antes habían poseído, me miró con odio, con deseo, con augurios de dolor y tortura como nunca antes había conocido. Retrocedí asustada, me había enfrentado ya a engendros de todo tipo pero los peores siempre se ocultaban en los rostros de tus amigos.”


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Era hora de regresar. No podía estar muy lejos del campamento o de los laboratorios, o de donde quiera que se encontraran sus compañeros de encierro. Escuchaba sus excitadas voces, que sonaban cada vez más audibles por encima de otro clamor que no supo distinguir.

”Roxx comenzaba a deshacerse de sus ataduras. Su mirada seguía fija en mí, atendiendo a todos mis movimientos por el campamento. Se retorcía, ansioso por liberarse. No podía llevármelo así, no podría retenerle yo sola. Mi mejor baza era buscar al resto, así que cogí la bolsa que me entregó Soloturn, aquel Encapuchado, conjuré una Invisibilidad y salí corriendo en dirección a los laboratorios, dejando atrás aquella promesa de infierno. ”

Aquella bolsa era la que contenía la esencia en forma de polvo de momia milenaria para la consecución del hechizo que confinaría al Duque Belmar en una prisión eterna.

”No recuerdo cómo ocurrió, pero debí tropezar y caí, perdiendo el conocimiento... hasta ahora.”

Sí, era hora de regresar. Madeleine tomó con decisión su bastón y aquella bolsa tan importante, conjuró Portal dimensional para ascender hasta el borde del socavón y echó a correr. Esta vez no huía del infierno, corría directamente hacia él.
 

Quetzalcoatl

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XCVIII. De una canción marinera.​

Aquí dejaré plasmados los versos de esta canción que escribí hace un tiempo para un evento en las islas con La Eterna Melodía. No es especialmente larga en desarrollo, pues pensé que un evento marinero requeriría sobre todo de música y baile más que de palabras y arte. Y la verdad, acerté.

Nuestra Patria Es El Mar

¡Nuestra patria es el mar
nuestra brújula es el viento
las estrellas nuestros ojos
y la luna nuestro lecho!

¡Nuestra patria es el mar!
A veces muestra su genio
como madre que propina
un azote en el trasero.

¡Nuestra patria es el mar!
Otras, es dulce consuelo
cuando con sus olas mece
suavemente nuestro sueño.

¡Nuestra patria es el mar
homenajes le ofrecemos
y honramos a su deidad
como buenos marineros!
​

Madeleine Sweeny​
 

Quetzalcoatl

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XCIX. De Anhol y la tarde de los recuerdos.​

La guerra había abandonado Amn. Se había alejado como se aleja el viento helado de las montañas, saboreando la tierra en su camino hacia el mar. O como desaparece el mismo sol al caer la noche, dejando tras de sí la quietud y calma de un océano de estrellas pero prometiendo volver con el amanecer.

La guerra también regresaría, Madeleine estaba convencida de ello. Mas no era momento para pensar en guerras o en encierros junto a Duques diabólicos. Con los ojos cerrados, la bardo yacía plácidamente sobre una hierba que no hacía ni dos meses había sido aplastada por miles de botas legionarias, a la espera de reconquistar Esmeltaran, y a su vera percibía el discurrir del río Esmel, cuyas aguas llenas de vida habían sido no hace tanto el origen de aquella enfermedad que había azotado sin piedad a las tropas amnianas. Era una cálida tarde de finales de verano, una de esas tardes en las que prefieres no pensar en nada, permitiendo que el tiempo transcurra mientras te sumerges en una imperturbable burbuja de paz e incluso apatía.

Inspiró hondo y abrió los ojos, feliz. Anhol, recostado a su lado, intentaba mantener un rictus serio mientras la miraba, pero no lo conseguía. Junto a él descansaba aún intacto su querido bastón de madera de roble, bastón que no tardaría en presentar cierto efecto mágico que el explorador detestaría.

- Ya sé por qué pasas más tiempo en la Torre de los magos y menos en la casa Gáldrim – dijo él, sonriéndola.

- Porque... ¿en la Torre puedo asomarme desde la parte más alta y sentirme totalmente libre y sin...? - Madeleine dejó la frase sin finalizar. El montaraz la observó unos instantes antes de hacerlo por ella.

- Sin… ¿ataduras?

- Sin... obligaciones – entornó los ojos hacia Anhol, dedicándole una suave sonrisa. – Vuelvo a ser aquella niña de trece años que dejó Crimmor con 500 monedas y muchos sueños en su bolsillo.

- ¿Y se han cumplido esos sueños?

Madeleine comenzó a preguntarse si había sido así, si todo lo que había deseado aquella niña de ojos azules y curiosos que un buen día huyó de casa habían sido satisfechos.

- Quise… ya sabes, desarrollar mis inquietudes artísticas y apoyar a otros a conseguir lo mismo. Y creo que lo he logrado.

La mujer de oscuros cabellos volvió a cerrar los ojos, sólo unos instantes, disfrutando del contacto sobre la piel de los rayos de las últimas horas del día.

- ¿Te quedan sueños por cumplir? Algo que quisiera esa niña pero que no pudo ser.

- Esa niña ha conseguido muchas de las cosas que ansiaba, mas... otros sueños que nacieron mientras crecía, murieron - por un momento la tristeza quiso adueñarse de su voz, y no lo permitió - Pero es una parte importante de la vida, al crecer tenemos que aprender lo que supone la pérdida.

- Los golpes... endurecen.

Anhol fijó la vista en la hierba, cabizbajo, perdido en sus pensamientos. Ambos compartían un pasado, unos amigos perdidos ya entre las brumas de los recuerdos aunque aún ocupaban importantes huecos en sus corazones. Y siempre los ocuparían.

- Y tú, Anhol... ¿qué querías ser de niño?

Él la miró, regresando del lugar en el que estuviera inmersa su atención. - ¿De niño? - volvió a sonreír al mirarla - De niño quería ser como Balduran.

- Ah, ¿el famoso explorador?

- Sí - la conversación animaba por momentos al montaraz, olvidando la pena del recuerdo - Quería recorrer mundo, fundar ciudades... en fin... la fama.

- ¡Ah, fama! No me lo creo.

Anhol se río.

- Ya ves. Pero me di cuenta de que una flota de barcos es demasiao cara y... - se inclinó hasta casi rozar su oreja, emitiendo sus palabras en un murmullo, como una confidencia - me mareo en el mar. Y no se me quedan los nombres de las velas y eso.

Madeleine meneo la cabeza, dibujándosele una sonrisa divertida en los labios.

- Pero si tuviste al lado a Aravae casi desde que pisó estas tierras... y él sabía mucho de navegación.

Sin quererlo, se volvía a abrir la caja de los recuerdos y con su apertura regresó el gesto grave y pensativo en el rostro de Anhol.

- Vae... está mejor con los elfos. Lissandra le hizo mucho daño.

- El amor también hace daño, desgraciadamente...

De nuevo se hizo el silencio. Madeleine contempló la inmensidad de la bóveda celeste que se iba coloreando lentamente con los tonos azulados y oscuros propios del anochecer. Titilantes, varias estrellas madrugadoras adornaban con su plateado fulgor los dominios de las diosas gemelas.

Anhol rompió el silencio.

- No tuvimos suerte con las chicas.

Ella le observó, sonriendo de lado.

- Ni que fueras tan mayor, aún puedes intentarlo... - su sonrísa se amplió, anticipándose a la reacción de su amigo ante sus próximas palabras. - Seguro que hay alguna aventurera pelirroja esperando a que un buen mozo montaraz la lleve a cabalgar bajo la luz de la luna.

- Os empeñáis en las pelirrojas... sólo por un par de chicas que me gustaron - él no la defraudó y le sonrió. - Y hay cosas más importantes que el color de pelo, como la riqueza, las tierras... que sepa cocinar...

Bromeaba, Madeleine lo sabía, así que le dio un suave manotazo en la mano, simulando la indignación que habría sentido si el comentario hubiera sido veraz.

- Made, hay cosas más importantes que el color de pelo... - los dedos de él acariciaron un mechón sus oscuros cabellos, un mechón similar al que él poseía y que ella misma le había regalado, antes de partir hacia la guerra. - Recuerdo la primera vez que os vi.

- ¿Nos viste? ¿a quiénes?

- A Ross y a ti. Las dos tan guapas, tan listas, tan... todo. Me sentí como un pastor de cabras frente a un rey.

Más recuerdos.

- Ni me atreví a saludaros. Luego ya sabes cómo er... es Bela. Me dijo que Madeleine haría buena pareja conmigo - él retiró la mirada, sintiéndose algo incómodo por la revelación. - Yo le dije que alguien como tú nunca se fijaría en alguien como yo.

- Bela quería lo mejor para ti. Para todos nosotros - Madeleine le sonrió con afecto, buscando su mirada. - Y te equivocaste. Al fin y al cabo, Ruran era uno de los tuyos.

- Ruran...

Los ojos de la mujer retornaron al cielo, hacia las cada vez más presentes estrellas y hacia las noches en las que sintió con fuerza el calor del amor.

- Los límites muchas veces los creamos nosotros mismos, ¿no crees?

Él la observó, pensativo. - Los límites son... útiles. Separan lo seguro de lo peligroso.

- A veces hay que arriesgarse.

Los dos callaron, sumidos en sus propios pensamientos. El aroma de las violetas era embriagador, y el murmullo del río era un suave cántico para sus oídos. Nuevamente fue él quien rompió el silencio, con un inesperado deseo.

- Me muero de ganas de besarte.

Madeleine no supo que decir. Se quedó sin palabras, ahogadas en su interior, atrapadas en su garganta sin posibilidad de escapar. Pero su rostro lo decía todo, y Anhol comprendió.

- No... no hace falta que digas nada.

- ... Anhol... yo...

- No te preocupes... fue... un pensamiento fugaz... - él se puso de pie y tiró de su capucha para ocultar la tristeza de su rostro, dándole la espalda. La luz de la luna acompañó los pasos del montaraz hacia su caballo, Cascos. Estaba dispuesto a aceptar la derrota, pero no podía enfrentarse a ella, no podía mirar a Madeleine a la cara.

Ella terminó por reaccionar, al fin, despertando de un ensueño de nuevos recuerdos, dolorosas pérdidas lejanas en el tiempo pero aún muy vívidas en su mente. Las lágrimas brotaron y su voz se quebró, frágil e implorante.

- ¡No... no me abandones tú también!

Corrió hacia él y buscó consuelo entre sus brazos, llorando en silencio y mostrándose débil, humana. Y a pesar de aquel rechazo, Anhol reconfortó a Madeleine mientras en torno a ellos la noche seguía su curso, lenta pero inexorable.
 

sinsajo

Excrecencia plúmbea de prosapia prodigalidad
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// Muy potito Quetza pero Anhol es un chaquetero! :p
 

Anthala

Vestido de Valak
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Oooooooh Tita Maddy ¿puedo llamar a Anhol, Tito Anhol? :lol:
 

Vikinga

Duodécima excusa de Zeratul
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_mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero

¡En tu línea, espectácular!
 

Andra

El cansino de los Siervos de Hueso
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Muy bonito y muy bien escrito.
 

_diedne_

El que insulta en los discursos Zhent
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Anhol tío, son todas unas Castigadoras !!! estoy contigo hermano !!!


Un relato impresionante Maddy
 

Quetzalcoatl

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C. De la vez en la que falló el ingenio de tres o el cuento de Tombon el enano.​

Érase una vez que se era un enano llamado Tombon. Era un enano que vivía bajo la montaña como los demás enanos, rodeado de rocas y piedras preciosas como todos los enanos, que adoraba el oro como todos los enanos y cuyo paladar había sido creado para degustar la mejor de las cervezas, como el de todos los enanos, vaya. Pero Tombon no era un enano como todos los demás, no. Tombon era especial.

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Un buen día, como todos los días, Tombon dejó su hogar para cumplir con una de las tareas que, como buen enano y hermano de sus hermanos, tenía que hacer. Sin olvidarse de llevar su jarra siempre llena de cerveza, que bailoteaba y se removía en su mano derecha sin derramarse ni una gota – una habilidad única y exclusiva de los maeses enanos, como dice el dicho enanil “de la cerveza cada gota, va de la jarra a mi boca” – Tombon se fue a buscar rocas que golpear, y viajó y viajó montaña abajo hasta unos túneles donde había escuchado que había hierro, o cobre, o acero. La verdad es que le daba igual, él sólo deseaba golpear rocas con su pico y llevárselas a sus hermanos, como le habían enseñado.

Pero ¡ah! En el túnel había mucha roca y piedra, pero no las rocas que a él le habían enseñado a golpear. Tombon bebió un trago de cerveza para despejar su mente, si eso era mínimamente posible, y salió del túnel decidido a buscar más roca que golpear aunque no supiera dónde encontrarla. Ya preguntaría por ahí al primer viajero que viera.

Tombon no tardó mucho en encontrar viajeros. Era un grupo de “pataslargas”, tres por lo que contó tras un rato cavilando: un rubio con cara de travieso, un moreno con los cueros llenos de barro y una mujer que sujetaba un palo con lucecitas. La verdad es que parecían de fiar aunque carecieran de barba, no olieran a cerveza y fueran anómalamente altos. Así que les preguntó.

- ¡Tombon buscar rocas para golpear!

Tombon siempre hablaba en tercera persona porque Tombon era un enano especial.

- ¡Tombon no encontrar en túnel y Tombon tener que golpear rocas para ganar oro!

Tombon no se había equivocado al preguntar a aquellos tres “pataslargas”, que enseguida le hablaron de un lugar. Pero Tombon no sabía cómo llegar a las rocas, las tierras de los “pataslargas” eran extensas y desconocidas para él. Como el intentar comprender todo lo que le decían le daba cierto dolor de cabeza y la cerveza que había bebido pedía salir a gritos, decidió orinar. Tombon siempre orinaba en el primer sitio que tenía a mano y esta vez le tocó a la rueda del carro que alguien había aparcado allí.

Los “pataslargas” pusieron mala cara y el moreno con las manchas de barro en las ropas le dijo que eso no se hacía, pero Tombon no lo entendía. ¡La necesidad es la necesidad y así es como sus hermanos actúan!

- ¡Tombon mear y cagar como enanos hacer!

Así que Tombon siguió a lo suyo mientras reía.

Tras sacudirse las últimas gotas y subirse los pantalones Tombon ya no recordaba el nombre del lugar que el trío de “pataslargas” le había mencionado. Le ocurría a menudo, pensar varias cosas a la vez era muy complicado para un enano especial como él, pero daba igual. Volvería a preguntar.

Cuando se giró hacia los “pataslargas”, la mujer del palo brillante en la diestra, sostenía en la otra mano un papelucho. Quería lanzarle lucecitas y chispas mágicas encima... ¡ja, de eso nada!

- !Tombon no querer lucecitas, Tombon querer golpear roca!

Tendría que haberlo adivinado, ¡la mujer era una bruja! Y encima de bruja, “pataslargas”. Aunque eso sí, al menos le había pedido permiso.

La mujer tampoco insistió mucho, pero luego se le acercó el rubio travieso con una botella en la mano. "Un regalo para Tombon, que Tombon lo pruebe", decía.

- ¡Tombon sólo beber cerveza!

El rubiales insistía. "No es cerveza, pero sabe como la cerveza". Y Tombon seguía negándose.

Tombon era especial, pero esos “pataslargas” debían de serlo también. Si un enano dice que no, es que no. Y él ya había dicho que no una, dos y tres veces.

Al final, el rubiales desistió y se marchó corriendo pero no tardó en regresar. Y esta vez llevaba un casco con él. Se lo ofreció a Tombon.

- ¡Tombon ya tiene casco y es de hierro! ¡Tombon no querer otro casco!

Los “pataslargas” esta vez insistieron en tropel, taimados, procurando engañar a Tombon. ¡Si es que el casco era de chica! Lo supo en cuanto lo vio colocado en la cabeza de la bruja del palo brillante, que intentó convencer a Tombon poniéndoselo ella.

- ¡Tombon no querer casco de chica, Tombon querer golpear roca!

Tombon lo había repetido hasta la saciedaz, quería golpear sus rocas como había sido enseñado. Al final, Tombon decidió irse de nuevo a su hogar, dejando al rubio travieso, al moreno embarrado y a la bruja del palo con sus papeluchos, sus bebidas raras y sus cascos de chica. Porque ¿quién entiende a esos pataslargas?

Él, seguro que no.

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Así es como dos miembros del Orbe y un montaraz no consiguieron con ingenio superar la testarudez de un enano de inteligencia 8 :D . ¡Y gracias por leer!
 

Frankysan

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Un día duro para Fred

Me he partido de risa leyendo el relato, muy bien! xD
 

gineu

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Muy bueno!!!! _burla _burla _burla _burla
 

Morning Lord

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//Amn necesita un club de fans de Tombon. Pero ya. Enorme el relato y entrañable nuestro querido Tombon, as always!
 

Quetzalcoatl

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CI. De cuando las lágrimas de Anhol se fundieron con el mar.​

Las olas lamían la arena de aquellas costas, lenguas que paladeaban la tierra de una isla que ni siquiera aparecía en los mapas de navegación. Tal vez aquellas olas no esperaban regresar a los brazos del océano con el sabor de la ceniza entre la multitud de gotas de agua que las formaban, mas cada ola arrastraba los restos renegridos de la madera calcinada llevándoselos consigo al reino de la Diosa de los Mares.

No habían podido hacer mucho por aquellos aldeanos. El pueblo pesquero aún ardía bajo las sombras de la noche y el aire transportaba el humo hasta ellos, una tenue niebla dada la distancia a la que se encontraban del foco del incendio, una luz a varias millas de allí. El olor a carne quemada, no obstante, era difícil de olvidar.


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Aunque su destino era otro, el fulgor de las llamas había llamado la atención de los tripulantes del barco y habían decidido aventurarse en la isla. Pero habían llegado demasiado tarde y aquellos orcos habían arrasado una aldea cuyo nombre ni conocían. Ahora, los cadáveres de esas bestias descansaban junto a los de las pobres víctimas que habían asesinado brutalmente.

Con Astrid y Ahrn desaparecidos en las entrañas del barco, deseosos de desprenderse de la sangre de sus ropas y de los malos recuerdos, Anhol y Madeleine se quedaron solos en cubierta, contemplando el paisaje devastado mientras el navío se alejaba de la isla, lentamente.

Ella se giró hacia él, intentando encauzar una antigua conversación entre ambos. No quería seguir mirando aquella tragedia.

- Así que... tú dices no confiar en los que no ayudan a otros y luego criticas a Azalea y te peleas con ella por querer ayudar a los amnianos...

- Yo no me he peleao con ella... - Anhol miró ceñudo las lejanas ruinas del pueblo, unos instantes más, antes de fijar la vista en la bardo - O no me he peleao por eso.

- Cómo que no... - ella le dedicó una suave sonrisa y posó el índice de su diestra sobre el cuero manchado que cubría el pecho del hombre, señalándole - No me mientas, señor Anhol montaraz de los bosques del norte de Amn...

- Es ella la que me ha llamao cobarde... - dijo él, con seriedad - Cobarde por no querer ir a luchar por gente que ni me importa ni me conoce, y que no se preocupa más que por sí mismos.

Madeleine encogió levemente un hombro. - Me estás dando la razón.

- Yo no discutí. Fue ella.

- Vale... - la mujer acabó concediendo, asintiendo con lentitud, aunque continuó argumentando. Le gustaba compartir sus ideas con Anhol, escuchando sus pareceres e intentando, sobre todo, que el explorador abriera su mente. - Pero... ¿por qué criticas que Raysha no se preocupe por un mendigo cuando tú no te preocupas por los amnianos en general?

Raysha, mercenaria de El Martillo de Sangre y miembro de El Doblón de Oro, era un claro objetivo para el odio que Anhol profesaba hacia Amn en general y hacia los mercenarios en particular.

- Ella es rica y le mintió al mendigo. Dijo que no tenía nada y se le cayó una bolsa llena de diamantes al suelo.

- Según tu forma de ver las cosas, Raysha tampoco conocería a ese mendigo de nada y no tendría por qué ayudarle.

- No la critico por eso, sólo digo que mintió.

- ¿Tú le habrías dado las monedas al mendigo?

Anhol negó tras pensarlo unos instantes.

- Pues como ella.

- Pero yo no soy...

- ... mercenario.


Tal vez no fuera ésa la palabra con la que el montaraz quiso terminar su frase, pero no corrigió a Madeleine. Era un buen tema del que hablar. - Los mercenarios matan gente por dinero.

- También realizan otros trabajos como escoltar caravanas o proteger a la gente.

- Made... no tengo pruebas de que hagan cosas malas pero mira... - dio un paso hacia ella, bajando la voz a pesar de que estaban prácticamente solos en cubierta- A los Martillos en Nashkel les temen, y en Kazad Gromdall no les dejan entrar.

- Oh... enanos - se dibujó una sonrisa en el rostro de la mujer - Seguro que yo tampoco puedo entrar allí.

Anhol retrocedió un poco, sorprendido, alzando la voz sin poderlo evitar. - ¿¡Tú!?

La respuesta de la bardo fue un simple asentimiento.

- Eso he de arreglarlo yo - su gesto era decidido.

Ella negó, esta vez. - No, Anhol. Déjame tratar a mí con esto... o al menos dame tiempo, y más tarde lo solucionaremos. Prométemelo.

En los ojos del montaraz se atisbaba una resolución que poco a poco fue cediendo ante la mirada implorante de Madeleine. Terminó por acceder, aunque con una condición. O más bien tres.

- Te haré caso siempre que tú me prometas que lo aclararás cuanto antes, que me pedirás ayuda si la necesitas, o si no la necesitas pero te puedo servir de algo... y... - Anhol intentó ocultar una sonrisa que no escapó a los ojos de la bardo - si me das un beso en la mejilla.

La mujer no pudo sino reír ante aquellas peticiones. Pero ya que él se atrevía a pedir… ¿por qué no hacerlo ella también?

- Está bien, cumpliré tus condiciones si tú, además de lo ya dicho... - Madeleine le sonrió, traviesa, con un plan en la mente - prometes intentar solucionar tus enfados con Azalea.

Una sombra oscureció el rostro de Anhol, que volvió su mirada al mar, a la cada vez más distante isla pero donde las llamas seguían ardiendo con fuerza, tal y como eran sus sentimientos hacia la elfa dentro de su corazón. La bardo sabía que no sería fácil volver a unir a sus dos amigos y recuperar la relación, pero no podía dejar de intentarlo.

- Azalea... me llamó enemigo del Consejo.

- No mintió.


Él seguía sin mirarla, las remotas llamas iluminaban sus pupilas en la oscuridad de la noche.

- Yo no he hecho nada en contra del Consejo.

- Pero le odias... por todo lo que pasó. Y te entiendo.


Al fin la miró.

- Odiar no es un delito.

Madeleine leía en aquel rostro tan conocido las huellas que todo el dolor, el rencor y la pérdida habían dejado a lo largo de los últimos años. Huellas que desearía borrar, cincelando nuevas formas más suaves, diáfanas, alegres.


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- ¿Por qué... tanto odio a Amn? Amn es algo más que El Consejo de los Seis y los Encapuchados.

- Pues ese algo vive feliz bajo las botas de esos... - él apretó los dientes, estrechando una mirada que había retornado, de nuevo, hacia el remoto brillo anaranjado del incendio. - Debería haber estallao todo, con la guerra.

- ¿Es lo que habrías querido? Ver... - suspiró, negando con la cabeza mientras ordenaba sus pensamientos - ¿ver el Eldat desaparecer?

- Ya lo he visto arder.

- ¿Y la aldea en la que naciste, convertida en un cementerio viviente?

- Sólo son casas.


- Y gente. Y recuerdos - ella observó con seriedad al montaraz, comprendiéndole al conocer su sufrimiento y su pasado, mas no compartiendo aquellas ideas tan radicales. - Todo perecería, Anhol. Todo.

- Si piensas que soy un monstruo no te preocupes... - su voz sonaba resignada. Apoyó ambas manos en la barandilla y bajo la mirada. - No serías la primera que lo piensa.

- Anhol... - la bardo buscó una de las manos del explorador con al diestra, posándola con delicadeza sobre su dorso - No pienso que seas un monstruo. Sólo que estás equivocado.

Él alzó la vista hacia aquella caricia inesperada.

- Te dejas vencer por el pasado - continuó ella, hablando con suavidad - Te revuelcas en los malos recuerdos como si esos fueran los únicos momentos que has vivido.

- Los buenos momentos... - la tristeza impregnaba aquellas palabras y los ojos de él cuando se encontraron con los de Madeleine - esos se fueron con los que ya no están.

- Pero yo sigo aquí... - ella procuró sonreír para aliviar el peso de aquel terrible sentimiento sobre los hombros del montaraz. - Guardas... tanto rencor en tu corazón...

Anhol no dijo nada, sólo la observaba, taciturno, sumido en oscuros pensamientos de amargura y venganza. Y entonces la voz de ella conjuró una súbita tonada de breves pero intensos versos.


Deja que fluya el pesar
Deja que te abandone y se aleje...
Pronto podrás olvidar
Tu corazón lo merece...

Deja que tu alma se habite
Con recuerdos y memorias
De lo bueno que viviste
Olvidando las derrotas...

Y permite que se llene
Con nuevas canciones y odas
Aquellas de son alegre
Como los son estas notas...
​

Las olas, aquellas mismas olas que habían besado islas de arena y ceniza, arrullaron el abrazo de dos amigos sobre la cubierta de un barco y recogieron con sus manos las lágrimas de un montaraz, cuya alma rota consiguió el tan necesitado consuelo, al menos, por una noche.
 

gineu

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Que bonito!!!!!! _achuchon
 

Quetzalcoatl

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CII. De un cuento de terror.​

*Madeleine guarda entre las páginas del diario el escrito que recoge la narración utilizada por La Eterna Melodía para el espectáculo que se celebró en Ímnescar durante su Gira por Amn.*

Cuento del Valle del Viento Helado.
Por Madeleine.​

Mi historia se desarrolla muy al Norte, en los confines de Faerun, donde el helado viento te corta la respiración y el paisaje nunca se viste de otro color que no sea el blanco. Allí moraba una anciana en una humilde cabaña hecha de madera, y pasaba los días y las noches en soledad, pues su marido hacía años que había muerto y su amor no había sido bendecido con la alegría de los hijos. La mujer lloraba y lloraba, triste y apenada, y se lamentaba viendo llegar el final de su vida en aquella terrible soledad.

Una noche, alguien llamó a la puerta de su cabaña. La primera reacción de la mujer fue la sorpresa, pues no había tenido visitas en años. Secó sus lágrimas y se acercó al umbral de su casa con gran curiosidad y con una especie de alegría extraña. ¿Quién se habría acercado a estas tierras en esta aciaga noche?

Al abrir la puerta se encontró con una hermosa joven de piel azulada y níveos cabellos, vestida simplemente con una túnica transparente a pesar del terrible frío de la noche norteña. Su voz hizo temblar a la anciana.

-He oído tus lamentos, mujer, y sé que deseas dejar esta vida. Ven conmigo, yo te daré el amor y el calor que necesitas.

La extraña joven le ofreció la mano y la anciana la tomó sin dudar. Una mano helada, sin el calor vital que todos poseemos. Juntas, salieron al exterior y caminaron entre la nieve hasta perderse de vista. Y nunca más se supo de la anciana.

En el Norte se dice que en las noches de más frío se pueden oír los lloros y lamentos de una anciana, sus gritos de dolor y pena, traídos por el fuerte viento como olas en el mar, e incluso hay quien dice que ha visto a esa anciana paseando entre la nieve, llorando lágrimas de hielo.


- Fin -​

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Quetzalcoatl

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CIII. De cómo felicitar a un mago que se gradúa.​

*Un nuevo poema rellena una de las páginas del diario de la bardo. Manchado con algunos tachones, parece que fue escrito con prisas y algunos versos incluso fueron borrados por completo.*

Dedicada a Aron.
Por Madeleine.

Yo me conozco un relato
De un joven muy educado
Al que todos llaman Aron.

De permanente sonrisa
Y gusto por la comida
Cualquier libro se leía.

Vino de un reino lejano
Y fue por Amn adoptado
Cuando anheló ser un mago.

En Edive se hospedó
Y en la Salasker mostró
Su intelecto superior.

Aprendió sobre lo arcano
Hizo de bibliotecario
Fue mentor del alumnado.

En la mañana temprano
Estaba ya levantado
Cuando cantaban los gallos.

Y en las noches se instruía
Y a las estrellas decía
¡Seré un gran mago algún día!

Hoy se nos ha graduado
Su aspiración ha logrado
Mas el cuento no ha acabado.

Deseamos de corazón
Un futuro prometedor
Y que te agrade esta canción.

Escrita por estas manos
Simples versos de una bardo
Que quiso felicitaros.
​
 

Quetzalcoatl

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CIV. De la obra de teatro de temática oriental.​

LA ENSEÑANZA DEL MAESTRO
Por Madeleine Sweeny​

Dedicada a mi compañero Sevoltharte por ser la inspiración a la hora de escribir esta obra y a Ryo Hatsuko por obligar a una bardo amniana a sumergirse en el maravilloso mundo de las tradiciones y de la sabiduría orientales.

Madeleine.
​

Personajes:
- Maestro anciano
- Guerrero sin escrúpulos
- Alumno uno (fuerte)
- Alumno dos (ágil)
- Alumno tres (temeroso)




ACTO 1.​

*El escenario muestra un Dojo típico de Kozakura, en una aldea cualquiera. Alumno uno y Alumno dos entrenan con cierta rivalidad intentando obtener la admiración y atención de su Maestro anciano mientras éste los observa.*

Alumno uno:
¡Verás que te venceré!
Maestro estará encantado
Con mi magnífico hacer
Y la magia de mis manos.

Alumno dos:
Sigue soñando, mi amigo
Veloz soy cual las águilas
El Maestro será testigo
Y mi victoria muy rápida.

Maestro:
Sois hermanos, no rivales
Recordad mis enseñanzas
Y disfrutad del combate.

*El Maestro se aleja de ellos y los alumnos siguen midiéndose.*

Alumno uno:
Soy el más habilidoso
De los alumnos del Dojo.

Alumno dos:
Repíteme eso
Cuando beses el suelo.

Alumno uno:
Vas a morder el polvo

Alumno dos:
No lo cree ni tu abuelo.

*En esto que aparece Alumno tres, corriendo asustado.*

Alumno tres:
¡Maestro, Maestro anciano!
¡Algo horrible está pasando!

Maestro:
Sosiego, sosiego y calma
Deja que sea de tu mente
De donde fluya la palabra
No de aquello que te altere.

Alumno tres:
En… en la aldea, Maestro
Un hombre os busca
Su rostro es rudo y fiero
A los campesinos asusta.

Maestro:
Y a ti también por lo que veo

Alumno uno:
*Señala al alumno tres, riendo*
La gallina con sus plumas.

Alumno dos:
*Señala también a alumno tres, riendo a la par que alumno uno*
¡En breve nos pone un huevo!

*Alumno tres parece muy avergonzado*

Maestro:
Callad y seguidme los tres
Algo nuevo aprenderéis.

*Todos se marchan del dojo*


ACTO 2.​

*Plaza de la aldea kozakurense. Los puestos parecen abandonados y las frutas y demás mercaderías están por el suelo. El causante, Guerrero sin escrúpulos, sonríe con porte orgulloso a la par que malicioso.*

Guerrero sin escrúpulos:
¡Dónde te escondes, anciano!
¡Sal de tu madriguera!

*Llegan al fin el Maestro y sus tres alumnos. El Maestro permanece tranquilo mientras los alumnos se muestran alterados y nerviosos.*

Maestro:
Aquí estoy, justo a tu lado
¿Qué es lo que de mí deseas?

Guerrero sin escrúpulos:
Conozco tu gran legado
Tus hazañas justicieras
Y por mí has de ser retado
¡Para que mi fama crezca!

Alumno uno:
¡Dadle una buena paliza!

Alumno dos:
¡Rompedle las pantorrillas!

Alumno tres:
¡Que sepa lo que es cosa fina!

*El Maestro hace callar a los Alumnos.*

Maestro:
Sssh… esto es cosa mía.

*El Maestro se gira hacia el Guerrero sin escrúpulos.*

Maestro:
No acepto reto alguno
Regresa por donde has venido.

Guerrero sin escrúpulos:
¿No harás caso a tus alumnos?
Ah, ¡que serás invertido!

*El Maestro se queda en silencio, aguantando los insultos. El Guerrero prosigue dando vueltas en torno al Maestro mientras los Alumnos observan incrédulos.*

Guerrero sin escrúpulos:
¡Aquí tenemos a un cagón!
¡Le pesa más el calzón
Sólo de escuchar mi voz!

Alumno dos:
*Susurra*
¡Por qué no se defiende!

Alumno uno:
*Susurra, apretando los puños*
¡La sangre me hierve!

*Maestro sigue en silencio, Guerrero sin escrúpulos continúa señalando al Maestro.*

Guerrero sin escrúpulos:
Saludemos al capón
Al viejo y castrado animal
Al cazurro, al violador
Al imbécil, ¡al gañán!

*Guerrero sin escrúpulos escupe al Maestro anciano pero éste se mantiene firme.*

Guerrero sin escrúpulos:
Y ¡ay, sus progenitores!
Su madre, propiedad de todos
Por unas monedas de cobre.
Y su padre, ignoto.
¡Eres un hijo de nadie!

*Como el Maestro sigue sin alterarse a pesar de las ofensas, Guerrero sin escrúpulos termina por enfadarse.*

Guerrero sin escrúpulos:
¡No aceptarás mi reto!
¡Pero regresaré!
¡Lamentarás el desprecio!
¡Pardiez!

*Guerrero sin escrúpulos se marcha. Maestro termina por suspirar y los Alumnos se dirigen a él, molestos por no dar la cara.*

Alumno dos:
¿Por qué no habéis respondido
A tanto agravio y tanta afrenta?

Maestro:
Queridos alumnos míos
Antes de dar la respuesta
Una pregunta os transmito.
Si yo os hiciera una ofrenda
Mas no aceptáis lo ofrecido
¿El regalo para quién queda?

Alumno tres:
Para quien brindó lo ofrecido.

*El Maestro asiente.*

Maestro:
De tal manera la afrenta
Queda para el que la dijo
Cuando ninguno la acepta.

*Y con la lección aprendida, los alumnos y el maestro regresan al Dojo.*



ACTO 3.​

*En el Dojo de nuevo, el Maestro y sus alumnos esperan su cena. Guerrero sin escrúpulos se ha disfrazado de sirviente y lleva una bandeja con cuencos de sopa de arroz, uno de ellos mezclado con unas gotas de un potente veneno.*

Guerrero sin escrúpulos:
*Murmurando para sí*
Hábil disfraz de criado
Y de veneno unas gotas
Hoy se nos muere el anciano
Cuando beba de su sopa.

*El Guerrero les sirve sus cuencos, el del veneno al Maestro. Éste bebe de su sopa y cae desplomado con grave dolor en el estómago. Los alumnos lo rodean, preocupados.*

Alumno dos:
¡Maestro, pero qué os pasa!

Alumno tres:
¡Su corazón es, que falla!

Maestro:
*Retorciéndose en el suelo* ¡Cómo me duele la panza!

*El Guerrero descubre el engaño, riendo con malicia mientras se quita el disfraz.*

Guerrero sin escrúpulos:
Me vengué yo ¡por su agravio!
Riose de mí con sorna
Cometió grave pecado
Y el precio lo paga ahora.

*Alumno uno se dirige a Guerrero sin escrúpulos, encarándosele.*

Alumno uno:
Tú serás quien pagará
Bajo mi presa mortal.

*Alumno uno se enfrenta a Guerrero sin escrúpulos pero es derrotado aunque no muerto. Turno de Alumno dos.*

Alumno dos:
Yo soy víbora letal
¡Mi don es la agilidad!

*Alumno dos se enfrenta a Guerrero sin escrúpulos pero es derrotado también, aunque de igual modo no es asesinado. Turno de Alumno tres, que se acerca temeroso observando a los dos alumnos derrotados.*

Alumno tres:
Div… dividámonos en paz
Id tranquilo a vuestro hogar.

Guerrero sin escrúpulos:
*Niega con el dedo*
Tú también recibirás.

*Guerrero sin escrúpulos da una paliza a Alumno tres y se va del Dojo pensando que ha acabado con el Maestro. Pero éste sigue vivo y los Alumnos, recuperándose poco a poco, intentan ayudarle.*

Alumno uno:
Maestro, despertad…

Alumno dos:
No puede ser su final...

Alumno tres:
Acabaré por llorar…

Maestro:
El aliento se me aleja
Necesitaré tres flechas

*Le ofrecen tres flechas al Maestro moribundo. Éste separa una del resto y la dobla pero sin romperla*

Maestro:
Frágil es sin compañeras.

*Toma las tres flechas juntas y las intenta doblar a la vez pero no lo consigue*

Maestro:
Mas unidas hacen fuerza.

*Deja las flechas y tras la última enseñanza Maestro termina por morir y los Alumnos le lloran*



ACTO 4.​

*Plaza de la aldea de nuevo. De noche, Guerrero sin escrúpulos disfruta de su victoria bebiendo sake*

Guerrero sin escrúpulos:
Lo mejor de las hazañas
Es pasar las madrugadas
Con alcohol y unas fulanas.

*Los alumnos lo descubren y se acercan amenazadores a él. Van rodeándole.*

Alumno uno:
¡Para ti no habrá un mañana!

Guerrero sin escrúpulos:
*Se pone en pie, algo bebido pero sin temor alguno, más bien altanero. Señala a Alumno uno.*
A ti te di una azotaina...

Alumno dos:
¡Obtendremos la revancha!

Guerrero sin escrúpulos:
*Ríe*
Vais a mojar la cama…

Alumno tres:
Ni embriagado se calla…

Alumno uno:
¡Pues cerremos su bocaza!

Alumno dos:
¡Hay que partirle la cara!

*Pelean, unidos contra el Guerrero sin escrúpulos y éste termina por hincar las rodillas, rindiéndose.*

Guerrero sin escrúpulos:
Que hoy la de la guadaña
Se atragante con mi alma.

Alumno tres:
Ah, no, de eso nada…
¡Con tus huesos a una jaula!

*Guerrero sin escrúpulos termina por desmayarse y los Alumnos de enfrentan al público.*

Alumno uno:
Del Maestro su enseñanza
Nunca será olvidada.

Alumno dos:
Su saber y su palabra
Siempre serán respetadas.

Alumno tres:
Del Maestro su enseñanza
Siempre será recordada.


FIN​
 

Quetzalcoatl

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CV. Del engaño de la Serpiente.​

La melodía se inició de súbito.

Fue la última en entrar a la estancia y hasta que no atravesó el umbral de dinteles desconchados por el paso del tiempo y dejó atrás el tétrico y oscuro corredor, no pudo apreciar la calidez y la luz que aquel lugar albergaba. Miró los rostros de sus compañeros, unos extasiados, otros incrédulos, algunos parecían hacerse invisibles mientras las notas del piano reverberaban, prístinas como gotas de agua bajo el sol, en cada esquina y en cada pilar, en cada minúscula partícula de su cuerpo licuando todo el dolor y la angustia de las últimas horas, transformando aquellas amargas sensaciones en un flujo de paz y de armonía.

Madeleine buscó el origen de la composición musical. Sus compañeros eran pesadas sombras de contornos difuminados, interpuestas como obstáculos entre ella y la cuna de aquella maravillosa canción. Reconoció al momento cada nota, cada octava, desplegadas con una maestría de la que ella siempre carecería. Pero era su composición, y se la había dedicado a él.

Lo buscó, buscó entre las figuras sin forma que la rodeaban la fuente de aquella luz que ansiaba con todas sus fuerzas por lo que para ella significaba.


Cuando sientas ese profundo dolor, que velado quedes en la ciega noche…
yo seré tu refugio…
​

Y al fondo la descubrió. Vislumbró el piano, entre los pilares y las sombras, y avanzó con premura apartando casi a empujones aquellas siluetas que ahora no reconocía. No tardó en verlo, a él, de pie, alzándose frente al piano con una humildad que casi le provocó el llanto. Así es como ella le había conocido, su verdadera naturaleza, hoy trocada en una máscara de odio y venganza. Pero aquel hombre parecía haberse deshecho de sus tinieblas interiores y sonreía, abriendo los brazos, esperando ser uno con ella y olvidar las torturas del pasado.

Cuando el mundo parezca un lugar cruel, donde todo lo bello se rompe…
yo seré tu remedio…
​

Intentó acercarse apartando sin miramiento a sus compañeros de viaje, meros estorbos en su camino por encontrar la felicidad. Adelantó a Roxx, cuyo aguerrido rostro contemplaba la nada con ojos de fascinación. Escuchó la voz de Shamaelthalar a su diestra, palabras sin sentido que terminaron por desaparecer devoradas en el interior de aquel torbellino de emociones y música. Una leve vibración en la melodía predominante le hizo pensar en Azalea, pero fue algo tan fugaz como la propia vibración.

- ¡Dejadme pasar!

Algo la detuvo. Miró a Brynhildr, sacerdotisa de Kélemvor, que tiraba de su brazo para impedirle acercarse. Quiso gritarle que la dejara seguir, que su destino estaba en aquellos brazos, que nunca debió cerrar su corazón a aquello… quiso que entendiera. Pero quien gritó fue él.


Ayúdame… ¡intentan matarme!​

La realidad se combó. La música se detuvo mientras oleadas de una rabia como nunca antes había sentido recorrían el cuerpo de Madeleine. Colérica, forcejeó con Brynhildr y comenzó a golpear con los puños la dura armadura de la clérigo. Quiso gritarle de nuevo, afluyendo a su cabeza insultos contra ella, contra sus dioses, contra todo lo que representaba. Brynhildr era la Orden del Muy Radiante Corazón, era la Legión Férrea, era aquel maldito príncipe lathanderita, era todos aquellos amnianos que disfrutaban con las ejecuciones en la plaza del Cadalso. Era el Consejo de los Seis.

No permitiría que aquello se repitiera.

Un tumulto se interpuso entre ambas y las separó, y los metálicos pasos de la sacerdotisa se alejaron entre la gente que las rodeaba perdiéndola de vista. En ese caos de perfiles y sombras, la bardo acertó a ver a Fred al piano, sus dedos se movían sobre un teclado sollozante de furiosos gemidos que no conseguían despertar a Vastirfeix y Tarie, sumidos en un profundo sueño a los pies del instrumento. Vio a Azalea, sus ojos azules y pacientes no la miraban a ella sino al joven mago ataviado con un abrigo manchado que la increpaba con gesto airado. Vio a dos figuras pelirrojas, elfo y humana, que danzaban juntos al son de aquella agonizante melodía. Vio cómo un gran oso de pelaje blanco retrocedía azuzado por los envites de un bastón de roble y vio a un lobo trepar por una columna antes de saltar al vacío. Vio a Alys, encogida en el suelo y orando a un dios que no la escuchaba, pero no sintió pena por ella.

Al fin distinguió la cabellera rubia y el rostro consternado de Brynhildr, y Madeleine descolgó su arco.


Acaba con ella… ¡hazlo por mí!​

Una primera flecha voló por la sala y se partió en dos cuando chocó contra un pilar.

¡No permitas que me hagan daño!​

La segunda flecha encontró el objetivo pero rebotó contra el metal que cubría el cuerpo de Brynhildr.

¡No dejes que ocurra de nuevo!​

Iba a disparar una tercera vez pero sintió el cálido abrazo del amor, rodeándola por la espalda. El arco cayó al suelo, cerró los ojos y se dejó mecer por aquellos dos recios brazos. Susurró palabras de amor mientras el abrazo se hacía más y más fuerte, dejándola casi sin aliento. Dolía.

El cansancio se estaba apoderando de su cuerpo y su vista se nublaba pero se obligó a girar la cabeza para contemplar el rostro de su amado. Mas lo último que vio antes de perder el conocimiento fue la espeluznante sonrisa de un demonio y la lengua que saboreaba la sangre de su víctima.

Su sangre.


Offtopic :
Bueh, como ya se han hecho relatos generales de lo vivido en el Monasterio de los Espadas de Plata, dejo aquí mi humilde visión de la escena con el demonio Nybras (o lo que fuera) donde mi pj no sólo no superó la tirada de voluntad sino que además metió un fallazo tremendo XD. Gracias a los compis de juego y a los Dms involucrados en estas escenas ^^.
 

Quetzalcoatl

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CVI. De una última despedida.​

*Estos versos fueron recitados por la autora durante los funerales de Vastirfeix y Tarie, celebrados en la Piedra de la Plegaria en Amnagua.*

Elegía a Vastirfeix y Tarie
Por Madeleine Sweeny


La muerte se os ha llevado
La muerte os ha hecho eternos

Fue su aliento que, embaucados
Os despojó de los vuestros

Cual amor exacerbado
Tras un insistente beso

Y que persiste en su abrazo
Abandonado a los celos

¡Ay! Traicioneros hados
Que pusieron tanto empeño

En mantener separados
Dos corazones gemelos

Vastirfeix, el tymorano
Tarie, su amor perfecto

Libres sois en este ocaso
Dos almas surcando el viento

Perpetuamente enlazados
Esencias sin cautiverio

Ya no estáis a nuestro lado
Mas siempre os recordaremos.



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Quetzalcoatl

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CVII. De una última despedida II.​

*Estos versos fueron recitados por la autora durante los funerales de su compañera del Orbe Eterno Jade Taylor, celebrados en el templo de Mystra en Edive.*

Elegía a Jade
Por Madeleine Sweeny


Triste se queda una Torre
Y tristes sus moradores

Lágrimas mojan sus muros
La amarga señal del luto

Y empañadas sus ventanas
Ocultan la estéril rabia

Por el adiós a una amiga
¡Cuán corta que fue su vida!

Impresas quedan memorias
En recovecos y sombras

En sus juegos y sus burlas
En las risas que aún retumban

En el aire que inspiramos
Hoy mismo, mientras os canto

Tan dolorosos versos
Que me cortan el aliento

Lloramos tu ingrata marcha
Jade, pequeña maga

Mas nos quedan los recuerdos
Esos que no perderemos.



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