Sam
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Enemiga mía
Relato de lo ocurrido durante los nueve años ausentes de Amn. 1409 - 1418 CV.
I. Hace nueve años
Las luces iban apagándose en el horizonte. Mulsantir se iba empequeñeciendo como una isla de luz en medio de un mar oscuro a medida que el carromato avanzaba por el Camino Dorado. Werz de Alastrad suspiró y se acomodó al traqueteo del transporte. Apestaba a heces de buey, estaba incómodo y para colmo creía que una horda de mosquitos había descendido en picado sobre él la noche anterior. Sin poderse dormir, de vez en cuando se asomaba para ver el camino, pero la noche era celosa con sus secretos y sus ojos no llegaban a más de unas pocas decenas de metros. Resignado llevó sus ojos negros al carretero, Dercio, un hombre basto y simple, pero agradable y honrado.
―La noche esta fea. Muy escura. Mal fario, señor Güers ―dijo el carretero percatándose de la mirada aburrida del pasajero, escupió al camino.
―Yo veo una noche normal, cerrada, pero normal ―respondió sin convencimiento. Werz saltó del transporte y se sentó junto a Dercio.
―Mal fario le digo, señor Güers. Ni lechuzos, ni lobizones se oyen, silencio. Las brujas deben tener la regla esta noche ―comentó un poco distendido. Werz rió un poco, pero la jerga rashemí se le escapaba. El carretero le echó una mirada burlona.
―No sos de acá, ¿eh?
Werz negó con la cabeza.
―No. Soy del oeste. Aguas Profundas, ¿usted sabe? ―Dercio escupió al camino como respuesta, el gesto repugnó a Werz.
―No sé. Solo las brujas saben. Solo soy un pobre diablo, cochero, como mi padre y mi abuelo ―el hombre azuzó a uno de los bueyes que empezaba a dudar ente seguir el camino o virar hacia unos helechos en el borde de este―. Pero el viejo Dercio no es burro. Sos gente de seso o rica. Las brujas no dejan que la gente ande por el Dorado durante la noche. Importante sos, señor Güers.
Werz se quedó callado un rato. Las luces de Mulsantir se habían perdido ya, estaban solos en una oscuridad de estrellas.
―Tengo un permiso especial, nada más.
El cochero no insistió más y le empezó a hablar de Rashemen, sus brujas y sus costumbres. Tras el largo viaje desde Aguas Profundas era la primera conversación distendida de la que Werz disfrutaba. Pero cuando el sueño le asaltó se despidió de Dercio, volvió a la parte trasera del carromato e intentó dormir.
Al amanecer el sol llamó a la puerta de sus párpados con insistencia. Al no tener respuesta se ayudaron de los gritos de Dercio que avisaba de la llegada a su destino.
―Llegamos, señor Güers ―dijo el cochero ofreciéndole una jarra de leche y queso.
Werz abrió los ojos, gruñó un par de maldiciones y se levantó totalmente desgreñado. Aceptó el desayuno, pero fue demasiado tarde para acordarse del terrible sabor del queso ahumado rashemí y ya tuvo que acostumbrarse al terrible sabor para el resto del día. Al bajar del carromato se encontró en medio de la nada. Ya no era el Camino Dorado, era un sendero que llevaba a un bosque, un bosque a una decena de millas más o menos como calculó Werz.
―¿Dónde estamos? ―preguntó desconcertado.
―Cerca del bosque de Urlin, señor, tierra de las brujas. No puedo acercarme más, prohibidito lo tengo.
Werz resopló airado.
―¿Y cómo iré? ¿A pie? ¡De aquí a Urlin hay como diez millas! ―no podía creerse lo que oía, miraba fijamente a Dercio. Fue entonces cuando se levantó una brisa fría y al cochero le faltó tiempo para besar el suelo al arrodillarse.
―Eso no será necesario, Werz de Alastrad.
Una voz femenina, cargada de severidad y autoridad, surgió a sus espaldas. Werz se volvió sorprendido. Llevaba una llamativa máscara púrpura con forma de cara de lechuza, pero a través de ella se podían ver las facciones de una anciana. Su túnica marrón estaba bastante gastada, raída y sucia, pero con todo la bruja la llevaba como solemnidad envidiable. La mujer se acercó a Dercio que aun estaba arrodillado.
―Tu mujer dará a luz a una niña bien sana, Dercio. Has hecho bien tu trabajo, ahora vuelve y no mires atrás.
El cochero asintió agradecido un par de veces e hizo caso enseguida de la orden de la bruja, se despidió de Werz y se largó sin decir más. Cuando estuvo lejos la bruja empezó a hablar.
―No esperaba menos de Khelben Arunsun, el Señor Mágico de Aguas Profundas, ¿cómo se encuentran él y su querida esposa Léral? ―Werz se sentía incómodo, fue maquinal en su respuesta.
―Bien, señora.
―No esperaba menos del famoso Vara Negra ―dijo con una sonrisa cínica grabada en los labios. El hombre no soportó más el juego de la bruja y tomó cartas en el asunto.
―¿Para qué he venido, señora? ¿Para traerle los últimos cotilleos de Aguas Profundas o para un asunto de importancia como me han hecho creer? ―la bruja hizo una mueca de desagrado.
―Soy consciente de lo largo e incómodo de su viaje, señor Werz. Pero modere su tono conmigo, esta no es su tierra. Esto Rashemen. Pero guarda razón. Me dejé llevar por la melancolía de tiempos mejores. Venga conmigo, joven Werz. Acompáñeme a Urlin y le diré que necesitan las Wykhlarán de los Lunastros de Khelben.
II. Las niñas del diablo
Esuada, así se llamaba la bruja que lo había recibido, condujo al lunastro hasta una aldea a las afueras del bosque. Todo era inquietante para Werz. Allí donde mirase había esas mujeres, las brujas, portando sus espeluznantes máscaras de animales y quien supiera que bestias más. Atravesaron por entero la aldea, llegaron a la casa de Esuada y aun cuando entró dentro sentía el cosquilleo funesto de esas máscaras inexpresivas en su nuca.
―Seré franca con usted, pero espero atención total por su parte.
La declaración de la bruja satisfizo a las prisas de Werz, que quería abandonar Urlin, ergo Rashemen, cuanto antes.
―La historia empieza hace mucho, pero siempre ha sido igual. Cada cierto tiempo nace una niña, una sola por generación, bajo terribles auspicios. En apariencia son completamente normales, pero en su interior existe una bestia, una asesina, una criatura ansiosa de muerte y sangre. Sus ojos son lo único que la delatan. Unos ojos extraños que van cambiando según el control que ejerza ese espíritu maligno de su interior en la niña. Son verdaderas niñas del diablo.
―Nadie nace predestinado a sentir placer por nada ―intervino Werz metido en la conversación―, eso surge a medida que uno crece y experimenta. Nadie salvo los demonios o demás aberraciones abisales.
La bruja lo miró con sus ojitos oscuros a través de la máscara.
―Querido, Werz, este mundo es muy antiguo. Y ni siquiera el propio Elmínster conoce la totalidad de sus secretos. Escuche atentamente. Es un ciclo, algo duerme en las entrañas de Rashemen, una fuerza irracional, homicida, que cuando despierta se apodera de esas niñas. Al principio tratamos de enseñarlas nuestros senderos, pero su instinto maligno provocó no pocas muertes. Optamos por matarlas nada más nacer entonces, pero nos vimos en una rueda sin final. Siempre nacía una niña de ojos extraños cada vez que una moría. Al final hubo una pareja, un matrimonio que amaba profundamente a esa niña, su hija ―la bruja advirtió la mirada algo absorta de Werz―, ¿le cansa, señor Werz? ¿Desea tomar algo?
Werz negó lentamente y se recostó en el sillón.
―Continúe, Esuada. A ver donde nos lleva esto.
―La niña no mostraba síntomas de la maldición. Creímos que habíamos encontrado un remedio a esta, para destruir la maldición quizá la fuerza del amor de esos padres podría vencer el monstruo. Fracasamos, nos equivocamos. La madre murió de enfermedad al poco tiempo y el padre se encerró con la niña en su casa. Vigilamos desde la distancia, contemplamos el nacimiento del monstruo. Jamás me perdonaré no haber actuado antes. La bestia despertó en la niña. Hubo muertos, horrible. Para cuando decidimos actuar ella ya no estaba en la aldea. La habíamos perdido.
Esuada mantuvo un tenso silencio, pero Werz intervinó.
―¿Cuánto hace de eso? ―la bruja lo miró.
―Hace cinco años.
―Es tiempo.
―Lo es, pero ella aun está viva. No ha nacido otra niña maldecida, por lo que el monstruo aun vaga por el mundo matando sin piedad ―otro silencio siguió a las palabras de Esuada, una vez más Werz se vio obligado a interrumpirlo.
―¿Y qué espera que haga? ¿Ir tras ella?
La bruja suspiró como si esperase la pregunta de antemano.
―Hace años hice un favor a tu maestro cofrade, Khelben Arunsun, asuntos que no tienen porque serte revelados. Ahora exijo el pago a ese favor. Quiero que la encuentres, que la destruyas y extirpes ese mal del mundo. Aunque eso condenará a otra generación nosotras volveremos a buscarlas y matarlas antes de que sean demasiado peligrosas. Y así hasta que sepamos como acabar definitivamente con la maldición.
Werz hizo una mueca muy fea y miró furioso a Esuada. Se sentía ultrajado, engañado y utilizado por los suyos. Arrastrado a la otra punta del mundo para pagar una deuda que ni siquiera era suya.
―No soy un sicario ni un asesino, Esuada ―declaró severo. La bruja sonrió maligna.
―Vara Negra no hubiera enviado mejor que vos para esta misión, señor Werz. ¿O quizá deba llamarle por su antiguo nombre? ¿Erzo el Carnicero?
Werz se levantó con rabia, clavó sus ojos centelleando de odio hacia la anciana hechicera que sonreía victoriosa.
―¿Cómo se llama? ―siseó venenoso.
―Ella se llama Ayrin. Ayrin Saydin.
―Dela por muerta.
III. El ladrón mercader
Para cuando Werz alcanzó a ver los altos minaretes abovedados de Puerto Cálim la arena ya le reptaba como una segunda piel. Había sido un viaje largo desde Rashemen que le había llevado algo más de nueve meses. El viaje discurrió en primera instancia por el norte cruzando Narfel, Veisa y La Vereda, llegado al desierto Anaurokh lo bordeó hasta llegar a Cormyr y las tierras centrales occidentales. Evitó la guerra en Amn, una contra una horda de no muertos había oído, y poco después de dejar Tezhyr se alzó ante él el arcano desierto de Cálim. Las indicaciones de la bruja Esuada lo llevaban más hacia el sur, a la misma capital de esa vasta extensión muerta y yerma: Puerto Cálim.
El trasiego inicial por el desierto no fue por entero pesado, se había agenciado un par de camellos de dos salteadores poco cuidadosos con las artes bandidescas y ahora se había unido a una caravana de grano amniana. Por el camino entabló una interesante amistad con el jefe de la caravana, un tal Sedharo Darzomano. Era un hombre bien proporcionado, más bien pequeño, pero con una mirada tan astuta y viva como la de un zorro.
―Ahí esta la dichosa ciudad. Arena y arena. Estoy cansado de la puta arena ―gruñó Sedharo con comicidad. Werz avanzó un poco y se puso a la altura del mercader.
―Los desiertos son pródigos en arena, Sedharo.
Al amniano sacó una carcajada y golpeó amistosamente a Werz en el hombro.
―Te pareces a uno de esos sofistas del templo de Oghma. Siempre tocando los cojones con sus frasecitas y sus polladas filosóficas. ¡Bah! De todos modos Puerto Cálim no creo que tenga la puerta tan cerrada a la arena como la tiene a los extranjeros.
Werz y Sedharo conversaron, apremiaron el paso del convoy que terminó por detenerse al final de una cola de caravanas esperando turno para entrar en la ciudad. Werz maldijo.
―Esto nos va a llevar todo el jodido día.
Sedharo dio orden de seguir en paralelo a la cola caravanil.
―Tranquilo, amigo. Si preguntan, eres mi guardaespaldas. Werz asintió y el convoy avanzó aproximadamente una milla hasta llegar a las puertas de la ciudad. Una guarnición calishita se dedicaba a registrar cada caravana cobrando la abusiva tarifa de entrada de turno o, en su defecto, pasando la manos para los sobornos de rigor. Un decurión y dos soldados se acercaron.
―Salve, soldados ―saludó el amniano con gesto teatral.
―Hay una cola, amniano. Recoge tu apestosa caravana y a la cola con ella ―el decurión escupió a un lado, cerca del camello de Werz. Sedharo bajó del animal, el pequeño mercader se puso delante del sobredimensionado decurión.
―Te conviene dejarnos pasar, decurión. Ya sabe, sin registros ni preguntas. Incluso le sugeriría que nos tratara con mayor deferencia que como a vulgares villanos.
El calishita estalló en carcajadas a las que sus subordinados se le unieron con sonoridad.
―Gallito amniano. ¿Y qué harás, perro norteño? ¿Sabes? Te acabas de ganar que tu puto culo vaya derechito al calabozo ―el decurión dio un par de pasos, marcando su altura descomunal frente al confiado Sedharo. Werz se puso en alerta, pero el mercader movió la mano para que no interviniese.
―Vamos, cachalote. Estoy ansioso por ver a tu superior ―dijo mientras ofrecía las manos, los soldados lo engrilletaron y se volvió hacia Werz―. Ahora vuelvo.
Werz estaba perplejo y miró hacia el convoy. La soldadesca de escolta no mostraba preocupación alguna, al menos que él advirtiera. Los mercenarios parecían conocer la resolución de la discusión de su jefe de antemano. Llevada casi media hora Sedharo volvía con una ancha sonrisa triunfal, iba flanqueado por los soldados y un palidísimo decurión.
―Podemos continuar ―anunció con sorna. El calishita se volvió sin decir nada, berreó ordenes en las puertas y Puerto Cálim se abrió para el convoy amnita.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Werz estupefacto. Sedharo rió burlón.
―Nada, amigo. Al decurión se le ha recordado que las apariencias engañan.
Werz miró extrañado al mercader.
―Unas apariencias harto poderosas ―murmuró pensativo.
―Soy comerciante―inquirió Sedharo―. Me preocupa Amn, su sustento y su riqueza. Me debo preocupar que se venda bien mi mercancía y las apariencias son armas poderosas. Abren muchas puertas ―esto último lo dijo con cierto recochineo en voz alta para que el decurión lo escuchara.
El lunastro se quedó callado durante el resto del trayecto por la ciudad. Atravesaron la calle principal hasta perderse en una red de callejas secundarias, y algunas tirando a terciarias, hasta llegar a un espacioso patio interior. Werz miró a su anfitrión que ya empezaba a dar órdenes de descarga a sus hombres.
―Supongo que para ti la definición de ladrón no sirve ―Sedharo se volvió hacia él, sonrió astuto mostrando toda su dentición.
―Al contrario, amigo Werz. Yo soy peor que un ladrón. Soy un mercader.
IV. Detener a un monstruo
Werz se había hospedado en una pensión recomendada por Sedharo. La apariencia inicial de antro, digno de los peores tugurios luskanitas, no dejaba lugar a dudas que sería el lugar perfecto para pasar desapercibido. Esa noche cayó muerto en la cama, durmiendo casi doce horas del tirón, y nada más levantarse, algo tambaleante, todo sea dicho, dispuso el camino hacia el local del mercader.
Sedharo estaba atendiendo a un vigoroso enano que maldecía a la misma velocidad con la que se tocaba la barba, y aquello era continuamente.
―¡Vosotros no pintáis nada aquí, Sedharo! ―gritó apuntando al mercader con dedo acusador. Sedharo lo miraba con tranquilidad y esta no varió cuando el enano se levantó furioso echando la mesa hacia un lado.
―Si los tuyos sois tan patéticos como tu, es que aun me pregunto porque hemos tardado tanto en instalarnos en Puerto Cálim. Hemos terminado, señor Rod. Me disgusta su comportamiento y tomo nota. Ahora desaparezca lo más rápido posible de mi hogar, no quisiera que su magna presencia enturbiara los pensamientos de mis eunucos más libidinosos.
Aunque echaba humo por los cinco costados, el quinto era la barba, el enano se fue farfullando quien sabe que maldiciones enaniles y pasó cual mastodonte encabritado junto a Werz. Sedharo sonrió al ver al lunastro.
―¡Werz! Bienvenido. Disculpa el desorden, ven. Toma asiento. Sin vergüenzas.
El hombre asintió, se puso cómodo frente al amniano. En pocos segundos la mesa ya estaba en su sitio por obra y gracia de dos cuidadas esclavas.
―Negocios tensos.
Sedharo rió moviendo la mano sin importancia.
―Nada nuevo, amigo. ¿Y bien? ¿Qué se te ofrece? ―el mercader regaló una de sus sonrisas comerciales de su repertorio particular, y tenia muchas.
―Odio volver a acudir a ti, señor Darzomano.
―Llámame Sedharo, Werz. Con confianza.
―Sedharo ―dijo usando el nombre―. Busco a alguien. Una muchacha. No más de veintipocos. Sé que ha está o ha estado aquí en los últimos ocho meses.
El mercader alargó un calculado silencio.
―Ocho meses es tiempo. Más si es posible que ya no esté aquí ―dijo rascándose el entrecejo pensativo. Werz asintió levemente―. Pero te puedo ayudar. Te mandaré a alguien que sabe de todos los extranjeros que pasan por la ciudad.
―Te lo agradeceré, ¿cuanto te debo por el favor?
Sedharo se reclinó en su silla llevándose las manos a la barriga. Y le miró con aquella sonrisa irónica a la que ya se había acostumbrado Werz.
―Digamos que me deberás un favor.
Werz se puso serio.
―No me convence estar en deuda con vosotros, Sedharo. No te lo tomes como algo personal.
El mercader rió divertido y volvió a inclinarse hacia delante.
―Sé de la fama que tenemos en Faerûn, Werz. También sé de la fama que una vez tuviste y aun tienes. ¿De Alastrad? Llevar ese gentilicio es harto cínico, ¿no crees?
Werz de Alastrad se enrojeció furioso en su silla, y aunque logró disimularlo el amniano olía esas cosas como a la mierda.
―Pero perdona, no debí decir eso ―se disculpó―. También sé que tus objetivos no van en contra de los nuestros. El nombre es Albaros, un mediano de la zona del puerto. Regenta un fumadero de opio llamado El Emperador del Mundo. Le diré que irás a verle.
Werz lo miró serio mientras Sedharo tomaba pluma y pergamino escribiendo algo en él.
―Supongo que dado el nombre del mediano es una oferta que no puedo rechazar, ¿verdad Sedharo?
El mercader echó mano de otra de sus sonrisas de colección.
―Si vas a ver a Albaros lee esto ―le dijo acercándole la nota doblada―. Si aceptas verle supondré que estas de acuerdo con el pago que te pido y estaremos en paces.
Werz se levantó marcial, dando la mano fuertemente al amniano.
―Lo tendré en cuenta, Sedharo. Gracias.
―Tengo curiosidad. ¿Por qué no lees ahora la nota? ―preguntó venenoso. Werz sonrió con franqueza.
―¿Para qué? Nunca he olvidado como funciona este negocio.
¿Era moral aceptar la ayuda de un delincuente para destruir a un monstruo? Werz se casó con ese pensamiento mientras huía de un sol calishita implacable, sin rumbo por las callejas de la ciudad. Para Werz aquella situación le traía asuntos no demasiado agradables, pero sí familiares. Huyendo a pensar demasiado en ello se recordó que a veces se debe optar por el mal menor para alcanzar un bien mayor, ese pensamiento le llenó la columna de un sudor frío. Perseguía una quimera del imaginario de unas brujas del culo del mundo conocido y ahí estaba él, dudando de los principios que él mismo se había obligado a aceptar tanto tiempo atrás. El nombre de la mujer, Ayrin, planeaba sobre él como un fantasma y aquel espectro seducía la mente de Werz por saber como era ella. La respuesta no llegó a la mente del lunastro, pero sí un traicionero garrotazo en toda la espalda. Werz se cayó de morros en la esquina de un callejón poco transitado. Tras él aparecieron unas encendidas risas demenciales de una, dos, de hasta tres personas distintas.
En acto reflejo dio la espalda al suelo dando la cara a los atacantes. Eran, efectivamente, tres, todos ellos sucios, desaliñados, pordioseros. Tenían los ojos idos mientras agitaban toscos garrotes improvisados. El primero bajó el madero dispuesto a partirle el esternón, pero Werz se impulsó con las manos de lado, haciendo girar sus cuerpo por el suelo y de tijera le golpeó en los tobillos derribándole. Aprovechando el impulso se incorporó encarándose a los dos en pie. Ambos rieron locos y se lanzaron al ataque con movimientos lentos y patéticos. Al segundo atacante le agarró la porra tirando de ella hacia él y conectó un terrible codazo que reventó la nariz del bandido. El tercero fue más avispado, logró encajar un golpe en el costado derecho de Werz. El lunastro aguantó el dolor y tomó el cráneo del atacante bajándolo en picado contra la rodilla. El golpe fue fatal, el impacto dislocó la mandíbula del desgraciado. El alarido fue horrible y Werz dejó al loco retorciéndose en el suelo. Con todo, el primer asaltante ya se había puesto en pie. Werz no perdió el tiempo con él. Sacó uno de sus dardos de muñeca que salió disparado seccionando la yugular del hombre. Werz se arrodilló junto al de la nariz rota, lo agarró del cuello y lo sacudió con violencia.
―¿Qué queríais de mi? ―el loco solo reía, histérico. Werz le golpeó la cabeza contra el suelo.
―¿¡Qué queríais de mi?! ―repitió, esta vez oprimiéndole con rabia el cuello. El atacante empezó a buscar aire ―. Si te doy aire será para hablar, escoria.
El hombre balbuceó algo, pero no alcanzaba a decir nada pues se ahogaba antes de que cualquier cosa comprensible surgiera de sus labios. Werz dejó de apretar, un poco.
―Sus ojos.. ella nos mandó.. esos ojos.. amarillos. ¡Amarillos!
A Werz se le encendieron los suyos. Era obvio que el loco era un vagabundo, sabía de quien hablaba el pobre diablo, pero quería escucharlo de sus labios y saber que no estaba persiguiendo una quimera. El loco no abrió más la boca, en un destello de lucidez su mirada aterrorizada dejó bien claro a Werz que ese hombre no le diría nada más. Eran los ojos del miedo. Y en aquel miedo, grabado con furia en las pupilas del vagabundo, pudo ver hasta que extremos debería llegar para detener al monstruo.
V. El emperador del mundo
A Werz le lloraban los ojos por la saturación de humos. El fumadero de opio de Albaros, el Emperador del Mundo, estaba a rebosar de clientela. Cuchicheos, conspiraciones, infidelidades y rumores se daban cita bajo ese techo de cáñamo y ladrillo blanco del puerto. Todo lo legal y lo ilegal de Puerto Cálim podía, con toda probabilidad, encontrarse allí. Werz se abrió paso hasta las escaleras que llevaban al palco del primer piso, bien custodiadas por dos pulgosos semiorcos. Sin decir nada se hicieron notar, dejaban claro que Werz no iría más allá.
―Soy Werz de Alastrad. Tengo una citación con vuestro jefe.
Los mestizos resoplaron como toros furiosos. El que parecía más avispado dio un paso lateral, abrió paso a Werz.
―Te vigilamos, humano ―le advirtió con voz ronca mostrándole bien los colmillos.
Werz subió las escaleras sin decir más. El palco se colocaba en la parte central del local, desde el cual se controlaba perfectamente el piso inferior. Pasó por delante de dos semiorcos más, estos con mayores malas pulgas, y se detuvo cerca de un mediano gordo y de cara fofa. Llevaba un rico jubón bordado en el que se reunían esmeraldas, zafiros y algún diamante. Albaros estaba asomado, miraba la gente de abajo, cuando Werz se le acercó empezó a hablar.
―Hormiguitas. Diminutas hormiguitas ―dijo sin volverse con poderosos aires de suficiencia―. Comen, beben, fuman, fornican. Creen tener controlados sus pequeños reinos, escondidos bajo campanas de cristal, en sus dominios huecos de sentido. Que poco saben de mi mundo y lo frágiles que son los suyos, ¿eh?
El mediano se giró para mirar a Werz. Movió la mano para que se acercara y se asomara. El lunastro lo hizo.
―Son poderosos en sus reinos, débiles en mi mundo. Hormiguitas que se creen reinas de sus vidas, que equivocadas están. Aun siendo reinas vienen a mi a pedirme ayuda, placer y olvido. Y si ellas son monarcas del mundo, ¿en qué me convierte a mi? ―preguntó mirando inquisidor a Werz que no respondió. El mediano sonrió astuto.
―Yo soy su mercader de sus vicios, me necesitan y me adoran. Los reyes del mundo solo rinden pleitesía a los emperadores y yo soy, entonces, el emperador del mundo.
Albaros tensó aquella sonrisa maliciosa, dejó el palco hacia una mesa tras él. Era bajo, incluso entre los medianos, pero en su mirada había la de un megalómano ambicioso sin escrúpulos.
―¿Qué sabes de quién busco? ―preguntó sin rodeos. Albaros sonrió complacido.
―Mucho y poco. Según se mire.
―No me vengas con gilipolleces, mediano ―Albaros levantó las manos teatralmente.
―Vamos, vamos. Relájate ―se sentó en un cojín frente a él―. Tu niña es muy escurridiza, pero se hace notar. Es muy eficiente.
Werz se removió un poco, lo miró con gravedad.
―¿Eficiente?
Al mediano le brillaron los ojos con malignidad.
―Una trabajadora exquisita, algo sádica en los acabados, sí. Pero eficaz.
Werz dio un violento paso hacia Albaros. Casi al instante uno de los guardias semiorcos plantó un hacha en las narices del humano. El mediano volvió a sonreír con suficiencia.
―Vamos, seamos civilizados. Los negocios son negocios, dejemos lo personal fuera de ellos ―hizo un tosco movimiento de mano y el hacha desapareció de la cara de Werz―. Usted debería saberlo mejor que nadie, Erzo.
El humano apretó los dientes a reventar. Albaros se incorporó y palmeó la espalda del lunastro.
―No se ofusque, señor Werz. Todos tenemos un pasado, nadie escapa del suyo. Pero soy magnánimo, le ayudaré. Bien porque tiene usted amigos influyentes, y me gusta tener contentos a esos amigos suyos.
Werz miró furioso al emperador del mundo mientras se divertía a su costa.
―Habla entonces, Albaros. Y me iré por donde he venido.
―Sí, esa Ayrin es excepcional, pero inestable. Como lo erais vos. Ha matado a muchos, por encargo o no. Lleva revolucionados los bajos fondos, pero nadie hace nada. Unos por miedo y los otros porque ya les va bien que limpie la mierda de los callejones. Pero es una perra sin correa, y es peligrosa.
―¿Aun sigue aquí? ―cortó Werz mirando con rabia. El mediano movió la cabeza fríamente.
―No, bueno. Pronto no lo estará. Se ha enrolado marinera en un barco que zarpará...―hizo una pausa pensativo―, um, creo que salió hace no más de una hora.
Esta vez Werz agarró al mediano por el pecho del vestido, lo estampó de espaldas contra la pared. Sus ojos centelleaban rabiosos. Enseguida los semiorcos rodearon a Werz.
―Maldito mediohombre megalómano. ¡Habla! Dime lo que sabes. Dimelo o te juró que te haré trocitos.
Albaros tembló al mismo tiempo que su soberbia se escapaba junto al meado, estaba muy asustado.
―Te lo diré. Te lo diré. A Khult, va a esa puta selva. El barco se llama Ifriti. Eso es todo lo que sé. ¡Te lo juro!
Werz gruñó y presionó más al ver que los semiorcos cerraban el cerco, el grito ahogado de Albaros les convenció de que mantuvieran a ralla sus intenciones.
―¿Cómo voy hacia allí? ―el humano empezó a echar mano disimuladamente de sus dardos escondidos en la muñeca.
El emperador del mundo pateó goteando de orina.
―Hay un ―jadeó buscando aire― contrabandista semielfo, Medio. Puede llevarte. ¡Por Máscara! ¡Suéltame ya, joder! ―Albaros se agitó violentamente sin éxito. Werz se volvió, encarándose a los semiorcos, sacó uno de sus dardos pegándolo bien visible al cuello del mediano, este tragó saliva.
―Abrid paso o tendremos un buen baño rojo.
―¡Haced lo que dice! ―ordenó histérico Albaros.
Los guardaespaldas gruñeron y obedecieron, el lunastro avanzó a través de ellos tensando los músculos y los sentidos. En respuesta los semiorcos apretaron los mangos de sus hachas, se cruzaron miradas con Werz. El lunastro se colocó de espaldas a la barandilla del palco y le susurró al oído al emperador del mundo.
―No es nada personal.
―Lo sé, solo son negocios.
Werz rajó el cuello de Albaros, con el mismo movimiento arrancó de cuajo una de las esmeraldas del jubón. Sin que diera tiempo a los semiorcos a reaccionar, Werz dejó caer al agonizante mediano, le dio una patada contra los mestizos y se lanzó a la planta baja por el palco. Aterrizó sobre una mesa haciendo volar por los aires pipas, platos, copas, cubertería y la calma. Notó un tirón bastante fuerte en el tobillo, pero no esperó a que la guardia del fumadero cayera sobre él. Salió sin mirar atrás, muy deprisa y aguantando el dolor creciente del tobillo. Con habilidad se perdió en el entramado de callejas calishitas. Atrás dejaba a sus perseguidores y el papel que le había dado Sedharo esa mañana.
VI. Jungla de sangre
Mientras dejaba Puerto Cálim perderse en el horizonte a Werz le invadió una sensación de inquietud creciente. El mar estaba tenso, movía la goleta contrabandista más de lo deseado. El Intrépido, que así se llamaba el barco, era un bullicioso hormiguero de marineros. Aun se encontraban en las aguas de Calimshán y toda precaución era poca ante las patrullas de guardia calishitas. Werz estaba en el castillo de popa, apoyado en la barandilla con la mirada perdida en la retaguardia de la goleta. Oyó pasos acercándose.
—Debería hacerse mirar el tobillo. Cojea como una mala puta a la que acaban de arrear una paliza.
El capitán Medio era un hombre con una belleza oculta bajo capas de sudor, polvo y barba. Era una segunda generación de sangre élfica, por lo que era más humano que elfo y era obvio que apenas se preocupaba de revelar su herencia.
—Un mal gesto, capitán. No más —respondió con pocas ganas de hablar. Medio se asomó a su lado, acompañándole en sus miradas a la nada.
—Como quiera. No son asuntos míos, su esmeralda paga de sobra el viaje y asegura que la curiosidad no se salga de madre. Pero parece distraído, señor Werz. No quisiera que un golpe de mar se llevara a un buen cliente.
Werz miró al barbudo semielfo.
—No se preocupe —aseguró el lunastro— por mí, capitán. Usted ya ha cobrado.
El contrabandista rió como una hiena.
—Me gusta hacer bien mi trabajo, tener contentos a mis clientes y asegurarme de más. Reputación, ya sabe —Werz sonrió al comentario—. ¿Ha estado alguna vez en Khult?
El humano negó con lentitud, Medio asintió a la misma velocidad.
—Es un infierno selvático. Muy peligroso. Nadie civilizado quisiera estar allí más que el tiempo que se tarda en mercadear.
—Exacto. Nadie civilizado —murmuró sombrío Werz.
El semielfo puso la mano sobre el hombro de su cliente.
—No sé que motivos lo conducen a Khult. Pero sean cuales sean cuídese de la obsesión. La obsesión es el principal alimento de Khult.
Soplaban un cálido viento del norte, pero el rumor animal de Khult se las apañaba para llegar con fuerza desde el sur a la cubierta del Intrépido. La goleta fondeó en una cala que hacía su vez de puerto natural, con ella había una carraca y dos filibotes. La carraca fue identificada por el capitán Medio como el Ifriti. Dominando la cala se alzaba el enclave de Puerto Zaris.
Las despedidas fueron rápidas y sin preguntas, no sin el deseo de buena suerte recíproca entre Werz y Medio. El lunastro puso pie en un destartalado muelle del enclave portuario. Era un conjunto arquitectónico variopinto. Desde cabañas de madera a ominosas construcciones en piedra. En el mismo instante que empezó a adentrarse en Puerto Zaris se reveló como una abarrotada ciudad mercantil. Carros, tenderetes, puestos, ofertas, contraofertas, aprendices corriendo tras sus maestros o disputas comerciales inundaban de un jolgorio tan ensordecedor que acallaba los ruidos venidos de la jungla.
Siguiendo las habladurías llevó sus pasos a una taberna no lejos del puerto donde estaban asentados los marineros del Ifriti. La taberna estaba sucia, olía a orina añeja y a alcoholizados parroquianos que se esmeraban en saquear todo el ron especiado que sus bolsillos podían pagar. Los hombres del Ifriti estaban montando su barullo particular en un rincón de todo menos oscuro. Werz se acercó sin reservas.
—Salud, hombres del mar.
Uno de bajo y con cara de rata, al que le faltaba buena parte de la dentadura, levantó la copa.
—Zalú, viajeru. ¿Qué ze le antoja?
—Estoy buscando a una criminal peligrosa. Sé que se enroló en vuestro barco, el Ifriti, poco antes de zarpar de Puerto Cálim. Es una mujer, se llama Ayrin. Ignoro si se registró con ese nombre.
El cara de rata bebió un buen trago de ron.
—Ze aliztaron muchos en Puerto Cálim, zeñor. Tengo una memoria ezcaza para eztaz cozaz —comentó dejando claro que necesitaría de ayuda extra.
Werz le dejó sobre la mesa un par de dartens amnianos. El marinero miró con desprecio las monedas, bebió y suspiró con tranquilidad.
—No ez mucho, pero eza mala puta se merece que loz cazarrecompenzaz vayan traz ella —dijo al fin mostrando su dentición harto escasa.
—¿Dónde está ahora? —miró serio al cara rata.
—La loca rezibirá zu caztigo. Prendida por el capitán y entregada a los guardiaz del puerto. Palizo la pilló robando en la bodega, la furzia me hizo zaltar los dientez en la pelea.
El lunastro ignoró las penas de los marinos. Directo al grano.
—¿Dónde están los calabozos de la guardia?
La rápida respuesta animó a soltar diez dartens más y abandonar seguidamente la taberna, tenia la sensación de que pronto iba a acabar todo aquello.
Nada más lejos de la verdad.
Los supuestos calabozos no eran más que una casa de madera apartada del centro del enclave, daba la sensación que las celdas eran de poco uso y la justicia se aplicaba a golpes de decreto. Werz se detuvo ante la puerta y llamó con insistencia, pero nadie respondió a la llamada. Tras la cuarta vez llamando sin repuesta, Werz tuvo un mal presentimiento, forzó la puerta y colóse en la cabaña de la guardia.
Dentro la escena empeoró la situación. Había dos muertos, guardias de Puerto Zaris. El primero estaba sentado, apoyando la espalda en los barrotes de la celda, tenia el cuello abierto en canal. La herida a todas luces parecía de un mordisco, pero descartó a un animal cuando vio el pedazo de cuello arrancado en el suelo. El otro muerto estaba boca abajo, dentro de la celda sobre un espeso charco de color rojo. El estómago estaba reventado, con los intestinos desparramados por el suelo. No había rastro de Ayrin, solo una ventana demasiado abierta que apuntaba a la selva.
Werz ensombreció la mirada, tomó una de las espadas de la armería así como también un machete. Se asomó por la ventana, había restos de sangre, demasiado abundantes como para no ser de ella. El lunastro sonrió satisfecho al deducir que su presa estaba herida, se ajustó las armas al cinto y dejó la ventana atrás. Siguió el rastro como un sabueso, y en el umbral de la jungla Werz se abandonó a la persecución.
VII. Obsesión
El sendero era penoso. Constantemente se le perdía la pista, encapuchado por el sotobosque selvático para luego reaparecer metros más adelante. La misma espesura natural tampoco colaboraba, hordas de mosquitos alzan en armas sus aguijones dispuestos a apuñalar a Werz hasta sacarle la última gota de su sangre. A todo ello se le unía su creciente cojera, el tobillo se le estaba hinchando visiblemente. Por delante el intermitente rastro de sangre de Ayrin iba apagándose, pero Werz se mantenía tras ella con facilidad. La mujer o bien no se preocupaba en borrar sus huellas, o simplemente no sabía hacerlo. Fuere como fuere Werz optó por la precaución para estar atento a las emboscadas y aligerar la tensión de su tobillo.
Al cuarto día de persecución Werz creía que le llevaría un día de ventaja. Khult era bella y aquella era una belleza terrible. Era un lugar en el que sólo existían los depredadores, no había lugar para los débiles. Animales que comían otros animales, animales que comían plantas, plantas que comían animales o hasta plantas que se comían otras plantas. Werz se tuvo que unir a esa orgía implacable para subsistir. Se alimentaba de raíces, lagartijas, pequeños mamíferos o frutos, todo lo que pudiera ser comestible. Aprender en Aguas Profundas tenía sus ventajas cuando en sus grandes mercados se podía encontrar de todo, y algunas de las cosas que encontraba en la jungla le resultaban, si más no, familiares.
Llegado el quinto día dos golpes de calor le marearon, dejándole casi tendido en el suelo. El tobillo no podía estar más hinchado y sudores fríos empezaban a hacer presencia por todo su cuerpo. Al final de la jornada apenas podía continuar, la fiebre se había manifestado con toda potencia en Werz que lo derribó apenas llegado a un pequeño claro de jungla. No recordó el tiempo que pasó allí, sí lo hizo la impotencia de no poder hacer nada y ver como Ayrin se le escapaba sin remedio. A su alrededor Khult acechaba, era un animal herido y enfermo, la presa ideal. Ya había aceptado su final cuando del sendero emergió una figura borrosa, los ojos de Werz deliraban por la fiebre. La figura se acercó furtiva hacia el lunastro y él simplemente cerró los ojos deseando que fuera rápido.
—No estás mucho mejor que yo, cazarrecompensas —susurró una voz cantarina de muchacha. La figura se arrodilló, lo recostó en su regazo. Werz seguía sin ver con claridad.
—Ha sido divertido, pero fue un error huir por aquí —dijo la voz borrosa. Werz entornó los ojos con debilidad, pudo ver un rostro. En el delirio de la fiebre alcanzó a ver dos ojos verdes y abisales, en ellos un tenue brillo ámbar en el centro de ese mar esmeralda. La figura femenina le dio de beber.
—Pero a veces hay que tentar a la suerte, vivir al límite. Eso es excitante —era la voz más suave y reconfortante que jamás había oído Werz, trató de decir algo, pero estaba tan debilitado que ni siquiera podía articular palabra.
—No digas nada, cazarrecompensas. Tienes fiebre, yo he tenido suerte y aguanto, pero tu morirás en pocas horas por ella si no lo hacen antes los depredadores. Podría abandonarte, ¿sabes? Apenas podré salir de aquí con vida. Un problema menos, pero la posibilidad de tener a alguien siguiendo mis pasos me excita, me pone muy caliente.
Ayrin, pensó rabioso Werz. La muchacha besó cálida al lunastro, lamiendo sus labios como si jugara con ellos. Tan de cerca que pudo ver como los ojos de Ayrin brillaban vivos como topacios. Werz tomó fuerzas para poder hablar.
—Tú —balbuceó. Ayrin le hizo callar con suavidad, le pidió silencio soplándole con sensualidad al oído.
—Escúchame, cazarrecompensas. A media jornada de aquí hay una aldea costera. He atraído sus nativos hacia aquí. Te encontrarán. ¿Te salvarán? ¿Te matarán? No lo sé. Pero yo quiero que te salves, cazarrecompensas. Quiero que vuelvas tras de mi, que me persigas, me hagas sentir que la posibilidad de morir esté tan cerca como ahora lo estas tú. Hasta entonces —le besó de nuevo—, esperaré impaciente a mi cazador.
Werz se encogió de rabia impotente. Su sangre ardía de furia, más de lo que le provocaba la fiebre. Humillado, pensaba, humillado por una criaja, una niñata. Ayrin se levantó, le guiñó el ojo y se perdió otra vez por el sendero. Quería gritar, pero fue perdiendo la conciencia justo a tiempo para ver como un grupo de cosas se acercaba a por él.
Las semanas siguientes fueron una elegía a la agonía. La fiebre, la infección en el tobillo y la moral de Werz se habían conjurado para provocarle un sufrimiento sin medida. Sobre el camastro de la cabaña que los nativos le habían facilitado tras rescatarle de la jungla, Werz aullaba de dolor cada noche hasta dormirse agotado. Un suplicio tan intenso que en su cabeza parecía que se habían levantado todas las almas del Pandemónium chillando horriblemente.
Al cabo de tres semanas la fiebre empezó a mitigarse, no así como la infección del tobillo de la que Werz temía que tuvieran que amputar. En los momentos de lucidez Werz podía hablar con el chaman que chapurreaba una mezcla de alzhedo y khondazhano, momentos fugaces que el lunastro agradecía porque le ayudaban a mantener el hilo de cordura necesario para aguantar todo aquello. Y cuando el dolor se lo permitía y el chaman no estaba, pensaba. Recordaba a Ayrin, como le había perdonado la vida y como dar con ella iba tornándose en una obsesión.
VIII. Bestia maligna
—No sé que hubiera hecho sin vosotros, chamán Namu. Gracias —agradeció Werz hablando un tosco khultano. El chamán, un hombre ni muy anciano ni muy orondo, sonrió sin dientes.
—Ve con cuidado, hombre del mar —Werz le ofreció la mano, el khultano lo miró unos instantes perplejos. Al poco comprendió y le concedió la suya.
—Tu pueblo tiene mi gratitud, anciano.
El chamán Namu se apoyó en su cayado, a la segunda sonrisa Werz descubrió un par de molares que se resistían a caer de la mandíbula del khultano.
—Agradécelo con silencio, hombre del mar. No digas a nadie donde estamos. Los hombres de tu mundo son peores depredadores que los que moran en nuestra jungla, vendrían por los míos trayendo consigo su destructora civilización. Dime, hombre del mar, ¿guardarás este secreto, por Ubtao?
Werz sonrió agradecido.
—Su pueblo está a salvo, chamán. Tiene mi palabra.
Werz abandonó la aldea nativa cuatro semanas después de llegar moribundo de fiebre, pero los cuidados de los khultanos habían obrado el milagro en Werz. Las fiebres y la infección del tobillo habían remitido, y aunque aun cojeaba podía moverse con bastante libertad. Según le explico el anciano khultano su cojera persistiría a menos que reposara más tiempo, pero tiempo era lo que no le sobraba a Werz, el chamán le sugirió ir a Mezro, la gran ciudad de Khult, donde podría averiguar más sobre su misión. A Werz le pareció un buen lugar donde dirigirse, pensaba que quizá Ayrin habría estado allí y de paso terminaría con el martirio cada vez que daba un paso.
Fue una larga y penosa marcha. Su tobillo le guardó momentos de verdadera tensión cuando, no pocas veces, amenazó con dar terminada su relación con el avance del lunastro. Con todo pudo seguir avanzando, asaltado a todas horas por la borrosa imagen de los ojos amarillos de Ayrin y su voz tan siniestra como seductora. Cada día recordaba aquel beso, aquella maligna sonrisa tan dulce y cuando pensaba en ello germinaba en él odio tal que le daba fuerzas para ignorar el dolor del tobillo forzando la marcha. Pero por las noches se abrigaba con el deseo volverla a ver, a temer de morir sin verla una última vez. En su sino empezaba a ser consciente de que aquello iba tornándose irremediablemente personal, que aquella obsesión era tan voraz que una pregunta se planteaba para Werz, ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar?
Era una ciudad extraña. Tejida de piedra y selva, Mezro era un coloso en medio de lo salvaje. Poco después de un mes de salir la aldea khultana, Werz contemplaba una ciudad que parecía haber sido traída de otro tiempo y revivida en uno distinto al suyo. El rumor de la gente se escapaba de intramuros, salpicando a la selva con gritos de mercaderes, bribones y trileros. Sin mucha dificultad llegó a la avenida principal, una de muy colorida llena de gentes de lo más variopintas. Aunque era obvio que había pocos extranjeros, los que había se hacían notar con delirantes formas para captar la atención de clientes o se acumulaban en las tabernas ávidos de trabajo y dineros. Ya cuando entraba oía rumores de la aparición de una bestia maligna que había estado acechando los caminos que salían hacia el este de Mezro.
Werz probó suerte en una taberna local. El antro estaba muy húmedo, entrar ahí significaba aceptar que un chorro incesante de sudor manara de la frente. No parecía un local muy concurrido, hasta diríase que tranquilo si no fuera por el ruidoso grupo de aventureros que reuní a dos corpulentos enanos, un elfo, un mediano y un semiorco. Werz pasó de largo mientras los dos barbudos se reían sin cesar de los intentos del elfo por terminarse una pinta. Se dirigió al tabernero, listo para esgrimir su limitado khultano aprendido en la aldea del chamán Namu.
No tuvo que fardar mucho. El mesero de la taberna pareció oler que Werz era extranjero y enseguida empezó a profanar el común con un chistoso acento balduriano.
—Extranjero. Venga, acercarsus. Tenersus bebida para extranjeros —anunció orgulloso el khultano, uno de alto, delgado y calvo. Werz se sentó frente a él.
—Cerveza negra, la que tenga.
El tabernero se la puso al instante, no en una jarra muy limpia a decir verdad. El khultano se inclinó sobre la barra. Por su lado ahora el elfo trataba de entonar alguna canciocilla que rápidamente era silenciada por una avalancha de insultos enaniles.
—¿Qué traersus a Mezro, extranjero? —el lunastro bebió la cerveza sin manías y para su asombro hasta sabía bien.
—Información. Busco a alguien.
—Buscarsus alguien —repitió malamente el tabernero—. Quizá podarsus ayudar.
—No tengo —se adelantó Werz— dinero, tabernero.
Los ojillos de bobalicón del khultano brillaron con astucia. Movió la mano quitando importancia al asunto.
—Primero pregunta, luego decir el precio.
Werz sostuvo una mirada seria, pero el tabernero parecía inmune a ella. Probablemente por eso era tabernero.
—Una mujer. No es de aquí. Joven. Ojos verdes, pelo oscuro. Llama la atención —concluyó el lunastro viendo como la sonrisa afloraba en el larguirucho rostro del mesero. Agarró una jarra y empezó a limpiarla como el tópico. En la mesa de los aventureros ahora se había desatado la fase depresiva de la juerga: enanos, elfo y semiorco lloraban amargamente sobre las penas de la vida y lo dura y cruel que era, por su lado el mediano los miraba algo desquiciado sin meterse.
—He vistus la chica —asintió con una sonrisa—. Pero precio por sabersus esto.
Werz se relajó un poco, bebió un poco midiendo con la mirada al khultano. Se decidió a hablar.
—¿Qué quiere?
El mesero dirigió una mirada al grupo de aventureros. Los enanos roncaban imperturbables y el elfo apuraba los restos de comida sobre los platos en directa competencia con el semiorco que gruñía por cada miga que elfo le robaba. El mediano seguía inmóvil, mirando a todos lados como un paranoico.
—Esus aventureros dicen ser. Venir por la bestia maligna del camino del este. Llevarsus los cabrones tres días son moversu de la taberna. Dicen que aun no tenersus información suficiente para ir tras el bicho. ¡Ja! Cobardicas y gallinitas son esus. Te diré lo que quiere, pero llevartelus contigo o no hay tratu —el khultano tenia el típico aspecto del tabernero loco por deshacerse de los parroquianos demasiado leales de su local.
Werz se recostó en el taburete dejando un buen sitio para sentar el trasero.
—¿Cómo sé que no mientes? ¿O que me seguirán? No lo sabes, es un trato estúpido por mi parte el aceptarlo —dijo con gravedad. El mesero sonrió pícaro.
—Conozcu a los aventureros como esus. No moversus hasta que tengan alguien con seso para que los lleve —hizo una pausa interrumpida por el furioso ronquido de uno de los enanos—. Esus tipejus huelen a los que saben. Usted es de los que saben. No tenga miedu, mentirsus no gano nada, solo enfadarsus y que venga a destrozarme el local. Leyes duras con los mentirosus y malandrines. Yo quieru deshacerme de los aventureros, usted saber sobre la chica. Trato justo.
Werz apuró la cerveza, desde luego la jarra, ahora vista de cerca, era repugnante. Aun no sabía cómo reunió el valor para que sus labios la tocaran. El khultano esperó impaciente.
—Solo aceptaré si lo que me digas no me aleja de ella.
El tabernero soltó una sonora carcajada. Uno de los enanos trotó de sus sueños a la realidad con un guerrero grito.
—No tema. Donde llevarsus a los aventureros —bajó la voz— también irsus la chica. Sí, lo aciertu, hacia el este. Hacia dondu la bestia maligna, dondu los aventureros quereros ir.
—¿Ella también fue tras la criatura?
El mesero quedó unos instantes perplejo, con la misma cara cuando piensas en algo en lo que no habías caído antes.
—Es curiosu. Los ataques de la bestia maligna empezarun poco después de que tu chica fuerarsus hacia el este.
IX. Caza mayor
Werz se sentía timado y eso le mosqueaba, y empezaba a pensar que el tabernero de Mezro se la había colado como solo lo hacen los profesionales. Pensaba eso tras pasar un día con sus nuevos y forzosos compañeros de viaje, si solo el verlos juntos ya parecía una compaña pintoresca, el saber de los dos enanos, el elfo, el semiorco y el mediano hacía aquella sensación aun más surrealista.
Por delante abrían la marcha los dos enanos escudo venidos de la Gran Brecha. Kuar y Rauk cuya impronta personal ya era el “joder”, el “me cagon tus muertos” y el “putos bichos de mierda”, una delicia de la educación enana. Tras ellos el elfo que se había revelado como el señor de todos los pardillos, por definición de Kuar, que se preocupaba más por cómo le quedaba la armadura que por otros menesteres más importantes, como la seguridad del grupo. El elfo se llamaba Alelyn, pero, otra vez el siempre vivaz Kuar, lo llamaba con cariño, o no, Alelao. En el flanco del bosque el mediano Pozhunger, raro como él solo, parecía más dedicado a contar sus futuras ganancias repasando nuestras sacas que por los peligros de la jungla. Pozhunger siempre andaba acariciando una figurita de plata y balbuceando no sequé dama perdida de Cormyr. El único en el que un principio parecía tener algo de seso, en su defecto seriedad, era el semiorco llamado Gargajo que andurreaba junto a Werz en un misterioso silencio. Luego descubriría que era medio tonto y apenas sabía ajuntar un par de palabras coherentes. Así puestos, con Werz preguntándose a que dios había cabreado, la bizarra compañía aventurera seguía el camino del este de Mezro hacia la tierra de Tashalar. Lástima que esta sociedad duraría tan poco.
—¡Me cagon tus muertos! Te digo que el puto bicho es un mosquito, joder Rauk —defendió con vehemencia su tesis Kuar. El otro enano echó un parduzco escupitajo al suelo.
—¡A la mierda contigo, joder! Ese puto bicho era una jodida abeja. ¡Zumbaba! —alegó con pasión Rauk. Su compañero de raza dio su opinión con un categórico pedo de tres segundos.
—Tú sí estas zumbao, mojigato gilipoyas. Que era un mosquito, leche —como si fuera un contraataque, Kuar peyó como clara opinión a las abejas de su compañero.
—¡Oh por Sune! —intervino Alelyn—. Callaos asquerosos enanos. Con vuestras repugnantes ventosidades y absurdas disputas no podemos escuchar el maravilloso eco de estos parajes vírgenes —a Werz hasta le pareció oír el tilín de un arpa cuando habló el elfo Alelao.
—Calla elfo mariposón. O te meteré toda esa virginidad por el culo —advirtió con sorna Rauk. Alelao, perdón, Alelyn, se volvió ofendido hacia el mediano Pozhunger que observaba desde la distancia sin dejar de acariciar su figurita.
—Pobre de mí. ¡Ay! Pobre de mí, compañero mediano. ¡Y de nosotros! Tener como compañeros de armas tales villanos —teatralizaba mientras se acercaba a un cada vez más tenso Pozhunger—. Oh, querido Pozhunger, ¿qué escondes ahí? ¿Qué es?
El mediano abrió mucho los ojos y protegió con furia su plateado tesoro. Hubiera desintegrado al elfo si su mirada hubiera sido un proyectil mágico.
—¡No toques a la dama de Cormyr! ¡No la toques! ¡Aaaaah! —el mediano salió corriendo histérico hacia la jungla.
Viendo la escena Werz estaba, literalmente, acojonado. Tenía los ojos desquiciados. Donde me he metido, volvió a pensar asustado, donde cojones me he metido. El hombre empezó a asumir que lo habían timado como a un niño. Werz volvió la mirada hacia el único que parecía cuerdo, aunque el semiorco Gargajo fuera medio tonto.
—Creo que vamos a depender el uno del otro, amigo —el mestizo giró muy lentamente la cabeza hacia Werz, tenía los ojos un poco bizcos. Cuando abrió la boca comprendió que Gargajo solo era medianamente coherente con algunos litros de cerveza circulando dentro de él.
—¿Eh…? —babeó— ¿Es la hora de matar?
Tierra, trágame.
La tierra no tuvo tiempo para cumplir con los deseos de Werz. Un alarido de dolor de Pozhunger atravesó una fatídica selva.
—¡El mediano tarado tiene problemas! ¡Vamos por él! —rugió Kuar agitando el hacha. Como una tormenta toda la compaña se internó en la jungla, Werz no tuvo más remedio que seguirles.
La selva se cerraba violentamente ante ellos, pero aquello no parecía importarles a los enanos que avanzaban como apisonadoras hacia los lamentos del mediano. El sotobosque khultano sufrió de enanitis ese día, pero cuando los quejidos quedaron cerca al lunastro le asaltó un mal presentimiento.
—¡Vamos! ¡Vamos zopencos! —arengaba Kuar que derribaba otra frágil palmera de un hachazo. En aquella noche que facilitaba la espesura de la cúpula arbórea la luz del claro donde se encontraba Pozhunger pareció el mismo amanecer. Este estaba en el mismo centro, rodeado por un círculo de lo que parecían zarcillos cónicas, con un tobillo torcido del que manaba abundante sangre. Sin ceremonias los enanos se lanzaron al centro de la trampa.
—¡Quietos! —gritó Werz.
Sin tiempo para la reacción el suelo se abrió convirtiendo los zarcillos cónicas en las fauces de una planta carnívora enorme. La boca se elevó revelando un tronco rugoso y flexible. La planta empezó a tragar a sus presas y a Gargajo le arrebató un frenesí homicida dispuesto a triturar aquel tallo sobredimensionado. Alelao apoyó al semiorco con una oda de gritos histéricos y certeros flechazos. Werz no tuvo más que meterse en la refriega dispuesto a hacer taquitos de planta carnívora khultana.
—¡Matar! ¡Matar! —aullaba Gargajo.
Finalmente la membrana cedió y de un tajo del hacha del bárbaro mestizo se abrió. Fue demasiado horrible. Los restos digeridos de los tres desgraciados salieron vomitados entre los ácidos digestivos de la planta. Los órganos no digeridos eran masas sanguinolentas pegadas a masas de piel y hueso derretidos. Mientras la criatura caía muerta por la furia berserker de Gargajo, Werz tuvo que admitir de la eficacia digestiva de la planta.
—¡Oh, muertos! ¡Me desmayo! ¡Me desmayo, joder! —chillaba el elfo Alelao próximo al estado de shock. Werz se unió al elfo.
—¡Era una trampa, ostia puta! Esto era una mierda de trampa y los enanos se metieron en ella como corderitos en el corral. ¡Gargajo! Vuelve en ti, vamos. Aun queda el tramposo de mierda que ha preparado esto —el semiorco, saciada su sed de muerte, volvió a su estado de estupidez normal.
—¿Eh…?
Aquello fue su última palabra. Como un espectro una figura oscura aterrizó sobre Gargajo ensartando la parte anterior del cráneo del mestizo con dos puñales. La mole se derrumbó teniendo por fuente la testa. Sin moverse de encima del cadáver la silueta cobró la nitidez de dos ojos amarillos brillantes, una desaliñada maraña de pelo negro y las sugerentes curvas de una mujer. A Werz le pudo la contundente imagen y no pudo reaccionar ante el siguiente ataque de la asesina que hizo volar un letal dardo que atravesó la pierna del elfo.
—¡Aaaaah! —Alelao cayó gritando de dolor. El lunastro maldijo encarándose a la asesina, ella sonrió lamiendo la sangre de Gargajo que le había salpicado en los labios.
—Me encontraste, cazarrecompensas —los ojos de Werz vibraron y sin decir nada cargó contra Ayrin con su espada.
La mujer desenvainó su estoque con agilidad, bloqueó el primer golpe de Werz. La asesina retrocedió unos pasos por la fuerza del impacto y, sin dar descanso, el lunastro propinó una patada en el muslo de su adversaria. Aquello llevó a Ayrin hacia un lado con varios pasos descoordinados que Werz aprovechó para conectar un espadazo en el costado izquierdo de la rashemí. Manó sangre. El corte fue superficial, un oportuno bloqueo de Ayrin había detenido la hoja con la hoja del estoque que aun vibraba del contacto.
—Agresivo —sonrió maníaca—. Me gusta. ¡Me encanta! —con un poderoso movimiento de brazos Ayrin se sacó de encima la presión del arma de Werz—. ¿Eres igual en la cama? Jaja
La herida no era profunda y la mujer tomó la iniciativa. Una lluvia de estocadas volaron furiosas sobre Werz, pero este se deshacía de ellas con habilidad. Concentrado en el combate no podía oír los lamentos del elfo, pendiente de la juventud de su contrincante que, maldecida o no, seguía siendo una muchacha humana de veinte años. Dominaba la situación sobre ella, la defensa del lunastro era sólida y decidió terminar pronto con el duelo.
—No te vas a librar esta vez, zorra. ¡Esta vez no te vas a librar! —sentenció con un contraataque, Ayrin sonrió excitada.
No se esperó la finta. Ayrin movió el cuerpo hacia la derecha obligando a Werz a forzar el tobillo, el dolor intenso le nubló el juicio durante los escasos dos segundos que necesitó Ayrin para desarmarlo. Un puntapié en el tobillo le doblegó en el suelo, una estocada para desarmarlo y otra para plantar la punta de su arma en el cuello de Werz. Había perdido.
—Gané —declaró con una sonrisa triunfal. Werz la acuchilló con la mirada impotente.
—Puta cobarde —maldijo iracundo. Ayrin levantó el arma entonces, bajó su guardia.
—Prefiero llamarlo oportunismo, cazarrecompensas —aclaró Ayrin como si todo aquello fuera un juego para ella. Relajado el dolor, el lunastro se tomó la iniciativa de lanzarse a por Ayrin creyéndola con la guardia baja.
—¡Me llamo Werz de Alastrad!
Creía que ya la tenía, pero Ayrin reaccionó de un modo que no esperaba. Soltó su estoque, agarró con rapidez la muñeca izquierda de Werz con su diestra. La rashemí dio un paso lateral, dejó que toda la fuerza usada en el placaje arrastrara al lunastro, pero con la muñeca sujeta le dobló el brazo hacia atrás y como una centella ciñó el brazo libre en el cuello de Werz. Apretó el brazo doblado hacia arriba dejándolo apresado a la merced de Ayrin. El hombre se vio inmovilizado por la mujer.
—Werz —saboreó susurrando su nombre—. Me gusta ese nombre.
El lunastro trató de liberarse sin éxito. Ayrin no hacía mucha fuerza, solo con tensar un poco el brazo doblado rendía cualquier resistencia. La asesina lamió el contorno de la oreja de su presa con sensualidad.
—Verás, Werz. Probablemente no sea rival para ti en combate, pero tengo la suerte de buscar siempre buenas alternativas a la lucha. Eso no quiere decir que no sepa defenderme.
Werz farfulló furioso.
—Loca, estás loca. Juegas conmigo, disfrutas con esto, ¿verdad?
Ayrin volvió a lamer la piel de él. Obligó a volverse hacia el herido elfo Alelao.
—Mírale. He procurado de no acertarle la arteria, pero no podrá andar a menos que lo lleves a un sanador —Werz volvió a removerse, pero Ayrin no cedió presión.
—¿Qué quieres de mi? ¿Qué intentas decirme?
—Te contaré —le susurró maligna— lo que pretendo hacer. Te voy a dislocar el brazo, del dolor me dará tiempo para huir por ese sendero, ¿lo ves? Sí lo ves, claro. Cuando te recompongas te colocarás el brazo en su sitio. ¿Qué harás entonces? ¿Ayudarás a ese inútil o me perseguirás? Con este calor mi rastro desaparecerá en un día, llevar al elfo a Mezro te llevará cinco y eso te llevará en dirección contraria a la que tomaré.
Hizo una grave pausa, Ayrin le susurró al oído.
—Te deseo, Werz. Sé que tú me deseas a mí. Dos iguales que se han encontrado por el destino. Elije, cariño. O yo o tu humanidad.
Ayrin forzó el brazo del lunastro. Un dolor eléctrico le zumbó por todo el cuerpo al sentir como su brazo salía de su sitio. La asesina le lanzó un beso al aire y corrió por donde había declarado.
—Mierda, mierda, mierda —a la quinta mierda siguió un alarido horrible cuando Werz volvió a colocarse el brazo en su sitio. Quedó unos minutos inconsciente por el dolor.
—Werz, amigo. ¿Estás bien? Ha sido terrible. Todos muertos. ¡Oh Sune! Todos muertos —la cantarina voz de Alelao le despertó y se encontró al elfo a su lado—. ¿Despertaste? Magnífico. Tenemos que volver a Mezro. Yo no puedo andar, ayúdame por favor.
El lunastro se levantó sin decir nada, localizó por donde ahora huía Ayrin.
—¿Werz…?
En su mente solo había un pensamiento, una obsesión: Ayrin. A su lado Alelao, anteriormente llamado Alelyn, le observaba con creciente preocupación. Fue entonces cuando Werz descubrió la necesidad de tener cerca a Ayrin, de verla, de vencerla, de tocarla, de sentirla. Aquella necesidad afloró con tanta intensidad que Alelao no le veía más que como una molestia. Se puso en persecución de aquella necesidad.
—¡No me abandones! ¡Compañero!
Werz se detuvo , se volvió hacia el elfo y le lanzó su daga frente a él.
—Cógela. Al menos podrás elegir la forma de morir.