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Enemiga mía

Sam

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Enemiga mía
Relato de lo ocurrido durante los nueve años ausentes de Amn. 1409 - 1418 CV.

I. Hace nueve años​

Las luces iban apagándose en el horizonte. Mulsantir se iba empequeñeciendo como una isla de luz en medio de un mar oscuro a medida que el carromato avanzaba por el Camino Dorado. Werz de Alastrad suspiró y se acomodó al traqueteo del transporte. Apestaba a heces de buey, estaba incómodo y para colmo creía que una horda de mosquitos había descendido en picado sobre él la noche anterior. Sin poderse dormir, de vez en cuando se asomaba para ver el camino, pero la noche era celosa con sus secretos y sus ojos no llegaban a más de unas pocas decenas de metros. Resignado llevó sus ojos negros al carretero, Dercio, un hombre basto y simple, pero agradable y honrado.
―La noche esta fea. Muy escura. Mal fario, señor Güers ―dijo el carretero percatándose de la mirada aburrida del pasajero, escupió al camino.
―Yo veo una noche normal, cerrada, pero normal ―respondió sin convencimiento. Werz saltó del transporte y se sentó junto a Dercio.
―Mal fario le digo, señor Güers. Ni lechuzos, ni lobizones se oyen, silencio. Las brujas deben tener la regla esta noche ―comentó un poco distendido. Werz rió un poco, pero la jerga rashemí se le escapaba. El carretero le echó una mirada burlona.
―No sos de acá, ¿eh?
Werz negó con la cabeza.
―No. Soy del oeste. Aguas Profundas, ¿usted sabe? ―Dercio escupió al camino como respuesta, el gesto repugnó a Werz.
―No sé. Solo las brujas saben. Solo soy un pobre diablo, cochero, como mi padre y mi abuelo ―el hombre azuzó a uno de los bueyes que empezaba a dudar ente seguir el camino o virar hacia unos helechos en el borde de este―. Pero el viejo Dercio no es burro. Sos gente de seso o rica. Las brujas no dejan que la gente ande por el Dorado durante la noche. Importante sos, señor Güers.
Werz se quedó callado un rato. Las luces de Mulsantir se habían perdido ya, estaban solos en una oscuridad de estrellas.
―Tengo un permiso especial, nada más.
El cochero no insistió más y le empezó a hablar de Rashemen, sus brujas y sus costumbres. Tras el largo viaje desde Aguas Profundas era la primera conversación distendida de la que Werz disfrutaba. Pero cuando el sueño le asaltó se despidió de Dercio, volvió a la parte trasera del carromato e intentó dormir.

Al amanecer el sol llamó a la puerta de sus párpados con insistencia. Al no tener respuesta se ayudaron de los gritos de Dercio que avisaba de la llegada a su destino.
―Llegamos, señor Güers ―dijo el cochero ofreciéndole una jarra de leche y queso.
Werz abrió los ojos, gruñó un par de maldiciones y se levantó totalmente desgreñado. Aceptó el desayuno, pero fue demasiado tarde para acordarse del terrible sabor del queso ahumado rashemí y ya tuvo que acostumbrarse al terrible sabor para el resto del día. Al bajar del carromato se encontró en medio de la nada. Ya no era el Camino Dorado, era un sendero que llevaba a un bosque, un bosque a una decena de millas más o menos como calculó Werz.
―¿Dónde estamos? ―preguntó desconcertado.
―Cerca del bosque de Urlin, señor, tierra de las brujas. No puedo acercarme más, prohibidito lo tengo.
Werz resopló airado.
―¿Y cómo iré? ¿A pie? ¡De aquí a Urlin hay como diez millas! ―no podía creerse lo que oía, miraba fijamente a Dercio. Fue entonces cuando se levantó una brisa fría y al cochero le faltó tiempo para besar el suelo al arrodillarse.
―Eso no será necesario, Werz de Alastrad.
Una voz femenina, cargada de severidad y autoridad, surgió a sus espaldas. Werz se volvió sorprendido. Llevaba una llamativa máscara púrpura con forma de cara de lechuza, pero a través de ella se podían ver las facciones de una anciana. Su túnica marrón estaba bastante gastada, raída y sucia, pero con todo la bruja la llevaba como solemnidad envidiable. La mujer se acercó a Dercio que aun estaba arrodillado.
―Tu mujer dará a luz a una niña bien sana, Dercio. Has hecho bien tu trabajo, ahora vuelve y no mires atrás.
El cochero asintió agradecido un par de veces e hizo caso enseguida de la orden de la bruja, se despidió de Werz y se largó sin decir más. Cuando estuvo lejos la bruja empezó a hablar.
―No esperaba menos de Khelben Arunsun, el Señor Mágico de Aguas Profundas, ¿cómo se encuentran él y su querida esposa Léral? ―Werz se sentía incómodo, fue maquinal en su respuesta.
―Bien, señora.
―No esperaba menos del famoso Vara Negra ―dijo con una sonrisa cínica grabada en los labios. El hombre no soportó más el juego de la bruja y tomó cartas en el asunto.
―¿Para qué he venido, señora? ¿Para traerle los últimos cotilleos de Aguas Profundas o para un asunto de importancia como me han hecho creer? ―la bruja hizo una mueca de desagrado.
―Soy consciente de lo largo e incómodo de su viaje, señor Werz. Pero modere su tono conmigo, esta no es su tierra. Esto Rashemen. Pero guarda razón. Me dejé llevar por la melancolía de tiempos mejores. Venga conmigo, joven Werz. Acompáñeme a Urlin y le diré que necesitan las Wykhlarán de los Lunastros de Khelben.

II. Las niñas del diablo​

Esuada, así se llamaba la bruja que lo había recibido, condujo al lunastro hasta una aldea a las afueras del bosque. Todo era inquietante para Werz. Allí donde mirase había esas mujeres, las brujas, portando sus espeluznantes máscaras de animales y quien supiera que bestias más. Atravesaron por entero la aldea, llegaron a la casa de Esuada y aun cuando entró dentro sentía el cosquilleo funesto de esas máscaras inexpresivas en su nuca.
―Seré franca con usted, pero espero atención total por su parte.
La declaración de la bruja satisfizo a las prisas de Werz, que quería abandonar Urlin, ergo Rashemen, cuanto antes.
―La historia empieza hace mucho, pero siempre ha sido igual. Cada cierto tiempo nace una niña, una sola por generación, bajo terribles auspicios. En apariencia son completamente normales, pero en su interior existe una bestia, una asesina, una criatura ansiosa de muerte y sangre. Sus ojos son lo único que la delatan. Unos ojos extraños que van cambiando según el control que ejerza ese espíritu maligno de su interior en la niña. Son verdaderas niñas del diablo.
―Nadie nace predestinado a sentir placer por nada ―intervino Werz metido en la conversación―, eso surge a medida que uno crece y experimenta. Nadie salvo los demonios o demás aberraciones abisales.
La bruja lo miró con sus ojitos oscuros a través de la máscara.
―Querido, Werz, este mundo es muy antiguo. Y ni siquiera el propio Elmínster conoce la totalidad de sus secretos. Escuche atentamente. Es un ciclo, algo duerme en las entrañas de Rashemen, una fuerza irracional, homicida, que cuando despierta se apodera de esas niñas. Al principio tratamos de enseñarlas nuestros senderos, pero su instinto maligno provocó no pocas muertes. Optamos por matarlas nada más nacer entonces, pero nos vimos en una rueda sin final. Siempre nacía una niña de ojos extraños cada vez que una moría. Al final hubo una pareja, un matrimonio que amaba profundamente a esa niña, su hija ―la bruja advirtió la mirada algo absorta de Werz―, ¿le cansa, señor Werz? ¿Desea tomar algo?
Werz negó lentamente y se recostó en el sillón.
―Continúe, Esuada. A ver donde nos lleva esto.
―La niña no mostraba síntomas de la maldición. Creímos que habíamos encontrado un remedio a esta, para destruir la maldición quizá la fuerza del amor de esos padres podría vencer el monstruo. Fracasamos, nos equivocamos. La madre murió de enfermedad al poco tiempo y el padre se encerró con la niña en su casa. Vigilamos desde la distancia, contemplamos el nacimiento del monstruo. Jamás me perdonaré no haber actuado antes. La bestia despertó en la niña. Hubo muertos, horrible. Para cuando decidimos actuar ella ya no estaba en la aldea. La habíamos perdido.
Esuada mantuvo un tenso silencio, pero Werz intervinó.
―¿Cuánto hace de eso? ―la bruja lo miró.
―Hace cinco años.
―Es tiempo.
―Lo es, pero ella aun está viva. No ha nacido otra niña maldecida, por lo que el monstruo aun vaga por el mundo matando sin piedad ―otro silencio siguió a las palabras de Esuada, una vez más Werz se vio obligado a interrumpirlo.
―¿Y qué espera que haga? ¿Ir tras ella?
La bruja suspiró como si esperase la pregunta de antemano.
―Hace años hice un favor a tu maestro cofrade, Khelben Arunsun, asuntos que no tienen porque serte revelados. Ahora exijo el pago a ese favor. Quiero que la encuentres, que la destruyas y extirpes ese mal del mundo. Aunque eso condenará a otra generación nosotras volveremos a buscarlas y matarlas antes de que sean demasiado peligrosas. Y así hasta que sepamos como acabar definitivamente con la maldición.
Werz hizo una mueca muy fea y miró furioso a Esuada. Se sentía ultrajado, engañado y utilizado por los suyos. Arrastrado a la otra punta del mundo para pagar una deuda que ni siquiera era suya.
―No soy un sicario ni un asesino, Esuada ―declaró severo. La bruja sonrió maligna.
―Vara Negra no hubiera enviado mejor que vos para esta misión, señor Werz. ¿O quizá deba llamarle por su antiguo nombre? ¿Erzo el Carnicero?
Werz se levantó con rabia, clavó sus ojos centelleando de odio hacia la anciana hechicera que sonreía victoriosa.
―¿Cómo se llama? ―siseó venenoso.
―Ella se llama Ayrin. Ayrin Saydin.
―Dela por muerta.

III. El ladrón mercader​

Para cuando Werz alcanzó a ver los altos minaretes abovedados de Puerto Cálim la arena ya le reptaba como una segunda piel. Había sido un viaje largo desde Rashemen que le había llevado algo más de nueve meses. El viaje discurrió en primera instancia por el norte cruzando Narfel, Veisa y La Vereda, llegado al desierto Anaurokh lo bordeó hasta llegar a Cormyr y las tierras centrales occidentales. Evitó la guerra en Amn, una contra una horda de no muertos había oído, y poco después de dejar Tezhyr se alzó ante él el arcano desierto de Cálim. Las indicaciones de la bruja Esuada lo llevaban más hacia el sur, a la misma capital de esa vasta extensión muerta y yerma: Puerto Cálim.
El trasiego inicial por el desierto no fue por entero pesado, se había agenciado un par de camellos de dos salteadores poco cuidadosos con las artes bandidescas y ahora se había unido a una caravana de grano amniana. Por el camino entabló una interesante amistad con el jefe de la caravana, un tal Sedharo Darzomano. Era un hombre bien proporcionado, más bien pequeño, pero con una mirada tan astuta y viva como la de un zorro.
―Ahí esta la dichosa ciudad. Arena y arena. Estoy cansado de la puta arena ―gruñó Sedharo con comicidad. Werz avanzó un poco y se puso a la altura del mercader.
―Los desiertos son pródigos en arena, Sedharo.
Al amniano sacó una carcajada y golpeó amistosamente a Werz en el hombro.
―Te pareces a uno de esos sofistas del templo de Oghma. Siempre tocando los cojones con sus frasecitas y sus polladas filosóficas. ¡Bah! De todos modos Puerto Cálim no creo que tenga la puerta tan cerrada a la arena como la tiene a los extranjeros.
Werz y Sedharo conversaron, apremiaron el paso del convoy que terminó por detenerse al final de una cola de caravanas esperando turno para entrar en la ciudad. Werz maldijo.
―Esto nos va a llevar todo el jodido día.
Sedharo dio orden de seguir en paralelo a la cola caravanil.
―Tranquilo, amigo. Si preguntan, eres mi guardaespaldas. Werz asintió y el convoy avanzó aproximadamente una milla hasta llegar a las puertas de la ciudad. Una guarnición calishita se dedicaba a registrar cada caravana cobrando la abusiva tarifa de entrada de turno o, en su defecto, pasando la manos para los sobornos de rigor. Un decurión y dos soldados se acercaron.
―Salve, soldados ―saludó el amniano con gesto teatral.
―Hay una cola, amniano. Recoge tu apestosa caravana y a la cola con ella ―el decurión escupió a un lado, cerca del camello de Werz. Sedharo bajó del animal, el pequeño mercader se puso delante del sobredimensionado decurión.
―Te conviene dejarnos pasar, decurión. Ya sabe, sin registros ni preguntas. Incluso le sugeriría que nos tratara con mayor deferencia que como a vulgares villanos.
El calishita estalló en carcajadas a las que sus subordinados se le unieron con sonoridad.
―Gallito amniano. ¿Y qué harás, perro norteño? ¿Sabes? Te acabas de ganar que tu puto culo vaya derechito al calabozo ―el decurión dio un par de pasos, marcando su altura descomunal frente al confiado Sedharo. Werz se puso en alerta, pero el mercader movió la mano para que no interviniese.
―Vamos, cachalote. Estoy ansioso por ver a tu superior ―dijo mientras ofrecía las manos, los soldados lo engrilletaron y se volvió hacia Werz―. Ahora vuelvo.
Werz estaba perplejo y miró hacia el convoy. La soldadesca de escolta no mostraba preocupación alguna, al menos que él advirtiera. Los mercenarios parecían conocer la resolución de la discusión de su jefe de antemano. Llevada casi media hora Sedharo volvía con una ancha sonrisa triunfal, iba flanqueado por los soldados y un palidísimo decurión.
―Podemos continuar ―anunció con sorna. El calishita se volvió sin decir nada, berreó ordenes en las puertas y Puerto Cálim se abrió para el convoy amnita.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Werz estupefacto. Sedharo rió burlón.
―Nada, amigo. Al decurión se le ha recordado que las apariencias engañan.
Werz miró extrañado al mercader.
―Unas apariencias harto poderosas ―murmuró pensativo.
―Soy comerciante―inquirió Sedharo―. Me preocupa Amn, su sustento y su riqueza. Me debo preocupar que se venda bien mi mercancía y las apariencias son armas poderosas. Abren muchas puertas ―esto último lo dijo con cierto recochineo en voz alta para que el decurión lo escuchara.
El lunastro se quedó callado durante el resto del trayecto por la ciudad. Atravesaron la calle principal hasta perderse en una red de callejas secundarias, y algunas tirando a terciarias, hasta llegar a un espacioso patio interior. Werz miró a su anfitrión que ya empezaba a dar órdenes de descarga a sus hombres.
―Supongo que para ti la definición de ladrón no sirve ―Sedharo se volvió hacia él, sonrió astuto mostrando toda su dentición.
―Al contrario, amigo Werz. Yo soy peor que un ladrón. Soy un mercader.

IV. Detener a un monstruo​

Werz se había hospedado en una pensión recomendada por Sedharo. La apariencia inicial de antro, digno de los peores tugurios luskanitas, no dejaba lugar a dudas que sería el lugar perfecto para pasar desapercibido. Esa noche cayó muerto en la cama, durmiendo casi doce horas del tirón, y nada más levantarse, algo tambaleante, todo sea dicho, dispuso el camino hacia el local del mercader.

Sedharo estaba atendiendo a un vigoroso enano que maldecía a la misma velocidad con la que se tocaba la barba, y aquello era continuamente.
―¡Vosotros no pintáis nada aquí, Sedharo! ―gritó apuntando al mercader con dedo acusador. Sedharo lo miraba con tranquilidad y esta no varió cuando el enano se levantó furioso echando la mesa hacia un lado.
―Si los tuyos sois tan patéticos como tu, es que aun me pregunto porque hemos tardado tanto en instalarnos en Puerto Cálim. Hemos terminado, señor Rod. Me disgusta su comportamiento y tomo nota. Ahora desaparezca lo más rápido posible de mi hogar, no quisiera que su magna presencia enturbiara los pensamientos de mis eunucos más libidinosos.
Aunque echaba humo por los cinco costados, el quinto era la barba, el enano se fue farfullando quien sabe que maldiciones enaniles y pasó cual mastodonte encabritado junto a Werz. Sedharo sonrió al ver al lunastro.
―¡Werz! Bienvenido. Disculpa el desorden, ven. Toma asiento. Sin vergüenzas.
El hombre asintió, se puso cómodo frente al amniano. En pocos segundos la mesa ya estaba en su sitio por obra y gracia de dos cuidadas esclavas.
―Negocios tensos.
Sedharo rió moviendo la mano sin importancia.
―Nada nuevo, amigo. ¿Y bien? ¿Qué se te ofrece? ―el mercader regaló una de sus sonrisas comerciales de su repertorio particular, y tenia muchas.
―Odio volver a acudir a ti, señor Darzomano.
―Llámame Sedharo, Werz. Con confianza.
―Sedharo ―dijo usando el nombre―. Busco a alguien. Una muchacha. No más de veintipocos. Sé que ha está o ha estado aquí en los últimos ocho meses.
El mercader alargó un calculado silencio.
―Ocho meses es tiempo. Más si es posible que ya no esté aquí ―dijo rascándose el entrecejo pensativo. Werz asintió levemente―. Pero te puedo ayudar. Te mandaré a alguien que sabe de todos los extranjeros que pasan por la ciudad.
―Te lo agradeceré, ¿cuanto te debo por el favor?
Sedharo se reclinó en su silla llevándose las manos a la barriga. Y le miró con aquella sonrisa irónica a la que ya se había acostumbrado Werz.
―Digamos que me deberás un favor.
Werz se puso serio.
―No me convence estar en deuda con vosotros, Sedharo. No te lo tomes como algo personal.
El mercader rió divertido y volvió a inclinarse hacia delante.
―Sé de la fama que tenemos en Faerûn, Werz. También sé de la fama que una vez tuviste y aun tienes. ¿De Alastrad? Llevar ese gentilicio es harto cínico, ¿no crees?
Werz de Alastrad se enrojeció furioso en su silla, y aunque logró disimularlo el amniano olía esas cosas como a la mierda.
―Pero perdona, no debí decir eso ―se disculpó―. También sé que tus objetivos no van en contra de los nuestros. El nombre es Albaros, un mediano de la zona del puerto. Regenta un fumadero de opio llamado El Emperador del Mundo. Le diré que irás a verle.
Werz lo miró serio mientras Sedharo tomaba pluma y pergamino escribiendo algo en él.
―Supongo que dado el nombre del mediano es una oferta que no puedo rechazar, ¿verdad Sedharo?
El mercader echó mano de otra de sus sonrisas de colección.
―Si vas a ver a Albaros lee esto ―le dijo acercándole la nota doblada―. Si aceptas verle supondré que estas de acuerdo con el pago que te pido y estaremos en paces.
Werz se levantó marcial, dando la mano fuertemente al amniano.
―Lo tendré en cuenta, Sedharo. Gracias.
―Tengo curiosidad. ¿Por qué no lees ahora la nota? ―preguntó venenoso. Werz sonrió con franqueza.
―¿Para qué? Nunca he olvidado como funciona este negocio.

¿Era moral aceptar la ayuda de un delincuente para destruir a un monstruo? Werz se casó con ese pensamiento mientras huía de un sol calishita implacable, sin rumbo por las callejas de la ciudad. Para Werz aquella situación le traía asuntos no demasiado agradables, pero sí familiares. Huyendo a pensar demasiado en ello se recordó que a veces se debe optar por el mal menor para alcanzar un bien mayor, ese pensamiento le llenó la columna de un sudor frío. Perseguía una quimera del imaginario de unas brujas del culo del mundo conocido y ahí estaba él, dudando de los principios que él mismo se había obligado a aceptar tanto tiempo atrás. El nombre de la mujer, Ayrin, planeaba sobre él como un fantasma y aquel espectro seducía la mente de Werz por saber como era ella. La respuesta no llegó a la mente del lunastro, pero sí un traicionero garrotazo en toda la espalda. Werz se cayó de morros en la esquina de un callejón poco transitado. Tras él aparecieron unas encendidas risas demenciales de una, dos, de hasta tres personas distintas.
En acto reflejo dio la espalda al suelo dando la cara a los atacantes. Eran, efectivamente, tres, todos ellos sucios, desaliñados, pordioseros. Tenían los ojos idos mientras agitaban toscos garrotes improvisados. El primero bajó el madero dispuesto a partirle el esternón, pero Werz se impulsó con las manos de lado, haciendo girar sus cuerpo por el suelo y de tijera le golpeó en los tobillos derribándole. Aprovechando el impulso se incorporó encarándose a los dos en pie. Ambos rieron locos y se lanzaron al ataque con movimientos lentos y patéticos. Al segundo atacante le agarró la porra tirando de ella hacia él y conectó un terrible codazo que reventó la nariz del bandido. El tercero fue más avispado, logró encajar un golpe en el costado derecho de Werz. El lunastro aguantó el dolor y tomó el cráneo del atacante bajándolo en picado contra la rodilla. El golpe fue fatal, el impacto dislocó la mandíbula del desgraciado. El alarido fue horrible y Werz dejó al loco retorciéndose en el suelo. Con todo, el primer asaltante ya se había puesto en pie. Werz no perdió el tiempo con él. Sacó uno de sus dardos de muñeca que salió disparado seccionando la yugular del hombre. Werz se arrodilló junto al de la nariz rota, lo agarró del cuello y lo sacudió con violencia.
―¿Qué queríais de mi? ―el loco solo reía, histérico. Werz le golpeó la cabeza contra el suelo.
―¿¡Qué queríais de mi?! ―repitió, esta vez oprimiéndole con rabia el cuello. El atacante empezó a buscar aire ―. Si te doy aire será para hablar, escoria.
El hombre balbuceó algo, pero no alcanzaba a decir nada pues se ahogaba antes de que cualquier cosa comprensible surgiera de sus labios. Werz dejó de apretar, un poco.
―Sus ojos.. ella nos mandó.. esos ojos.. amarillos. ¡Amarillos!
A Werz se le encendieron los suyos. Era obvio que el loco era un vagabundo, sabía de quien hablaba el pobre diablo, pero quería escucharlo de sus labios y saber que no estaba persiguiendo una quimera. El loco no abrió más la boca, en un destello de lucidez su mirada aterrorizada dejó bien claro a Werz que ese hombre no le diría nada más. Eran los ojos del miedo. Y en aquel miedo, grabado con furia en las pupilas del vagabundo, pudo ver hasta que extremos debería llegar para detener al monstruo.

V. El emperador del mundo​

A Werz le lloraban los ojos por la saturación de humos. El fumadero de opio de Albaros, el Emperador del Mundo, estaba a rebosar de clientela. Cuchicheos, conspiraciones, infidelidades y rumores se daban cita bajo ese techo de cáñamo y ladrillo blanco del puerto. Todo lo legal y lo ilegal de Puerto Cálim podía, con toda probabilidad, encontrarse allí. Werz se abrió paso hasta las escaleras que llevaban al palco del primer piso, bien custodiadas por dos pulgosos semiorcos. Sin decir nada se hicieron notar, dejaban claro que Werz no iría más allá.
―Soy Werz de Alastrad. Tengo una citación con vuestro jefe.
Los mestizos resoplaron como toros furiosos. El que parecía más avispado dio un paso lateral, abrió paso a Werz.
―Te vigilamos, humano ―le advirtió con voz ronca mostrándole bien los colmillos.
Werz subió las escaleras sin decir más. El palco se colocaba en la parte central del local, desde el cual se controlaba perfectamente el piso inferior. Pasó por delante de dos semiorcos más, estos con mayores malas pulgas, y se detuvo cerca de un mediano gordo y de cara fofa. Llevaba un rico jubón bordado en el que se reunían esmeraldas, zafiros y algún diamante. Albaros estaba asomado, miraba la gente de abajo, cuando Werz se le acercó empezó a hablar.
―Hormiguitas. Diminutas hormiguitas ―dijo sin volverse con poderosos aires de suficiencia―. Comen, beben, fuman, fornican. Creen tener controlados sus pequeños reinos, escondidos bajo campanas de cristal, en sus dominios huecos de sentido. Que poco saben de mi mundo y lo frágiles que son los suyos, ¿eh?
El mediano se giró para mirar a Werz. Movió la mano para que se acercara y se asomara. El lunastro lo hizo.
―Son poderosos en sus reinos, débiles en mi mundo. Hormiguitas que se creen reinas de sus vidas, que equivocadas están. Aun siendo reinas vienen a mi a pedirme ayuda, placer y olvido. Y si ellas son monarcas del mundo, ¿en qué me convierte a mi? ―preguntó mirando inquisidor a Werz que no respondió. El mediano sonrió astuto.
―Yo soy su mercader de sus vicios, me necesitan y me adoran. Los reyes del mundo solo rinden pleitesía a los emperadores y yo soy, entonces, el emperador del mundo.
Albaros tensó aquella sonrisa maliciosa, dejó el palco hacia una mesa tras él. Era bajo, incluso entre los medianos, pero en su mirada había la de un megalómano ambicioso sin escrúpulos.
―¿Qué sabes de quién busco? ―preguntó sin rodeos. Albaros sonrió complacido.
―Mucho y poco. Según se mire.
―No me vengas con gilipolleces, mediano ―Albaros levantó las manos teatralmente.
―Vamos, vamos. Relájate ―se sentó en un cojín frente a él―. Tu niña es muy escurridiza, pero se hace notar. Es muy eficiente.
Werz se removió un poco, lo miró con gravedad.
―¿Eficiente?
Al mediano le brillaron los ojos con malignidad.
―Una trabajadora exquisita, algo sádica en los acabados, sí. Pero eficaz.
Werz dio un violento paso hacia Albaros. Casi al instante uno de los guardias semiorcos plantó un hacha en las narices del humano. El mediano volvió a sonreír con suficiencia.
―Vamos, seamos civilizados. Los negocios son negocios, dejemos lo personal fuera de ellos ―hizo un tosco movimiento de mano y el hacha desapareció de la cara de Werz―. Usted debería saberlo mejor que nadie, Erzo.
El humano apretó los dientes a reventar. Albaros se incorporó y palmeó la espalda del lunastro.
―No se ofusque, señor Werz. Todos tenemos un pasado, nadie escapa del suyo. Pero soy magnánimo, le ayudaré. Bien porque tiene usted amigos influyentes, y me gusta tener contentos a esos amigos suyos.
Werz miró furioso al emperador del mundo mientras se divertía a su costa.
―Habla entonces, Albaros. Y me iré por donde he venido.
―Sí, esa Ayrin es excepcional, pero inestable. Como lo erais vos. Ha matado a muchos, por encargo o no. Lleva revolucionados los bajos fondos, pero nadie hace nada. Unos por miedo y los otros porque ya les va bien que limpie la mierda de los callejones. Pero es una perra sin correa, y es peligrosa.
―¿Aun sigue aquí? ―cortó Werz mirando con rabia. El mediano movió la cabeza fríamente.
―No, bueno. Pronto no lo estará. Se ha enrolado marinera en un barco que zarpará...―hizo una pausa pensativo―, um, creo que salió hace no más de una hora.
Esta vez Werz agarró al mediano por el pecho del vestido, lo estampó de espaldas contra la pared. Sus ojos centelleaban rabiosos. Enseguida los semiorcos rodearon a Werz.
―Maldito mediohombre megalómano. ¡Habla! Dime lo que sabes. Dimelo o te juró que te haré trocitos.
Albaros tembló al mismo tiempo que su soberbia se escapaba junto al meado, estaba muy asustado.
―Te lo diré. Te lo diré. A Khult, va a esa puta selva. El barco se llama Ifriti. Eso es todo lo que sé. ¡Te lo juro!
Werz gruñó y presionó más al ver que los semiorcos cerraban el cerco, el grito ahogado de Albaros les convenció de que mantuvieran a ralla sus intenciones.
―¿Cómo voy hacia allí? ―el humano empezó a echar mano disimuladamente de sus dardos escondidos en la muñeca.
El emperador del mundo pateó goteando de orina.
―Hay un ―jadeó buscando aire― contrabandista semielfo, Medio. Puede llevarte. ¡Por Máscara! ¡Suéltame ya, joder! ―Albaros se agitó violentamente sin éxito. Werz se volvió, encarándose a los semiorcos, sacó uno de sus dardos pegándolo bien visible al cuello del mediano, este tragó saliva.
―Abrid paso o tendremos un buen baño rojo.
―¡Haced lo que dice! ―ordenó histérico Albaros.
Los guardaespaldas gruñeron y obedecieron, el lunastro avanzó a través de ellos tensando los músculos y los sentidos. En respuesta los semiorcos apretaron los mangos de sus hachas, se cruzaron miradas con Werz. El lunastro se colocó de espaldas a la barandilla del palco y le susurró al oído al emperador del mundo.
―No es nada personal.
―Lo sé, solo son negocios.
Werz rajó el cuello de Albaros, con el mismo movimiento arrancó de cuajo una de las esmeraldas del jubón. Sin que diera tiempo a los semiorcos a reaccionar, Werz dejó caer al agonizante mediano, le dio una patada contra los mestizos y se lanzó a la planta baja por el palco. Aterrizó sobre una mesa haciendo volar por los aires pipas, platos, copas, cubertería y la calma. Notó un tirón bastante fuerte en el tobillo, pero no esperó a que la guardia del fumadero cayera sobre él. Salió sin mirar atrás, muy deprisa y aguantando el dolor creciente del tobillo. Con habilidad se perdió en el entramado de callejas calishitas. Atrás dejaba a sus perseguidores y el papel que le había dado Sedharo esa mañana.

VI. Jungla de sangre​

Mientras dejaba Puerto Cálim perderse en el horizonte a Werz le invadió una sensación de inquietud creciente. El mar estaba tenso, movía la goleta contrabandista más de lo deseado. El Intrépido, que así se llamaba el barco, era un bullicioso hormiguero de marineros. Aun se encontraban en las aguas de Calimshán y toda precaución era poca ante las patrullas de guardia calishitas. Werz estaba en el castillo de popa, apoyado en la barandilla con la mirada perdida en la retaguardia de la goleta. Oyó pasos acercándose.
—Debería hacerse mirar el tobillo. Cojea como una mala puta a la que acaban de arrear una paliza.
El capitán Medio era un hombre con una belleza oculta bajo capas de sudor, polvo y barba. Era una segunda generación de sangre élfica, por lo que era más humano que elfo y era obvio que apenas se preocupaba de revelar su herencia.
—Un mal gesto, capitán. No más —respondió con pocas ganas de hablar. Medio se asomó a su lado, acompañándole en sus miradas a la nada.
—Como quiera. No son asuntos míos, su esmeralda paga de sobra el viaje y asegura que la curiosidad no se salga de madre. Pero parece distraído, señor Werz. No quisiera que un golpe de mar se llevara a un buen cliente.
Werz miró al barbudo semielfo.
—No se preocupe —aseguró el lunastro— por mí, capitán. Usted ya ha cobrado.
El contrabandista rió como una hiena.
—Me gusta hacer bien mi trabajo, tener contentos a mis clientes y asegurarme de más. Reputación, ya sabe —Werz sonrió al comentario—. ¿Ha estado alguna vez en Khult?
El humano negó con lentitud, Medio asintió a la misma velocidad.
—Es un infierno selvático. Muy peligroso. Nadie civilizado quisiera estar allí más que el tiempo que se tarda en mercadear.
—Exacto. Nadie civilizado —murmuró sombrío Werz.
El semielfo puso la mano sobre el hombro de su cliente.
—No sé que motivos lo conducen a Khult. Pero sean cuales sean cuídese de la obsesión. La obsesión es el principal alimento de Khult.

Soplaban un cálido viento del norte, pero el rumor animal de Khult se las apañaba para llegar con fuerza desde el sur a la cubierta del Intrépido. La goleta fondeó en una cala que hacía su vez de puerto natural, con ella había una carraca y dos filibotes. La carraca fue identificada por el capitán Medio como el Ifriti. Dominando la cala se alzaba el enclave de Puerto Zaris.
Las despedidas fueron rápidas y sin preguntas, no sin el deseo de buena suerte recíproca entre Werz y Medio. El lunastro puso pie en un destartalado muelle del enclave portuario. Era un conjunto arquitectónico variopinto. Desde cabañas de madera a ominosas construcciones en piedra. En el mismo instante que empezó a adentrarse en Puerto Zaris se reveló como una abarrotada ciudad mercantil. Carros, tenderetes, puestos, ofertas, contraofertas, aprendices corriendo tras sus maestros o disputas comerciales inundaban de un jolgorio tan ensordecedor que acallaba los ruidos venidos de la jungla.
Siguiendo las habladurías llevó sus pasos a una taberna no lejos del puerto donde estaban asentados los marineros del Ifriti. La taberna estaba sucia, olía a orina añeja y a alcoholizados parroquianos que se esmeraban en saquear todo el ron especiado que sus bolsillos podían pagar. Los hombres del Ifriti estaban montando su barullo particular en un rincón de todo menos oscuro. Werz se acercó sin reservas.
—Salud, hombres del mar.
Uno de bajo y con cara de rata, al que le faltaba buena parte de la dentadura, levantó la copa.
—Zalú, viajeru. ¿Qué ze le antoja?
—Estoy buscando a una criminal peligrosa. Sé que se enroló en vuestro barco, el Ifriti, poco antes de zarpar de Puerto Cálim. Es una mujer, se llama Ayrin. Ignoro si se registró con ese nombre.
El cara de rata bebió un buen trago de ron.
—Ze aliztaron muchos en Puerto Cálim, zeñor. Tengo una memoria ezcaza para eztaz cozaz —comentó dejando claro que necesitaría de ayuda extra.
Werz le dejó sobre la mesa un par de dartens amnianos. El marinero miró con desprecio las monedas, bebió y suspiró con tranquilidad.
—No ez mucho, pero eza mala puta se merece que loz cazarrecompenzaz vayan traz ella —dijo al fin mostrando su dentición harto escasa.
—¿Dónde está ahora? —miró serio al cara rata.
—La loca rezibirá zu caztigo. Prendida por el capitán y entregada a los guardiaz del puerto. Palizo la pilló robando en la bodega, la furzia me hizo zaltar los dientez en la pelea.
El lunastro ignoró las penas de los marinos. Directo al grano.
—¿Dónde están los calabozos de la guardia?
La rápida respuesta animó a soltar diez dartens más y abandonar seguidamente la taberna, tenia la sensación de que pronto iba a acabar todo aquello.
Nada más lejos de la verdad.

Los supuestos calabozos no eran más que una casa de madera apartada del centro del enclave, daba la sensación que las celdas eran de poco uso y la justicia se aplicaba a golpes de decreto. Werz se detuvo ante la puerta y llamó con insistencia, pero nadie respondió a la llamada. Tras la cuarta vez llamando sin repuesta, Werz tuvo un mal presentimiento, forzó la puerta y colóse en la cabaña de la guardia.
Dentro la escena empeoró la situación. Había dos muertos, guardias de Puerto Zaris. El primero estaba sentado, apoyando la espalda en los barrotes de la celda, tenia el cuello abierto en canal. La herida a todas luces parecía de un mordisco, pero descartó a un animal cuando vio el pedazo de cuello arrancado en el suelo. El otro muerto estaba boca abajo, dentro de la celda sobre un espeso charco de color rojo. El estómago estaba reventado, con los intestinos desparramados por el suelo. No había rastro de Ayrin, solo una ventana demasiado abierta que apuntaba a la selva.

Werz ensombreció la mirada, tomó una de las espadas de la armería así como también un machete. Se asomó por la ventana, había restos de sangre, demasiado abundantes como para no ser de ella. El lunastro sonrió satisfecho al deducir que su presa estaba herida, se ajustó las armas al cinto y dejó la ventana atrás. Siguió el rastro como un sabueso, y en el umbral de la jungla Werz se abandonó a la persecución.

VII. Obsesión​

El sendero era penoso. Constantemente se le perdía la pista, encapuchado por el sotobosque selvático para luego reaparecer metros más adelante. La misma espesura natural tampoco colaboraba, hordas de mosquitos alzan en armas sus aguijones dispuestos a apuñalar a Werz hasta sacarle la última gota de su sangre. A todo ello se le unía su creciente cojera, el tobillo se le estaba hinchando visiblemente. Por delante el intermitente rastro de sangre de Ayrin iba apagándose, pero Werz se mantenía tras ella con facilidad. La mujer o bien no se preocupaba en borrar sus huellas, o simplemente no sabía hacerlo. Fuere como fuere Werz optó por la precaución para estar atento a las emboscadas y aligerar la tensión de su tobillo.
Al cuarto día de persecución Werz creía que le llevaría un día de ventaja. Khult era bella y aquella era una belleza terrible. Era un lugar en el que sólo existían los depredadores, no había lugar para los débiles. Animales que comían otros animales, animales que comían plantas, plantas que comían animales o hasta plantas que se comían otras plantas. Werz se tuvo que unir a esa orgía implacable para subsistir. Se alimentaba de raíces, lagartijas, pequeños mamíferos o frutos, todo lo que pudiera ser comestible. Aprender en Aguas Profundas tenía sus ventajas cuando en sus grandes mercados se podía encontrar de todo, y algunas de las cosas que encontraba en la jungla le resultaban, si más no, familiares.
Llegado el quinto día dos golpes de calor le marearon, dejándole casi tendido en el suelo. El tobillo no podía estar más hinchado y sudores fríos empezaban a hacer presencia por todo su cuerpo. Al final de la jornada apenas podía continuar, la fiebre se había manifestado con toda potencia en Werz que lo derribó apenas llegado a un pequeño claro de jungla. No recordó el tiempo que pasó allí, sí lo hizo la impotencia de no poder hacer nada y ver como Ayrin se le escapaba sin remedio. A su alrededor Khult acechaba, era un animal herido y enfermo, la presa ideal. Ya había aceptado su final cuando del sendero emergió una figura borrosa, los ojos de Werz deliraban por la fiebre. La figura se acercó furtiva hacia el lunastro y él simplemente cerró los ojos deseando que fuera rápido.
—No estás mucho mejor que yo, cazarrecompensas —susurró una voz cantarina de muchacha. La figura se arrodilló, lo recostó en su regazo. Werz seguía sin ver con claridad.
—Ha sido divertido, pero fue un error huir por aquí —dijo la voz borrosa. Werz entornó los ojos con debilidad, pudo ver un rostro. En el delirio de la fiebre alcanzó a ver dos ojos verdes y abisales, en ellos un tenue brillo ámbar en el centro de ese mar esmeralda. La figura femenina le dio de beber.
—Pero a veces hay que tentar a la suerte, vivir al límite. Eso es excitante —era la voz más suave y reconfortante que jamás había oído Werz, trató de decir algo, pero estaba tan debilitado que ni siquiera podía articular palabra.
—No digas nada, cazarrecompensas. Tienes fiebre, yo he tenido suerte y aguanto, pero tu morirás en pocas horas por ella si no lo hacen antes los depredadores. Podría abandonarte, ¿sabes? Apenas podré salir de aquí con vida. Un problema menos, pero la posibilidad de tener a alguien siguiendo mis pasos me excita, me pone muy caliente.
Ayrin, pensó rabioso Werz. La muchacha besó cálida al lunastro, lamiendo sus labios como si jugara con ellos. Tan de cerca que pudo ver como los ojos de Ayrin brillaban vivos como topacios. Werz tomó fuerzas para poder hablar.
—Tú —balbuceó. Ayrin le hizo callar con suavidad, le pidió silencio soplándole con sensualidad al oído.
—Escúchame, cazarrecompensas. A media jornada de aquí hay una aldea costera. He atraído sus nativos hacia aquí. Te encontrarán. ¿Te salvarán? ¿Te matarán? No lo sé. Pero yo quiero que te salves, cazarrecompensas. Quiero que vuelvas tras de mi, que me persigas, me hagas sentir que la posibilidad de morir esté tan cerca como ahora lo estas tú. Hasta entonces —le besó de nuevo—, esperaré impaciente a mi cazador.
Werz se encogió de rabia impotente. Su sangre ardía de furia, más de lo que le provocaba la fiebre. Humillado, pensaba, humillado por una criaja, una niñata. Ayrin se levantó, le guiñó el ojo y se perdió otra vez por el sendero. Quería gritar, pero fue perdiendo la conciencia justo a tiempo para ver como un grupo de cosas se acercaba a por él.

Las semanas siguientes fueron una elegía a la agonía. La fiebre, la infección en el tobillo y la moral de Werz se habían conjurado para provocarle un sufrimiento sin medida. Sobre el camastro de la cabaña que los nativos le habían facilitado tras rescatarle de la jungla, Werz aullaba de dolor cada noche hasta dormirse agotado. Un suplicio tan intenso que en su cabeza parecía que se habían levantado todas las almas del Pandemónium chillando horriblemente.
Al cabo de tres semanas la fiebre empezó a mitigarse, no así como la infección del tobillo de la que Werz temía que tuvieran que amputar. En los momentos de lucidez Werz podía hablar con el chaman que chapurreaba una mezcla de alzhedo y khondazhano, momentos fugaces que el lunastro agradecía porque le ayudaban a mantener el hilo de cordura necesario para aguantar todo aquello. Y cuando el dolor se lo permitía y el chaman no estaba, pensaba. Recordaba a Ayrin, como le había perdonado la vida y como dar con ella iba tornándose en una obsesión.

VIII. Bestia maligna​

—No sé que hubiera hecho sin vosotros, chamán Namu. Gracias —agradeció Werz hablando un tosco khultano. El chamán, un hombre ni muy anciano ni muy orondo, sonrió sin dientes.
—Ve con cuidado, hombre del mar —Werz le ofreció la mano, el khultano lo miró unos instantes perplejos. Al poco comprendió y le concedió la suya.
—Tu pueblo tiene mi gratitud, anciano.
El chamán Namu se apoyó en su cayado, a la segunda sonrisa Werz descubrió un par de molares que se resistían a caer de la mandíbula del khultano.
—Agradécelo con silencio, hombre del mar. No digas a nadie donde estamos. Los hombres de tu mundo son peores depredadores que los que moran en nuestra jungla, vendrían por los míos trayendo consigo su destructora civilización. Dime, hombre del mar, ¿guardarás este secreto, por Ubtao?
Werz sonrió agradecido.
—Su pueblo está a salvo, chamán. Tiene mi palabra.

Werz abandonó la aldea nativa cuatro semanas después de llegar moribundo de fiebre, pero los cuidados de los khultanos habían obrado el milagro en Werz. Las fiebres y la infección del tobillo habían remitido, y aunque aun cojeaba podía moverse con bastante libertad. Según le explico el anciano khultano su cojera persistiría a menos que reposara más tiempo, pero tiempo era lo que no le sobraba a Werz, el chamán le sugirió ir a Mezro, la gran ciudad de Khult, donde podría averiguar más sobre su misión. A Werz le pareció un buen lugar donde dirigirse, pensaba que quizá Ayrin habría estado allí y de paso terminaría con el martirio cada vez que daba un paso.
Fue una larga y penosa marcha. Su tobillo le guardó momentos de verdadera tensión cuando, no pocas veces, amenazó con dar terminada su relación con el avance del lunastro. Con todo pudo seguir avanzando, asaltado a todas horas por la borrosa imagen de los ojos amarillos de Ayrin y su voz tan siniestra como seductora. Cada día recordaba aquel beso, aquella maligna sonrisa tan dulce y cuando pensaba en ello germinaba en él odio tal que le daba fuerzas para ignorar el dolor del tobillo forzando la marcha. Pero por las noches se abrigaba con el deseo volverla a ver, a temer de morir sin verla una última vez. En su sino empezaba a ser consciente de que aquello iba tornándose irremediablemente personal, que aquella obsesión era tan voraz que una pregunta se planteaba para Werz, ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar?

Era una ciudad extraña. Tejida de piedra y selva, Mezro era un coloso en medio de lo salvaje. Poco después de un mes de salir la aldea khultana, Werz contemplaba una ciudad que parecía haber sido traída de otro tiempo y revivida en uno distinto al suyo. El rumor de la gente se escapaba de intramuros, salpicando a la selva con gritos de mercaderes, bribones y trileros. Sin mucha dificultad llegó a la avenida principal, una de muy colorida llena de gentes de lo más variopintas. Aunque era obvio que había pocos extranjeros, los que había se hacían notar con delirantes formas para captar la atención de clientes o se acumulaban en las tabernas ávidos de trabajo y dineros. Ya cuando entraba oía rumores de la aparición de una bestia maligna que había estado acechando los caminos que salían hacia el este de Mezro.
Werz probó suerte en una taberna local. El antro estaba muy húmedo, entrar ahí significaba aceptar que un chorro incesante de sudor manara de la frente. No parecía un local muy concurrido, hasta diríase que tranquilo si no fuera por el ruidoso grupo de aventureros que reuní a dos corpulentos enanos, un elfo, un mediano y un semiorco. Werz pasó de largo mientras los dos barbudos se reían sin cesar de los intentos del elfo por terminarse una pinta. Se dirigió al tabernero, listo para esgrimir su limitado khultano aprendido en la aldea del chamán Namu.
No tuvo que fardar mucho. El mesero de la taberna pareció oler que Werz era extranjero y enseguida empezó a profanar el común con un chistoso acento balduriano.
—Extranjero. Venga, acercarsus. Tenersus bebida para extranjeros —anunció orgulloso el khultano, uno de alto, delgado y calvo. Werz se sentó frente a él.
—Cerveza negra, la que tenga.
El tabernero se la puso al instante, no en una jarra muy limpia a decir verdad. El khultano se inclinó sobre la barra. Por su lado ahora el elfo trataba de entonar alguna canciocilla que rápidamente era silenciada por una avalancha de insultos enaniles.
—¿Qué traersus a Mezro, extranjero? —el lunastro bebió la cerveza sin manías y para su asombro hasta sabía bien.
—Información. Busco a alguien.
—Buscarsus alguien —repitió malamente el tabernero—. Quizá podarsus ayudar.
—No tengo —se adelantó Werz— dinero, tabernero.
Los ojillos de bobalicón del khultano brillaron con astucia. Movió la mano quitando importancia al asunto.
—Primero pregunta, luego decir el precio.
Werz sostuvo una mirada seria, pero el tabernero parecía inmune a ella. Probablemente por eso era tabernero.
—Una mujer. No es de aquí. Joven. Ojos verdes, pelo oscuro. Llama la atención —concluyó el lunastro viendo como la sonrisa afloraba en el larguirucho rostro del mesero. Agarró una jarra y empezó a limpiarla como el tópico. En la mesa de los aventureros ahora se había desatado la fase depresiva de la juerga: enanos, elfo y semiorco lloraban amargamente sobre las penas de la vida y lo dura y cruel que era, por su lado el mediano los miraba algo desquiciado sin meterse.
—He vistus la chica —asintió con una sonrisa—. Pero precio por sabersus esto.
Werz se relajó un poco, bebió un poco midiendo con la mirada al khultano. Se decidió a hablar.
—¿Qué quiere?
El mesero dirigió una mirada al grupo de aventureros. Los enanos roncaban imperturbables y el elfo apuraba los restos de comida sobre los platos en directa competencia con el semiorco que gruñía por cada miga que elfo le robaba. El mediano seguía inmóvil, mirando a todos lados como un paranoico.
—Esus aventureros dicen ser. Venir por la bestia maligna del camino del este. Llevarsus los cabrones tres días son moversu de la taberna. Dicen que aun no tenersus información suficiente para ir tras el bicho. ¡Ja! Cobardicas y gallinitas son esus. Te diré lo que quiere, pero llevartelus contigo o no hay tratu —el khultano tenia el típico aspecto del tabernero loco por deshacerse de los parroquianos demasiado leales de su local.
Werz se recostó en el taburete dejando un buen sitio para sentar el trasero.
—¿Cómo sé que no mientes? ¿O que me seguirán? No lo sabes, es un trato estúpido por mi parte el aceptarlo —dijo con gravedad. El mesero sonrió pícaro.
—Conozcu a los aventureros como esus. No moversus hasta que tengan alguien con seso para que los lleve —hizo una pausa interrumpida por el furioso ronquido de uno de los enanos—. Esus tipejus huelen a los que saben. Usted es de los que saben. No tenga miedu, mentirsus no gano nada, solo enfadarsus y que venga a destrozarme el local. Leyes duras con los mentirosus y malandrines. Yo quieru deshacerme de los aventureros, usted saber sobre la chica. Trato justo.
Werz apuró la cerveza, desde luego la jarra, ahora vista de cerca, era repugnante. Aun no sabía cómo reunió el valor para que sus labios la tocaran. El khultano esperó impaciente.
—Solo aceptaré si lo que me digas no me aleja de ella.
El tabernero soltó una sonora carcajada. Uno de los enanos trotó de sus sueños a la realidad con un guerrero grito.
—No tema. Donde llevarsus a los aventureros —bajó la voz— también irsus la chica. Sí, lo aciertu, hacia el este. Hacia dondu la bestia maligna, dondu los aventureros quereros ir.
—¿Ella también fue tras la criatura?
El mesero quedó unos instantes perplejo, con la misma cara cuando piensas en algo en lo que no habías caído antes.
—Es curiosu. Los ataques de la bestia maligna empezarun poco después de que tu chica fuerarsus hacia el este.

IX. Caza mayor​

Werz se sentía timado y eso le mosqueaba, y empezaba a pensar que el tabernero de Mezro se la había colado como solo lo hacen los profesionales. Pensaba eso tras pasar un día con sus nuevos y forzosos compañeros de viaje, si solo el verlos juntos ya parecía una compaña pintoresca, el saber de los dos enanos, el elfo, el semiorco y el mediano hacía aquella sensación aun más surrealista.
Por delante abrían la marcha los dos enanos escudo venidos de la Gran Brecha. Kuar y Rauk cuya impronta personal ya era el “joder”, el “me cagon tus muertos” y el “putos bichos de mierda”, una delicia de la educación enana. Tras ellos el elfo que se había revelado como el señor de todos los pardillos, por definición de Kuar, que se preocupaba más por cómo le quedaba la armadura que por otros menesteres más importantes, como la seguridad del grupo. El elfo se llamaba Alelyn, pero, otra vez el siempre vivaz Kuar, lo llamaba con cariño, o no, Alelao. En el flanco del bosque el mediano Pozhunger, raro como él solo, parecía más dedicado a contar sus futuras ganancias repasando nuestras sacas que por los peligros de la jungla. Pozhunger siempre andaba acariciando una figurita de plata y balbuceando no sequé dama perdida de Cormyr. El único en el que un principio parecía tener algo de seso, en su defecto seriedad, era el semiorco llamado Gargajo que andurreaba junto a Werz en un misterioso silencio. Luego descubriría que era medio tonto y apenas sabía ajuntar un par de palabras coherentes. Así puestos, con Werz preguntándose a que dios había cabreado, la bizarra compañía aventurera seguía el camino del este de Mezro hacia la tierra de Tashalar. Lástima que esta sociedad duraría tan poco.

—¡Me cagon tus muertos! Te digo que el puto bicho es un mosquito, joder Rauk —defendió con vehemencia su tesis Kuar. El otro enano echó un parduzco escupitajo al suelo.
—¡A la mierda contigo, joder! Ese puto bicho era una jodida abeja. ¡Zumbaba! —alegó con pasión Rauk. Su compañero de raza dio su opinión con un categórico pedo de tres segundos.
—Tú sí estas zumbao, mojigato gilipoyas. Que era un mosquito, leche —como si fuera un contraataque, Kuar peyó como clara opinión a las abejas de su compañero.
—¡Oh por Sune! —intervino Alelyn—. Callaos asquerosos enanos. Con vuestras repugnantes ventosidades y absurdas disputas no podemos escuchar el maravilloso eco de estos parajes vírgenes —a Werz hasta le pareció oír el tilín de un arpa cuando habló el elfo Alelao.
—Calla elfo mariposón. O te meteré toda esa virginidad por el culo —advirtió con sorna Rauk. Alelao, perdón, Alelyn, se volvió ofendido hacia el mediano Pozhunger que observaba desde la distancia sin dejar de acariciar su figurita.
—Pobre de mí. ¡Ay! Pobre de mí, compañero mediano. ¡Y de nosotros! Tener como compañeros de armas tales villanos —teatralizaba mientras se acercaba a un cada vez más tenso Pozhunger—. Oh, querido Pozhunger, ¿qué escondes ahí? ¿Qué es?
El mediano abrió mucho los ojos y protegió con furia su plateado tesoro. Hubiera desintegrado al elfo si su mirada hubiera sido un proyectil mágico.
—¡No toques a la dama de Cormyr! ¡No la toques! ¡Aaaaah! —el mediano salió corriendo histérico hacia la jungla.
Viendo la escena Werz estaba, literalmente, acojonado. Tenía los ojos desquiciados. Donde me he metido, volvió a pensar asustado, donde cojones me he metido. El hombre empezó a asumir que lo habían timado como a un niño. Werz volvió la mirada hacia el único que parecía cuerdo, aunque el semiorco Gargajo fuera medio tonto.
—Creo que vamos a depender el uno del otro, amigo —el mestizo giró muy lentamente la cabeza hacia Werz, tenía los ojos un poco bizcos. Cuando abrió la boca comprendió que Gargajo solo era medianamente coherente con algunos litros de cerveza circulando dentro de él.
—¿Eh…? —babeó— ¿Es la hora de matar?
Tierra, trágame.
La tierra no tuvo tiempo para cumplir con los deseos de Werz. Un alarido de dolor de Pozhunger atravesó una fatídica selva.
—¡El mediano tarado tiene problemas! ¡Vamos por él! —rugió Kuar agitando el hacha. Como una tormenta toda la compaña se internó en la jungla, Werz no tuvo más remedio que seguirles.
La selva se cerraba violentamente ante ellos, pero aquello no parecía importarles a los enanos que avanzaban como apisonadoras hacia los lamentos del mediano. El sotobosque khultano sufrió de enanitis ese día, pero cuando los quejidos quedaron cerca al lunastro le asaltó un mal presentimiento.
—¡Vamos! ¡Vamos zopencos! —arengaba Kuar que derribaba otra frágil palmera de un hachazo. En aquella noche que facilitaba la espesura de la cúpula arbórea la luz del claro donde se encontraba Pozhunger pareció el mismo amanecer. Este estaba en el mismo centro, rodeado por un círculo de lo que parecían zarcillos cónicas, con un tobillo torcido del que manaba abundante sangre. Sin ceremonias los enanos se lanzaron al centro de la trampa.
—¡Quietos! —gritó Werz.
Sin tiempo para la reacción el suelo se abrió convirtiendo los zarcillos cónicas en las fauces de una planta carnívora enorme. La boca se elevó revelando un tronco rugoso y flexible. La planta empezó a tragar a sus presas y a Gargajo le arrebató un frenesí homicida dispuesto a triturar aquel tallo sobredimensionado. Alelao apoyó al semiorco con una oda de gritos histéricos y certeros flechazos. Werz no tuvo más que meterse en la refriega dispuesto a hacer taquitos de planta carnívora khultana.
—¡Matar! ¡Matar! —aullaba Gargajo.
Finalmente la membrana cedió y de un tajo del hacha del bárbaro mestizo se abrió. Fue demasiado horrible. Los restos digeridos de los tres desgraciados salieron vomitados entre los ácidos digestivos de la planta. Los órganos no digeridos eran masas sanguinolentas pegadas a masas de piel y hueso derretidos. Mientras la criatura caía muerta por la furia berserker de Gargajo, Werz tuvo que admitir de la eficacia digestiva de la planta.
—¡Oh, muertos! ¡Me desmayo! ¡Me desmayo, joder! —chillaba el elfo Alelao próximo al estado de shock. Werz se unió al elfo.
—¡Era una trampa, ostia puta! Esto era una mierda de trampa y los enanos se metieron en ella como corderitos en el corral. ¡Gargajo! Vuelve en ti, vamos. Aun queda el tramposo de mierda que ha preparado esto —el semiorco, saciada su sed de muerte, volvió a su estado de estupidez normal.
—¿Eh…?
Aquello fue su última palabra. Como un espectro una figura oscura aterrizó sobre Gargajo ensartando la parte anterior del cráneo del mestizo con dos puñales. La mole se derrumbó teniendo por fuente la testa. Sin moverse de encima del cadáver la silueta cobró la nitidez de dos ojos amarillos brillantes, una desaliñada maraña de pelo negro y las sugerentes curvas de una mujer. A Werz le pudo la contundente imagen y no pudo reaccionar ante el siguiente ataque de la asesina que hizo volar un letal dardo que atravesó la pierna del elfo.
—¡Aaaaah! —Alelao cayó gritando de dolor. El lunastro maldijo encarándose a la asesina, ella sonrió lamiendo la sangre de Gargajo que le había salpicado en los labios.
—Me encontraste, cazarrecompensas —los ojos de Werz vibraron y sin decir nada cargó contra Ayrin con su espada.
La mujer desenvainó su estoque con agilidad, bloqueó el primer golpe de Werz. La asesina retrocedió unos pasos por la fuerza del impacto y, sin dar descanso, el lunastro propinó una patada en el muslo de su adversaria. Aquello llevó a Ayrin hacia un lado con varios pasos descoordinados que Werz aprovechó para conectar un espadazo en el costado izquierdo de la rashemí. Manó sangre. El corte fue superficial, un oportuno bloqueo de Ayrin había detenido la hoja con la hoja del estoque que aun vibraba del contacto.
—Agresivo —sonrió maníaca—. Me gusta. ¡Me encanta! —con un poderoso movimiento de brazos Ayrin se sacó de encima la presión del arma de Werz—. ¿Eres igual en la cama? Jaja
La herida no era profunda y la mujer tomó la iniciativa. Una lluvia de estocadas volaron furiosas sobre Werz, pero este se deshacía de ellas con habilidad. Concentrado en el combate no podía oír los lamentos del elfo, pendiente de la juventud de su contrincante que, maldecida o no, seguía siendo una muchacha humana de veinte años. Dominaba la situación sobre ella, la defensa del lunastro era sólida y decidió terminar pronto con el duelo.
—No te vas a librar esta vez, zorra. ¡Esta vez no te vas a librar! —sentenció con un contraataque, Ayrin sonrió excitada.
No se esperó la finta. Ayrin movió el cuerpo hacia la derecha obligando a Werz a forzar el tobillo, el dolor intenso le nubló el juicio durante los escasos dos segundos que necesitó Ayrin para desarmarlo. Un puntapié en el tobillo le doblegó en el suelo, una estocada para desarmarlo y otra para plantar la punta de su arma en el cuello de Werz. Había perdido.
—Gané —declaró con una sonrisa triunfal. Werz la acuchilló con la mirada impotente.
—Puta cobarde —maldijo iracundo. Ayrin levantó el arma entonces, bajó su guardia.
—Prefiero llamarlo oportunismo, cazarrecompensas —aclaró Ayrin como si todo aquello fuera un juego para ella. Relajado el dolor, el lunastro se tomó la iniciativa de lanzarse a por Ayrin creyéndola con la guardia baja.
—¡Me llamo Werz de Alastrad!
Creía que ya la tenía, pero Ayrin reaccionó de un modo que no esperaba. Soltó su estoque, agarró con rapidez la muñeca izquierda de Werz con su diestra. La rashemí dio un paso lateral, dejó que toda la fuerza usada en el placaje arrastrara al lunastro, pero con la muñeca sujeta le dobló el brazo hacia atrás y como una centella ciñó el brazo libre en el cuello de Werz. Apretó el brazo doblado hacia arriba dejándolo apresado a la merced de Ayrin. El hombre se vio inmovilizado por la mujer.
—Werz —saboreó susurrando su nombre—. Me gusta ese nombre.
El lunastro trató de liberarse sin éxito. Ayrin no hacía mucha fuerza, solo con tensar un poco el brazo doblado rendía cualquier resistencia. La asesina lamió el contorno de la oreja de su presa con sensualidad.
—Verás, Werz. Probablemente no sea rival para ti en combate, pero tengo la suerte de buscar siempre buenas alternativas a la lucha. Eso no quiere decir que no sepa defenderme.
Werz farfulló furioso.
—Loca, estás loca. Juegas conmigo, disfrutas con esto, ¿verdad?
Ayrin volvió a lamer la piel de él. Obligó a volverse hacia el herido elfo Alelao.
—Mírale. He procurado de no acertarle la arteria, pero no podrá andar a menos que lo lleves a un sanador —Werz volvió a removerse, pero Ayrin no cedió presión.
—¿Qué quieres de mi? ¿Qué intentas decirme?
—Te contaré —le susurró maligna— lo que pretendo hacer. Te voy a dislocar el brazo, del dolor me dará tiempo para huir por ese sendero, ¿lo ves? Sí lo ves, claro. Cuando te recompongas te colocarás el brazo en su sitio. ¿Qué harás entonces? ¿Ayudarás a ese inútil o me perseguirás? Con este calor mi rastro desaparecerá en un día, llevar al elfo a Mezro te llevará cinco y eso te llevará en dirección contraria a la que tomaré.
Hizo una grave pausa, Ayrin le susurró al oído.
—Te deseo, Werz. Sé que tú me deseas a mí. Dos iguales que se han encontrado por el destino. Elije, cariño. O yo o tu humanidad.
Ayrin forzó el brazo del lunastro. Un dolor eléctrico le zumbó por todo el cuerpo al sentir como su brazo salía de su sitio. La asesina le lanzó un beso al aire y corrió por donde había declarado.
—Mierda, mierda, mierda —a la quinta mierda siguió un alarido horrible cuando Werz volvió a colocarse el brazo en su sitio. Quedó unos minutos inconsciente por el dolor.

—Werz, amigo. ¿Estás bien? Ha sido terrible. Todos muertos. ¡Oh Sune! Todos muertos —la cantarina voz de Alelao le despertó y se encontró al elfo a su lado—. ¿Despertaste? Magnífico. Tenemos que volver a Mezro. Yo no puedo andar, ayúdame por favor.
El lunastro se levantó sin decir nada, localizó por donde ahora huía Ayrin.
—¿Werz…?
En su mente solo había un pensamiento, una obsesión: Ayrin. A su lado Alelao, anteriormente llamado Alelyn, le observaba con creciente preocupación. Fue entonces cuando Werz descubrió la necesidad de tener cerca a Ayrin, de verla, de vencerla, de tocarla, de sentirla. Aquella necesidad afloró con tanta intensidad que Alelao no le veía más que como una molestia. Se puso en persecución de aquella necesidad.
—¡No me abandones! ¡Compañero!
Werz se detuvo , se volvió hacia el elfo y le lanzó su daga frente a él.
—Cógela. Al menos podrás elegir la forma de morir.
 

Sam

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X. Los buenos hombres​

Dos meses después de la llegada a Khult, Werz volvía al comienzo. Dejaba atrás los muertos dre Ayrin y ahora la volvía a perseguir por la jungla. El rastro de la mujer, una vez más, era fácil de seguir, pero en esta ocasión la cautela había sido sustituida por una rabia controlada que conducían al lunastro hasta su presa. Ayrin no pretendía matarle, no por ahora, pensaba Werz, o bien es un genio o estaba loca. Más probable lo segundo que lo primero se aseguró a si mismo un Werz que, de vez en cuando, le asaltaban incómodos remordimientos por abandonar a Alelyn. Solo de vez en cuando. El humano lo terminó por asumirlo como baja necesaria para detener a Ayrin, y si esa era la primera de muchas que así fuera.
Los días pasaron hasta que Werz los dejó de contar cuando los largos períodos de sombra, la densa cúpula arbórea devoraba cualquier rayo solar antes de que llegara a tocar el suelo. Cuando el tiempo dejó de serle importante, la figura de Ayrin se impuso con fuerza en todo cuanto hacía. Había días en que una creciente paranoia le hacían ver su silueta sobre cada rama de árbol, otros en los que apenas podía dormir esperando su inminente ataque y algunos se la imaginaba desnuda en una mezcla de deseo y ansiedad propias de sus necesidades más básicas. El rastro lo llevó durante cuatro semanas que apenas alcanzaron a ser un suspiro para Werz, habían pasado muy rápido.

Aquella mañana le llegó un ruido selvático bastante extraño. Casi un mes solo en la jungla lo habían adiestrado de lo que era ajeno y lo que no en ella, y aquello era profundamente ajeno a la selva. Werz lo descubrió como un grupo de gente avanzando a través de un sendero.
—¡Válgame Yelmo, señor embajador! No teníamos que habernos adentrado en este criadero de mosquitos y bichos —se quejó Ernest el Peludo levantando su voz por encima de la selva. El guía, un curtido elfo llamado Aheye, fulminó al caballero.
—No alcéis la voz, mi buen señor Ernest. No queramos asustar a los salvajes antes de la acometida —reprendió con pedantería, y reconocido acento sembiano, el embajador Edmuskard Hoffer de Sembia. El caballero Ernest bajó la cabeza penitente—. Vamos, buen guía Ajeye, continuemos.
El elfo resopló enojado por lo bajini, continuó la marcha. Era una comitiva de unas veinte personas. Además del embajador, el caballero y el guía estaba un hombre de sombrero ridículamente picudo y anteojos, el clásico aspecto de un erudito que nunca sale de su estudio. El resto era una guardia formada por nativos y sembianos repartidos indistintamente en columnas tras el embajador. Werz hizo ruido, advirtiendo de su salida de entre los arbustos. La comitiva se detuvo en seco.
—Voy a salir, guardaos de atacarme, buenas gentes —avisó Werz, el único que verdaderamente le preocupaba era el elfo.
—¡Un salvaje! —gritó el embajador.
—¡Un yuan-ti! —gritó con mayor fuerza Ernest —. Su puta madre. ¡Un yuan-ti!
—Eso es imposible, buen señor Ernest. Los yuan-ti no tienen pelo, tienen escamas —iluminó el erudito.
Aheye lo miró con cautela, atento y listo a cualquier movimiento sospechoso de Werz, este le respondió con el mismo trato.
—¿Quién eres? —preguntó el elfo. Werz se movió lentamente.
—Me llamo Werz de Alastrad, atacaron mi grupo aunque pude huir de la matanza. Llevo semanas vagando, necesito de ayuda y guía.
El embajador Edmuskard se adelantó con altivez.
—Salvaje, bien sabes hablar civilizadamente. ¿Quién te enseñó? —Aheye se adelantó antes de cualquier respuesta o comentario.
—No es un salvaje, señor embajador. Es un aventurero con suerte, nada más.
—¡Es un yuan-ti disfrazado! ¡Joder! Está más claro que el agua —Ernest el Peludo se entestó en su versión. Y parecía ser firme defensor de esta tesis.
—Si mi leal hombre de armas, el buen caballero Ernest el Peludo, dice que sos un vil yuan-ti estará en lo cierto —dijo con solemnidad mediocre el embajador.
Aheye suspiró y apuntó con sorna.
—El señor Ernest ha estado viendo yuan-ti por todas partes desde que salimos del campamento. Primero ha acusado a dos de mis hombres de mayor confianza, luego a tres papagayos que se movían de más tras un arbusto y a una piara de jabalíes de jungla. En la única ocasión que se acercó en sus sospechas, señor embajador, fue con la cobra de hace una hora que casi lo deja tieso al acercarse demasiado a su nidada —Werz escuchó como entre la escolta se alzaban una serie de risillas burlonas.
—El señor Aheye tiene razón —intervino el erudito—. Los yuan-ti pertenecen a la orden reptilia, lo que...
El buen caballero Ernest rugió autoritario.
—¡Cierra la puta boca sabihondo de mierda! Este desgraciado es un yuan-ti porque lo digo yo y punto. Un yuan-ti como la zorra que encontramos tirada el otro día —Werz abrió los ojos interviniendo.
—¿Qué yuan-ti? ¿Qué mujer? —preguntó con el hilo de la sospecha en su cabeza.
—Una muchacha —aclaró el embajador con diplomacia— bastante hermosa, de cabellos negros y ojos raros. Parecía haber llevado toda la vida en la jungla. La encontramos delirando de fiebre hará no más de dos días.
—¿Qué le pasó? —insistió Werz mirando fíjamente al sembiano.
—Oh, buen salvaje. El buen caballero Ernest dijo que seria un trofeo excepcional para nuestro regreso a Sembia. Una mujer yuan-ti viva. Nos la llevamos al campamento, esperamos que se recupere con prontitud.
—¡Sí! —asintió enérgico Ernest—. Seré el primer sembiano en trajinarse una mujer serpiente —toda la escolta sin excepción hizo una mueca de asco. El embajador lo disculpó, no sin poder escapar a la mueca de asco.
—Sí, bueno. El buen caballero Ernest siempre ha destacado en nuestro hogar por sus... gustos exóticos.
—Las mujeres serpiente no tienen raja, ponen huevos a la espera que el macho...
El erudito volvió a sentir la ira de la ignorancia, y probablemente de la lascivia, sobre la ciencia. Ernest le atizó una sonora torta al hombre sabio.
—¡Qué te calles, sabelotodo!
El embajador rió a carcajadas y el elfo aceptó con resignación cualquier ataque, fuera de dinosaurios o de verdaderos yuan-ti. La jungla estaba alterada. De nuevo el dignatario sembiano reparó en Werz. El lunastro tomó prestados unos instantes para pensar.
—Sí, soy un yuan-ti —se confesó falsamente con el rostro algo asombrado del elfo Aheye.
—¡Ea! —alzó Ernest la voz con triunfo—. Te voy a pinchar hasta que vomites bilis en lugar de sangre —. el caballero avanzó unos pasos tomando el mango de su espada con decisión. Werz se adelantó a cualquier acción del sembiano.
—Sé de cosas que a tu embajador le gustaría saber, más si me dais muerte no las sabrá nunca.
El diplomático palmeó entusiasmado.
—¡No la matéis aun, mi buen señor Ernest! Aun puede sernos útil este salvaje medio serpiente —se volvió hacia Aheye con autoridad—. Tomadlo preso, Ajeye. Nos lo llevamos al campamento.
El elfo asintió, obediente se acercó a Werz, bajó la voz para que nadie más escuchara.
—¿Darás problemas? —preguntó inexpresivo. Werz negó con la cabeza.
—Solo quiero saber si la supuesta yuan-ti que tenéis es la mujer de mi grupo —declaró.
—No es yuan-ti, es humana.
—Entonces debemos ir prestos. Tiene muy mal despertar.

XI. Apatía​

Anochecía en la jungla, pero la expedición ya estaba a las puertas del campamento sembiano. Estaba levantado cerca de la entrada de la selva, junto al camino de la costa. No muy lejos se podía apreciar un paisaje que chocaba con el visto hasta ahora por Werz, una extensa sabana que, según entendió después, separaba Khult de las ricas tierras de Tashalar. La llegada vino precedida por el chillón trompeteo de un mozo nativo que, elevado a las dignidades de músico sin mucho éxito, un tabardo de doloroso azul celeste que resaltaba con la paleta de colores de Khult. Cuando pasaron junto a este el embajador Edmuskard comentó muy ufano que una nota musical siempre alegraba un campamento.
Werz contó hasta tres guardias, siete de ellos vigilando el perímetro, tres recibieron a la expedición. Los otros diez rodeaban una tienda, todos estaban muy tensos con las alabardas inclinadas hacia delante. El lunastro intuyó que ahí estaba la mujer serpiente del caballero Ernest, y que algo estaba yendo mal. Un oficial sembiano saludó marcial a diplomático.
—Señor embajador, ha habido complicaciones con la yuan-ti. Ha matado al soldado Mektor —era casi obvio que el sargento tenía unas ganas locas de mandar quemar la tienda. Hoffer lo miró con altivez.
—¿Qué ocurrió?
—El soldado Mektor —comenzó el sargento— se coló en la tienda sin permiso y trató de forzar a la prisionera. Ella se defendió y lo mató,
El buen caballero Ernest rió complacido.
—Bien merecido lo tiene, por tocar chochos ajenos —al comentario se le unió, por enésima vez, la observación pedante del erudito que parecía haber perdido el miedo por Ernest. Aunque pronto volvería a recordarlo.
—Las mujeres serpiente no... —la ciencia se quedó sin dientes como cortesía de Ernest sobre su nueva opinión, nadie agregó nada más y el embajador continuó hablando sin más.
—¿Sigue ahí?
—No se movió de ahí, mi señor. Rodeamos la tienda siguiendo las ordenes que nos dejó —Hoffer se volvió hacia Werz.
—Si es de los tuyos, ¿sabrás tratarla? —preguntó con gravedad. Werz no se tomó licencias y respondió presto.
—Si ella es quien creo que es, será difícil. No imposible.
El sembiano asintió.
—Si consigues hacerla entrar en razón, mejor trato se te dispensará, salvaje —Werz ladeó la cabeza hacia la tienda, suspiró afirmativamente esperando a ver a quien esperaba dentro de la tienda.

Cruzó la tela de la entrada de la tienda, Werz tragó saliva algo tenso. Dentro el calor era insoportable, todo estaba impregnado de un viciado olor a sangre húmeda. La pobre decoración se limitaba a una mesa, un par de sillas y una cómoda, además de un camastro en el lado opuesto de la entrada. Sobre el mismo pudo ver, para alivio y preocupación, a Ayrin encogida. Estaba sentada sobre la cama abrazándose las piernas. En el suelo estaba tumbado el cuerpo del soldado, tenía el cráneo agujereado múltiples veces con un estilete aun incrustado en la última puñalada y restos de cerebro asomando en la carnicería.
Ayrin se balanceaba sobre el colchón, parecía asustada para asombro de Werz. Tenía la ropa rota y sucia, con las piernas en alto que casi dejaban ver demasiado de lo que quisiera ella. Toda ella estaba salpicada por la sangre del guardia. Cuando oyó a Werz la rashemí volvió su mirada, una de asustada sin rastro del brillo ámbar que pronto cambió a una de alivio al ver a aquel que debía matarla.
—Has venido por mi —dijo con una punzada de alegría contenida. Werz tomó la cautela por enseña, rodeó en semicírculo a Ayrin.
—Sabes bien porque he venido —aclaró serio, pero confuso—. ¿Qué estás tramando? ¿Ahora pretendes darme pena?
Ayrin ni se movió, solo miraba al lunastro, sus ojos verdes temblaban dramáticos.
—Este intentó violarme —murmuró con deprecio mirando al muerto.
—Una única muerte justa entre las decenas de injustas que has provocado. Disfrutas matando, te he visto. Eres un monstruo hecho mujer y ahora que matas por defensa propia te achantas como una cobarde. ¿Dónde te deja eso, Ayrin? Estás loca.
La muchacha encogió su cabeza entre las piernas.
—Eres como los demás. Pensaba que eras distinto, que me entenderías. Es todo tan oscuro, un mundo tan oscuro. Me siento sola, es todo tan... absurdo. Pero tú aun vienes por mi.
Werz seguía a distancia, pero veía a Ayrin tan desolada que no parecía fingir. No podía creer que aquella de la quien le habían advertido, el monstruo rashemí fuera la misma persona que estaba casi llorando sobre el camastro. Sintió una profunda sensación de pena y compasión de pena por ella, sabía muy bien cual era aquella sensación.
—Has matado a mucha gente, Ayrin. Eres una asesina, ninguna lágrima que derrames ahora cambiará nada —se acercó un poco, listo para cualquier cosa. La mujer levantó una leve mirada funesta.
—Sí, lo soy. Una asesina —admitió con lucidez—. Un monstruo. He hecho cosas horribles de las que no me arrepiento. Solo he respondido al mundo con el mismo odio con el que él me trata a mi —sus palabras tronaron malignas, el brillo ámbar reapareció en los más hondo de sus iris. Werz acercó la mano al estilete, pero Ayrin se adelantó al movimiento cogiéndolo ella misma. El lunastro se puso en guardia.
—Este hombre me tocó, trató de hacerme lo que otros tantos consiguieron de mi. Pero por una vez vencí. Primero en la nuca, una muerte rápida, luego apuñalé tantas veces que ya no recuerdo hasta que empezaron a saltar pedacitos de cerebro. Disfrutaba, me sentía viva, en comunión con el mundo. Era feliz.
Werz la escuchaba con una creciente sensación de incertidumbre. No sabía que iba a hacer, con el estilete en la mano Ayrin era capaz de cualquier cosa. Una vez más el comportamiento errático de la mujer lo descolocó. E hizo la pregunta que rehuía responderse a si mismo desde el mismo instante en que la vio por primera vez.
—Werz —dijo lentamente con voz triste—. Creo que te quiero, cuando estoy contigo me siento arropada por alguien que me comprende. ¿Tú sientes lo mismo? ¿Me amas, Werz?
Ayrin levantó un rostro aun empañado de sangre. Werz abrió mucho los ojos, un torrente de emociones desembarcó en él. Tenía la sensación de que hasta ese momento esos sentimientos habían estado esperando su momento, con la puerta abierta fue comprendiendo su obsesión, su necesidad por tener a Ayrin cerca. Un vínculo que los unió mucho antes de que se conocieran. Unas palabras surgieron del temblor de sus labios.
—Sí, creo que yo también te amo.

Aquello pareció una señal. En tromba entró la guarnición sembiana. El caballero Ernest el Peludo iba en vanguardia, el sargento le flanqueaba como un perro de presa. Werz cayó de rodillas bloqueado, sin fuerzas. No hizo nada, no veía nada, no escuchaba nada. El sargento lo terminó de inmovilizar por si acaso, dos soldados desarmaron a una débil Ayrin y la tiraron sobre la cama. Para Werz la voz maligna y satisfecha de Ernest, los chillidos desesperados de Ayrin y las risas de los soldados era un ruido blanco y ausente. El buen caballero se bajó los calzones e hizo a Ayrin involuntaria partícipe de sus lascivos deseos. Los ojos vagabundos de Ayrin se encontraron con los de Werz. El lunastro sintió asco de si mismo, trató de reunir las energías necesarias para la hazaña, pero aquello ya era imposible. Werz se había hundido en la más profunda apatía.

XII. Erzo del Carnicero de Alastrad​

Fueron días penosos para Werz. Encerrado en una jaula junto a los animales, tratado como tal, podía escuchar cada noche los quejidos de Ayrin al ser violada repetidamente por el buen caballero Ernest. Aun así no existía atisbo de reacción en él, se encontraba obtuso con todas las emociones embargadas por una profunda apatía. Una vez al día el elfo Aheye venía con la comida, le preguntaba si necesitaba alguna cosa, pero la respuesta de Werz siempre era el silencio. Aquella mañana no parecía que fuera a transcurrir distinta.

—La comida, Werz —anunció diligente el elfo, dejó el plato de las sobras de los soldados frente la jaula—. ¿Necesitas de algo?
Apenas esperó un par de segundos, convencido que la respuesta volvería a ser el silencio. Cuando ya se había dado la vuelta, pudo percibir el ahogado murmullo del humano.
—Me llamaban el Carnicero. Erzo el Carnicero.
Aheye regresó lentamente hacia la jaula sin decir nada.
—Durante —continuó como si hablara al viento, con la necesidad de sacar todo lo que oprimía en su alma— diez años vagué por Faerun. Maté, asesiné, torturé a cuantos me ordenaron hacerlo. Si el pago era suficiente nada me detenía hasta cumplir, porque lo disfrutaba. No fui consciente que por cada muerte una parte de mi humanidad iba desapareciendo, que por cada muerto era más fácil ver a mis iguales como se mira al ganado. Con el tiempo mi felicidad quedó subyugada a la matanza, al frenesí homicida y a la agonía de mis víctimas, y llegó el momento en el que dejé de cobrar por ello. La muerte se había tornado en mi droga. Llegué al punto de automutilarme para satisfacer esa necesidad de dolor, estaba desquiciado. Es irónico, me convertí en un monstruo y ni siquiera puedo recordar porque. Supongo que es inútil buscar la razón a la sinrazón. Fue entonces cuando llegó Alastrad.
Werz se quedó callado un rato, recostado en los barrotes. Aheye seguía callado, mirándole inexpresivo.
—Alastrad ardió. Un pueblo de no más de cien personas cerca de Puerta de Baldur. Rodeado por dos ríos que daban a un pequeño lago, Alastrad se convirtió en una trampa mortal para cien almas. Quemé los puentes, hundí los botes, aislé completamente al pueblo. Durante toda una noche masacré a cien personas. Ninguna fue una amenaza, no tuve piedad.
El lunastro calló, miró al frente encontrándose con los ojos de Aheye.
—¿Por qué lo hiciste? —se decidió a preguntar.
—Solo recuerdo la sensación. Un vacío aterrador, había estado matando durante tanto tiempo que ese era el único sentido de mi vida. Tenia miedo que si alguna vez dejaba de matar mi lugar en el mundo dejaría de tener ese sentido, de convertirme en un olvidado, un espectro que no encontraría jamás su lugar en el mundo. Tenia pavor a aquella sensación de soledad y solo oyendo los gritos de los otros podía acallar los propios.
—¿Qué pasó luego? —preguntó Aheye con una mirada perturbadora.
—Cuando terminé apareció una silueta negra a mis espaldas. Tenia tanta sangre encima que no podía verla con claridad. Me preguntó...

—¿Quién eres? —una voz masculina surgió de la figura. Erzo gruñó blandiendo hacha y espada amenazador.
—¡Soy el que te matará! Suerte que uno más ha venido a mi festín.
La figura oscura, que se apoyaba en cayado aun más oscuro, no respondió. Aquella era suficiente respuesta para Erzo que cargó aullando contra el hombre. Sin mover un músculo la figura entonó una letanía de palabras arcanas, inclinó el bastón hacia delante y una fuerza invisible derribó a Erzo contra la pared de una casa. El recién revelado mago caminó hacia él.
—Aaaah... Aaaah... maldito mago cabrón —gimió doliente Erzo. El arcano se detuvo a tres metros del carnicero, este se impulsó con elástico a por el mago con las armas aun en la mano.
—¡Te voy a trocear! —una vez más la magia se manifestó en contra de Erzo. Notó que tras el conjuro los mangos de sus armas empezaron a calentarse. Erzo aguantó agónicamente el dolor, pero tuvo que soltarlas al final sin remedio. Se protegió las manos humeantes con ira—. Puto brujo de mierda.
El mago volvió a conjurar, esta vez con algo más de ímpetu y de complejos movimientos de mano. Al poco Erzo sintió su cuerpo totalmente rígido, estaba inmovilizado. Únicamente su cabeza estaba libre de la hechicería.
—¿Quién eres? —volvió a preguntar. Erzo rugió como un león.
—¡Soy Erzo el Carnicero! ¡Erzo el Carnicero! —gritó a pulmón fuera de si. El mago continuó imperturbable. Repitió la pregunta.
—¿Quién eres?
Erzo le escupió sin éxito.
—¿Estás sordo, brujo cacho cabrón? ¡Soy el Carnicero! ¡El genocida de Alastrad! —aulló orgulloso.
—Sí —dijo al fin—, eres un carnicero. Un asesino. Un genocida. Un engendro demoníaco con cuerpo de hombre. No, tu eres peor. Comparado contigo un demonio es honorable, porque esa es su naturaleza y no puede evitarla, tú en cambio tomaste este camino pudiendo elegir otros. No tienes meta, no tienes destino, eres una cáscara vacía que solo puedes llenar con la sangre de tus víctimas. Eres un sinsentido, un tumor que se debe extirpar. No eres nada —Erzo encogió los ojos, miró asustado al hechicero.
—Yo sé quien soy. No tienes ni idea. ¡No sabes brujo! ¡No sabes! Yo soy... yo soy... —los ojos de Erzo se enturbiaron, el mago le liberó de la inmovilización para que pudiera caer de rodillas. El Carnicero se ahogaba en sangre y lágrimas.
—¿Quién eres? —susurró el arcano una vez más.
Erzo dejó de llorar, con la mirada perdida y el espíritu derramado como la sangre de Alastrad.
—Nadie. No soy nadie.
El mago asintió lentamente, le ofreció la mano.
—Ven conmigo entonces. Yo te daré una identidad, un sentido. Acepta tu pasado, pero no lo olvides pues será tu carga hasta el día que mueras. Ahora eres Werz, el que nació en Alastrad.

—Ese hombre era Khelben Arusun. Me llevó con él a Aguas Profundas, me convirtió en uno de sus hombres. No creo que me perdonara nunca, ni tampoco sé que llevó a darme otra oportunidad. Sé que cuando me miraba brillaban en él la confianza más absoluta y el odio más profundo. Quizá me tenia con él para recordarme, o recordar a los demás lunastros, que no hay oscuridad que dure para siempre. O quizá que a veces para combatir al mal se necesita al propio mal. Nunca lo sabré.
Un nuevo silencio se apoderó de ambos. Aheye se decidió a interrumpirlo con voz suave.
—En ocasiones incluso en lo más profundo de las tinieblas existe una luz que dice que merecemos ser rescatados. Dime, esa mujer, no es tu compañera, ¿cierto?
Werz le miró sin fuerzas, el recuerdo de Ayrin era doloroso. Sus sentimientos se avivaron con fuerza.
—Soy lunastro. Me mandaron a matar a esa mujer. Dicen que guarda una maldición en su interior, que es un diablo encarnado en cuerpo de mujer —hizo una pausa—. Hasta hace una semana creía que quería matarla, ahora ya no sé que hacer. No sé si es una maldición o un alma perdida como lo era yo.
Aheye se tomó su tiempo para responder.
—Son muchas las veces en que las maldiciones no son más que la más palpable manifestación de los miedos del mundo. En estos tiempos ya nadie quiere aceptar la culpa ni el fracaso ni la derrota, nadie admite que pueden haberse equivocado, y buscan excusas en maldiciones y cabezas de turco. Muchas de las maldiciones que existen no son tal, son el odio latente entre nosotros que busca culpar a los demás de los propios errores. Los monstruos no nacen, Werz, se crean forjados por el miedo que engendra este mundo.
El elfo se levantó sin alterar esa severidad. Miró fíjamente a Werz, que ni siquiera tenia espacio para levantarse en su jaula.
—Come bien. Mañana necesitarás fuerzas —anunció, el lunastro lo miró con un fugaz brillo en los ojos.
—¿Qué va a pasar mañana?
El elfo se volvió, alejándose de la jaula. Del campamento llegó un nuevo llanto de Ayrin, el cuerpo de Werz se estremeció impotente. Entonces Aheye murmuró para si mismo.
—Acabará con la barbarie.

XIII. Los fragmentos de la voluntad​

El despertar fue súbito. Una tromba de agua arrancó a Werz del sueño para encontrarse la jaula abierta. Delante estaba Aheye, dos de sus hombres y, medio escondida por estos una ausente, Ayrin. El elfo lo arrastró por el hombro, sin dejarle tiempo para hablar.
—Tenemos poco tiempo. Calla y escucha —ordenó con sequedad Aheye—. En un par de minutos daré la alarma, id por el sendero del este hasta los viñedos de Hara. Allí encontrad a Jorin Viejorroble, el enano mayordomo de la familia Zardas. Decidle que vais de mi parte.
Aheye le puso una daga en la mano y una espada en la otra.
—Ella —miró a Ayrin— está ida, no responde a nada ni a nadie. No podrá ayudarte, tendrás que ser tú.
Werz asintió unas pocas veces, alcanzó a musitar un gracias.
—Te lo agradezco, Aheye —el elfo cortó con aspereza la emotividad.
—Bien, ahora apuñálame. No me mires así, no se van a creer que habéis escapado y yo no he tratado de impedíroslo. Sabes donde pinchar, no te preocupes, tenemos a un clérigo con nosotros.
La fiereza de Aheye era conmovedora. No sin reservas le acuchilló en el abdomen cuidando de no tocar ningún punto vital. En poco tiempo Werz se vio huyendo con Ayrin cogida de la mano, una Ayrin vencida y con la mente perdida en algún lugar de su voluntad.

Werz siguió frenético el sendero, Ayrin seguía sin hablar dejándose llevar. La rashemí no había dicho palabra en las cerca de dos horas de huida. Al lunastro el conflicto interno le azotaba, huía con la que suponía que debía matar. Todo se había vuelto loco, su mundo patas arriba, pero en su fuero interno la necesidad de cuidar a Ayrin era inevitable, aunque aquello significara traicionar a la confianza de Khelben, aunque aquello significara renegar de los Lunastros y convertirse en un proscrito. Estaría con Ayrin, no se separaría de ella y la ayudaría a cambiar, y se agarró con firmeza a aquella decisión. Sus sentimientos por Ayrin eran egoístas, les unían las circunstancias, el destino o el azar, pero en aquel mundo tan oscuro para ambos el egoísmo era lo poco a lo que podían aspirar dos monstruos en los lados opuestos de la moneda.
La jungla se demostró menos densa que la visitada hasta entonces, pero los restos de huesos semidevorados no auguraban mayor seguridad. Para colmo el tobillo del lunastro volvía a la carga, lo que hacia el paso más lento.
—Pronto llegaremos a un sitio seguro, Ayrin. Muy pronto —habló solo una vez más, no esperaba respuesta como tantas otras veces desde que emprendieron la travesía por la selva. Pero en esta ocasión habló aunque fue como si tuviera tres años.
—Uh... mariposas... —murmuró. Werz miró hacia donde lo hacía Ayrin. Unas cuatro mariposas revoloteaban sin rumbo en un arbusto, algo las había asustado y desde luego no habían sido ellos dos. En escasos segundos emergieron dos ojos amarillos, Ayrin se echó a un lado con un movimiento instintivo y un gran saurio saltó desde los arbustos derribando a Werz. Con frenesí empezó a buscar el cuello de Werz mordiendo al aire, el lunastro apenas podía aguantar la fuerza arrolladora del animal.
—¡Ayrin...! Ayúdame —fue como predicar en el desierto. La rashemí se había quedado sentada, mirando a Werz y al dinosaurio con los ojos perdidos en la nada. El humano soltó una maldición mientras empezaba a ceder, la lengua pringosa del reptil le saboreó la cara. Werz se jugó el todo por el todo.
—¡Quítate de encima, bicho! —ladró mientras movió el cuerpo hacia un lado. Empujó la cabeza del dinosaurio hacia atrás y una fracción de segundo acertó a meter sus dedos en los ojos del depredador. El dinosaurio se echó para atrás con un gemido patético. Sin contemplaciones Werz tomó la espada y seccionó la yugular del animal, un rocío carmesí lo bañó mientras la bestia caía entre espasmos al suelo. Sin darse tiempo al descanso se comprobó, luego miró a Ayrin. La mujer se había puesto a aplaudir con un gesto infantil en el rostro. El brillo amarillo de sus ojos ya no estaba, solo un profundo verde atrapado en los fragmentos de su voluntad. Werz la tomó de la mano con una sonrisa cariñosa.
—Vamos, no nos queda mucho.

Largas hileras de vides, esclavos y capataces salieron de la jungla. O, más bien, Werz y Ayrin lograron salir de la jungla. Era una visión extraña tras meses de interminable selva. Desde la pequeña colina por donde llegaron, Hara parecía haber sido pasada por un rastrillo titánico. Hasta cinco hileras de viñas se perdían de camino hacia un caserón blancuzco del que salía un camino adoquinado de la puerta principal. Werz optó por avanzar entre los campos, así lo hicieron hasta llegar a un grupo de esclavos que se ufanaban en recoger las parras de las vides. Habían representantes de casi todas las razas comunes, cuando se percataron de Ayrin y Werz se fueron reuniendo con recelo sobre la pareja.
—¿Dónde estamos? —preguntó al gentío. Un semielfo dio un brinco por delante del corrillo.
—¿Quién sos? —respondió con una pregunta. Werz miró un instante a Ayrin, como si quisiera asegurarse que ella aun estaba allí.
—Viajeros. ¿Son estas las viñas de Hara? Buscamos a Jorin Viejorroble.
Hubo no poco chismorreo entre los esclavos, el semielfo saltó con una carcajada histérica y correteó zumbando como una abeja. Se terminó por esconder tras un esmirriado enano. Este suspiró resignado.
—No hagas caso al canijo, tiene el seso en el culo y no se lo encuentra —el enano los miró con sus dos ojos oscuros—. El maestro Viejorroble no creo que os reciba. No recibe a cualquiera.
Werz le respondió con una mirada aun más oscura.
—Nos recibirá. ¿Dónde podemos encontrarle?
—Si no está —dijo hurgándose la nariz— jodiendo a alguna criada, seguí el camino ese hasta la casa del señor.
El enano soltó un mocoso proyectil hacia un cesto lleno de parras, Werz asintió compadeciéndose de los futuros probadores de ese vino. En menos de un suspiro empezaron a oírse unos berridos bestiales y, como si la pareja estuviera apestada, los esclavos se dispersaron diligentemente hacia sus puestos. Era un enorme capataz más gordo que fuerte que hacía estallar un látigo contra el suelo y alguna espalda. El humano reía desquiciado.
—¡Vamos palurdos! ¡Sacos de pus! Como os vuelva a ver de farra os haré comer la mierda de los loros del señor. Por mi fe que lo haré —parecía bastante convincente, los esclavos casi se peleaban por quien recogía más uvas. El capataz se detuvo frente a Werz y Ayrin.
—¿Qué tenemos aquí? ¿Un chuloputas y su jodienda? Volved al trabajo, borricos —el capataz apuntó con el látigo a Werz, pero antes que pudiera bajar el brazo el lunastro pudo notar como Ayrin se esfumaba de su lado. La rashemí saltó a un lado, en una cadena de movimientos reflejos se coló a espaldas del esclavista. Este intentó encararla, pero ella se aferró con ferocidad al su cuello, mientras los ahogaba Werz advirtió que la mirada de Ayrin seguían inexpresivos y fríos como el invierno, pero en esta ocasión sus ojos estaban brillando con intenso ámbar. Para cuando le partió el cuello, ella se quedó en pie como si ella no estuviera allí. Era como ver a un espectro. Werz sintió un escalofrío.
—¿Ayrin? —murmuró cauteloso. La muchacha lo miró y, mientras el brillo iba apagándose hasta volver al verde, sonrió como una niña. Se acercó a Werz y le cogió la mano, quedándose escondido tras él.
No tardaron que unos grupúsculos de esclavos empezaran a dejarse caer sobre el cuerpo del capataz. Poco más a empezar a patear y escupirle, y cuando se aburrieron se volvieron furiosos hacia la pareja.
—¡Nosás jodío fulana! —gritó uno con poderosa pinta de paleto.
—El amo nos dará por saco. Nos rajará. Nos ahorcará —aseguró otro menos paleto pero más sucio. El semielfo del seso en el culo zumbó entre la multitud.
—¡Nos rajará! ¡Nos ahorcará! —gritaba idiotizado.
Werz se interpuso entre los esclavos y Ayrin. No temía por ella, sino por la inminente turba.
—¡A por ellos! ¡Matad al tipo y joded a la tipa!
Antes que la cosa se fuera de madre un atronador rugido enanil enfrió los ánimos esclavos.
—¿¡Qué cojones pasa aquí!?
Hubo una silenciosa huída de muchos esclavos, otros se quedaron temblando de miedo y unos pocos se volvieron hacia el grito. Dos porteadores llevaban a un barbudísimo enano sobre una tumbona, llevaba cuidadas ropas de estilo oriental y una tintineante cacharrería brillante y bien trabajada. Los pocos aun presentes miraron a Ayrin y Werz de forma acusadora. El enano descubrió el capataz muerto.
—¿Qué es esto? ¿El capataz Caraca muerto? ¿Quién es el responsable de tamaña locura? ¡Hablad! —el enano se arrastró como un gusano sobre la tumbona, miraba a todos los presentes con dos ojillos de zorro. Werz dio un paso adelante con Ayrin pegada a su brazo. El enano no le dejó hablar.
—A ti no te conozco, villano. Matar a un leal sirviente del señor Zardas. ¡Qué locura! —el enano gesticulaba con fuerza—. Yo Jorin Viejorroble lloro por el alma de mi amigo Caraca. Y tú, asesino, me lo has arrancado como se arranca la uña de la carne. Oiga Hoar para que me de la venganza contra ti y tus horribles actos.

—El capataz Caraca era un gilipollas —afirmó con vehemencia Jorin Viejorroble mientras paladeaba una apestosa pipa—. Así se pudra en el Abismo o en los Nueve Infiernos, bien me la lleva al pairo.
El mayordomo concluyó sus buenos deseos por su amigo echando una aun más apestosa nube tabaquil, miraba en todo momento a Werz y a Ayrin.
—¿Así —continuó— que os recomienda el chalado de Aheye? Que Moradin no se me vaya a mear en mi cerveza si permito refugio a dos asesinos. ¿Qué esperar? ¿Un cuchillo en la espalda cuando me descuide? —Jurin extendió un tenso silencio, pero al final esbozó una amplia sonrisa de viejo cabrón—. Pues espero que a Moradin se la pique un pollo si lo hace.
El enano echó a reír con la boca abierta de par en par. Ayrin seguía ajena a lo que la rodeaba y Werz pudo alcanzar a sonreír un poco.
—Podemos trabajar. Se me dan bien las armas, puedo defender la casa —dijo Werz, luego miró a Ayrin. El enano advirtió preocupación en aquella mirada. Antes de que dijera nada, Jorin se adelantó a sus palabras.
—Al hijo del señor le vendrá una doncella de compañía —propuso el mayordomo, Werz hizo una mueca muy fea—. El señorito tiene diez años, señor Werz.
Aunque los primeros miedos desaparecieron, los que de verdad le preocupaban no lo hicieron.
—No creo que sea buena idea dejarla a solas con el niño, señor Viejorroble —dijo con gravedad. El enano se rascó la oreja izquierda sorteando hasta tres pendientes.
—Creo —comentó pensativo— que el señorito ya va siendo hora que empiece sus clases de esgrima.
Werz asintió agradecido, miró a Ayrin como le regalaba una de esas sonrisas tan dulces como ajenas.
—Se lo agradezco, señor Viejorroble.

XIV. Tiempos felices​

La llegada del invierno suavizó el perenne calor tashalariano. Werz tomó como pupilo al hijo del matrimonio Zardas, Lhean, al que pronto le inicio en los asuntos bélicos y la esgrima. El muchacho pronto dejó clara sus pocas aptitudes para las armas, pero nadie le negaba que ponía entusiasmo en las clases que le impartía Werz. A todas las clases asistía siempre Ayrin que, aunque seguía sin comunicarse con nadie, parecía recoger todas las enseñanzas en algún sitio de su subconsciente. De algún modo daba la sensación que en lo más recóndito de ella era consciente de lo que la rodeaba, pero que de otro modo esa voluntad permanecía encerrada por su traumática experiencia en la tienda del sembiano. Al fin y al cabo Ayrin no dejaba de ser humana.
Mientras su soltura con las armas se estancaba, Lhean desarrolló un agudo gusto por la lectura y la música. Cuando no estaban en clase solía sentarse en cualquier rincón de la finca y recitar cuentos a quien quisiera escuchar. Werz siempre llevaba a Ayrin a aquellos recitales, era en esos momentos que parecía reaccionar con mayor intensidad, siempre a las palabras de los cuentos que narraba Lhean. Algo había en esas historias del joven cuentacuentos que fascinaba a Ayrin, como si algo oculto esperara a que solo ella pudiera comprender.
El invierno continuó sin que Ayrin mejorara, rara vez Werz se separaba de ella. Ambos disfrutaban de la sencillez de la sonrisas y las miradas, y aquello al lunastro le bastaba. De algún modo Werz sentía lo más parecido a la felicidad, allí junto a Ayrin en una vida que deseaba que jamás terminara. Un sueño del que no quería despertarse, un sueño con una caducidad desconocida.
A los fríos les siguió una primavera pródiga en tranquilidad y gozo hasta que llegaron los primeros días de verano. Ayrin jugaba a diario con Lhean, ambos disfrutaban de largos juegos que les robaban mañanas enteras y no menos tardes. A Werz le empezó a costar ver en ella a una asesina, y aquella imagen empezó a desdibujarse hacia la de una mujer que vivía una segunda infancia, una que quizá nunca vivió. Pero asumía que aquello era un espejismo, una ilusión, que pronto llegaría el momento en el que debería enfrentarse al monstruo latente que era la rashemí. Solo esperaba que pudiera derrotar al monstruo y salvar a la mujer que amaba.

A finales de verano los primeros vientos fríos anunciaban ya el otoño. Werz dormitaba a luz del anaranjado sol de la tarde, Ayrin estaba sentada mientras deshojaba una margarita. De repente el lunastro oyó una voz familiar.
—¿Eres feliz aquí? —susurró con suavidad Ayrin. Werz se incorporó, abrió mucho los ojos. Ella continuó hablando—. Yo soy feliz, pero aquí no es donde debo estar.
—Hablas.
Ayrin sonrió, delicada como los pétalos de la margarita que iba perdiendo poco a poco.
—Gracias a ti, Werz. ¿Qué pasará ahora?
El lunastro guardó silencio, aun confuso.
—Podemos quedarnos aquí. Vivir juntos, olvidarnos del mundo, del pasado. De todo —acercó la mano a Ayrin, ella no le negó el tacto de su hombro.
—No quiero hacer daño a nadie de aquí —Werz se quedó perplejo.
—No vas a hacer daño a nadie, no tienes porque hacerlo.
—No comprendes —dijo Ayrin con tristeza—. Siento como dentro de mi, nauseas, lo irracional. Amo tanto como odio todo esto. Tengo impulsos, quiero destruir esta felicidad. Sé que no la merezco.
Werz la abrazó por la espalda, Ayrin se encogió entre sus brazos.
—Los dos hemos hecho cosas terribles, Ayrin. Los dioses saben que no hay perdón posible para nosotros, pero nos han dado la oportunidad de tenernos el uno al otro en esta vida. Caminaremos siempre mirando hacia delante, siempre juntos. Vivir lo mejor que podamos, sosteniendo la oscuridad de cada uno sobre nuestros hombros.
Ayrin se aferró a Werz, el temblor de su piel le transmitió al lunastro la inimaginable sensación de miedo que ella sentía.
—Ojalá fuera así, pero quiero irme de aquí. Va a pasar algo terrible.
Se abrazaron con más fuerza.
—No pasará nada, no dejaré que te pase nada nunca más.
Mientras Ayrin asentía confiada en la determinación de Werz, este no sabía hasta que punto se había equivocado.

Mientras una lluvia de cenizas chispeaba sobre la noche de Hara, las rabiosas maldiciones de impotencia de Werz la cruzaban implacables. Se maldecía por haber creído que podía contener a Ayrin, que podía protegerla, que podía hacerla cambiar con tan poco. Tuvimos que alejarnos de aquí, pensaba desolado Werz mientras la casa familiar se derrumbaba con decenas de almas atrapadas por obra y muerte de Ayrin. Encerradas dentro de una trampa de llamas mortales. Mientras aun se podían escuchar el rascar de puertas y la carne quemándose, pudo encontrar a Lhean tumbado junto al cadáver de Jorin Viejorroble.
A poca distancia, emergiendo por entre el humo negro se dibujó la silueta de Ayrin. Una ira incontenible se apoderó de Werz. Se lanzó a por ella como un toro, pero fue perdiendo fuerzas mientras las imágenes de Alastrad iban sucediéndose en su mente. Cayó de rodillas frente Ayrin, lo incontenible ahora eran las lágrimas de dolores presentes y pasados.
—¿Por qué? —gritó llorando con desesperación— ¿¡Por qué, Ayrin!?
La rashemí se volvió hacia Werz, el cabello gris de cenizas y el maligno brillo ámbar se conjuraron dotándola de una presencia siniestra, ultraterrena. Los ojos de Werz se llenaron de terror, Ayrin se había transformado en el oscuro reflejo de su pasado y Hara dejó de ser un viñedo para ser un pueblo. Cuando la visión desapareció ella seguía mirándole, entonces le respondió sin emoción.
—Preguntó la rana al escorpión.

XV. Cenizas​

Tras arder Hara, Werz no persiguió a Ayrin. Se limitó a sentarse destrozado, viendo consumirse lo que quedaba de todo y como la humedad matutina acallaba las últimas llamas. Había recogido a Lhean que se había salvado de la matanza, el único superviviente. En aquel yermo de muerte y silencio ni siquiera el chico lloraba, sus lágrimas estaban secas por el calor del fuego. El lunastro trabajó en tres tumbas para los padres de Lhean y para Jurin Viejorroble, para la gente calcinada de la casa procuró una fosa común.
Pasaron dos días sin hablar, comiendo de lo que quedaba de la despensa semidestruida, no habían fuerza ni para las palabras. Para ambos el mundo había cambiado para siempre, mundos que jamás volverían a ser los mismos. Werz perseguiría a Ayrin hasta el mismo Abismo si hiciera falta, pero no sabía que haría cuando la encontrara, no quería ni planteárselo. Lhean no habló durante esas jornadas, apenas se alejó de las tumbas de sus padres, pero no se alejaba mucho de Werz como si tuviera miedo que él también desapareciera. Al final de la segunda jornada empezaron las palabras.

—¿Ha terminado todo, no? Han muerto, ya no volverán —murmuró con agonía acurrucado junto a Werz, el hombre lo abrazó con un brazo sin decir nada. Finalmente las lágrimas asomaron por las mejillas del chico.
—¿Hice algo malo? ¿Por qué Ayrin hizo todo esto? —se preguntó sollozando— ¿Por qué les mató?
Werz le acarició el pelo con sorprendente tacto paternal.
—A veces no hay explicación, Lhean. No hay. A veces comprender es perder la cabeza —dijo el lunastro mirando al frente—. Ayrin no tuvo que venir nunca, no tuvimos que venir. Lo siento, Lhean. Es mi culpa, todo es culpa mía.
El muchacho lo miró con los mocos colgando.
—¡No lo hiciste tú! Fue Ayrin. Fue Ayrin —alzó la voz con odio—. Ella, solo ella. La mataré por esto. La haré sufrir —siseó sombrío. Werz le miró con miedo.
—Para matar a Ayrin tendrías que ser como ella, Lhean. Pensar como un monstruo, ser un monstruo —dijo con gravedad—. Yo no quiero que seas un monstruo, esta historia no debe arrastrarte a ti tambien.
—¡Quiero que muera! ¡Matarla! ¡Vengarme! —los ojos de Lhean centellearon, una sensación de pavor aun mayor le dominó cuando le pareció ver asomar el maligno brillo ámbar en los ojos del muchacho. El lunastro se arrodilló rápidamente, tomó de los brazos de Lhean con fuerza, le miró a los ojos.
—¡No! —gritó seco—. Escúchame, Lhean. Volverte como ella ni te hará sentir mejor ni te devolverá a tus padres. ¿Qué harás cuando consigas matarla? Dime. ¿Volverás la vista atrás? ¿Verás el reguero de sangre que has dejado para llegar hasta ella? ¿Te odiarás y te derrumbarás? ¿O seguirás matando por qué eso será lo único que has conocido durante años? Hay demasiados monstruos —Lhean empezó a llorar desconsolado, Werz le abrazó protector— en este mundo. Y todos ellos nacen porque dan la espalda a la razón, porque tienen demasiado miedo para enfrentarse a aquello que los aterra, porque dejan que los peores sentimientos guien sus acciones. No quiero que te conviertas en otra Ayrin, ni... —las palabras se atragantaron mientras hablaba— alguien como yo. Sé mi única luz en estas tinieblas, sé la cordura en esta demencia. Por favor, no te derrumbes tú también.
Lhean y Werz se separaron con lentitud, el lunastro siguió mirándole a los ojos para suspirar aliviado al no reconocer rastro del siniestro brillo dorado. El muchacho se sorbió los mocos.
—Yo tengo miedo. No quiero estar solo.
—No —calmó Werz— lo estarás, Lhean. Estaré contigo, pero debes prometerme que cuando te pida que nos separemos lo harás.
El chico miró enfadado a un lado, le obligó a mirarle.
—No podré parar a Ayrin si estás conmigo, no quiero que me sigas llegado el momento. Promételo. ¡Júralo!
Lhean bajó la cabeza.
—Lo juro, lo prometo, maestro Werz.
El lunastro forzó una sonrisa y palmeó con cariño la testa del joven.
—Buen chico.

Mientras abandonaban los restos de Hara, Werz se volvió una última vez. Un escalofrío le recorrió el alma, un cuchillo fantasmal volvió a aparecer desde sus recuerdos. Volvió a revivir los gritos de Alastrad, los sollozos de los niños, la resignación de los ancianos, los lamentos de las mujeres, la desesperación de los hombres. La sangre caliente embadurnando su cuerpo, el frío tacto de sus armas y él henchido de odio por la humanidad. Los motivos que lo condujeron a aquel espiral autodestructivo los había olvidado, ¿quién sabía cuando empezó? Quizá una noche como la de Lhean lo abocó a pesadillas demasiado horribles como para superarlas solo, quizá el odio por algo que ya no recordaba destruyó cualquier empatía por la vida, quizá Ayrin, ajena a su propia maldición, vivió su propio infierno convirtiéndola en lo que era ahora. ¿Cuántos como él y Ayrin habían por el mundo? ¿Cuántos se habrían rendido ante las cenizas de sus vidas y habían elegido el odio? Werz apretó efusivamente la mano de Lhean, el muchacho logró sostenerle una sonrisa triste. Pero él no será como nosotros, no lo permitiré, pensó Werz, aun puede quedar algo de luz a la lumbre de las llamas del pasado.

Las millas se hacían interminables, los días largos y tediosos, y la sombra de tormenta parecía seguirles cada paso a Werz y a Lhean. No había ni rastro de Ayrin, esta vez Werz estaba preocupado y aunque Lhean no se quejara, el lunastro era consciente que la dureza de ese viaje no era apto para el muchacho. Solo el ímpetu de avanzar, el no parar, les mantenía en una incierta ruta hacia el este.
En una posta se hicieron con un caballo bayo, un par de libros y unos rumores tras cobrar por unos huesos rotos. Werz procuró que Lhean no supiera de este último detalle, se contentó con los libros que había conseguido por casualidad de un roñoso mercader de la tasca. Los rumores los llevaron a la frontera con las interminables llanuras vacías de El Sheír. Se decía haber visto una chica salvaje rondando los bosques cercanos a la zona, una chica de ojos amarillos. Armados con la nueva información siguieron hacia el este.

El camino no estaba cuidado, pero se presentaba mejor que los senderos selváticos que empezaban a dejar atrás. Lhean leía montado en el bayo, Werz lo guiaba de las riendas. La marcha avanzaba sin prisa, pero con poca pausa. El lunastro miró a Lhean.
—¿Son buenos esos libros? ¿Qué lees ahora? —preguntó llamando la atención del muchacho.
—Son muy interesantes, ahora leo sobre Drizzt Do’Urden —explicó mostrándole una tapa roja que había perdido todo el color. Werz asintió—. Es un aventurero del Norte.
—Sí, es famoso en la Costa de la Espada —dijo con agridulce melancolía. A Lhean se le abrieron los ojos como siempre hacía cuando oía algo que le interesaba.
—¿Le conoces? —Werz negó con una sonrisa.
—No, pero le precede su fama. Pocas veces hay drow con buena intenciones, y aun así sigo dudando —afirmó dándole una puntada a una piedrecita, Lhean cerró el libro.
—¡Pero él es un héroe! Ha luchado contra demonios, los suyos y hasta contra su padre —dijo con el asombro de la juventud—. Es un héroe.
—Un héroe —murmuró gris— es algo más que gestas épicas, armas mágicas y herencias raras. Ni siquiera se necesitan de grandes destinos —maldijo, escupió al suelo.
—¿No crees en los héroes? —preguntó Lhean con decepción. Un brusco silencio irrumpió entre ambos.
—No me malinterpretes —dijo al fin Werz—. El mundo necesita héroes, gente buena en la que creer, en la que verse reflejada y tomar ejemplo. Que dé esperanza allí donde no la hay. No dudo que Drizzt Do’Urden inspire todo eso, pero en ocasiones un héroe es aquel que se sacrifica en silencio por las razones más modestas. Son pocos los capaces de hacer eso, aun menos los que están dispuestos a hacerlo sin que nadie se acuerde de ellos. El mundo está lleno de héroes anónimos, Lhean. Lleno.
El muchacho miró en silencio la tapa del libro y murmuró con gravedad.
—Héroes como el maestro Jurin —su voz sonaba tenue, profundamente triste. Werz asintió, se arrepintió de haber sacado el tema.
—Sí. Jurin pudo huir, dejarte, pero aunque sabía que nada podía hacer contra Ayrin ahí se quedó para protegerte. Fue héroe, pues esa es la naturaleza de los héroes. No el altruismo o las causas elevadas, sino el ser capaces de ser fiel a unos principios, se capaz de mantenerse firme aunque el mundo insista en doblegarles. Aunque con esa resistencia les conduzca a la muerte. En cierto modo, ser un héroe es ser estúpido.
El bayo relinchó como si quisiera añadir algo a lo dicho por Werz. Lhean sonrió un poco y se quedó mudo, pensativo. El lunastro no quiso permitir que la tristeza volviera a apoderarse de los pensamientos del chico.
—¿Cómo —preguntó— se llama el autor del libro?
Lhean le miró escapando de sus recuerdos, luego comprobó la primera página.
—Creo que... sí, aquí lo pone. Deekin el bardo.
—¿Deekin? —maldijo entre dientes—. Ese nombre parece el de un dichoso kobold.

XVI. El mago pordiosero​

No llegaba del todo la primavera. El frío parecía firmemente decidido a resistir hasta las últimas consecuencias. El viaje de Werz y Lhean se había ido tornando más duro, con poca ropa de abrigo, y apenas nada para resguardarse por las noches, habían de darse calor mutuamente durmiendo pegado el uno al otro. Todo era penoso, el humor de Lhean era cambiante. Tan pronto tenía un día gozoso como al siguiente se hundía en los más tenebrosos pensamientos. Aun así Werz se esforzaba por mantener al muchacho lejos del pesimismo, labor que, aunque de hecha de forma encomiable, resultaba en muchas ocasiones frustrante. Pero cuando ya asomaron las primeras flores, la fuerza optimismo regresó con energía renovada.
A no muchas jornadas de entrar en El Sheír alcanzaron una numerosa caravana enanil. Poblada casi de forma exclusiva por morenos enanos dorados, el convoy se dirigía hacia la Gran Brecha de regreso de los mecadeos en las tierras más occidentales de su reino. Con ellos viajaban algunos humanos y medianos, ninguno especialmente destacable. La verdad es que todos tenían unas pintas bastante pobres, peregrinos en su mayoría, pensó Werz. El lunastro no tuvo que insistir mucho que ya se veían unidos a la comitiva, aunque Werz ignoraba el paradero de Ayrin algo le impulsaba a continuar hacia el este, inexplicable, pero en él había esa necesidad a la que no pretendía traicionar teniendo tan poco.

Al tercer día Lhean ya se había hecho con los infantes enanos, zumbando a través del gentío en furiosas persecuciones. Werz andurreaba junto a un carro conducido por un joven enano casi barbilampiño y otro de generosas barbas grises.
—Bueno es ver a los crios reír —dijo el barbas, y presuntamente el mayor, mirando a Werz.
—Es, señor enano —concedió taciturno el humano. El enano joven pretendió decir algo, pero se acobardó ante la mirada de reprobación del mayor.
—Guramo de Nievedura soy, él es mi hermano Birago de Nievedura —se presentó—. ¿Pudiera saber su nombre?
—Werz de Alastrad —asintió escueto, el enano echó un ojo a Lhean.
—¿Su hijo? —se interesó. Werz negó con la cabeza, suspiró un poco.
—No. Sus padres murieron. Cuido de él. Es una deuda pendiente —el joven Birago bostezó con desinterés, como premio se llevó un codazo en las costillas a cargo de su hermano.
—Feos tiempos estos que niños pierdan a los padres, pero buenas las deudas con fines nobles. Respeto eso, Werz de Alastrad —mientras hablaba, Guramo desenvainó con destreza una pipa que encendió sin ceremonias. Fumó un poco, ofreció a Werz, pero este rechazó con cortesía. La pipa pasó a los labios del joven de Nievedura.
—No parece muy satisfecho con esta deuda —comentó con ojos vivaces el mayor. Werz habló átono, sin ganas.
—Tengo un cometido, amigo. Para el cual no quiero que el chico se vea involucrado —se lamentó, Guramo asintió y robó la pipa para fumar otro poco.
—Parece un chico con mollera, ¿no pensó darlo a cargo de algún maestro como aprendiz? —el mayor de los Nievedura siguió con la mirada al ocioso Lhean.
—Es un muchacho muy listo, señor Guramo. Es por eso que su maestro no debe ser un cualquiera. Sin ofender —el enano rio a carcajadas despertando a su soñoliento hermano, tosió pronto por el humo acumulado en sus pulmones.
—¡No ofende! Herrero soy, no se ofenda vos, pero el muchacho no duraría ni dos días en la acería. ¡Diablos! Incluso a alguien bien fornido como usted le escondería bastantes dificultades —Werz asintió con una sonrisa.
—Hermano, quizá el mago... —pensó el menor. Guramo palmeó el hombro de Birago.
—¿Qué mago? —se interesó el lunastro. El barbudo de los Nievedura bajó la voz.
—Es un mago raro, viste como un pordiosero. Cualquiera diria que huye o se esconde de alguien, pero no oculta su condición. Aunque tampoco le he visto hechizar nada, pero es poderoso y salta a la vista.
Werz meditó unos instantes, pero no fueron muchos.
—¿Quién es él?

El supuesto mago iba abrigado con los dignos trapos del pordiosero, pero incluso en aquel indigno traje guardaba un marcado aire de dignidad. Conducía un pequeño carro tirado por un manso buey, no llevaba más que dos baúles de carga. Ciertamente a primera vista no parecía para nada un erudito, pero tras acercarse a él notó una brusca bajada de la temperatura.
—Salve, viajero —se anunció Werz. El hombre le miró, era ya mayor, pero no llegaba a la ancianidad.
—Buenas tardes —asintió sin más.
— Me llamo Werz, señor. ¿Pudiéramos hablar un momento? Le robaré escasos instantes de su tiempo —aventuró Werz sin mucho énfasis, este lo puso el supuesto arcano.
—Sí, soy mago. Y no, no vendo nada —a Werz le pareció que la temperatura bajaba otro punto, el hechicero se volvió para mirarle—. Y menos a usted, que parece un matón de casta indeseable.
A Werz le sorprendió un tanto la feroz reacción del arcano.
—Yo no quería comprar nada, ¿señor?
—Kaen —contestó con sequedad. Werz hizo una mueca algo fea sin saber como coger la conversación.
—Señor Kaen, sois mago. Y he oído que la gente comenta que también poderoso.
El hechicero lo miró con frialdad, con unos ojos azules muy claros.
—A la gente le encanta hablar y cuchichear, especialmente sobre de los asuntos ajenos para sentirse seguros de sus propios problemas —dijo cínico, el lunastro asintió sin añadir más— ¿Qué quiere?
Werz sopesó unos instantes, sintió como si se lanzara al abismo.
—Busco un tutor para un chico. Es muy listo. No tiene a nadie, perdió a su familia recién, yo me encargo de él —Kaen le regaló una crítica mirada—. Mas yo no puedo hacerme cargo, no por hacia donde me dirijo.
El mago rió con sarcasmo.
—Una buena excusa para deshacerse del fardo de la responsabilidad —Werz calló—. Si usted se hace cargo, ¿por qué quiere dejarlo en confianza a un desconocido? ¿Tanta molestia le provoca ese muchacho, señor Werz? ¿O quiere huir de sus responsabilidades?
Werz enrojeció de rabia, miró al mago que ni se inmutó.
—¿Qué sabrá usted de nada? —alzó la voz.
—¿Le vapulean y solo sabe decir eso? ¿Qué sabré yo? Nada, desde luego, pero bien saben los dioses que no suelo rehuir de mis deberes. Si no puede ocuparse del crio, ¿por qué lo lleva con usted? Déjelo junto al camino y olvídese de él, no será nada nuevo, de verdad.
Hubo un tenso silencio, el mago Kaen le miraba con agresividad mientras Werz no sabía que más decir.
—¿No hay más que hablar? —dijo al final ofuscado.
—No hay más que hablar —aseveró el arcano.
Werz se alejó cabizbajo, pensaba en que hacer con Lhean. Seguir a Ayrin con él seria peligroso. No quería involucrarle, mantenerle al margen, pero aquello iba tornándose cada vez más difícil. No estaba demasiado lejos cuando Kaen le llamó.
—Tráeme al niño.
Werz se volvió extrañado.
—Sé cuando uno debe liberarse de la responsabilidades por causas de fuerza mayor. Tráeme al niño.
 

Sam

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XVII. Los que adoran a los animales​

—Mulhorandianos —siseó asqueado Guramo de Nievedura, escupió al suelo—. Los diablos sabrán que harán tan lejos de su imperio.
La caravana se había detenido en una encrucijada del camino a la Gran Brecha. Los motivos no eran sino una numerosa columna de soldados mulhorandianos, estos también debían tomar el camino hacia el este y aquello no hacía gracia a los enanos dorados. Los representantes mulhorandianos estaban entrevistándose con el jefe caravanil, un orondo enano llamado Korvitt Barrigón de Acero, o Barri para los amigos. Werz se acercó al mayor de los Nievedura.
—¿Quiénes son? —preguntó en voz baja.
—Mulhorandianos. Humanos adoradores de dioses-animales raros del copón, son gentes antiguas. Guárdate de ellos, saben de secretos tan viejos como el mundo.
La discusión entre ambas delegaciones se iba acalorando.
—¿Por qué discuten? ¿No podriamos compartir el camino sin más?
—Ya me gustaría —escupió de nuevo—, pero los mulhorandianos son aun más raros que sus dioses. El jefe Barri quiere estar a buenas con ellos, su imperio no está lejos de la Gran Brecha —Guramo maldijo algo en enanil que sonaba muy feo.
Los escoltas se pusieron en tensión, cercando la reunión. Enanos y humanos se encararon.
—Pues parece que la diplomacia no pinta bien —comentó con cinismo. El Nievedura volvió a maldecir aun más féamente, echó mano de su hacha.
—Ostia puta, ahora la hemos jodido —el lunastro le miró desconcertado.
—¿Qué ha pasado?
—El imbécil de Barri —berreó Guramo— se ha cagado en los jodidos halcones de los cojones, literalmente te traduzco, amigo.
Werz se dispuso para lo peor.
—Y déjame adivinar. ¿Tienen un dios halcón?
—Es el dios principal de su panteón.
No alcanzó a decir joder cuando los enanos y los mulhorandianos chocaroon armas. La falange enanil arrolló en primera instancia a la infantería humana, con armaduras más ligeras, y provocó una retirada inicial. Los enanos aullaban maníacos llevándose por delante a todo cuanto se les cruzaba, Werz agradeció no ser en aquellos momentos ninguno de los soldados que eran cercenados como ganado bajo las hachas enanas. El bloque enanil parecía a una brutal picadora de carne lantanesa.
—¡A por los chupapollas morenos! —arengó Guramo saltando del carro directo a la escaramuza, su hermano Birago no fue menos.
La respuesta mulhorandiana no tardó. La infantería se reagrupó tras una escuadra de piqueros que bajó defensas frenando el avance enano. Con brillante disciplina, la infantería ligera formó en los flancos de la falange de piqueros bajo el griterío de sus oficiales. La tropa enana había perdido el ímpetu y, hostigados por los flancos y las firmes picas, empezó a retroceder.
—¡Cagon la puta! —maldijo horriblemente Barri—. ¡Que Moradin baje y se cague en vuestras madres! ¡Ni un paso atrás!
Como si un lago de cerveza esperase tras las líneas mulhorandianas, los enanos dorados volvieron al avance rompiendo las picas a hachazos. Fue entonces cuando empezaron a llover entrañas enanas. Una línea de tres magos mulhorandianos se habían revelado con sus cánticos y conjuraciones de quien sabía que hechizos, el resultado no se hizo esperar demasiado. Del cielo empezaron a caer relámpagos que al chocar contra el suelo estallaban haciendo volar por los aires a los hombres de Barri.
—¡Magia! ¡Magia! Hideputas follagatos. ¡No sabéis lu... —esas fueron las últimas palabras de Korvitt Barrigón de Acero antes de comprobarse de que estaba hecha realmente su barriga.
Las filas enanas estaban siendo diezmadas, pero su furia y espíritus permanecían intactos. Werz, que no estaba participando en la batalla, pudo divisar a un pequeño grupo de hostigadores mulhorandianos que empezaba a rodear a los enanos. Los humanos habían fijado su atención en el resto de miembros de la caravana, en las mujeres y los niños, en Kaen y Lhean. El lunastro azuzó a su caballo arrollando, cortando y matando a cuantos enemigos se cruzaba hasta llegar junto al mago y al chico.
—Vete a ayudar a otra parte, aquí estaremos bien —ordenó con severidad Kaen, el lunastro miró a Lhean que estaba encogido en el carro del mago y asintió.

La batalla era para Mulhorand. Los últimos defensores enanos eran ensartados sin piedad por los piqueros. Los pocos supervivientes se quejaban moribundos entre un mar de compañeros y enemigos muertos. Werz no veía a ninguno de los hermanos Nievedura. pero con toda probabilidad eran una ola más de ese océano.
El oficial mulhorandiano organizó a su tropa y la detuvo frente a los restos de la caravana. Werz se puso entre los soldados y los civiles enanos. El capitán dijo algo que Werz no entendió. Al ver que no le entendía, el militar cambió de lengua.
—Estas solo, aventurero —dijo con un acento áspero—. Rinde armas y habrá clemencia. Resiste y morirás.
Werz le midió con ira.
—¿Qué garantías tengo que nos perdonarás la vida? —no bajó el arma. El mulhorandiano mantuvo la mirada seria.
—No hay. Mi palabra. Mujeres y niños no tienen culpa de la necedad de sus varones —argumentó con gravedad. Werz se rindió ante la evidencia y tiró su espada al suelo. Al poco se dio cuenta de que Kaen, acompañado de Lhean, se habían colocado a su lado.
—¿Qué haces aquí? —murmuró enojado al ver a Lhean en primera fila. El mago respondió con tranquilidad.
—Ayudarte a conseguir un buen armisticio.
El capitán mulhorandiano miró con recelo a Kaen.
—¿Quién es él? —preguntó alternando su mirada entre Werz y Kaen.
Kaen pasó por encima de las presentaciones sin atisbo de formalidad.
—Debido a un malentendido estas gentes no tienen quien les escolte hasta la Gran Brecha. Queremos una escolta para llegar hacia alli —hizo una pausa efectista—. No, la exigimos.
A Werz se le pasó por la cabeza que el mago estaba más chalado de lo que aparentaba, y el capitán, por la mirada escéptica que tenia, parecía compartir la opinión del lunastro.
—No están en condiciones de exigir, anciano. Se entregarán a nuestras tropas para decidir su futuro. Sus acciones han puesto en peligro a mi columna. Ahora son nuestros prisioneros —en eso el mulhorandiano parecía categórico. Kaen resopló, hizo algo. Algo que nadie vio, pero que Werz sospechó. Los labios del mago se movieron sin emitir sonido, no gesticuló, pero cuando sus efectos se manifestaron dejaron claros que Kaen no era un mago cualquiera.
—Insisto —repitió el arcano— en una escolta para llegar a la Gran Brecha.
El capitán mulhorandiano dudó unos segundos, pero al poco bajó la cabeza con sumisión.
—Serán escoltados a la Gran Brecha de camino de regresó al imperio. Tiene mi palabra.

XVIII. Camino incierto​

La nueva caravana reunida bajo el estandarte mulhorandiano avanzaba lenta, y no libre de tensiones a través de las llanuras de El Sheír. La nueva escolta era bastante más disciplinada que el jolgorio enano. Esa extraña alianza forjada por la magia de Kaen parecía un volcán a punto de estallar entre las familias enanas y los soldados, no en vano estos habían masacrado a casi todos los varones del convoy. Pero era una tensión necesaria para llegar con garantías a la Gran Brecha. Desde el principio del viaje Werz permaneció callado, alejándose del grupo y regresando un par de horas después, su mente se hallaba lejos. Allí donde se encontrara Ayrin.
El viaje hasta la Gran Brecha duró cuatro meses. a la vista de las atalayas enanas que empezaban a surgir en el horizonte, Werz se acercó al oficial mulhorandiano.
—Capitán —lo llamó con gravedad—, ¿puedo hacerle una pregunta?
El militar asintió como se esperaba, muy marcial.
—Hágala aventurero.
—Busco —preguntó mirando al camino— una mujer. Joven, cabellos negro y...
—Ojos amarillos —concluyó interrumpiendo. Werz le miró con algo de desconcierto, el capitán hizo lo mismo, pero aquella mirada había una profunda severidad.
—¿La conoce? —inquirió el mulhorandiano.
—La conozco —asintió—. Voy tras ella, es una criminal peligrosa.
El capitán meditó unos instantes, luego pareció quitarle hierro al asunto.
—No se preocupe más por ella, aventurero —musitó—. Ella ya no será un problema para nadie.
A Werz se le congeló el alma, sus manos empezaron a temblar.
—¿Está —preguntó con el mismo temblor en la voz— muerta?
El capitán negó mirándole con curiosidad.
—No. Fue apresada tras intentar matar a una de mis patrullas. La trajeron presa, el sacerdote de la expedición mandó llevársela a Skuld. Ahora es esclava del templo de Horus- Re.
Werz escondió un suspiro de alivio y se odió por hacerlo.
—Cuando dejemos la Gran Brecha supongo que regresarán a Mulhorand.
El capitán movió la cabeza afirmativamente.
—Volveremos a Skuld con el resto del ejército, el rey-dios ha reclamado a sus ejércitos de vuelta.
Werz se quedó callado. El oficial gritó un par de ordenes a la columna y el músico empezó a tocar una animosa marcha militar. El lunastro miró hacia donde estaba Lhean, que conversaba con entusiasmo con Kaen. Luego volvió los ojos hacia su interlocutor.
—¿Puedo ir con ustedes, capitán?
El militar le miró de soslayo.
—Si no se entromete en la marcha y nos ayuda en el combate puede venir hasta que lleguemos a Skuld. No más.
El lunastro agradeció con la cabeza.
—Eso es suficiente, capitán. Más que suficiente. Gracias.

Lhean se había aferrado a la cintura de Werz, no había visos de que lo fuera a soltar. Kaen observaba la escena con la inexpresión marcada en el rostro.
—¡Dijiste que no nos separaríamos! —sollozó el muchacho. Werz le concedió un sentido abrazo, como el tópico dice como un padre lo haría con su hijo.
—No puedes venir conmigo, Lhean. Lo sabes. Kaen cuidará de ti.
—¡No! —gritó furioso— No quiero. No te vayas. No quiero vengarme, ya no. Como me dijiste, no hace falta que vayas tras Ayrin —suplicó con los ojos enrojecidos. Werz no sabía que responder, el mago dio unos pasos hacia ellos.
—Me has prometido que serás un gran mago, Lhean Zardas. Que aprenderás los buenos caminos de la magia —dijo con calma—. ¿Recuerdas lo que te he dicho estos días? No puedes esperar que todas las promesas se cumplan, como no puedes hacer que la noche sea luminosa y el día oscuro. A veces se deben romper las promesas cuando hay algo mucho más importante en juego. Tanto en la vida como en la magia es un sendero lleno de sacrificios, mentiras y sueños.
Lhean no respondió, miró a Werz a los ojos.
—Debes —susurró con tristeza el lunastro— buscar tu felicidad, Lhean. Conmigo nunca serás feliz. Yo estoy castigado por siempre a la desgracia, mi penitencia por las cosas que he hecho no debe sufrirlas nadie más que yo.
Werz se arrodilló frente al chico.
—Yo soy una sombra, Lhean. Un mal recuerdo, una pesadilla que trajo la desgracia a tu casa.
A Lhean le faltaban lágrimas una vez más.
—¡Me da igual! Quiero estar contigo. Te perdono. Te perdono. Te perdono —la voz del joven iba apagándose, hundida en el pecho de Werz. El lunastro miró a Kaen y ambos supieron que había llegado el momento.
—Es hora de irse, Lhean.
El mago tomó al muchacho de los hombros, alejándole lentamente de Werz.
—Cuida de él, mago.
—Cuida de él, sombra.

La columna mulhorandiana dejó a los enanos en la frontera. Las despedidas fueron secas, silenciosas y cargadas de oscuros deseos para las dos partes. Werz se despidió de Lhean y Kaen, no volvería a verlos jamás ni a saber de ellos. Sin más el lunastro y el ejército mulhorandiano se encaminaron hacia Únzher en dirección a Skuld.
Únzher era una tierra conquistada, sometida al imperio de Mulhorand. El regimiento avanzaba por los caminos seguros hacia el norte, de vez en cuando se cruzaba con numerosas mesnadas y tropas imperiales que iban a sofocar una revuelta aquí o allí. Los restos de campos de batalla dominaban el paisaje unzhérico. Extensas planicies pobladas por bosquejos de estandartes rasgados y picas rotas eran concienzudamente saqueados por grupúsculos de buscavidas y salteadores.
Cuando no era el ejército, largas colas de refugiados se alargaban hacia el horizonte. Era un espectáculo tan patético y tan terrible. Muchos se arrodillaban hasta besar el suelo al verlos pasar, elogiándoles como salvadores o con la sumisión del vencido, otros tantos los miraban con miedo y algunos les miraban con un odio recalcitrante. Cuando Werz captaba algunas de esas miradas se inquietaba, alerta a la expectativa de algún ataque rebelde. Resultaban temores infundados, pues mientras cruzaron el territorio imperial lo más peligroso que se habían encontrado fueron una decena de muertos por disentería y media docena por septicemia.
Al término del séptimo mes desde la batalla entre los enanos dorados y los mulhorandianos, casi un año tras dejar los restos de Hara atrás, Werz estaba enfrente de las puertas de Skuld. El capitán mulhorandiano se detuvo a su lado.
—Ha sido un honor, capitán Hoseph.
El militar asintió y sonrió.
—Que el dios Sol alumbre sus oscuridades y la Dama Roja le ayude con la victoria, señor Werz.
Sin mucho más que añadir ordenó reeprender la marcha, alguna tropa se despidió al paso del lunastro. Cuando solo quedaba polvo de todos ellos, Werz se volvió hacia una de las ciudades más antiguas de Faerun. Lástimas que su estancia fuera ser breve y extremadamente peligrosa.

XIX. Huida​

Werz no había concebido jamás una ciudad como era Skuld. Largas filas de ladrillo marrón formaban complejos entramados de callejones, desvíos, avenidas y plazoletas medio escondidas. Recordaba bastante a Puero Cálim, pero la leve similitud arquitectónica desaparecía ante la infinita presencia de decenas de templos y capillas repartidas por toda la urbe. Skuld era una ciudad devota, de eso no cabía duda. Werz pronto dejó de enumerar las numerosas deidades que se le presentaban en cada esquina en forma de altar o capilla, aturdido ante aquella poderosa manifestación de la fe mulhorandiana.
Se sentía extraño en la tierra más extraña que había pisado nunca, pero por suerte los meses junto al capitán Hoseph le habían dotado de una limitada comprensión del mulhorandiano con el que defenderse. Las pesquisas por Ayrin le llevaron al gran Templo Mayor de Horus-Re, lugar donde eran registrados, entre todas sus tareas religiosas obviamente, todos los esclavos de la ciudad a la espera de ser alquilados.
—¿Nombre?
—Werz Zaimon —contestó el lunastro a un burócrata con la cabeza rapada y el desinterés grabado en el rostro—. Vengo a buscar una esclava.
El burócrata le miró con sus ojos pequeños, afilando su nariz pequeña y, apostaba Werz, que su cerebro también pequeño hacia el lunastro.
—Lo lamento —respondió maquinal—. El alquiler de esclavos solo está permitido para los ciudadanos de Mulhorand. Siguiente.
Werz frunció el ceño, pero no se movió. Miró con cara de orco al mulhorandiano.
—Es un asunto de importancia —alegó manteniendo las formas. El mulhorandiano le devolvió una mirada arrogante y repitió.
—El alquiler de esclavos... —Werz le interrumpió con un golpe en la mesa.
—Escúchame —gruñó conteniendo la rabia—. Solo quiero información.
El burócrata se lo miró con la arrogancia recién alojada a la altura de los tobillos.
—La... la información de los esclavos alquilados es privada.
Werz sonrió maligno.
—¿Alquilados? ¿Eh? —el burócrata tragó saliva—. Dame un nombre.
Entonces el mulhorandiano sacó el coraje del burócrata.
—Señor, si no se va llamaré a la guardia. He dicho suficiente.
El lunastro volvió a gruñir, pero el sentido común ganó la partida. Salió a grandes zancadas, apenas pudo alcanzarle una silueta encapuchada que salió tras él cuando dejó al victorioso burócrata atrás.
—¿Qué información buscas? —preguntó con una voz aguda como el chillido de un ratón—. El viejo Masip puede ayudarte, ¿sí?
Werz lo miró de reojo, frenó un poco el paso.
—¿Qué sabes de una extranjera venida con una expedición militar desde El Sheír? —murmuró. La voz ratonil le seguía el ritmo, giraron por una calle secundaria.
—Masip lo sabe, sí lo sabe —asintió excitado—. Pero precio haber, sí. Por información. Diez denarios, buen precio.
Werz asintió severo, el lunastro empezaba a abandonar la imagen de un ratón para sustituirla por la imagen mental de un trasgo.
—Tengo el dinero en la posada, ¿vienes o quedamos en otro lugar?
El informador picó.
—Vengo, vengo.
Werz condujo a su confidente hasta descubrir un callejón desierto y el lunastro aprovechó la soledad. De un poderosos quiebro con la cadera, con la mano abierta agarró al hombrecillo por el cuello. Oprimió.
—¿Quién la tiene? —preguntó sombrío. No hizo falta insistir mucho.
—¡El mercader Amophilosis! Él alquiló a la mujer. ¡No me mates!
Realmente era un tipo patético, pero por una vez Werz agradeció no encontrarse rodeado de decenas de bandidos y maleantes que vinieran dispuestos a proteger a su colega, ese día no parecía que fuera a tener ese desenlace.
—¡¿Dónde está?!

Caída la noche la ciudad mudó conversaciones por cuchicheo, las patrullas de guardia aumentaron. Werz esperaba en silencio en los alrededores de la finca de Amophilosis, guardado a la sombra de un callejón. El informador le había contado acerca de la afición del mercader a las orgías y a un decadente hedonismo con pocas vistas a acabar. Aquella noche se celebraba, como era costumbre, una fiesta y el instrumental musical, las risas y los gemidos llegaban sin obstáculos a la calle.
Ayrin hacía poco más de un mes que estaba ahí, y de forma inevitable la mente de Werz le regresaba a aquella tienda de Khult. Una sensación de inquietud por el estado de Ayrin lo envolvió, pero se deshizo de ella acordándose luego de Hara, pero aquella inquietud era persistente. Werz quería saber, tenia que saber, como estaba ella. Verla, escucharla, tenerla cerca. La imaginación volaba dibujando a una Ayrin un año después sin verla, imagen que no tardaría a poderla comparar con la real. Un desgarrador grito femenino rompió con los gemidos sexuales.
Una silueta había saltado por una de las ventanas, a luz de la luna Werz pudo distinguir las formas semidesnudas de una mujer que se movía de manera felina, casi animal. Mientras las alarmas saltaban el lunastro abrió mucho los ojos. Era Ayrin.
La mujer de ojos extraños se descolgó por los tejados con rapidez, tras ella aparecieron algunos perseguidores. De un salto Ayrin cruzó la calle aterrizando en una bastida del otro lado que se tambaleó por la sacudida. La estructura cedió, derrumbándose como un castillo de naipes llevándose a Ayrin con ella. Werz corrió hacia el derrumbe, que había levantado una gran polvareda. Cuando se levantó Werz suspiró de alivio al ver a Ayrin ilesa.
La rashemí estaba muy cambiada. Ahora llevaba el pelo largo, bien cuidado diría, hasta llegar a media espalda. En ella se habían pronunciado sus atractivos rasgos de su diminuto cuerpo. Iba vestida con un top de seda azul y una faldita del mismo color, a la moda mulhorandiana dejando a la vista mucho más de lo deseable para cualquier buena doncella cormyriana. Al verla no pudo evitar sonreír, ella no la reprimió.
—¡Werz! —pegó un salto olvidándose de la situación—. Sabía que vendrías por mi, lo sabía.
Ayrin lo abrazó, besó sus labios con ansia. Werz no hizo más que dejarse llevar, pero pronto la apartó de él.
—¿Qué haces? —preguntó furioso—. ¿Cómo puedes actuar así después de lo que hiciste?
Ayrin sonrió maligna, en sus ojos de jade el tenue brillo amarillo acechaba.
—Tiempo habrá, cariño —respondió con dulzura, se volvió hacia la calle—. Pero puesto que acabo de matar a Amophilosis y que la ciudad va a caer sobre nuestro, será mejor que huyamos.
Werz la miró acumulando más rabia, no dijo nada y se limitó a asentir.
—Vamos al puerto, allí podremos encontrar algo.
Pero no podía odiarla, la amaba.

La pareja se escurrió por las callejuelas de Skuld al ritmo de las crecientes alarmas que berreaban por toda la ciudad. Lograron evitar algunas patrullas, hasta lograron armarse con las armas de un par de solitarios guardias. El distrito portuario estaba fuertemente protegido, pero hasta el momento Tymora les había sonreído. Pero como todo, al sonrisa de Tymora no es eterna.
Tras un veloz giro de esquina los fugitivos se dieron de bruces con una de las patrullas.
—¡A ellos! —ordenó el oficial. Los guardias agitaron sus khopesh y se lanzaron al ataque. A Ayrin se le encendieron los ojos cual llamas, pegó un salto lateral y sesgó por el cuello a dos de los soldados que le vinieron tal como llegaron. Werz fue más directo, agitando su cimitarra en molinete avanzó sin vacilar. A un guardia le bloqueó el primer golpe, para luego propinarle un puñetazo en todo el estómago que lo dejó grogui. El segundo lanzó un tajo a por la guardia baja de Werz, pero el lunastro giró sobre si mismo rajándole por las rodillas. Para cuando el soldado caía al suelo sin notar los pies, Ayrin ya se lanzaba a por el oficial que, sin mucha habilidad, apenas pudo plantar cara al ímpetu de la rashemí. Dos pasos y la cabeza del mulhorandiano ya rodaba por el suelo.
—No podremos pelear contra todos —dijo con gravedad Werz. Ayrin se movía como un animal, la tensión parecía haberla transformado y observaba a su alrededor como lo hacía un depredador.
—Hay alternativas —aseguró mientras se encaramaba por unos cajones—. Iremos por los tejados.

Los tejados residenciales se acababan, y un gran almacén portuario se levantaba tras ellos. La azotea del edificio estaba más alto que las de las casas, pero la colección de salientes que adornaban la pared del mismo se conjuraron a favor de la idea loca de los fugitivos. Werz fue el primero en saltar, era una distancia de no menos de tres metros, pero logró engancharse en la vertical. Ayrin, con más agilidad, se cogió fácilmente a un lado del lunastro. Ascendieron como arañas mientras oían los gritos de los soldados bajos ellos, golpes de flecha y jabalinas chocaban contra el ladrillo y solo cuando alcanzaron la cima pudieron oír con estremecimiento la oscura voz de un mago invocar sus poderes.
Ayrin y Werz corrieron hacia el agua y, más allá, el gran barco de velas desplegadas que muy oportunamente abandonaba el puerto. Si en ese momento hubieran mirado atrás, hubieran visto que de las manos del arcano surgía una descomunal bola de fuego que iba directa a por los dos. Todo se sucedió en el escaso margen de unos segundos. Cogidos de la mano la pareja saltó del tejado justo a tiempo para dejar atrás el fogonazo resultante del impacto. Cayeron al agua en medio de una lluvia de restos encendidos, iras mulhorandianas y el alivio de haber escapado. Mientras Werz y Ayrin nadaban hacia el navío para convertirse en sus polizones, la bandera de Zhay al viento de la noche.

XX. Almas gemelas​

Con poca dificultad Ayrin y Werz escalaron el casco de la embarcación zhayina. Ayudándose de un mar en calma, los dos polizones lograron coronaron la cubierta donde no diferenciaron mucha guardia. En cubierta apenas cinco gnolls vagaban sin rumbo no con mayor entretenimiento que el pelearse los unos con los otros. Únicamente los ocasionales gritos del timonel humano les convencían de que sus rencillas no pasaran de ladrillos y gruñidos.
La pareja avanzaba con cautela, asegurando cada paso, aprovechando aquellos momentos de disputa entre aquellas hienas humanoides. Entraron en los camarotes, todos estaban vacíos. Quizá, pensó Werz, no suelen necesitar de mayor dotación para llevar el barco, un par de magos rojos bastaban para protegerlo y llevarlo a destino. Cerca de la medianoche Ayrin encontró un escondite a nivel de la bodega, un camarote semiabandonado. La rashemí aseguró la puerta tras entrar Werz. El habitáculo apenas tenia un armario roto y un camastro de resistencia dudosa. La poca luz azulada que había nacía de unos fantasmales líquenes pegados al techo.
—Espero que no se pasen demasiado por aquí —se dijo Ayrin comprobando la puerta.
Werz se sentó sobre los restos del armario. No dijo nada.
—¿Aún —preguntó miedosa— sigues enfadado?
Werz bufó dando entender que sí.
—¿Cómo tienes el valor para preguntarme eso? Dime, ¿cómo tienes esas narices? —el lunastro alzó un poco la voz mirándola furioso. Ayrin mantuvo la mirada, el brillo amarillo volvía a ser ténue.
—Ya te lo advertí —susurró—. Te dije lo que pasaría, algo terrible, por una vez no quería hacer daño a nadie.
La mujer se apoyó de espaldas a la pared, se dejó caer lentamente hasta que, una vez sentada, se abrazó las piernas.
—Joder, Ayrin —maldijo sin saber que más decir.
Ella le miró con tristeza.
—No lo entiendes. Dentro de mi hay algo. Una fuerza, un ímpetu. A veces lo controlo, a veces él me controla a mi. No soy una buena persona, ya no, pero a veces me gustaría aprender a apreciar lo inapreciable. Aprender a querer, a quererte. A ser una persona normal.
Werz seguía entestado, enrabietado en su rincón. Las palabras de Ayrin fueron carcomiendo su entereza, su voz titubeaba.
—Soy un monstruo, lo admito, lo acepto. Odio este mundo oscuro, violento y absurdo. Y yo soy parte de él. Soy parte de él. La gente muere, ya no importa el cuando y el como. Sé que me comprendes, lo que digo. Ser un monstruo, pero a veces buscar una pequeña parte de humanidad ayuda a no perder del todo la cabeza, pero si no la encuentras...
Esas palabras vibraron familiares en la mente de Werz, demasiado familiares, seguía negándose a hablar.
—¿No dices nada? —preguntó sin ánimo—. Lo entiendo. Me odias, te odias. Querías evitar otro Alastrad, no pudiste. Lo siento.
En ese momento, Werz la miró con asombro.
—Me contaron quien eras, que hiciste. Quedé fascinada por ti, Erzo. Creía que al final había encontrado a alguien que me comprendería, que me ayudaría a no volverme loca. Cada día que pasaba contigo, más firmemente creía que había encontrado mi alma gemela.
—Almas gemelas —repitió Werz sombrío.
Ayrin asintió con una sonrisa apagada.
—Tú tomaste tu decisión tras Alastrad, yo tomé la mía tras Hara. Quiero estar contigo, amarte, vivir juntos y, al menos, avanzar unidos en el mar de tinieblas que es este mundo y nosotros mismos.
El corazón de Werz empezó a palpitar con violencia. La mujer lo miraba, consciente de la imprevisible reacción del lunastro, aceptando cualquier desenlace.
—Incluso los monstruos pueden tener sentimientos, incluso los monstruos pueden cambiar. Yo, te odio Ayrin, te odio tanto como te amo. Eres todo cuanto yo fui y lo que pude ser, pero hemos cruzado juntos un estanque de sangre y ahora ya da igual volver atrás. No importa cuanto nos lamentemos, pues la carga de tantas muertes a nuestras espaldas son una losa demasiado grande para buscar el perdón. Vivir sufriendo juntos, es un destino justo para dos monstruos con almas gemelas.
—Te amo, Werz de Alastrad.
—Te amo, Ayrin de Rashemen.

Aquella noche a bordo del mercante zhayino hubo pasión. Dos animales salvajes cruzaron sus almas, unieron sus espíritus atormentados logrando algo parecido a una luz que les hizo olvidar toda oscuridad, atrapados en un éxtasis de besos, caricias y gemidos. Werz y Ayrin se entregaron las almas el uno al otro, procurándose lo que nunca habían experimentado. Mientras la pareja se entrelazaba con pasión, ambos fueron siendo conscientes que sus vidas no volverían a ser las mismas.

XXI. Rojo carmesí​

Zorek Zass se rascó su mano derecha que tenía un ageometrado tatuaje negro. Contó por centésima vez sus anillos. alineó obsesivo su colgante y alisó su túnica roja. Esperaba en una habitación, exageradamente iluminada por una luz de origen incierto, y con el único atrezzo que dos sillas de madera de factura simple. Eso no importaba, con una sencilla conjuración la sala brilló aun más devorando todos los rincones libres de ella y para cuando el fulgor desapareció aquellas dos sillas habían sido acompañadas con el mobiliario digno de un monarca. Zorek se sentó en una portentosa silla ilusoria, de una madera de cedro ilusoria y con un mal humor para nada ilusorio.
A los pocos minutos dos soldados zhayinos hicieron entrar a una muchacha joven, pequeña, de largos cabellos negros y mirada extraña. Con ella estaba un varón adulto, de buena complexión atlética, ojos oscuros y un pelo igual de negros.
—Sentaos —ordenó con autoridad. La pareja se sentó obediente, los guardias se quedaron en la puerta. El mago rojo se recostó sobre su silla inexistente. Los miró en silencio con la mirada de un lobo hambriento pero que no sabe por cual carne empezar.
—Tres esclavos gnoll muertos y dos de mis aprendices haciéndoles compañía en el Plano de Fuga —dijo al fin—. Dos polizones en mi barco, huidos de Skuld y dispuestos a tensar las relaciones de Mulhorand y el zulkir de Priador.
Hablaba un común de acento exquisito, suave cual terciopelo. Zorek se rascó de nuevo el tatuaje de la mano.
—Bien quería conocer a los autores de esta mi desgracia antes de mandarlos destripar —tanto Ayrin como Werz estaban callados, sin ademán de añadir o negar nada. El mago rojo movió la mano murmurando algo.
—Pero encontrar a dos individuos capaces de huir de una Skuld en alarma, colarse en un buque en marcha, copular en él sin miedo a ser descubiertos y luego matar a siete de sus tripulantes —el mago hizo una ligera pauso, se inclinó juntando los dedos—. Eso es harto interesante. ¿Cómo os llamáis, escoria?
Ayrin y Werz dieron sus nombres con sumisión. El zhayino sonrió con una dentadura perfecta, también ilusoria.
—La viva imagen de la pasión descontrolada —dijo con sorna—. ¿Qué debo hacer con vosotros? Mataros sería un desperdicio, para la esclavitud sois demasiado conflictivos.
Hubo otro silencio, este más largo que el anterior. Al rato el mago rojo dibujó un rectángulo sobre la falsa mesa. Al instante brotaron un par de pergaminos escritos, dos contratos. Se los acercó uno a cada uno.
—Os ahorraré la lectura. Dos contratos, idénticos el uno al otro. Durante un año trabajaréis para mi, Zorek Zass. Vencido el año, si sobrevivís —y eso lo remarcó con malicia—, seréis libres de iros.
Werz leyó el contrato aun así, Ayrin se quedó quieta sin reaccionar. Aunque escrito en zhayino las palabras se conjuraron para poderse leer en común. Cuando terminaron ambos dirigieron una significativa mirada al mago rojo.
—Esta claro que no tenéis elección mejor.

El nuevo, y forzoso, jefe de Ayrin y Werz no resultó ser el perfecto tópico del mago zhayino. Aunque implacable, astuto y ambicioso seguía unos marcados límites morales que, en principio, relajaron los temores de la pareja de que ese contrato de un año no se convirtiera en uno de por vida. El mago rojo sabía usarse del miedo para con sus enemigos, de la justa gratitud con los amigos y saber cuidarse de las puñaladas de estos últimos. Cuando se provocaba la ira de Zass su ira terminaba por ser tan terrible como cruel, aunque por suerte Ayrin y Werz nunca tuvieron que sufrirla en sus propias carnes.
Cierto era que Zorek no era de los más poderosos, pero su fama de cumplidor con sus pactos y equidad le habían granjeado cierta influencia en los círculos más escrupulosos de los zhayinos. En Zhay era uno de los pocos casos en que la maldad no quitaba lo honorable. El mago tenia una mentalidad pragmática como demostró contratando a la rashemí y al lunastro. Ayrin la instruyó en las labores del protocolo y la etiqueta zhayinas, por lo que aprendió sobre el trato con otras culturas orientales, así como repasó algunas de las más influyentes de occidente. A Werz le esperó un trabajo más físico, le convirtió en su guardia personal, labor que cumplió con la eficacia que se esperaba de él. A las dos semanas ya había evitado tres intentos de asesinar a su nuevo patrón.
Fue con el tiempo que aquello cuanto estaban viviendo empezó a gustarles.

XXII. Herencia​

Si por algo destacaba Zorek Zass era su obsesión por el perfeccionismo. Tanto en sus ilusiones como en su vida, el cuidado por el detalle, casi enfermizo, del mago rojo siempre llevaba al asombro de Werz. El ahora guardaespaldas había aprendido como alumno aplicado de aquellos detalles que tanto sabía diferenciar su patrón. Y fue por ellos que más de una vez le habían guardado el cuello en el hostil mundo que era Zhay.
Hundido en aquellos detalles, Zorek advirtió que aquel atardecer Werz estaba más meditabundo de lo habitual.
—¿Algo te preocupa, sombra? —preguntó usando el apelativo casi "cariñoso" que le había adjudicado desde que trabajaba para él. Werz miró de soslayo al arcano.
—Ayrin está muy rara últimamente, señor —no le ocultó nada, era inútil—. Disculpe, dejarçe mis asuntos personales ajenos a su seguridad a un lado. Ruego que no me castigue.
Aunque la coletilla era un automatismo propio del protocolo zhayino, el mago sonrió complacido por aquella sumisión. Zorek alineó su colgante sobre su pecho.
—Un guardaespaldas dudoso es cómplice del asesino —soltó cual epitafio. Se recostó en su sillón de piel de quien sabe que criatura e invitó a Werz a acercarse—. Háblame de estas tus preocupaciones.
El lunastro se acercó obediente, escogió las palabras.
—Hace poco más de un mes que os sirvo, señor Zass. He aprendido a observar cada detalle, como nunca antes hubiera podido imaginarme gracias a su tutela. Creo que Ayrin me esconde algo, pero no sé que es. Pero una cosa sí la veo, me recuerda a como estaba, poco antes de...
Zorek terminó su frase.
—De arrasar Hara —Werz le miró expectante—. Que aquella que dicen ser su maldición reaparezca, ¿aquí? Dudo que ni siquiera lo que sea que es esta maldición exista. Menos aun que lo que te preocupa sea el problema.
Se dejaron volar unos pocos segundos.
—¿Qué sabe de la maldición, Zorek?
El mago rojo se inclinó hacia delante, le miró con ojos casi malévolos de quien posee todo el saber ante un ignorante.
—Sé cosas, sombra. De una niñas nacidas con la herencia de unos ojos capaces de cambiar a brillos dorados cuando entran en un trance homicida. Bastante desagradable debo añadir. Habladurías, falsedades, inventos de las brujas.
Werz arrugó la nariz mirando la resolución del mago sin darle mucho crédito con la mirada.
—He visto esas transformaciones, esa crueldad innata. Es como si de repente otra Ayrin surgiera de ella misma. Sus ojos amarillos son el preludio al emerger de la maldición.
Zorek tomó su tiempo para responder, tiempo que invirtió en ordenar papeles sobre la mesa.
—Verás, cuando aprendes por los caminos de la ilusión manipulas tu mente tantas veces que la vuelves escéptica a cuanto eres capaz de ver u oír, incluso tocar. Es un proceso que te vuelve desconfiado por naturaleza, que te hace poner en duda todo cuanto has conocido, conoces o conocerás. El mundo siempre tratará de engañarte dándote las respuestas obvias en lo complejo y lo complejo en lo obvio —hizo una pausa efectista—. Un ilusionista modifica la percepción real de las cosas, comprende que a veces la mente es tan fácil de engañar que asusta de los moldeable que es.
Werz le miró sin acabar de comprender al mago.
—En mi época como aprendiz estudié muchos tipos de maldición, dolencias y "males espirituales", ¿y sabes qué? Puedo asegurarte que un tanto por ciento muy elevado de los casos que estudié aquellas maldiciones tan reales y terribles no eran más que invenciones de mentes rotas. Es de suponer que una maldición es algo poderoso, lo suficiente como para no ir soltando una por cada tontería que uno cree. Por lo general eran creaciones en el subconsciente colectivo o de la víctima en cuestión que, sin ser reales, transforman en algo vívido para quienes las creen padecer.
El mago rojo bebió un poco de agua de una jarra estratégicamente colocada a un palmo de su mano derecha. Continuó con su discurso.
—Las víctimas estaban tan convencidas de sus efectos que, tras un seguimiento adecuado, se las descubría causando los efectos nocivos de aquellas maldiciones que se supone que tenían con su propia mano.
—¿Farsantes? —se aventuró Werz empezando a entender el tema. Zorek negó con una sonrisa cínica.
—No. Lo curioso de estos casos es que las víctimas no era conscientes de lo que hacían. Su mente estaba tan convencida de su mal que habían creado una personalidad específica para crear, primero, los efectos de la maldición y, luego, sufrirlos como algo genuinamente mágico. Lo interesante de esos casos, cuando se lograba vencer a aquella personalidad autodestructiva, la víctima era incapaz de asimilar la realidad. Generalmente se volvían locos o se suicidaban.
A Zorek le divirtió la inquietud que mostraba Werz por momentos. El lunastro trató de defenderse de aun no sabía bien de que.
—Sus ojos brillan cuando cambia, eso no puede hacerlo nadie normal —se aseguró casi para él mismo.
—Estamos en un mundo en el que los muertos se levantan de sus tumbas, magos capaces de evaporar bosques en un suspiro y no hará tanto tiempo que los dioses caminaron entre los mortales casi como uno más. ¿No crees capaz a alguien de poder manipular algo tan sencillo como unos ojos y su brillo? Las brujas rashemíes bien son capaces de esos poderes y más.
A Werz no le gustaba lo que oía, se sorprendió queriendo creer a Ayrin maldita y no loca. ¿Pero cómo podía estar segura? Lo que ella le había contado, su infancia y juventud bien podrían haber creado esa necesidad, esa maldición, para protegerse de un mundo hostil. Renegó de esos pensamientos.
—¿Qué interés podrían tener las brujas en "crear" una maldición como esta?
Zorek se encogió de hombros de forma amanerada.
—¿Quién lo sabe? Las jazhrán son una organización misteriosa, nadie sabe realmente sus propósitos. Bien debes saber que matan a cualquiera que ose contradecirlas o acercarse a sus lugares sagrados —hizo una leve pausa mientras miraba con indiferencia la creciente preocupación de Werz—. Pero no quieras preocuparte, sombra. Lo que afecta a tu Ayrin ahora mismo dista mucho de ser negativo. Es raro que a estas alturas aun no te hallas dado cuenta. Aun no has aprendido todo cuanto tienes que aprender sobre los detalles.

Nueve meses después, una tarde parecida en la que Werz supo del embarazo de Ayrin, los llantos de una niña recién nacida vibraron entre las paredes de una ascética habitación sin decoraciones. Ayrin contenía una furiosa resistencia a caer desmayada, Werz contemplaba atónito el acontecimiento y la matrona recogía al bebe.
—¿Qué ha sido? —preguntó febril la rashemí. Werz la tomó de la mano. No podía evitar una explosión de sensaciones maravillosas en su estómago, un delirio de calidez mientras contemplaba a la madre de su hija.
—Niña.
Ayrin apretó la mano con poca fuerza.
—Quiero verla.
La matrona aseó al bebe, lo envolvió con un trapo ceniciento. Ayrin tomó con indescriptible emoción a su pequeña, casi parecía llorar con el bebe que empezaba a callar.
—Zaida. Así se llamará. Como mi madre.
Werz asintió conforme sin añadir nada. Jamás vio una mirada tan perturbadora como feliz en Ayrin. El lunastro recurrió a la conversación con Zorek nueve meses antes y sonrió levemente. No importa que sea una maldición o no, pensó mirando a madre e hija, estamos aquí, los tres juntos. Eso es lo único que me importa.

XXIII. Un mundo que jamás conocimos​

A la atención de Khelben Vara Negra,
No sé bien como empezar esta carta, pero ya creo que las disculpas de nada sirven. He fracasado en la misión que se me encomendó. No puedo matar a la mujer que amo, a la madre de mi hija. Sé que admitiendo esto me convertiré en foco de posibles represalias, las cuales aceptaré con resignación sobre mi persona, pero no en la de mi esposa y mi hija. Soy consciente que mi palabra no vale nada, pero cualquier secreto que tuviera sobre los Lunastros morirá conmigo. Acepte este último informe como mi renuncia de los Lunastros.
Tal como se me ordenó me dirigí a Rashemen para encontrarme con la bruja Esuada, la cual me puso al corriente de mi misión de eliminar a Ayrin Saydin. Esta, afectada por una maldición local, era un peligro ya que era capaz de caer en un trance homicida en los momentos de máxima presión e incluso inducirlo de forma consciente. Mis pasos iniciales me llevaron a Amn, donde averigüé que había sido la causante de tres asesinatos para luego desaparecer en dirección a Calimshán. En el camino hacía Puerto Cálim conocí al que puedo asegurar que es un ladrón de las sombras amniano, tuve que colaborar con él para localizar a Ayrin.
En la ciudad calishita la pista me llevó a un fumadero de opio llamado “El Emperador del Mundo”. Tras sacar la información del mediano que lo regentaba supe que tenía que dirigirme esta vez a las junglas de Khult. En el mismo Puerto Cálim me embarqué hacia el sur. Poco tiempo pasó hasta localizar nuevas víctimas de ella, pero esta vez pude seguir su rastro adentrándome en la selva. Mi persecución casi me cuesta la vida en varias ocasiones, me enfrenté a la misma Ayrin dos veces sobreviviendo por poco.
Los pasos tras ella me llevaron al territorio de la región de Tashalar. Allí fui apresado, junto a la misma Ayrin, por un embajador sembiano y sus hombres. En su campamento Ayrin fue violada en repetidas ocasiones, yo fui abandonado en una jaula en las afueras del mismo. Un elfo llamado Aheye, contrario a las prácticas sembianas, nos liberó a mi y a Ayrin. En aquel momento no pude matarla, estaba indefensa, no era consciente de si misma. Siguiendo las instrucciones del elfo llegamos a una villa de vinateros llamada Hara. En ella creí poder hacer cambiar a Ayrin, como una vez lo hizo usted conmigo. Me equivoqué. En un ataque de lo que fuera su maldición, incendió Hara y exterminó a sus habitantes. Ayrin huyó, yo fui tras ella junto al único superviviente: un niño llamado Lhean.
Emprendí mi persecución a través de El Sheír, el niño lo dejé a cuidado de un avezado mago llamado Kaen, pero mi objetivo ya había cambiado. Ya no perseguía a Ayrin para matarla, aunque no lo supiera, la perseguía para redimirla, cambiarla. Me estaba enamorando de ella. Llegué a Mulhorand donde ambos huimos de la guardia de la ciudad abordando un buque zhayino.
Hoy vivimos en Zhay, sé que clase de lugar es este, pero aquí ha sido el único lugar donde Ayrin ha podido encontrar un equilibrio, donde yo también lo he encontrado con ella. No sé que nos espera en el futuro, pero sé que mientras dure podremos conoces un mundo que jamás conocimos.

Lamento haberle fallado,
Werz de Alastrad

XXIV. Castigo​

—Se ve Rashemen desde aquí —dijo taciturna Ayrin desde el jardín de la villa en la que se hospedaban ella, Werz y Zaida acompañando a Zorek Zass—. Reconozco su aroma, el murmullo de los espíritus del bosque llegar hasta aquí. Es embriagador.
Werz observaba a su esposa con dudas, la pequeña Zaida no tantas pues enseguida que su padre se despistó arrancó a gatear junto a su madre.
—Mama —gorgoreó exigiendo atención con las manitas alzadas. Cuando Ayrin volvió su mirada hacia la niña toda melancolía fue engullida por la más brillante de las sonrisas. Se acuclilló junto a Zaida abrazándola con la fuerza de una madre, la levantó con apoyándola en sus brazos. Ayrin jugaba como una niña más con su hija, no dejaba de reír por cada una de las tretas de la pequeña.
—Una imagen para el recuerdo —siseó Zorek a sus espaldas, Werz se volvió raudo como si le hubiera sorprendido un espectro.
—Lo es, señor.
—Espero que la niña sepa mantenerse quieta. Te necesito conmigo, sombra. El cierre de este pacto con el zúlkir de Suzháy es importante. No toleraré fallos —esgrimió con contundencia. Werz asintió de nuevo, Zorek relajó el porte y se colocó a su lado. El mago rojo le acompañó con la mano para que se volviera hacia Ayrin y Zaida.
—Gracias por dejarlas venir. Creo que a Ayrin le gustaría ver su hogar, aunque fuera desde Zhay.
El arcano gruñó casi molesto.
—No pretendas creer que este mago rojo tiene compasión, sombra. Hará tres años que llegasteis a mi servicio. Si Ayrin está aquí es como premio a sus labores durante todo este tiempo, no más. El trabajo bien hecho merece recompensa, el fracaso merece castigo.
Werz movió la cabeza agradecido. No dejaba de mirar a una Ayrin exultante de belleza y felicidad que estaba haciendo cosquillas a Zaida. Las dos reían como si el mundo tuviera que hacerse eco su alegría. Y el mundo, por desgracia, las escuchó.

La vuelta de la reunión fue sorprendentemente tranquila. La negociación con el zúlkir se había zanjado con no menos de cinco amenazas de muerte, aquello venía a significar un buen inicio para los intereses de Zorek. A medida que se acercaban a la villa, el movimiento de soldados y milicia gnoll iba aumentando. Werz actuó por instinto cuando pudo ver una gruesa columna de humo que escalaba al cielo desde la casa donde estaban Ayrin y Zaida. Por su enorme fuerza de voluntad no salió corriendo a por las dos.
La casa estaba rodeada de gente, era un fuego controlado en una parte de la casa que apenas había provocado daños, no había rastro de Ayrin o Zaida. Cada evz más histérico, Werz irrumpió en la villa encontrando a la rashemí encogida en un rincón, tenia la mirada abarrotada de desesperación. Su hija no estaba con ella.
—Ayrin, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está Zaida?
La mujer le miró, todas las lágrimas contenidas estallaron como un torrente inabordable, se aferró al pecho de Werz.
—¡Se la han llevado! ¡Se han llevado a Zaida! Me dejaron sin sentido, no los esperaba. No pude evitarlo. ¡No pude!
Werz también tuvo que buscar fuerzas para hablar. Ayrin se hundía más y más en sus brazos.
—¿Quienes? ¿Quién ha sido?
Antes que ella se dispusiera un instante en pensar una respuesta, la voz fría de Zorek tronó como un pájaro de mal agüero.
—Berserkers rashemíes. Los guardias irrumpieron a tiempo en la casa para evitar que la mataran. Han huído, se les ha perdido el rastro.
Lo único que le pasó por la cabeza a Werz fue lo obvio.
—Ha sido mala idea traerte aquí.
Los segundos se volvieron minutos, Zorek regresó con la guardia y Werz estaba bloqueado cuidando aun de una temblorosa Ayrin. Nunca la había visto tan indefensa y desolada, solo aquella vez en el campamento sembiano, pero esta vez todo ese miedo estaba volcado en su hija. Ayrin tenia mucho miedo.
—Iré tras ellos —anunció cuando se recompuso un poco, su voz se alzó oscura—. Les daré caza, les mataré, me convertiré en la maldición que quieren que sea y recuperaré a Zaida.
Werz negó con la cabeza aterrorizado por momentos. Sabía que iba a ver cuando la mirara a los ojos: un abisal brillo dorado.
—Contrólate Ayrin. Iremos tras ellos, juntos, pero has de controlarte. Precipitarte no...
—No me detengas —le interrumpió con brusquedad—. Se han llevado a mi hija.
El lunastro suspiró aceptando que no podría retenerla, tomó la opción menos mala.
—Te acompañaré. Solo debes esperarme a que hable con Zorek —se levantó buscando su complicidad—. Espérame, por favor. Espera.
Aquello cuanto decía no se lo creía ni él, pero era demasiado tarde. A su regreso tras hablar con Zorek de cómo pararla, Ayrin ya no estaba.

—¿Ir tras ella? —preguntó con desinterés Zorek—. Tu contrato terminó hace dos años, nada te ata a mi servicio.
Werz no supo como encajar la reacción del zhayino, ante el silencio de su guardaespaldas Zorek continuó.
—Ayrin está descontrolada, es un peligro —afirmó con reclinándose en su sillón—. Para los rashemíes. Pero tampoco quiero excesivamente cruel, así que te daré la libertad de ir tras ella. Es lo justo tras haber recibido vuestro castigo.
El tono que empezaba a tomar la voz del mago rojo. Werz la reconocía demasiado bien, terriblemente bien.
—¿Qué quieres decir? —un pálpito lo advirtió, la sonrisa maligna del arcano se lo confirmó.
—¿Cómo crees que esos patéticos rashemíes sabían donde atacar? ¿Cómo han sido capaces de llegar hasta aquí? ¿O cómo llevarse a Zaida dejando viva a Ayrin? ¿Qué opinas, sombra?
Werz dio un paso atrás, puso los ojos en blanco.
—No.
—Sí. Zorek Zass no olvida nunca las afrentas. Con la desaparición de vuestra hija el castigo por abordar mi barco y matar a mi gente queda zanjado. Eres libre.
La ira rebosaba en la mirada de Werz. El mago rojo se adelantó a cualquier reacción.
—No tienes a tus Lunastros, tu hija probablemente muera durante el camino mientras abusan de ella, tu Ayrin ha perdido la cabeza convirtiéndose en el monstruo incontrolable que todos se empeñan que sea. Va arrasar medio Rashemen hasta que la maten. Por eso eres una sombra, Werz, todo cuanto encontraste lo vuelves a perder.

Engañado, destrozado, vencido. Werz abandonó abrumado Zhay hacia Rashemen. Lo único que le quedaba estaba allí, perdido en la niebla de sus espíritus. Seria un viaje sin retorno al corazón de donde surgió el monstruo, se planteó muchos desenlaces, y todos eran aterradores.

XXV. Rumbo de colisión​

Werz hacía dos días que atravesaba los bosques de Rashemen. En su segunda llegada a la Tierra de los Espíritus, la bienvenida era una hostil sucesión de lluvias y la presión constante de ojos invisibles que lo observaban desde las sombras. Sus milenarios bosques de encinas, robles y pinos parecían ser lóbregos espectadores de su historia. Una historia de odio, crueldad, compasión, muerte, amor y redención.
Ayrin había pasado como un caballo desbocado sin frenar el paso. Werz sabía de las consecuencias de aquella situación, estas no se hicieron esperar demasiado. Primero fueron labradores solitarios, luego restos esparcidos sobre carros teñidos de rojo, las pequeñas aldeas empezaron a sucederse. Werz cruzó aquellos pueblos arrasados, silenciosos y llenos de muertos. Anu tuvo que recorrer tres más para encontrar algún superviviente.
Era una muchacha joven, su corpulencia contrastaba con el cuerpo atlético de Ayrin. Estaba inclinada en el suelo protegiendo a un bebe que no dejaba de llorar, la mujer tenía los ojos blancos por el terror. Aunque parecía que Ayrin aun era capaz de discernir las cosas, la superviviente estaba tan horrorizada que solo podía repetir un conjunto de palabras que reconoció de las pesadillas de Ayrin.
—Mexti rawra ejrar, aer aema meajrad.
“Protegedme espíritus de la oscuridad”

Dos semanas siguiendo aquella estela de destrucción salvaje le conducieron a una última aldea. El silencio también había devorado el lugar, pero mientras avanzaba por el camino que hacía de calle principal le salieron al encuentro hasta diez bárbaros rashemíes. Aullaban y gruñían como animales salvajes, Werz se preparó para el combate y sacó su espada. Se encaró a los bárbaros. Los rashemíes se mantenían en posición, Werz lo encontró raro. Solo había una cosa capaz de frenar aquel grupo de salvajes coléricos. Buscó una máscara. Y la encontró.
A unos veinte metros de los bárbaros tras ellos el rostro artificial de una lechuza le observaba con gravedad. La bruja estaba quieta, rígida como el tronco de un árbol, casi demostraba indiferencia ante la situación. Werz reconoció la máscara.
—¡Esuada! —gritó el lunastro con furia—. ¡Esuada!
Algunos bárbaros le increparon en su lengua, Werz solo tenia su mirada para la jazhrán. Se puso a caminar hacia ella, los bárbaros gruñeron sacudiendo sus armas dispuestos a no dejarle pasar.
—¡Esuada! Ven aquí bruja, no te escondas. ¡O pasaré por encima de ellos e iré por ti! —la voz de Werz se contaminó de odio. La bruja rió malévola.
—Seria interesante verlo, Erzo.
Werz se controló, los bárbaros estaban listos para caer sobre él.
—¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está Ayrin? —apretaba tanto los dientes que parecía que le iban a estallar.
—Tu hija está con nosotras ahora, Erzo. Ayrin se dirige hacia ella, hacia su muerte, su tumba.
Fue entonces cuando el Carnicero de Alastrad renació, un torrente de furia homicida le controló los movimientos. Werz enfocó su objetivo en Esuada y empezó a matar. Cuando los bárbaros reaccionaron, tres ellos caían con sus pechos abriéndose en canal. La bruja rugió ordenando su muerte, los rashemíes se abalanzaron sobre sobre él como un enjambre de insectos, pero ni así lo frenaron. Werz se arrodilló esquivando dos golpes, del suelo agarró una de las hachas que se habían quedado sin dueño y al instante se la incrustó en el esternón de otro bárbaro.
Werz puso marcha directa hacia la bruja, no frenaba el paso. Uno tras otro caían muertos, eran incapaces de frenar a aquel hombre que movía sus armas en una vorágine de muerte descontrolada. La bruja sin creer lo que veía reaccionó tarde, Werz la derribaba con toda su fuerza. Inmovilizada en el suelo, la fijó con dos cuchillos que perforó sus muñecas hasta llegar a la tierra. Werz sonrió satisfecho su obra, la bruja Esuada luchaba por respirar bajo la presión que el lunastro estaba ejerciendo sobre su pecho.
—¿Dónde están?
La jazhrán le miró con desafío.
—Me matarás una vez lo haga.
Una vez más, Werz sonrió con malignidad.
—No te mataré —negó lentamente—, Esuada. Te crees tan por encima del bien y del mal, oculta tras esa máscara, que jamás comprenderías lo que significa ser capaz de cambiar, ser otra persona a la que una vez fuiste y por eso no te voy a matar.
—Tú sigues siendo el mismo asesino —Werz no le quitó la razón.
—Sigo siéndolo, pero me arrepiento tanto que mientras viva llevaré una losa de puro odio hacia mi mismo. Y cuando los dioses quieran que muera lo seguiré pagando en el otro mundo, pero mientras esté vivo Ayrin y mi hija es lo único que encarna mi humanidad aunque tu no lo entiendas.
Esuada tosió por la presión, no dejaba de ser una anciana.
—No me va a dar lecciones un asesino como tú.
Werz la miró tétrico.
—Soy un monstruo como Ayrin, bruja, pero tú no eres mejor que yo. Antes de morir quiero hacer algo correcto, algo bueno, y lo había logrado. Pero vosotros, sembianos, mulhorandianos, zhayinos, calishitas o rashemíes no sois mejores que nosotros. Conspirando, decretando quien vive o muere, como dioses, pero no sois monstruos porque vosotros decretáis quien lo es y quien no. Dime donde están, anciana, o Ayrin no será la única maldición de la que deberá preocuparse tu tierra.
El rostro de la máscara seguía inexpresivo, pero en las rendijas de los ojos Werz pudo ver el miedo.
—Están en Arham, el lugar donde nació Ayrin. A treinta millas al este de aquí. Si vas entiende que vas a la muerte. Aun estás a tiempo de irte, olvidarte de todo esto. Esto es un problema de Rashemen, no tuyo extranjero.
Werz se inclinó finalmente al oído de Esuada, susurró con toda la repugnancia que le daba la bruja.
—¿Qué importa morir de nuevo si cuanto me ha revivido va encontrarse con la muerte?
 

Sam

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XXVI. Vidas pasadas​

La noche de Rashemen descendía como un depredador sobre Arham. Los primeros candiles empezaban a abrir los ojos, marcaron una tenue línea entre la creciente oscuridad y la luz que menguaba. Werz contemplaba la aldea desde una colina, a poco más de un cuarto de milla del pequeño pueblo. Aun no había rastro de Ayrin y en toda la zona reinaba la incómoda calma que precede la tormenta echando mano del tópico.
La espera estaba haciéndose insoportable para Werz. En las cuatro horas que llevaba allí, en más de una ocasión había tenido impulso de bajar él mismo a por Zaida, pero conocía a Ayrin. Sus movimientos, sus instintos, Werz había elegido aquella colina no por azar, sino porque era la mejor colocada para observar Arham y Ayrin buscaría esa posición. Pasaron dos horas más, la noche se abrigó de estrellas. Apenas había luna.
El frío había aumentado, a Werz empezaban a dolerle las manos. Notaba como la escarcha se incrustaba en los huesos, y no hasta entonces escuchó a algo arrastrarse por el follaje. Fue demasiado tarde, había bajado la guardia. Alguien emergió de las tinieblas inmovilizando al lunastro por el cuello.
—Una vez más, muerto —susurró con calidez Ayrin. La mujer pronto le dejó el cuello, lo abrazó por la cintura por la espalda. Werz agradeció con necesidad el tacto de Ayrin.
—No tenias que haberte ido sin mi —respondió con dureza, la rashemí sonrió triste y apoyó su cabeza en el hombro del lunastro.
—Soy impulsiva, cariño. No tengo remedio, pero aquí estás.
Werz bajó un tanto la cabeza.
—Dejas un rastro fácil de seguir. ¿Era necesario todo aquello? ¿Matar a tanta gente? ¿Tantos de los tuyos? —el lunastro buscó encarar a Ayrin con suavidad, pero con la misma suavidad ella lo retenía.
—Soy una maldición para los míos, Werz. Ya era hora que la sintieran por ellos mismos —respondió maligna.
—Siempre puedes elegir, decir basta. No ser aquello que esperan de ti. Sabes bien que puedes controlarte, controlar la maldición —argumentó con calma. Ayrin se aferró aun más a su cintura, daba la sensación que tenía miedo que Werz escapara de su lado.
—Ya eligieron por mi, cariño. Mi padre, las brujas, la gente. Siempre acusándome, siempre marcada. Mi madre murió cuando yo tenía tres años, solo recuerdo su tristeza. Recuerdo como mi padre me acusaba de todos sus males, como me pegaba cada día por ello. Llegué a creer que mi madre había muerto por mi culpa —Ayrin miró a la oscuridad con los ojos apagados, difusos—, y aun lo creo.
Werz tomó la mano de la rashemí, la acompañó hasta poder mirarla a la cara. Esta vez ella no se resistió. El lunastro la abrazó de nuevo.
—Déjalo estar, Ayrin. El odio que sientes, la ira, la culpa, todo ese miedo acumulado durante tanto tiempo. Ese veneno te destruirá, y luego lo hará con la gente que te rodea. Si no rompes con todo esto volverás a ser la sombra que eras antes de conocernos, ¿quieres volver a ese punto? ¿Perder todo cuanto has conseguido? ¿Perder a Zaida?
La indecisión de Ayrin era visible. No podía, o no quería, mirar a los ojos de Werz. Sus manos habían perdido toda la seguridad que la caracterizaba.
—Deben pagar, todos —dijo al fin entre dientes. Werz le acarició el pelo con delicadeza.
—Pagarán, pero hazlo por Zaida, por tu amor por nuestra hija, no por el rencor ni el odio que sientes.
Pasaron algunos momentos más de silencio, pero en los ojos de Ayrin una coral de sentimientos se sucedía sin poderse anclar en ninguno. Cuando terminó, el brillo ambarino había surgido, el lunastro tembló de puro terror.
—El amor por mi hija me ha llevado hasta aquí, pero será mi odio por todos aquellos que se la han llevado lo que me la devolverá. Si debo morir para salvar a Zaida será la única cosa decente que este monstruo habrá hecho en su vida.
Werz nunca terminó de negar con la cabeza, ni decirle que aquello que decía no era cierto. Que había visto la madre viva, como Ayrin las había perdonado.
—Ayrin no...
La rashemí fue más rápida, tampoco Werz estaba atento. Ayrin le ganó la espalda y le atrapó del cuello. El lunastro apenas puso resistencia, pudo oír los susurros de ella.
—Somos monstruos, Werz. Nuestras vida pasadas confluyen como una sola, pero tu has podido vencerla y de nosotros dos, solo queda mi monstruo.
La mirada se fue volviendo borrosa por la falta de aire, Werz no pudo hacer nada, tampoco lo quería. Cuando todo se volvió oscuro pudo sentir el cariñoso beso de Ayrin en su mejilla. Luego a lo oscuro lo sucedió la inconsciencia.

XXVII. El monstruo​

El olor a madera quemada lo despertó. Alrededor de Werz una amplia gamma cromática de amarillos, naranjas y rojos que engullían las casas de madera de Arham. El lunastro buscó algún punto de referencia desde la colina, sin levantarse, aturdido y dolido por las acciones de Ayrin. Abajo el pueblo era un mar de fuego, gritos y quien sabe que cosas más. El viento trajo las primeras cenizas al rostro de Werz, como si fuera una invitación a que se alejara de ese lugar, pero como venía siendo costumbre Werz ignoró las advertencias, aunque aquello le condujera al mismo corazón del Hades. En el descenso Werz pudo deducir que el fuego se había iniciado por tres frentes, rodeando el pueblo, pero había un flanco que había quedado libre del avance de las llamas. Werz supo a donde dirigirse, se aferró a su espada, a su voluntad y desechó el miedo. Pero el miedo decidió quedarse.

El fuego ya se había cobrado la práctica totalidad de Arham, pequeños fuegos aislados insistían en derribar hasta el último tablón. Los primeros cuerpos no aparecieron. No eran muchos, guerreros rashemíes que no esperaban el ataque de Ayrin. Degollados, ensartados, pocos parecían haber muerto luchando. En la plaza principal del pueblo oyó los brutales ruidos de una escaramuza que se elevaban por encima del crepitar de las llamas, Werz se defendió del miedo a ver lo que estaba a punto de ver, se blindó y dejó que los sentimientos se convirtieran en desconocidos en su mente. Necesitaba esa frialdad, porque sabía que estaba a punto de ver.
Al otro lado del riachuelo que cruzaba Arham dos brujas, una de joven y delgada y otra de corpulenta de edad indeterminada, y cinco guerreros defendían una vieja cabaña. Las hechiceras estaban descargando una suerte de conjuraciones mágicas sobre un algo que se movía con la velocidad de un diablo enfrente de ellas. Aquello se cubría en las rocas, los carros, lo que fuera evitando el impacto directo de las magias brujeriles. En un momento de falso descanso, Werz confirmó que era Ayrin. Sobre aquel improvisado campo de batalla aun hubo tiempo de ver que hasta tres cuerpos calcinados, posiblemente por el fuego amigo de las brujas, descansaban humeando entre Ayrin y la cabaña. Las brujas y Ayrin intercambiaron fieras frases en rashemí de las que Werz no necesitó traducción alguna.
Las brujas descargaron de nuevo sus magias, pero sin efecto. Algo estaba protegiendo a Ayrin, una aura oscura, maligna brotaba a su alrededor absorbiendo las descargas arcanas. El hecho hizo que la rashemí tomara confianza y volviera a la carga contra las brujas, las hechiceras ladraron ordenes a los bárbaros restantes que se lanzaron como osos a por la diminuta Ayrin. Sin éxito. Usándose de su agilidad superior, la mujer sesgó las cabezas de dos de los berserkers tal como vinieron. Los otros tres plantaron cara, frenaron el avance de Ayrin. Werz recordó las veces que ella afirmaba que en un combate directo ella siempre tenía las de perder, aquella noche eso no se cumplió.
Ayrin saltó, esquivó y cortó con una rapidez diabólica. Parecía poseída por una fuerza homicida, como si la maldición de la que había dejado de creer Werz se hubiera manifestado en el interior de Ayrin. Controlada por aquella macabra danza de muerte los tres guerreros cayeron fulminados, tan rápido fue que escapó a la vista de Werz que estaba inmóvil sin poder reaccionar. Ayrin avanzó encorvada, gruñía de forma gutural, era el rugido de un demonio. Las brujas dudaron y eso la conduzco a su perdición.
La mujer de los ojos extraños se lanzó contra la bruja más joven, esta se pudo defender patéticamente con un conjuro que la fuerza invisible de Ayrin devoró sin pestañear. La rashemí alcanzó a chillar histérica cuando Ayrin la despedazó con su espada, una estocada tras otra, una tras otra, el cuerpo de la hechicera quedó irreconocible. Werz reaccionó, pero como suele ser en estos casos, demasiado tarde. Ayrin se lanzó directamente a por la segunda bruja, esta estaba paralizada por el terror. El choque de la rashemí y la hechicera fue brutal, Ayrin la empujó violentamente hacia la cabaña. Werz corrió con todas sus fuerzas, quería llegar, deseaba llegar. Tenía una mal presentimiento, el más terrible de todos. Mientras la corpulenta bruja y Ayrin forcejeaban por el control de la pelea, unos aterradores gritos se alzaron en Arham. Hubo una explosión en la cabaña.

Todo estaba negro. El humo insistía en llenar los pulmones de Werz, se quedó tumbado en el suelo evitando la peor parte. El lunastro intentaba hacerse una idea de lo que había pasado. ¿Un conjuro? ¿De dónde había aparecido aquella explosión? ¿Dónde estaba Ayrin? ¿Dónde estaba Zaida? Las preguntas volaron sobre los aturdidos pensamientos de Werz que, de forma inútil, intentaba esclarecer mientras intentaba mirar a través del impenetrable manto negro de la humareda.

Oyó a una mujer llorar.

Werz se arrastró hacia los sollozos, poco a poco el humo se fue disipando. Una figura neblinosa se dibujó poco a poco, Werz la reconoció.
―Ayrin.
Ella no se volvió, estaba de rodillas, sollozando. Werz pudo ver el motivo. La cabaña humeaba destrozada, se imaginó lo peor y aun así era incapaz de asumirlo. Ayrin chorreaba sangre, la suya o la de los otros era indistinguible.
―Ayrin ―repitió tosiendo. La mujer reaccionó, pero Werz pensó que ojalá nunca lo hubiera hecho.
―La han matado. Me la han arrebatado. Han preferido matarla a que la recuperara.
―Ayrin no, escucha. Tienes que...
―Muerta ―interrumpió sin miramientos a Werz. Su voz daba miedo―. Nunca más la oiré reír, ni la veré sonreír. Alguien debe pagar.
Ayrin se levantó, maquinal, sin esfuerzo. La sangre se arremolinaba a su alrededor.
―Contrólate, no pierdas la razón. No puedes...
Una vez más Ayrin le interrumpió, esta vez mirando fijamente a Werz. El lunastro había visto muchas cosas que helarían la sangre al más valiente, pero la mirada ambarina, oscura y llena de odio de la persona que más amaba en el mundo lo dejó con el corazón parado. Quiso gritar, maldecir a los infiernos, a los cielos, renegar de las deidades y terminar con toda la existencia, pero Werz simplemente se quedó mirando aquella mirada maligna de una persona que ya no reconocía.
―Demasiado tarde.
Ayrin pasó junto a Werz, que no hizo nada. Se limitó a seguir mirando a la cabaña destrozada, a la tumba de madera de su hija. Todo se había perdido.

XXVIII. Hace tres años​

Se había rendido. Una vez más Ayrin había pasado junto a él y no pudo reaccionar, y sabía que aquello volvería a repetirse. Era incapaz de parar a Ayrin, de hacer lo que debía hacer. Para bien o para mal. Y aquella incapacidad había llevado a su hija a morir.
No supo cuanto tiempo estuvo tumbado en el suelo, únicamente cuando la humareda se levantó filtrando el amanecer una tímida reacción apremió a Werz a moverse. Echó una mirada a su alrededor, la visión de Arham era desoladora. Pilas de madera quemada y cadáveres eran el nuevo rostro de la aldea, una tumba de cenizas para el recuerdo de Zaida. Werz vagó por las ruinas, arrastraba los pies, deambulaba. Llegando a la plaza de la aldea reconoció a una máscara con forma de lechuza. Werz siguió avanzando, lánguido sin ganas para nada.
―Como ocurrió con su madre, la historia se repite ―murmuró febril Esuada. La bruja llevaba vendadas las muñecas que estaban rígidas, pero apenas daba la sensación que estuvieran heridas, probablemente sanadas con magias―. Y yo, como tú, he perdido las fuerzas para continuar en esta persecución sin final.
Werz se quedó enfrente de la anciana, dejó caer el cuerpo sobre una roca en la que se sentó. Inclinó todo su cuerpo hacia delante.
―¿Qué esperabas que ocurriera, Esuada? Todo esto solo podía terminar de esta manera ―respondió hastiado. Esuada dirigió la mirada hacia los restos de la tumba de Zaida.
―Esto no debía ocurrir, tenía, debía ser distinto. Pero todo se torció demasiado pronto, no pude hacer nada por Ayrin, como no pude hacerlo con su madre, mi hija.
La revelación tomó desprevenido a Werz que miró rápidamente a la bruja, esta se adelantó a sus palabras.
―Sí. Ayrin es mi nieta. Ambas compartimos la rimasmso, la maldición ―por instinto, Werz se puso en guardia cuando la anciana le miró con los mismos y siniestros ojos brillaron ambarinos de Ayrin.
―Creí que solo podía haber una de vosotras portando la maldición. Una viva.
Esuada le quitó importancia.
―Una por generación, Werz. Yo, mi hija, mi nieta... tú hija. Generaciones de niñas del diablo, pero, como los espíritus, la maldición que pesa sobre nuestra familia es caprichosa. Y ya no queda nada, ya no importa ocultar nada. Sé que te merezco el peor de los desprecios, pero si quisieras escuchar la última historia sobre Ayrin y su legado quizá puedas comprenderla y hacer lo que debes hacer ―la voz de la bruja tronaba oscura, pero funesta y premonitoria. Werz no respondió, ni siquiera hizo ademán en preguntar. Él también estaba cansado de medias verdades y secretos.
―Es triste saber que la maldición que nos aflige no es más que un reflejo del mundo que nos rodea. De joven aprendí, gracias a la disciplina de las brujas, a controlarla y a dominarla. La maldición no es maligna ni benigna, ella inhibe el raciocinio en los momentos de peligro, si alguna de nosotras cae controlada por su poder, como lo ha hecho Ayrin, las emociones se vuelven insoportables al ser incapaces de contenerlas. Eso es lo que le pasó a la madre de Ayrin cuando ella era pequeña, eso es lo que le pasa a ella ahora. El torrente de sentimientos que está viviendo ha destruido su voluntad para oponerse a la maldición, la Ayrin que conoces ha desaparecido en favor de una nueva que se guía únicamente por el instinto. Y ese instinto solo conoce el dolor, el odio, la pérdida.
Werz miró con mayor frialdad a la bruja. Maldijo para si.
―¿No hay vuelta atrás? ¿He perdido a Ayrin?
La anciana evitó su mirada, avergonzada.
―Siempre queda algo. Si eres capaz de hacerla entrar en razón, ayudarla a que domine. Quizá haya una oportunidad ―Esuada bajó la mirada, pero está vez buscó la de Werz con un terrible pesar en aquella mirada dorada―. Te suplico que lo intentes. Sálvala, intentalo, por favor. He hecho cosas horribles a mi nieta, la he tratado como una desconocida y he intentado matarla sin ninguna clase de remordimiento o al menos eso creía. Pero tú, has evitado todo ese odio, porque lo conoces demasiado bien como para quererlo para nadie. Ayúdala, te lo suplico.
Al lunastro le recorrió una franca sensación de pena por aquella anciana enmascarada, compasión por la mujer que se había equivocado, perdón por la abuela que quería hacer una última cosa buena para su nieta. Werz jamás se perdonaría cuanto había hecho, aquello no le correspondía a él, pero a él aun le quedaba el perdón para otros.
―Lo haré, Esuada. Trataré de salvar a Ayrin, por ella, no por ti.
La bruja asintió lentamente, sonrió de alivio, muy levemente.
―Gracias, Werz. Pero he de ser consciente que quizá debas acabar con su vida. No habrá ya punto medio. Hagas lo que hagas, lo entenderé.
El lunastro se levantó pesadamente. Las piernas le flaqueaban, no quería ir al encuentro de Ayrin. No dijo más a Esuada, que se quedó sin moverse, difusa en los remordimientos. Werz se alejó lentamente, de algún modo sabía que dirección debía tomar.
―Werz.
El lunastro se volvió, miró de soslayo a la bruja.
―Quizá los dioses no olviden, pero perdonan. Y en esta tierra de los espíritus saben que vas a luchar por una de sus hijas. Ellos te perdonan, los espíritus te perdonan. Que el tuyo encuentre la paz que tanto anhela.
El cielo era claro, azul como ningún otro hubo visto jamás Werz. Entonces supo que solo estaba en el ojo del huracán.

El cielo se había oscurecido con rapidez. El viento aullaba, parecía traer los lamentos de los espectros que contemplaban ansiosos el devenir de los acontecimientos. Ayrin estaba quieta sobre el principio de un puente de piedra, Werz llegó por el otro, el río que atravesaba estaba seco. La mujer rugía antinatural a la nada, gritaba en rashemí, pero incluso sin comprender el lunastro llegaba a entender que el odio germinaba cada palabra.
―¡Ejraeixai! ¡Ejraeixai! ¡Namxa ejraeixai, nombadai Rashemen naexo!
La rashemí clamaba a los espíritus de la venganza, pero Werz la interrumpió sin contemplaciones.
―¡Ayrin!
La mujer de los ojos extraños se volvió hacia Werz, y aquella mirada poseída por lo maligno, lo cruel lo estremeció. Ella no dijo nada, él dio un paso hacia ella.
―Escúchame. Conozco ese dolor, todo ese sufrimiento insoportable. Lo sé.
Ayrin le cortó con agresividad, su voz vibraba quebrada hasta el punto de lo patético. Daba la sensación que iba a llorar en cualquier momento.
―¿Qué sabrás tú? ¡No sabes nada! ¡Nada!
Un estallido de ira dijo basta en Werz.
―¡Yo también he perdido a Zaida, Ayrin! ¡Yo también la he perdido para siempre! No eres la única que sufre, ¿sabes? ―Werz gritó desgarrador, perdiendo la voz. Sacó algo tan necesario como su frustración, su pena y hubiera seguido gritando. Necesitaba sacarlo todo, llorar de rabia, culpar al mundo, pero debía controlarlo todo una última vez―. Todo lo que has sufrido, lo que padeces no te pertenece a ti sola. Tú misma has provocado a tantos eso mismo que ahora tu vives que no debería darte siquiera derecho a pedir venganza. La misma pérdida. ¿Cuantos padres? ¿Cuantos hijos? ¿Cuantos Haras o Alastrads has creado tú? ¿Cuantas Zaidas? Has sembrado la misma agonía que te ha visto crecer. Te conviertes en aquello que probablemente más odias.
Ayrin le miró fulminante, una retorcida mueca que recordaba a un cadáver que desdibujó atravesando su rostro.
―Todos deben pagar. He sufrido y el mundo es un sinsentido si no padece lo mismo que yo. Soy un espíritu del tormento, un azote para los que no conocen como es este mundo de cruel y ellos me lo agradecerán. ¿Qué es este mundo sino egoísmo y envidia? La gente no quiere sobrevivir, quiere aplastar al prójimo para vivir lo mejor que puedan sin pensar en los daños que hacen. Sin pensar en el mañana, en sus hijos o cualquiera que no sean ellos. Es así, es nuestra naturaleza. Nuestra condena. Yo solo traigo la naturaleza verdadera del mundo ante sus ojos, un mensaje de sangre y muerte que les obligará a aceptar que este mundo está perdido, sin futuro. Y todos se volverán locos cuando comprendan que el mundo se acabará en la vorágine de caos y destrucción que les ofrezco.
Werz la miraba, sus ojos ambarinos brillaban convencidos de todo cuanto decía. Oía la voz de Ayrin, pero no la escuchaba. ¿Había sido siempre así? ¿Era posible? Werz lloró, no pudo contener las lágrimas por la mujer que amaba que se había perdido para siempre. Su espada siseó saliendo de la vaina.
―Así que la mujer que amo se ha ido. La he perdido.
La rashemí le miró fiera, cruel, poco tardó en sacar el arma frente a él.
―Ella jamás te amó.
Y jamás hubo combate, solo una sucesión de golpes en los que Werz apenas se pudo defender. Ayrin se lanzó como una pantera con el arma dispuesta para atravesarlo. Werz iba retrocediendo, bloqueando a duras penas la furia homicida de Ayrin, las últimas palabras de la mujer había surtido efecto. Quería morir, acaba con todo, pero no se iría solo.
Werz respondió con ímpetu e hizo retroceder la embestida inicial de ella. Sus miradas cruzaron mensajes que solo ellos entendían, pero sus espadas chocaban quebrando el aire con su chirriante sonido. El lunastro aventajaba a Ayrin, la técnica de la mujer era tosca y directa. No estaba acostumbrado a duelos largos, ella siempre terminaba deprisa, pero no había dudas de que había mejorado en aquellos seis años desde que chocaron por primera vez. Una vez más un espadazo de Werz hizo temblar la defensa de Ayrin, el duelo parecía que iba a decidirse rápido.
Werz bajó en picado la espada directamente sobre la testa de Ayrin, pero la mujer pudo esquivar el golpe en el último momento, aun así impactó en Ayrin. La hoja penetró en el costado izquierdo de Ayrin rajandola desde el hombro hasta la cintura, la sangre manó con violencia. La mujer chilló aguda por el dolor, su mirada se enturbió perdiendo la intensidad ambarina y aquella mirada triste, vacía, Werz pudo ver a la mujer que amaba. El lunastro detuvo el ataque final, y fue demasiado tarde.
La espada de Ayrin le atravesó el estómago saliendo la hoja por la espalda. Werz gimió, vio como la mirada de la mujer temblaba sin rastro de aquel brillo fatal. Solo vio lágrimas. El lunastro se derrumbó sin resistirse en el suelo, Ayrin temblaba como una hoja como nunca antes lo hubo hecho.
―Werz ―murmuró ahogada, apenas lograba decir su nombre―. Werz, cariño. No, no. Lo siento... lo siento, no pude controlarlo, no pude.
No llovía, Ayrin lo hacía por el mundo. La sangre iba mezclándose con sus lágrimas, su alma se mezclaba con la de Werz. El lunastro sonrió y tomó la mejilla de Ayrin.
―Has vuelto. Has vuelto. Mi Ayrin. Había perdido la esperanza de... ―Werz oscureció la mirada por el dolor.
―No hables, por favor. Guarda fuerzas, no mueras. No mueras ―se levantó fuera si, gritando a la nada, porque nadie la iba a escuchar―. ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Qué alguien venga a ayudarnos! ¡Por favor!
―Tranquila, Ayrin. Tranquila. Ya no hay nada que hacer. He terminado. Mi tiempo ha terminado.
―No.
―Recuerda esto, no lo olvides. Nunca fuimos buenas personas, pero al menos siempre podemos hacer algo decente antes de morir. Ayrin, adiós.

Ayrin se quedó abrazado al cuerpo de Werz mientras este iba enfriándose. Siempre se miraba la espada, tentaba, hipnotizaba como una serpiente. La mujer tomó la espada, se apuntó al estómago. Miró a Werz una vez más. Un nudo le ató la garganta, pero ya no había lágrimas. Apoyó el pomo de la espada en el suelo y se dejó caer. La espada le atravesó el abdomen vomitando aun más sangre de la que había perdido por la herida del combate, Ayrin fue arrastrándose junto al cuerpo de Werz y se abrazó a él. Esperó la muerte, la deseó, la suplicó, pero quizá el destino tuviera otros planes y soñó.
Y en aquellos sueños, la oscuridad tenía fulgor de un verde enfermizo, una mano de hierro negra que la recogía y una respuesta a su dolor demasiado horrible para describirla. Pero eso, es otra historia...

Fin​
 

Thrall

Otro Cantoscuro
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Me alegra volver a leer tus historias por aquí, porque realmente merece la pena el tiempo invertido en leerlas.

Un saludo.
 

Sam

Liche táctico
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Gracias, Thrall :)

Agregado el quinto capítulo ^^

Sam,
 

Sam

Liche táctico
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Puesto el sexto capítulo. Que lo disfrutéis :)

Sam,
 

Sam

Liche táctico
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Puesto el séptimo capítulo :)

Disfrutadlo.

Sam,
 

Sam

Liche táctico
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Octavo capítulo subido.

Enjoy it :D

Sam,
 

Sam

Liche táctico
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Noveno arriba ^^

Sam,
 

Raggnarokk

Escritor de muchotexto
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Ya sabes lo que pienso de tu manera de relatar, escribir, etc... solo me queda decir - Most Excellent! :wink:
 

Sam

Liche táctico
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¡¡El décimo ya subido!!

Gracias Ragna, a ver si mantengo el ritmo xD

Sam,
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
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—Si mi leal hombre de armas, el buen caballero Ernest el Peludo, dice que sos un vil yuan-ti estará en lo cierto —dijo con solemnidad mediocre el embajador.
Aheye suspiró y apuntó con sorna.
—El señor Ernest ha estado viendo yuan-ti por todas partes desde que salimos del campamento. Primero ha acusado a dos de mis hombres de mayor confianza, luego a tres papagayos que se movían de más t

¿Es cosa mía o esto sufrió un corte involuntario al hacer un copy/paste?

A que me recuerda a mi esta forma de narrar... :D

Un gran trabajo, Sam :wink:
 

Sam

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Buenas Falquian,

Sí, hubo un pequeño corte de lo escrito, no me fijé :lol: . El tamaño del post original ya no podía contener más carácteres.

He republicado el décimo capítulo (entero, eso sí xD) en el segundo post del tema. Continuaré la historia allí hasta que me vuelva a pasar de carácteres, jeje

Gracias por la observación Falquian :D

Por cierto, diria que ambos tenemos un referente común a la hora de escribir :p

Un saludo y gracias,
Sam
 

Sam

Liche táctico
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Buenas!

Subido el undécimo capítulo. Hace mal que lo diga yo, pero he estado esperando a que llegara este capítulo desde que lo escribí hace tres semanas ^^, puesto que es uno de los que más me ha gustado escribir.

A partir de ahora espero que la cosa se vaya poniendo más interesante, y, de igual modo, conseguir transmitir todas las emociones que irán surgiendo por los siguientes capítulos!!

Un saludo,
Sam
 

Sam

Liche táctico
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Buenas!

Subido el capítulo doce.

Aprovecho ya este mismo post a agradecer a todos los que vais leyendo Enemiga Mía. En este capítulo se revela finalmente parte del pasado de Werz, quizá así se pueda empezar a entender algunos porques...

¡Disfrutadlo!

Sam,
 

Sam

Liche táctico
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El decimotercer capítulo subido. Espero que os guste :)

Sam,
 

Sam

Liche táctico
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Por motivos que un jugador conoce me han dado ganas de postear ya el décimocuarto capítulo sin esperar demasiado, culpa de mi a veces descontrolado egocentrismo :/

Espero que disfrutéis del siguiente capítulo a la espera del siguiente.

Sam,
 

pazuzu_

Corona de la reina de Aitana
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Pegado el 2º atracón de capítulos, no me queda más que hacer "clapclapclap"

Esperaré para leer a unos cuantos capítulos más porque estas cosas me gustan en grandes cantidades :D

*Comentario con el fin de animar al azar, salvo los que incluyen bonificación monetaria :lol: *
 

Sam

Liche táctico
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Subido el decimoquinto capítulo: Cenizas. Espero que os siga agradando.

Espero que no te me vayas a empachar Mattdamon, no vaya a ser que puedas cobrarte ese jamón de jabugo recién enviado a tu domicilio.. *guiño guiño* xD

Gracias por el comentario :)

Sam,
 
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