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Eyla

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1. Huída
Diez inviernos

El incansable viento del norte del Taan aúlla contra las paredes de la yurta. La tienda del Khan es la más grande de todo el campamento y está dividida en varias estancias. Una de ellas es usada por el Khan y sus mujeres para guardar las armas de la familia, y también es donde a veces duerme Suyin. La niña se traslada allí en pleno sueño porque sus hermanos menores hacen mucho ruido cuando duermen, y los más pequeños incluso lloran.

En plena noche, cuando toda la tribu Ganzor está durmiendo, Suyin abre sus ojos negros y rasgados. ¿Qué es lo que la ha despertado?, se pregunta. No ha podido ser el viento, pues todos los tuiganos están acostumbrados al constante ulular del yermo. ¿Entonces? La niña, que solo tiene diez años, agudiza el oído. Al cabo de unos instantes escucha un gemido ahogado… como una inspiración contenida. Todo su cuerpo se pone en tensión, alerta, pues en esas notas no reconoce nada más que no sea peligro mayúsculo. Intenta ignorar el miedo que empieza a apoderarse de su cuerpo, pero pierde la batalla cuando un grito desgarrador cruza el aire. Ha sido una de sus madres.

Pese a su pronta edad, Suyin no se paraliza: coge su espada en un gesto rápido, pero justo en el instante en el que desenvaina, la cortina que separa su estancia del resto de la yurta se descorre. Entran a través de ella tres hombres. Son amigos de su padre, tres de sus hombres más cercanos, tan respetados en la tribu Ganzor como lo es Xaoyin Khan.

— La primogénita— dice uno, levantando la barbilla hacia Suyin.
— No heredará el liderazgo como quería Xaoyin.

El hombre que está más cercano a la niña alza su espada y, pese a la oscuridad, Suyin logra distinguir la sangre goteando del filo. Más gritos, esta vez de sus hermanos, resuenan en sus oídos como el eco de una pesadilla lejana. El instinto y esos pocos años de entrenamiento en el combate, que persiguen el objetivo de convertirla en una gran guerrera, bastan para que alce su espada y cargue contra el hombre. Pero la realidad es que el oficial mide el doble que ella y pesa cuatro veces más. Sin ninguna dificultad para el golpe de Suyin y solo con el bloqueo la tira al suelo. Los tres hombres se ríen con inhumanidad.

— No pasa nada, Suyin. Pasará rápido— dice el que la ha tirado al suelo, con un tono falsamente dulce y compasivo.

El hombre eleva de nuevo su espada sin dar tiempo a que la niña se levante. En el suelo, Suyin solo puede lanzar un mudo y desesperado ruego a los espíritus para que la ayuden.
Y los espíritus la escuchan.
La tela que hay a su izquierda se desgarra en un crujido grave y entre ella y los tres hombres, dándole la espalda, se posiciona una figura de gran envergadura. No es necesario para Suyin verle el rostro: reconocería a su mentor entre un millón de hombres. Yu’Kao, grande y fuerte, arremete contra los tres hombres asiendo su espada con ambas manos. Atraviesa al primero tan fugazmente que los otros dos no tienen tiempo de darse cuenta de lo que ha ocurrido. Cuando el segundo alza su espada, Yu’Kao solo necesita tres estocadas para acabar con él. Tumba al tercero de un puñetazo y, cuando yace inconsciente en el suelo, le corta la garganta. Ni siquiera se agita su respiración, pero no pierde un instante: se gira y levanta a Suyin del suelo.

— Tienes que salir y ensillar a dos caballos, nos marchamos— dice rápidamente, en un tono mucho más severo que habitualmente, empujando a Suyin hacia una pequeña salida que hay al otro extremo de la yurta.
— Pero…— empieza la niña—. Mi padre y mis…
— No puedes hacer nada por ellos, ¡están todos muertos! ¡Vamos!

Suyin abre mucho los ojos y el terror nubla su vista. No es capaz de ver a los dos hombres que han salido de la estancia donde duermen sus hermanos y donde ella debería haber estado también, pero por suerte Yu’Kao mantiene la cabeza fría.

— ¡CORRE!— le grita, mientras se lanza hacia los dos hombres.

Sin ser consciente de lo que hace, Suyin sale de la yurta por esa puerta secundaria. El aire huele a quemado y el cielo se está tiñendo de naranja. Se dirige hacia donde se hallan los caballos y ensilla el primero que ve, que es el de su madre. No muy lejos escucha los gritos y los llantos de varios miembros de su tribu. La ceniza cae sobre sus hombros y su pelo negro. Le tiemblan las manos y es incapaz de escuchar los pasos que se aproximan a sus espaldas.

— Aquí estás, pequeña Ganzorig— susurra una voz. El veneno gotea de cada palabra.

Suyin se gira con horror al mismo tiempo que ve como la cabeza de otro hombre de su padre se separa de su cuerpo. El cadáver decapitado suelta la espada y se desploma; tras él aparece Yu’Kao. De nuevo, su mentor, el hombre que la ha instruido en historia, geografía, matemáticas, quién le ha enseñado a escribir… su guía espiritual, le ha vuelto a salvar la vida. De un salto, el hombre sube al caballo que Suyin ya ha ensillado y, cogiendo a la niña por el dorso de su camisa, la sube a pulso para sentarla delante de él. Espolea al caballo con el característico grito tuigano y la bestia sale galopando hacia la estepa a través de las yurtas que conforman el poblado de la tribu.

A sus espaldas, los gritos son cada vez más desgarradores y el sonido del entrechocar de las espadas resuena a cada instante. Oyen las flechas silbar sobre ellos y Yu’Kao cubre el pequeño cuerpo de Suyin con toda la envergadura del suyo. La niña intenta hacerse un ovillo entre los brazos del hombre y escucha como una, dos, tres flechas, se clavan en la espalda de Yu’Kao. Les persiguen, pero el hombre es un magnífico jinete.

Galopa hasta que dejan de oler a quemado, hasta que ya no oyen los gritos ni el acero, hasta que los caballos de sus perseguidores se agotan… y siguen galopando. Hasta que el cielo que les cubre pierde toda tonalidad naranja y vuelve a ser negro, hasta que la luna se vuelve su única luz, hasta que alcanzan el primer horizonte, hasta que el silencio les rodea y lo único que se oye son los resoplidos de Yu’Kao y las mudas lágrimas de Suyin.

El caballo, agotado, termina por frenar su carrera, pero su jinete le insta a seguir avanzando. El sol aparece en el horizonte y empieza a escalar por el cielo. La niña, agotada de tanto llorar, a veces resta en un estado de caimiento que cesa al cabo de poco tiempo, y entonces las lágrimas vuelven a rodar por la redonda y bronceada carita de la niña.

Al cabo de mucho tiempo, el sol empieza a declinar. Es entonces cuando Yu’Kao, aprovechando las últimas horas de sol, frena al caballo y desmonta. Se toma un tiempo para arrancarse las tres flechas que seguían clavadas en su ancha espalda y sanarse las heridas, pronunciando esa suave letanía que llama a los espíritus. Cuando termina, se dirige al caballo y coge a Suyin para bajarla, dejándola de pie en el suelo. Yu’Kao clava una rodilla frente a ella para colocarse a su altura.

— Suyin, no puedes dejar que te consuma el pesar.
— Pero… mis hermanos… mi padre… — Yu’Kao niega y hace un esfuerzo por seguir hablando:
— Los han asesinado, Suyin, a todos.
La niña alza el rostro:
— ¿Por qué?— solloza.

Yu’Kao retira un momento la mirada antes de verbalizar la explicación. La expresión de desesperación de su pupila, enmarcada por esas dos coletas que una de sus madres le hacía cada día y que ya no volverá a peinarla nunca, le llena de tristeza e ira. Intenta explicarle con pocas palabras porqué los métodos de su padre no agradaban a algunos de los hombres del clan, por lo que han matado a toda su familia queriendo asegurarse que nadie heredaba el liderazgo de Xaoyin.
Suyin agacha la cabeza y vuelve a llorar otra vez. Cediendo a un impulso, Yu’Kao la acerca hacia sí y la aprieta contra su robusto pecho con fuerza. La niña empapa de lágrimas la armadura de Yu’Kao y, al cabo de un tiempo inestimable, parece quedarse sin lágrimas. El hombre la aparta un poco y pone una enorme mano en su mejilla.

— Llorando no les devolverás a la vida, Suyin. Ahora tienes que ser fuerte.
La niña sorbe por la nariz.
— ¿Y qué haremos, Yu’Kao?
— Nos iremos a occidente— dice, y tanto la respuesta como la rapidez con la que es expresada sorprenden a la niña—. Nos iremos a occidente como hicimos tu padre y yo hace diez años. Aprenderás cosas que aquí no habrías conocido y te formarás para ser una líder y una guerrera. Y cuando estés preparada volveremos al Taan y recuperarás lo que es tuyo por derecho. ¿De acuerdo, joven Khan?

La niña se seca las lágrimas con el dorso de la mano y mira a su mentor con tanta decisión que el hombre se sorprende.

— Sí Yu’Kao— asiente.
 

Eyla

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2. Teylas sobre el mar yermo​
Diez inviernos

Te han dicho durante toda la vida que Teylas es misericordioso con quienes le honran, que Teylas no castiga a quien le es devoto; pero hoy el viento aúlla tan fuerte que incluso alguien como tú, cuya cuna fue mecida por los vientos de la estepa, le tiene miedo.

— Quédate donde estás, con la cabeza entre los brazos, y no te muevas— te dice él, y toma tus pequeñas manos para colocarlas en la posición correcta.

Tú te quedas quieta, obviamente, porque en su rostro lees urgencia y preocupación. Lo ha profetizado hace escasas horas, cuando el sol iniciaba su descenso:

— Se levanta un viento oscuro. Arrastra voces negras y olores malignos, y esta noche golpeará sin piedad.

Y así es. Yu'Kao nunca se equivoca cuando se trata de las fuerzas de Teylas. Lo que al final de la tarde podría haber parecido una simple ventolera a ojos y oídos de cualquier ignorante, se ha convertido en el primer aleteo de un viento huracanado. Aumenta sin descanso y ha arrastrado una tormenta eléctrica consigo.

Yu'Kao no ha legado nada al azar cuando ha plantado la tienda. Estáis lejos de cualquier ladera montañosa, cuya presencia es más habitual a medida que huis hacia el Este. Hay que evitar los desprendimientos. También hay que sortear los árboles caídos, lo que significa alejarse de cualquier tronco joven. Pero, al mismo tiempo, hay que prevenirse de los rayos que, como todo el mundo sabe, se sienten atraídos por los árboles altos y viejos.

Es por eso que el refugio se mantiene anclado en medio de la estepa, al lado de una gran piedra que poco os servirá de parapeto en unas horas. La luz del amuleto de Yu'Kao es lo único que ilumina el interior de la tienda. La tienda... una vieja y raída estructura de tres metros cuadrados que habéis intercambiado por vuestra cena y el único capacete de hierro que llevabais encima. Te ruge el estómago. Nunca habías tenido tanta hambre, pero no te quejas por que al menos te has comido las dos últimas galletas que quedaban. Yu'Kao te las ha dado sin aceptar réplica alguna por tu parte. Él no ha comido y aun así... ahí está. Asegurando una y otra vez los anclajes, remendando los pedazos rotos de la lona para evitar que se hagan más grandes, bajando la estructura para que no sobresalga demasiado sobre el mar yermo que os rodea...

Una ráfaga especialmente fuerte os golpea, y tu cierras los ojos, asustada. Pobre Suyin, por mucho que cierres los ojos no vas a desaparecer...

— No tengas miedo, pequeña, Teylas no nos hará daño— te dice Yu'Kao, pero incluso tú, que tienes diez años y aun impregna tu espíritu la inocencia de la niñez, notas la mentira en su voz.
— ¿Qué ocurre Noun? ¿Por qué sopla tan fuerte?— inquieres, con voz temblorosa, desde el centro de la tienda, con las manos aun a ambos lados de tu cara.
— Alguien ha ofendido mucho a Teylas en el día de hoy y ahora su ira cae sobre todo el lugar. Debemos asegurarnos de que la tienda y todo lo que hay dentro no sufra ningún daño, y que ningún elemento del exterior nos golpee siendo arrastrado por el viento. Si veo que esto se convierte en huracán, llamaré a los espíritus.

¡Los espíritus! Asientes. Hace solo unas semanas te habrías entusiasmado al oír eso, pero ahora solo te produce temor. Claro que, hace solo unas semanas, tu vida era muy distinta a la de ahora.
Otra ráfaga aúlla como un lobo hambriento y hace temblar la tienda. Ambos notáis como la intensidad del vendaval aumenta peligrosamente y os estremecéis.

De pronto las cuerdas que sujetan las lonas de entrada se rompen y dejan entrar un torrente de polvo y ramas que os ciegan por un momento. A través de la apertura, ves la oscuridad sin luna de la medianoche. Yu'Kao se apresura hacia la entrada y ata los pedazos de cuerda que aun sirven, luchando contra los movimientos histéricos de la lona. Luego, atraviesa las dos puntas inferiores de las telas rotas con una fijación y la clava en el suelo, asegurando la entrada.

— ¡Este apaño no durará mucho!— tiene que gritar para hacerse oír.

Y mientras Yu'Kao remienda otro corte en la lona, el viento aumenta hasta convertirse en el aullido de una manada de centenares de lobos sedientos de sangre. La tienda se estremece como un nido de pájaros en medio de la tempestad. Las cuerdas están totalmente tensas, producen una música escalofriante. Parece que el cielo se va a abrir. Los truenos retumban a vuestro alrededor y los rayos estallan como el entrechocar de las espadas de dos gigantes. Una de los anclajes exteriores salta y la esquina norte de la tienda se sacude con violencia. Yu'Kao deja el remiendo que estaba ocupando su mente y se desplaza agachado hasta allí. Saca otro clavo de la bolsa y lo hunde en la tela, haciéndole otro agujero.

— ¡Se va a desgarrar!— grita con urgencia— ¡¡Cúbrete la cabeza Suyin!!

Das un respingo, la tensión ha hecho que te desenrosques y te acerques a Yu'Kao, pero obedeces inmediatamente a sus órdenes.
Entonces cuatro rayos descargan simultáneamente a vuestro alrededor y tú sueltas un gemido más parecido al de un perro que al de un humano. Si tuvieses suficiente oído, escucharías la caída de un gigantesco árbol centenario que se encuentra en el bosque más cercano. Las ramas y los arbustos arrancados golpean la tienda y el polvo entra por cualquier agujero. Yu'Kao empieza a vocear su letanía.

Teylas, señor del cielo y los vientos
Khan del Taan por todos los tiempos
Ten piedad de tus siervos humildes
Dobla las monturas de quienes te ofenden,
azota y brama sobre las obras blasfemas


Yu'Kao querría acercarse a ti, pero en cuanto termina de clavar una fijación salta otra. Tu solo ves su espalda ir de un lugar a otro y eso hace que te des cuenta de que eres una carga para él. Y eso te apena y te enfurece. Deberías tomar una decisión. ¿No crees, Suyin? Te levantas de un salto como si alguien te hubiese susurrado una orden y te desplazas hasta otra parte que se ha levantado, cogiendo la tela con las manos y manteniéndola en su sitio. Una de las cuerdas interiores tiembla, tensa como la de un sarangi. Aguantas así unos segundos, firme, con una mirada de decisión infantil que te va a caracterizar hasta que cumplas los dieciséis años. Empiezas también a susurrar esa plegaria que te enseñaron cuando aún no sabías usar el arco. Una rama golpea esta parte de la tienda y, aunque la tela amortigua el golpe, te da en la frente. Mañana tendrás un buen chichón.

— ¡Suyin!

Te vuelve y ves el rostro de Yu'Kao: enfadado por haberle desobedecido y haberte movido, pero tremendamente orgulloso de ti. Es entonces cuando la cuerda que asegura la tela que estás constriñendo se rompe. El latigazo es tan fuerte que, pese a que cierras los ojos, te arranca medio párpado. Sueltas un grito ahogado dejando ir la lona y llevándote las manos a la cara. Yu'Kao se lanza hacia ti. Todo esto lo recordarás más adelante como algo muy rápido, pero ahora te parece una eternidad. Te coge por la nuca y te inclina la cabeza hacia atrás.

— ¡ABRE EL OJO!— vocifera sobre el vendaval.

Y tú lo haces pero solo ves luz roja. Yu'Kao pone una mano sobre tu cara, pero antes de que pueda empezar a curar tu herida una nueva rama se estrella contra la tienda y la dobla por la mitad.
Se acabó. El chamán de la tribu Ganzor va a tomar la vía rápida.

— ¡TEYLAS! ¡¡Escucha a tu siervo!!– con voz tronante y rostro rígido, Yu'Kao grita al aire palabras incomprensibles para ti. Se yergue tanto como le permite el techo de la tienda y, aun contigo en brazos, invoca su poder.

Tu no ves nada, pero ahora oyes el sonido del viento amortiguado. La tienda deja de estremecerse un poco, aunque sigue vibrando. Ya no oyes los latigazos enfurecidos de la lona, solo el aletear de esta. ¿Por qué no lo ha hecho antes? Si pudieses abrir los ojos, verías su rostro empalidecer a una velocidad vertiginosa. Estas son todas las fuerzas que le quedan. Si mañana no encontráis caza rápido, Yu'Kao no podrá contar con la fuerza de los espíritus. Necesita comer.

Tu sigues con la mano de Yu'Kao en el ojo, gimiendo de dolor. Así restáis durante lo que te parecerán horas, aunque sea menos de media. El huracán pasa entre los resoplidos de tu Noun y cuando quieres darte cuenta la mano de Yu'Kao te está iluminando la herida y notas esa sensación tan rara que te sorprenderá por muchas veces que la percibas a lo largo de tu vida.
Yu'Kao te pone en pie y te sujeta la barbilla, poniendo tu rostro a la altura del suyo.

— ¿Estás bien, joven Khan? ¿Te duele?

Tu niegas y se lo agradeces en un murmullo, aun estás temblando.

— ¿Ya se ha ido?

Él asiente, pero solo cuando está completamente seguro de que Teylas no volverá a arremeter, relaja la expresión y la postura. Se estira sin quitarse la armadura. No recuerdas que se la haya quitado desde aquella noche.

— Hay que descansar, Suyin— te dice.

Y tú, casi sin voluntad, agotada por el miedo y la tensión, te estiras colocando tu espalda contra su pecho y te haces un ovillo a su lado, dejando que uno de sus enormes brazos te cubra. Te sientes protegida. Aquí nada puede ocurrirte. Ya puedes relajarte, de verdad... vamos, Suyin, llora. Llora. Eso es, muy bien. Tus lágrimas resbalan por tu cara y sueltas un sollozo que es como el graznar de un pajarito moribundo. Yu'Kao te aprieta contra su pecho intentando consolarte. Sabe que tus lágrimas no las produce el miedo por el huracán. Sabe que solo han pasado unas semanas desde que mataron a tus hermanos, a tus madres, a Xaoyin Khan... Llora Suyin, llora como cada noche hasta quedarte dormida.

Detrás tuyo, aunque no lo veas, Yu'Kao también derrama una silenciosa lágrima. Él ni siquiera se da cuenta. Mañana os adentraréis en el bosquejo que hay más adelante, donde han caído varios árboles centenarios, y tu Noun cazará un buen desayuno. Aunque ahora no lo creas, Suyin, saldréis adelante. Aunque ahora te parezca imposible, dentro de unos años recordarás este momento como una anécdota que se juntará a muchas otras. Llora Suyin. Aun eres pequeña, puedes permitirte el lujo de llorar.
 

Eyla

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3. Fantasmas
Diecisiete inviernos

— Aquí estas pequeña Ganzorig.

Intentas desenvainar, pero la espada pesa como un cadáver.

— No te preocupes Suyingerei, pasará rápido.

Parece que te lo dice uno de esos monstruos, pero es Ganshukh quien te lo está susurrando, desde detrás tuyo, con su redonda carita empapada en sangre.

— Ganshukh... — susurras.

Se cae a pedazos. Están todos muertos. Intentas gritar, pero no puedes, así que sales corriendo. Corre. Corre pequeña Ganzorig, corre o se te tragará la arena de Turmish.

Estás en la Luz del Alandor (una cueva) y ante ti hay una pequeña figura escamosa.

— Si te vas más allá del puerto, te matarán— dice el kobold—.
Deberías vivir siempre aquí.

El chico (niño) de Thesk se desnuda y se pone sobre ti, aplastándote con su peso. Te besa. Luego se desliza hacia abajo y empieza a lamerte. Tú, trece, pasas una mano por su pelo negro y empiezas a mojar. Dave te lame pasando la punta de la lengua solo en ese punto. Sonríes y vuelves a mirarle, y entonces te das cuenta que entre tus dedos el pelo ya no es negrocastañodoradorubio. Rubio.

— Quítate la capa.
— ¡NO!
— ¡¡Quítate la capa!!

Se desliza sobre ti y te constriñe el cuello con una garra. Quieres pegarle un puñetazo, pero en vez de eso posas una mano de hierro sobre su mejilla y hundes tu pulgar en su ojo. Forcejea, pero no suelta tu garganta, clavándote las uñasdientes hasta quedar inconsciente. Te levantas temblando y le clavas tu puñal en el otro ojo, con asco, intentando mantener firme la mano. Él está ahora con los ojos abiertos llenos de sangre, y tu corres sin mirar atrás.

— Quítate la capa querida.

La cueva del Alandor da paso al camino hacia Crimmor desde Athkatla.
Notas algo en tus pies y, al bajar el rostro, ves dos pequeñas serpientes verdes mordisqueándote las botas. Tú las intentas apartar, pero están pegadas. Las golpeas con la palma abierta y caen en la nieve, pero vuelven a reptar sobre tus botas. Llega entonces un zorro rojo y se come a las serpientes.

— Aquí, el frío duele— te dice. De su boca salen volutas de humo—. Hay serpientes por todas partes. No dejes que se te acerquen.

El zorro sigue caminando por la nieve y tú le sigues en silencio.
Llegáis a la entrada de una cueva. En el límite entre la luz y la oscuridad hay dos pequeñas figuras de espaldas. Por un momento parece que lleven extrañas ropas de colores, pero cuando se giran te das cuenta de tu error.

Son dos de tus hermanos pequeños. Narantuyaa y Wachir. Pero te miran con una sonrisa pétrea carente de alegría. Quieres llorar, pero no puedes. Abren mucho los ojos y enseñan los dientes en una risa congelada.
Wachir acaricia un perro enorme.

— ¡No eres tú!— le dices al que fue tu queridísimo hermano.
— Con lacitos y encajes— dice Narani.

Desde la oscuridad aparece una grulla blanca y negra, con el pecho rojo. Se posa sobre tu hombro y grazna (gruñe) hacia los medianos, que desaparecen al acto dejando solo las frías sonrisas pétreas y malignas en el aire. Miras a la grulla y esta te guiña uno de sus ojos rasgados.
El ave sigue contigo cuando el lobo del bosque (de la arena) se lanza hacia ti. Y sale volando cuando la bestia negra cae al suelo con una flecha clavada en el ojo.

— ¡Suyin!

Tu padre y Yu'Kao llegan con el rostro constreñido por el horror. Yu'Kao salta del caballo y te coge en brazos, y tú te aferras a él, pero miras a tu padre.

— ¿Estás bien, cielo?— te dice él.
— Sí, papá— contestas sin saber muy bien qué ha ocurrido.
— Nunca debes alejarte dentro de ningún bosque tu sola, Susu— te reprime Yu'Kao.

Tú le miras y asientes, y luego alargas los brazos hacia Xaoyin Khan, pero ya no hay nadie. Ni siquiera el lobo. Solo tú y tu Noun, y el lejano cantar de la grulla. Abrazas a tu maestro y cierras los ojos. Cuando los abres, los brazos que te rodean ya no son grandes y fuertes como los de Yu'Kao.

— Yo también estaba asalvajada, pero luego me pulieron— te dice Ydrissane.

Está sentada en un mullido sillón con orejas; las piernas juntas.
Tú, derrotada, caes de rodillas ante ella y te pones a llorar sobre su regazo como una cría. Levantas la cabeza y pone un mechón de pelo detrás de la oreja.

— No te preocupes Suyingerei, pasará rápido.
 

Eyla

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4. La tribu Eighu
Diez inviernos

Cuando les encontraron, no iban a morir de inanición o deshidratación, pero el camino había dejado una profunda huella en sus rostros.
Yu'Kao caminaba de la mano con Suyin, quién, más que dársela, se sujetaba en ella. Habían empezado a andar de buena mañana. El sol estaba cercano a alcanzar el punto más alto en el rostro de Teylas cuando el característico sonido de una batida cabalgando alertó los preparados oídos de Yu'Kao. Teylas arrastraba el amortiguado galopar sobre la hierba, trayendo con él miedo y esperanza a partes iguales. Se giró con el rostro contraído por la alteración y los vio a su izquierda, al Este, cabalgando de forma totalmente coordinada, como una bandada de pájaros surcando el cielo. Cambiaron de rumbo un segundo más tarde de que Yu'Kao les viese; sus miradas se habían encontrado.
El Noun de la tribu Ganzor los reconoció al acto y sus piernas estuvieron a punto de fallar debido al alivio que recorrió todo su espíritu.

— Mira Suyin— exclamó, cuando las palabras pudieron por fin salir de entre sus labios— es Hungerei Khan.

Los jinetes aun tardaron unos momentos en llegar hasta ellos. El primer caballo, marrón como la tierra batida cuando se retira una yurta, frenó a dos escasos metros de distancia, de forma brusca pero controlada al mismo tiempo.

— Yu'Kao Batbayar— dijo su jinete, mientras los otros doce hombres frenaban sus equinos tras él— ¿Qué ha ocurrido?

Su tono de voz denotaba mucho más entendimiento sobre la situación que sus palabras. Se apeó de la montura y se acercó a Yu'Kao, que en un impulso avanzó dos pasos y lo abrazó.

— Teylas te bendiga, a ti y a tus hombres por haberos cruzado en nuestro camino.

Los hombres miraron con curiosidad, alguno con recelo, pero Hungerei le devolvió el abrazo a su amigo. Cuando se separaron, hizo una señal a uno de ellos y este, aun desde su montura, lanzó un pellejo lleno de agua a Yu'Kao.
Este dio primero de beber a Suyin, que agradeció el agua amorrándose al pellejo como un infante al pecho de su madre. Después, Yu'Kao bebió un largo trago.
— Gracias.
— Dime, Yu'Kao, ¿qué ha pasado?— reiteró Hungerei su pregunta, aunque sin tono apremiante.
— Preferiría contártelo en vuestro campamento, si a bien tienes, Hungerei Khan— le contestó el noun, con una leve sonrisa—. Suyin y yo no rechazaremos una cena caliente y un techo bajo el que dormir esta noche.

Algunos hombres sonrieron con amabilidad.

— Dorji- llamó Hungerei a uno de los jinetes— deja tu caballo a Yu'Kao y monta detrás de mí. Suspendemos la batida.

El hombre, más bien el chico, que respondía al nombre de Dorji bajó de la montura con un gruñido, pero cuando le entregó las riendas a Yu'Kao, le palmeó un hombro en señal de cordialidad.

— Es dócil— dijo sin más.
— Teylas te bendiga— agradeció el noun.

Cogió a Suyin por las axilas, la subió a la grupa y después montó detrás, agarrando las riendas con decisión. Hungerei lanzó un grito para azuzar a su caballo y al resto, y todos partieron hacia el Este a una velocidad vertiginosa.

El sonido del retumbar de los cascos de los caballos sobre la tierra blanda a su alrededor tranquilizó a Yu'Kao. La última vez que había cabalgado a esa velocidad, había sido solo, con Suyin. Y un tuigano no olvida fácilmente el solitario sonido de su único caballo cabalgado por la estepa vacía.

Llegaron al campamento de la tribu Eighu en un tiempo más bien corto. Era una tribu considerablemente más pequeña que la Ganzor, aunque no por ello menospreciable. De hecho, algunos lazos matrimoniales unían a las dos tribus y una de las mujeres de Hungerei llevaba el apellido Ganzorig.

Muchos de sus miembros, especialmente las mujeres, levantaron la vista con alarma y se dirigieron hacia los recién llegados jinetes, preguntando si algo malo había ocurrido. Hungerei llevó la situación con inflexibilidad y discreción, indicando a todo el mundo que volviera a sus quehaceres mientras ellos desensillaban a sus caballos.

— ¿Quieres que hablemos con mis hombres, o prefieres hacerlo en privado?— preguntó Hungerei a Yu'Kao, cuando se apearon de sus monturas.
— Preferiría contártelo a solas, Hungerei Khan— pidió Yu'Kao, con cortesía a la par que humildad, a sabiendas de que la decisión quedaba en manos del otro hombre.

Este, comprensivo, asintió levemente. Luego, señaló con la barbilla a Suyin, que se mantenía cerca de Yu'Kao, mirando a su alrededor con los ojos bien abiertos. El noun de la tribu Ganzor negó de forma casi imperceptible, y Hungerei volvió a asentir para mostrar entendimiento.

Echó a andar hacia su yurta, que destacaba entre todas las demás por ser de mayor tamaño. Cuando estuvieron cerca, Hungerei silbó hacia un grupo de niños que jugaban un poco más allá.

— ¡Turgen!— llamó.

De entre los chavales, salió un niño que tendría más o menos la edad de Suyin. Sonreía, excitado por el frenético juego, resoplando, pero pese a estar divirtiéndose acudió a la llamada de su padre al acto. Este aprovechó que Yu'Kao y Suyin esperaban apartados para agacharse a la altura de su hijo y explicarle algo en voz baja. Yu'Kao pudo observar cómo, a medida que Hungerei Khan hablaba, la sonrisa del niño se desvanecía en su rostro, dejando paso a la afectación y a la compasión. Durante ese intercambio de palabras, el niño miró un par de veces a Suyin y luego, al finalizar, asintió a su padre con convicción y volvió a esbozar una sonrisa. Hungerei volvió a erguirse y ambos se dirigieron hacia donde estaban los dos miembros de la tribu Ganzor. Por extraño que pareciese, fue el niño quién habló primero.

— Hola— dijo, mirando a Suyin directamente, con la cabeza un poco ladeada. La niña se percató al instante de esa mirada y observó a su joven interlocutor de arriba abajo—. Yo me llamo Turgen, ¿y tú?

Suyin parpadeó un par de veces. Yu'Kao se percató de lo extraño de aquel comportamiento, dado que Suyin nunca había sido una niña tímida. Lo achacó al hecho de que llevaban muchas semanas los dos solos, y los sucesos habían vuelto a la muchacha un poco más precavida, o tímida... o tal vez solo necesitaba volver a estar con niños de su edad.

— Yo me llamo Suyin— contestó finalmente, con voz queda.
— ¿Quieres venir a jugar?— le propuso directamente el niño—. Tenemos churku.

Al acto, Suyin miró a Yu'Kao. No le pedía permiso, le estaba preguntando qué debía hacer.

— Adelante, ves con Turgen— le dijo el noun, y Suyin lo miró un poco insegura.
— Suyin- intervino Hungerei— Yu'Kao y yo estaremos en esta yurta. No nos moveremos. Si lo necesitas, puedes entrar, no hace falta que pidas permiso.

Aquello la tranquilizó en parte. Volvió a mirar a Turgen, que le tendió la mano y, tras un instante de hesitación, se la cogió. Yu'Kao suspiró aliviado, y esperó a ver como Suyin se unía al grupo de niños antes de entrar con el Khan a su tienda.

Dentro, en la habitación principal, había dos mujeres y un bebé en un ovillo de mantas. La tetera humeaba todavía. Las dos levantaron la cabeza y una de ellas sonrió al verles. Aunque Otenjuur Ganzorig había dejado la tribu Ganzor siendo una niña, cuando su madre se casó en segundas nupcias al quedarse viuda, aun le recordaba levemente. Pese a todo, no hizo ningún comentario. Yu'Kao admiró la discreción de la mujer y agradeció a ambas, con un asentimiento, cuando se marcharon de la tienda bajo las instrucciones de Hungerei.

Ambos se sentaron con las piernas cruzadas, uno delante del otro, y el mismo Khan sirvió el té, que Yu'Kao bebió sin esperar a que se enfriase, después del correspondiente agradecimiento.

— Habla— ordenó Hungerei.

Yu'Kao lo miró a los ojos con afectación antes de hablar.

— La tribu Ganzor pronto perderá su nombre, si no lo ha hecho ya— explicó, y aquellas palabras bastaron para confirmar los peores temores de su interlocutor.

Hungerei Khan, que siempre había tenido buena relación con la tribu Ganzor, lanzó un largo y tendido suspiro de tristeza. Su padre había combatido junto a Temur Khan contra la tribu Bayaar hacía muchos años. Eso había ayudado afianzar las buenas relaciones entre ambas tribus. Nunca competían por recursos, porque siempre se mantenían alejadas, y eran conscientes de que su igualdad en miembros y guerreros convertía cualquier posible enfrentamiento en una derrota para las dos tribus.

— Xaoyin Khan ha muerto— lo dijo como una afirmación, sin dejar lugar a la duda con una pregunta—. Lo han matado.

— Fue hace unas semanas, por la noche. Llevábamos una época de tensiones y enfrentamientos con algunos hombres de la tribu. Goro'Yao, Elbegedori, Agwang... ellos tres fueron las almas putrefactas que idearon la masacre— su voz se encendió por un momento y tuvo que hacer un esfuerzo notable para relajarse–. Desconozco si otros hombres se unieron para masacrar a sus enemigos... y desconozco a quien mataron... solo vi los cuerpos de... — tragó saliva—. la familia de Suyin. Y deduzco que también mataron a todos los hermanos de Xaoyin.
— Khulan...— murmuró Hungerei.

Yu'Kao asintió. Todo hombre que hubiese conocido a la hermana de Xaoyin, Khulan, la recordaba para siempre.

— La ira de Teylas caiga sobre ellos y envenene el aire de sus pulmones— siseó Hungerei. Después de una pausa, añadió:—. Pero lograste salvar a su hija.
— Así es- Yu'Kao asintió—. Nunca dormía con sus hermanos porque tiene el sueño ligero y la despertaban. Y yo lo sabía. Tal vez era el único que lo sabía.
— Me sorprende que no te intentasen asesinar a ti al mismo tiempo.
— Oh, lo intentaron— remarcó con ira esta última palabra—. Pero puse algunas trampas antes de acostarme. Nunca lo hago, pero esa noche... también dormí con la armadura.

Hungerei asintió.

— ¿Qué crees que habrá sucedido?

Yu'Kao reflexionó unos instantes, aunque ya lo había hecho todas las noches desde hacía muchas semanas, antes de dormir.

— Creo que han matado a todos los hombres que apoyaban los métodos de Xaoyin y que ejecutarán a las mujeres que no quieran someterse a ellos. La tribu quedará diezmada, pero no lo suficiente como para que sean débiles.
— Y tú, ¿que harás? Sabes que en la tribu Eighu te acogeremos sin dudarlo...
— Pero el día que Agwang o su hijo vengan a comerciar con vosotros, me verán. Además— negó con la cabeza—. Tengo otros planes para Suyin.

Hungerei se inclinó hacia adelante y dio un sorbo al te, escrutándolo con sus penetrantes ojos.

— Me la voy a llevar a occidente.

El Khan de la tribu Eighu esbozó una leve sonrisa de reprobación.

— Como tú y su padre hicisteis.
— Exacto— Yu'Kao se mesó los bigotes—. Si Xaoyin aportó tanto a la tribu Ganzor fue, entre otras cosas, por su viaje a occidente. Desde que volvimos y heredó el título de Khan, la tribu Ganzor tenía más recursos y era más fuerte. Imagínate lo que podrá hacer Suyin como Khan si añade a todos esos conocimientos, los que ella obtenga en su adolescencia. Xaoyin hubiese querido mandarla unos años por los mismos lugares en los que estuvimos nosotros, lo había mencionado varias veces.
— Y luego volverás para que Suyin recupere el liderazgo de la tribu.

Yu'Kao asintió e invitó a hablar a Hungerei cuando advirtió su mirada de recelo.

— ¿Después de... cinco, diez años, crees que, podrá recuperar a su tribu? La gente no recordará su rostro, y muchos habrán olvidado a su padre... y aunque le recordasen... se necesitan más de dos personas para enfrentarse a todos los guerreros de una tribu como la Ganzor... ni siquiera yo sé si...

Hungerei pidió ser interrumpido alargando aquella última palabra, como si no quisiese continuar, y Yu'Kao le obedeció:

— Primero, Hungerei Khan, te olvidas de todos los hijos de la tribu Ganzor desperdigados por el Taan. Xaoyin tenía amigos y parientes, y a ti te incluyo. También confío en que muchos de los hermanos y primos de mi Khan no se dejasen atrapar. Quién sabe, a lo mejor acude a ti otro en mí misma situación. Dices que, aunque Suyin fuese recordada, necesitaríamos una gran fuerza para recuperar la tribu. Y tienes razón, pero sé que cuando Suyin vuelva, será capaz de demostrar que merece la confianza de muchos hombres como tú. ¿Quieres acompañarme?

Salieron de la yurta. Obviamente, Hungerei iba delante.

— Mírala— dijo Yu'Kao, dando un golpe de cabeza hacia donde estaban los niños jugando.

Los pequeños hijos e hijas de la tribu Eighu estaban jugando a caballo y lobo. A Suyin le había tocado ser caballo, pero pese a ello, se mantenía firme. Estaba delante de los demás niños, protegiéndolos de la manada de lobos. Daba rápidas instrucciones y pedía información a Turgen, que protegía la retaguardia sin retroceder.

— Forman un buen equipo— señaló Yu'Kao— ¿Es tu primogénito?
— No— dijo el Khan, sin apartar la mirada del juego—. Es el primero de mi segunda esposa.
— ¿Otenjuur?

Volvió a negar.

— Otenjuur es la tercera. Este es el hijo de Turgewachir, de ahí su nombre. Es un niño valiente, sería un buen Khan... como Suyin.

— ¡¡Cuidado con el circulo de tu derecha!!-—oyeron gritar a la niña desde la lejanía.

Tenía una voz aguda todavía muy infantil, y el contraste con sus palabras llenas de valor estratégico hacía que el resultado fuese un tanto cómico a ojos de ambos adultos, que sonrieron al escucharla.

Estuvieron un rato observándolos, en silencio. Yu'Kao no tardó en deducir que el chico que lideraba a los lobos era el primogénito de Hungerei, y que le sucedería igual de bien o mejor que lo hubiese hecho Turgen si hubiese nacido primero.

— Lo será— dijo entonces Hungerei, llevándose como respuesta una mirada interrogativa de Yu'Kao—. Cuando vuelva, será capaz de demostrar que se merece mi confianza.

Yu'Kao tardó un segundo en entenderlo, y sonrió con complacencia. Volvieron a entrar a la yurta al cabo de unos minutos.

— Pero necesitará demostrarlo— advirtió Hungerei, que no necesitó más palabras para que Yu'Kao le comprendiese—. Y tú también tendrás que demostrar que no has cambiado, que sigues siendo el mismo noun, que no has olvidado a Teylas...

Yu'Kao no pudo evitar sonreír.

— Me recuerdas a Temur Khan cuando nos mandó a Xaoyin y a mí a occidente...

Hungerei gruñó, pero sin ofensa alguna. Después de una pausa, añadió:

— Si Suyin demuestra ser merecedora de mi confianza, entonces tendrá mi fuerza.

Yu'Kao asimiló aquellas palabras, las grabó en el fondo de su corazón como quién marca a fuego los cuartos traseros de un caballo.

— Teylas te honre en vida y muerte— dijo, a modo de agradecida respuesta.

Hungerei asintió, se sirvió otra taza de té y ambos bebieron durante unos minutos de mutismo absoluto. Cada uno pensando en sus cosas, cada uno reflexionando sobre sus acciones, sus palabras, su pasado y futuro.

— ¿Cuándo partiréis, y hacia dónde?
-—Empezaremos en Thesk, y así evitaremos Thay de forma segura— Yu'Kao empezó contestando a la segunda pregunta y continuó con la primera—. Y nos marcharemos... bueno, eso depende. Creo que quedarse algún tiempo con tuiganos, antes de partir, le iría bien a Suyin. No quiero que los últimos recuerdos que tenga del Taan sean la noche de nuestra huida y este breve encuentro.
— Entonces, ¿quieres quedarte aquí, con los Eighu, durante un tiempo?

Yu'Kao asintió respetuosamente.

— Si me lo permites, ese sería mi deseo.
— Tienes mi permiso, Yu'Kao Batbayar.

Yu'Kao y Suyin se quedaron con los Eighu durante dos meses. Alargaron un poco más la estada en la tribu para esperar el paso de una caravana por la zona más próxima del Camino Dorado.

Aquellos dos meses fueron como un bálsamo curativo para Suyin. Sí, seguía llorando por las noches, pero con mucha menos frecuencia. Ya no tenía miedo de todo y, aunque seguía siendo mucho más prudente de cualquier niño de su edad, la mejora era notable. Turgen la ayudó muchísimo. En esos dos meses, se hicieron inseparables. Jugaban juntos, Suyin le acompañaba cuando había que vigilar al ganado, recoger leña, transportar agua... Turgen le presentó a todos los niños de la tribu, y siempre andaban correteando por ahí.

También, Yu’Kao empleó esos dos meses para reunir todo lo necesario para el viaje, dado que aparte de las ropas de ambos, la armadura de él y sus respectivas dagas, no tenían nada más. Yu'Kao trabajó para poder pagar todo lo necesario para el viaje. Principalmente, intercambió conocimientos con el noun de la tribu Eighu, aunque en realidad era el ganzorita quién compartía su sabiduría. También se dedicó a ejercer de sanador, tanto para los miembros de la tribu como para sus caballos y ganado. Ayudó al noun a preparar ungüentos, bálsamos y medicinas de todo tipo para próximas ocasiones. También ayudaba en las batidas de caza y en cualquier tarea que requiriese a un hombre fuerte. Así, se ganó los materiales y las herramientas que necesitaba.

Tejió y curtió el mismo algunas piezas de ropa, y remendó las que ya tenía. Se fabricó unas alforjas y Suyin aprendió a su lado y se hizo las suyas propias.

En ellas metieron los platos y cucharas que ellos mismos tallaron, algunas de las medicinas y vendas que Yu'Kao había preparado y provisiones para muchas semanas. Empaquetaron montones de tiras de carne seca. Metieron las cuatro piezas de ropa que Yu'Kao había tejido, así como dos pellejos de agua y dos viejas y gruesas mantas que el Khan les regaló.

El día de la marcha también les regalaron una vieja tienda de campaña, un poco mejor que la que se les destrozó en aquella horrible tormenta, y un caballo de fuertes patas que aguantaría el peso de ambos hasta que pudiesen comprar otro.

Aquel día, Otenjuur se acercó a Yu’Kao y le puso una bolsa de tela basta en las manos. Dentro, había algunas galletas de masa tosca y unos cuantos pastelillos de carne y hierbas.

— Para el camino, Yu'Kao. Turgen me ha dicho que a Suyin le gustan mucho.

Suyin se encontraba alejada unos pasos, con una enorme mochila a su lado, cargada hasta casi reventar. Estaba con unos amigos, con Turgen a su lado, despidiéndose.

Yu’Kao quiso dejarle aquel momento de intimidad y retiró la mirada. No estaba bien que controlase incluso aquellos instantes de su vida, así que abrazó con fuerza a Otenjuur. Luego, abrazó a otros miembros de la tribu que les habían acogido con especial cordialidad, y finalmente aceptó las riendas del caballo de mano de Hungerei Khan.

— Ki’Tuur es un buen caballo— dijo el hombre, mirándolo directamente a los ojos—. Etugen lo ha bendecido con fuertes cuartos traseros y Teylas le ha dado un buen aliento.
— Gracias, Hungerei Khan, Teylas te bendiga a ti, a tu familia y a toda la tribu Eighu. Que cuide de todos durante muchas generaciones hasta que las estrellas se apaguen. No sé que habríamos hecho sin vosotros.

Yu’Kao le estrechó la mano a Hungerei, cogiéndolo hasta la altura del antebrazo derecho. El Khan hizo el mismo gesto, pero al final le pasó la otra mano por sus hombros y le dio un abrazo casi fraternal. Luego, Yu’Kao cogió a Suyin, que tenía la mirada ligeramente entristecida, y la subió a lomos del caballo. Mientras Yu’Kao cargaba las alforjas, Hungerei rodeó al equino para acercarse a Suyin, dejando el rostro a la misma altura que el de la niña, incluso un poco más bajo.

— Suyingerei— dijo, sonriendo ligeramente—, estoy seguro de que cuando nos volvamos a ver serás un guerrero tan fuerte como tu padre.
— Gracias, Hungerei Khan— contestó la niña, con la mirada ligeramente impresionada por aquellas palabras.

El hombre le puso una mano en el hombro y la miró directamente a los ojos. Pero, por sorpresa de la niña, no dijo nada. Solo asintió levemente y luego se apartó para que Yu’Kao pudiese montar.

— Volveremos a vernos— afirmó el líder de la tribu Eighu.
— Por Teylas que sí.

No hubo más palabras. Ya estaba todo dicho. Yu’Kao lanzó al aire un grito para azuzar al caballo, que salió especialmente agitado por su nuevo jinete. El noun no miró hacia atrás. No porque no lo desease, sino porqué no quería distraerse al cabalgar a un caballo tan grande.
Suyin sí se giró. Casi no pudo verlo, ya que tras de ella toda la envergadura de Yu’Kao le tapaba casi la totalidad de la visión. Pero, aun así, vio a los miembros de la tribu que se habían reunido para despedirle. Vio a Turgen, al lado de su padre, agitando una mano.

Sus caminos se cruzarían solamente siete inviernos más tarde.
 

Eyla

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5. Rojo y Amarillo en Thesk

Once inviernos

Jadeaba pero seguía corriendo por las calles de Phsant. Su perseguidor no se cansaba, pero ella no estaba dispuesta a dejarse atrapar.
Esquivó una carreta cargada, pasando por un flanco a toda velocidad, esperando que él no fuese tan ágil, pero al cabo de diez metros volvió a girarse: lo tenía rozando sus talones.

— ¡Ven aquí!— le gritó el orco.

Suyin profirió otro jadeo y apremió aún más a sus pies para que corriesen a toda velocidad. Giró por un callejón estrecho, oculto en las sombras, y con un gesto de su mano tiró tras ella una caja al suelo, esperando en vano que el orco se tropezase. Él conocía demasiado bien esas calles y había dado caza a demasiada gente como para caer tan fácilmente en un truco como aquel. Pegó un salto y aterrizó sin un rasguño.

Suyin no iba a rendirse, pero estaba perdiendo la esperanza de poder escapar. Ese maldito orco la iba a atrapar y entonces todo se acabaría. La tuigana aprendería más adelante que esos pensamientos solo hacen que la fuerza y la rapidez mengüen... pero no lo entendería ese día. Ese día los músculos de sus piernas dudaron porqué sabía que no escaparía, pero ella lo atribuyó al cansancio. Justo cuando estaba a punto de salir del callejón, la grisácea mano del orco se alargó lo suficiente como para agarrarla por el cuello de su raída camisa y, con una fuerza de la que ella todavía no disponía, la tiró al suelo. Cayó de espaldas, con un golpe sordo, y al acto se dio la vuelta e intentó ponerse a cuatro patas para levantarse, pero el orco se sentó sobre ella y la agarró por las manos, aplastándola contra la dura tierra con sus treinta kilos de peso. Suyin soltó un gemido, forcejeando; se le había deshecho el recogido y el pelo le caía por la cara llena de polvo.

Al cabo de un par de segundos, por el mismo lugar por el que habían entrado, llegó otra figura, que sonrió al ver la escena. Suyin vio a la orca entre los mechones de su pelo y soltó una exclamación:

— ¡Maldición!— gritó la tuigana—. ¡Oghi, Ryo! ¡¡Socorro!!

El orco que la aplastaba gruñó y, apoyando todo su peso contra ella, le tapó la boca con una mano para que no pudiese gritar.

— ¡Regístrala, Yurghei!— ordenó a la orca que había aparecido, que inmediatamente se puso a un lado de Suyin y empezó a buscar entre su ropa.

Suyin intentó apartar la mano de su boca, pero como no lo conseguía tomó una drástica medida: sacó la lengua y empezó a restregarla por la palma del orco.

— ¡Ah! ¡¡Date prisa!!— gritó él, asqueado—. ¡Me está lamiendo!

Yurghei rio y solo tardó un segundo más en encontrar el pañuelo rojo, cuando en ese preciso instante Ryo apareció al otro lado del callejón, a dos metros de distancia. Al ver a Suyin atrapada, gritó hacia su derecha con todas sus fuerzas.

— ¡Están aquí!

Rápidamente, los dos orcos que tenían cogida a Suyin se levantaron y se marcharon por donde habían venido a una velocidad vertiginosa. Entraron en el callejón Oghi y Sergei junto a Ryo, resoplando.
— ¡Ryo, corre tras ellos, ahora vamos!— ordenó Oghi a la Shou, que salió disparada tras los orcos, obedeciendo al líder del grupo.

Todo el mundo hacía caso a Oghi. Era el más mayor: tenía doce años y era un orco muy grande. Se agachó junto a Suyin y la ayudó a levantarse.

— ¿Estás bien?— preguntó.
— ¡Me lo han quitado!— gimió la tuigana con desesperación.
— No te preocupes, lo recuperaremos— afirmó Oghi, poniéndole una mano en el hombro— ¿Estás cansada?

Ella negó con una leve sonrisa en sus labios.

— Entonces vamos a por ellos.

Los tres niños salieron disparados tras Ryo y los dos miembros del equipo Amarillo.

— ¡Seguro que se dirigen a su campamento!— gritó Suyin, con las fuerzas completamente renovadas, viendo como los dos orcos se alejaban, y a Ryo pegada a sus talones—. ¡Vamos a ir por la calle de los carpinteros!

Oghi asintió.

— Ves por la izquierda, nosotros les seguimos por aquí.

Suyin asintió y se desvió. No había necesitado mucho tiempo para ganarse la simpatía de Oghi. El orco la admiraba por su valentía y su destreza con el arco, y es por eso que siempre la escogía en su equipo y prácticamente siempre le confiaba el pañuelo rojo. Pocas veces lo perdía, aunque ese día fuese una de aquellas veces.

Dolida en el orgullo por haber perdido el pañuelo y por haber fallado a la confianza de Oghi y su equipo, Suyin volvió a correr. Se sentía mucho más cómoda en el papel de perseguidora y no de perseguida, y no le costó cruzar las dos calles. Se encontró con otro miembro de su equipo, Theo, un niño humano de nueve años que también había adivinado la trayectoria de los dos cazadores del equipo Amarillo, que llegaron de frente en unos instantes. Al verles, se giraron, pero tras ellos estaban Oghi, Ryo y Sergei. Se quedaron petrificados por un instante, decidiendo si escapar por el callejón de la derecha o el de la izquierda, cuando de ese mismo callejón emergió Raquel, miembro del equipo Amarillo, perseguida por dos gemelos del equipo Rojo, recién llegados de la frontera con Thay, cuyo nombre Suyin aún no conocía.

— ¡¡Lo tiene ella!!— gritaron los niños, uno de los cuales se había pelado las rodillas, probablemente en un heroico aterrizaje.

Cuando lo oyeron, los miembros del equipo Rojo no dudaron. Suyin le había insistido mucho a Oghi para que dejase claro a cada uno cuál era su función. Los gemelos y Suyin se lanzaron contra Raquel; Oghi, Ryo y Sergei contra los dos hermanos orcos.
Todo fue un cúmulo de gritos, risas y maldiciones. Algunos adultos que pasaban por la calle los miraban con desaprobación, otros se divertían al ver a los pequeños guerreros estrategas. La confusión reinó durante medio minuto de forcejeo: tirones de cuello de camisa y mangas, escupitajos, arañazos, incluso algún mordisco y muchos improperios, hasta que finalmente se oyeron dos gritos que llenaron de furor bélico el ánimo de los seis miembros del equipo rojo.

— ¡Aquí está!— grito Sergei, alzando el trapo rojo.
— ¡Lo tenemos!— estalló Suyin, agitando el amarillo.

Pero el cercano triunfo no les hizo olvidar sus papeles.
Sergei le dio el pañuelo rojo a Ryo, y Suyin y ella salieron disparadas, con Oghi cubriéndoles la retaguardia y los dos gemelos y Sergei intentando retener a los otros chicos. Tenían estudiado el camino de vuelta desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, y por eso no dudaron en ningún momento. Les faltaban cien metros cuando cruzaron la plaza.

— ¡¡Cuidado!!— gritó Oghi, al ver a su derecha a dos miembros más del equipo Amarillo— ¡Corred!

El orco se quedó para intentar atraparlos a los dos, pero Suyin vio con el rabillo del ojo como el niño más escurridizo se le escapaba y el chico quedaba rebozándose de polvo en el suelo con la otra niña.
Sin dejar de correr, desenrolló el pañuelo de su puño.

— ¡Toma!— le dijo a Ryo, que se había olvidado de mirar a su alrededor y mantenía los ojos fijos en la casa del equipo rojo.

La niña aceptó el otro pañuelo y apretó el ritmo todavía más, mientras Suyin se giraba. Esperó al niño del equipo contrario con las rodillas flexionadas y el cuerpo en posición de recepción. El niño intentó esquivarla, pero fue un intento bastante desesperado. Suyin lo placó con un grito de divertida ferocidad mientras él soltaba un dramático y ensayado:

— ¡Nooooo...!

Cayeron al suelo pelándose cualquier parte de su piel que no estuviese protegida por su ropa o sus zapatos y esperaron, en silencio, escuchando y notando os latidos de sus corazones en los oídos.
Entonces, un cúmulo de gritos, silbidos de júbilo y aplausos les llegó a las orejas.

— ¡¡Sí!!— exclamó Suyin, corriendo hacia el punto de encuentro.

Celebró el triunfo con sus amigos, abrazándose y chillando como los demás, hasta que apareció el miembro más joven del equipo amarillo. Era Kyle, que tenía seis años, y llegaba con lágrimas en los ojos. Se había pelado las rodillas y tenía las piernas totalmente ensangrentadas. Lloraba frotándose los ojos con los puños, a un volumen sorprendente teniendo en cuenta lo pequeña que era su caja torácica. Tanto los miembros de un equipo como los de otro fueron a socorrerlo.

— No llores, Kyle, solo es una rascada— le dijo Oghi.
— Hay que desinfectar- indicó Ryo.
— Ya sé, ¡vayamos a ver a Yu'Kao!— propuso Suyin.

Todos los niños asintieron y celebraron la idea con sonrisas y frases de aprobación. Les encantaba ir a ver a Yu'Kao. El grupo entero, en total unos quince o veinte, caminaron hasta la herboristería del maestro Datazen, que no se encontraba muy alejada.
Allí, Suyin se adelantó al grupo y llamó. Esperó unos segundos hasta que se oyó un crujido y la puerta se abrió, saliendo de ella un hombre mayor, de calva arrugada y manchas en la piel del rostro.

— Suyin, ¿qué quieres?
— ¿Puede salir Yu'Kao un momento? Necesitamos su ayuda— señaló tras ella, a Kyle, que seguía derramando lágrimas de disgusto.

Datazen arrugó la nariz y volvió a entrar en su negocio. Al cabo de unos segundos, salió Yu'Kao portando un frasco entre sus manos. Su expresión era totalmente neutra.

— Bueno, bueno— empezó, mirando a todos los niños uno por uno-. ¿Quién necesita un poco de bálsamo?

No era necesaria una respuesta, ya que Kyle llamaba suficiente la atención como para que Yu'Kao se dirigiese hacia él directamente. Se agachó a su altura clavando una rodilla en el suelo. Todos los niños le rodearon para ver bien como aplicaba las curas, esperando.
Después de untarle aquel apestoso ungüento le envolvió las heridas con una gasa blanca, haciendo un nudo detrás de la pierna.
Todos los niños iban poniendo cara de decepción a medida que Yu'Kao iba terminando y no usaba sus poderes, hasta que finalmente terminó y se levantó.

— Ya está— dijo.

Ningún niño dijo nada. Incluso Kyle puso cara de decepción, hasta que Orghi decidió adelantarse. Se plantó delante de Yu'Kao, mirándolo hacia arriba, y con la voz algo acobardada pidió:

— Señor Yu'Kao, ¿nos enseña como baila el viento?

Todos los niños asintieron, y se oyó algún "Sí, por favor señor Yu'Kao" o "Enséñenos como baila el viento, por favor". Pero el hombre, al oírlo, arrugó el ceño y puso las manos en jarras.

— Niños— dijo, en tono severo, dirigiéndose a todos—. El viento no es ningún juego, y Teylas está demasiado ocupado como para bailar para divertiros.

Dicho esto, se dio la vuelta y entró en la herboristería. Todos los niños profirieron un ¡oh! de decepción y se quedaron cabizbajos escuchando como se cerraba la puerta tras la gran espalda de Yu'Kao. Se miraron entre ellos y fue entonces cuando, de golpe y porrazo y sin previo aviso, tres remolinos de menos de un metro de alto se alzaron de la nada y empezaron a dar vueltas a su alrededor.

Los gritos de júbilo y diversión se escucharon por todo el barrio de Phsant. Los niños corrían alrededor de los remolinos, con absoluta emoción, y se dejaban rebozar de polvo por ellos.
En el interior de la herboristería, Yu'Kao sonreía y disfrutaba de aquel sonido.
 

Eyla

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6. La impotencia

Diecisiete inviernos​

La parte posterior de su cabeza impacta contra la húmeda roca, pero no cierra los ojos. Ha quedado tendida a tres metros del monstruo, distancia y tiempo suficientes como para erguirse y verlo avanzar.
Mil pensamientos cruzan tras sus pupilas, dilatándolas, viendo así con más nitidez las facciones de la depredadora. "No pierdas la sangre fría", se dice, y prepara todo su cuerpo para el impacto, que llega deprisa, "no dejes que te atrape contra el suelo".
Aun sentada, los brazos en guardia y los labios contraídos, recibe el pesado cuerpo con el rostro teñido por la agresividad y una rodilla estratégicamente flexionada. Su oponente pesa muchísimo, y la aplasta contra la roca cortándole la respiración durante un eterno segundo. Ya la tiene, aferrada contra el suelo; no puede moverse. En su cabeza resuena una voz que es una mezcla de muchísimas otras:

"Sácatela de encima. No has llegado hasta aquí para rendirte en la primera embestida", le dice Yu'Kao, le dice su padre, le dice Sarangerei, le dice su tia Khulan...

No es solo la imaginaria exhortación de sus seres queridos lo que empuja sus músculos, si no la dolorosa certeza de sus palabras. No, no ha llegado hasta aquí para rendirse en la primera embestida. Aprieta los dientes y hace acopio de toda su fuerza, empujando a la depredadora hacia atrás, intentando librarse de ella... pero sus manos se topan con una montaña. "Maldita sea, vamos", se dice a sí misma. Y entonces se da cuenta que se está librando de ella. Se la está sacando de encima usando la musculatura de sus bíceps, sus pectorales y sus hombros. La adrenalina que le produce esa realidad dobla la que crea el miedo, sonroja sus mejillas y le dilata las pupilas hasta un límite insano.
La bestia le dice algo, pero la adrenalina reverbera en sus oídos. Y la engaña.
Si, porque en ese momento Suyin no es consciente de estar apostando toda su fuerza a una sola carta. Solo cuando aparta el robusto cuerpo de encima del propio, la joven tuigana percibe cuanto la ha agotado un solo intento.

Cuando la bestia se recupera de la sorprendente resistencia inicial, vuelve a la carga sin jadeo alguno, mirando a su presa con unos ojos rojos que la perseguirán en sueños durante muchas noches.
La chica presenta una defensa que puede considerarse digna y honorable, pero no triunfal.
La depredadora clava una rodilla sobre su abdomen y usa la otra para bloquearle el muslo izquierdo. Con una mano la agarra por la muñeca izquierda y con la otra la sujeta por la mandíbula, constriñendo la movilidad de su cuello, obligándola a mantener la cabeza bien pegada al suelo. La bestia clava el codo en su antebrazo, mañana tendrá ese músculo roto por el dolor.
En un segundo, se ve a sí misma incapaz de movimiento alguno, totalmente vencida, precipitándose a una velocidad inhumana sobre un desenlace que convulsa su cuerpo en leves temblores que intenta controlar por simple orgullo.

El monstruo abre su pérfida sonrisa, enseñando dientes y encías. Se acerca a Suyin, que se obliga a mirarla a los ojos, a ganar el combate al miedo desde su posición de derrota. Nota como los dientes se clavan en la parte derecha de su cuello. "Como me gustaría estar en el Taan", piensa, al darse cuenta de su situación. Nota como la sangre empieza a abandonar su cuerpo.

Mira hacia la oscuridad que se extiende antes de que la luz llegue al techo de la cueva. Fija la vista en un punto de las tinieblas e intenta con toda su fortaleza mental aislarse de la situación. Aislarse del dolor que siente en el cuello, de esa mandíbula que penetra en su piel, como si no formase parte de ella. Nota el dolor, pero no es suyo, no es su cuello, del mismo modo que no era su estómago cuando los dos niños de Thesk la sujetaron mientras Wichyo le pegaba puñetazos en el abdomen.
Se aísla de esa situación, de la garra que aferra su mandíbula, del frío cuerpo que la mantiene atrapada. Se aísla de la caricia de los cenicientos mechones rubios que caen sobre su rostro, de la humedad de la cueva, de la dureza de la roca tras su cabeza, se aísla incluso de esa gota de agua helada que cae bajo su ojo derecho. No es su piel, ni su ojo. Se aísla de ese inesperado y sorpresivo placer que empieza a atrapar su cuerpo cuando los colmillos se clavan con más ahínco en su carne, una sensación que la mantendrá confusa durante un par de días. Se aísla de todo ello y finalmente cierra los ojos.
 

Eyla

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7. Cazadores y presas

Dieciocho inviernos

Se apea del carromato y sus pies caen en medio de un charco de barro fangoso. Suelta una pequeña blasfemia quejumbrosa y entrega unas monedas al conductor de la carraca, que se despide de ella dejándola frente a la hacienda del Conde Rake. La tuigana anda el camino hacia las puertas de la mansión, que está rodeada por niebla, frío, humedad y silencio. Desde fuera escucha la algarabía propia de una fiesta como Teylas manda, pero Suyin está de mal humor. Coge de entre los repliegues de su capa la máscara que ha tenido que buscar por toda la yurta, máscara que hacía un año que no se ponía. Le oculta solamente los ojos, dejando al descubierto sus carnosos labios, cortados por los fríos suspiros de Teylas que recorren los caminos de occidente. Da su nombre a los sirvientes que flanquean la entrada y estos la dejan pasar.

Cuando abren las puertas, la atmósfera cargada, inherente a las multitudes ebrias y golosas, abofetea su rostro. Busca, con ojos cansados pero tenaces, al motivo por el cual se halla en ese lugar. Y no tarda en encontrarlo. La espantosa túnica blanca destaca sobre todos los demás vestidos como lo hacen las heces de un buey en medio de un prado de tallos verdes. Suyin se acerca al Senescal de Comercio Interior que la recibe con un mal comentario sobre su "roñosa" armadura y un fétido aliento a vino. Suyin aguanta esas palabras y esa actitud con una sorprendente paciencia, hastiada hasta lo extremo, intentando con éxito no mostrar cuánto le encrespa y apena que miren a Templanza con asco. "Es tu trabajo" se dice a si misma cuando el Senescal vuelve a hacer otro embriagado comentario. Fantasea con el momento en el que contrate a algún guardaespaldas y ella se vea liberada de la carga de proteger a ese culo tan fino. Se mantiene cerca de su jefe, pero éste ha bebido tanto que es incontrolable.

La gente habla y chismorrea a su alrededor, portando pomposos y cargados vestidos, elegantes y llamativas túnicas. Máscaras y más máscaras. Algunos intensos perfumes flotan en el ambiente, incapaces de ocultar el olor a sudor y a humedad. Los sirvientes traen vino y comida con diligencia. Hay un camarero bajito que porta una extraña máscara terrorífica: cuero envejecido y botones en vez de ojos. Perturba a Suyin hasta tal punto que empieza a fruncir el ceño cada vez que lo ve. Lo acompaña otro sirviente bajito que se mantiene oculto tras otra extraña máscara. Ninguno de los dos pronuncia ninguna palabra, lo que turba todavía más a la chica. Decide beber un vaso de agua en vez de vino, pero le insisten "estás en una fiesta, diviértete", "exacto, mi querida consejera, bebe algo más de vino". Querida, querida, querida. ¡Cuánto odia esa palabra! Sabe que Yu'Kao tardará aún unas horas en llegar, pero desea su presencia como la tribu desea la llegada de la primavera en la peor de las nevadas. La Presidenta hace también su aparición, con su pequeño vestido y su pequeña máscara. Pronto se une a la fiesta, sabiendo sumergirse en el ambiente. ¡Ojalá tuviese ella esa misma esa habilidad! Unos canapés de pescado pasan frente a su nariz y el sirviente que los lleva, de extraños ojos fríos, le pone también otra copa en la mano. "Bebe, Suyin, disfruta"
Ella disfrutaría en otro lugar, al aire libre, o en una fiesta rodeada de hogueras con buena carne y buena cerveza. La chica empieza a sentirse sola, muy sola y abotargada, cuando de entre la multitud se le acerca alguien y le sonríe.

Es rubio, de mandíbula fuerte. Tiene la piel llena de tatuajes y cicatrices. Curtido, poco acicalado. No huele a perfume. Le pregunta de donde es, para quién trabaja, como es el Taan. Y Suyin solo puede pensar en lo atractivo y agradable que le parece. A su alrededor, parece que el volumen de la música baja y que los sirvientes no son tan terroríficos. El talosita muestra interés por ella, y lo mismo hace la chica. Sí, el senescal sigue borracho como un pavo antes de la cocción, y el ambiente que la rodea sigue siendo cargado y pomposo, pero la bárbara presencia del hombre lo mitiga.

El agradable rato llega y se marcha rápidamente, pero no pasan muchos minutos desde que se separa del talosita hasta que Yu'Kao aparece por la puerta. Lo hace justo cuando el discurso del Conde Rake empieza, y Suyin se acerca a él, sonriendo al verlo con el ceño fruncido. No hace falta que su noun se lo diga: "este sitio está donde Teylas perdió las alpargatas, y menuda humedad, estoy más seco después de bañarme, joven Khan". Suyin ríe. Sí, definitivamente se siente un poco mejor. Ni siquiera escucha la totalidad del discurso... por desgracia.
"¿Qué ha dicho?" pregunta a Renatha. Su jefe está a unos metros, dejándose magrear por una mujer cuya identidad desconoce, por lo que no le hace caso.
"Que salgamos fuera"
Agradada por la idea de continuar la fiesta en los jardines, la joven se adelanta con la imperiosa necesidad de respirar aire fresco. Y es entonces cuando la pesadilla se materializa ante todos los invitados.

Una amalgama de acero, piel, y músculo se interpone entre ellos y la puerta. La incomprensión no da paso al terror hasta que el monstruo emite las primeras palabras. Su voz retumba en el vestíbulo, donde Suyin, Yu'Kao y todos los invitados son informados de su condición de presas. Las perlas de sudor aparecen instantáneamente en la frente y bajo las axilas de Suyin, que tira su máscara al suelo y traga saliva. Los tentáculos de luz que emergen de la pesadilla viviente se mueven a su alrededor como las llamas lentas de un fuego malvado. Ambos tuiganos intercambian susurros estratégicos, luchando contra el miedo para mantener la sangre fría. Suyingerei escucha los latidos de su corazón retumbando en sus tímpanos.
Salen a los jardines obligados por la antinatural cadencia de la voz del ser, y lo que se encuentran en el exterior es, si cabe, más terrorífico aún. Están rodeados por vampiros.
Vampiros.
Por un momento, una sensación de cansancio se apodera de Suyin. Es solo un instante en el que su pecho nota esas irresistibles ganas de rendirse ante lo que parece inevitable: otra vez vampiros. En el Taan, el mal es el invierno, el mal es el hambre, el mal es el Gran Azul. Aquí... aquí el mal son ellos.

Yu'Kao la mira, la mira en lo profundo de sus ojos, y su protegida escucha en su cabeza "No te preocupes joven Khan, podemos hacerlo, podemos escapar, no todo está perdido"
Renatha se coloca junto a ellos dos, al igual que otro joven, que observa a los cazadores con las pupilas extremadamente dilatadas por el miedo.
Una mujer de piel pálida y ojos rojos toma la voz cantante. Al comprobar que su pelo no es rubio, Suyin suspira, aunque nunca sabrá si de alivio o preocupación. Con palabras llenas de sadismo, les da instantes de limosna. Sí, no solo les consideran presas, si no que la soberbia les permite ofrecer a sus víctimas tiempo para huir. Para creer que pueden huir.

La saliva se acumula sobre la lengua de Suyin, que debe esforzarse en tragarla para poder hablar. Sus piernas tiemblan. Ya hace rato que el sudor ha saturado su piel. Sus intestinos gruñen con los característicos quejidos del terror y su vejiga parece a punto de explotar.
Pero lo peor es no notar sangre en el rostro. Lo peor es sentir de nuevo ese cosquilleo que indica que sus mejillas de tez morena tienen ahora un pálido reflejo de inconfundible pavor.
Y entonces todo el mundo empieza a correr. Suyin no se da cuenta que está gritando instrucciones a Yu'Kao, a Renatha y al muchacho Tarek hasta que oye el primer aullido de la primera presa. Es como una fanfarria. Las primeras notas las emite una sola trompeta, pero después de ese segundo, un coro de instrumentos metálicos la sigue. En este caso, los instrumentos son terroríficamente humanos. Gritos, súplicas, llantos, jadeos. De hecho, no solo las voces de las presas forman el macabro coro: huesos crujiendo, músculos rasgados, carne masticada. Esa canción hará ecos en su cabeza durante mucho tiempo. Volverá al Taan y, a veces, seguirá escuchándola en sus peores pesadillas.
Su noun, la pequeña Senescal y el muchacho de ojos rápidos corren con ella durante eternos minutos. Resoplan por el miedo y el esfuerzo, no encuentran ningún río que cruzar. Oyen tras ellos un rugido animal y se giran cuando se topan de frente a un muro. No son más de dos metros de altura de piedras comidas por el musgo y, tras ellos, un oso. El oso más grande y terrorífico que jamás haya visto.

Templanza. Templanza, Suyingerei.
El tiempo se ralentiza cuando la chica barre el entorno con la mirada: Yu'Kao está susurrando a las fuerzas de Teylas. Tarek coloca un pie en una piedra saliente del muro. Renatha no está, ha desaparecido. Una gota de rocío prematuro cae sobre la mejilla izquierda de la chica. El oso se acerca, lentamente a ojos de Suyin. Su pelo se mueve como un mar de hierba. La chica busca a Renatha con la mirada, pero no la encuentra. La saliva cae entre las fauces del oso. Yu'Kao se eleva. Un pájaro sale volando de entre unos arbustos. El silencio los envuelve, roto solo por jadeos.

Suyin toma una decisión. Con una habilidad que solo el tiempo y la práctica le han dado, trepa por el muro. Es solo cuando llega arriba, junto a YuKao, cuando se da cuenta que el muchacho Tarek ha resbalado de nuevo y no será capaz de trepar. El oso está a diez metros y, tras él, el mal inmortal, escondido entre los árboles, ha convocado a una manada de lobos igualmente terribles. Han pasado dos segundos. Ella y su noun toman otra decisión.
Ambos tuiganos saltan de nuevo a la tierra húmeda, junto al muchacho. La voz grave de Yu'Kao empieza a resonar con una furia que ningún trueno envidiaría. Suyin carga; su espada empieza a chisporrotear.
Todo dura el tiempo que tarda la sangre en llegar a los dedos desde el primer latido. El oso se abalanza sobre Suyin, que lo esquiva con dificultad, pero éxito, dejando al muchacho como un blanco fácil. A su alrededor, los lobos caen fulminados por las fuerzas de Teylas. La adrenalina de la victoria próxima llena la mente de Suyin pero no le nubla la vista. Dobla las muñecas, alza el puño de su espada y lo dispara contra el morro del oso, deslizando la hoja hasta separar en dos la piel del maxilar. El oso suelta un rugido de furia y dolor, perdiendo la inercia del ataque. "Ahora Yu'Kao", piensa Suyin, aunque no hace falta decirlo. Ni mucho menos. Tras ella, un relámpago restalla y un dedo invisible de Teylas empuja al oso hacia el suelo. Sus patas se doblan y cae aturdido.
"¡Rápido!" ruge el tuigano.
Ambos ayudan a Tarek a trepar el muro y saltan el otro lado. Solo un segundo se permite Suyin, para mirar desde lo alto de la zanja e intentar encontrar a Renatha. Su instinto no falla al decirle que la hin se halla a salvo.

Siguen corriendo, sin mirar atrás, totalmente obsesionados en alejarse, alzando cada minuto la vista al rostro de Teylas y rezando para que empiece a clarear. Encuentran al talosita inconsciente en el bosque, y ambos tuiganos lo cargan durante una hora más hasta que visualizan una aldea en la lejanía. Ya está, por fin. Suyin cae al suelo de rodillas con el pecho atenazado por el agotamiento, luchando por recobrar el alieno que ha perdido hace media noche. Tarek los abraza, los besa entre palabras de agradecimiento. El talosita recupera la conciencia, algo desorientado. Yu’Kao la ayuda a incorporarse y coloca una mano en su pecho para que Teylas pueda reconfortarla con más rapidez. La muchacha sonríe agradecida, aun muda. En su cabeza, sigue oyendo los gritos.
 
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