Ceniza
El que aplaude en los discursos Zhent
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PERSECUCIÓN
La taberna del puerto tenía ese olor que se queda pegado al alma. Mezcla de ron barato, humo rancio y lo que algún día fueron sueños ahora truncados. Samira escuchaba a medias, distraída entre las palabras del vendedor y el murmullo del mar golpeando los pilotes. Entonces uno de los ladrones de las sombras (el más pequeño de todos) se acercó y susurró algo al oído del enmascarado que les lideraba. El proveedor había entrado
El hombre echó a correr y ellos detrás, empujadno barriles, tropezando con marineros y cajas de pescado. El puerto se convirtió en un laberinto de gritos y pasos. De luz de faroles que parpadeaban sobre el empedrado mojado
Samira sentía el aire rasgarle la garganta. El corazón golpeando en la sien. La gabardina ondeaba detrás de ella como si no pesara nada y sus botas resonaban sobre los charcos. Giró una esqina y el mundo se estrechó en un pasillo de piedra y hedor nauseabundo.
Alcanzó a ver una silueta tambaleante que se deslizaba bajo las boca abierta de la cloaca y al ladrón de las sombras de sobrehumana velocidad tras él. Frenó en seco y apoyó las manos en las rodillas respirando como si el aire le quemara los pulmones
Riéndose sin aire, con el corazón galopante y el viento enmarañándole el pelo Samira lo supo
Aquel era el mejor día de su vida.
La taberna del puerto tenía ese olor que se queda pegado al alma. Mezcla de ron barato, humo rancio y lo que algún día fueron sueños ahora truncados. Samira escuchaba a medias, distraída entre las palabras del vendedor y el murmullo del mar golpeando los pilotes. Entonces uno de los ladrones de las sombras (el más pequeño de todos) se acercó y susurró algo al oído del enmascarado que les lideraba. El proveedor había entrado
El hombre echó a correr y ellos detrás, empujadno barriles, tropezando con marineros y cajas de pescado. El puerto se convirtió en un laberinto de gritos y pasos. De luz de faroles que parpadeaban sobre el empedrado mojado
Samira sentía el aire rasgarle la garganta. El corazón golpeando en la sien. La gabardina ondeaba detrás de ella como si no pesara nada y sus botas resonaban sobre los charcos. Giró una esqina y el mundo se estrechó en un pasillo de piedra y hedor nauseabundo.
Alcanzó a ver una silueta tambaleante que se deslizaba bajo las boca abierta de la cloaca y al ladrón de las sombras de sobrehumana velocidad tras él. Frenó en seco y apoyó las manos en las rodillas respirando como si el aire le quemara los pulmones
Riéndose sin aire, con el corazón galopante y el viento enmarañándole el pelo Samira lo supo
Aquel era el mejor día de su vida.
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