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Ceniza

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PERSECUCIÓN

La taberna del puerto tenía ese olor que se queda pegado al alma. Mezcla de ron barato, humo rancio y lo que algún día fueron sueños ahora truncados. Samira escuchaba a medias, distraída entre las palabras del vendedor y el murmullo del mar golpeando los pilotes. Entonces uno de los ladrones de las sombras (el más pequeño de todos) se acercó y susurró algo al oído del enmascarado que les lideraba. El proveedor había entrado

El hombre echó a correr y ellos detrás, empujadno barriles, tropezando con marineros y cajas de pescado. El puerto se convirtió en un laberinto de gritos y pasos. De luz de faroles que parpadeaban sobre el empedrado mojado

Samira sentía el aire rasgarle la garganta. El corazón golpeando en la sien. La gabardina ondeaba detrás de ella como si no pesara nada y sus botas resonaban sobre los charcos. Giró una esqina y el mundo se estrechó en un pasillo de piedra y hedor nauseabundo.

Alcanzó a ver una silueta tambaleante que se deslizaba bajo las boca abierta de la cloaca y al ladrón de las sombras de sobrehumana velocidad tras él. Frenó en seco y apoyó las manos en las rodillas respirando como si el aire le quemara los pulmones

Riéndose sin aire, con el corazón galopante y el viento enmarañándole el pelo Samira lo supo

Aquel era el mejor día de su vida.​
 
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CARBÓN

El camposanto olía a tierra vieja y a misterios enterrados. Samira recorría las lápidas con la maestra Odger, la soldado Gunna y la sombra Eclipse, buscando la que les ocupaba. Recorría nombres con las puntas de los dedos enguantados, siguiendo los nombres medio borrados por la erosión del tiempo y sus inclemencias. Nada. Sólo fechas, musgo y silencio. Hasta que levantó la vista y fue consciente de la posición de las rocas. Escarpadas y feas sí, pero con promesa en sus formas

Pidió ayuda al hombre enmascarado que le acompañaba. Él subió primero, ágil y sin una palabra. Desde arriba tendió la mano a Samira, que la tomó y aunque resoplando por el esfuerzo consiguió trepar hasta la cima. El lugar era estrecho, pero bastaría. Poniéndose en la mente del asesino, se tumbó sobre la piedra fría y se deslizó observando. Era un punto de observación perfecto. Desde allí se dominaban todas las rutas del cementerio. Las entradas, los senderos... Y sobre todo, las lápidas de los Hojafría

Apoyó el mentón sobre el brazo imaginando el siguiente movimiento del asesino, su respiración contenida, las largas noches de vigilancia. Entonces notó un tacto extraño y fue consciente. Tenía las manos negras y el rostro manchado. Se limpió la mejilla con el dorso y olfateó la mancha oscura en la piel ahora libre de guantes. Carbón

Samira sonrió con la expresión lobuna de quien acaba de captar el rastro de su presa.
 
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CAPRICHOSA

Samira cruzó las piernas con estudiado desinterés, como si aquel sillón desvencijado fuera un trono y aquel tugurio del Cuervo Negro el Palacio de los Seis. El enmascarado frente a ella no fumaba, pero el silencio entre ambos ardía igual

-Si quieres ese favor -dijo él al fin- traerás cierta reliquia de una cripta y viajarás a Caravasar. Cuatro decanas. Un aprendizaje especial
-No asocio mi nombre a nadie, menos aún a desconocidos. Especialmente no en Caravasar, reconocido nido de prófugos de la justicia amniana

El enmascarado inclinó la cabeza como si contemplara un insecto raro y no supiera si coleccionarlo o aplastarlo

-La mujer a la que te refiero es una alzada ¿Eso te supone un problema?
-Sí -Samira no parpadeó- Soy neutral en mis contratos, no en mis principios. No trabajo para enemigos de Amn ni de Capaconjuro

Una pausa
Él apoyó la máscara en su puño, curioso

-Sorprendente fidelidad a una ley que te encierra ¿Por qué una arcana defiende a los encapuchados?
-Porque aunque me encantan los buñuelos de San Annur, sé que empacharse es malo para el estómago. La magia funciona igual. Poderosa pero letal en su uso desmedido. Además -afiló su sonrisa- la magia es una parte de mí pero no me define
-Hablas como si no fueras una arcana completa

Samira sonrió de medio lado insolente y orgullosa. Era un gesto muy suyo que mezclaba aristocracia y desafío, porque la detective era como un naipe doblado al borde en una partida clandestina

-Antes de aprender mi primer sortilegio ya era una mujer extraordinaria. Y si mañana pierdo la capacidad de canalizarlos, seguiré siendo una enemiga formidable. Mis talentos son más viejos y más variados que mis conjuros

Otro silencio. Más pesado. Una mirada sostenida, filo contra filo, como si ninguno quisiera ser el primero en mostrar sus cartas y perder la mano. Al final él cedió

-Está bien. Solo la reliquia -un murmullo breve, casi una risa- Eres una mujer muy caprichosa, ¿lo sabías? ¿Es por tu sangre amniana?

Samira se levantó despacio, apagó su cigarro contra el borde de la mesa y sonrió como sólo saben hacerlo las hijas menores que nacieron para saltarse las reglas del salón sin dejar de pertenecer a él

-Eso me gusta creer.
 
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ORDEN

Llovía como si los dioses quisieran borrar la ciudad del mapa. Calles convertidas en riachuelos, capas empapadas y las botas caladas hasta los tobillos. Lo único que Samira tenía para protegerse era su sombrero pero aún así caminaba como si hubiera elegido cada gota. Como si fueran parte del uniforme. Entonces vio la escena

Un joven (no más de doce años) con las manos atadas y empapado hasta los huesos. Guardias a su alrededor el juicio en sus miradas tan alto como las armas en sus manos. Susurros de desviacionista, de peligro, de sangre contaminada

A Samira no le parecía que el chico tuviera pinta de peligro, sino de alguien a quien se le había encendido la chispa de un conjuro donde no debía porque la juventud es torpe y la magia peligrosa. Y la de un innato, más. El chico respirada como si el mundo entero se le hubiera caído encima de golpe. No paraba de temblar

Samira se detuvo. No para intervenir, se dijo pero para mirar bien. Había ignorancia en el joven, no malicia. Había aprendido a olfatear bien esa diferencia. Caminó hasta ellos sin prisa. La gabardina rígida por el peso de la lluvia no ondeaba esta vez. Habló con los guardias con el tono firme y la sonrisa ligera de quien no necesita lujos ni grandilocuencia para llenar una estancia con el poder de su presencia

Un registro a conciencia. Una multa sin prisión, sin sanatorio. Una lección en lugar de una condena, eso se llevaría el joven tras un intenso debate al más puro regateo Amniano. El chico entendió tarde lo que estaba pasando. La lluvia le corría por la cara con las lágrimas como si él también estuviera intentando limpiarse algo

La detective abrió la marcha, cabeceando hacia el chico para que le siguiera camino de la Schola donde había prometido registrarle

-Recuerda esto, chico. La magia te hará poderoso algún día, pero solo es una herramienta magnífica que nunca va a pensar por ti. Usa la cabeza primero y conjura después. Si inviertes el orden, acabarás muerto o poniéndote en ridículo. Y ninguna de esas dos cosas tiene demasiada utilidad ¿sí?

Samira siguió andando
Había barro en sus los bajos de sus pantalones, tenía ojeras y apenas sentía los dedos por el frío. Aún así, una chispa ardía satisfecha bajo sus costillas

A veces la justicia era así. Nada grandioso. Nada épico o glamouroso. Solo un detalle pequeño en medio del ruido y un paso más hacia lo que ella quería ser.
​
Offtopic :
No pude ver el nombre al QM pero muchas gracias por la ambientación!
 

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PINCELADAS

Samira regresó al distrito del puente con el cuerpo helado por el viaje y la mente más cansada de lo que admitiría jamás. La pista que le había llevado a posponer casos y clases había quedado en agua de borrajas, pero no podía dejarlo pasar. No cuando se trataba de los desviacionistas que asesinaron a su hermano. Ni una sombra sospechosa ni un rumor mal contado, solo carreteras vacías, tabernas mudas y gente que prefería no saber

A esas horas de la madrugada las calles parecían un esqueleto de piedra. Las lámparas de aceite parpadeaban con una luz torpe que se mecía como si respirara formando charcos de sombras. Samira los cruzaba sin vacilar. Cuando la ciudad dormía ella pensaba mejor... y de más

La Pintora. El nombre solo era como un trazo de tinta que manchaba cualquier pensamiento. Samira se ajustó la bufanda de pieles al cuello y caminó más rápido. Tenía que desarmarla. Quitarle el misterio, la confianza, la tranquilidad. Ponerle nerviosa para que cometiera un error. Apretarla contra las paredes de su propio patrón, de sus propias obsesiones

Una trampa, tal vez. Quizá moverse en círculos donde ella espera que nadie esté mirando. Provocar el tipo de ruido que obliga a los monstruos a salir de sus escondites

Mientras avanzaba, Samira pasó la mano por una barandilla húmeda y sintió como el corazón le latía con esa mezcla de rabia vieja y claridad fría que ya empezaba a conocer demasiado bien.
Su hermano había muerto por manos de gente como esa. Gente que juega con la magia como si fuera hilo barato. Despojos que creen que matar es un arte y el dolor una firma

No. Samira se detuvo bajo una de las lámparas y dejó que la luz temblorosa le iluminara el rostro cansado. Respiró. Contó los latidos. El plan aún estaba incompleto, pero la intención no

Este caso no era un trabajo más. No era un encargo. No era una investigación para ganar oro, ni reputación en la Schola o favores de la ciudad. Era personal. Y la Pintora lo descubriría más pronto que tarde

Samira reanudó la marcha perdiéndose entre las sombras del Puente con paso decidido. No descansaría
No mientras quedara una pincelada de ese monstruo sin borrar.

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NOMBRES

La puerta trasera de la sala de apuestas reventó con un golpe seco y de inmediato lo sencapuchados brotaron como sombras espesas por el corredor de la cloaca. Samira lanzó varios orbes de sonido potenciados, sin pensarlo. Uno tras otro, su magia explotaba en estallidos breves que hacían vibrar las paredes húmedas

El grupo resistía como podía, pero la marea negra no dejaba de crecer. Vio caer primero a Kath, aquella elfa de la guardia que tanto le agradaba. Intentó llegar hasta ella, pro le fue imposible. Después el capitán, la sargento, Bremmen. La obispo aguantaba como un muro al principio inquebrantable, pero que por tanto superada en número comenzó, más tarde que pronto, a desmoronarse. La empuñadura de un mandoble, por error en el camino de su trayectoria, golpeó su mandíbula. Cuando sintió la presión romperle el labio y sacar todo el aire de sus pulmones, supo que era hora de desaparecer

Un susurro arcano. Un parpadeo. Su figura se disolvió. Invisible contuvo la respiración. Inmóvil con la espalda pegada a la pared mientras los encapuchados arrastraban a sus compañeros heridos al otro lado del umbral. El mediano de la contabilidad, en cuyo libro Samira se había fijado nada más entrar en aquella zona clandestina, pasó tan cerca de la detective que pudo sentir su respiración. Aguardó. Cuando los gritos volvieron a alzarse, extendió la mano de mago con un murmullo y el movimiento fue suave y preciso. O lo hubiera siod de no ser por el dolor punzante que rompía su concentración. No consiguió robar la libreta, pero tampoco se fue con las manos vacías. Una página, nada más, nada menos

Pero qué página, pensó Samira mientras leía, con una curva sonrisa adornando sus labios

PASAMIENTO

Cuando todo quedó en silencio apenas tuvieron tiepmo de respirar. Desde el fondo del túnel llegó un sonido viscoso. Un avance lento, húmedo y constante

El cubo gelatinoso emergió como una masa translúcida que devoraba la luz y todo aquelloq ue encontrara a su paso. Corrieron sin mirar atrás (sobre todo ella, lamentando tal vez su escasa vida personal fuera de sus obligaciones) mezclando jadeos y maldiciones y salpicando agua cenagosa hasta la boca de la alcantarilla de salida... solo para encontrarla bloqueada desde fuera por un barril apostado con alevosía

El cubo se acercaba deformando el aire con su peso. Samira apretó los dientes. Tenía una opción, solo una y esperaba que su concentración no le fallara de nuevo. Recordó el sortilegio preparado. Pasamiento

Alzó las manos. La energía recorrió su columna como un latigazo y su cuerpo atravesó la piedra junto a la reja como si fuera agua espesa. Un instante después emergió en el callejón del Distrito del Puente donde había sucedodo el primer crimen, cayendo de rodillas sobre el empedrado mojado

Se levantó como pudo y empujó el barril que atrancaba la salida mientras gritaba clamando por ayuda. Pero su fuerza apenas movió una astilla y aquel lugar ya no lo frecuentaba nadie, ni guardia ni locales. Maldijo entre dientes. Desde abajo, golpes desesperados retumbaban en el metal. Al final no fue su empuje, sino el de Bremmen y la dama Traphine que seguían atrapados lo que abrió el paso

Uno a uno emergieron, magullados, empapados y vivos. Incluso la sargento Gernigan, cuyo cuerpo había sido atrapado por el cubo mientras intentaba ganar tiempo para el grupo en un acto heroico. Desde arriba Samira había podido intuir como el gólem de piedra que había convocado el capitán contenía a la criatura para una extracción segura

No había salido tan bien como esperaba, pero marchaban con más información de la que trajeron. Con el labio partido aún sangrando, Samira solo pudo dejar ir una risa para muchos tal vez desquiciada. Necesitaba liberar la tensión de alguna manera. Se limpió la sangre con el dorso del guante mientras caminaba, renqueante, hacia el hospicio de San Annur

A visitar a su amiga​
 
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CORRUPCIÓN

El Paseo de Waukin estaba lleno de luz y ruido, como siempre en hora punta. Samira acababa de elegir un par de pendientes para el baile de la casa Malvane cuando un grupo de guardias se acercó con la rigidez de quien porta la autoridad absoluta. El sargento habló primero con tono amable y educado y ella respondió con la cortesía impecable que reservaba para procedimientos oficiales. Registros rutinarios, dijeron. Medidas contra los Ladrones de las Sombras. Nada que temer

Mientras dialogaba con el sargento uno de los guardias se movió a su espalda. Samira no podía verle, pero sentía su presencia. Un silencio húmedo, una respiración demasiado cerca. El hombre anunció que había encontrado un frasco en su zurrón. Loto negro. La acusación cayó como una piedra en aguas tranquilas. Kemper, que estaba por allí en servicio encubierto, dio un paso adelante intentando intervenir, seguro de su inocencia por los múltiples casos en los que habían colaborado juntos. Pero el guardia a espaldas de Samira ya se inclinaba hasta su oído, su voz tan baja que apenas existía. Un susurro áspero.
Unas monedas y olvidamos todo esto. Si no... Al Sanatorio

La amenaza se deslizó por su nuca como una gota helada. Por un instante, Samira sintió esa mezcla tan peligrosa de asco y calma absoluta. Ese guardia representaba exactamente todo aquello contra lo que ella luchaba y más despreciaba. Corrupción con placa, poder sin escrúpulos, violencia legalizada contra quien no tenía apellido en papel con el que defenderse. Así que respiró hondo, alzó la barbilla y rechazó el soborno con dignidad férrea. No discutiría. No rogaría. No sería cómplice.
Kemper, frustrado, la escoltó hacia el Cuartel de la Moneda, incapaz de arreglar lo que evidentemente era una trampa

Durante el camino Samira miró a su alrededor. A la Universidad Arcana donde se había censado por propia voluntad para no representar un peligro para nadie. A los edificios del Distrito del Puente, donde había nacido y se había criado. A la Amn que había defendido con convicción y que por primera vez parecía no sostenerle de vuelta. Y muchos pensarían que la decepción la devoraba, que sentía que su país la había traicionado. Pero no era así. Su patria seguía ahí. En la piedra, en la gente, en los sueños. Lo que la hería era la ley que había permitido aquella injusticia y los que la deformaban a conveniencia

Y por eso, con la cabeza alta y su amuleto de Helm entre los dedos, siguió caminando.
Porque la justicia prevalece incluso por encima de la ley... Y nadie la esgrimía con más convicción que Samira de Vaelmonte.​

Offtopic :
De una gran putada ambientación de @DM Tepes 😛
 

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CONVERGENCIA

Samira repasó los nombres de la hoja robada mientras esperaba a Eclipse frente a la alcantarilla de la primera escena del crimen. Allí, entre la clandestinidad de las sombras subterráneas, sabía que él podía conseguir respuestas donde la guardia solo cosechaba silencio y hostilidad. Cuando el encapuchado llegó se limitó a ofrecerle la mano

-Agárrese bien

Samira sonrió apenas, agradeciendo ese gesto. Tomó su mano y bajó con su ayuda, sosteniéndose con firmeza hasta que tocaron el suelo. Después se retiró con el mismo respeto con el que se había anclado a su brazo

En la penumbra murmuró su conjuro. Piel pálida, cabello pajizo, ojos azules. Una dama desconocida donde antes hubiera una detective Amniana. Se cambió a unos ropajes más discretos y avanzaron con cautela. Como el enmascarado se deshacía de cualquier amenaza a su paso, apenas tuvo que esforzarse. Aunque se permitió volar la cabeza de un hombre-rata con el que tenía un par de cuentas pendientes, soplando la boca del cañón de mano justo después

El recibimiento al local fue radicalmente distinto al de la primera vez. Los dos medianos saludaron a Eclipse con una familiaridad casi cómoda, sino fuera por el temor y el respeto subyacente en sus palabras y gestos. Él respondió con tono neutro, aunque Samira sabía reconocer la autoridad que escondía su calma. Cuando le ofrecieron asiento, Samira se colocó tras él, de pie y con las manos en el respaldo, como si fuera una secuaz más

Drurri habló de Hank, de James, de apuestas y de trampas... Y luego frunció el ceño

-Me falta una hoja del registro. Una semana entera

Samira y Eclipse se miraron discretamente. Una mirada breve y significativa. Un entendimiento afinado por la colaboración mutua extendida a lo largo de este caso. Él bajó la voz

-¿La tiene?
-Claro que la tengo. Pero preferiría evitar otra paliza
-Confíe en mí

Y lo hizo. Eclipse pidió a Drurri que revisara el montón de papeles y cuando el mediano se dio la vuelta, ambos se inclinaron a la vez. Él desde su silla y ella sobre su espalda, encubriendo la maniobra. La mano invisible de Samira dejó la hoja justo donde debía, conducida una vez más desde la distancia. Un segundo después...

-¡Aquí está! -exlamó Drurri

Samira sintió una chispa de triunfo adolescente. Fue incapaz de contenerse. Dio un suave puñetazo de celebración en la espalda de Eclipse, como un gesto compartido entre cómplices de una hazaña anónima. Él no reaccionó. Pero Samira percibió, más que vio, una mirada breve de reojo. Lo suficiente como para hacerle recomponerse

Profesional... Soy una profesional

Drurri continuó sin notar nada.

-Pues eso. Hank venía mucho. James casi nada. Y la chica misteriosa... Esa puedo decirles cómo era

Y vaya si lo hizo.
Con palabras le contó todo lo que le habían preguntado... Y con su silencio, les contó muchísimo más​
 

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ADA

La Corona de Cobre bullía como siempre, pero en la barra se había formado un pequeño remanso. Eclipse apoyado de perfil, Kaeril inclinado sobre su vaso y Samira entre ambos, apoyada con los codos en la madera gastada y observando la puerta principal como quien vigila un horizonte invisible

Hablaban del plan con la naturalidad ensayada de quienes no quieren llamar la atención cuando la atmósfera cambió. No fue más que un crujido de bisagra. Un instante en el que el murmullo del local pareció replegarse. Una mujer diminuta envuelta en negro de pies a cabeza cruzó el umbral. Su máscara revelaba poco más que un mentón tan pálido como la porcelana. Pero sus ojos -esos ojos- se clavaron en los de Samira despertando en el interior de la detective un sentimiento visceral

La encapuchada hizo tintinear su bolsa de monedas de forma casi irreverente. Samira apuró el contenido del vaso de whisky y lo dejó sobre la barra antes de avanzar hacia ella, la mano discretamente cerca de su cintura, donde bajo la gabardina descansaba su cañón de mano

La otra mujer hizo el resto de los pasos. Se midieron sin palabras. El silencio era denso, afilado, como si la taberna hubiera contenido de súbito el aliento. Samira notó el pulso retumbarle en las sienes. Un golpeteo que le subía caliente por la garganta. Y supo que debía mantener la calma, el rostro tan tranquilo como si estuviera hecho de piedra. El aire entre ambas parecía cargado, denso, cargado de cosas que ninguna expresaba. Y aún así sostuvo la mirada. El mundo a su alrededor se volvió lento, reducido a los centímetros que las separaban, a ese cruce de miradas que calculaba distancias sin mover un músculo

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-¿Qué puedo hacer por vos, señorita? -Samira preguntó con una calma prestada que no sentía
-Estoy en problemas y parece que tú puedes ayudarme. Lo diré por última vez. La guardia no me acusa de nada. Pero van a por mí y a por mi familia. No he hecho nada

La ironía de aquella historia tan similar a la que ella vivía no se le escapaba a Samira. Tomó una decisión. Si era la correcta o no, solo el tiempo lo diría. Pero estaba allí para provocarle, para saber si conocía su apariencia. Eso le decía su instinto. Así que lo siguió, aunque tuviera que mentir y hacer de tripas corazón para ello con el fin de atraparla

-Lo comprendo y estoy de vuestra parte. Creedme. Pero no os puedo ayudar sin ninguna información. Si queréis, podemos hablar en un lugar más tranquilo
-Lo haremos. Pero no hoy. Yo te encontraré
-Al menos decidme vuestro nombre

De espaldas y tras un momento de silencio, justo cuando reanudaba la marcha, pronunció

-Ada.​
 

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UNO

Lo vio reflejado en la ventana antes de verlo de verdad. Un encapuchado, pero no de los habituales en los barrios bajos. Túnica verde oscura, franjas rojas y negras, postura demasiado recta y presencia demasiado limpia. Alzó una mano, enguantada como la de la propia Samira. En la palma colgando de un dedo, un símbolo del Vigilante igual al suyo. Solo que el suyo no estaba cubierto de sangre

Samira recogió sus cosas sn tener tiempo para pensar y salió a toda prisa. Le vio doblar una esquina y echó a correr. Atravesó los callejones estrechos dle distrito del río con el pulso de nuevo golpeando en sus sienes, como tantas veces en el último año de su vida. Le siguió hasta el distrito de la tumba donde las criptas y mausoleos de los que hablaba un poco antes se alineaban como dientes viejos y ya casi podridos

El encapuchado levitó hasta lo alto de un panteón. Samira le siguió, activando un sortilegio de vuelo hasta aterrizar a poca distancia de él. Sintió ese tirón visceral, esa certeza silenciosa de peligro sin palabras

-Uno a uno

La voz sonó plana. Repetida como si no perteneciera a una garganta humana. Ella alzó su mano arcana y conjuró una versión mayor, translúcida y de verde resplandor, tratando de apresarlo. Lo consiguió solo a medias, ralentizándole pero no deteniéndole. Aún así era más rápido que ella. Se preguntó que hubiera pasado si no lo hubiera conseguido, pero no por mucho tiempo, porque la onda expansiva de una explosión sónica la lanzó hacia atrás. Estuvo a un suspiro de caer con la cabeza por el borde

-Uno a uno

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Recuperó el equilibrio con una pirueta que no sabía que fuera posible sangrando de aquella manera. Él también se incorporó. Apareció su báculo y cargó. Los golpes entre ambas varas arcanas se cruzaron rápido, secos y desigualados. El acertó más de los que ella consiguió bloquear, pero también malherido

En esa tesitura, el hombre decidió huir. Un detsello de teleportación abrió la distancia. Un segundo antes de desaparecer, la mano de mago de Samira se deslizó hasta su bolsillo y arrancó algo que pendía de él. Esta vez no falló, ni fue una victoria parcial como aquella noche en las cloacas

Descendió con magia hasta el suelo. Al apoyar los pies notó cómo la pierna derecha flaqueaba. La sangre le bajaba de la nariz en una línea caliente y profusa. Renqueando más que caminando, se abrió paso entre lápidas y cipreses. Se encaminó, sin saber muy bien por qué, hacia el Templo de Oghma.

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Rol increíble mil gracias, quien fueras! y por apiadarte de una bribona al 12 jajaj
 

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INSOMNIO

La habitación estaba en silencio, menos ella. O más bien, su cabeza donde el ruido nunca paraba. Samira llevaba rato dando vueltas. Cigarro en una mano, vaso en la otra, como si moverse fuera lo único que mantenía la cabeza en su sitio. Dos casos giraban y chocaban dentro de ella. La Pintora. Ada... Estilos distintos, manos diferentes, pero un mismo murmullo, la misma picazón bajo la piel. Algo que no sabía nombrar y que por eso mismo no le dejaba dormir

El insomnio le raspaba los ojos. El cansancio le hacía notar cada latido, como si el corazón ya empezara a reclamar explicaciones a su reciente estilo de vida. Aún así seguía murmurando teorías al aire, tachando posibilidades, encendiendo otro cigarro demasiado pronto. El whisky empezaba a saber más a necesidad que a gusto

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Terminó frente a los tableros de investigación. Dos esta vez, más grandes que otro montón (de al menos media docena) más desperdigados. Hilos rojos y verdes. Entre ambos, tres hilos azules que parecían burlarse de ella. Alargó la mano y rozó uno con dos dedos

Y de pronto, su mente por fin se detuvo. Por primera vez en horas. Tal vez en días. Seguramente en semanas

No era una solución. Ni siquiera una pista completa. Pero sí un ángulo nuevo. Un detalle que no había mirado desde el prisma correcto

Un hilo azul. Tan fino como una idea.
Suficiente para empezar a tirar.​
 

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HOGAR

Salió del baile con la máscara colgando entre los dedos y la misma sensación de haber estado en piel ajena. Durante años había mirado ese mundo desde abajo, desde su estrato sedimento cuando su apellido era solo un rumor y su existencia un error de cálculo. Se había preguntado cómo caían esos vestidos sbre cuerpos que no conocían el frío. A qué sabían los licores que no se rebajan con agua. Si el aire del distrito de la Gema era más limpio o solo más caro.
Ahora lo sabía

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La velada había sido brillante. Más de lo que esperaba. Bailó con sus amigas (un concepto que casi le era desconocido) hasta que le dolieron los pies. Rió sin pensar en el mañana. Hasta se reencontró con su querida maestra Odger. Por un momento, todo pareció encajar en su lugar. Incluso había logrado esquivar a un par de varones cuando se acercaban a ella en la pista haciendo uso de su ingenio, como si aqeullo también formara parte del juego. Aún así, mientras avanzaban las horas, la sensación de estar interpretando un papel no se le iba del todo

Se quitó los tacones en cuanto puso un pie en el Puente (su distrito natal) y siguió descalza dejando que la piedra le robara el calor. Cada paso le devolvía a su sitio. Cruzó el distrito del Río, lugar de tantas investigaciones pasadas y presentes, mientras el aire parecía condensarse, cada vez más contaminado. Allí olía a sal, a sudor, a jornaleros que no mencionan en los brindis. A hombres y mujeres que, a esas horas de la madrugada, todavía se rompían la espalda trabajando para que otros pudieran hablar de prosperidad. El bajo del vestido se enganchó, se rompió, se manchó.
No lo lamentó

Llegó a los muelles del distrito Portuario con el vestido arruinado y la cabeza mucho más clara. Junto al Regalo del Mar, donde acababa de alquilar su primer despacho de investigación, hundió los pies en el agua congelada y bebió a morro de la botella de whisky que había comprado por cuatro cobres en la Corona de Cobre. Alzó la vsita al cielo oscuro y honesto y sonrió

La alta sociedad había sido un sueño cumplido, hermoso y fugaz. Pero eso era todo. La verdadera riqueza estaba allí. En lo tangible, en la cercanía de lo real

Aquel era su hogar.​
 

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ATROPELLO

Samira llegó cuando el polvo aún no se había asentado del todo. Una carreta había pasado por allí como pasan las verdades incómodas, rápido y sin mirar atrás. El guardia yacía en mitad del camino, con la armadura torcida, el cuerpo ensangrentado y toda una vida rota, como si la noche le hubiera empujado a cumplir un último turno, uno final, sin avisar a nadie. Samira encendió un cigarro con lentitud, que dejo reposando en sus labios mientras daba una calada larga. No lo hizo por vicio, sino para ganar tiempo para pensar. O eso le gustaba decirse

Sus anteojos dorados recorrieron la escena con paciencia quirúrgica. observó en silencio las marcas en el suelo, la posición del cadáver, el rastro irregular que la carreta había dejado al marcharse a toda prisa. No hizo preguntas aún. Primero memorizó todos los detalles que otros pasarían por alto. Si aquello había sido un simple descuido, dejó de ser un accidente cuando el responsable se dio a la fuga

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Se acercó lo justo para fundirse entre la muchedumbre que se había acercado a alimentarse de la tragedia. Hizo preguntas casuales, no muy dispares a las que formulaban los demás, es cierto... Pero la Detective de Vaelmonte sabía distinguir con inquebrantable disciplina entre una mentira, una exageración y una verdad, por lo que clasificó cada pieza de información que recibía como tal


Tras ello habló con uno de los cocheros, que desconocía aún si era de ese carromato o de alguno de los que quedaran atrás. La conversación fue informal y ágil, dejándole finalmente su tarjeta de contacto, por si recordaba o aprendía algo más sobre la situación. Por último, con el oficial, tanteando también como estaba el asunto con la guardia tras la denuncia falsa que habían puesto intentando manchar su buen nombre

Cuando hubo recopilado todo lo posible del contacto humano, no solo de la propia interacción y análisis, sino rebuscando en su memoria como Amniana generacional, se alejó con discreción. Sus pesadas botas de grueso tacón levantaron polvo de arena a cada paso firme y decidido, arrastrando con ellos el porte aristocrático de la alta mujer. Sin excederse de lo que la ley le permitía, examinó el carruaje... ¿Habría marcas en él? ¿Habría sido manipulado para provocar el accidente? ¿Quedaría algo que le condujera al culpable?

Samira dio una última calada y apagó el cigarro contra el suelo, pisoteándolo de un lado al otro. El responsable ya estaría lejos, pero no tanto como creía. Nadie acaba con un guardia de Amn, por convicción o infortunio, y consigue borrar su rastro

No, solo hacía falta tiempo. Y de eso, mientras le quedara juventud, ella tenía de sobra.​

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Para el autorrol con @DM Tepes

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AMONESTACIÓN

Samira volvió a casa tarde, borracha como una cuba, empapada por la lluvia y con más indignación que la dignidad herida. Había perdido el gran torneo de debates, sí... Pero habiendo sido contra una rival formidable (y una de sus mejores amigas), no veía su orgullo afectado. Lo que le molestaba eran las limitaciones y que les hubieran anulado el primer duelo. Algo de unos escarnios o humillaciones, no estaba segura. Llegó hasta la casa de sus padres y en paños de camisa, luchó con la llave como si fuera un enemigo personal. Falló. Dos veces. A la tercera se rindió y apoyó la frente en la puerta, que cedió de repente haciéndole tambalear

Intentó subir la escalera de puntillas. Un error absurdo que pronto lamentó, con la altitud de los tacones que llevaba, y terminó golpeándose el hombro contra la pared. Ahogó un quejido de dolor en el mismo momento que se encendía una lámpara de aceite al fondo. Su padre la observaba desde una de las sillas del comedor, por encima de unos anteojos dorados idénticos a los suyos. Se miraron largo rato en silencio

-Si llegas en ese estado será por celebrar una victoria
-Desde luego, padre. Desde luego. Usé la retórica, la métrica, la contención. Hablé con calma, con respeto, con...
-¿Entonces por qué me ha llegado un pergamino de amonestación por mala conducta y escarnio público? Además, tu madre estaba viéndote

¿Tan pronto? Samira hizo una mueca solemne y pidió perdón con una inclinación exagerada. Luego, traicionada por el alcoho y por su propio carácter, añadió,

-Perdón por no haberme presentado yo como jurado ¿Desde cuándo en un buen debate amniano se le ponen límites al verbo y al ingenio? ¿Estas son las tierras de intriga o un monasterio? Digo más, ¡al menos en un monasterio hay vino!

Mientras hablaba se dejó caer al lado de su padre, que sonrió con aire cansado pero cálido
-Tienes el mismo carácter que tenía tu hermano. Igual de incorregibles

Una tenue sonrisa se dibujó en los labios de ambos. El silencio pesó lo justo mientras sin hablar compartían la clase de intimidad que solo dejan la pérdida y la añoranza. La vida que se arranca de las raíces de toda una familia. Samira apoyó la cabeza en el hombro de su padre, un movimiento guiado por la madura mano en su rostro. Después, el escribano de Vaelmonte posó un beso en su frente

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-¿Y quién se ha atrevido a votar en contra de la heredera de Vaelmonte, hm?

Su padre abrió los brazos en un gesto grandilocuente, abarcando la humilde casa que compartían en el distrito del Puente con la misma dignidad que si expusiera un palacio de la Gema. Samira sonrió con sorna, en un comentario jocoso que solo era broma a medias

-¡Extranjeros, padre! ¿quién si no? Extranjeros... ¡Oh y hablando de ellos! ¿Sabéis que he conocido a una criatura alienígena?

Y así, entre risas y confidencias torpes que se prolongaron durante horas, la madrugada se dejó vencer por el alba.

Offtopic :
Muchas gracias por el rol! Me reí mucho jajaj solo para aclarar que la racista es Samira, no yo :')
 

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BOCETOS

Samira empujó las cortinas de Investigaciones de Vaelmonte y dio un paso seguro que terminó chocando contra algo en el suelo. No bajó la mirada de inmediato. Se quedó quieta, recta como una estatua con la barbilla apenas alzada, midiendo el silencio del despacho como si fuera un adversario. Lo hizo hasta que al fin reconoció el sobre ancho bajo la punta de su bota, atado al centro con un fino cordel, demasiado grande como para contener solo palabras y demasiado familiar como para sorprenderle

Contuvo la respiración un latido exacto, el gesto frío y hermético, y entonces la mano de mago obedeció y el paquete voló hasta sus dedos. Tras ello dejó caer su cuerpo en la silla, cruzó las piernas sobre la mesa, descorchó el whisky entre sus dientes y se sirvió un doble sin ceremonias. Sostuvo el vaso en una mano y el nuevo dibujo en la otra. Bebió un trago largo, valorando las dos mujeres ilustradas. Lo hizo una y otra vez, dejando que el silencio del despacho se llenara solo de su respiración y el cigarro al consumirse​

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Las horas se deslizaron marcadas solo por las colillas consumidas, el alcohol ingerido y las ojeras marcadas, hasta que el color de la iluminación cambió anunciando que la madrugada había despuntado en día. Samira fue sacando uno a uno los dibujos de la Pintora, extendiéndolos sobre el escritorio. Superpuso líneas, gestos, ángulos imposibles. Comparó la violencia de los trazos, la intención detrás de cada curva. La forma en que la muerte era observada y no solo representada

A ratos negaba con la cabeza, a ratos entrecerraba los ojos tras las lentes doradas. Buscaba una manía invisible, una firma, un pulso compartido que delatara la misma mano o al menos, la misma mente detrás del gran esquema que formaban todos aquellos vástagos

Finalmente, el cansancio empezó a pesarle más que su voluntad, ya bien entrada la mañana. Samira dejó los bocetos sobre la mesa. Con un gesto de su mano hizo desaparecer todo lo referente a la investigación, en papel o pizarra. Ya lo traería de vuelta después.
Cruzó los brazos sobre la porosa superficie de madera y cediendo al cansancio, apoyó su mejilla en ellos para abandonarse al sueño

Pese a todo, una sonrisa mínima y agotada se dibujó en sus labios, pues hay cosas que no nacen de la ley ni del deber sino de una certeza más antigua. La retribución de lo que es justo. Porque cuando el mal se siente libre y la noche eterna, sus hijos se creen a salvo e impunes

Pero mientras Samira de Vaelmonte caminara bajos los ojos del Vigilante, solo cerraría los propios ante la muerte.​
 
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POLARIDAD

El símbolo de Helm colgaba entre ambos como una vieja herida abierta. Zordakar lo vio. Samira lo supo en cuanto sus ojos se detuvieron ahí, igual que en la cubierta gastada de su cuaderno. Cuando se movieron, la taberna seguía siendo una taberna. Madera vieja, vasos sucios, voces cruzadas. El elfo estaba cerca. Seraphine también. Puede que no parezca importante, pero lo era, porque la mente de Samira ya no percibía ninguna de esas verdades, focalizada solo en la historia que escuchaba

Zordakar habló sin adornos de cómo abrió los ojos a la fuerza una noche que no debería haber existido. De cómo gritó el nombre del Vigilante hasta quedarse sin voz. De cómo Él nunca respondió. Los responsables siguieron su camino casi intactos. La ley pasó de largo. El orden (ese al que había jurado servir) no sostuvo nada cuando llegó el momento. Zordakar vio su mundo resquebrajarse y entendió que la Vigilia no bastaba si todo lo demás se venía abajo antes de poder actuar

Alguien hizo una pregunta. Alguien rió, nervioso, al fondo de la estancia. Samira no escuchó a nadie más que al tiefling ante ella. Cuando Zordakar le preguntó si tenía algo más que decir, ella asintió despacio. Pero que antes pagaría con otra historia. La suya. Habló de su madre y de su hermano caminando de noche por Athkatla. No dijo que ella estaba al otro lado del callejón, apenas una adolescente obedeciendo las órdenes de su madre, escondida en penumbra. Cinco desviacionistas. Su madre rota. Su hermano muerto. Nadie respondió por ello. Nadie lo ha hecho, a día de hoy. Samira vio su mundo resquebrajarse y supo que alguien tendría que seguir en pie, en Vigilia, aplicando el implacable peso de la justicia cuando la ley mirara hacia otro lado

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El silencio que quedó entre ambos no fue incómodo, pero sí pesado. De esos vacíos que no se llenan porque, simplemente, no se puede. Se miraron sin dureza ni intención de cambiar la mentalidad del otro. En algún momento de sus vidas, la misma pregunta que ninguno de los dos reformulaba se había presentado ante ellos. Y aunque habían escogido senderos diferentes, ¿no llevaban acaso al mismo destino? Por eso, solo hubo reconocimiento. El de la carga del deber. El que otorga el tipo de dolor que no se cuenta dos veces en voz alta, pero se reproduce demasiado en el recuerdo propio, ahogado en whisky hasta que boquea y enmudece, al menos unas horas

Samira apartó la mirada primero, bajándola a su vaso antes de que los ojos se le llenaran de las lágrimas que ocultó en la sombra que proyectaba su sombrero. No quería que nadie más viera eso
La voz de Zordakar llegó después, grave y medida,

-Me gustaría hablar contigo en privado, Samira.​
 
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QUINCE

Samira cruzó las cortinas rojas, raídas de sal y humo y el murmullo del Regalo del Mar quedó atrás como si alguien hubiera cerrado una puerta bajo el agua. El caso estaba cerrado. Probablemente no saldría en los periódicos y, si lo hacía, no sería junto a su nombre. Y eso estaba bien, porque estaría donde importaba. Aunque nadie sabría cuánto había pesado su terquedad para empujar a todos sus amigos y aliados a dar con el hombre, a empujar una confesión y forzar la verdad a salir, aunque fuera por el lado menos cómodo. Nadie salvo quienes habían caminado todo ese trayecto junto a ella, sin los que aquello -algo parecido a la justicia- no habría sido posible. Suficiente para que la mierda no volviera a filtrarse, al menos por este agujero concreto

Se dejó caer en su butacón de pensar y con un gesto distraído la mano de mago barrió las últimas anotaciones sobre el soldado, aunque no los hilos que le unían a otro caso, más grande y secreto. Le borró del tablero como quien retira una pieza que ya no sirve, pero cuyo sacrificio había sido importantísimo para la futura caída del rey, como le había enseñado su rápido aprendizaje de lanzas. Quedó torcida en el asiento, una pierna apoyada sobre el reposabrazos, el cuerpo rendido sin ceremonia, repasando en silencio las palabras finales de aquella despedida que no pensaba compartir con nadie. Había deshecho un nudo, sí pero el corazón de la madeja seguía intacto, esperando

Por suerte, si algo tenía la Detective de Vaelmonte -en contra de la creencia popular que otorga el buen juicio-, era paciencia y determinación. Cogió aquella botella de whisky, reserva de quince años, que reposaba entre sus dedos enguantados, más cara que todo aquel despacho que habitaba con más frecuencia de la que debería, probablemente. La observó un momento mientras lo recuerdos anegaban su memoria y tras ello, la guardó en el doble fondo de su cajón bajo el amparo de tres llaves y un acertijo

Aquella noche celebraba el cierre de un caso importante.
Pero esa botella llevaba otro nombre y Samira sabía que, tarde o temprano, acabaría reclamándolo.

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PATRIA

Samira apoyó la mochila sobre el mostrador de la Arcanum Schola con el mismo cuidado que otros dejan a un recién nacido en su cuna. El recepcionista alzó la vista, suspiró y entonces ella abrió la solapa. Seis figuritas de piedra del tamaño de muñecos de sobremesa quedaron alineadas con un orden casi reverencial. Todas en poses heroicas. Una con la espada en alto, otra cubriéndose tras un escudo, una tercera a medio paso de carga... Alguien -con trenza y gafas- les había colocado pequeñas cintas en rojo y dorado al cuello y una diminuta bandera amniana clavada entre dos pedruscos. Samira sonrió con el orgullo de quien presenta una colección privada

-Antes de que formuléis ninguna hipótesis innecesaria -dijo con calma profesional-, confirmo que no se trata de esculturas decorativas ni de un proyecto artístico extracurricular. Son aventureros. Humanos. Amnianos. Y, con un margen técnico razonable, vivos

El recepcionista parpadeó. Samira ya estaba en marcha, apoyando un codo en el mostrador y hablando con esa cadencia suya, segura y analítica como si dictara un informe. Cavernas bajo Agujas de Oro. Túneles estrechos. Un número de estatuas incompatible con cualquier gusto estético o sensato. Aventureros desaparecidos del Acero Vigilante, reconocidos por armaduras y heráldica. Desgarradores grises, mantas y, al fondo, un contemplador joven rodeado de otros más pequeños. Un entorno hostil, mal cartografiado y honestamente indigno de la memoria Amniana

-El protocolo habitual habría sido dejarles allí, asumir posibles pérdidas si el enemigo volvía, por lo frágil de su condición. Quizá redactar un informe póstumo muy sentido. Sin embargo -añadió con ese tono pedante e involuntario de suficiencia- poseo formación avanzada en transmutación gracias a las increíbles y nada desorbitadas cuotas de ésta nuestra universidad, sentido común y lo que es más importante... Una mochila extradimensional. ¿Conoce el sortilegio? Reducción a una octava parte. Estructura estable. Riesgo asumible. Virutas de hierro como foco material. Todo dentro de parámetros aceptables

El recepcionista carraspeó. Miró alrededor. Pensó, con buen criterio, en los que no estaban. Samira lo anticipó con una mirada de soslayo

-Sí, había más petrificados -admitió- Quince, para ser exactos. Pero convendréis en que, ante una limitación arcana objetiva, hay que priorizar. Uno parecía un semiorco, de complexión exagerada y expresión poco halagüeña incluso en estado mineral. Otro presentaba orejas demasiado afiladas para mi tranquilidad. En una cueva petrificado y, sobre todo, sin documentos de ciudadanía, no distingo entre un elfo, una criatura feérica hostil o un problema diplomático en potencia. Y yo trabajo para Amn, ¿hm? Hice una selección responsable

Se hizo un breve silencio. Samira recolocó una de las figuritas para que la bandera del país se viera mejor. Cerró la mochila con un gesto satisfecho

-Si sois tan amable -concluyó- decidle al Decano del Tiempo y la Materia que he recuperado a seis miembros extraviados del Acero Vigilante en formato portátil, bien embalados y con un margen óptimo de reversión. Y sí, planeo estar presente en el proceso. Al fin y al cabo, no todos los días una tiene razón, salva compatriotas y optimiza recursos todo en la misma jornada

Samira dio un par de golpecitos apremiantes en la madera con una sonrisa ladeada, de esas que solo aparecen cuando la realidad, por una vez, decide comportarse como una buena novela de aventuras.

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SUEÑO

El día empezó mal. Muy mal

Samira se había internado en las lindes del bosque con un grupo improbable incluso para sus estándares. Tres gentiles (y una de ellos alada), Mugroso (un druida robusto que olía peor que muchas autopsias) y el señor Eclipse, señor de las sombras, cuya presencia era probablemente tan inusitada como la de la propia detective

Buscaban una torre negra que, según los viajeros, aparecía y desaparecía como un mal recuerdo entre las tierras élficas y aquellas de los hombres. Tras contrastar testimonios de otros testigos, Eclipse se adelantó y apoyó la mano en la puerta. Su mano la atravesó. Luego el brazo. Después todo él. Samira dudó lo justo para odiarse por hacerlo. Tenía que elegir entre estudiar las protecciones desde fuera o asegurarse de que aquel extraño hombre no se quedara solo, a saber con qué peligros. Eligió mal, como siempre. Le siguió. Su mente se llenó de pensamientos, sensaciones, recuerdos. Y entonces, su frente chocó contra la puerta que otros habían cruzado sin problema. El dolor llegó después, lento, denso y un tanto humillante. Sacó un pergamino de su bolsa, conjuró una mente en blanco con los dientes apretados y siguió adelante

Subieron. Y subieron. Y siguieron subiendo. Acertijo tras acertijo siempre de la misma voz. Ajada, superior, más convencida que capaz. En un solo día, Samira casi se había ahogado, envenenado, descubierto una invocación fallida que le dio más pena que miedo...

Cuando alcanzaron lo alto de la Torre del Tiempo -así la había llamado el anciano a quien pertenecía la voz- Samira alzó la vista al cielo y vio la luna, aunque juraba que al entrar estaba en fase creciente. No se guardó la acusación. No era él el tejedor de aquel Arte, solo un farsante con demasiado tiempo. Última adivinanza,

-¿Dónde estamos?

Diez minutos. En realidad, nueve por la impertinencia de Samira, que había descubierto y expuesto su ardid. Se movió por la cumbre dando voz a sus pensamientos, cruzándolos con los de Elenya, Shil, Lyrei, Mugroso y un silencioso Eclipse. El consenso llegó justo cuando restaban treinta segundos de tiempo prestado. Respondieron. Por un segundo, la sorpresa se dibujó en el rostro del anciano. Samira no dejó que el orgullo se le subiera a la cabeza. Bueno, quizá solo un poco. La sonrisa volvió al rostro ajeno y el mundo empezó a romperse

El paraje hermoso se volvió páramo. El cielo se dobló sobre sí mismo, creando un agujero que poco a poco se expandía amenazando con engullirlo toddo. El anciano se deshizo en una vorágine de colores estelares hasta desvanecerse. Antes de desaparecer, dejó un regalo envenenado,

-Buscadme y obtendréis respuestas. El premio a vuestra astucia, por haber resuelto todos los acertijos

Samira no parpadeó los segundos siguientes, manteniéndose muy quieta y concentrada, aplicando sus técnicas de concentración que tanto le habían servido a lo largo de sus años de estudio. Vio una ciudad pequeña de edificios altos y dorados, amurallada. La imagen descendió del cielo a una caverna cercana y se adentró en ella. Aunque la oscuridad debería haber servido para que Samira no viera absolutamente nada, lo vio con claridad. Caminos, giros, túneles. El mapa se dibujó en la prodigiosa memoria de su cabeza antes de cortarse en seco

Pensó -con una seguridad que ahora le resultaba hasta cruel- que compartiría cada trazo con el resto de sus compañeros cuando despertara. Eso pensaba mientras se precipitaba al vacío como los demás...

Pero no despertó.

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HASTA SIEMPRE, AMN

Samira siempre creyó que habría reglas que nunca rompería. No abandonar Amn. No huir. No mirar atrás demasiado tiempo. No dejar un caso a medias. No alejar a la gente que había aprendido a llamar hogar. Investigaciones de Vaelmonte, con sus cortinas raídas, el butacón de pensar, el tablero lleno de hilos rojos y azules tensados como nervios. El Regalo del Mar oliendo a salitre, incienso, tinta y sueños. El distrito del Puente bajo sus botas, reconociéndole incluso cuando ella fingía no pertenecer a nada ni a nadie

Todo aquello era Samira. O eso pensaba. Pero hay noches en las que el peso no viene del ruido de afuera, sino de dentro. De cada caso cerrado por la puerta de atrás. De la justicia aplicada donde la ley no alcanza. De cada nombre que no se vuelve a pronunciar. De la tumba mancillada de su hermano. De su incapacidad de atrapar a los desviacionistas que se llevaron su vida y la ilusión de su madre. De la Pintora. De Ada. De las hebras que nunca llevaban al centro de la madeja.
Amn le había dado un propósito, era verdad. Pero también le había enseñado el precio. Y aquella madrugada, con el cielo abriéndose en un gris cansado, comprendió que quedarse sería otra forma de romperse

Pensó en despedidas solemnes, pero lo desechó con la misma rapidez, pues Samira no era ese tipo de persona. Después entretuvo la idea de dejar algunas cartas, pero sabía que por muy buena que fuera con las palabras, no se quedaba atrás su torpeza con los sentimientos. Dejaría más dudas que respuestas y más rencores que alivios. Dejó atrás el silencio, que era lo más honesto y sincero que tenía. Su broche de Selemchant en el Claustro de Maestras, su placa de Detective en el campamento del Último Recurso y nada más. Así debía ser

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Cruzó el muelle sin mirar atrás, con la gabardina ondeando como siempre, recta y digna, fingiendo que aquello era solo otro viaje más. Fingiendo que no le temblaban los dedos al tocar la sencilla moneda en su clavícula, gastada de tanto volver a su sitio, más pesada que nunca
Dejó que su cuerpo reposara en la ventana del carruaje, observando por última vez las tierras de cultivo de su amado país.

Cuando el traqueteo empezó a trazar la línea definitiva entre Amn y el horizonte, Samira sacó la botella de whisky de quince años que le habían obsequiado no hacía mucho. Arrancó el corcho con un gesto seco de sus dientes y dio un trago largo. El líquido quemó como debía. Como una despedida de verdad. Dibujó media sonrisa viendo cómo las luces de Amn se iban quedando atrás, una a una, hasta convertirse en sombras

Samira sonrió sin darse cuenta, apoyando la cabeza contra la madera del carruaje mientras este tomaba velocidad. La vida que conocía quedaba atrás como quedan las cosas bien hechas: con reconocimiento propio y sin rencor
Se acomodó mejor en el asiento, paseó el pulgar por la moneda para asegurarse de que seguía ahí, cálida y reconfortante

Dolía, sí. No era lo ideal, pero era lo correcto.
El camino se abría delante y por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa por llegar.​

Offtopic :
A quien haya podido ofender, lo siento
A todos los demás... Gracias por casi cinco meses de rol :)
Adiós!
 
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