13. Un plan sin fisuras
—¿Cuál es el plan?
—Seguiremos con la mentira.
—Les diremos que somos una familia de mercaderes y que estamos interesados en sus reliquias.
—Que queremos unirnos a ellos.
—¿Y cómo nos vamos a ganar su confianza?
—Les daremos el soplo de un cargamento valioso.
—¿Y luego?
—Montaremos una caravana falsa para que la puedan asaltar.
Un plan sin fisuras.
O eso les había parecido dos días antes, en la Grúa Torcida, mientras diseñaban el plan para infiltrarse en el grupo de bandidos que estaban saboteando los cargamentos del consorcio shou.
Gracias a las habilidades de Kazuma, habían seguido a dos mindundis del grupo y después de varias horas pateando por el bosque, se habían asomado entre unos arbustos y habían avistado al campamento de aquellos bandidos. Bueno, campamento, lo que se dice campamento…
—Por la Burocracia Celestial, ¡esto es una fortaleza! —susurró Kai.
Kazuma había trepado a un árbol para observar mejor mientras el resto se escondía en la maleza.
—Veo un gran portón de madera. Y varios guardias patrullando por los alrededores.
Todos se miraron los unos a los otros. Algunas gotas de sudor perlaron algunas frentes. Juntaron las cabezas.
—¿Seguro que queremos seguir con el plan? —preguntó Kanbei.
—Sí, tal vez, viendo esto… —Elisa señaló la fortaleza— deberíamos reconsiderar…
—Puede que debamos…—empezó Kai.
Kazuma saltó de la rama del árbol y aterrizó con gracilidad.
—Nos han visto, unos guardias vienen hacia aquí —anunció rápidamente.
Las miradas de los karaturenses se dirigieron hacia la fortaleza. Cuatro hombres armados se acercaban. Yuma sintió un retortijón.
—Sonreíd —dijo Hana, con frialdad—. Sonreíd, asentid y, sobre todo, dejadme hablar a mí.
Los tipos se acercaron con expresiones adustas y gestos hostiles. No estaban para tonterías: “¿qué queréis?”, “¿quiénes sois?”, “hay gente apuntando hacia vosotros ahora mismo”, “más os vale que nos digáis la verdad”. Por suerte, Hana era buena:
—Conocemos vuestra actividad alrededor de Keczulla, sabemos que os interesáis por las reliquias shou y tenemos una propuesta comercial que hacer a vuestro líder —Hana no había dicho mucho más, pero les había logrado convencer que no eran una amenaza… de momento.
Los tipos, enfundados en armaduras orientales que les hacían parecer menos bandidos, aunque lo eran del todo, los habían escoltado hacia la fortaleza. Les habían hecho entrar por un gran portón hasta el patio. El lugar era enorme: varias torres se alzaban en las esquinas de la fortaleza, todos los puntos estaban vigilados y una gran colección de armas se exhibía de pared a pared. Allí había muchísimos hombres: decenas, cientos de bandidos. Y ellos solo eran ocho.
"Un plan sin fisuras", pensó Yuma.
Escucharon como la puerta se cerraba tras ellos. Sintió otro retortijón. Los bandidos cuchicheaban entre ellos y los señalaban, algunos reían.
“Bueno, pues de momento... estáis exactamente donde queríais estar… ¿verdad?”, se dijo.
Tragó saliva. Los guiaron hacia el interior de un edificio de piedra oscura y antigua. Cada vez los rodeaban más bandidos armados que, sin dirigirles la palabra, los llevaron a través de un entramado de pasillos y habitaciones sin ventanas.
—Esto parece un laberinto —dijo Kasumi, en un susurro que apenas se escuchó.
Tenía razón. Yuma miró a Kanbei. La cabeza le brillaba por el sudor. “Maldición”, se dijo la muchacha, “Estamos entrando demasiado, si las cosas se tuercen…”.
Llegaron a una sala espaciosa, sin ventanas; tres filas de arcadas sobre sus cabezas y suelo de tierra oscura. Rodeando las paredes, decenas de guardias equidistantes, de rostros ocultos y ballestas en ristre. Cuchicheaban y reían. Yuma captó una frase: “no van a salir”. Se tiró un silente pedo nervioso. Hana, a su lado, arrugó la nariz.
—Acercaos —dijo en shou una voz femenina desde el fondo de la sala.
Obedecieron, no tenían otra opción. La Compañía Amniano-Karaturense avanzó intentando ocultar el nerviosismo. Al fondo de la sala, había una tarima de madera sobre la que estaban, en pie o sentadas, varias mujeres. La del centro era hermosa, de buen porte y mirada severa. A Yuma le recordó a Hana.
—Soy la dama Yang, la madre del Clan de las Serpientes de Jade. ¿Quiénes sois vosotros?
—Dama Yang, es un honor conocerla —empezó Hana, adelantándose al resto e inclinándose con elegancia—. Soy la Dama Sho Hai, él es mi marido, el Maestro Sho Hai —señaló a Kazuma, que realizó una inclinación perfecta—. Y el resto son mis damas de compañía y sirvientes.
Kanbei, Kai, Kasumi, Kioba, Elisa y Yuma realizaron sus respectivas reverencias, algunas más pulidas que otras.
—Decidme —siguió la dama—, ¿qué locura os ha llevado a venir hasta aquí?
“Es una buena pregunta”, pensó Yuma.
—Hemos acudido a vos al conocer vuestra actividad alrededor de Keczulla —respondió Hana—. Sabemos que os interesáis por las reliquias shou. Nosotros también estamos interesados en dichos objetos, y tenemos una propuesta comercial que haceros.
La madre del Clan de las Serpientes de Jade levantó una mano, y los labios de Hana se sellaron rápida pero suavemente.
—Decidme, querida —dijo, y una sonrisa sibilina se dibujó en su rostro—. ¿Cómo habéis averiguado nuestra ubicación?
—Hicimos algunas investigaciones, y uno de vuestros hombres nos la dio.
—¿Y como se llama ese hombre?
Hana no dudó:
—Psancho.
La dama exhaló una risilla por la nariz, aunque no había ninguna diversión en su expresión. Se dirigió a una de las mujeres que tenía más cerca, una joven de ropas impolutas y, aunque susurró, todos los miembros de la Compañía la oyeron:
—Busca a ese hombre entre los locales que están a nuestro servicio en Amnagua y ejecútalo a él y a su grupo.
Yuma vio como Kasumi torcía el gesto.
La joven asintió y salió hacia la salida. Luego, la dama volvió a dirigirse a Hana.
—Tengo que aceptar que habéis demostrado inteligencia habiéndonos encontrado.
—Gracias, dam…
—Pero —la mujer interrumpió a Hana, sécamente—, tengo otra pregunta, querida —volvió a sonreír—. ¿Qué os ha hecho pensar que era buena idea venir hasta aquí y entrar en mi fortaleza?
Yuma miró de reojo a sus compañeros. “Mierda, ¿en qué momento esto nos ha parecido un buen plan?”. La dama continuó:
—Ahora estáis aquí, habéis visto a mis hombres, me habéis visto a mí… no os puedo dejar marchar.
Un funesto murmullo, casi imperceptible recorrió las filas de guardias que les rodeaban. Yuma miró a Kanbei y este le devolvió la misma mirada, que parecía gritar: “Joder, Yuma, ¿¡cómo se nos ha ocurrido meternos en este follón!?”. Vio que Kai, Kioba y Kasumi acariciaban ya las empuñaduras de sus armas.
—Dama —empezó Hana—, como os he dicho, tenemos una propuesta que estamos seguros que os parecerá interesante. Disponemos de cierta información que podría convertirnos en socios.
—¿Socios, eh? Si vamos a ser socios, tenéis que probar que disponéis de recursos.
Una gota de sudor resbaló por la frente de Hana. Separó los labios para replicar, pero la mujer volvió a alzar la voz.
—Decidme, ¿quién de vosotros es el sanador del grupo?
Se miraron unos a otros. Aquella pregunta era escalofriante. Hana dudó medio segundo y finalmente hizo un ademán hacia Yuma. Y Yuma, intentando disimular el miedo que hacía rato se había apoderado de ella, hizo una reverencia:
—Para serviros, dama— musitó.
—¿Eres tú? —la mujer enarcó una ceja, pero antes que Yuma pudiera asentir, uno de los guardias disparó su ballesta y el virote se clavó en el muslo de Yuma.
La muchacha contuvo el grito, pero un gemido dolorido escapó de sus pulmones. En ese mismo instante, escuchó a Kai, Kasumi y Kioba desenvainar.
—¡Quietos! —gritó Yuma, clavando una rodilla en el suelo, doblada por el dolor.
Sus compañeros se detuvieron. Por un momento, todo fue silencio roto por los resoplidos de Yuma.
—Ahora —dijo la madre del Clan de las Serpientes de Jade, con una sonrisa sádica—. Cúrate.
Yuma se miró la pierna. La punta del virote aparecía por el otro lado del muslo: se lo había atravesado. Resollando por el dolor, agarró el virote con ambas manos y lo arrancó con mano experta. Gimió de dolor y empezó a rezar: “Por la Burocracia Celestial, si mis compañeros y yo salimos de esta prometo que nunca volveré a…”.
La dama volvió a hablar:
—Pensándolo mejor… matadlos a todos.
Todos a la una, los guardias alzaron sus ballestas. Yuma miró a Kanbei y pensó: “como mínimo hemos vivido unos años en paz” y entonces un estruendo inundó la sala y una de las paredes se derrumbó, sepultando a una parte de los guardias bajo su peso.
Al mismo tiempo, desde fuera, llegó el inconfundible grito de una batalla y un instante después parte del techo de la sala se derrumbó también y cayó sobre ellos. La sala se inundó de polvo y eso les salvó.
—¡Corred! —gritó Kanbei.
La confusión se adueñó del lugar. Los miembros de la Compañía salieron de entre las ruinas como pudieron, desenvainando armas y alzando escudos, y empezaron a correr.
—¡Matadlos, matadlos! —gritaba la madre del Clan de las Serpientes de Jade.
Pero el polvo cegaba. Se adentraron en el laberinto de pasillos, donde algunas paredes y techos también habían empezado a derrumbarse. Corrieron desesperados, con el estrépito de la batalla de fuera retumbando en los pasillos llenos de polvo. Podrían haberse preguntado qué cuernos era aquella batalla, pero lo único que les preocupaba era salir de allí. Hubiese sido fácil perderse, pero lo único que necesitaron fue seguir a la masa de bandidos que también salían hacia el exterior, huyendo del derrumbe.
Cuando salieron fuera, el aire también estaba lleno de polvo. La batalla estaba más que decidida: a medida que los bandidos salían al exterior, eran masacrados por el ejército invasor. Las catapultas seguían desmoronando la fortaleza. Un grupo de guerreros llegó hacia ellos, pero antes de que pudiesen abalanzarse, Kai gritó:
—No nos ataquéis, ¡somos la Compañía Amniano-Karaturense!
Los hombres refrenaron sus armas, y siguieron matando a los miembros del Clan de las Serpientes de Jade hasta que no quedó ni uno. Sólo cuando los gritos de agonía dejaron de oírse y el polvo se posó de nuevo sobre la tierra quemada y manchada de sangre, la dama Zhang, del consorcio shou, apareció entre la humareda.
—Bien hecho, Compañía Amniano-Karaturense.
Yuma miró a Kanbei y este le devolvió la mirada: "Esta vez, ha ido por muy poco", decían sus ojos. Pero callaron, asintieron, y dejaron que hablase Hana.
// Gracias, Almendra, por la trama, por la tensión, y por todos estos meses de DM de la facción 