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Historias del barrio shou

Eyla

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1. El sabor del sake

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—Yuma, se nos está acabando el sake.
Un escalofrío recorrió la espalda de la joven. Se incorporó, separándose del tronco, y miró a Kanbei.
—¿Sabes lo que eso significa? –el hombre, que seguía tumbado bajo la sombra del árbol, se levantó de pronto, en un gesto mucho más ágil y enérgico del que cabría esperar en un hombre de cincuenta y pico años—. ¡El regreso del toji Kimura! —soltó una carcajada, los brazos en jarras—, o cómo dicen aquí, ¡el capataz Kimura!
Yuma empezó a temblar.

******
—¿A buscar arroz al puerto de Brynley? —preguntó Isao extrañado.
—No, al puerto de Brynley no, a una playa de un islote cerca de Brynley.
—¿Porqué ahí? —cuestionó Kai.
—Porqué nuestro contacto no tiene permiso para atracar en Brynley.
—¿Por qué no? —inquirió Isao de nuevo.
—¿De verdad queréis que os digamos que es un contrabandista de arroz que nos hace un precio especial si vamos a recoger el género a un lugar remoto para que no tenga que pagar impuestos? Porque me parece una forma un poco extraña de ganarnos vuestra confianza.

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******
Yuma no sabía cómo, pero Kanbei había enredado a un grupo más que decente de gente para participar en la elaboración del sake, y a cambio solo les ofrecía unas cuántas botellas y la verdadera experiencia kozakurense de ser gritado por el capataz.
Isao, Kai, Erven, Ross, Noz y Kasumi iban a probar de primera mano algo a lo que Yuma ya se había acostumbrado en el último año de viajar con el viejo: la intensa jornada de cocina de veintiuna horas preparando sake.
Alquilaron un pequeño espacio en Purskul y allí pulieron el arroz, lo lavaron y empaparon, lo cocieron y esparcieron las semillas de moho, para finalmente prensarlo. Terminaron sentados o tumbados en el suelo, sudados, apestando a arroz fermentado, con el cuerpo agarrotado y muertos de sueño, pero con la satisfacción de haber hecho un buen trabajo…
Sí, la satisfacción y unas cuántas botellas de sake bajo el brazo, listas para ser bebidas en cuanto hubiese la oportunidad de celebrar cualquier cosa.

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2. Los misterios del ki

—Algunos de nosotros lo utilizamos, otros han oído hablar de él como una extraña magia, otros como un poder sobrenatural. Pocos comprenden realmente su significado —empezó Kanbei.
Sentados en círculo sobre la arena, los asistentes a la clase prestaban atención.
—El ki es la energía interior de todo ser vivo. Las plantas, los animales, nosotros. El ki nos da vida y consciencia.
Isao escuchaba atento, Numia susurraba bajito para no molestar.
—Algunos maestros dicen que si una persona fuese capaz de canalizar toda su energía interior podría partir el mundo por la mitad. Moriría en cuerpo y alma, pero lo partiría. Yo no sé si es verdad o no. Puesto que el mundo sigue entero, imagino que es una exageración, pero lo que si se, és que se pueden llegar a hacer cosas asombrosas.
Dherian miraba fíjamente al maestro, Calendil ensanchaba su sonrisa.
Kanbei se levantó y se centró en la roca que había junto a la orilla, pulida con los años. La energía fluyó a través de su columna vertebral, llegó hasta la naginata y salió de ella. Un golpe seco, de nada y de todo, y la roca estaba partida por la mitad.
Aravae exclamó con sorpresa, Kazuma lo siguió con la mirada.
—Mi cuerpo sigue igual, mi espíritu sigue intacto, por lo que esto ha sido solo una minúscula parte de mi energía. Es lo que yo sé manejar, pero ha sido suficiente para conseguir esto. ¿Por qué unas personas pueden utilizarlo y otras no? El ki, en su perfecta armonía debería fluir de forma constante por los distintos puntos de energía de nuestro cuerpo —señala un pequeño charco en la arena, con agua estancada—. Cuando esto sucede podemos canalizarlo y utilizarlo —con un dedo, abre el camino entre el charco y la orilla, y el agua corre a encontrarse con el mar.
Calendil asintió, Dherian se rascó la mejilla.
—Hay que encontrar la forma de desbloquear estos puntos de energía, solo así podremos dejar fluir el ki por nuestro cuerpo.


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RAÍZ - Este punto de energía está situado al final de la columna. El elemento asociado a este punto de energía es la tierra. La raíz actúa como la base del cuerpo, sosteniendo unos huesos sólidos y una conexión espiritual con la tierra y el mundo material que nos rodea. Una raíz sana mantiene la salud física y mental y nos permite sentirnos seguros y protegidos durante nuestro viaje por la vida.

PUNTO LUNAR - Está situado debajo del ombligo y el elemento asociado a este punto de energía es el agua. Este punto energético está asociado al placer, la sexualidad y la alegría. La energía que fluye a través del punto lunar permitirá que uno se sienta dinámico, estimulado y confiado.

PUNTO SOLAR - El punto solar está situado encima del ombligo en la zona del estómago y está conectado con el elemento fuego. Este foco de energía rige la confianza en uno mismo, en relación con la autoestima, el propósito y el poder inherente.

CORAZÓN - Este punto energético situado en el centro del pecho, a la altura del corazón. Gobierna el amor de las personas hacia sí mismas y hacia los demás, favoreciendo la empatía, la compasión y el perdón. Su elemento asociado es el aire y además tiene la importante misión de hacer de puente entre los puntos energéticos inferiores y superiores, integrando lo físico con lo espiritual.

GARGANTA - Está situado en la zona de la garganta y gobierna la comunicación y la capacidad de decir la verdad. El elemento asociado es el sonido, por supuesto, y ayuda a la comunicación interna, a la comunicación verbal y a la creatividad.

TERCER OJO - El elemento asociado es la luz y su energía rige la comunicación espiritual, la conciencia y la percepción en las personas. Este ojo interior profundiza nuestra conexión espiritual cuando está abierto, proporcionando a las personas sabiduría, conocimiento y perspicacia. Un tercer ojo abierto y equilibrado proporciona a un sexto sentido, una intuición antinatural.

CORONA - Se sitúa en la parte superior de la cabeza, y representa la iluminación, el conocimiento y la transformación. El elemento asociado es el pensamiento, aunque esto, pueda ser difícil de entender al principio. Este punto de energía representa la conciencia universal e influye en la inteligencia, la concentración y la memoria. Cuando este punto energético se abre, se suele experimentar un crecimiento espiritual, una sabiduría infinita y una conciencia superior.

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Eyla

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3. La ceremonia del té

La ceremonia del té tuvo lugar en un bonito jardín con una cabaña al fondo.
Empezó de un modo algo extraño para Yuma. Tuvo que ponerse un kimono de esos que eran bonitos y delicados, hechos con buena tela, aunque tenía poco criterio para juzgar si aquella era la seda más refinada traída desde el lugar más lujoso de Kozakura o una sábana con dibujitos de flores hechos por el hijo del molinero. Lo único que sí sabía era que se sentía extraña con aquella ropa: demasiado ligera y fresca, demasiado ornada. Por suerte, todo el mundo llevaba la misma ropa. Las mujeres parecían princesas de cuento y los hombres enseñaban el pecho. ¿Dónde estaba Isao? No era propio de él llegar tarde.

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—Este sendero —explicaba Kai, invitándolos a acercarse a la cabaña— ha sido rociado con agua, lo que significa la limpieza de todos los embrollos mentales.
Antes de entrar en la cabaña, Kai les pidió que se pusiesen unos calcetines blancos, unos tabi, y durante toda la ceremonia Yuma disfrutó de la sensación de llevar unos calcetines suaves y sin agujeros.
—Entrad a la casa del té de rodillas, por favor. Esto simboliza que cualquier tipo de arrogancia es dejada fuera, solo los humildes pueden entrar.

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La puerta era baja a propósito, así que Yuma tuvo que agacharse, quisiera o no. Aquello no le gustó ni un pelo, hacía años que no se inclinaba, ya no digamos, arrodillaba, por protocolo y eso le recordó a Kozakura.
Todos los invitados se sentaron en círculo, y Kai se puso un poco en el centro. Les dio la bienvenida y habló de los elementos florales decorativos, de los rollos de caligrafía de las paredes.
Empezó la ceremonia limpiando los utensilios, diciendo sus nombres y explicando para que servían. Era la primera vez que Yuma escuchaba algunos de esos nombres.
—Yuma, Kanbei, podéis repartir los dulces.
¡Ah, era su turno! ¡Tenía que repartir los mochis! Cogió la cesta que la muchacha le tendía, se levantó y tropezó.
“Me cago en la Burocracia celestial”, pensó, pero a su alrededor solo había sonrisas amigables.
Repartió los mochis entre los invitados y se quedó con el suyo, dejándolo frente a ella. Se moría de ganas de engullirlo, deglutirlo, pero Kai había dejado bien claro que el dulce había que tomarlo junto al té. Aquello no le gustó ni un poco. ¿Y si se lo robaban ¿Quién había sentado a su lado? Cass Bellamy, ¡maldita sea, su mochi podría ser sustraído en cualquier momento! A lo mejor por eso Sulion se había puesto el suyo sobre el hombro, como una mascota fiel: para evitar perderlo.

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A su alrededor, todo el mundo miraba a Kai con aire concentrado, y era fácil entender por qué: lo hacía tan bien, con movimientos precisos como una arquera pero gráciles como una noble. A lo mejor si ella se esforzaba podría ser así...
Por los dioses, ¡cómo le dolían las piernas! Aquella era una posición aberrantemente dolorosa, se le dormían las piernas y los talones se le clavaban en el culo. Pero todo el mundo parecía aguantar sin demasiado problema, así que ella no podría ser menos.
Kanbei parecía una estatua de bronce, Yuma sabía perfectamente que esa cara era la de no pensar en nada más que en lo que quería. ¿Cómo lo haría? Durante todo el último año que habían viajado juntos, el hombre había intentando enseñarle a meditar y a concentrarse, pero Yuma no lo conseguía.
—… levantad el cuenco con la mano derecha y colocadlo sobre la palma de la mano izquierda. Giradlo siguiendo el sentido de las agujas del reloj dos veces, en un total de 90 grados…
¿Noventa grados? Eso era un cuarto de vuelta, ¿verdad? Miró a Calendil y la imitó, porque parecía que sabía lo que hacía. Kai continuó:
—Comed el dulce antes de tomar el té, porque su dulzor contrarresta el amargor del té
¡Ah, era el momento! Se metió el dulce en la boca y lo engulló de golpe. Estaba delicioso.
Luego se llevó la taza a los labios e inspiró el olor y al instante le vinieron cientos de recuerdos de Kozakura: las cocinas, las verduras podridas y la carne hervida, los huesos en la basura, el escozor de la lejía y el pelo húmedo de los conejos despellejados, muertos a puñados por sus flechas, el pescado descompuesto, el rábano verde como la madera, la sopa de mijo que sabía peor que la tierra pisoteada, y el wakame, que estaba rico pero que cada vez que aparecía en el plato alguien le decía: “mira, Yuma, tu padre”.
Kai seguía hablando:
—Es costumbre dar las gracias por el té o por algún otro motivo, si os apetece…
Yuma cerró los ojos: “gracias a quien sea por permitirme estar aquí hoy con mis compañeros”.
Y añadió, tras unos segundos:
“Y si encima me puedo quedar con estos calcetines, será aún más maravilloso"

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4. Diecisiete sílabas

El concurso de poesía kozakurense sucedió en una cala reservada de la costa norte. Acudieron más personas de las que Kanbei había calculado al principio, y el nivel de los poeta fue incluso mayor. Él nunca había sido un poeta, y los participantes derrocharon creatividad por los cuatro costados.

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Tres rondas, con tres temáticas, y tres ganadores para cada una. De entre ellos, se escogió al ganador final: Jamgon Hawk.

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5. El chef de oro
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Kanbei avanza con parsimonia, empujando una especie de carretilla alargada con cuatro patas, las dos delanteras con unas pequeñas ruedas que permiten desplazarla con facilidad. Una tela blanca cubre su contenido.

El kozakurano se quita la parte superior de su hakama dejando a la vista un torso entrenado y con una abundante mata de pelo plateado en el pecho. Dobla la hakama con cuidado y se coloca un atuendo similar, pero de color blanco. Tras una cortés reverencia al público, retira la tela con un gesto rápido. La carretilla es en realidad una mesa, en la que se pueden ver varios instrumentos de cocina, un repertorio de cuchillos y un gran pescado.

Tras lavarse las manos en una vasija que hay en la mesa, Kanbei agarra uno de los cuchillos, uno de hoja ancha, y con un sonoro gesto separa la cabeza y la cola del pescado. Luego agarra dos cuchillos de hoja estrecha y, con espectaculares y precisos movimientos de diestra y zurda, va volteando al animal y eliminando su piel sin tocarlo con las manos. Cuando el pescado se ha convertido en un bloque de carne rojiza, Kanbei guarda los cuchillos y desenvaina una katana. Con un ensayado gesto, hace palanca y lanza el pescado al aire. Con una velocidad sobrehumana y una precisión diabólica, Kanbei lanza un sinfín de tajos de katana mientras el pescado vuela, seccionándolo innumerables veces en el aire. Los pequeños trozos, del tamaño perfecto para ser comidos de un bocado, caen sobre una pequeña tabla de madera, ya perfectamente colocados uno al lado del otro.

Kanbei guarda la katana y posa su mirada sobre un vegetal verdoso parecido a un rábano que hay encima de la mesa. Agarra dos cuchillos de hoja media, corta la parte inferior del vegetal y, con ambos cuchillos, comienza a picarlo. Apenas podéis ver sus manos, su velocidad es tal que se han convertido en una niebla difusa y lo que debería ser el repiquetear del metal sobre la madera es realmente un murmullo continuo. Cuando acaba, limpia los restos de ambos cuchillos, siendo el resultado una pasta verde brillante que coloca con sumo cuidado en la misma tabla donde han caído los trozos de pescado.

Kanbei deja los cuchillos sobre la mesa y descuelga su naginata de la espalda. Ahora Kanbei centra su atención en el último elemento que veis encima de la mesa: una sandía. Con certeras estocadas comienza a tallarla hasta darle forma de…¡oh, increíble, es un cisne!

Kanbey utiliza la hoja de la naginata como una pala y coloca la figura sobre la tabla de madera. Finalmente agarra una jarra de barro y vierte un líquido oscuro en un pequeño recipiente, colocándolo al terminar en la misma madera que el resto de la comida. Una vez acabado, se lava las manos de nuevo en la vasija con agua, agarra la tabla de madera y la acerca al público.

- ¿Les apetece probar uno de los manjares más delicados de Kozakura, mis señoras?


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Eyla

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6. Morder el polvo


El sol se estrella contra su espalda desnuda, la arena se cuela entre los dedos de los pies, inspira y expira el salitre, y el taparrabos le aprieta entre las nalgas.
Frente a ella, el muchacho. Un metro cincuenta de fibra y pellejo, el taparrabos igual de prieto, las piernas separadas y las manos contra los muslos. La mirada, como la suya: negra, rasgada y alerta.
Hay algunas personas alrededor del dohyo. Escucha los comentarios, las apuestas y el mar, y por encima de todo, la voz de Kanbei:
—¡Luchad!
Se lanzan el uno contra el otro y se encuentran en el centro del ring. Suenan como dos pechugas de pollo colisionando. Yuma agarra a Isao por la cintura y clava los pies en la arena. Aprieta los dientes y empuja hacia adelante. Lo hace retroceder. Sonríe.
—Te tengo —dice, o piensa.

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Prensa el hombro contra el pecho del muchacho, y la cara contra su cuello. Están cerca del borde, más cerca, ya casi lo tiene, solo unos metros. Inspira con fuerza para el último empujón, y por sus fosas nasales entra el aire de espuma de las olas, el perfume de los pinos, y el olor del muchacho. Huele bien: metal, madera y sudor. Con el rostro contra su cuello, es lo único que huele. ¿Por qué olerá así? ¿Será el olor de su armadura, que se ha quedado pegado a su piel? ¿O tal vez…?
—¡Isao gana el combate!
La gente aplaude. Yuma parpadea. Ha caído fuera de la arena y el muchacho, a contraluz, le tiende una mano desde las alturas.
—Vamos, levanta —sonríe.
Yuma gruñe, suelta una maldición en shou y se levanta ayudándose de la mano de Isao. Los labios le saben a sudor y a polvo.

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7. Las leyendas del cerezo

Leyenda de Sakura y Yohir, o también la leyenda de la flor de cerezo, la había acompañado desde que tenía memoria. La contaban algunas cocineras, si estaban de buen humor, mientras pelaban verduras o desplumaban patos. Después, cuando todo fue a peor, era el cabo Nakadai el que contaba el cuento. La noche antes de la batalla, se cruzaba de piernas, ponía gesto serio y, a la lumbre del brasero, empezaba:
“Por aquel entonces, el árbol no florecía.”
Todos le escuchaban en silencio, estirados en las esteras. Yuma se arrebujaba bajo la manta, doblada por el dolor de los intestinos. Escuchaba la historia de Sakur y Yohir y le pedía a la Burocracia Celestial que la convirtiesen en árbol, igual que el hada a Yohir. Entonces no tendría que ir a la batalla.
“Lo siento, capitán Akira, no puedo ir a luchar, me he convertido en un árbol”.
Pero al final nunca sucedía el milagro.
Cuando desertaron, Kanbei y ella volvieron a escuchar el cuento varias veces antes de salir definitivamente de Kara-Tur. En el ballenero, la relataban casi cada noche calmada, aunque el hada era un genio. Incluso cuando cruzaron las estepas, los tuiganos tenían una versión parecida, aunque el árbol no era un cerezo si no una gran montaña.
Pero de todas las versiones que había escuchado en sus quince o dieciséis años de vida, ninguna era comparable a las dos que interpretaron, primero Felaern, luego Sweeny, Thendon y Mechacorta. ¿Harían en Kozakura representaciones tan bellas, tan llenas de color y magia, con palabras tan bonitas? Habría estado bien ver a alguna.

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8. El muro
Cuando salieron del templo olvidado, el sol empezaba a esconderse tras la línea del bosque. Una brisa fría se levantaba pero las llamas del templo le habían calentado la piel y el estómago.
Estaba extenuada, como si llevara dos noches sin dormir. Se sentó bajo las ramas de un árbol y apoyó espalda y cabeza contra el tronco rugoso. El sacerdote no se había alejado ni unos metros y el sueño ya la había atrapado.

Las pesadillas de siempre, sobre el hambre y la guerra, se transformaron, de forma repentina, en un muro gris, alto, ancho, infinito. Ella era una de las piedras del muro e intentaba escapar pero no podía despegarse del resto por mucho que se revolviese. Las otras piedras también se debatían por salir de ahí y aullaban en khondazano.
Despertó empapada en sudor y tiritando de frío. Las estrellas brillaban con intensidad y en sus manos aferraba el paquete de seda verde.

Regresó a Athkatla con paso lento y agotado, los hombros cargados de preocupaciones y desacuerdos. Recorrió el silencioso camino terroso y luego serpenteó por la algarabía nocturna de las calles, y cuando llegó al barrio shou, pasada la medianoche, escuchaba solo el ladrido de algunos perros y la decadencia de algunos hombres.
Subió por la escalera de la posada Biju evitando los puntos donde la madera crujía. Al llegar a la habitación, corrió la puerta tras ella, despacio. Kanbei roncaba con fuertes resoplidos y la luz de la luna brillaba sobre los futones blancos.
Yuma se desprendió del hakama sucio quedando en ropa interior. Evitando pisar sobre el desorden que rodeaba su futón, se cubrió con la manta, con el frío y las disquisiciones, pero sabía que no podría dormir.
Se levantó y cruzó la habitación con el silencio de una sombra. Se estiró al lado de Kanbei y cerró los ojos. Al cabo de un rato, los ronquidos del hombre cesaron. No dijo nada. Se giró y puso una mano sobre el hombro de Yuma. Y ella se durmió.

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9. Sudor y sake
A su derecha tenía a Shan Lang. El sudor hacía brillar los tatuajes de su torso y sus brazos, aunque movía el mortero de forma rítmica y precisa, midiendo bien sus fuerzas.
A su izquierda estaba Tzao Dokuhebi, que trabajaba bajo la exigente mirada de su prima Hana. Ella, al lado de Kanbei, en el puesto de mando, los observaba a todos con la severidad de un oficial del daimio y la elegancia de sus doncellas:
—Prestad atención, no queremos una mala remesa —decía con exigencia. Su peinado seguía impecable, aunque el lugar estuviese lleno de vapores y humos.
—¡Ahora toca filtrar el arroz, usad las tinajas que tenéis al lado del fuego! —bramó Kanbei, para hacerse oír por encima del ajetreo.
Yuma miró a su alrededor antes de acatar la orden. Aquella mujer que estaba algo más alejada, Rhenis, salía bien del paso, aunque de vez en cuando murmuraba por lo bajo con cierta frustración.

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Yuma sonrió e hizo su trabajo tan bien como llevaba haciendo los últimos años, mientras escuchaba órdenes e instrucciones:
—Despacito, Boris, si lo haces deprisa es más fácil que se te caiga. —La voz de Kai era la única amable que provenía del puesto de mando. Yuma seguía molesta, pero había que reconocer que la muchacha tenía mucha más habilidad de enseñanza que ella.
La vio ayudar a Boris con paciencia y una sonrisa, mientras el hombretón, vestido con un kimono tradicional, hacía esfuerzos por acometer el trabajo al pie de la letra.
Dherian, a su lado, parecía que había nacido con la receta de sake bajo el brazo. Acataba todas las órdenes a la perfección, con una motivación sobresaliente.
—¡Kai está repartiendo unas bolsitas con el hongo que usaremos para la fermentación del sake, espolvoreadlo sobre vuestro preparado! —se desgañitó Kanbei.
Todos los jornaleros cogieron la bolsita que Kai les tendía y lo primero que hicieron fue olerla, y todos y cada uno de ello arrugó el gesto al acto. Yuma oyó a un tal Egyon mascullando entre dientes mientras espolvoreaba el hongo:
—Esto no me convence… pero nadie me ha nombrado Duque de la Bebida.
Yuma hizo lo mismo, recordando por un segundo como consiguieron el hongo, y sonriendo interiormente. Ash y ella, metidos en el culo de aquel gusano, mientras le rascaban el tracto anal. Suspiró. Más valía que aquel sake quedase bueno, les había costado sudor y algo de sangre.

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Algo alejada, bajo la sombra de un árbol, una figura alta y delgada dibujaba la escena.
 

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10. La Maldición del Moribundo

La marca del cuello le muerde la piel. Y el ánimo.

Se adentran por las grietas en la pared de hielo, dejando atrás la fría estepa y los cadáveres de los críos a los que han intentado ayudar. Están mejor muertos; eran débiles, no habrían durado demasiado.
Yukiko llora en silencio por ellos. También es débil. Una niña buena, una mimada que no ha roto un plato en su vida. Tiene ganas de abofetearla.
Y Kai, a su lado, con esa energía y ese ímpetu y esa alegría incansable... Otra princesa que no tiene ni idea de qué es pasarlo mal. Tiene ganas de abofetearlas a las dos.
Nota una mano sobre su hombro y, cuando se gira, los ojos de Kanbei la atraviesan. Yuma asiente y hace un par de respiraciones profundas. “Recuerda, piensas así por culpa de la maldición”, se dice, aunque otra vocecita le susurra desde lo profundo de su cabeza que tal vez la maldición le permite pensar con claridad por primera vez en la vida, que tal vez…

Dejan atrás el viento helado. El interior de la cueva está en silencio, pero los están esperando. No es difícil reducir esas compactas masas de hielo, pero cuando las espadas cesan el golpear y los hechizos dejan paso al silencio de la cueva, Shan cae al suelo. La piel azul y los labios morados, golpeado por un frío inerte. Hana lo mira como una reina que está cerca de perder a su perro de caza favorito. Y él, aunque de rodillas, aguanta la mordedura del frío con estoicismo, con su porte digno de siempre.
Cuando Yuma se desnuda de cintura para arriba y lo abraza mientras el resto busca recursos mágicos para salvarlo de morir congelado, piensa que, si por culpa de la congelación le amputan algunos dedos de los pies a Shan, seguro que no caminará tan derecho y digno como acostumbra. Seguro que trastabillará de vez en cuando y perderá ese porte firme. Sonríe.
La mano de Kanbei vuelve a ponerse sobre su hombro. Yuma borra la sonrisa y abraza a Shan con más fuerza. “Tenemos que romper la maldición”, se repite, “¿Pero por qué? ¿Por qué, si ahora soy libre de pensar lo que quiera?”.

Cuando Shan se recupera, siguen la marcha, adentrándose en el laberinto de frío cuyos pasillos traen el eco de criaturas gigantes y peligrosas. Kazuma se zambulle en las sombras y emerge a cada poco, como un gato pardo en noche cerrada.

Cerca de ella, escucha la voz grave de Kan, murmurando plegarias sobre el terror y el odio, sobre el Señor Oscuro. Yuma las repite en su fuero interno, traduciéndolas al shou. Sí, una parte de esas palabras tiene sentido: el odio le ha dado fuerza desde que fue maldita, el odio la ha liberado, pero… ¿qué es toda esa monserga sobre la tiranía y el orden absoluto y el sometimiento? Se pueden ir él y el orden absoluto a besarle el culo al Sumo Pontífice del Miedo. Aprieta los dedos en un puño y observa a Kan de reojo, su pómulo izquierdo. Seguro que esta vez acierta…
Unos dedos se enrollan alrededor de su muñeca y hacen presión. La mano de Kanbei es fuerte. Yuma gruñe.

Tras varios kilómetros de silencio, aparecen los gigantes. Uno, dos, tres… nueve, once… pierden la cuenta en seguida. El estallido de violencia se prolonga durante horas. Todos los gigantes se abalanzan sobre ellos y el grupo se defiende con uñas y dientes. Un despliegue de recursos apabullante. Durante el tiempo que dura el combate, Yuma deja de sentir odio por quienes la rodean. Lire y Bashar, por quienes ha sentido una apatía absoluta desde que el primer frío de la maldición se apoderó de su pecho, le parecen ahora los aliados más útiles y eficaces que jamás había tenido. Bashar ha dejado de un lado su actitud insoportable para volverse colaborativo y amistoso, y Lire reparte golpes a diestro y siniestro, sin dejar de avanzar. Y Yuma está disfrutando todos y cada uno de los flechazos que manda a perforar la piel de los gigantes, de todo el dolor que están provocando sus proyectiles, de los gritos de enemigos y aliados, del calor de la sangre, de la aversión.

El gigante más grande y más fuerte, el que lidera ese ritual que sacrifica a críos, llega a ellos bramando, enloquecido. El corazón le late con excitación y satisfacción. Lo único que desea es destriparlo y que sus vísceras calientes se desparramen, humeando en el frío de la cueva. El derroche de violencia la absorbe, nunca se ha sentido tan fuerte y tan libre.

La batalla cesa y los niños aparecen en un rincón. Kai los consuela, pero a Yuma poco le importan. ¿Dónde hay más seres a los que disparar?
Escucha a Kan, al fondo de la sala, leyendo la inscripción del altar:
—La sangre de corazón puro entregada a la fuerza lo abre, la sangre de corazón puro entregada voluntariamente lo cierra.
Yuma vuelve la atención a su grupo. ¿Es eso lo que necesitan? ¿Sangre de alguien puro? ¡Ja! Están listos. No hay nadie puro entre ellos, no hay nadie libre de pecado. Lo único que pueden hacer es coger a uno de esos niños y cortarle una mano sobre el altar, y aun así es posible que no funcione. ¿O acaso esos críos no son egoístas, no luchan solo por sobrevivir, no son crueles, no odian lo que no conocen? No hay ningún ser en este mundo que no esté impregnado por el mal y por el egoísmo y por la violencia y por el deseo y la aversión y el veneno, el sadismo, el terror, el desprecio, el rencor, dolor, perversión, hiel.

Entonces Yukiko se adelanta, abre la mano sobre el altar y, con una daga, se corta la palma.
El altar se congela al instante, y al mismo tiempo, la maldición vuelve a quemarle el cuello a Yuma, con fiereza.
"¡Mierda, no ha funcionado!", se dice ella, doblándose por el dolor. “Ya está, abandono, que les den por culo a todos, abrazo este nuevo sentimiento de odio y descontrol que se ha apoderado de mí. Así se puede vivir.”.
Y al mismo tiempo que toma esa decisión, todo el mal desaparece.
De pronto la rodean amigos y aliados que la han ayudado a deshacerse de la maldición. Se acerca a Kanbei. Todo vuelve a ser como antes.

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11. Arroz y amapolas

A la llamada, acudieron muchos aventureros y artesanos con ganas de ganarse un jornal y una botella de sake Kimura. Lo único que había que hacer, era seguir los pasos que la capataz Yuma dictaba a voz en grito para hacerse oír entre la cháchara de los que acudieron.

El primer fue limpiar el terreno. Durante un rato, los jornaleros peinaron todo el campo y extrajeron las malas hierbas y cualquier resto de los cultivos anteriores… además de basura, claro. Después de convencer a varios aventureros que no podían usar sus espadas y hachas de guerra para "limpiar" el terreno, todo fue más o menos como debía... gracias a Fostro, que subió el listón nada más empezar.

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El segundo paso poco tenía que ver con la agricultura. Había que reconstruir las vallas que delimitaban el terreno, así como el cobertizo, que parecía las ruinas de una casucha después de un terremoto. Usando unos martillos proporcionados para la Compañía, y después de varios golpes en los dedos, además del pulgar de Lufram atravesado por un clavo, el cercado tomó la solidez y dignidad deseadas: no mucha, pero sí suficiente.

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Luego tocó nivelar el terreno. Para ello, usaron la azada para cortar la tierra en las partes más altas y la pala para rellenar las zonas más bajas. Este fue el momento para que todos se luciesen. Lo de arrancar malas hierbas no había ido muy bien, pero en cuestión de aporrear la tierra y cargarla de un lado a otro, parecía que los jornaleros tenían práctica.

Todo el mundo estaba ya muy cansado, Sigbjorn, al que habían presentado como Señor Oso, se quejaba que tenía hambre. Thorgrim, el enano que iba semidesnudo mientras hacía el trabajo (porque, según él, le molestaba la armadura) tenía sed de sake. Yuma solo les indicó que plantasen las semillas y, por fin, pudieron tomarse un descanso.

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El té, que tenia que ser frío pero se había calentado, y el sake, acompañaban una comida básica de tradición shou: bolas de arroz rellenas de atún y un gran perolón de fideos con verdura, aparte de las últimas bolitas de pulpo que Kanbei había robado del TaKaiyaki.

Mientras duraba el descanso, Yuma abrió una compuerta de un canal perimetral al campo, y este empezó a inundarse con agua de lluvia. Sin embargo, la Compañía no tuvo que gastar todo el agua de lluvia que tenía acumulada: Lux, junto con Orisong, entró en una de las secciones del arrozal y, con voz firme, lanzó una plegaria a la Madre Tierra, que terminó en una lluvia suave y fina que la tierra agradecería.

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Por último, tocó encargarse de la sección de tierra que se destinaría al cultivo de la amapola. En este caso, solo fue necesario verter sobre la tierra un pequeña pócima de nutrientes y luego unos cuantos kilos del mejor abono que la Compañía había podido conseguir: una mezcla de la mierda más apestosa y nutritiva que seguro sentaría bien a las amapolas, al bajo precio de dejar apestosos y sucios a todos los jornaleros y a los muchos que vinieron a fisgar.

Fueron dadas las gracias, el dinero, las botellas de sake (en algún caso, el sake fue suficiente pago) y, por supuesto, el premio al Jornalero del Mes, que obtuvo Jason por haber apretado los dientes en los momentos en los que el lumbago parecía apunto de apoderarse de la espalda de uno, y por haber sido el que menos se quejó del olor del abono.


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Eyla

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12. El Dragón Tortuga

[Atención: no apto para sensibles al maltrato animal, aunque sea ficción]

La fuerza del viento les arranca lágrimas saturadas de salitre y les agita el pelo salvajemente… al menos, a aquellos que tienen pelo. Kanbei está asomado por la borda y observa la fuerza del oleaje.

El barco avanza a seis nudos con el viento entrando por la aleta de babor. La tripulación faena con diligencia bajo la severa mirada de los agentes Zhentarim; el capitán busca zonas de calado profundo.

Una nube de gaviotas y otras aves carroñeras sobrevuela alrededor de las velas de “la Conquistadora”. La cubierta está llena de sangre espesa. Hana, en un rincón a barlovento, se abanica. Parece que el viento del mar no es suficiente para alejar de sus fosas nasales el hedor que rodea la embarcación como un aura pútrida.

En el centro del barco, una enorme ballena jorobada yace muerta y a medio despedazar. Los trozos de carne son transportados por la tripulación, que a veces resbala en la sangre. La cabeza cuelga del trinquete, agujereada en varios puntos, y gotea un líquido blanco y viscoso sobre barriles que ya están a rebosar.

De pronto, las tripas de la ballena empiezan a salir de la hendidura de dos metros del vientre. Caen sobre la cubierta con un chapoteo inmundo y el hedor agrio se multiplica hasta límites difíciles de soportar. Hana se cubre la boca y la nariz con un pañuelo. Cuando la última parte del intestino delgado cae fuera del cadáver, Yuma asoma la cabeza desde dentro de la ballena.

—Esto ya está, ahora solo queda llenar las redes.

Tiene sangre hasta en las pestañas. Sale del interior de la ballena y se pasa las manos por la cara. Mira a Elisa Melf, que está trabajando con diligencia y efectividad despedazando la ballena, bajo la atenta mirada de Shan. Ninguna mueca de desagrado deforma el bonito rostro de la mujer. ¿Quién lo iba a decir?

Kan y Drakus mandan llenar las redes con los intestinos y las partes más bastas de la ballena, y nadie en su tripulación duda en acatar sus órdenes. En cuanto las redes caen al mar, “la Conquistadora” ralentiza su paso por las aguas. En apenas unos minutos, se forma una estela rojiza y grumosa, como si la embarcación expulsase un caldo caliente y crudo. A las aves se les unen los peces carroñeros, pero no son peces lo que busca esta expedición.

Isao, asomado en la aleta de estribor, observa el festín de sangre y vísceras con mirada curiosa y apacible. Nadie diría que la noche anterior ha estado apunto de morir entre las fauces de un calamar gigantesco. De hecho, es él quien que lo avista.

—Eh… hay un islote que se nos está acercando a toda velocidad —dice, en su habitual tono sosegado y despreocupado.

—¿Qué?

Por un instante, incluso el timonel abandona su tarea para girarse y observar lo que, efectivamente, parece un islote acercándose a “la Conquistadora” en rumbo de colisión.

—¡Es el Dragón Tortuga! —retumba la voz de Leonard. Yuma, a su lado, da un paso atrás y choca contra la impasible figura de Temblor, que parece una estatua de acero.

El despliegue de medios empieza inmediatamente: las armas se desenvainan con silbidos agudos, los arcanos se concentran y murmuran en voz baja, Yuma se encarama al arpón, alguien reza, otro solo flexiona los nudillos.

La Compañía Amniano-Karaturense, los Zhentarim y toda la tripulación del ballenero contienen la respiración y observan cómo, frente al islote, una mancha oscura bajo el mar se agranda rápidamente hasta que emerge la gigantesca cabeza astada. Abre las fauces y emite un bramido que hace temblar los cabos más tensos del barco.

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—¡Estas son mis aguas! ¡Fuera de aquí! —la voz retumba en sus oídos.

Nadie duda. Los primeros rayos caen sobre el caparazón. Una enorme garra se alza y cae sobre la amura, destrozando la borda. Las astillas saltan se incrustan en la carne de los menos protegidos, hay gritos de dolor. Al acto, las espadas y una naginata se hunden en la zarpa y la repelen con ferocidad, los filos gotean sangre. Los arpones explosivos impactan en las partes blandas, clavándose en la carne y haciéndola estallar, pero el dragón no se amedrenta, alza la otra zarpa y lo golpea contra el barco, haciéndolo rotar y abriendo un boquete en el casco. Salta más metralla. Hana empieza a entonar una canción sobre la violencia de la guerra y sus recompensas, y el corazón de los guerreros se acelera. La magia cae sobre la bestia como una tormenta divina y arcana. El dragón brama con dolor y furia. Cierra el pico cónico sobre la línea de través y el barco escora. Los menos ágiles resbalan, algunos caen al mar. Los guerreros se encaraman hacia la cabeza del dragón y clavan el acero en la viscosidad de sus ojos. La bestia retira su gigantesco pico con un bramido dolorido.

Entonces oyen un estruendo agudo. Los tripulantes alzan la vista. Una estela verde cruza el cielo. El meteorito ruge y hace vibrar el aire, y en un parpadeo se estrella contra el duro caparazón del dragón, en una explosión de fuego, sangre y carne. Kan deja de conjurar. La bestia brama y deja caer la cabeza en el agua, pero sigue respirando. La lluvia de violencia no cesa: los guerreros saltan al agua en botes y clavan sus filos en la criatura hasta que no es más que un cadáver agujereado y humoso que flota al lado de “la Conquistadora”, rodeado de sangre y pulpa.

Cuando todo ha terminado, Yuma, jadeando por el cansancio, se acerca a Kanbei y le arranca una astilla que tiene clavada bajo la mandíbula.

—A veces —murmura el hombre— se me olvida lo poderosos que pueden llegar a ser nuestros socios.

Ella asiente.

—Y todo por tu alopecia.

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[No, no era exactamente un Dragón Tortuga xD ]
 
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Eyla

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13. Un plan sin fisuras

—¿Cuál es el plan?

—Seguiremos con la mentira.

—Les diremos que somos una familia de mercaderes y que estamos interesados en sus reliquias.

—Que queremos unirnos a ellos.

—¿Y cómo nos vamos a ganar su confianza?

—Les daremos el soplo de un cargamento valioso.

—¿Y luego?

—Montaremos una caravana falsa para que la puedan asaltar.

Un plan sin fisuras.

O eso les había parecido dos días antes, en la Grúa Torcida, mientras diseñaban el plan para infiltrarse en el grupo de bandidos que estaban saboteando los cargamentos del consorcio shou.

Gracias a las habilidades de Kazuma, habían seguido a dos mindundis del grupo y después de varias horas pateando por el bosque, se habían asomado entre unos arbustos y habían avistado al campamento de aquellos bandidos. Bueno, campamento, lo que se dice campamento…

—Por la Burocracia Celestial, ¡esto es una fortaleza! —susurró Kai.

Kazuma había trepado a un árbol para observar mejor mientras el resto se escondía en la maleza.

—Veo un gran portón de madera. Y varios guardias patrullando por los alrededores.

Todos se miraron los unos a los otros. Algunas gotas de sudor perlaron algunas frentes. Juntaron las cabezas.

—¿Seguro que queremos seguir con el plan? —preguntó Kanbei.

—Sí, tal vez, viendo esto… —Elisa señaló la fortaleza— deberíamos reconsiderar…

—Puede que debamos…—empezó Kai.

Kazuma saltó de la rama del árbol y aterrizó con gracilidad.

—Nos han visto, unos guardias vienen hacia aquí —anunció rápidamente.

Las miradas de los karaturenses se dirigieron hacia la fortaleza. Cuatro hombres armados se acercaban. Yuma sintió un retortijón.

—Sonreíd —dijo Hana, con frialdad—. Sonreíd, asentid y, sobre todo, dejadme hablar a mí.

Los tipos se acercaron con expresiones adustas y gestos hostiles. No estaban para tonterías: “¿qué queréis?”, “¿quiénes sois?”, “hay gente apuntando hacia vosotros ahora mismo”, “más os vale que nos digáis la verdad”. Por suerte, Hana era buena:

—Conocemos vuestra actividad alrededor de Keczulla, sabemos que os interesáis por las reliquias shou y tenemos una propuesta comercial que hacer a vuestro líder —Hana no había dicho mucho más, pero les había logrado convencer que no eran una amenaza… de momento.

Los tipos, enfundados en armaduras orientales que les hacían parecer menos bandidos, aunque lo eran del todo, los habían escoltado hacia la fortaleza. Les habían hecho entrar por un gran portón hasta el patio. El lugar era enorme: varias torres se alzaban en las esquinas de la fortaleza, todos los puntos estaban vigilados y una gran colección de armas se exhibía de pared a pared. Allí había muchísimos hombres: decenas, cientos de bandidos. Y ellos solo eran ocho.

"Un plan sin fisuras", pensó Yuma.

Escucharon como la puerta se cerraba tras ellos. Sintió otro retortijón. Los bandidos cuchicheaban entre ellos y los señalaban, algunos reían.

“Bueno, pues de momento... estáis exactamente donde queríais estar… ¿verdad?”, se dijo.

Tragó saliva. Los guiaron hacia el interior de un edificio de piedra oscura y antigua. Cada vez los rodeaban más bandidos armados que, sin dirigirles la palabra, los llevaron a través de un entramado de pasillos y habitaciones sin ventanas.

—Esto parece un laberinto —dijo Kasumi, en un susurro que apenas se escuchó.

Tenía razón. Yuma miró a Kanbei. La cabeza le brillaba por el sudor. “Maldición”, se dijo la muchacha, “Estamos entrando demasiado, si las cosas se tuercen…”.

Llegaron a una sala espaciosa, sin ventanas; tres filas de arcadas sobre sus cabezas y suelo de tierra oscura. Rodeando las paredes, decenas de guardias equidistantes, de rostros ocultos y ballestas en ristre. Cuchicheaban y reían. Yuma captó una frase: “no van a salir”. Se tiró un silente pedo nervioso. Hana, a su lado, arrugó la nariz.

—Acercaos —dijo en shou una voz femenina desde el fondo de la sala.

Obedecieron, no tenían otra opción. La Compañía Amniano-Karaturense avanzó intentando ocultar el nerviosismo. Al fondo de la sala, había una tarima de madera sobre la que estaban, en pie o sentadas, varias mujeres. La del centro era hermosa, de buen porte y mirada severa. A Yuma le recordó a Hana.

—Soy la dama Yang, la madre del Clan de las Serpientes de Jade. ¿Quiénes sois vosotros?

—Dama Yang, es un honor conocerla —empezó Hana, adelantándose al resto e inclinándose con elegancia—. Soy la Dama Sho Hai, él es mi marido, el Maestro Sho Hai —señaló a Kazuma, que realizó una inclinación perfecta—. Y el resto son mis damas de compañía y sirvientes.

Kanbei, Kai, Kasumi, Kioba, Elisa y Yuma realizaron sus respectivas reverencias, algunas más pulidas que otras.

—Decidme —siguió la dama—, ¿qué locura os ha llevado a venir hasta aquí?

“Es una buena pregunta”, pensó Yuma.

—Hemos acudido a vos al conocer vuestra actividad alrededor de Keczulla —respondió Hana—. Sabemos que os interesáis por las reliquias shou. Nosotros también estamos interesados en dichos objetos, y tenemos una propuesta comercial que haceros.

La madre del Clan de las Serpientes de Jade levantó una mano, y los labios de Hana se sellaron rápida pero suavemente.

—Decidme, querida —dijo, y una sonrisa sibilina se dibujó en su rostro—. ¿Cómo habéis averiguado nuestra ubicación?

—Hicimos algunas investigaciones, y uno de vuestros hombres nos la dio.

—¿Y como se llama ese hombre?

Hana no dudó:

—Psancho.

La dama exhaló una risilla por la nariz, aunque no había ninguna diversión en su expresión. Se dirigió a una de las mujeres que tenía más cerca, una joven de ropas impolutas y, aunque susurró, todos los miembros de la Compañía la oyeron:

—Busca a ese hombre entre los locales que están a nuestro servicio en Amnagua y ejecútalo a él y a su grupo.

Yuma vio como Kasumi torcía el gesto.

La joven asintió y salió hacia la salida. Luego, la dama volvió a dirigirse a Hana.

—Tengo que aceptar que habéis demostrado inteligencia habiéndonos encontrado.

—Gracias, dam…

—Pero —la mujer interrumpió a Hana, sécamente—, tengo otra pregunta, querida —volvió a sonreír—. ¿Qué os ha hecho pensar que era buena idea venir hasta aquí y entrar en mi fortaleza?

Yuma miró de reojo a sus compañeros. “Mierda, ¿en qué momento esto nos ha parecido un buen plan?”. La dama continuó:

—Ahora estáis aquí, habéis visto a mis hombres, me habéis visto a mí… no os puedo dejar marchar.

Un funesto murmullo, casi imperceptible recorrió las filas de guardias que les rodeaban. Yuma miró a Kanbei y este le devolvió la misma mirada, que parecía gritar: “Joder, Yuma, ¿¡cómo se nos ha ocurrido meternos en este follón!?”. Vio que Kai, Kioba y Kasumi acariciaban ya las empuñaduras de sus armas.

—Dama —empezó Hana—, como os he dicho, tenemos una propuesta que estamos seguros que os parecerá interesante. Disponemos de cierta información que podría convertirnos en socios.

—¿Socios, eh? Si vamos a ser socios, tenéis que probar que disponéis de recursos.

Una gota de sudor resbaló por la frente de Hana. Separó los labios para replicar, pero la mujer volvió a alzar la voz.

—Decidme, ¿quién de vosotros es el sanador del grupo?

Se miraron unos a otros. Aquella pregunta era escalofriante. Hana dudó medio segundo y finalmente hizo un ademán hacia Yuma. Y Yuma, intentando disimular el miedo que hacía rato se había apoderado de ella, hizo una reverencia:

—Para serviros, dama— musitó.

—¿Eres tú? —la mujer enarcó una ceja, pero antes que Yuma pudiera asentir, uno de los guardias disparó su ballesta y el virote se clavó en el muslo de Yuma.

La muchacha contuvo el grito, pero un gemido dolorido escapó de sus pulmones. En ese mismo instante, escuchó a Kai, Kasumi y Kioba desenvainar.

—¡Quietos! —gritó Yuma, clavando una rodilla en el suelo, doblada por el dolor.

Sus compañeros se detuvieron. Por un momento, todo fue silencio roto por los resoplidos de Yuma.

—Ahora —dijo la madre del Clan de las Serpientes de Jade, con una sonrisa sádica—. Cúrate.

Yuma se miró la pierna. La punta del virote aparecía por el otro lado del muslo: se lo había atravesado. Resollando por el dolor, agarró el virote con ambas manos y lo arrancó con mano experta. Gimió de dolor y empezó a rezar: “Por la Burocracia Celestial, si mis compañeros y yo salimos de esta prometo que nunca volveré a…”.

La dama volvió a hablar:

—Pensándolo mejor… matadlos a todos.

Todos a la una, los guardias alzaron sus ballestas. Yuma miró a Kanbei y pensó: “como mínimo hemos vivido unos años en paz” y entonces un estruendo inundó la sala y una de las paredes se derrumbó, sepultando a una parte de los guardias bajo su peso.

Al mismo tiempo, desde fuera, llegó el inconfundible grito de una batalla y un instante después parte del techo de la sala se derrumbó también y cayó sobre ellos. La sala se inundó de polvo y eso les salvó.

—¡Corred! —gritó Kanbei.

La confusión se adueñó del lugar. Los miembros de la Compañía salieron de entre las ruinas como pudieron, desenvainando armas y alzando escudos, y empezaron a correr.

—¡Matadlos, matadlos! —gritaba la madre del Clan de las Serpientes de Jade.

Pero el polvo cegaba. Se adentraron en el laberinto de pasillos, donde algunas paredes y techos también habían empezado a derrumbarse. Corrieron desesperados, con el estrépito de la batalla de fuera retumbando en los pasillos llenos de polvo. Podrían haberse preguntado qué cuernos era aquella batalla, pero lo único que les preocupaba era salir de allí. Hubiese sido fácil perderse, pero lo único que necesitaron fue seguir a la masa de bandidos que también salían hacia el exterior, huyendo del derrumbe.

Cuando salieron fuera, el aire también estaba lleno de polvo. La batalla estaba más que decidida: a medida que los bandidos salían al exterior, eran masacrados por el ejército invasor. Las catapultas seguían desmoronando la fortaleza. Un grupo de guerreros llegó hacia ellos, pero antes de que pudiesen abalanzarse, Kai gritó:

—No nos ataquéis, ¡somos la Compañía Amniano-Karaturense!

Los hombres refrenaron sus armas, y siguieron matando a los miembros del Clan de las Serpientes de Jade hasta que no quedó ni uno. Sólo cuando los gritos de agonía dejaron de oírse y el polvo se posó de nuevo sobre la tierra quemada y manchada de sangre, la dama Zhang, del consorcio shou, apareció entre la humareda.

—Bien hecho, Compañía Amniano-Karaturense.

Yuma miró a Kanbei y este le devolvió la mirada: "Esta vez, ha ido por muy poco", decían sus ojos. Pero callaron, asintieron, y dejaron que hablase Hana.

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// Gracias, Almendra, por la trama, por la tensión, y por todos estos meses de DM de la facción 🥰
 

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14. Panacea de los Campos

Salió por la puerta Este con paso firme, llevando un saco vacío. Alrededor de la puerta y junto a las murallas, la gente yacía sentada o tumbada. Niños huesudos de rostros macilentos con el estómago hinchado. Una madre amamantaba a un bebé, aferrado a su magro pecho izquierdo. En el derecho, un niño de doce años. Ella, una cavalera de labios blancos y consumidos.
Sintió un tirón en el pantalón pero fingió que no lo había notado y siguió su camino.

¿Te acuerdas del hambre?, le dijo una vocecita.

A veces se le olvidaba que durante unos años todo había sido invierno, guerra y escasez. Se le olvidaba lo doloroso que era el frío, el miedo que daba la guerra… y el hambre. De todo lo malo que había pasado, de todas las sensaciones que aún la hacían temblar, la peor era, sin duda, el hambre.

Tantos años había sido aquella su constante prioridad: encontrar algo que llevarse a la boca, cualquier cosa. Fantaseando con la comida, yéndose a dormir con el estómago rugiendo y levantándose salivando porque en sus sueños agarraba un suculento lomo de atún y siempre se lo quitaban de las manos.

Comía ratas, murciélagos, saltamontes, lagartos, gusanos… cualquier cosa que se moviese en los arbustos, cualquier cosa que se pudiese masticar. Por eso había aprendido a usar el arco. Y aun le decían: “tú no has vivido ninguna hambruna, pies planos, pero ahí te pasas días y días sin comer, y si tienes suerte te comes el estiércol del caballo del daimyo. Caliente no se puede comer, pero si se congela huele bien, huele a hierbas”.

Ahora, cada vez que tenía una de esas reuniones comerciales en las que se servía queso, jamón, pan recién horneado y fruta, sentía una presión en el pecho que la empujaba a comer tanto como pudiese. ¿Y si otro se la comía? ¿Y si se llevaban la comida? Aunque hacía meses que no tenía un banquete como aquel delante…

“Esta escasez pasará”, decía todo el mundo. "La crisis del grano se terminará". Ya, sí, pasaría pero… ¿y los que se iban a quedar en el camino? ¿Cuántos se iban a morir soñando con un vaso de harina y una cucharada de manteca? ¿Y si esta vez la hambruna la tumbaba a ella?

Regresaba hacia la ciudad, los sacos cargados con laurel, menta, ajo y aceite a precio de oro.
Esquivó a las gentes de los alrededores de la puerta pero cuando estaba apunto de cruzar volvió a sentir que algo la agarraba del pantalón y, en vez de soltarse, bajó la vista.

—Señora, un poco de pan, por favor.

Un niño de ojeras amarillas y brazos como ramas quebradizas.
Yuma lo miró durante un instante, sin agacharse: mira que dientes grises, qué encías sangrantes, que dolor debes sentir en la boca del estómago...
Cogió la mano que le sujetaba el pantalón y la soltó. Luego, sin dirigirle una segunda mirada, se dio la vuelta y entró por las puertas de la ciudad fingiendo que no había visto nada de lo que sí había visto.

“Esta vez, tampoco”.

El saco se balanceaba a su espalda.


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Eyla

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15. Cuatro años por Kara-Tur (I), el cuento de Isao

El sol bañaba la inmensidad de la estepa pero el viento corría frío entre los dos continentes.

El apeadero eran las antiguas ruinas de un edificio irreconocible; rocas de poros musgosos pulidas por la fuerza de Teylas y carcomidas por el hambre de Grumbar.

—En este lugar, hace muchos años, la hija de Yamun Kahan emboscó a los espías del Emperador Kai Tsao Shou Chin de Shou Lung…

Los miembros de la Compañía bebían kumis, y los tuiganos bebían sake.

—Dicen que los mandó decapitar a todos y con su sangre pintó las paredes… —el narrador tenía un fuerte acento estepario pero su shou era claro—, para que el Emperador Celestial lo viera desde el cielo y se avergonzase.

Olía a heces de caballo, leche agria y lana húmeda. Isao se levantó del círculo en el que compartían cordero frío y lomo de anguila seca.

—Iré a lavar mi ropa.

El resto de miembros de la Compañía siguió escuchando las historias de la tribu Bayar. Si se comparaban con ellos, la Compañía parecía la corte de doncellas del Emperador. Ni tres semanas de incansable viaje por la Ruta Dorada les permitía competir con la roña y el desaliño de aquel clan de jinetes esteparios.

Isao salió de las ruinas, serpenteó entre las yurtas de los nómadas y bajó la ladera hasta el riachuelo, que era lo único que convertía aquel montón de piedras vetustas en un lugar de interés para los viajeros agotados.

Se desnudó, quedó en calzones, y sumergió la ropa en el agua helada. Los puños se le enrojecieron enseguida, pero no dejó de frotar hasta que la mugre se desprendió. Luego, mientras las prendas se secaban sobre la hierba, sacó hilo y aguja y remendó los exhaustos calcetines.

Una risita llegó a sus oídos.

Se giró. Río abajo, un grupo de mujeres lo observaban. Isao saludó con la mano y, como respuesta, obtuvo un coro de risas agitadas y frases en tuigano.

El coro lo acompañó durante todo el día: risitas cuando ayudaba a cocinar, risitas cuando los ejercicios de media tarde, risitas mientras montaba la tienda. Cuando, después del atardecer, fue a bañarse en el amparo de la oscuridad, también risitas.

Al día siguiente, empezaron los primeros presentes: un pedazo de bizcocho de queso fresco, un par de calcetines nuevos, flores de un lugar en el que no crecen las flores. Para cenar, probó una veintena de platos que veinte mujeres, algunas aun niñas, otras abuelas, y todo el espectro de tuiganas de la tribu, le ofrecieron. Los miembros de la Compañía seguían descansando en el apeadero, contentos con la amabilidad tuigana, ignorando el peligro.

La tercera noche, Isao volvió a bañarse en la oscuridad, esta vez después de cenar. Se alegró al comprobar que nadie lo había seguido. Dejó la katana y la ropa en la hierba y entró en el agua helada.

Entonces el viento trajo una vibración y el olor a leche agria.

Saltó fuera del agua, se agachó para esquivar la primera flecha y aferró la katana justo a tiempo para bloquear el golpe. El filo curvo lanzaba destellos, pero él los desvió todos. El tuigano forzó la distancia pero la katana era más rápida. Lo había subestimado. Isao contratacó lanzando golpes descendientes a izquierda y derecha y el espadón curvo no pudo seguirle el ritmo. El tuigano quedó con el filo kozakurense en el cuello.

—¿Qué quieres? —bramó Isao.

El tuigano parpadeó, no lo entendía.

—Espera.

De la oscuridad emergieron tres, cinco, doce hombres.

—¿Qué queréis? —volvió a bramar Isao.

—No nos gustaba que un hombre sin pelo conquistase a nuestras mujeres —dijo el único que hablaba shou—. No pensábamos que fueses un buen guerrero.

—¿Conquistar a vuestras mujeres? ¡Yo no he conquistado a nadie!

Los hombres se miraron entre ellos, murmurando y gruñendo.

—Te siguen a todas partes y te hacen presentes que nunca nos han hecho a nosotros.

—¡Necios! ¡A lo mejor si lavaseis vuestra ropa y aprendieseis a cocinar, os querrían más!

Los hombres volvieron a mirarse entre ellos y se acercaron más a Isao.

***​

Al día siguiente, las mujeres de la tribu Bayar se despertaron con el olor de un desayuno inesperado, y la sorpresa de ver a sus maridos llevando ropa limpia. Durante los siguientes días, los maridos aprendieron a hacer remiendos, acunar a sus hijos y preparar cualquier receta.

La Compañía abandonó el apeadero tras una gran fiesta y, unos nueve meses más tarde, hubo una gran cantidad de partos. Durante años, los narradores nómadas hablaron de aquel joven que trajo a la tribu Bayar la bendición de la fertilidad sin haber puesto un dedo encima de ninguna mujer.
 

Eyla

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16. Cuatro años por Kara-Tur (II), el cuento de Kanbei
Olía a sudor, cerezas en almíbar y pato frito. La humedad de la noche se pegaba a los rostros, y por fin se prendió la llama. La primera bocanada los envolvió en una nube amarga.

—… crecepelo, “El Terror de la Alopecia”, y también…

Un soplo templado entró por la ventana. Kazuma se abanicaba.

—… grasa de ballena, sirve para todo: desde combustible para lámparas hasta protector de madera. Y es muy nutritiva, la llamamos “Grasa de la pequeña Yuma”…

Se escuchaba algún sorbido de los comensales de medianoche. Los fideos eran agrios y picantes.

—El “Elixir vigorizante”, para echar una mano con asuntos maritales…

—Seguro que eso lo usas tú —interrumpió uno de los parroquianos, que sobre el labio tenía cinco pelos tiesos y negrísimos.

—¿Cómo dices? —Kanbei bajó la barbilla y lo miró.

—Que seguro que eso del “Elixir vigorizante” lo usas cada día —marcaba la última vocal de cada palabra con el tono ascendiente del alto shou más bajo de Shou Lung.

—Muchacho —Kanbei levantó la mirada y sonrió con la sabiduría de cien batallas—. Aun no ha llegado el día en el que este viejo necesite brebajes para hacer felices a sus compañeras. Y cuando ese día llegue, espero estar ya enterrado y llorado por todas ellas.

Otro tipo rio y el humo se escapó entre los huecos de su dentadura.

—Eso es porque no has conocido a la dama Quimera.

El último comensal sorbió el último fideo y eructó satisfecho. Kazuma dejó de abanicarse. Shin dejó los palillos sobre la mesa.

—¿Quién? —preguntó Kanbei.

—Bao Mei, la dama Quimera.

Llenó la sala un suspiro coral de quienes estaban alrededor de la mesa y otros pocos que les daban la espalda pero prestaban sus oídos.

—Se dice que solo ha de dormir una vez, para morir.

—Que se mantiene en la oscuridad para que haya paz en el Imperio.

—Ha arrasado con la virginidad de mi generación y la de mi padre —dijo el muchacho de los cinco pelos tiesos.

Kanbei se puso en pie con tanta vehemencia que tiró la silla al suelo.

—Pregunta por la casa de las misericordias —gritó alguien cuando ya salía por la puerta.

****​

A Kanbei lo condujeron sin ritual ni protocolo por los pasillos alfombrados, siguiendo el rastro de cien perfumes. Los suspiros se colaban a través de los tablones de madera.

Detrás de la cortina, en la oscuridad, vio unos ojos de leoparda insomne, una silueta silbante sentada a la turca sobre la cama de reina.

Emergió de las arenas movedizas horas o días más tarde.

***​

A Yuma la despertó una voz quejumbrosa que la llamaba al otro lado de la pared.

—Yuma…

Se levantó con rostro legañoso y abrió la puerta de la habitación de al lado. Kanbei estaba tumbado en la cama, boca arriba, cubierto con la sábana.

—¿Cuándo has vuelto? ¡Tuve que ir yo sola a cerrar el trato con…!

—No… hagas… preguntas…

—¿Qué quieres?

Por un momento, Kanbei contuvo la respiración, y luego exhaló dos sílabas.

—Hielo.

Yuma puso los ojos en blanco y anduvo hacia las escaleras, pero el gemido lastimero volvió a llamarla.

—Yuma…

Ella regresó pisando fuerte y se asomó por la puerta una vez más.

—¿Qué? —ladró.

—Creo que me he enamorado.

Todo lo bueno es de García-Marquez
 

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17. Esa vez que desertamos

Volvía a estar entre las raíces podridas del árbol gris y verde. Volvía a oír los gritos y el silbido de las flechas enemigas. Olía a barro y sangre. Unos metros más allá, la pila de cadáveres de siempre. Una montaña de cuero gris y marrón, pudriéndose en la humedad. Los rostros de sus compañeros se habían retorcido en muecas de horror y dolor. Y entonces uno de esos rostros abrió los ojos. Kanbei se llevó un índice a los labios, guiñó un ojo y volvió a cerrarlos.

Yuma despertó en el silencio y la negrura. Miró por la ventana. No había luna. Escuchaba solo el ladrido de algunos perros y la lejana decadencia de algunos hombres.

Salió de la habitación a tientas. Bajó hasta el restaurante guiada por un leve resplandor en la oscuridad. Había una vela encendida en la barra, y Kanbei sentado frente a ella y un vaso. No apartó la mirada cuando Yuma tomó asiento a su lado.

—¿Otra vez?

Ella asintió.

—¿Y tú?

Kanbei se encogió de hombros y le mostró un frasco que tenía entre las manos: “El terror de la alopecia”. Se pasó una mano por la calva.

—Hace casi un mes que no necesito raparme.

—¿Otra vez?

Kanbei suspiró. Después de un rato en silencio, Yuma volvió a hablar.

—Creo que hace una dekhana que no cago.

Kanbei rio.

—La guerra.

—La maldita guerra.

Alargó el brazo para alcanzar otro vaso y se lo llenó a Yuma. Bebieron en silencio.

—¿Te acuerdas del Mesón Bator?

—Me acuerdo de Nergui —Yuma sonrió—. Y de aquella mujer, la de los dientes de oro, ¿cómo se llamaba?

—Sarangerei.

Suspiraron a la vez.

—¿Sabes? —dijo Yuma—. Podríamos hacer lo mismo que aquella vez.

—¿Qué vez?

Yuma puso los ojos en blanco.

—Esa vez que desertamos de las filas del daimio y nos convertimos en fugitivos traidores a la patria y nos fuimos a occidente huyendo de la guerra para montar un negocio que nos permitiese vivir en paz.

—Ah, esa vez.

Bebieron en silencio un rato más.

—Supongo que podríamos…

— … hasta que las cosas se calmen.

—Sí, hasta que esto deje de ser… una locura.

—Una pequeña pausa.

—Un paréntesis.

Se miraron.

—A lo mejor Nergui busca empleados otra vez.
 

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