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Historias dignas del Frenopático

Hawkrylly

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Introducción:​
Esta es la historia del ascenso y caída del gran Franciscus Alba Argentea, paladín de Lathander. Paco para los amigos. Es la crónica de uno de los mayores héroes que jamás pisaron Amn y de cómo su prometedor destino tomó algunos giros que ni él ni, probablemente, Lathander habían previsto.

Franciscus Alba Argentea era hijo de una de las casas nobles de la ciudad de Athkatla. Desde niño sabía que estaba destinado a algo grande. Había nacido para algo más que pelear por una herencia y ostentar un simple título nobiliario. Cuando sintió la llamada del deber al contemplar el sol de Lathander, aquello no hizo sino confirmar lo que siempre había pensado.

Entró muy joven en el seminario. Allí se dedicó en cuerpo y alma a la adoración de Lathander. Era un alma inquieta, incapaz de permanecer demasiado tiempo ociosa, y solo parecía encontrar verdadero solaz en el entrenamiento y el aprendizaje.

Estudió con ahínco cuanto pudo acerca de uno de los mayores enemigos de su señor: la no-muerte. Para Franciscus, aquella perversión del ciclo natural era una mácula que debía ser eliminada a cualquier precio.

Su dedicación dio frutos rápidamente. Fue investido paladín siendo todavía muy joven y, a los dieciocho años, ya era miembro de pleno derecho del clero de Lathandar. Para entonces, su siguiente objetivo estaba decidido: ingresar en la Orden del Guantelete, estaba seguro de que algún día la dirigiría.

Pero vayamos con calma para entender esta historia hay que conocer algunos hechos importantes de la vida de Paco y remontarnos a sus primeros pasos como paladín, cuando la Orden del Guantelete todavía era poco más que una aspiración y su nombre aún no significaba nada para casi nadie.
 
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Hawkrylly

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Crónica de Franciscus Alba Argentea, Paco. Dawnvale Parte I​

Hace un número impreciso de años, una partida de soldados lathanderitas salió de la Cúpula de la Rosa. Habían llegado rumores preocupantes desde una población situada en algún punto del camino entre Athkatla y Cormyr: varias personas habían desaparecido sin dejar rastro.

Ante la posibilidad de que se tratase de un problema relacionado con la no-muerte, Franciscus Alba Argentea fue enviado en su primera misión junto a otros lathanderitas para investigar lo sucedido y poner orden en Dawnvale, un importante puesto comercial gracias a su situación entre ambas ciudades y con una población considerable para encontrarse tan alejado de los grandes núcleos urbanos.

Cuando llegaron, el recibimiento no fue precisamente caluroso. Los habitantes llevaban meses sufriendo las desapariciones y habían solicitado ayuda hacía ya demasiado tiempo.

Hasta que vieron a Franciscus.

Es importante saber que nuestro protagonista no era un paladín más.

No.

Franciscus era un hombre alto y de notable belleza, de complexión atlética, hombros anchos y proporciones elegantes. Tenía el rostro de facciones marcadas y armoniosas, mandíbula definida, pómulos altos, nariz recta y unos intensos ojos verdes. Su cabello era rubio, abundante y ligeramente ondulado, normalmente peinado hacia atrás, contrastando con una piel clara de tono cálido. Bien afeitado y de porte naturalmente distinguido, poseía una belleza difícil de ignorar.

No solo venía a salvar a la gente.

Además, lo parecía.

En otro lugar, al mismo tiempo...

-Llegan tarde. Ya está casi todo listo.

Una figura observaba los últimos preparativos.

-Mucho tiempo llevo esperando para terminar el ritual y esta noche... esta noche será. Ni esos lathanderitas ni nadie podrán impedirlo.

Volvemos con Paco

Los habitantes de Dawnvale acudieron a Franciscus como las abejas a la miel. En cuestión de minutos se vio rodeado de personas dispuestas a contarle todo cuanto sabían sobre las desapariciones.

Al principio habían desaparecido viajeros. Comerciantes, aventureros y gente de paso que llegaba a Dawnvale y nunca alcanzaba su siguiente destino. Nadie le había prestado demasiada atención: en los caminos ocurrían desgracias y, además, transcurría bastante tiempo entre una desaparición y la siguiente.

Pero aquello había cambiado.

Las desapariciones comenzaron a producirse cada vez con mayor frecuencia.

Y después dejaron de afectar únicamente a los forasteros.

Primero desapareció algún trabajador que regresaba tarde a casa. Después un comerciante conocido por todos. Más tarde, vecinos que habían vivido allí toda su vida.

Para cuando los lathanderitas llegaron a Dawnvale, ya faltaba demasiada gente como para seguir atribuyéndolo a los peligros del camino.

Cayó la noche y Franciscus se presentó voluntario para hacer la primera guardia.

Decidió comenzar por el camposanto. Si aquello tenía algo que ver con la no-muerte, pensó, aquel era el lugar más evidente donde buscar indicios.
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Hawkrylly

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Crónica de Franciscus Alba Argentea, Paco. Dawnvale Parte II​

Pero las tumbas estaban intactas.

No había tierra removida, lápidas desplazadas ni señal alguna de que faltasen cuerpos. Franciscus recorrió el lugar varias veces antes de admitir que quizá habían partido de una premisa equivocada. Tal vez las desapariciones no tuvieran nada que ver con la no-muerte. Podría tratarse simplemente de bandidos o de cazadores de esclavos sin demasiados escrúpulos.

Fue entonces cuando la naturaleza llamó.

Franciscus miró a su alrededor.

Miró las tumbas.

Volvió a mirar a su alrededor.

Había cosas que un hombre decente no hacía, y orinar sobre los muertos estaba bastante arriba en la lista.

Salió apresuradamente del camposanto, atravesó unos matorrales y se internó unos metros en el bosque en busca de un lugar algo más apropiado.

La gente tiende a pensar que una buena armadura son todo ventajas.

No lo son.

Especialmente cuando uno necesita orinar.

Lo que debería haber sido una operación sencilla se convirtió rápidamente en un enfrentamiento entre Franciscus Alba Argentea y varias piezas de metal diseñadas específicamente para impedir que cualquier objeto alcanzase determinadas partes de su anatomía.

Después de unos instantes de lucha, el paladín consiguió finalmente retirar la pieza pertinente y hacer lo que había ido a hacer.

Victoria.

Mientras volvía a colocarla en su sitio, escuchó un ruido a sus espaldas.

Franciscus se quedó inmóvil.

Otro ruido.

Esta vez más claro.

Venía de entre los árboles.

Llevó instintivamente la mano hacia la empuñadura de su espada mientras terminaba de ajustar como podía la armadura.

-¿Quién va? -preguntó Franciscus.

No recibió respuesta alguna.

De entre los árboles apareció una figura humana. Al principio, Franciscus pensó que podía tratarse de algún aldeano, pero arrastraba una pierna y uno de sus brazos miraba para donde no era. Además, su cabeza estaba girada de un modo bastante antinatural.

No había duda.

Era un zombi.

La noche se había puesto interesante.

Franciscus desenvainó su espada.

El encuentro habría sido bastante sencillo para un paladín entrenado como él, pero resulta complicado pelear mientras intentas evitar que se te caigan los pantalones, y el zombi no tenía pinta de poseer la cortesía necesaria para darle tiempo a terminar de vestirse.

La criatura se abalanzó sobre él.

Franciscus retrocedió un paso, sujetándose como pudo los pantalones con una mano mientras mantenía la espada en la otra. Esquivó el primer ataque y, haciendo verdaderos malabares, consiguió girar sobre sí mismo y descargar un tajo limpio sobre el cuello de la criatura.

La cabeza del zombi salió despedida.

El cuerpo avanzó un par de pasos más antes de desplomarse.

Franciscus miró al cadáver.

Después miró sus pantalones.

Seguían en su sitio.

Respiró aliviado.

Había conseguido derrotar a su primer no-muerto de aquella misión conservando, además, una parte razonable de su dignidad.

Terminó de colocarse correctamente la armadura y sus ropas y se acercó al cadáver.

Entonces se detuvo.

Las tumbas del camposanto estaban intactas.

Pero delante de él había un muerto caminante.

Aquel zombi había tenido que salir de alguna parte.

Franciscus miró el cuerpo del zombi. Parecía "fresco" y entonces algo le vino a la mente.

-No puede ser.

Se agachó junto al cadáver. Vio un extraño cinturón alrededor de la cintura y, detrás, una cuerda rota. Examinó el terreno y entre la maleza podían distinguirse perfectamente las pisadas irregulares que había dejado la criatura al avanzar por el bosque.

Venía de allí.

Embargado por una repentina sensación de urgencia, Franciscus echó a correr siguiendo el rastro, con la espada todavía en la mano y una plegaria a Lathander entre los labios.

Se abrió paso entre árboles, ramas y matorrales hasta que el terreno se despejó. Frente a él había un claro y, en ese claro, un antiguo mausoleo.

Y entre él y el mausoleo, un montón de zombis atados.

En otro lugar, al mismo tiempo...

-¿Dónde está?

Los presentes guardaron silencio, temiendo abrir la boca.

-He hecho una pregunta.

Uno de ellos reunió finalmente el valor suficiente para hablar.

-Se ha escapado, señor.

La figura se quedó mirándolo.

-¿Se ha escapado?

El hombre asintió.

-¿Esto es en serio?

Volvió a asentir, esta vez algo más despacio.

Hubo unos segundos de silencio.

-¿Quién fue el encargado de comprar las cuerdas?

Nadie respondió.

La figura entrecerró los ojos.

-Decidme, por favor, que no fue Cicatero.

Silencio.

-No fue él, ¿verdad?

El hombre tragó saliva.

—Sí fue él, señor.

La figura cerró los ojos.

Respiró profundamente.

-Me estáis diciendo que habéis mandado al hombre más agarrado de todo Amn a comprar las cuerdas con las que debíamos mantener atados a los zombis...

Se hizo otro silencio.

-...y que por eso uno se ha escapado.

El hombre asintió.

-Sí, señor.

-Tenemos a los malditos lathanderitas en el pueblo y se os ha escapado un zombi. Como lo encuentren, estamos condenados.

-Pero, señor, podemos empezar el ritual.

La figura lo miró fijamente.

-Traed al maldito caminante, panda de borregos inútiles.
 

Hawkrylly

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Crónica de Franciscus Alba Argentea, Paco. Dawnvale Parte II​

Cuando Franciscus vio a los caminantes atados, soltó un respingo. Muchos parecían relativamente recientes y había una particularidad que se repetía en todos ellos: les habían cortado la garganta.

La conclusión era clara: los desaparecidos estaban allí y los números cuadraban, a grandes rasgos.

En cuanto los caminantes notaron la presencia del paladín, comenzaron a agitarse, tirando de sus ataduras. Las cuerdas se tensaron y algunas empezaron a ceder.

Del mausoleo salieron seis hombres encapuchados. Uno de ellos contempló a Franciscus durante unos segundos.

—¿Solo han mandado a uno? Cicatero, baja y avisa al señor. Tenemos visita. Y no vuelvas a ahorrar en putas cuerdas, imbécil.

Una de las figuras encapuchadas asintió y bajó corriendo las escaleras del mausoleo.

El que parecía estar al mando volvió su atención hacia Franciscus.

—Bueno, bueno, lathand...

No llegó a terminar. Uno de los caminantes había conseguido soltarse. Se abalanzó sobre el encapuchado y le mordió en el cuello.

Franciscus arqueó ligeramente una ceja.

—Vaya. Parece que el mal contiene la semilla de su propia destrucción.

Sonrió.

Elevó entonces una plegaria a Lathander e imbuyó su espada de magia sagrada. Pidió por las almas de aquellas personas, desaparecidas y convertidas en caminantes, y comenzó a avanzar hacia ellas.

Un pensamiento fugaz cruzó su cabeza.

Son muchos. Tendría que dar aviso.

Era lo sensato.

Entonces tuvo otro pensamiento bastante más interesante.

No hace falta.

Había nacido para aquello. En el informe pondría que no había tiempo.

Cargó en línea recta hacia el primero de los caminantes. La criatura se había soltado y adelantado al resto. Franciscus ni siquiera apuntó, simplemente dejó caer la espada sobre ella; las llamas divinas que hacían refulgir el acero hicieron el resto.

Mientras tanto, los encapuchados trataban de sobrevivir al problema que ellos mismos habían creado. De los seis que habían salido del mausoleo, uno había bajado de nuevo para avisar a su señor, otro estaba siendo la cena de una de sus víctimas, un tercero se encontraba rodeado y los otros tres no parecían tener demasiado claro dónde meterse para escapar de su destino.

Ver trabajar a Franciscus Alba Argentea era un placer difícilmente descriptible. Cuando tenía un arma en la mano, era poesía en movimiento.

Los caminantes no tenían nada que hacer. Atados o no, uno tras otro fueron cayendo bajo el filo sacralizado de su espada. Las fintas y movimientos que Franciscus era capaz de realizar enfundado en una armadura completa carecían de sentido para el común de los mortales. Donde otros habrían encontrado peso y resistencia, él parecía encontrar únicamente impulso.

Tajo.

Paso.

Giro.

Otro caminante cayó.

Tal era su habilidad que uno de los encapuchados llegó a quedarse inmóvil durante unos instantes, maravillado ante el trabajo del artesano purificador de la no-muerte. Fue un error.

Otro caminante, aparentemente más interesado en vengarse de sus captores que en admirar el espectáculo, se encargó de él. Franciscus continuó avanzando. Ya solo quedaban dos encapuchados.
 

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