Crónica de Franciscus Alba Argentea, Paco. Dawnvale Parte II
Pero las tumbas estaban intactas.
No había tierra removida, lápidas desplazadas ni señal alguna de que faltasen cuerpos. Franciscus recorrió el lugar varias veces antes de admitir que quizá habían partido de una premisa equivocada. Tal vez las desapariciones no tuvieran nada que ver con la no-muerte. Podría tratarse simplemente de bandidos o de cazadores de esclavos sin demasiados escrúpulos.
Fue entonces cuando la naturaleza llamó.
Franciscus miró a su alrededor.
Miró las tumbas.
Volvió a mirar a su alrededor.
Había cosas que un hombre decente no hacía, y orinar sobre los muertos estaba bastante arriba en la lista.
Salió apresuradamente del camposanto, atravesó unos matorrales y se internó unos metros en el bosque en busca de un lugar algo más apropiado.
La gente tiende a pensar que una buena armadura son todo ventajas.
No lo son.
Especialmente cuando uno necesita orinar.
Lo que debería haber sido una operación sencilla se convirtió rápidamente en un enfrentamiento entre Franciscus Alba Argentea y varias piezas de metal diseñadas específicamente para impedir que cualquier objeto alcanzase determinadas partes de su anatomía.
Después de unos instantes de lucha, el paladín consiguió finalmente retirar la pieza pertinente y hacer lo que había ido a hacer.
Victoria.
Mientras volvía a colocarla en su sitio, escuchó un ruido a sus espaldas.
Franciscus se quedó inmóvil.
Otro ruido.
Esta vez más claro.
Venía de entre los árboles.
Llevó instintivamente la mano hacia la empuñadura de su espada mientras terminaba de ajustar como podía la armadura.
-¿Quién va? -preguntó Franciscus.
No recibió respuesta alguna.
De entre los árboles apareció una figura humana. Al principio, Franciscus pensó que podía tratarse de algún aldeano, pero arrastraba una pierna y uno de sus brazos miraba para donde no era. Además, su cabeza estaba girada de un modo bastante antinatural.
No había duda.
Era un zombi.
La noche se había puesto interesante.
Franciscus desenvainó su espada.
El encuentro habría sido bastante sencillo para un paladín entrenado como él, pero resulta complicado pelear mientras intentas evitar que se te caigan los pantalones, y el zombi no tenía pinta de poseer la cortesía necesaria para darle tiempo a terminar de vestirse.
La criatura se abalanzó sobre él.
Franciscus retrocedió un paso, sujetándose como pudo los pantalones con una mano mientras mantenía la espada en la otra. Esquivó el primer ataque y, haciendo verdaderos malabares, consiguió girar sobre sí mismo y descargar un tajo limpio sobre el cuello de la criatura.
La cabeza del zombi salió despedida.
El cuerpo avanzó un par de pasos más antes de desplomarse.
Franciscus miró al cadáver.
Después miró sus pantalones.
Seguían en su sitio.
Respiró aliviado.
Había conseguido derrotar a su primer no-muerto de aquella misión conservando, además, una parte razonable de su dignidad.
Terminó de colocarse correctamente la armadura y sus ropas y se acercó al cadáver.
Entonces se detuvo.
Las tumbas del camposanto estaban intactas.
Pero delante de él había un muerto caminante.
Aquel zombi había tenido que salir de alguna parte.
Franciscus miró el cuerpo del zombi. Parecía "fresco" y entonces algo le vino a la mente.
-No puede ser.
Se agachó junto al cadáver. Vio un extraño cinturón alrededor de la cintura y, detrás, una cuerda rota. Examinó el terreno y entre la maleza podían distinguirse perfectamente las pisadas irregulares que había dejado la criatura al avanzar por el bosque.
Venía de allí.
Embargado por una repentina sensación de urgencia, Franciscus echó a correr siguiendo el rastro, con la espada todavía en la mano y una plegaria a Lathander entre los labios.
Se abrió paso entre árboles, ramas y matorrales hasta que el terreno se despejó. Frente a él había un claro y, en ese claro, un antiguo mausoleo.
Y entre él y el mausoleo, un montón de zombis atados.
En otro lugar, al mismo tiempo...
-¿Dónde está?
Los presentes guardaron silencio, temiendo abrir la boca.
-He hecho una pregunta.
Uno de ellos reunió finalmente el valor suficiente para hablar.
-Se ha escapado, señor.
La figura se quedó mirándolo.
-¿Se ha escapado?
El hombre asintió.
-¿Esto es en serio?
Volvió a asentir, esta vez algo más despacio.
Hubo unos segundos de silencio.
-¿Quién fue el encargado de comprar las cuerdas?
Nadie respondió.
La figura entrecerró los ojos.
-Decidme, por favor, que no fue Cicatero.
Silencio.
-No fue él, ¿verdad?
El hombre tragó saliva.
—Sí fue él, señor.
La figura cerró los ojos.
Respiró profundamente.
-Me estáis diciendo que habéis mandado al hombre más agarrado de todo Amn a comprar las cuerdas con las que debíamos mantener atados a los zombis...
Se hizo otro silencio.
-...y que por eso uno se ha escapado.
El hombre asintió.
-Sí, señor.
-Tenemos a los malditos lathanderitas en el pueblo y se os ha escapado un zombi. Como lo encuentren, estamos condenados.
-Pero, señor, podemos empezar el ritual.
La figura lo miró fijamente.
-Traed al maldito caminante, panda de borregos inútiles.