Crónica de Franciscus Alba Argentea, Paco. Dawnvale Parte V
Habían pasado veintiocho minutos.
Al fondo de las escaleras, Cicatero veía caer a su compañero entre asustado, maravillado y horrorizado. En lugar de frenarse en cada tramo, parecía ganar velocidad y se dirigía directamente hacia él y, por tanto, hacia el altar.
Cicatero no dudó. No había manera de detenerlo sin correr el riesgo de tocar el altar. Dio un paso a la derecha. Contempló cómo su compañero alcanzaba el altar y ambos desaparecían en una explosión de energía mágica.
Entonces comenzó a escuchar el ruido de unos pasos acorazados y apresurados bajando las escaleras.
Cicatero, aparte de ser un rata profesional, se había criado en el Distrito de los Ríos y sabía muy bien cómo pasar desapercibido. Se pegó a un lado de la escalera, fuera de la vista de quien estuviera descendiendo, con un único plan en mente:
Salir de allí como alma que lleva el diablo.
Mientras buscaba la oportunidad de escabullirse, miró hacia su señor.
Maximilian estaba estupefacto.
Boqueaba como un pez, intentando encontrar algo coherente que decir mientras contemplaba lo que quedaba de meses de trabajo.
Pero ese ya no era problema de Cicatero.
—Mierda, mierda, mierda... Espero que esté entero... —decía Franciscus mientras bajaba las escaleras.
Llegó abajo sorprendido de no ver al hombre que había caído. Un fuerte olor a ozono y a cerdo quemado impregnaba la estancia.
Entonces reparó en el único hombre que quedaba allí.
Era alto y delgado, con una figura estilizada que sus largas vestiduras negras hacían parecer todavía más esbelta. Tenía el rostro pálido y anguloso, de facciones duras, enmarcado por una melena oscura que caía alrededor de sus hombros. Sus ojos, hundidos e intensos, permanecían clavados en los restos humeantes de lo que, hasta hacía apenas unos instantes, había sido un altar.
Sus ropajes eran negros y elaborados, cubiertos de bordados, símbolos y ornamentos que Franciscus no necesitó estudiar demasiado para comprender su naturaleza. Todo en aquel hombre parecía cuidadosamente elegido para transmitir exactamente la misma idea: poder, muerte y una enorme afición por el dramatismo.
No era difícil adivinar a qué se dedicaba.
Maximilian Vhal no tenía simplemente aspecto de nigromante.
Tenía aspecto de haber dedicado una cantidad considerable de tiempo a asegurarse de tener aspecto de nigromante.
Y, sin embargo, en aquel preciso instante toda aquella cuidada presencia resultaba bastante menos impresionante. Maximilian seguía con la boca entreabierta. Franciscus miró a un lado. Luego al otro. Después volvió a mirar al nigromante.
—Perdone... ¿Ha visto dónde ha ido el hombre que acaba de caer por las escaleras?
Maximilian lo miró extrañado. Sabía que se estaba haciendo el tonto, tenía que estar haciéndose el tonto. Aquel paladín debía de llevar tiempo estudiando todos sus movimientos. De otro modo, era imposible que hubiera conseguido desmontar de forma tan precisa un plan que había requerido meses de preparación. No iba a caer en aquella provocación.
Entonces un ataque de furia arrasó cualquier rescoldo de compostura que pudiera quedarle.
—¡MESES! ¡MESES! ¡TODO MI TRABAJO A LA MIERDA!
El grito resonó por toda la cámara.
Maximilian cerró los ojos durante un instante, respiró profundamente y agitó ligeramente la cabeza. Debía recuperar la compostura. Enderezó la espalda, adoptó una de sus poses más ensayadas y, con una sonrisa de suficiencia y un gesto altanero, miró al hombre que tenía enfrente.
—Debéis de llevar tiempo siguiendo mi rastro, señor. Reconozco que no esperaba que nadie pudiera frustrar mi plan de una forma tan... creativa. Usar a uno de mis propios subordinados como arma... —Maximilian comenzó a aplaudir lentamente—. Menuda explosión con la que marcharse.
Mientras tanto, Cicatero, con el sigilo de un gato, puso el primer pie en las escaleras.
Franciscus miró al nigromante con absoluta confusión.
—¿Me está diciendo que ese olor es el señor al que traté de salvar tirándolo por las escaleras?
Franciscus se quedó pensativo durante un instante.
—Y, además... ¿quién carajo es usted?
Maximilian lo observó con suspicacia.
—¿Pretendéis hacerme creer que no sabéis quién soy?
—No tengo ni la menor idea. Pero para eso están las presentaciones. Yo soy Franciscus Alba Argentea, paladín novel de Lathander.
Maximilian guardó silencio durante unos instantes.
Paladín novel.
Tenía que estar riéndose de él, pero no le haría perder la compostura dos veces en un día. No a él. Se irguió, echó los hombros hacia atrás y alzó ligeramente el mentón. La sonrisa de suficiencia regresó a su rostro. Si aquel muchacho quería presentaciones, tendría una presentación.
—Entonces escuchad y recordad bien el nombre del hombre que decís no conocer. Soy Maximilian Vhal, Señor de la Mortaja, Custodio del Umbral Silente, Heraldo del Último Ocaso, Maestro de la Carne Inerte y futuro vencedor de la muerte.
Hubo una pausa. Franciscus elevó una ceja, pensativo.
—A alguien le gusta mucho el sonido de su propia voz... Diría que es un placer, Maxi, pero no lo tengo nada claro.
La sonrisa de Maximilian se borró de un plumazo.
—¿Cómo?
—Maxi, lo otro es demasiado complicado.