solilokio
Adorador del Gordo
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El Rastreador Errante
La niebla del bosque de Amn olía a hierba húmeda, mierda de ciervo y pino. en la ciudad marineros medio ebrios y mercaderes que guardaban sus cofres como si fueran corazones latiendo, apareció un hombre que no encajaba con el bullicio. No hablaba, no reía, no negociaba. Caminaba con la calma de un depredador que ya conoce a su presa.
Ibrak, ese era el nombre que corría en tabernas y campamentos, acompañado siempre de rumores: cazador de muertos, perro de Kélemvor, ladrón de tumbas. Nadie sabía cuál parte era verdad y cuál mentira, pero todos coincidían en algo: si el rumor mencionaba sangre y cadáveres, él estaba cerca.
Había nacido en una aldea que ya no existía, borrada del mapa por la peste de un liche. De niño aprendió a rezar en los muros fríos de un monasterio, pero abandonó la fe como quien escupe vino agrio. Encontró su propia manera de servir al dios de la Muerte: rastrear a los que burlaban la tumba y devolverlos al silencio… aunque en el camino también llenara su bolsa con los tesoros de los malditos.
No era un héroe, ni pretendía serlo. Cuando no cazaba, bebía hasta perder el juicio y se dejaba caer en los brazos de mujeres de mala vida. “Celebrar que aún respiro”, decía, como si el simple hecho de estar vivo fuera un insulto a la Muerte misma.
Ahora, los rumores lo habían arrastrado hasta Amn: una ciudad enana saqueada por muertos que nunca dejaron de caminar, tesoros enterrados bajo ruinas recién abiertas y nombres prohibidos que se susurraban en las calles como plegarias al revés.
Ibrak llegó al puerto con las botas llenas de barro y la mirada de alguien que ya había visto demasiado. Nadie lo detuvo. Nadie lo saludó. Nadie lo reconoció. Pero los que lo miraron a los ojos jurarían, más tarde, que aquel hombre no había llegado buscando fortuna… sino siguiendo un rastro invisible, como si algo —o alguien— lo hubiera llamado desde la oscuridad misma.
Y cuando los muertos caminaran de nuevo, sería él quien dejaría huellas en sus huesos.
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