Capítulo 1:
Pasarían muchos años antes de que
Julieth olvidase el invierno en que descubrió la muerte. Su madre le había contado en algunas de sus historias que hay algunas imágenes de la infancia que se quedan grabadas a fuego en el baúl de la mente como si se tratasen de cuadros pintados con un detalle casi onírico, al que siempre puedes volver y, por más que hayan quedado atrás, ese escalofrío que te eriza la piel siempre vuelve abrigado por el recuerdo. Habían pasado incontables horas de viaje desde la capital en aquel carruaje infernal, cuyo traqueteo amenazaba con lesionar a sus pasajeros, hacia la pequeña villa de
Dhédluk. La familia de
Drachen Noylen, el padre de
Julieth, había perdido a uno de sus últimos miembros y tras el aviso por escrito, la familia del arcano mystrense se puso en marcha a fin de dejar todos los posibles asuntos cerrados y darle sepultura a la ahora difunta madre del arcano.
Julieth estaba acostumbrada a las risueñas bromas de
Sea, su madre, que se divertía sacando de quicio a
Drachen diciéndole que nunca había sido un aventurero de verdad porque su inicio en el oficio no había tenido un momento trágico. Sin embargo, aquella vez una sombra de dolor había oscurecido el rostro de
Drachen de forma permanente y a su vez había silenciado la voz de
Sea, lo que convertía aquel viaje en un augurio de lo que pasaría años después.
* * * * * * *
El rostro de la anciana gozaba de tanta paz que casi parecía que dormía plácidamente y aquello, lejos de entristecer a la joven, la hizo sonreír débilmente. Se volvió para mirar a su padre y pudo ver como ese rostro que siempre parecía tenerlo todo bajo control se derrumbaba por completo en un mar de lágrimas que brotaban de sus ojos.
Julieth desvió la mirada a su madre, que la contemplaba con su aspecto entristecido y asintió a una pregunta que la joven no había llegado a pronunciar nunca.
Julieth se acercó abrazando con fuerza la pierna de su padre más este no se movió ni un dedo. Supo entonces lo que realmente significaba aquello y cayó en la cuenta de que algún día, por aterrador que fuese pensarlo, ella tendría que enfrentarse a lo mismo.
Cuando cerraron el féretro,
Julieth se percató del símbolo que había grabado en su superficie. Un brazo esquelético sosteniendo una balanza que reinaba por encima de la frase en khondazano: “El Señor del Juicio me convoca ante él, y yo acudiré”. La joven Noylen releyó incontables veces aquella frase durante todo el entierro, como si esperase encontrar en ella un reflejo que le anunciase el destino que le deparaban los días venideros.
- ¿Quieres preguntarme algo? - la voz conciliadora de su madre la sacó de sus pensamientos, mientras la rodeaba con los brazos desde atrás.
- ¿Eso nos pasará a todos? - Respondió
Julieth en un hilo de voz que precedió a unos segundos de silencio. La joven apartó finalmente la mirada del ataúd y buscó la mirada de su madre.
- Sí, nos ocurrirá a todos. Pero esto no es malo, ¿sabes? Todo debe tener un inicio y un fin.
- Papá parece triste -suspiró la joven, aferrando bien los brazos de su madre.
-Yo no quiero que os vayáis.
-Te prometo, Jul, que pasarán muchísimos años antes de que tengas que pensar en eso. Yo no te abandonaré nunca y tu padre, aunque lo ves triste ahora, tampoco nos fallará.
-¿Promesa de meñique? - la niña extendió el dedo pequeño de su diestra hacia su madre,
Sea y sonrió débilmente.
- Promesa de meñique -repitió la madre con cierta solemnidad, entrelazando el meñique con su hija y dedicando una sonrisa reconfortante.
-Y ahora, ve con tu padre, en estos momentos tiene que tenernos cerca a todos.
* * * * * * *
Las nubes oscuras que habían empezado a engullir el cielo durante lo que duró el entierro se terminaron convirtiendo en una tormenta que se abatió sobre el pueblo. Conforme iba cayendo la noche, el cielo se iba transformando en una bóveda plomiza que ensombrecía el pueblo con un tono de pesar. Los primeros relámpagos iluminaron el cielo acompañados de un viento fuerte y un aguacero.
Julieth permanecía apoyada en el vano de la ventana del cuarto que habían alquilado para ella en una posada del pueblo. Su madre había sugerido en varias ocasiones el pasar un rato con ella, pero la niña había declinado todas las ofertas. Ciertamente le gustaba sentarse junto a la ventana cuando llovía con fuerza, ya que era como si el tiempo le diese una tregua en su “estresante” vida de niña de ciudad. Una tregua en la que una podía dejarlo todo y sencillamente perderse en el repiqueteo de la lluvia contra el techado de madera. Casi se había dejado vencer por el sueño que poco a poco se abalanzaba sobre ella cuando algo llamó su atención.
Saliendo de una de las casas que había cerca de allí y lanzándose bajo la lluvia con un paso tranquilo vio a un hombre que se dirigía hacia la posada. Iba cubierto por una capa y una capucha, y portaba entre sus manos un bulto de tela que a todas luces parecía un libro bastante pesado que trataba de mantener a salvo del clima. Cuando estuvo apunto de entrar en la posada, se detuvo en seco y alzó la mirada hacia la ventana donde estaba la niña. Allí, bajo la lluvia, Julieth pudo ver con claridad a su cansado padre,
Drachen, que le devolvía una mirada seria al principio, pero que transformó en una sonrisa débil mientras sacudía una mano a modo de saludo. Tras ello, se adentró en el edificio.