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Julieth Noylen

Zai

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Introducción.




El frío aliento del invierno se colaba en la estancia por aquel pequeño agujero en la pared de la mazmorra. Tan solo un leve atisbo de luz entraba desde el exterior, que perfilaba con poco detalle el cuerpo maltrecho de una mujer de pelo oscuro y mirada triste. La mujer inspiró profundamente y, cerrando los ojos, dejó caer la cabeza contra la fría piedra a la par que hacía tintinear los grilletes que la mantenían rea. Se mantuvo inmóvil durante unos minutos y tras ello, empezó a tararear una canción infantil, perdida en un recuerdo.​

- ¿Pensáis hablar ya? - Una voz grave y desgastada por el tiempo emergió desde la oscuridad de la esquina, interrumpiendo la tonadilla.

- ¿Qué clase de triste historia esperas que te cuente, mi querido carcelero? - respondió la mujer resoplando.

- Quiero que me contéis el motivo de por qué los matasteis a todos - respondió la otra voz, amenazante. - Sabíais que la ley iba a caer sobre vos como un lobo hambriento, ¿por qué lo hicisteis? ¿Creíais que no ibais a terminar siendo juzgada?

- Nadie puede escapar al juicio
- la mujer desvió la mirada hacia la oscura esquina donde esperaba su interlocutor y la luz iluminó durante un instante un brillo de fanatismo en su mirada. - La noble leyó un conjuro de un viejo libro que hizo despertar de su eterno descanso a la joven que encontrasteis ahogada y que yo misma enterré. Y los guardias que deberían haberla detenido estaban demasiado ocupados contando monedas, ¿cómo debería haber reaccionado? ¿cómo habrías reaccionado tú? Hmpf… Alcé la voz en nombre del Juez y ella ordenó a los seis guardias que se deshiciesen de mí.

-¿Por qué no pedisteis ayuda? Alguien que fuese testigo para que no terminaseis aquí
- recriminó el carcelero, algo molesto por lo que acababa de oír.

- Lo hice. Cuando desenvainé mi espada pedí ayuda al Señor de los Muertos y sé que fue testigo de lo ocurrido pues la hoja de mi espada prendió en llamas como respuesta a mi súplica. Ellos habían cometido el más grave de todos los crímenes y Kélemvor los reclamaba. Hubiese sido una descortesía hacerle esperar - chasqueó la lengua y negó levemente con la cabeza.

- Cuéntame, ¿cómo has terminado así, Jul? -dijo el carcelero de pronto en un tono triste, similar al que un amigo utilizaría presa de la impotencia.

-¿Sabes Krei? Yo no siempre fui así… Yo…-dejó ir la sacerdotisa un suspiro pronunciado, cerrando los ojos. - Lo cierto es que… -carraspeó - Bueno, todo comenzó cuando…
 
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Zai

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Capítulo 1:


Pasarían muchos años antes de que Julieth olvidase el invierno en que descubrió la muerte. Su madre le había contado en algunas de sus historias que hay algunas imágenes de la infancia que se quedan grabadas a fuego en el baúl de la mente como si se tratasen de cuadros pintados con un detalle casi onírico, al que siempre puedes volver y, por más que hayan quedado atrás, ese escalofrío que te eriza la piel siempre vuelve abrigado por el recuerdo. Habían pasado incontables horas de viaje desde la capital en aquel carruaje infernal, cuyo traqueteo amenazaba con lesionar a sus pasajeros, hacia la pequeña villa de Dhédluk. La familia de Drachen Noylen, el padre de Julieth, había perdido a uno de sus últimos miembros y tras el aviso por escrito, la familia del arcano mystrense se puso en marcha a fin de dejar todos los posibles asuntos cerrados y darle sepultura a la ahora difunta madre del arcano.

Julieth estaba acostumbrada a las risueñas bromas de Sea, su madre, que se divertía sacando de quicio a Drachen diciéndole que nunca había sido un aventurero de verdad porque su inicio en el oficio no había tenido un momento trágico. Sin embargo, aquella vez una sombra de dolor había oscurecido el rostro de Drachen de forma permanente y a su vez había silenciado la voz de Sea, lo que convertía aquel viaje en un augurio de lo que pasaría años después.



* * * * * * *

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El rostro de la anciana gozaba de tanta paz que casi parecía que dormía plácidamente y aquello, lejos de entristecer a la joven, la hizo sonreír débilmente. Se volvió para mirar a su padre y pudo ver como ese rostro que siempre parecía tenerlo todo bajo control se derrumbaba por completo en un mar de lágrimas que brotaban de sus ojos. Julieth desvió la mirada a su madre, que la contemplaba con su aspecto entristecido y asintió a una pregunta que la joven no había llegado a pronunciar nunca. Julieth se acercó abrazando con fuerza la pierna de su padre más este no se movió ni un dedo. Supo entonces lo que realmente significaba aquello y cayó en la cuenta de que algún día, por aterrador que fuese pensarlo, ella tendría que enfrentarse a lo mismo.

Cuando cerraron el féretro, Julieth se percató del símbolo que había grabado en su superficie. Un brazo esquelético sosteniendo una balanza que reinaba por encima de la frase en khondazano: “El Señor del Juicio me convoca ante él, y yo acudiré”. La joven Noylen releyó incontables veces aquella frase durante todo el entierro, como si esperase encontrar en ella un reflejo que le anunciase el destino que le deparaban los días venideros.

- ¿Quieres preguntarme algo? - la voz conciliadora de su madre la sacó de sus pensamientos, mientras la rodeaba con los brazos desde atrás.
- ¿Eso nos pasará a todos? - Respondió Julieth en un hilo de voz que precedió a unos segundos de silencio. La joven apartó finalmente la mirada del ataúd y buscó la mirada de su madre.
- Sí, nos ocurrirá a todos. Pero esto no es malo, ¿sabes? Todo debe tener un inicio y un fin.
- Papá parece triste -suspiró la joven, aferrando bien los brazos de su madre. -Yo no quiero que os vayáis.
-Te prometo, Jul, que pasarán muchísimos años antes de que tengas que pensar en eso. Yo no te abandonaré nunca y tu padre, aunque lo ves triste ahora, tampoco nos fallará.
-¿Promesa de meñique? - la niña extendió el dedo pequeño de su diestra hacia su madre, Sea y sonrió débilmente.
- Promesa de meñique -repitió la madre con cierta solemnidad, entrelazando el meñique con su hija y dedicando una sonrisa reconfortante. -Y ahora, ve con tu padre, en estos momentos tiene que tenernos cerca a todos.


* * * * * * *

Las nubes oscuras que habían empezado a engullir el cielo durante lo que duró el entierro se terminaron convirtiendo en una tormenta que se abatió sobre el pueblo. Conforme iba cayendo la noche, el cielo se iba transformando en una bóveda plomiza que ensombrecía el pueblo con un tono de pesar. Los primeros relámpagos iluminaron el cielo acompañados de un viento fuerte y un aguacero.

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Julieth permanecía apoyada en el vano de la ventana del cuarto que habían alquilado para ella en una posada del pueblo. Su madre había sugerido en varias ocasiones el pasar un rato con ella, pero la niña había declinado todas las ofertas. Ciertamente le gustaba sentarse junto a la ventana cuando llovía con fuerza, ya que era como si el tiempo le diese una tregua en su “estresante” vida de niña de ciudad. Una tregua en la que una podía dejarlo todo y sencillamente perderse en el repiqueteo de la lluvia contra el techado de madera. Casi se había dejado vencer por el sueño que poco a poco se abalanzaba sobre ella cuando algo llamó su atención.

Saliendo de una de las casas que había cerca de allí y lanzándose bajo la lluvia con un paso tranquilo vio a un hombre que se dirigía hacia la posada. Iba cubierto por una capa y una capucha, y portaba entre sus manos un bulto de tela que a todas luces parecía un libro bastante pesado que trataba de mantener a salvo del clima. Cuando estuvo apunto de entrar en la posada, se detuvo en seco y alzó la mirada hacia la ventana donde estaba la niña. Allí, bajo la lluvia, Julieth pudo ver con claridad a su cansado padre, Drachen, que le devolvía una mirada seria al principio, pero que transformó en una sonrisa débil mientras sacudía una mano a modo de saludo. Tras ello, se adentró en el edificio.
 
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Capítulo 2:



La joven Julieth empujó con ambas manos la pesada puerta de hierro que encerraba el camposanto. Avanzó a paso temeroso por la tierra quebradiza que se escondía tras una fina capa de niebla, esperando encontrarse algún monstruo horrible como los que aparecían en las historias de su madre Sea, más no fue así. Cientos de lápidas cuyos nombres estaban borrados brotaban de la niebla, custodiadas por estatuas de celestiales y diablos de todo tipo. Había algo extraño en la tensión desmedida y la postura que tomaban los cuerpos de aquellas pétreas siluetas fantasmales, así como en la mueca cruel de sus rostros ocultos tras una inmovilidad que tan sólo parecía aparente. La visión espectral de aquel lugar, tan solo se veía acrecentada por algunos árboles secos de ramas retorcidas y el silencio que lo inundaba todo, sin más ruido que los pasos de la niña al deambular por aquel lugar.

Jul se detuvo frente a la puerta de una cripta y observó, con cierta curiosidad, el símbolo del stone-figure-2516104_12801212.pngbrazo esquelético sujetando la balanza que estaba grabado en la madera oscurecida. Lo observó detenidamente, tratando de discernir qué clase de secretos se escondían tras él cuando algo la sacó súbitamente de sus pensamientos.

El grito de una mujer tremendamente familiar atravesó la madera como un puñal atraviesa la carne y un instante más tarde, el símbolo del Juez empezó a sangrar y deformarse lentamente. Julieth, invadida por un valor para ella desconocido, abrió la puerta rápidamente y corrió escaleras abajo. Las paredes se deformaban a su paso entrelazándose con una oscuridad irreal, rostros difuminados parecían estar atrapados en las piedras que formaban aquel túnel más no se paró a ver ninguno de ellos. El tiempo que pasó corriendo por aquel laberíntico pasillo era algo que no podría responder: Podrían haber pasado dos minutos o dos horas, más ella no estaba cansada lo más mínimo. Llegó a una enorme bóveda circular llena de estatuas de piedra cuyo acabado era sublime, con una expresión de horror dibujado en sus rostros. Todas las figuras de piedra estaban encerradas en diferentes jaulas de hierro negro. En el centro de la sala, un altar de hueso sobre el que había tumbada y encadenada una mujer de empírica y familiar belleza: Su madre. Un enorme tomo se descansaba abierto junto a ella sobre un pequeño atril de madera que parecía dispuesto con tal fin. El ritualista, un hombre encapuchado, con una túnica que danzaba sinuosa entre el negro y el gris ceniza, sujetaba con ambas manos una daga ritual retorcida mientras pronunciaba las palabras de un conjuro. Cuando este finalizó, el hombre alzó la mirada hasta posarla en la joven, esbozó una sonrisa demacrada y clavó la daga en el pecho de la mujer con fuerza.


57b4cf2f7bcc1a4af468a44cc5583dcd.jpgLa niña se despertó en su habitación compungida por completo. Estaba algo sudada, con el pecho acelerado y temeroso el pulso. “Solo ha sido una pesadilla” pensó, tratando de recobrar la calma. Se sentó en el borde de la cama, balanceando los pies que quedaban en el aire y suspiró. Impulsándose con ambas manos, saltó de la cama y caminó hacia la puerta, tratando de sacar de su cabeza aquel sueño tan turbador.​

- La enfermedad cayó sobre ella, Drachen. No pudimos hacer nada. Estaba ya muy mayor y Kélemvor reclamó su alma.

- Tu incompetencia permitió que enfermase y muriese, Jerrick -respondió Drachen en un reproche - Eso no fue lo que acordamos.

- Lo intentamos todo. Ten fe, amigo mío.

-¿Fe dices? Hm… La magia lo habría solucionado. La magia puede solucionarlo todo, si estás dispuesto a pagar el precio.

Jul entreabrió la puerta con sigilo y el haz de luz la deslumbró. Concentró la mirada sin saber a ciencia cierta qué podría revelar la imagen más allá del umbral. Contuvo el aliento y en unos instantes, pudo ver a su padre ataviado con unos cómodos ropajes y a un hombre vestido de guardia frente a él. No podía ver bien a la visita, pero debía ser un hombre bastante grande por la voz grave que traía consigo.

- No blasfemes, Drachen -inquirió el guardia.- Tus palabras no traerán más que desgracias. Es normal que estés dolido por la pérdida de un ser querido, pero la muerte no es sino el principio de un largo camino. No se puede vivir para siempre.

- Deja de repetirme el dogma del Juez como si fuese una verdad universal -respondió Drachen con cierta molestia - Diez años viviendo aventuras juntos y todo lo resuelves con esa frase. La has dicho tanto que ha perdido hasta el sentido.

Una leve carcajada brotó de la figura del guardia -¿Sea está bien?

- Preocupada por mí. Ya sabes cómo es..

- ¿Y Julieth?

- Jul no entiende lo que significa nada de esto. Apenas tiene recuerdos de mi madre y cuando recuperemos la rutina lo olvidará. En fin, gracias por venir a darme una conversación que nadie te ha pedido.

-Qué borde eres. ¿Qué piensas hacer con el libro? ¿Tengo que preocuparme por lo que piensas hacer con él?

- Tan solo guardarlo en un lugar seguro, Jerrik. Tendría narices que tras tantos años de combatir la no muerte me pusiese a jugar con ella. ¿Es que no confías en mí, o qué?

81cc7452ea1ba2cf2fe6511d4dc5b439.png- Si no confiase en ti no dejaría que te lo llevases. En fin, me retiro. Cuídate, hermano. El Juez te guarde en vida y te juzgue en la muerte.

Drachen cruzó el pasillo por delante de ella, sosteniendo un pesado libro envuelto en una manta en dirección a su habitación. Julieth esperó a escuchar la puerta de la habitación de sus padres cerrarse y se sentó en la butaca de su habitación, junto a la ventana. Desde allí podía escuchar a sus padres hablar a media voz en su habitación. El resto de la estancia se sumió en el silencio nocturno, apenas enturbiado por el sonido de la lluvia en el exterior. Se perdió en sus pensamientos, dándole vueltas a la pesadilla que había tenido y a la conversación que había escuchado. ¿Tendrían alguna relación?​
 
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