Kalganath sacó la botella de ron que nunca faltaba en su mochila, la abrió y la alzó en dirección a Med.
- Por las mujeres de moral relajada- dio un trago y le pasó la botella. Med le dio un lingotazo con una sonrisa de oreja a oreja.
-No me importaría tener algo de buena conversación mientras alegro la vista. Quizá fuera mejor una refinada y elegante casa de citas.
- Puede haber un amplio abanico de ofertas, no veo por qué iba a estar reñida una cosa con la otra. Recuerdo que en la Perla, en Esmeltaran, puedes acostarte con hombres, con mujeres, y con una tercera opción…que no me he atrevido a probar porque me preocupa seriamente lo que puedo encontrarme detrás de la puerta numero tres.
- Dónde ha una ciudad hay una posada y más tarde, un putiferio, Kal. Es el ciclo de la vida. Quizá lo del hogar sea muy mala idea. Soy capaz de acostumbrarme…
- No te estrujes el magín. Soñar con un hogar y una placida jubilación está bien, Med, pero somos lo que somos, y hacemos lo que hacemos. A mi me acabará matando algún marido celoso y a ti algún nigromante encabronado.
- Mira, igual tenemos suerte y es un marido nigromante encabronado. Así al menos nos reiríamos un rato.
- Morir riendo. Eso sí que sería echarle cojones. Una buena muerte.
Esa madrugada en los llanos había un alma y a Kalganath le costaba
imaginarse un paz mayor que la de saborear un puro y conversar con un amigo mientras tras un largo día de trabajo. Los dos volvieron a sumirse en sus propias reflexiones.
- Un día duro.
- Si…