Para deleite de los parroquianos, Anney gira la carta , el comodín es usado y el duelo lanzado. Ahora si, por mi honor, no queda sino batirnos.
La vida no es más que un envalentonado duelo, si te confias, si te relajas, te da el zarpazo definitivo.
Pasé una gran parte de la noche sin dormir, presa de sudores febrosos que proporcionaban a mi testa una actividad desesperante, imaginando y acrecentando con ello los sudores. Pensé que la enfermedad me había de sobrevenir aquella noche, obligándome a quedarme en cama. ¿Qué sería entonces de mi honor?, ¿Dónde quedaría el apellido Gallaway?
Felizmente, con los primeros rayos de Lazhánder, los sudores habían desaparecido y mi templanza era la de siempre; si había de morir aquella noche la acompañaría de la mejor canción compuesta en todo Tethyr y más allá. El día pasó tranquilo, demasiado lento; y las campanas de la cercana Casa de los Leales, dieron las siete. La que dice llamarse mi madre entró en mi habitación con el rostro de una mujer a la que la mala vida le ha robado años prematuramente, y con un tenso abrazo, demostró el cariño escaso que me tenía. No debía ser tan escaso o quizá es que el interés de tener techo, comida y cama le había devuelto el instinto materno. Pues apartándose con brusquedad me ofreció un valioso presente.
—Aquí tienes una espada ropera de renombre, forjada en
Aguas Profundas y empuñada por un afamado bardo de
Nuevo Olamn, tu padre. Mira si el peso te conviene.—Arrojando el arma sobre mi lecho.
No era momento de pensar en pasados y familia, aquello ya llegaría.Tomé la ropera examinando su punta, su agarre y el peso al blandirla en el aire. Me satisfizo. Leí las letras que llevaba grabadas y que apenas se veían, pero no entendí nada de aquellas palabras: Tel'Teukiira. Tampoco era algo para pensar hoy. Era una magnífica ropera, a la que bauticé igual que todas sus predecesoras; Romancera. —Con tan buen arma no hay honor que perder.
Las campanas volvieron a sonar.
No había vítores, no había júbilo, ni siquiera parecía que rodaran las jarras de mano en mano. Tan solo el cadente golpeteo de las gotas de lluvia rompían la quietud del ocaso que mis ojos contemplaban en ese instante desde el marco de una puerta que quizá cerraba por última vez, por alguna razón pensé que me recordaba todo aquello a una marcha fúnebre. Tal vez lo era, pues si el loco ganaba mi muerte en vida estaba clara. Caería mi hogar entregado a su antojo, perdería mi casa, ni nombre y mi dicha. Por no hablar de que no había nacido yo para ser entregada a hombre sin mi consentimiento. Si ganaba, y eso esperaba, la casa volvería a pertenecernos, mi honor en cambio, dependería de una entrega absurda. Más vale el absurdo que perder el honor, la libertad y la alegría.
Bajo tan halagüeños pensamientos me amparaba, mientras mantenía mis dedos entretenidos en cerrar cada uno de los cordeles que ajustaban mi juboncillo y procuraba que el silencio reinante no me amilanase. Quedé complacida al cerrar el último, calé mi capelina, me rodee con la capa y salí con bravura al encuentro de mi rival.
El silencio me acompañó hasta el lugar elegido como campo de honor. La plaza de los Leales se encontraba menos llena de los esperado, aún así había concurrencia. Me acerque al extremo que me correspondía, marcado con mi pañuelo de arpa bordada y contemplé sin disimulo a mi contrincante.
El mote de “El Loco” se lo había ganado a conciencia, sin embargo nada en su porte altivo, eso sí, ni en su rostro imberbe hacía ver a priori su locura interior. Me erguí en mi posición:
—Aquí me tienes, presta y dispuesta a recuperar aquello que es mio. —Lancé mi cinto a veinte pasos de la marca trazada por los pañuelos como campo de duelo y observe, ahora sí, en los ojos de mi rival un atisbo de esa locura. Esperaba que no pidiese muerte.
—Valiente eres Anney Gallaway, pero tus esfuerzos serán nulos. Pienso cobrarme lo que por derecho le gané a tu madre. Y hace ya demasiado tiempo que te tengo ganas.
Eche hacia atrás con un limpio manotazo mi capa como única respuesta y avancé tres pasos desde el marcaje del pañuelo. Me detuve, al mismo tiempo que lo hacía mi rival y coloqué a la altura de mis ojos a la nueva Romancera e inhale todo el aire posible esperando la señal.
—¿A muerte o a honor y sangre? —Se escuchó una ronca voz rompiendo el silencio—.
—A honor —respondimos el loco y yo al unísono—.
—Aceptados los términos, que comience el duelo.
Los hierros se cruzaron al mismo tiempo. El loco conservaba su sangre fría, dando muestras de más bravura que de locura. Era ducho en el combate y tenía una fuerza corporal superior a la mía, que, acusaba ahora la noche de sudores e inquietudes pasada. Paré sus estocadas sin avanzar por el momento, tratando de cansarlo. La resistencia y mi paciencia pareció irritarle, dejando asomar la pasión y locura. Aproveché este cambio para avanzar y tratar de asestar una herida en el pecho, pero la resistencia con que lo frenó, me hizo trastabillar. Rodé y me incorporé; el loco había palidecido, muestra clara que todo habitante de Velen conoce, de que en un hombre valiente la palidez no indica sino un exceso de ira. Dicho y hecho, con gran furor y pericia redobló sus ataques, batiendo mi espada y lanzándose sobre mí, que hubiera perecido sin duda alguna de no haber agudizado el ingenio. Me agaché para esquivar la espada y en el ejercicio, descolgué la capa de mi hombro y la lancé a la altura de los ojos de mi adversario. Basto con llevar sus manos a apartar la capa para que lanzase a mi Romancera contra él, con tan buena dicha que rozo carne y cayó al suelo. El loco se levantó en seguida, y su primer impulso fue recoger su espada, que se le había escapado en la caída, al girarse para arremeter contra mí pudo ver la sonrisa que enmarcaba mi semblante, advirtiendo entonces el loco, que su camisa estaba ensangrentada y su honor perdido.
***
Mi honor intacto, mi nombre con mayor sonoridad y en cuanto a los términos acordados sobre lo que había de conseguirle al Loco, no lo veía ni tan mal. Si había que embarcarse hacia aquellas tierras exóticas, lo haría. Sí había que conseguir una pluma de loro albino maztiqueño, lo haría. Solo había algo que me inquietaba, y no era la promesa hecha al loco, más bien la palabra que dí al espectro de la mujer que había pagado su deuda y cuya alma por fin había dejado este mundo. ¿En qué estaba pensando al prometer semejante locura?
—Dame tu palabra, Anney
—¿No sería más sensato y mejor empleada la palabra en estudiar otro tipo de arte?
—No Anney; alzados, espectros e insepultos; estúdialos.
—No me place, pero si así tu alma descansa por fin, lo haré. —Terminé por entregar mi palabra, pensando que acababa de salir de un lance y ya estaba metiéndome en otro—.
—Tu palabra, Anney
—Pardiez, que la tienes. — Mi sello quedó estampado en aquella carta de palabra, y nuevamente de honor. Pero como suelo decir: ¡Al demonio con las consecuencias!.
Sin embargo, no es hora de lamentos. Mío es el honor, mío el nombre que resuena en las calles de Velen y yo; acabo de burlar de nuevo a la mala suerte. Dichoso y expectante se presenta mi destino y para ello, qué mejor, que componer ahora sí, la mejor canción.