Litronaman
Cuenta secreta de Kronos
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El aire estaba cargado de presagios cuando el mago rojo se levantó de su sofá carmesí de la Biblioteca de Ecos, donde había estado trabajando toda la noche en la visualización de posibilidades del destino. Su túnica olía a hierro y azufre, pero sobre su hombro brillaba una pluma blanca que jamás debería estar ahí, un recordatorio de aquel pacto imposible con la solar. Tres actos heroicos… tres cadenas de luz que le mantenían sujeto al destino.
El nombre de Khazad Gromdal resonaba en su mente como un tambor de guerra, no era un lugar que amara, ni un pueblo al que jurara lealtad, sino todo lo contrario, un hogar de prepotentes e hipócritas robusto, y sin embargo, en lo profundo, sabía que allí se decidiría una parte de su redención, o de su condena.
—Otro de mis actos... —murmuró mientras cerraba el grimorio con un golpe seco—. No por ellos, no por sus muros, ni sus deidades, ni sus altares, ni su gente, lo hago porque así lo dicta el pacto... y porque en cierto modo, soy un HÉROE... — decía mientras empezaba a reírse a carcajadas esto último, parecía un completo loco, sin embargo, convencido de lo que decía.
Caminó hasta el atril donde reposaba su báculo, de madera ennegrecida, coronado por una gema incandescente. Al tocarla, el fuego se avivó como un corazón latiendo,y, en ese fulgor rojo, la pluma blanca pareció arder por un instante, aunque no se consumió.
Con paso firme, se envolvió en su capa y salió a los caminos, no iba como aliado ni como salvador, iba como un condenado que buscaba torcer su destino. Defendería Khazad Gromdal, sí, pero lo haría a su manera... ¿con llamas, sangre y ese extraño resplandor ajeno que aún no había aprendido a rechazar?
Y mientras avanzaba, en algún lugar muy lejos, el eco de lo que él pensaba que era una risa solar resonaba sobre él como un juramento.
El nombre de Khazad Gromdal resonaba en su mente como un tambor de guerra, no era un lugar que amara, ni un pueblo al que jurara lealtad, sino todo lo contrario, un hogar de prepotentes e hipócritas robusto, y sin embargo, en lo profundo, sabía que allí se decidiría una parte de su redención, o de su condena.
—Otro de mis actos... —murmuró mientras cerraba el grimorio con un golpe seco—. No por ellos, no por sus muros, ni sus deidades, ni sus altares, ni su gente, lo hago porque así lo dicta el pacto... y porque en cierto modo, soy un HÉROE... — decía mientras empezaba a reírse a carcajadas esto último, parecía un completo loco, sin embargo, convencido de lo que decía.
Caminó hasta el atril donde reposaba su báculo, de madera ennegrecida, coronado por una gema incandescente. Al tocarla, el fuego se avivó como un corazón latiendo,y, en ese fulgor rojo, la pluma blanca pareció arder por un instante, aunque no se consumió.
Con paso firme, se envolvió en su capa y salió a los caminos, no iba como aliado ni como salvador, iba como un condenado que buscaba torcer su destino. Defendería Khazad Gromdal, sí, pero lo haría a su manera... ¿con llamas, sangre y ese extraño resplandor ajeno que aún no había aprendido a rechazar?
Y mientras avanzaba, en algún lugar muy lejos, el eco de lo que él pensaba que era una risa solar resonaba sobre él como un juramento.




