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La Casa de los Lobos

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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4/7/07
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I.

Jamás se había visto algo igual en el Salón de la Luna. O al menos, no desde hacía mucho tiempo.

El recinto estaba a rebosar, repleto de actividad y vida. Se podían oír risas cristalinas en sus pasillos: las de niños que habían encontrado entre aquellas paredes sacras un nuevo patio de juegos, uno en el que caballeros y sacerdotisas se convertían, con resignación y paciencia, en el objeto habitual de travesuras y provocaciones inocentes. También había alegría, aunque contenida y teñida por la melancolía del dolor reciente.

No había habitaciones suficientes para tantas personas. Hubo que retirar temporalmente las gradas de la nave central, dejando el espacio libre para instalar literas y lugares de descanso. A quienes aún estaban heridos o convalecientes se les otorgó el privilegio de la privacidad, para que pudieran recuperarse lejos de ojos indiscretos, por misericordiosos que fuesen.

Pero si bien había motivos para la alegría, ella pudo verlo.

Vio cómo algunos eran incapaces de recobrar la sonrisa. Como entre las conversaciones, los susurros y las palabras de agradecimiento también había espacio para el llanto discreto y los sollozos ahogados.

Era el pesar acumulado de varios años. De agravios. De lo perdido y de aquello que jamás podría recuperarse.

Era un dolor que ninguna victoria podía compensar.

Un dolor del cual no conseguía abstraerse.

- Gwenaëlle.

La voz arrancó a la semielfa de su tren de pensamiento. Giró la cabeza. Estaba sentada en un sillón, con un libro entre las manos.

Sariel se arrodilló frente a ella. Tomó su mano: la suya, callosa, marcada por cicatrices viejas y otras que no lo eran tanto. Su mirada azul, clara como el hielo, se fijó en la suya; ámbar encontrándose con escarcha. Gwenaëlle no pudo sostenerla y la apartó.

-Dime.

-¿Te encuentras mejor?


-Sí -mintió.

Ambas lo sabían. Se conocían desde hacía años.

Y Sariel fingió no haberse dado cuenta.

-Necesito que me hagas un favor, querida. Te necesito.

Aquel ruego sonó en su pensamiento, imperioso. Gwenaëlle fijó su atención en ella, dejando el libro que sostenía sobre una mesilla. Ni siquiera recordaba de qué trataba. Había permanecido una hora entera en la misma página, con la mente atrapada en momentos que ya habían sucedido.

Tomó aire y lo soltó despacio.

-Dime.

-Alguien desea verte.

--

Gwenaëlle acompañó a la iluskana por los pasillos del Salón hasta una habitación del ala de enfermos. La estancia estaba siendo atendida por varias sacerdotisas de confianza. Se habían dispuesto varios camastros, la mayoría ocupados. Al fondo había un hombre que la semielfa no tardó en reconocer.

Sus ojos vidriosos eran incapaces de alzarse del suelo. Su tez morena, bronceada por el sol, contrastaba con la palidez casi enfermiza de sus piernas.

-Ese hombre quiere darte las gracias, Gwen -dijo Sariel - Dijo que solo quiere hablar contigo.

Gwenaëlle parpadeó. Se fijó en él. Vio en su rostro el semblante de la derrota; el de alguien que lo había perdido todo y estaba demasiado cansado como para pretender otra cosa que cerrar los ojos y dejar de existir.

Ella conocía bien ese sentimiento. Era uno que había experimentado en múltiples ocasiones. En años recientes, con una frecuencia inconfesable; aunque no se permitía a sí misma reconocerlo bajo ningún concepto. Donde otros veían oscuridad, ella debía buscar la luz y mostrársela. Donde otros cargaban con dolor, ella debía tender la mano y aliviarlo.

Lo que ella sintiese era irrelevante.

Se acercó al camastro. Sariel asintió y, sin decir nada más, se retiró. Dio indicaciones a las sacerdotisas para que les concediesen privacidad, y pronto corrieron las cortinas. Gwenaëlle se quedó a solas con el hombre, que no había levantado la mirada del suelo en ningún momento.

La tenía fija en sus piernas.

Como si fuesen algo fuera de lugar. Algo ajeno a su propio cuerpo.

-Me dijeron que me buscabais.

El hombre no contestó. Simplemente asintió. Poco a poco, levantó la mirada y se encontró con la de la semielfa. Gwenaëlle reparó en lo que había tras ella, y el corazón se le encogió ligeramente. Le ofreció una mano y apretó su hombro con suavidad.

-Estoy aquí para escucharos. Contadme vuestra historia.

Y el hombre se la contó.

No lo hizo de inmediato. Al principio solo hubo silencio. Un silencio denso, vacilante. Un océano de duda y vergüenza. Gwenaëlle no lo apremió. Permaneció a su lado, con una mano aún posada sobre su hombro, esperando.

Al cabo de un rato, él habló.

Le contó que se llamaba Hadran.

Había sido arriero antes de la caída de Imnescar. Un campesino con una mula, una esposa, dos hijos y una deuda pequeña que esperaba saldar antes del hibernal. Sus preocupaciones, antes de que llegasen los dragones, eran banales: lo que costaba el grano, los dolores de espalda y las discusiones ocasionales con su mujer porque a veces, gastaba más de la cuenta en vino.

Luego llegó la guerra.

Muchos murieron. Pero a otros les esperó un destino peor que la muerte. Una existencia que solo podía prolongarse claudicando, obedeciendo ciegamente.

No tenían opción. O obedecían a los ogros, o morían.

Y a veces, ni tan siquiera eso era suficiente.

Hablaron durante horas. Y no por rememorar aquellas vivencias en voz alta, la dimensión del horror perdía un ápice de su crudeza; pero la alternativa, que era enterrarlas, acabaría por consumirlo. Nunca supo que fue de su mujer. Ni de sus hijas. Llegado un momento, Hadran solo contaba con su vida y con la amenaza de que si no obedecía, se le encontraría "otra utilidad".

Gwenaëlle no le pidió que explicase a qué se refería. No hacía falta.

Permaneció a su lado en silencio, escuchando cuanto él pudo contar y también cuanto no pudo. Cuando la voz de Hadran comenzó a quebrarse, ella no intentó consolarlo. Porque no era lo que él quería. No era lo que necesitaba. Hadran simplemente quería contar su historia; quería que alguien le reconociese como lo que era antes de ser mercancía: un hombre con una vida, con un pasado.

Y quizás, con el tiempo, se atrevería a pensar que también tendría un futuro por delante.
 

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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II.

Siempre fue aversa al dolor. Pero el dolor ajeno le resultaba especialmente insoportable.

Gwenaëlle se encontraba una vez más en el camino, acompañando a una compañía de una treintena de caballeros. La mitad portaba mantos azules, siendo el símbolo de las siete estrellas envolviendo una mirada femenina, un identificador inconfundible. A su lado caminaban otros centinelas portando pesados guanteletes.

El resto de la compañía era ecléctica. Muchos voluntarios. Amigos. Gente de confianza a la que se le había llamado, con una advertencia: debían guardar silencio hasta haber regresado del lugar; si es que lo hacían con vida.

Sariel les explicó todo cuando llegaron al lugar de la convocatoria. A dónde iban. Qué se esperaban encontrar. Los riesgos que debían asumir. Buscaban un lugar, un campamento, una especie de granja, ubicada en una zona remota de los Dientecillos, tras un pantano y riscos serpenteantes. La guarida de la casa “mercantil”, la Casa de los Lobos.

Sospechaban que esta “organización”, otrora un grupo mercenario que había hecho fortuna durante la Guerra de Imnescar, había amasado una fortuna “reeducando” a esclavos de la caída ciudad. Las indagaciones en Caravassar dieron sus frutos y se logró que los ogros, desconociendo la treta, revelasen que acumulaban cerca de doscientas personas en un lugar solo conocido como “la Granja”.

Reeducación. Era un eufemismo cruel. Esta consistía en una serie de vivencias atroces: palizas, humillaciones, amenazas, y enseñanzas, que no buscaban otra cosa que quebrar el espíritu de los cautivos. Con el paso de los años, completamente indefensos ante los ogros, muchos acabaron por asumir estas existencias, confiando en que, a la mañana siguiente, todo resultase más llevadero.

Por las miradas que portaban en el asentamiento de Caravassar, Gwenaëlle sabía que eso no era así. El dolor se enquistaba, se hacía más profundo. Sus almas se vaciaban con cada afrenta. Hasta que se convertían en menos cascarones, en poco más que bestias que sabían hablar y obedecer.

Fue por eso, y no por otro motivo, por el cual había decidido participar en este rescate. Era una locura, adentrarse en tierras tan peligrosas sin llevar poco más que lo puesto y siguiendo planos inciertos, trazados por un esclavo que pudieron liberar decanas antes. Era quizás un bálsamo frágil, una gota de agua en un océano de lágrimas, sufrimiento y padecimientos de un pueblo cuya memoria era cada vez más frágil y brumosa en el colectivo amniano. Era sin duda un ataque de sentimentalismo.

Pero también era una promesa que había escrito desde su propio dolor. Era una condena personal que debía enfrentar; una que realizó en su propio edicto.

Y si no era capaz de afrontar esa promesa, el peso de la culpa se encargaría de consumirla completamente.
--​

El avance por los Dientecillos no tardó en recordarles hasta qué punto aquella decisión había sido una locura. El pantano que debían cruzar se extendía ante ellos hasta el horizone, cubierto de juncos podridos, aguas negras y raíces que sobresalían del barro. Cada paso hundía sus botas hasta los tobillos. Era una marcha dura, inclemente; especialmente para los caballeros. Pero no por ello cejaron. Ni por un instante vacilaron.

Zyon y Loreliel dieron la primera alarma.

- Kóbolds.

Las criaturas surgieron de innumerables escondrijos entre los matorrales. Lanzaron una lluvia de saetas que fue resistida gracias a una organización impecable. Las criaturas ladraron y bramaron, lanzándose sobre la compañía, rodeándola. Algunos incluso se descolgaron desde los árboles bajos, cubiertos de barro hasta parecer parte del propio pantano.

Pese a la desventaja proporcionada por el terreno, la diferencia de tamaño y la preparación del grupo permitió que se sobrepusiesen con soltura. Fueron rechazando a estas guerrillas con muchas artes: con la espada, el conjuro y la plegaria. Gwenaëlle y Alexander se aseguraron de que las heridas fuesen evitadas a lo mínimo; no se podían permitir dejar a nadie atrás, ni cargar con tullidos.

Todo debía salir bien.

Tras abatir a una treintena, algunas criaturas decidieron recalibrar sus lealtades y salieron corriendo despavoridas. Los ataques cesaron y tomaron distancia, dejando al grupo recorrer sus dominios bajo la ley más vieja entre las bestias: el poderoso impone su voluntad.

Tomaron rumbo hacia el noreste. Sus pasos los guiaron hacia riscos profundos que desembocó en una zona boscosa, pero los árboles eran extraños. Raquíticos. Las bases de los troncos parecían haberse quemado y emanaban una podredumbre oscura, como si se estuviesen deshaciendo poco a poco. La hierba crecía en parches a lo largo del paisaje, entre rocas ennegrecidas y charcas poco profundas.

Avanzaron con extrema cautela. Pero eso no bastó.

Pronto descubrieron que el ambiente hostil tenía un motivo de ser. De pronto, uno de los caballeros gritó: un moco oscuro se hacía adherido a su yelmo y trataba de envolverlo. Otros empezaron a subir por las piernas de varios centinelas. Alexander y Evelyn, ambos, sufrieron quemaduras atroces cuando la gelatina que se precipitó de unas ramas les cayó encima.

Eran cienos. Cientos de ellos.

Algunos se confundían con el suelo. Otros colgaban de las paredes de roca, achechantes y transparentes, esperando el roce de una armadura, de una bota, de una mano imprudente. Más de una vez tuvieron que retroceder, formar de nuevo, quemar el camino o arrastrar a alguien antes de que aquellas masas informes devorasen sus extremidades.

La compañía avanzó como pudo. Los conjuros de fuego abrieron senderos entre la materia viscosa. Las espadas sirvieron de poco, salvo para apartar masas que volvían a reunirse sobre sí mismas con una paciencia repugnante. Los caballeros tuvieron que ayudarse unos a otros, tirando de correas, capas y brazos, mientras que Gwenaëlle y otros asistiéndola en las tareas tuvieron que contener quemaduras, limpiar ácido de la piel y espaciar sus plegarias, con el fin de que el Poder les durase hasta el final de la jornada.

Y no podían detenerse demasiado.

Esa era la crueldad del camino. Cada herido exigía compasión pero cada pausa los acercaba al fracaso. Gwenaëlle lo sintió de una forma especialmente amarga mientras vendaba una mano abrasada y veía, por el rabillo del ojo, cómo Sariel ordenaba reanudar la marcha con aparente indiferencia. Pero ella la conocía bien. No había dureza en su voz, sino pragmatismo.

Todo debía salir bien. Y saldría bien.

Al caer la tarde, la zona de cienos empezó a quedar atrás. Los árboles raquíticos dieron paso a un terreno más seco, aunque no menos áspero. Los riscos se cerraban a ambos lados como mandíbulas de piedra, obligándolos a avanzar en columnas estrechas, con los escudos levantados y las miradas fijas en las alturas. Nadie hablaba ya salvo para dar órdenes. Incluso los más impulsivos habían perdido el deseo de romper el silencio.

Entonces, Velatha alzó una mano. La compañía se detuvo.

Más allá de una hondonada pedregosa, parcialmente oculto entre peñascos, empalizadas torcidas y columnas de humo, se extendía el campamento. No era una fortaleza, pero tampoco una guarida improvisada. Estaba rodeado por una muralla de piedra, de varios metros de altura. En lo alto de los puestos de vigía asomaban figuras hercúleas, descomunales.

Incluso desde la distancia resultaban inconfundibles. Ogros.

Los pies le dolían de tanto caminar. Pero el cansancio no era suficiente impedimento para amortiguar el pesar que sentía. Su mirada se detuvo en la silueta del asentamiento; ya no era una pretensión, ni una promesa que había hecho a la diosa. Era un lugar real que ahora se presentaba ante ella.

La Granja.

Y pese a que la habían encontrado, lo difícil estaría aún por realizarse.​
 
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