Skotos
El cansino de los Siervos de Hueso
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I.
Jamás se había visto algo igual en el Salón de la Luna. O al menos, no desde hacía mucho tiempo.
El recinto estaba a rebosar, repleto de actividad y vida. Se podían oír risas cristalinas en sus pasillos: las de niños que habían encontrado entre aquellas paredes sacras un nuevo patio de juegos, uno en el que caballeros y sacerdotisas se convertían, con resignación y paciencia, en el objeto habitual de travesuras y provocaciones inocentes. También había alegría, aunque contenida y teñida por la melancolía del dolor reciente.
No había habitaciones suficientes para tantas personas. Hubo que retirar temporalmente las gradas de la nave central, dejando el espacio libre para instalar literas y lugares de descanso. A quienes aún estaban heridos o convalecientes se les otorgó el privilegio de la privacidad, para que pudieran recuperarse lejos de ojos indiscretos, por misericordiosos que fuesen.
Pero si bien había motivos para la alegría, ella pudo verlo.
Vio cómo algunos eran incapaces de recobrar la sonrisa. Como entre las conversaciones, los susurros y las palabras de agradecimiento también había espacio para el llanto discreto y los sollozos ahogados.
Era el pesar acumulado de varios años. De agravios. De lo perdido y de aquello que jamás podría recuperarse.
Era un dolor que ninguna victoria podía compensar.
Un dolor del cual no conseguía abstraerse.
- Gwenaëlle.
La voz arrancó a la semielfa de su tren de pensamiento. Giró la cabeza. Estaba sentada en un sillón, con un libro entre las manos.
Sariel se arrodilló frente a ella. Tomó su mano: la suya, callosa, marcada por cicatrices viejas y otras que no lo eran tanto. Su mirada azul, clara como el hielo, se fijó en la suya; ámbar encontrándose con escarcha. Gwenaëlle no pudo sostenerla y la apartó.
-Dime.
-¿Te encuentras mejor?
-Sí -mintió.
Ambas lo sabían. Se conocían desde hacía años.
Y Sariel fingió no haberse dado cuenta.
-Necesito que me hagas un favor, querida. Te necesito.
Aquel ruego sonó en su pensamiento, imperioso. Gwenaëlle fijó su atención en ella, dejando el libro que sostenía sobre una mesilla. Ni siquiera recordaba de qué trataba. Había permanecido una hora entera en la misma página, con la mente atrapada en momentos que ya habían sucedido.
Tomó aire y lo soltó despacio.
-Dime.
-Alguien desea verte.
--
Gwenaëlle acompañó a la iluskana por los pasillos del Salón hasta una habitación del ala de enfermos. La estancia estaba siendo atendida por varias sacerdotisas de confianza. Se habían dispuesto varios camastros, la mayoría ocupados. Al fondo había un hombre que la semielfa no tardó en reconocer.
Sus ojos vidriosos eran incapaces de alzarse del suelo. Su tez morena, bronceada por el sol, contrastaba con la palidez casi enfermiza de sus piernas.
-Ese hombre quiere darte las gracias, Gwen -dijo Sariel - Dijo que solo quiere hablar contigo.
Gwenaëlle parpadeó. Se fijó en él. Vio en su rostro el semblante de la derrota; el de alguien que lo había perdido todo y estaba demasiado cansado como para pretender otra cosa que cerrar los ojos y dejar de existir.
Ella conocía bien ese sentimiento. Era uno que había experimentado en múltiples ocasiones. En años recientes, con una frecuencia inconfesable; aunque no se permitía a sí misma reconocerlo bajo ningún concepto. Donde otros veían oscuridad, ella debía buscar la luz y mostrársela. Donde otros cargaban con dolor, ella debía tender la mano y aliviarlo.
Lo que ella sintiese era irrelevante.
Se acercó al camastro. Sariel asintió y, sin decir nada más, se retiró. Dio indicaciones a las sacerdotisas para que les concediesen privacidad, y pronto corrieron las cortinas. Gwenaëlle se quedó a solas con el hombre, que no había levantado la mirada del suelo en ningún momento.
La tenía fija en sus piernas.
Como si fuesen algo fuera de lugar. Algo ajeno a su propio cuerpo.
-Me dijeron que me buscabais.
El hombre no contestó. Simplemente asintió. Poco a poco, levantó la mirada y se encontró con la de la semielfa. Gwenaëlle reparó en lo que había tras ella, y el corazón se le encogió ligeramente. Le ofreció una mano y apretó su hombro con suavidad.
-Estoy aquí para escucharos. Contadme vuestra historia.
Y el hombre se la contó.
No lo hizo de inmediato. Al principio solo hubo silencio. Un silencio denso, vacilante. Un océano de duda y vergüenza. Gwenaëlle no lo apremió. Permaneció a su lado, con una mano aún posada sobre su hombro, esperando.
Al cabo de un rato, él habló.
Le contó que se llamaba Hadran.
Había sido arriero antes de la caída de Imnescar. Un campesino con una mula, una esposa, dos hijos y una deuda pequeña que esperaba saldar antes del hibernal. Sus preocupaciones, antes de que llegasen los dragones, eran banales: lo que costaba el grano, los dolores de espalda y las discusiones ocasionales con su mujer porque a veces, gastaba más de la cuenta en vino.
Luego llegó la guerra.
Muchos murieron. Pero a otros les esperó un destino peor que la muerte. Una existencia que solo podía prolongarse claudicando, obedeciendo ciegamente.
No tenían opción. O obedecían a los ogros, o morían.
Y a veces, ni tan siquiera eso era suficiente.
Hablaron durante horas. Y no por rememorar aquellas vivencias en voz alta, la dimensión del horror perdía un ápice de su crudeza; pero la alternativa, que era enterrarlas, acabaría por consumirlo. Nunca supo que fue de su mujer. Ni de sus hijas. Llegado un momento, Hadran solo contaba con su vida y con la amenaza de que si no obedecía, se le encontraría "otra utilidad".
Gwenaëlle no le pidió que explicase a qué se refería. No hacía falta.
Permaneció a su lado en silencio, escuchando cuanto él pudo contar y también cuanto no pudo. Cuando la voz de Hadran comenzó a quebrarse, ella no intentó consolarlo. Porque no era lo que él quería. No era lo que necesitaba. Hadran simplemente quería contar su historia; quería que alguien le reconociese como lo que era antes de ser mercancía: un hombre con una vida, con un pasado.
Y quizás, con el tiempo, se atrevería a pensar que también tendría un futuro por delante.
Jamás se había visto algo igual en el Salón de la Luna. O al menos, no desde hacía mucho tiempo.
El recinto estaba a rebosar, repleto de actividad y vida. Se podían oír risas cristalinas en sus pasillos: las de niños que habían encontrado entre aquellas paredes sacras un nuevo patio de juegos, uno en el que caballeros y sacerdotisas se convertían, con resignación y paciencia, en el objeto habitual de travesuras y provocaciones inocentes. También había alegría, aunque contenida y teñida por la melancolía del dolor reciente.
No había habitaciones suficientes para tantas personas. Hubo que retirar temporalmente las gradas de la nave central, dejando el espacio libre para instalar literas y lugares de descanso. A quienes aún estaban heridos o convalecientes se les otorgó el privilegio de la privacidad, para que pudieran recuperarse lejos de ojos indiscretos, por misericordiosos que fuesen.
Pero si bien había motivos para la alegría, ella pudo verlo.
Vio cómo algunos eran incapaces de recobrar la sonrisa. Como entre las conversaciones, los susurros y las palabras de agradecimiento también había espacio para el llanto discreto y los sollozos ahogados.
Era el pesar acumulado de varios años. De agravios. De lo perdido y de aquello que jamás podría recuperarse.
Era un dolor que ninguna victoria podía compensar.
Un dolor del cual no conseguía abstraerse.
- Gwenaëlle.
La voz arrancó a la semielfa de su tren de pensamiento. Giró la cabeza. Estaba sentada en un sillón, con un libro entre las manos.
Sariel se arrodilló frente a ella. Tomó su mano: la suya, callosa, marcada por cicatrices viejas y otras que no lo eran tanto. Su mirada azul, clara como el hielo, se fijó en la suya; ámbar encontrándose con escarcha. Gwenaëlle no pudo sostenerla y la apartó.
-Dime.
-¿Te encuentras mejor?
-Sí -mintió.
Ambas lo sabían. Se conocían desde hacía años.
Y Sariel fingió no haberse dado cuenta.
-Necesito que me hagas un favor, querida. Te necesito.
Aquel ruego sonó en su pensamiento, imperioso. Gwenaëlle fijó su atención en ella, dejando el libro que sostenía sobre una mesilla. Ni siquiera recordaba de qué trataba. Había permanecido una hora entera en la misma página, con la mente atrapada en momentos que ya habían sucedido.
Tomó aire y lo soltó despacio.
-Dime.
-Alguien desea verte.
--
Gwenaëlle acompañó a la iluskana por los pasillos del Salón hasta una habitación del ala de enfermos. La estancia estaba siendo atendida por varias sacerdotisas de confianza. Se habían dispuesto varios camastros, la mayoría ocupados. Al fondo había un hombre que la semielfa no tardó en reconocer.
Sus ojos vidriosos eran incapaces de alzarse del suelo. Su tez morena, bronceada por el sol, contrastaba con la palidez casi enfermiza de sus piernas.
-Ese hombre quiere darte las gracias, Gwen -dijo Sariel - Dijo que solo quiere hablar contigo.
Gwenaëlle parpadeó. Se fijó en él. Vio en su rostro el semblante de la derrota; el de alguien que lo había perdido todo y estaba demasiado cansado como para pretender otra cosa que cerrar los ojos y dejar de existir.
Ella conocía bien ese sentimiento. Era uno que había experimentado en múltiples ocasiones. En años recientes, con una frecuencia inconfesable; aunque no se permitía a sí misma reconocerlo bajo ningún concepto. Donde otros veían oscuridad, ella debía buscar la luz y mostrársela. Donde otros cargaban con dolor, ella debía tender la mano y aliviarlo.
Lo que ella sintiese era irrelevante.
Se acercó al camastro. Sariel asintió y, sin decir nada más, se retiró. Dio indicaciones a las sacerdotisas para que les concediesen privacidad, y pronto corrieron las cortinas. Gwenaëlle se quedó a solas con el hombre, que no había levantado la mirada del suelo en ningún momento.
La tenía fija en sus piernas.
Como si fuesen algo fuera de lugar. Algo ajeno a su propio cuerpo.
-Me dijeron que me buscabais.
El hombre no contestó. Simplemente asintió. Poco a poco, levantó la mirada y se encontró con la de la semielfa. Gwenaëlle reparó en lo que había tras ella, y el corazón se le encogió ligeramente. Le ofreció una mano y apretó su hombro con suavidad.
-Estoy aquí para escucharos. Contadme vuestra historia.
Y el hombre se la contó.
No lo hizo de inmediato. Al principio solo hubo silencio. Un silencio denso, vacilante. Un océano de duda y vergüenza. Gwenaëlle no lo apremió. Permaneció a su lado, con una mano aún posada sobre su hombro, esperando.
Al cabo de un rato, él habló.
Le contó que se llamaba Hadran.
Había sido arriero antes de la caída de Imnescar. Un campesino con una mula, una esposa, dos hijos y una deuda pequeña que esperaba saldar antes del hibernal. Sus preocupaciones, antes de que llegasen los dragones, eran banales: lo que costaba el grano, los dolores de espalda y las discusiones ocasionales con su mujer porque a veces, gastaba más de la cuenta en vino.
Luego llegó la guerra.
Muchos murieron. Pero a otros les esperó un destino peor que la muerte. Una existencia que solo podía prolongarse claudicando, obedeciendo ciegamente.
No tenían opción. O obedecían a los ogros, o morían.
Y a veces, ni tan siquiera eso era suficiente.
Hablaron durante horas. Y no por rememorar aquellas vivencias en voz alta, la dimensión del horror perdía un ápice de su crudeza; pero la alternativa, que era enterrarlas, acabaría por consumirlo. Nunca supo que fue de su mujer. Ni de sus hijas. Llegado un momento, Hadran solo contaba con su vida y con la amenaza de que si no obedecía, se le encontraría "otra utilidad".
Gwenaëlle no le pidió que explicase a qué se refería. No hacía falta.
Permaneció a su lado en silencio, escuchando cuanto él pudo contar y también cuanto no pudo. Cuando la voz de Hadran comenzó a quebrarse, ella no intentó consolarlo. Porque no era lo que él quería. No era lo que necesitaba. Hadran simplemente quería contar su historia; quería que alguien le reconociese como lo que era antes de ser mercancía: un hombre con una vida, con un pasado.
Y quizás, con el tiempo, se atrevería a pensar que también tendría un futuro por delante.