El amanecer se extendía por el desierto como una herida mal cerrada. Los colores del cielo, lívidos y anaranjados, no traían consuelo, solo la confirmación de que otro día comenzaba. El aire aún estaba quieto, pero pronto herviría. El silencio era casi absoluto, roto apenas por el crujido de la arena bajo el paso de quienes ya se habían puesto manos a la obra.
Nyxaria se sentó en una duna baja, sus ojos oscuros posados en la figura de Vys, cuyas alas negras se agitaban mientras trasladaba piezas de madera rescatadas. Más allá, Druul empujaba parte del bastidor reforzado bajo un sol aún joven pero implacable. Cythera, la genasí de aire, daba instrucciones con su voz cristalina mientras manipulaba con precisión herramientas encantadas. Los observaba desde la distancia. Como siempre. Al principio, la costumbre había sido su escudo: ser la sombra al margen, la presencia callada y afilada que no necesitaba compañía. Pero esta vez había algo más. Una reflexión latente que le revolvía el estómago desde hacía días.
"Te estás ahogando en el reflejo."
Aquella frase, traída del sueño donde la oscuridad tenía voz y alas, no había dejado de resonar. Al principio, no supo entenderla. ¿A qué reflejo se refería? ¿A sus sentimientos? ¿A su deseo de encajar entre aquellos que reían y trabajaban sin arrastrar un velo de muerte sobre los hombros? ¿A la esperanza de una vida común, una en la que pudiera ser solo una alumna más?
Pero en el silencio del desierto, las respuestas se revelaban a quien sabía mirar.
Se estaba ahogando en la idea de no ser nada.
Había permitido que el dolor la arrastrara, que las dudas se instalaran como un cáncer invisible. Había olvidado lo que era. Quién era.
Nyxaria Vel'thorne. Nacida de sangre antigua, marcada por designios oscuros, tocada por fuerzas que desafiaban la comprensión. No una arcanista común. No una víctima. Una fuerza latente. Una bisagra entre mundos.
No más aislamiento. No más autocompasión.
Al día siguiente, se presentó junto al grupo con la espalda erguida y las manos desnudas. No llevaba herramientas, ni sabía usarlas. No podía recitar planos ni calcular resistencias arcanas. Pero sabía observar. Sabía leer el ritmo de un grupo. Y sabía sostenerlo. No con órdenes, sino con presencia. No señalaba errores técnicos, pero sí ofrecía apoyo cuando uno de ellos perdía el ritmo, cuando las manos temblaban por el cansancio o la frustración se reflejaba en las cejas fruncidas. Ella estaba allí, con palabras breves, con un gesto, con una mirada que decía: "Sigo contigo." No fue la ingeniera. Fue el compás. La voz entre murmullos que devolvía la armonía. Cada vez que alguien desfallecía, ella estaba allí. No imponía, ofrecía. No se alejaba, acompañaba. Y cuando el cristal mágico —corazón del nuevo barco— comenzó a emitir pulsos erráticos, fue Nyxaria quien se mantuvo vigilante. Había algo en él que latía con un eco que le era familiar. Como si ambos, cristal y mujer, compartieran un origen lejano. Al tocarlo, sentía como si respirara. Como si, con su aliento, lo mantuviera consciente, negándole la muerte que ya había rozado. Cada noche, cuando los demás dormían, ella se sentaba junto a él. Y susurraba. No conjuros, sino palabras vivas. Compromisos. Juramentos. Recuerdos. No sabía si el cristal podía oírlos. Pero sabía que los aceptaba.
Al tercer día, mientras cargaba un paquete de cables hacia el puente, sintió una mano en la espalda. Tres palmadas breves. El profesor Kerloch, con su eterna túnica encantada y ese aire de genio despistado, le dedicó una mirada entre la aprobación y la ironía a modo de apoyo. No dijo nada. No hacía falta. Se limitó a seguir caminando hasta donde Druul soldaba unas juntas con concentración extrema.
—¡Druul! —exclamó el viejo mago—. ¿Crees que ese movimiento en las dunas se trate de un dragón azul al acecho...?
Nyxaria giró la cabeza al instante. Sabía lo que los dragones significaban para Druul. Lo vio tensarse, agitándose con inquietud.
Se acercó y, con una calma que sorprendente, le puso una mano en la hombrera.
—Céntrate, Druul —dijo, sin burla ni dureza—. Lo estás haciendo muy bien.
Y se quedó con él hasta que su respiración volvió a su ritmo. Después hizo lo mismo con Vys, con Cythera, con los demás. Se movía entre ellos como una corriente subterránea: firme, constante, casi imperceptible, pero útil.
La reconstrucción llevó días, pero cuando el barco al fin se alzó de nuevo, con sus alas de madera, su timón encantado y el cristal respirando con nueva vida, fue Nyxaria quien ayudó a preparar la primera comprobación, asegurándose de que los trabajadores estuvieran listos, hidratados, que nadie estuviera tan agotado como para cometer un error fatal.
El vuelo de regreso a Halruaa fue sereno. Los vientos les acompañaron. Al llegar, los esperaba una comitiva entre vítores, confeti, cantos y ovaciones. Una hazaña. Una epopeya. Honor, gloria. Reconocimiento.
Pero en medio del bullicio, Nyxaria solo sentía un vacío.
¿Valía la pena?
Recordó los cuerpos sin enterrar, los peligros que acechaban entre las dunas, el titán, las bestias que podrían haberlos matado. Recordó la fatiga, el hambre, el miedo de sus compañeros. Y cómo todo aquello había sido enfrentado por orgullo, por fama, por una demostración de poder. Mientras otros reían y bebían, ella observó las luces de la ciudad desde la borda. El cristal seguía palpitando a su lado, como si aún respirara con su aliento.
—Por aplausos —musitó.
Pero en su voz no había resentimiento. Solo comprensión. Había aprendido. Había crecido.
No necesitaba los aplausos. Solo necesitaba recordar quién era. Y qué debía hacer.