DM Faith
Llanero del brasero
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Dicen que todas las calamidades atingen el mundo tres veces.
Tres veces lloró el cielo.
Primero, sobre Athkatla. Después, sobre Imnescar. Y una tercera lluvia llameante abrasó el Bosque de los Dientes Afilados.
Tres lluvias de fuego.
Tres heridas abiertas en la piel del mundo.
En el Distrito del Río, Athkatla se despertó con gritos y humo. Centenares de cascotes llameantes cayeron del cielo sin previo aviso, rompiendo tejados como si fuesen papel mojado. Decenas de piedras fundidas con grabados antiguos, columnas blancas, ruinas que no pertenecían a ningún edificio conocido. Entre los restos, un muro aún humeante mostraba una inscripción escrita con alfabeto élfico, pero suficientemente ajena para que su lectura no fuese evidente. Medio borrada: “Aquí moran aquellos que se entregan a la luz de la noche."
En Imnescar, la abadía de Hydcont fue alcanzada al amanecer. Cientos de pedruscos surcaron el cielo y se incrustaron como puñales en su santuario. Las videntes, que habitualmente escrutan los cielos buscando en las constelaciones pistas sobre la voluntad divina, intuyeron que algo extraño pasaría aquel día. Dieron instrucciones para desalojar los torreones de la abadía. Su intuición resultó certera y no hubo heridos, aunque algunas estructuras cedieron ante impactos directos de los meteoros. Entre ellos, una torre.
En los escombros, hallaron una losa calcinada. Talladas en ella, palabras en espiral:
“Bajo el manto de las estrellas, medraremos."
En los lindes del Bosque de los Dientes Afilados, una tercera lluvia llameante sacudió la tierra. Los árboles ardieron sin consumir su madera. Algunos cazadores atisbaron como criaturas surgieron entre los cascotes y alzaron el vuelo entre el humo, para después desaparecer.
Desde entonces, se habla de una maldición.
La maldición de las estrellas.
En las siguientes noches, las lluvias de meteoros continuaron, impactando en las citadas zonas como una tormenta persistente. Afortunadamente, la dimensión de los asteroides no alcanzaría la virulencia del primer evento. Pero la continuidad del fenómeno empezó a levantar todo tipo de sospechas y elucubraciones: ¿qué estaría pasando? ¿Por qué en esos lugares, y no en otros? ¿Por qué el Consejo de los Seis no hacía nada para evitarlo? ¿Dónde estaban los magos de Capaconjuro cuando se les necesitaba?









