
—Ze lo juro zeñora. Un trozo de ciuda' entero, ahi en medio lo' peñazco —repitió el mozo, adelantando la mano para tomar su pago.
Hacía frío, aunque el sol ya brillaba en lo alto cuando el grupo de expedicionarios se reunio a la vera del antiguo puesto de vigilancia, ya lejos de Kazad Gromdal. Formaban un corrillo que trataba de alejar de sus cuerpos la gelidez, observandose mientras el sol terminaba de tomar su lugar en el firmamento, caldeandolos. No eran mas de una decena, la mayoría muchachos jóvenes de quienes la mujer había comprado sus servicios por unas cuantas monedas. Y un enano, entre ellos, dispuesto a dirigir la expedición entre la nieve.
Aquella montaña era un lugar casi desolado. En su camino se alzaba un viejo puesto de vigilancia, que quizá, en otro tiempo habría tenido un aspecto más solemne. El abandono y la guerra lo habían reducido a poco más que una ruina: un cobertizo roñoso que a duras penas se erguía sobre la nieve, y el par de cabañas desvencijadas que daban cobijo a la guarnición que antaño había vigilado esos caminos.
La nieve se amontonaba sobre sus pies, cayendo lentamente en un bailoteo suave hasta depositarse en sus capas y helar sus manos. Su aliento, completamente visible, forma volutas en el aire frente a ellos mientras sus ojos oteaban en la distancia, tratando de encontrar el trozo de ciudad que el muchacho juraba -y perjuraba- haber oteado. La mujer extendió la mano, depositando algunas monedas que brillaron fugazmente entre los dedos del muchacho antes de desaparecer entre sus pieles.
— Si el muchacho no miente, no estamos lejos ya del objetivo - La mujer habló en netherino, observando a la figura que lo acompañaba, mucho menos protegido de la intemperie que ella, su piel templada por su propio ki para resistir aquellas temperaturas —. ¿Encontraremos algo?
—Es posible que no. Baratijas, quizás. —el hombre ladeó el rostro, contemplándola con el estoicismo que lo caracterizaba, su voz átona y desprovista de emociones —. Espero que almenos sacie tu curiosidad. Podríamos estar en las termas.
—Hm. —la mujer soltó tras ello un bufido, acostumbrada a la complacencia unida a la desgana que el hombre siempre mostraba en sus investigaciones. — Encontremos lo que encontremos, solo quiero asegurarme de que la ciudad esta completamente destruida. Para siempre. —el hombre asintió con suavidad, conforme. —. Y un trofeo. — continuo algo divertida — Soy una sentimental.
Una sonrisa ladina se dibujó entre los labios del hombre, que tomo la iniciativa junto a su explorador. No encontraron resistencia ninguna en su ascenso, las turbas de muertos había avanzado en dirección a Nashkel, lejos de los restos. Los pocos alzados que encontraron a su paso había hallado un rápido fin a manos de sus acompañantes.
Siguieron avanzando con pesadez entre la nieve, en algunos tramos hundidos hasta casi la cintura. Fue tras alcanzar por fin el siguiente pico que vieron, tal y como había dicho el muchacho, un trozo de la ciudad estrellada en una pequeña llanura a sus pies, restos de la joya de Selune, Myth Lharast. Durante siglos había sido el centro de la devoción a la Luna en Amn. Tras casi un milenio desaparecida, oculta en un semiplano, ahora, por fin, había sido arrancada del firmamento.
La mujer encaminó sus pasos ladera abajo, dejándose deslizar por la nieve con rapidez mientras su propia curiosidad la impelía a acercarse, a observar de cerca los restos. Sintió los pasos de su sombra cerca, pegados a ella, más pendiente de su entorno de lo que ella misma se encontraria jamas. Con paso lento se adentró entre los pedruscos, que formaban una imagen lánguida y desesperada, como el cadáver de una civilización. Y allí, entre los vestigios de sus enemigos, la mujer sonrió.
Necesitaba un trofeo.