Agujas de Oro volvió a brillar.
No por el oro —que nunca le falta— sino por la celebración del Sornyn, uno de los Festivales Sagrados de la Amiga del Mercader. Para la ocasión se promulgó la Paz del Mercader durante la decana que duraría la feria, donde todo aquel mercader y artesano que quisiera —y estuviese vivo— pudo acudir y cerrar acuerdos, presumiblemente provechosos, con propios y extraños bajo la proclama —un tanto controvertida— de "Cuando mi enemigo se convierte en mi hermano".
La organización del festival corrió a cargo de doña Arianne Brillalba, syndar de Waukeen y editora de este periódico —este artículo es una colaboración no patrocinada, nada debo y nada me deberán—, que quiso encargar la organización de tres eventos mayores a tres compañías comerciales para que amenizaran las jornadas mayores de la decana: la Casa Aurelion, el consorcio Rundeen y la Casa Gáldrim.
La plaza de la abadía se puso de gala para el día inaugural, que resultó un rugido atronador, pues tras el discurso inaugural de la syndar Brillalba, todos los presentes se lanzaron —unos con más comedimiento que otros— a los puestos comerciales, entre gritos de “¡Cerveza!”, “¡Queso!” o “¡Vino!”; fuerte es la creencia de que los negocios se cierran mejor abriendo el apetito.
Nos acompañó el primer evento mayor corrió a cargo de Lazhaar Aurelion, presidente de la casa comercial homónima. Se propuso, revistiendo la feria de pedagogía, aprender a identificar y tasar con precisión el valor real de los productos. Fueron tres mercancías las que tuvieron que sentir el ojo crítico de quienes acudieron a participar: seda de Esmeltaran, un lingote de las minas de Náshkel y especias de Zazesspur. La gracia, el gancho, el yo-no-se-qué, estaba en saber qué era lo que en verdad aparentaba. ¿El resultado? Lo dejaremos en incógnita, para que el amniano siempre esté alerta.
Tras el jolgorio inaugural, la segunda jornada amaneció con resaca. La lluvia, y esa bruma que a todo galante abruma, hizo que la actividad fuese menor. Aunque todo estaba preparado —incluida una balanza inmensa por cortesía de la Iglesia de Waukeen— para el evento de la Casa Gáldrim, la syndar Brillalba propuso posponerlo hasta la jornada de clausura. En palabras de Talivia Ha’valen, maestre de la compañía: "Parece que si no pueden ser reinas, no vienen".
Pasado el ecuador del festival, la feria recuperó algo de actividad, principalmente venida del sur de los Dientecillos, cuando era el turno para los Rundeen, encabezados por Adrasteia —embajadora de Murann, me dijeron—, para presentar su evento al público. Aunque hubo algún momento tenso entre los soldados murannís y los asistentes del pueblo élfico, podemos asegurar que la Paz del Mercader no se quebrantó, aunque se esgrimieron "palabras gruesas", no del gusto de muchos.
El consorcio ofreció una prueba de azar y "mucha muñeca". A la batuta de Nabil en-Nesyri y apuesta mediante, los concursantes pudieron hacer girar un trompo que decidiría azarosamente qué ocurriría con el montante de cada uno. Los hubo decidieron gastar lo ganado —o lo conservado— en alguno de los puestos comerciales. ¡Que viva el trajín de las monedas!
Las siguiente jornadas se sucedieron con tranquilidad, sin sobresaltos reseñables, amenizadas por espectáculos y concursos menores.
Y es aquí, lector, que llegamos a la jornada de clausura del Sornyn del Año de las Galas Negras. Venidos de la segunda jornada, la Casa Gáldrim presentó el concurso "El Peso Justo". Los concursantes deberían adivinar, a ojo, cuánto pesaba —sin pasarse— voluntarios u objetos que sólo la compañía de Púrskul conocía y el azar decidía; algo de espectáculo, algo de lección, algo de bufonada. Un piano destrozado, unos archivos que no eran tales, un alcalde —de Crimmor—, una maestre —de la Gáldrim—, una paladina —de Sune— y una syndar —de Waukeen, y editora de este periódico—, el concurso concluyó con "La Leyenda de Esmeltaran". No es un pez, pero sí un pedazo. Pregunten, pregunten.
La señora Madeleine Sweeney fue la más precisa y, por tanto, la campeona del juego. Un triunfo que se hizo extensible tras su acalamada actuación, una composición que daba valor al festival Sornyn en tiempos tan pesarosos, y que dio paso a las subastas dirigidas por la syndar, siendo la segunda de ellas —dos cofres de contenido desconocido— la que más rápido escaló. Su contenido sigue siendo un misterio.
Con el brindis y la proclama —copas alzadas con entusiasmo, otras con prudencia— el festival Sornyn llegó a su fin, en paz, y los correveidiles dicen que muchos tratos, de izquierda a derecha y de arriba a abajo, se cerraron. Como va llegando a cierre esta crónica, con las palabras que la syndar Brillalba —editora de este periódico— compartió amablemente conmigo: "No importa qué catástrofe, crisis o calvario sufra esta nación. Siempre sale adelante y el oro siempre fluye".
Por mi parte, querido lector, encontré unos fantásticos chapines nuevos. Chapines de color esmeralda.
—Goyo Chapín, colaborador |