Manny_LoneWolf
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Presente XLVII - La gran noticia
Ahí, en la intimidad de su habitación, la mestiza había sido analizada físicamente y en confianza sobre su estado, por Maël, uno de los sacerdotes del clero sunita. El hombre, que ahora permanecía sentado mientras tomaba algunas notas tras haber recibido respuesta de algunas preguntas, corrigió la posición de sus anteojos con uno de sus dedos índices, aquel libre de la pluma. Fery giró su rostro para mirar por la ventana donde los rayos del sol empezaban a ocultarse debido al atardecer, mezclándose con el color rojizo de las translúcidas cortinas.
—Creo que más o menos ya lo tengo claro —dijo el sacerdote.
La mestiza de orco volvió su mirada hacia el hombre y sus pupilas se dilataron como las de un felino, algo inquieta.
—¿Y bien? —preguntó.
—Vuestro cambio en los senos, la fatiga, las náuseas por la mañana, los calambres en el estómago, la sensibilidad a los olores… —enumeró mientras repasaba sus notas con la pluma, tras haberla girado—. Y también…
—¿También qué?
Maël alzó un poco el mentón y miró con sus ojos de color azul celeste a Fery y a través de los anteojos.
—Los cambios de humor.
La paladina suspiró y luego llevó sus manos al rostro para masajearse las sienes. A la vez, el sacerdote recogió sus cosas para después ponerse en pie, gesto que, fue seguido por Fery.
—No podéis enfermar dada vuestra condición bajo el amparo de nuestra diosa, capitana, así que es posible que hayáis estado ignorando de manera inconsciente todos estos síntomas hasta que han resultado demasiado evidentes.
—¿Ignorarlos? —preguntó la mujer con cierta incredulidad.
—Así es —contestó, asintiendo a la vez que terminaba de guardar los papeles y útiles de escritura—. En ocasiones tratamos de engañarnos a nosotros mismos por evitar algo, como una especie de sistema de defensa. —Suspiró un poco—. No sé si me estoy explicando de manera adecuada.
—Más o menos…
—Quizá tenéis algún motivo para no desear estar embarazada.
Fery parpadeó. No una, ni dos, varias veces, quizá hasta incontables para un minuto de silencio. Maël, por su parte, ladeó un poco la cabeza y aguardó con paciencia, aprovechando para repasar un poco el estado de su túnica de colores rojizos con detalles en blanco perla.
—¿Soy realmente estúpida? —preguntó la mestiza para sí misma, aunque perfectamente audible para ambos—. Por eso Talivia me dijo…
El sacerdote rio con simpatía para negar después con la cabeza, colocando luego una mano en el hombro de Fery.
—No sé si lo sois, capitana, pero: enhorabuena.
Una sonrisa de complicidad y apoyo se dibujó en el rostro de Maël, siendo acompañada por una de tenue por parte de la paladina. Acto seguido, el sacerdote retiró la mano del hombro de la capitana ordenada y luego se encaminó hacia la puerta de salida.
—Avisadme si requerís de algo, ¿de acuerdo? —dijo antes de marcharse.
Ahí, en la intimidad de su habitación, la mestiza había sido analizada físicamente y en confianza sobre su estado, por Maël, uno de los sacerdotes del clero sunita. El hombre, que ahora permanecía sentado mientras tomaba algunas notas tras haber recibido respuesta de algunas preguntas, corrigió la posición de sus anteojos con uno de sus dedos índices, aquel libre de la pluma. Fery giró su rostro para mirar por la ventana donde los rayos del sol empezaban a ocultarse debido al atardecer, mezclándose con el color rojizo de las translúcidas cortinas.
—Creo que más o menos ya lo tengo claro —dijo el sacerdote.
La mestiza de orco volvió su mirada hacia el hombre y sus pupilas se dilataron como las de un felino, algo inquieta.
—¿Y bien? —preguntó.
—Vuestro cambio en los senos, la fatiga, las náuseas por la mañana, los calambres en el estómago, la sensibilidad a los olores… —enumeró mientras repasaba sus notas con la pluma, tras haberla girado—. Y también…
—¿También qué?
Maël alzó un poco el mentón y miró con sus ojos de color azul celeste a Fery y a través de los anteojos.
—Los cambios de humor.
La paladina suspiró y luego llevó sus manos al rostro para masajearse las sienes. A la vez, el sacerdote recogió sus cosas para después ponerse en pie, gesto que, fue seguido por Fery.
—No podéis enfermar dada vuestra condición bajo el amparo de nuestra diosa, capitana, así que es posible que hayáis estado ignorando de manera inconsciente todos estos síntomas hasta que han resultado demasiado evidentes.
—¿Ignorarlos? —preguntó la mujer con cierta incredulidad.
—Así es —contestó, asintiendo a la vez que terminaba de guardar los papeles y útiles de escritura—. En ocasiones tratamos de engañarnos a nosotros mismos por evitar algo, como una especie de sistema de defensa. —Suspiró un poco—. No sé si me estoy explicando de manera adecuada.
—Más o menos…
—Quizá tenéis algún motivo para no desear estar embarazada.
Fery parpadeó. No una, ni dos, varias veces, quizá hasta incontables para un minuto de silencio. Maël, por su parte, ladeó un poco la cabeza y aguardó con paciencia, aprovechando para repasar un poco el estado de su túnica de colores rojizos con detalles en blanco perla.
—¿Soy realmente estúpida? —preguntó la mestiza para sí misma, aunque perfectamente audible para ambos—. Por eso Talivia me dijo…
El sacerdote rio con simpatía para negar después con la cabeza, colocando luego una mano en el hombro de Fery.
—No sé si lo sois, capitana, pero: enhorabuena.
Una sonrisa de complicidad y apoyo se dibujó en el rostro de Maël, siendo acompañada por una de tenue por parte de la paladina. Acto seguido, el sacerdote retiró la mano del hombro de la capitana ordenada y luego se encaminó hacia la puerta de salida.
—Avisadme si requerís de algo, ¿de acuerdo? —dijo antes de marcharse.
(Música)
Por fin en la soledad, Fery tomó asiento en la misma cama y se abrazó sobre sí misma. Cuando se dio cuenta, sus lágrimas caían sobre sus muslos, sintiendo una sensación de presión y falta de aire. Se preguntó si las pociones que Zentakord les había regalado en la boda por fin habían servido o si se traba de otra cosa, pero solo podía ser lo primero, pues su cuerpo únicamente había sido de Brizaelinth desde empezada la relación años atrás. La amalgama de sentimientos la estaba agobiando de tal manera que sentía una leve pérdida de la razón, porque por dentro, y aunque los cambios ya estuvieran de días atrás, era como si hubiesen aparecido de golpe y en aquel preciso instante. Pero había algo más, ¿qué pasaría con su senda? Esta se había caracterizado por ser puramente altruista y sacrificada, y notaba ya como su mente, en ocasiones, le decía algo así como «¡Cuidado!» con según qué riesgos. Pero se puso en pie, agitó la cabeza y secó las lágrimas con uno de sus pañuelos. Después, y sin pensárselo, caminó hasta la otra sala para tomar un buen baño y relajarse.
La incertidumbre, aunque no desapareció, si tomó un cariz más relajado mientras el agua y la espuma de las sales aromáticas cubrían el cuerpo de la mujer ya bien entrada la noche. Fery pensó, aunque más bien esperaba, que Sune no se tomara a mal si llegado el momento necesitaba de un descanso en su senda; al fin y al cabo, el vínculo creado por una madre y sus descendientes era uno de amor bien hermoso y eso podría acercarla más todavía a su diosa. Además, realmente tenía sentido que hubiera logrado concebir, pues la situación parecía favorable a ello tras que la bruma marchara, así como que el destino de su madre por fin estuviera bien atado, y que, sus quehaceres hubieran vuelto a un cauce más tranquilo.
Suspiró profundamente y después se puso en pie para salir de la bañera, secándose luego para finalmente colocarse un batín de seda roja, de tacto suave y agradable. Sus pies desnudos la llevaron frente a su espejo de cuerpo entero y allí observó su reflejo. Con calma, encendió varias velas para que la luz de estas iluminara un poco más la estancia, pero no en demasía, llevando al ambiente al punto adecuado para tratar de encontrar alguna respuesta.
La mestiza miró su cuerpo, viendo ya como la entrada a los treinta años empezaba a notársele. No era algo de lo cual no se hubiera percatado antes, pero todos le decían que estaba más hermosa que antes, se los creyera o no, debido a la madurez. Ahí llevó una mano a su vientre, aquel que pronto estaría pronunciado por mucho que fuese sabedora de algunos trucos para que la ropa se lo pudiera ocultar.
Una sincera sonrisa se formó en los labios y empezó a rezar apenas audible, por su diosa, buscando reafirmar esa conexión entre ambas. Los minutos pasaron como de costumbre, habiendo ya cerrado los ojos. Y cuando sintió ese calor, común en sus plegarias, la mestiza miró de nuevo su reflejo, viendo de manera difuminada y algo extraña, como dos cuerpos más se le sobreponían de manera etérea. Estos, eran parecidos al suyo, no iguales, pues eran claramente distintos en altura y anchura, así como el reflejo de lo que podría ser la piel: uno era de un verde con reflejos más bien grisáceos, más oscuro que el color de la suya propia, y el otro era de un gris más tupido, cerca de un negro obsidiana, pero de tono agrisado y reflejos casi imperceptiblemente verdes.
Fery frunció el ceño, y sin poder tener más tiempo para entender, esa visión desapareció, terminando por presenciar de nuevo y únicamente su cuerpo. Agitó la cabeza algo contrariada, como siempre que Sune le enviaba alguna señal o supuesta visión, pero sonrió complacida por algún motivo. Sin más, deshizo el nudo del fajín y dejó caer el batín al suelo para que sus pasos la llevaran hacia la cama, donde, contenta, pensó que Brizaelinth debía de ser la primera en saber de la gran noticia…