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La senda de la Pureza, Devoción y Belleza de Fery Krill

Manny_LoneWolf

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Presente XLVII - La gran noticia

Ahí, en la intimidad de su habitación, la mestiza había sido analizada físicamente y en confianza sobre su estado, por Maël, uno de los sacerdotes del clero sunita. El hombre, que ahora permanecía sentado mientras tomaba algunas notas tras haber recibido respuesta de algunas preguntas, corrigió la posición de sus anteojos con uno de sus dedos índices, aquel libre de la pluma. Fery giró su rostro para mirar por la ventana donde los rayos del sol empezaban a ocultarse debido al atardecer, mezclándose con el color rojizo de las translúcidas cortinas.

—Creo que más o menos ya lo tengo claro —dijo el sacerdote.

La mestiza de orco volvió su mirada hacia el hombre y sus pupilas se dilataron como las de un felino, algo inquieta.

—¿Y bien? —preguntó.

—Vuestro cambio en los senos, la fatiga, las náuseas por la mañana, los calambres en el estómago, la sensibilidad a los olores… —enumeró mientras repasaba sus notas con la pluma, tras haberla girado—. Y también…

—¿También qué?

Maël alzó un poco el mentón y miró con sus ojos de color azul celeste a Fery y a través de los anteojos.

—Los cambios de humor.

La paladina suspiró y luego llevó sus manos al rostro para masajearse las sienes. A la vez, el sacerdote recogió sus cosas para después ponerse en pie, gesto que, fue seguido por Fery.

—No podéis enfermar dada vuestra condición bajo el amparo de nuestra diosa, capitana, así que es posible que hayáis estado ignorando de manera inconsciente todos estos síntomas hasta que han resultado demasiado evidentes.

—¿Ignorarlos? —preguntó la mujer con cierta incredulidad.

—Así es —contestó, asintiendo a la vez que terminaba de guardar los papeles y útiles de escritura—. En ocasiones tratamos de engañarnos a nosotros mismos por evitar algo, como una especie de sistema de defensa. —Suspiró un poco—. No sé si me estoy explicando de manera adecuada.

—Más o menos…

—Quizá tenéis algún motivo para no desear estar embarazada.

Fery parpadeó. No una, ni dos, varias veces, quizá hasta incontables para un minuto de silencio. Maël, por su parte, ladeó un poco la cabeza y aguardó con paciencia, aprovechando para repasar un poco el estado de su túnica de colores rojizos con detalles en blanco perla.

—¿Soy realmente estúpida? —preguntó la mestiza para sí misma, aunque perfectamente audible para ambos—. Por eso Talivia me dijo…

El sacerdote rio con simpatía para negar después con la cabeza, colocando luego una mano en el hombro de Fery.

—No sé si lo sois, capitana, pero: enhorabuena.

Una sonrisa de complicidad y apoyo se dibujó en el rostro de Maël, siendo acompañada por una de tenue por parte de la paladina. Acto seguido, el sacerdote retiró la mano del hombro de la capitana ordenada y luego se encaminó hacia la puerta de salida.

—Avisadme si requerís de algo, ¿de acuerdo? —dijo antes de marcharse.
(Música)

Por fin en la soledad, Fery tomó asiento en la misma cama y se abrazó sobre sí misma. Cuando se dio cuenta, sus lágrimas caían sobre sus muslos, sintiendo una sensación de presión y falta de aire. Se preguntó si las pociones que Zentakord les había regalado en la boda por fin habían servido o si se traba de otra cosa, pero solo podía ser lo primero, pues su cuerpo únicamente había sido de Brizaelinth desde empezada la relación años atrás. La amalgama de sentimientos la estaba agobiando de tal manera que sentía una leve pérdida de la razón, porque por dentro, y aunque los cambios ya estuvieran de días atrás, era como si hubiesen aparecido de golpe y en aquel preciso instante. Pero había algo más, ¿qué pasaría con su senda? Esta se había caracterizado por ser puramente altruista y sacrificada, y notaba ya como su mente, en ocasiones, le decía algo así como «¡Cuidado!» con según qué riesgos. Pero se puso en pie, agitó la cabeza y secó las lágrimas con uno de sus pañuelos. Después, y sin pensárselo, caminó hasta la otra sala para tomar un buen baño y relajarse.

La incertidumbre, aunque no desapareció, si tomó un cariz más relajado mientras el agua y la espuma de las sales aromáticas cubrían el cuerpo de la mujer ya bien entrada la noche. Fery pensó, aunque más bien esperaba, que Sune no se tomara a mal si llegado el momento necesitaba de un descanso en su senda; al fin y al cabo, el vínculo creado por una madre y sus descendientes era uno de amor bien hermoso y eso podría acercarla más todavía a su diosa. Además, realmente tenía sentido que hubiera logrado concebir, pues la situación parecía favorable a ello tras que la bruma marchara, así como que el destino de su madre por fin estuviera bien atado, y que, sus quehaceres hubieran vuelto a un cauce más tranquilo.

Suspiró profundamente y después se puso en pie para salir de la bañera, secándose luego para finalmente colocarse un batín de seda roja, de tacto suave y agradable. Sus pies desnudos la llevaron frente a su espejo de cuerpo entero y allí observó su reflejo. Con calma, encendió varias velas para que la luz de estas iluminara un poco más la estancia, pero no en demasía, llevando al ambiente al punto adecuado para tratar de encontrar alguna respuesta.


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La mestiza miró su cuerpo, viendo ya como la entrada a los treinta años empezaba a notársele. No era algo de lo cual no se hubiera percatado antes, pero todos le decían que estaba más hermosa que antes, se los creyera o no, debido a la madurez. Ahí llevó una mano a su vientre, aquel que pronto estaría pronunciado por mucho que fuese sabedora de algunos trucos para que la ropa se lo pudiera ocultar.

Una sincera sonrisa se formó en los labios y empezó a rezar apenas audible, por su diosa, buscando reafirmar esa conexión entre ambas. Los minutos pasaron como de costumbre, habiendo ya cerrado los ojos. Y cuando sintió ese calor, común en sus plegarias, la mestiza miró de nuevo su reflejo, viendo de manera difuminada y algo extraña, como dos cuerpos más se le sobreponían de manera etérea. Estos, eran parecidos al suyo, no iguales, pues eran claramente distintos en altura y anchura, así como el reflejo de lo que podría ser la piel: uno era de un verde con reflejos más bien grisáceos, más oscuro que el color de la suya propia, y el otro era de un gris más tupido, cerca de un negro obsidiana, pero de tono agrisado y reflejos casi imperceptiblemente verdes.

Fery frunció el ceño, y sin poder tener más tiempo para entender, esa visión desapareció, terminando por presenciar de nuevo y únicamente su cuerpo. Agitó la cabeza algo contrariada, como siempre que Sune le enviaba alguna señal o supuesta visión, pero sonrió complacida por algún motivo. Sin más, deshizo el nudo del fajín y dejó caer el batín al suelo para que sus pasos la llevaran hacia la cama, donde, contenta, pensó que Brizaelinth debía de ser la primera en saber de la gran noticia…
 

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Presente XLVIII - La obra de teatro de La Botica del León Dorado


Fery había oído hablar alguna vez de la Botica del León Dorado, pero nunca como en aquella ocasión. Estos habían anunciado que iban a organizar una obra de teatro y la paladina vio la ocasión perfecta para ofrecer su mecenazgo y patrocinio, con el fin de apoyarla para que esta llegara a ser algo hermoso.

Así que tras escribir una carta y posteriormente citarse, los pasos la llevaron hasta la posada de las Cinco Jarras, aquella tan siempre concurrida por feligreses como por artistas que buscaban promocionarse y aportar alegría a los ciudadanos. Fery había escogido su ya conocido traje-chaqueta de rojizas tonalidades, aunque modificado por su modista para que no fuera incómodo llevarlo con la ya pronunciada barriga por sus casi seis meses de embarazo.

Tomó asiento una vez dentro y pidió algo de agua, echando otra vez de menos el vino, pues había llegado algo antes de la hora estimada pero pronto Evelyn hizo acto de presencia. Las mujeres se dedicaron sendos saludos de reencuentro con simpática sonrisa, pues ya se conocían desde hacía tiempo.

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—Me llegó vuestra correspondencia —dijo Evelyn tras tomar asiento—. ¿Qué tenéis en mente?

—Poca cosa. —Sonrió Fery para luego preguntar—. ¿Tenéis ya todo atado para la obra?

—Pronto iba a hacer la primera reunión —repuso Evelyn a la vez que alzaba sutilmente las cejas—. Contaba con Sulion para los decorados y Mauser para los trajes: los actores y sus papeles están aún por determinar.

La mestiza pensó que era una buena noticia. Quizá lo de los actores no tanto, pero eso era algo que siempre podía estar sujeto a cambios, aunque sí el hecho de que dos personajes tan conocidos como Sulion y el alcalde de Crimmor, en sus respectivos ámbitos de la artesanía, fuesen a aportar sus manos a la causa.

—Entiendo que no requerís de mecenazgo o patrocinio entonces —dijo Fery tras comprender que quizá poco iba a poder aportar.

—En esencia, la botica cubre todo gasto —aclaró Evelyn—. Hemos tenido unas semanas muy buenas de trabajo, me atrevo a decir —añadió luego—. Pero si gustáis, podríamos subir el suelo de los actores con vuestro gesto, que entiendo que estáis interesada.

La mestiza de orco sonrió, pues la idea le pareció buena. Al fin y al cabo, estaban en Amn, o más concretamente en Athkatla, y era conocedora por suerte o por desgracia de que más dinero implicaba algo mejor.

—Mejorar la calidad es una buena opción —concedió justo antes de tomar un pequeño trago al agua que provocó una pequeña pausa—. Ya que habéis mencionado lo de los actores… ¿habéis pensado en alguien de renombre?

—No necesariamente —contestó Evelyn con intención de explicarse mejor luego—. Es un proyecto para fomentar la cultura. Contamos aún así con un par de bardos: Mernalyn iba a ejercer de narradora mientras la dama Maelis, que no sé si la conocéis, iba a ser el soporte vocal. Y estaba barajando en convertir a la muchacha Langley en la protagonista.

Ciertamente, Fery no conocía a Maelis, y aunque había visto a Mernalyn en algunos espectáculos, desconocía si tenía traza para ejercer de narradora, por lo que, en cualquiera de los casos: el resultado estaba por ver. Le sorprendió también escuchar la mención de la hija de los Langley, a la cuál todavía no había tenido el placer de conocer.

—La idea del proyecto —prosiguió Eveleyn— no es otra que traer cierto alivio a la sociedad tras todo lo que hemos vivido. Dicen que las desgracias no vienen solas, pero las brumas y las temperaturas han sido nefastas.

Fery podía dar fe de ambas cosas. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando recordó lo que la maldita bruma la había azotado en más de una ocasión y encima se le mezcló con algo de sudor, ya que el embarazo se le estaba haciendo cuesta arriba con las altas temperaturas que estaban sufriendo en las últimas decanas. Por todo ello, extrajo su bonito abanico del bolso mágico para darse algo de aire mientras no quitaba ojo a la mujer que tenía delante.

—¿Qué os parece, pues? —terminó preguntando la mujer de rubios cabellos a la vez que levantaba una mano para pedir un whisky, bebida que no tardaron en servirle.

—Sea un proyecto social o algo que busque fama, para mí es que el objetivo acabe siendo algo hermoso —dijo la paladina como respuesta mientras el abanico se movía de manera armoniosa—. ¿Tenéis escrita ya la obra? —preguntó luego curiosa—. Por conocer de qué trata.

—Aún no —repuso la otra después de tomar un trago de su bebida—. Iba a sentarme con Liliana para escribirla, pero antes queríamos saber cuál era el elenco y crear algo con lo que se sientan cómodos. Barajamos la comedia, el romance o el drama.

—Bueno, la única condición que tiene la Boutique Glamour en cuanto a crear, ayudar o formar parte de los eventos es que la temática no atente contra la bondad de Sune o el dogma de esta.

—Entonces creo que podremos entendernos.

—Por lo demás… —dijo Fery con intención de añadir algo—. Siempre soy muy abierta a que los artistas tengan libertad, algo que considero fundamental para ellos.

Evelyn asintió para conceder a la mestiza, posando luego las manos sobre el regazo en gesto distendido.

—Hablemos pues del patrocinio —tomó luego la palabra—. ¿Qué os interesaría más? ¿Los artesanos o los artistas? Podríamos llegar a un acuerdo para que podáis cubrir parte de los gastos con el debido reconocimiento, claro.

—No tengo problema. —Sonrió simpática y negó con la cabeza—. Ayudo a cualquiera de los dos ámbitos, a ambos juntos si hace falta. ¿De cuánto gasto total estamos hablando? Pues podría hacerme cargo de una gran parte.

—Oh, no es necesaria esa parte. Quinientas monedas es lo que ha costado alquilar el teatro durante cinco jornadas, que hacen setecientas sumando los gastos de los protagonistas. Si añadimos los actores de recámara, creo que podríamos ascender fácilmente a las novecientas.

Y era una gran suma. Así que Fery buscó de nuevo en su bolso mágico tras cerrar el abanico y dejarlo a un lado, extrayendo entonces un pequeño libro de notas, o más bien de cuentas, que abrió un poco para ojearlo.

—Como os digo —continuó Evelyn—, es algo que podemos cubrir sobradamente en la botica. El León Dorado goza de unas buenas arcas entre todos los que resultamos. Estimamos que la obra nos resultará por algo cercano a las mil doscientas monedas, aproximadamente. Añadiendo, claro, el pago a los artesanos. Ahora bien, ¿deseáis igualmente cubrir una parte?

La paladina pasó hojas mientras el dedo índice con larga pero cuidada uña pintada de rojo intenso de su mano derecha se deslizaba por los números anotados. Finalmente, y tras llegar a la última página, no sin antes haber atendido que la cifra era aún más alta de la primera que había escuchado, dedicó una sonrisa a Evelyn lista para pronunciarse.

—Podría sufragar la mitad de los costes, a día de hoy —dijo—. Así que de ahí hacia abajo: lo que os vaya mejor.

—Podemos llegar a un acuerdo de trescientas monedas, si os place.

—Claro, no habría problema —dijo Fery sin borrar la sonrisa de su rostro.

—Entonces tenemos trato. ¿Qué pedís a cambio?

—Oh, poca cosa —respondió la mestiza de orco justo antes de cerrar su pequeño libro de cuentas con un sonoro «plop»—. Podéis decir que la Boutique Glamour os ha ayudado con lo pertinente.

—Podemos colocarlo en los panfletos y carteles, no veo por qué no. Pensaba mencionarlo de igual forma al finalizar la obra.

—Todo eso servirá.


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La siguiente parte de la conversación y antes de despedirse, llevó a ambas mujeres a hablar sobre la maternidad pues ya poco podía hacer Fery por ocultar su abultado vientre. Esta no tenía claro si iba a poder llegar a ver la obra, pues, seguramente la pillaría salida de cuentas, pero estaba contenta de haber podido llegar a un trato para enaltecer el evento, de acuerdo así con los objetivos de su negocio, pero más aún con los gustos de su diosa.
 

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Presente XLIX - Los compases finales


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Fery echó un vistazo a través de la ventana de su habitación en la Casa Gáldrim, percatándose de que la caravana había llegado frente a la sede. Meticulosa y ordenada como era ella, hacía un largo rato que había acabado de preparar sus maletas, pero no pudo evitar hacer un barrido por la estancia por si se le había olvidado alguna cosa.

Los golpecitos en la puerta llamaron su atención poco después, reclamándola, donde no hubo sorpresa tras abrir cuando vio a Brizaelinth. La elfa oscura ayudó a cargar con las maletas hasta que ambas mujeres cruzaron el umbral del portón del edificio para tomar las escaleras, donde las dejó reposar junto al cochero.

La mestiza de orco saludó y sonrió a los cuatro paladines con emblema sunita que iban a acompañarlas, devolviendo estos el saludo con un formal cabeceo. Fery se volvió para mirar la calle principal de la Ciudad Granero, suspirando luego por no estar conforme con lo que se veía obligada a hacer. Pero desde la capital le habían dicho que necesitaba reposo y en gran parte no podía negarlo, pues la fatiga cada vez la agobiaba más, y ya no era capaz de colocarse una armadura: no iba a aceptarlo nunca, pero ya era más un lastre que una ayuda al estar en los compases finales de su embarazo, y cualquier cosa podría ponerla en riesgo tanto a ella como a su descendencia.

Brizaelinth ayudó a su esposa a subir y entrar al interior del lujoso habitáculo sobre las cuatro grandes ruedas de madera y el encargado de la caravana inició la marcha poco después, tras haberse asegurado que podía emprenderla, siendo luego cuando los paladines sunitas se colocaron a los flancos del vehículo sobre sus respectivas monturas.

—Estarán bien, no te preocupes —dijo la elfa oscura al percatarse de la abstracción de su compañera sentimental.

Fery se mantuvo en silencio con la vista fija en aquellas calles que iba dejando atrás, incapaz de apartarla, pero reaccionó cuando la caravana alcanzó la ruta principal hacia el norte.

—Es en estos momentos cuando echo de menos algún tiempo de paz —dijo tras mirar entonces a la trovadora de Eilistraee.

Brizaelinth sonrió con ternura y tomó la mano verdosa de la paladina para entrelazar los dedos, aprovechando que se habían sentado una al lado de la otra.

—Estamos juntas en esto, querida —dijo—. Yo también estoy preocupada, más estando Sulion y Talivia tan lejos. Pero… —Negó de manera sosegada y luego colocó la mano libre sobre el vientre abultado de Fery—. Esto también es importante.

La mestiza de orco acompañó en la sonrisa a su esposa, inclinándose para otorgarle un beso en los labios, tímido quizá, pero no por con menos sentimiento. Realmente estaba preocupada por los sectarios que estaban campando a sus anchas por Púrskul y las cercanías, pues sentía que la ciudad era parte de ella, así como de su historia, por lo que tenía claro que iba a rezar todo lo posible por poder volver cuanto antes así como por aquellos aliados que seguirían la lucha.

Los días pasaron y los paladines pudieron escoltar a la pareja hasta el templo de Sune de la capital amniana, una vez bajadas de la caravana en la misma puerta este. Testaruda como ella sola, Fery se ofreció para unas tareas más tranquilas y que no requiriesen de mucha carga física, centrándose así en aquellas que requerían más de diálogo y saber estar, continuando con su labor como sunita en el apoyo a los feligreses o hasta en pequeñas clases de etiqueta, así como el cuidado de las hermosas plantas: alejada por completo de cualquier guardia marcial.

Todo seguía su curso, así que las pocas semanas que quedaban iban a determinar aquello que hacía casi nueve meses que llevaba dentro… aquella flor que iba a nacer de la semilla del más puro amor.
 

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Presente L - La bendición

La paladina trataba de ahogar los gritos de dolor, pero a veces le era imposible. Estaba despeinada, sudada y realmente agotada: había perdido la noción del tiempo, llevando algunas horas ya en un parto que se le estaba haciendo cuesta arriba.

El sacerdote sunita Maël junto a dos novicias se habían encargado de todo, donde, cerca, Brizaelinth observaba y ayudaba en todo lo que podía sin soltar la mano de Fery.

—Vamos, capitana. ¡Debéis empujar! —exclamó el sacerdote a la vez que se ajustaba los anteojos con el pulgar doblado.

—¡Creedme que estoy empujando todo lo que puedo! —gritó la mestiza de orco entremedio de tomar y expulsar aire con ganas, algo que no podía dejar de hacer.

—Pues solo un poco más, querida —dijo Brizaelinth con toda la calma del mundo sin perder la sonrisa, en tono algo burlón.

La fuerte respiración no cesó en ningún momento, así como el ruido y hasta gritos por tratar de que aquel recién nacido saliera.

—¡Un poco más! ¡Ya está aquí! —exclamó de nuevo el sacerdote.

Y así fue: algo salió con el último bramido de Fery, siendo recogido por Maël. Este observó que era un niño de espalda ancha que lloraba con ganas, de piel verdosa con extraño reflejo grisáceo, siendo acercado rápidamente hasta su madre.

—Es varón —indicó el sacerdote.

La paladina tomó a su hijo entre los agotados brazos y este dejó automáticamente de llorar cuando conectó su pequeña boca con uno de los pechos de aquella que lo había traído al mundo. Agachó la cabeza para mirar esa carita, sintiendo una gran e inexplicable felicidad por haber creado vida.

—Eden —fue lo único que dijo Fery.

—¿Eden? —preguntó la elfa oscura a su lado, que sonreía contenta.

—Ese será su nombre —contestó la semiorco.

—Diría que se parece a ti. —Rio un poco Brizaelinth—. Y además querías un niño.

Pero algo no iba bien. La sonrisa de Fery se quebró cuando el dolor volvió de manera repentina tras creer que se había ido para siempre. Sus gritos se hicieron eco de nuevo y ello alertó a Maël y novicias, que se pusieron alerta de nuevo tras unos segundos de respiro.

—¡¿Qué me pasa?! —preguntó Fery que se vio obligada a entregar a Eden con su otra madre.

—¡Viene otro! —clamó el sacerdote hacia todos, buscando que cada uno se preparara para su papel.

—¡¿Otro?! —preguntaron con sorpresa la pareja protagonista.

Brizaelinth no pudo evitar echarse a reír con algo de nerviosismo, contagiando un poco al resto de presentes menos a su esposa.

—Es una bendición real, capitana —dijo Maël, listo para ayudar a sacar el siguiente.

—Y tanto —indicó la elfa oscura tras levantar un dedo índice mientras sostenía a Eden con el otro brazo—, así ya no hará falta que yo me quede para tener el segundo.

—¡Te odio! —gritó Fery entre los dolores, jadeos y esfuerzos.

—Vamos, capitana, hay que seguir empujando —dijo el sacerdote.

—Eso, querida: seguro que la segunda vez es más fácil que la primera —dijo Brizaelinth algo divertida.

—¡Te odio más! —volvió a gritar Fery—. ¡Preferiría ir a los Nueve Infiernos para luchar contra un ejército de diablos que seguir soportando este dolor!

—¡Pero capitana! —riñó Maël.

Las risas, no obstante, contagiaron de nuevo a todos menos a la parturienta, y al poco y de nuevo, entre gritos y aguante, el sacerdote pudo tomar al siguiente recién nacido. Esta vez, su complexión era más menuda que la del anterior, teniendo la piel de color gris muy oscuro, pero claramente alejado del negro.

—Una niña —dijo el sacerdote justo antes de pasarla a los brazos de Fery.

La recién nacida no dejaba de llorar, incluso en los brazos de la semiorco, algo que hizo que Eden también se sumara al llanto. La paladina abrió los ojos con expresión clara de sorpresa por recibir algo inesperado, aunque del mismo modo tenía ese sentimiento indescriptible de madre que compartía con el primero que había salido. Y por fin lo entendió: los compases finales del embarazo habían sido un suplicio, probablemente porque los hermanos se habían estado peleando dentro por el espacio, a la par de tener que comer tanto para mantenerse. Sin más, miró a la niña y luego a Brizaelinth, como esperando algo de esta última.

—Elyra —dijo la elfa osura.

—¿Elyra? —preguntó Fery.

—Ese será su nombre —contestó Brizaelinth mientras sonreía ante los berridos de los recién nacidos, tras haber hecho lo mismo que su esposa con el primero que había salido.

—Diría que se parece a ti. —Sonrió tenue la mestiza de orco—. Y además querías una niña.

Después, ambos neonatos fueron dejados sobre la cansada mujer de cabellos carmesí, que se recostó en la cama como buenamente pudo por el dolor y fatiga acumulados, todo mientras sus bebés tomaban con ganas cada uno de sus pechos.
***​

Pasaron algunos días. Fery aún permanecía en cama, recuperándose mientras hacía turnos con su esposa para repartirse a los bebés. Parecía que, por algún motivo, Eden no era capaz de estar alejado de la mestiza de orco, pues siempre lloraba tras despertar del sueño por tan solo estar entre los brazos de la paladina. Elyra, por su parte, era todo lo contrario: no lloraba cuando estaba siendo amamantada pero sí en el resto de las ocasiones, a no ser que estuviera durmiendo o con Brizaelinth. Era una extraña afinidad, que, si bien no convencía a ambas madres, la estaban utilizando para compaginar la tarea de manera natural.

—No estás pudiendo descansar mucho, ¿verdad? —preguntó la elfa oscura mientras mecía con suavidad a Elyra que estaba dormida entre sus brazos.

—Creo que voy a necesitar más tiempo del que creía para recuperarme —confesó la otra—. Además, debo de estar horrible: no quiero ni mirarme al espejo.

Y se miró para arrugar el morro y apartar la vista del espejo más cercano en el cual se había visto. Su esposa rio, aunque trató de no hacer mucho ruido.

—Siempre igual, querida —dijo a la vez que se acompañaba de una negación con la cabeza.

Fery estiró un dedo índice de larga pero cuidada uña larga pintada de rojo y perfiló el cuerpo de Eden, que estaba amorrado al pecho. Después se volvió hacia Brizaelinth para preguntarle algo.

—¿Crees que Sulion y Talivia estarán bien? Tampoco dejo de pensar en el resto de la Gáldrim y los que quedaron para proteger la ciudad…

La elfa oscura suspiró, aunque acabó sonriendo a su compañera sentimental.

—No voy a dejarte salir de aquí hasta que estés recuperada, mucho menos hasta cuando tengamos la casita lista en Crimmor y… vete olvidando de ponerte esas pesadas placas hasta pasado un tiempo.

Fery torció el morro.

—¿Quién es la estricta ahora? —preguntó acompañándose del arqueo de una de las cejas.

—Dicen que todo se pega menos la hermosura, ¿uhm? —dijo a modo de respuesta para luego reír ambas—. Estoy segura de que te recuperarás pronto, querida —añadió después.

—Más me vale.
***​

Las decanas continuaron en la capital. Ya con algo más de soltura, las madres pudieron retomar algo de su vida normal cargando con Eden y Elyra, algo que ayudó a la recuperación de Fery. El niño solía ir sobre el pecho de la mestiza de orco cogido a través de un hermoso fular, acompañándola en tranquilos quehaceres del templo sunita donde los ostentosos detalles de la arquitectura le llamaban la atención. La niña, por otra parte, iba de igual manera sobre la elfa oscura, donde solían viajar algo más fuera de las murallas para adentrarse en ocasiones dentro del bosque del Alandor, sintiéndose atraída por las hermosas flores de la frondosa vegetación.

La vida había comenzado para el par de mellizos, donde todo auguraba un sinfín de extrañas aventuras con tan peculiares madres…
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