Manny_LoneWolf
Donante voluntario de sangre
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Presente XV - Ordenada
El cálido sol se filtraba por las coloridas vidrieras del gran templo de Sune de la capital amniana. Hacía un día realmente espléndido para el espaldarazo de Fery, como si el mismísimo Señor del Alba hubiera decidido brindar esa mano aliada a la Dama del Amor con el fin de que la ceremonia tuviese esa gran sensación de vida y calor.
La mestiza aguardaba paciente con una rodilla clavada en el brillante y pulido suelo, cabizbaja, atendiendo a las palabras Renaud, su antiguo maestro, que profería para toda la sala y los asistentes. Vestido de manera tan ostentosa como elegante para resaltar su natural belleza, el caballero llevó su mano hasta el mango de la espada que portaba en el cinto, ya habiendo acabado de hablar sobre su diosa y aquella que todos los presentes seguían.
—Hoy, ante la mirada de nuestra más hermosa Dama del Cabello de Fuego y los dioses buenos, debemos dar la bienvenida a un nuevo miembro para nuestra querida orden —expuso, estirando un poco el brazo alejado de la espada para tomar énfasis hacia los congregados.
El silencio fue rasgado, aunque de manera suave y sutil, por el sonido que evocó el metal al ser desnudado. Todos pudieron ver y para sorpresa de nadie, la gran manufactura del arma que brillaba con por la luz entrante.
—Fery Krill —continuó Renaud al pronunciar el nombre completo de la mestiza, plantando entonces el plano de la espada en el hombro derecho de ella—. Vuestra dedicación y esfuerzo haciendo vigilia por este templo os ha llevado a obtener la visión y bendición de nuestra diosa.
El caballero levantó el arma lo justo como para hacerla pasar de manera sosegada por encima de la cabeza de la paladín, terminando por posar el plano en el hombro izquierdo de esta.
—Como nuestras creencias dictan al igual que estipula nuestra fe, yo, Renaud Duvalt, os declaro ordenada de las Hermanas y Hermanos del Rubí Rosa: podéis poneros en pie, caballera.
La espada se vio de nuevo cobijada en el manto de su vaina mientras el hombre sonreía de manera amplia, aguardando entonces a que una novicia trajera la insignia sobre un cojín y dentro de una hermosa caja de lujosos detalles, todo mientras Fery estiraba ambas piernas para colocarse de pie. La mestiza dedicó su mejor sonrisa a todos los presentes para finalmente posar su mirada al frente, esperando al proceder de su antiguo maestro, que este no dudó en colocarle el símbolo que la identificaba como ordenada sobre el hermoso vestido que ella se había puesto para la ceremonia.
El cálido sol se filtraba por las coloridas vidrieras del gran templo de Sune de la capital amniana. Hacía un día realmente espléndido para el espaldarazo de Fery, como si el mismísimo Señor del Alba hubiera decidido brindar esa mano aliada a la Dama del Amor con el fin de que la ceremonia tuviese esa gran sensación de vida y calor.
La mestiza aguardaba paciente con una rodilla clavada en el brillante y pulido suelo, cabizbaja, atendiendo a las palabras Renaud, su antiguo maestro, que profería para toda la sala y los asistentes. Vestido de manera tan ostentosa como elegante para resaltar su natural belleza, el caballero llevó su mano hasta el mango de la espada que portaba en el cinto, ya habiendo acabado de hablar sobre su diosa y aquella que todos los presentes seguían.
—Hoy, ante la mirada de nuestra más hermosa Dama del Cabello de Fuego y los dioses buenos, debemos dar la bienvenida a un nuevo miembro para nuestra querida orden —expuso, estirando un poco el brazo alejado de la espada para tomar énfasis hacia los congregados.
El silencio fue rasgado, aunque de manera suave y sutil, por el sonido que evocó el metal al ser desnudado. Todos pudieron ver y para sorpresa de nadie, la gran manufactura del arma que brillaba con por la luz entrante.
—Fery Krill —continuó Renaud al pronunciar el nombre completo de la mestiza, plantando entonces el plano de la espada en el hombro derecho de ella—. Vuestra dedicación y esfuerzo haciendo vigilia por este templo os ha llevado a obtener la visión y bendición de nuestra diosa.
El caballero levantó el arma lo justo como para hacerla pasar de manera sosegada por encima de la cabeza de la paladín, terminando por posar el plano en el hombro izquierdo de esta.
—Como nuestras creencias dictan al igual que estipula nuestra fe, yo, Renaud Duvalt, os declaro ordenada de las Hermanas y Hermanos del Rubí Rosa: podéis poneros en pie, caballera.
La espada se vio de nuevo cobijada en el manto de su vaina mientras el hombre sonreía de manera amplia, aguardando entonces a que una novicia trajera la insignia sobre un cojín y dentro de una hermosa caja de lujosos detalles, todo mientras Fery estiraba ambas piernas para colocarse de pie. La mestiza dedicó su mejor sonrisa a todos los presentes para finalmente posar su mirada al frente, esperando al proceder de su antiguo maestro, que este no dudó en colocarle el símbolo que la identificaba como ordenada sobre el hermoso vestido que ella se había puesto para la ceremonia.
—La importancia de tus labores seguirá, así como tus deberes se ampliarán —asintió Renaud—: darás misas para extender la palabra de nuestra diosa y guiarás a otros de tus compañeros y diáconos, así como servirás a los obispos.
Los aplausos y vítores se hicieron eco por la gran sala para dar una cálida acogida a la nueva caballera, disponiéndose luego comida, bebida y música para todos en la pequeña celebración. Las horas pasaron y Fery y Renaud se retiraron hasta los Salones Espumaplateada, en el mismo Distrito del Templo. Usando su llave, la mestiza presentó la habitación para ambos, en confianza, como en muchas otras ocasiones que habían tenido siendo maestro y pupila.
—Vaya, este lugar no estaba la última vez que anduve por Amn —comentó el hombre mientras paseaba la vista por la lujosa estancia.
—Me encanta —dijo Fery sonriente—: no solo tiene todo lo que necesito si no que además está muy cerca de la casa de nuestra diosa.
La mestiza bajó de sus tacones y luego empujó estos con un pie y de manera suave bajo la cama, recogiéndolos pero tratando de que no sufrieran ningún roce.
—Con tu permiso —dijo mirando a su antiguo maestro tras haber apartado el calzado.
Renaud alzó ambas manos en gesto de restar importancia, observando como Fery cogía una botella de uno de los muebles para acto seguido tomar un par de copas de fino cristal, con la mano libre y del mismo lugar. Con calma, la paladín abrió la botella y luego vertió el líquido rojizo dentro de los pequeños recipientes, estirando uno de los brazos para acercar una copa a su acompañante. Una vez servidos, ambos brindaron bajo una genuina sonrisa, que luego los llevó a probar por fin el vino de color burdeos.
—Reconozco este sabor —comentó el hombre.
—No hay quien te sorprenda, Renaud —dijo Fery antes de negar con suavidad y mecer un poco su melena, pero sin perder la sonrisa.
—¿Es de la Gáldrim?
—Así es —Asintió lentamente la mestiza—: me han ofrecido ser socia y trabajar con ellos.
—Vaya, ¿en serio? —Entonces Renaud sí mostró sorpresa en su rostro al elevar ambas cejas, a pesar de lo que Fery había comentado instantes antes.
—Estuve reunida con ellos. Me vendría bien su ayuda para algunas cosas que quiero trabajar en la verbena por el honor a Sune, y la misma maestre Ha’Valen me ofreció la posibilidad.
—Eso es una gran noticia y mejor oportunidad —dijo el hombre antes de hacer una breve pausa para beber vino—. Teniendo el respaldo de una casa comercial podrás ejercer mejor las labores de apoyo a artistas y artesanos, incluso importar artículos de gran y hermoso valor, como telas, perfumes, incluso obras de arte.
Fery no pudo evitar sonreír ampliamente al ver cómo había conectado de nuevo y con tanta facilidad con aquella persona que había pasado años de adiestramiento en la senda de paladín, dándose cuenta de que no era más que el resultado de lo que él le había enseñado. Sus pies descalzos la llevaron hasta la cama, donde se sentó tranquilamente para posar la vista en Renaud.
—Tuve un gran maestro, sin duda —dijo antes de asentir con solemnidad—. ¿Y tú qué tal por el norte?
—El norte… —dijo el caballero antes de mover el líquido de la copa con gesto sutil, para luego tomar un trago con intención de continuar. —Ofrecí mi espada a la nación de Cormyr en aquella fastidiosa guerra a dos frentes.
—La verdad es que he estado prácticamente ocupada en Amn y algo ausente en las noticias: tal y como dijiste, aquí no me faltaría el trabajo.
Renaud caminó hasta el borde de la cama para luego tomar asiento junto a la mestiza, manteniendo la copa con ambas manos mientras su rostro ladeado observaba a la mujer. Separó una de sus manos después, llevando esta hasta el cabello del color de una llama que Fery tenía, procurándole una calmada caricia influida por el cariño.
—Cuando estás en el frente, no es nada difícil recordar y echar de menos las cosas bonitas que uno ha vivido, ¿sabes? —comentó en un tono sosegado.
La paladín se quedó inmóvil, sin palabras, todo mientras un nudo se le formaba en el estómago: discernió las intenciones del hombre que tenía delante, que no solo la tomaron por sorpresa debido a la confianza, si no que además le trajo recuerdos de los sentimientos que había tenido por él. Pero, y aunque la vida le mostraba caprichos y pasiones pasajeras, su amor y por lo tanto lealtad le pertenecían a la elfa oscura, y eso era algo que jamás rompería bajo su propia voluntad.
—Yo… —Trató de tomar la palabra.
—Me llena de gozo ver en la servidora de nuestra amada diosa en la que te has convertido, Fery —interrumpió el hombre bajo una simpática sonrisa.
—Me siento francamente halagada, Renaud, pero: tengo pareja —dijo como si de algún modo eso explicara cualquier cosa.
El caballero levantó ambas cejas con claro gesto de sorpresa y luego retiró su mano con la misma calma que había utilizado para llevarla hasta la melena de ella. Sin embargo, sonrió ampliamente y tomó la palabra de nuevo.
—¿Y cuándo es la boda, entonces? —preguntó con suma naturalidad.
Y así era Renaud, pensó Fery: un hombre que podía demostrar como la confianza en sí mismo brotaba de cada uno de sus poros, siendo capaz de mantener el porte ante cualquier situación y tomar las palabras adecuadas para sostener un ambiente.
—Pues… —Tomó aire la mestiza tras destensar su cuerpo. —Estoy hecha un lío, la verdad. Por una parte, me gustaría que ella diera el paso, pero por otra me encantaría darlo a mí. Pero si dejo que ella lo haga, no sé si escogerá el momento y el lugar adecuados, pero si lo hago yo, no sé si escogeré el lugar y momento idóneo para ella.
El hombre rio con simpatía para luego acercarse y depositar un beso casto en la mejilla de su antigua aprendiz, levantándose después de la cama para que sus pasos lo llevaran hacia la botella y verter entonces algo más de vino en su copa. Llevó esta a sus labios y probó de nuevo el líquido, para luego extender un poco ambos brazos mirando a Fery.
—¿Desde cuándo yo te enseñé que hay que dudar? —preguntó acompañado del efusivo gesto.
—Dudo desde que la conozco —confesó ella.
—En ese caso ya sabes lo que tienes qué hacer.
—¿Y qué es? —sus cejas se levantaron como si estuviese a punto de recibir una gran revelación.
—Haz caso a tu corazón cuando no sepas qué decisión tomar —dijo claro antes de tomar otro trago, generando una pequeña pausa—. ¿No es Sune aquella que nos dice que hemos de seguir nuestro corazón hasta nuestro verdadero destino? —terminó por comentar después para acabar por sonreír de manera sincera.
Fery desvió la mirada, bajó la cabeza y finalmente sonrió. Levantó su cuerpo para separarlo de la cama y luego se atusó el cabello para acabar mirando a Renaud.
—¿No se supone que habías dejado de ser mi maestro? —preguntó manteniendo la sonrisa, aunque alzó un poco el mentón.
—Quién sabe —Se encogió levemente de hombros—. Puede que esto sea como cuando uno es padre: es para toda la vida.
Los aplausos y vítores se hicieron eco por la gran sala para dar una cálida acogida a la nueva caballera, disponiéndose luego comida, bebida y música para todos en la pequeña celebración. Las horas pasaron y Fery y Renaud se retiraron hasta los Salones Espumaplateada, en el mismo Distrito del Templo. Usando su llave, la mestiza presentó la habitación para ambos, en confianza, como en muchas otras ocasiones que habían tenido siendo maestro y pupila.
—Vaya, este lugar no estaba la última vez que anduve por Amn —comentó el hombre mientras paseaba la vista por la lujosa estancia.
—Me encanta —dijo Fery sonriente—: no solo tiene todo lo que necesito si no que además está muy cerca de la casa de nuestra diosa.
La mestiza bajó de sus tacones y luego empujó estos con un pie y de manera suave bajo la cama, recogiéndolos pero tratando de que no sufrieran ningún roce.
—Con tu permiso —dijo mirando a su antiguo maestro tras haber apartado el calzado.
Renaud alzó ambas manos en gesto de restar importancia, observando como Fery cogía una botella de uno de los muebles para acto seguido tomar un par de copas de fino cristal, con la mano libre y del mismo lugar. Con calma, la paladín abrió la botella y luego vertió el líquido rojizo dentro de los pequeños recipientes, estirando uno de los brazos para acercar una copa a su acompañante. Una vez servidos, ambos brindaron bajo una genuina sonrisa, que luego los llevó a probar por fin el vino de color burdeos.
—Reconozco este sabor —comentó el hombre.
—No hay quien te sorprenda, Renaud —dijo Fery antes de negar con suavidad y mecer un poco su melena, pero sin perder la sonrisa.
—¿Es de la Gáldrim?
—Así es —Asintió lentamente la mestiza—: me han ofrecido ser socia y trabajar con ellos.
—Vaya, ¿en serio? —Entonces Renaud sí mostró sorpresa en su rostro al elevar ambas cejas, a pesar de lo que Fery había comentado instantes antes.
—Estuve reunida con ellos. Me vendría bien su ayuda para algunas cosas que quiero trabajar en la verbena por el honor a Sune, y la misma maestre Ha’Valen me ofreció la posibilidad.
—Eso es una gran noticia y mejor oportunidad —dijo el hombre antes de hacer una breve pausa para beber vino—. Teniendo el respaldo de una casa comercial podrás ejercer mejor las labores de apoyo a artistas y artesanos, incluso importar artículos de gran y hermoso valor, como telas, perfumes, incluso obras de arte.
Fery no pudo evitar sonreír ampliamente al ver cómo había conectado de nuevo y con tanta facilidad con aquella persona que había pasado años de adiestramiento en la senda de paladín, dándose cuenta de que no era más que el resultado de lo que él le había enseñado. Sus pies descalzos la llevaron hasta la cama, donde se sentó tranquilamente para posar la vista en Renaud.
—Tuve un gran maestro, sin duda —dijo antes de asentir con solemnidad—. ¿Y tú qué tal por el norte?
—El norte… —dijo el caballero antes de mover el líquido de la copa con gesto sutil, para luego tomar un trago con intención de continuar. —Ofrecí mi espada a la nación de Cormyr en aquella fastidiosa guerra a dos frentes.
—La verdad es que he estado prácticamente ocupada en Amn y algo ausente en las noticias: tal y como dijiste, aquí no me faltaría el trabajo.
Renaud caminó hasta el borde de la cama para luego tomar asiento junto a la mestiza, manteniendo la copa con ambas manos mientras su rostro ladeado observaba a la mujer. Separó una de sus manos después, llevando esta hasta el cabello del color de una llama que Fery tenía, procurándole una calmada caricia influida por el cariño.
—Cuando estás en el frente, no es nada difícil recordar y echar de menos las cosas bonitas que uno ha vivido, ¿sabes? —comentó en un tono sosegado.
La paladín se quedó inmóvil, sin palabras, todo mientras un nudo se le formaba en el estómago: discernió las intenciones del hombre que tenía delante, que no solo la tomaron por sorpresa debido a la confianza, si no que además le trajo recuerdos de los sentimientos que había tenido por él. Pero, y aunque la vida le mostraba caprichos y pasiones pasajeras, su amor y por lo tanto lealtad le pertenecían a la elfa oscura, y eso era algo que jamás rompería bajo su propia voluntad.
—Yo… —Trató de tomar la palabra.
—Me llena de gozo ver en la servidora de nuestra amada diosa en la que te has convertido, Fery —interrumpió el hombre bajo una simpática sonrisa.
—Me siento francamente halagada, Renaud, pero: tengo pareja —dijo como si de algún modo eso explicara cualquier cosa.
El caballero levantó ambas cejas con claro gesto de sorpresa y luego retiró su mano con la misma calma que había utilizado para llevarla hasta la melena de ella. Sin embargo, sonrió ampliamente y tomó la palabra de nuevo.
—¿Y cuándo es la boda, entonces? —preguntó con suma naturalidad.
Y así era Renaud, pensó Fery: un hombre que podía demostrar como la confianza en sí mismo brotaba de cada uno de sus poros, siendo capaz de mantener el porte ante cualquier situación y tomar las palabras adecuadas para sostener un ambiente.
—Pues… —Tomó aire la mestiza tras destensar su cuerpo. —Estoy hecha un lío, la verdad. Por una parte, me gustaría que ella diera el paso, pero por otra me encantaría darlo a mí. Pero si dejo que ella lo haga, no sé si escogerá el momento y el lugar adecuados, pero si lo hago yo, no sé si escogeré el lugar y momento idóneo para ella.
El hombre rio con simpatía para luego acercarse y depositar un beso casto en la mejilla de su antigua aprendiz, levantándose después de la cama para que sus pasos lo llevaran hacia la botella y verter entonces algo más de vino en su copa. Llevó esta a sus labios y probó de nuevo el líquido, para luego extender un poco ambos brazos mirando a Fery.
—¿Desde cuándo yo te enseñé que hay que dudar? —preguntó acompañado del efusivo gesto.
—Dudo desde que la conozco —confesó ella.
—En ese caso ya sabes lo que tienes qué hacer.
—¿Y qué es? —sus cejas se levantaron como si estuviese a punto de recibir una gran revelación.
—Haz caso a tu corazón cuando no sepas qué decisión tomar —dijo claro antes de tomar otro trago, generando una pequeña pausa—. ¿No es Sune aquella que nos dice que hemos de seguir nuestro corazón hasta nuestro verdadero destino? —terminó por comentar después para acabar por sonreír de manera sincera.
Fery desvió la mirada, bajó la cabeza y finalmente sonrió. Levantó su cuerpo para separarlo de la cama y luego se atusó el cabello para acabar mirando a Renaud.
—¿No se supone que habías dejado de ser mi maestro? —preguntó manteniendo la sonrisa, aunque alzó un poco el mentón.
—Quién sabe —Se encogió levemente de hombros—. Puede que esto sea como cuando uno es padre: es para toda la vida.