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La senda de la Pureza, Devoción y Belleza de Fery Krill

Manny_LoneWolf

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Presente XV - Ordenada


El cálido sol se filtraba por las coloridas vidrieras del gran templo de Sune de la capital amniana. Hacía un día realmente espléndido para el espaldarazo de Fery, como si el mismísimo Señor del Alba hubiera decidido brindar esa mano aliada a la Dama del Amor con el fin de que la ceremonia tuviese esa gran sensación de vida y calor.

La mestiza aguardaba paciente con una rodilla clavada en el brillante y pulido suelo, cabizbaja, atendiendo a las palabras Renaud, su antiguo maestro, que profería para toda la sala y los asistentes. Vestido de manera tan ostentosa como elegante para resaltar su natural belleza, el caballero llevó su mano hasta el mango de la espada que portaba en el cinto, ya habiendo acabado de hablar sobre su diosa y aquella que todos los presentes seguían.

—Hoy, ante la mirada de nuestra más hermosa Dama del Cabello de Fuego y los dioses buenos, debemos dar la bienvenida a un nuevo miembro para nuestra querida orden —expuso, estirando un poco el brazo alejado de la espada para tomar énfasis hacia los congregados.

El silencio fue rasgado, aunque de manera suave y sutil, por el sonido que evocó el metal al ser desnudado. Todos pudieron ver y para sorpresa de nadie, la gran manufactura del arma que brillaba con por la luz entrante.

—Fery Krill —continuó Renaud al pronunciar el nombre completo de la mestiza, plantando entonces el plano de la espada en el hombro derecho de ella—. Vuestra dedicación y esfuerzo haciendo vigilia por este templo os ha llevado a obtener la visión y bendición de nuestra diosa.

El caballero levantó el arma lo justo como para hacerla pasar de manera sosegada por encima de la cabeza de la paladín, terminando por posar el plano en el hombro izquierdo de esta.

—Como nuestras creencias dictan al igual que estipula nuestra fe, yo, Renaud Duvalt, os declaro ordenada de las Hermanas y Hermanos del Rubí Rosa: podéis poneros en pie, caballera.

La espada se vio de nuevo cobijada en el manto de su vaina mientras el hombre sonreía de manera amplia, aguardando entonces a que una novicia trajera la insignia sobre un cojín y dentro de una hermosa caja de lujosos detalles, todo mientras Fery estiraba ambas piernas para colocarse de pie. La mestiza dedicó su mejor sonrisa a todos los presentes para finalmente posar su mirada al frente, esperando al proceder de su antiguo maestro, que este no dudó en colocarle el símbolo que la identificaba como ordenada sobre el hermoso vestido que ella se había puesto para la ceremonia.​


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—La importancia de tus labores seguirá, así como tus deberes se ampliarán —asintió Renaud—: darás misas para extender la palabra de nuestra diosa y guiarás a otros de tus compañeros y diáconos, así como servirás a los obispos.

Los aplausos y vítores se hicieron eco por la gran sala para dar una cálida acogida a la nueva caballera, disponiéndose luego comida, bebida y música para todos en la pequeña celebración. Las horas pasaron y Fery y Renaud se retiraron hasta los Salones Espumaplateada, en el mismo Distrito del Templo. Usando su llave, la mestiza presentó la habitación para ambos, en confianza, como en muchas otras ocasiones que habían tenido siendo maestro y pupila.

—Vaya, este lugar no estaba la última vez que anduve por Amn —comentó el hombre mientras paseaba la vista por la lujosa estancia.

—Me encanta —dijo Fery sonriente—: no solo tiene todo lo que necesito si no que además está muy cerca de la casa de nuestra diosa.

La mestiza bajó de sus tacones y luego empujó estos con un pie y de manera suave bajo la cama, recogiéndolos pero tratando de que no sufrieran ningún roce.

—Con tu permiso —dijo mirando a su antiguo maestro tras haber apartado el calzado.

Renaud alzó ambas manos en gesto de restar importancia, observando como Fery cogía una botella de uno de los muebles para acto seguido tomar un par de copas de fino cristal, con la mano libre y del mismo lugar. Con calma, la paladín abrió la botella y luego vertió el líquido rojizo dentro de los pequeños recipientes, estirando uno de los brazos para acercar una copa a su acompañante. Una vez servidos, ambos brindaron bajo una genuina sonrisa, que luego los llevó a probar por fin el vino de color burdeos.

—Reconozco este sabor —comentó el hombre.

—No hay quien te sorprenda, Renaud —dijo Fery antes de negar con suavidad y mecer un poco su melena, pero sin perder la sonrisa.

—¿Es de la Gáldrim?

—Así es —Asintió lentamente la mestiza—: me han ofrecido ser socia y trabajar con ellos.

—Vaya, ¿en serio? —Entonces Renaud sí mostró sorpresa en su rostro al elevar ambas cejas, a pesar de lo que Fery había comentado instantes antes.

—Estuve reunida con ellos. Me vendría bien su ayuda para algunas cosas que quiero trabajar en la verbena por el honor a Sune, y la misma maestre Ha’Valen me ofreció la posibilidad.

—Eso es una gran noticia y mejor oportunidad —dijo el hombre antes de hacer una breve pausa para beber vino—. Teniendo el respaldo de una casa comercial podrás ejercer mejor las labores de apoyo a artistas y artesanos, incluso importar artículos de gran y hermoso valor, como telas, perfumes, incluso obras de arte.

Fery no pudo evitar sonreír ampliamente al ver cómo había conectado de nuevo y con tanta facilidad con aquella persona que había pasado años de adiestramiento en la senda de paladín, dándose cuenta de que no era más que el resultado de lo que él le había enseñado. Sus pies descalzos la llevaron hasta la cama, donde se sentó tranquilamente para posar la vista en Renaud.

—Tuve un gran maestro, sin duda —dijo antes de asentir con solemnidad—. ¿Y tú qué tal por el norte?

—El norte… —dijo el caballero antes de mover el líquido de la copa con gesto sutil, para luego tomar un trago con intención de continuar. —Ofrecí mi espada a la nación de Cormyr en aquella fastidiosa guerra a dos frentes.

—La verdad es que he estado prácticamente ocupada en Amn y algo ausente en las noticias: tal y como dijiste, aquí no me faltaría el trabajo.

Renaud caminó hasta el borde de la cama para luego tomar asiento junto a la mestiza, manteniendo la copa con ambas manos mientras su rostro ladeado observaba a la mujer. Separó una de sus manos después, llevando esta hasta el cabello del color de una llama que Fery tenía, procurándole una calmada caricia influida por el cariño.

—Cuando estás en el frente, no es nada difícil recordar y echar de menos las cosas bonitas que uno ha vivido, ¿sabes? —comentó en un tono sosegado.

La paladín se quedó inmóvil, sin palabras, todo mientras un nudo se le formaba en el estómago: discernió las intenciones del hombre que tenía delante, que no solo la tomaron por sorpresa debido a la confianza, si no que además le trajo recuerdos de los sentimientos que había tenido por él. Pero, y aunque la vida le mostraba caprichos y pasiones pasajeras, su amor y por lo tanto lealtad le pertenecían a la elfa oscura, y eso era algo que jamás rompería bajo su propia voluntad.

—Yo… —Trató de tomar la palabra.

—Me llena de gozo ver en la servidora de nuestra amada diosa en la que te has convertido, Fery —interrumpió el hombre bajo una simpática sonrisa.

—Me siento francamente halagada, Renaud, pero: tengo pareja —dijo como si de algún modo eso explicara cualquier cosa.

El caballero levantó ambas cejas con claro gesto de sorpresa y luego retiró su mano con la misma calma que había utilizado para llevarla hasta la melena de ella. Sin embargo, sonrió ampliamente y tomó la palabra de nuevo.

—¿Y cuándo es la boda, entonces? —preguntó con suma naturalidad.

Y así era Renaud, pensó Fery: un hombre que podía demostrar como la confianza en sí mismo brotaba de cada uno de sus poros, siendo capaz de mantener el porte ante cualquier situación y tomar las palabras adecuadas para sostener un ambiente.

—Pues… —Tomó aire la mestiza tras destensar su cuerpo. —Estoy hecha un lío, la verdad. Por una parte, me gustaría que ella diera el paso, pero por otra me encantaría darlo a mí. Pero si dejo que ella lo haga, no sé si escogerá el momento y el lugar adecuados, pero si lo hago yo, no sé si escogeré el lugar y momento idóneo para ella.

El hombre rio con simpatía para luego acercarse y depositar un beso casto en la mejilla de su antigua aprendiz, levantándose después de la cama para que sus pasos lo llevaran hacia la botella y verter entonces algo más de vino en su copa. Llevó esta a sus labios y probó de nuevo el líquido, para luego extender un poco ambos brazos mirando a Fery.

—¿Desde cuándo yo te enseñé que hay que dudar? —preguntó acompañado del efusivo gesto.

—Dudo desde que la conozco —confesó ella.

—En ese caso ya sabes lo que tienes qué hacer.

—¿Y qué es? —sus cejas se levantaron como si estuviese a punto de recibir una gran revelación.

—Haz caso a tu corazón cuando no sepas qué decisión tomar —dijo claro antes de tomar otro trago, generando una pequeña pausa—. ¿No es Sune aquella que nos dice que hemos de seguir nuestro corazón hasta nuestro verdadero destino? —terminó por comentar después para acabar por sonreír de manera sincera.

Fery desvió la mirada, bajó la cabeza y finalmente sonrió. Levantó su cuerpo para separarlo de la cama y luego se atusó el cabello para acabar mirando a Renaud.

—¿No se supone que habías dejado de ser mi maestro? —preguntó manteniendo la sonrisa, aunque alzó un poco el mentón.

—Quién sabe —Se encogió levemente de hombros—. Puede que esto sea como cuando uno es padre: es para toda la vida.
 

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Presente - XVI


Amanecían nuevos días llenos de energía y esperanza, todos tras un buen baño y rezos a la Señora de la Melena Llameante. Fery recorría su sendero lleno de aún más cosas por descubrir, recibiéndolas con expectación y buscando la reflexión para lograr ser alguien mejor en todos los aspectos.​


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Asentada de nuevo en Amn tras algunos viajes por Faerún, la mestiza estuvo atenta a las noticias. Enterándose de que la Archanum Schola, antaño conocida como Myrdon Salasker, requería de espadas y escudos valientes para proteger a los estudiantes en una expedición, no dudó ni un segundo en presentarse para acompañarlos como había hecho en otras ocasiones. El conocido Templo de Kossut aún seguía siendo un lugar tan peligroso como repleto de su particular misticismo, suponiendo un reto para todos, pero que al final no tuvieron problemas por hacer frente al ser un nutrido grupo.​


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Con los tambores y rumores venidos del norte sobre las tres tribus orcas, los frentes divididos empezaron a movilizarse. Tras meditar cuál era el mejor lugar para tomar partido, Fery optó por ayudar a Gambiton, pero por un importante motivo: Kjrekk el Inmortal, de los Desgarrahuesos, era originario de Púrskul. Si bien ella había sido entrenada para luchar de manera eficiente contra el mal, y en su interior todavía quedaba remanente del dolor que la raza orca le había producido años atrás; debía de ser un bastión, un faro, un ideal del bien que jamás debía de ser mancillado, por eso, pensó en un plan para ejercer de diplomática y dar la cara por el pueblo hin ante el líder enemigo. Por desgracia, la mayoría de los representantes de los medianos no estuvieron de acuerdo, por lo que el futuro la obligaría a tomar las armas por proteger a los inocentes como única opción.​


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Las primeras investigaciones no se hicieron esperar y pronto un nutrido grupo se adentró en las cuevas para obtener más información sobre los orcos, pues estos parecían haber tenido algún trato con seres de los planos inferiores. Encontrando un hilo del que tirar, la mestiza dio la cara por un pobre minotauro despavorido, indefenso, que no mostraba ser amenaza alguna. Medió para que pudiera marcharse, no sin antes que este revelara al grupo que los orcos estaban atacando sin discreción, habiendo reducido el número de sus cornudos compañeros dada la fuerza que poseían tras, efectivamente, descubrir que sí tenían algo que ver con seres de los planos inferiores.​


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Y llegó un día de gran alegría, pues Fery pudo apoyar la creación del Colegio de las Mil Emociones bajo el manto de la Casa Gáldrim, disponiendo esta una gran sala para que los artistas pudieran dar sus primeros pasos allí mismo, en Púrskul. La mestiza estaba segura de que Primavera, Brizaelinth, Lana y Kath, con los que ya había trabajado anteriormente, serían capaces de crear cosas hermosas para toda la nación de Amn y más allá: algo que seguramente complacería a Sune.​


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Días más tarde, se llevaría a cabo otra reunión importante en la Ciudad Granero bajo el techo de la sede de la Casa Gáldrim. Zentakord y Norah, miembros de los Custodios del Búho y la Zarza Espinosa, habían planteado el colocar un menhir cerca de la ciudad para que, con ello, se diera protección o ayudara a crecer la flora en una amplia zona de terreno. A Fery le entusiasmaba la idea y sonrió cuando fue bien vista por el resto de los socios, pues eso llevaría prosperidad a las tierras de la casa comercial pero también crearía flores bonitas que aportarían alegría para todos.​


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Sin perder la costumbre de apoyar de manera incondicional a la Orden del Guantelete, la mestiza siempre estaba dispuesta a personificarse en el castillo para lo que hiciera falta. En esa ocasión, la maestre Claire ofició el ascenso de la robusta Nadja, seguidora de Bahamut, en una ceremonia que de seguro alegraría a los dioses buenos. Todos los presentes se unieron en un gran aplauso al final, y Fery dedicó personalmente unas palabras de apoyo y agradecimiento a Nadja tras regalarle una rosa, pues tenía claro que sería una gran aliada en la lucha contra el mal y la nomuerte, así como portadora de justicia para todos.

Los pasos seguían a través de la senda de la pureza, devoción y belleza, y por ahora quedaban abismalmente lejos de ser detenidos.
 

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Presente XVII - Socia de la Casa Gáldrim


Sin duda, para Fery, había sido uno de los mayores honores el hecho de que la maestre Ha’Valen en persona le hubiera ofrecido formar parte de la Casa Gáldrim. «Necesito unos días para pensarlo», fue lo que dijo la mestiza. Pero las jornadas fueron pasando y se alargaron demasiado, pues las obligaciones para con la iglesia sunita y alguna que otra escapadita de tranquilidad con Brizaelinth lejos de Amn, habían hecho que el espacio entre el ofrecimiento y la probable aceptación se espaciaran demasiado.

La paladín lo tenía prácticamente claro, pero la charla con su maestro tras el ascenso acabó por empujarla a aceptar la oferta, pues Renaud tenía razón, y es que pertenecer a una casa comercial en Amn era una llave para abrir muchas puertas: seguramente podría sacar partido para los designios de la diosa, además de que la Gáldrim poseía fama de «bonachona» y de seguro ningún proyecto estaría exento de, en el fondo, ayudar a los demás.

Fery había sido citada en los Salones Espumaplateada, lugar donde ella misma se había aposentado para retomar correctamente su rutina en Amn, pues dicha posada estaba muy cerca de la iglesia de su diosa. Se encontró con Talivia, Sulion, Aitana y Brizaelinth justo en la entrada, coincidiendo en que la elfa oscura deseaba volver a verse con la mestiza, por lo que, esta última preguntó si podía formar parte de la reunión. Con todos de acuerdo, el grupo cruzó la puerta y escogió una de las mejores mesas para beber y comer alguna cosa, buscando que el encuentro tomara un cariz amigable y cercano. La maestre de la Casa Gáldrim entregó un sobre a Fery tras haberlo deslizado con calma por la superficie parcialmente ocupada de la mesa.​


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—Venga, abridlo, abridlo —dijo Talivia—. Veréis que viene cargado de sorpresas.

La mestiza abrió el sobre y extrajo varios documentos de su interior: una invitación formal escrita del puño y letra de Talivia Ha’Valen para formar parte de la mesa de socios de la Casa Gáldrim, un contrato, una nota aclaratoria en la que se explicaban los términos del mismo en la que se indicaba que no era necesario firmarla de inmediato, y finalmente, un retrato a carboncillo de un semiorco de poderosa quijada y escaso cabello en la cabeza, mirada firme, bigote poblado y recio torso, pues era la leyenda conocida como «Frutos Trinidad». La paladín parpadeó varias veces al observar el retrato, como si eso le hubiera llamado más la atención que el resto de los documentos, aunque realmente no fuese así.

—Quisiera comentaros algunas cosas, entonces, y antes de aceptar el ingreso… —comentó Fery, aclarándose algo la voz antes de continuar— Si bien lo que os comentaré no tiene un orden de por sí, es todo igual de importante.

Prácticamente todos los presentes aprovecharon para tomar un trago o llevarse algo a la boca, en un silencio de aprobación para que la mestiza prosiguiera.

—No es un secreto que Brizaelinth es formalmente mi pareja —continuó, asintiendo al final—: no sé si eso puede afectar a la reputación de la Casa Gáldrim.

—¿En qué debería afectarnos lo que hagáis de puertas hacia adentro si lo que os mueve es un gesto noble como el amor? —preguntó Talivia de manera firme, sosteniendo la mirada en Fery—. Ah, Seldarine bendito: he dicho «amor» —comentó luego arrugando el gesto para llevarse la copa a los labios y tomar algo de vino—. Tengo que desinfectar esta lengua.

—He compartido mi vida con ella durante cinco años y sé que no hay mal alguno en su corazón —se pronunció de nuevo la paladín, desviando la mirada por un instante hacia la elfa oscura—, pondría la mano en el fuego. Pero por desgracia, aquí en Amn, la política es algo importante.

Sulion miró a Fery, luego a Brizaelinth y finalmente volvió al origen para encogerse levemente de hombros justo antes de tomar la palabra.

—Si os amáis, ¿Quiénes somos para juzgar? Y si hubiere quien os juzgare a vos o a la Gáldrim por aquello… —hizo una breve pausa al llevar su mano a la espada envainada y colocarla sobre un hueco de la mesa— Esta es mi respuesta para aquellos.

—Si de veras nos importaran los juegos políticos de este país, seríamos asquerosamente ricos —Talivia tomó de nuevo la palabra—. Imaginaos lo buenas personas y gestores que somos.

La mestiza sonrió al verse complacida por las palabras de ellos.

—Me gusta ir con la verdad por delante, buena Talivia —dijo tras sonreír.

—Hacéis bien —comentó Aitana justo antes de tomar una de las costillas que habían traído instantes antes, recién salidas de la cocina.

—No es un problema —dijo Talivia—. Y creedme, me duele en el alma tener que referirme a vos como «un problema», doña Brizaelinth.

—Nadie en la Casa Gáldrim pagará por los «pecados de sus padres», doña Fery —se pronunció Sulion entonces para después mirar a la elfa oscura—. Por nosotros podéis estar tranquila, Brizaelinth.

Por su parte, la trovadora tan solo negó con la cabeza y sonrió de manera afable hacia ellos para hablar después.

—No os preocupéis, entiendo lo que queréis decir. Actualmente tengo libre paso, más no tengo inconveniente en ofreceros mi apoyo cuando lo necesitéis, ¿sí?

—Vuestra ayuda fue fundamental en el campamento de refugiados, señora mía —le dijo Talivia.

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El vino y las costillas se tornaron los protagonistas de la reunión, otorgando así un pequeño momento de pausa. Fery aprovechó esos instantes para ordenar la información en su cabeza, tomando aire buscando pronunciarse nuevamente.

—Lo otro que os quería comentar es que hace poco obtuve la visión de Sune, y con ello, me aceptaron formar parte de las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí, por lo que ahora tengo responsabilidades más serias con el templo y mi diosa.

—Enhorabuena —dijo Talivia con una sonrisa—.

—Me alegra que vuestro llamado vea sus frutos, doña Fery. De corazón —dijo Sulion de igual modo.

—Gracias —les sonrió de manera genuina—. Tengo las mismas responsabilidades que una sacerdotisa, teniendo que dar misas, así como guiar a los caballeros y diáconos, pero también servir a los obispos. Y claro, ahora pertenezco a la más prestigiosa orden paladines de la Dama del Amor.

Fery tomó algo de vino tras acerar la copa a sus labios, borrando luego la marca de carmín con el pulgar en gesto sutil y elegante.

—En parte —prosiguió—, mi acceso a la Gáldrim me ayudará a seguir con mi deber, pues este consta también de ayudar a artistas y artesanos en la creación de cosas hermosas, pero por ello os informo de mi ascenso por si algún día mi deber con la iglesia me aleja de las labores como socia.

—Vuestra prioridad debería ser siempre vuestro desarrollo personal, doña Fery —dijo Talivia—. Sería un honor para nosotros compartir con vos parte de ese trayecto, pero también entendemos que la vida da muchas vueltas.

—Mientras seáis honesta con nosotros y con vos misma hasta dónde podéis «arrimar el hombro» en cada momento dado, todo estará bien —dijo Sulion.

—Esperamos que, en caso de acceder a nuestra invitación —añadió Talivia—, nuestra compañía comercial pueda ayudaros a desarrollaros tanto personalmente como en facetas y talentos vuestros.

Fery asintió, sonriendo ampliamente ante todas las palabras que le habían dicho los miembros de la Casa Gáldrim, claramente ya decidida a entrar.

—Pues dicho esto… ¿alguien tiene una pluma? —preguntó la mestiza paseando la mirada por todos los que tenía delante, incluso por la elfa oscura— Dejé mi libro de notas en la habitación, por eso no llevo la mía encima…

Todos buscaron entre sus pertenencias, pero Sulion encontró rápido lo que buscaba, como si hubiera esperado ese momento en concreto para sacar entonces una cajita de madera de su bolsa de viaje. Acto seguido, la deslizó hasta Fery dejando el estuche frente a ella.

—Es para vos, doña Fery —dijo Sulion—. Un estuche para firmar «aquello que sea importante» desde este día hasta los venideros.

La paladín levantó las cejas en gesto de sorpresa, tomando la cajita con calma y cuidado, observando entonces los detalles: esta poseía grabados sencillos que parecían evocar a la vida en Púrskul. Luego la abrió para tomar la pluma y tinta que había dentro, firmando tranquilamente todos los documentos necesarios.

—Antes de pasar a otras cuestiones… —dijo Talivia a la vez que levantaba su copa— ¿Y si brindamos?

Todos la siguieron, incluso se pusieron de pie. Las copas se alzaron justo antes de que la maestre de la Casa Gáldrim se pronunciara de nuevo.

—Propongo un brindis por las mujeres hermosas, es decir, por nosotras. La belleza sin par de nuestros rostros no es más que el reflejo exterior de un alma bondadosa y un intelecto desbordante —hizo una pausa para pasear la vista por todo el grupo—. No había pensado nada, a decir verdad —confesó sonriente.

Brizaelinth rio entre dientes.

—Me agrada ese brindis —dijo—: por la belleza que esta mesa desborda.

—Pues… por las mujeres, sean feas o hermosas, pero de buen corazón —dijo Sulion.

—¡Porque la dama Fery ha dicho que sí! —añadió Aitana con énfasis.

Y con ese brindis, se dio el inicio de las andaduras de la mestiza servidora de Sune en una de las casas comerciales más antiguas y famosas de todo Amn, dejando que la noche se alargara con una charla más distendida, como si de amigos de toda la vida se tratara.
 

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Presente XVIII - Sir Erkund de Neverwinter, el Nigromante y la daga (Primera parte)


Los rumores sobre nomuertos bajo el cementerio habían cobrado fuerza una vez más. En una parte de su misión divina, Fery se ofreció sin dudarlo para ver si podía formar parte de las futuras investigaciones sobre lo que estaba ocurriendo, y pronto fue citada en la residencia de los ordenados del Guantelete.

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Allí en el gran castillo del Distrito del Templo, la mestiza fue recibida por Alice y Tanya, miembros de las Fuerzas Armadas, así como por Ethas y Nadja, caballeros de la Orden del Guantelete. Amablemente le explicaron que se estaban haciendo unas entrevistas rudimentarias con el fin de evitar posibles filtraciones de la información que se pudiera obtener, al ser delicada, y entonces Ethas intercedió por Fery para alegar que ya había trabajado con ella en el pasado, en varias ocasiones.

Tras unos días de preparativos, por fin el grupo se reunió a las puertas del Distrito del Cementerio para dar comienzo a la primera expedición. La paladín de Sune se alegró de ver a tanta gente dispuesta a combatir lo que hubiera en los rincones más oscuros de las catacumbas del cementerio, por lo que, consciente de que podría dar con cualquier cosa, era mejor si el grupo no era de reducido número.

Aún con las Fuerzas Armadas presentes, el liderazgo se había dejado a la Orden del Guantelete y la encargada para ello iba a ser la maestre Claire. Fery, consciente de su posición ante los dos organismos presentes, pensó que su tarea sería más el acatar las órdenes y cubrir la retaguardia, y así se dispuso de primeras.

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El grupo se adentró con calma a las criptas por los caminos ya conocidos por la mayoría de los integrantes, pues casi todos eran veteranos de la lucha contra la nomuerte. Sin embargo, y como bien se comentó, por mucho que las criptas que había bajo la ciudad se habían explorado durante décadas, del mismo modo era cierto el rumor de que quizá ni un cuarto de estas habían sido cartografiadas, y eso era algo que iban a descubrir.

El primer conflicto no se hizo esperar y los nomuertos encontrados cayeron con facilidad bajo el acero bendito y la voluntad del grupo, llegando a concretar que no parecía haber control sobre los enemigos por parte de nigromancia, siendo simplemente marionetas de la energía negativa residual.

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El descenso a las entrañas de la tierra se hizo largo y pesado, pues pasaron varias horas con tan solo algún descanso en las pequeñas alas abandonadas y polvorientas. Finalmente, el destino los llevó a un complejo de túneles, puentes y abismos oscuros tan profundos que no eran capaces de imaginar. Sus pasos continuaron hasta darse cuenta del aviso que les estaba dando la tierra, pues esta temblaba un poco junto al ruido renqueante de criaturas que se aproximaban y el sonido del tintineo del acero contra el hueso que acompañaba.

—Esqueletos… —dijo Claire— Sin duda, es de las criaturas que menos esperarías ver como autónomas: la teoría de que exista alguien que los esté alzando toma fuerza. ¡Contenedlos!

Esta vez, los enemigos supusieron un reto un poco más grande, pero no lo suficiente para tan experimentado grupo bendecido por el poder de sus dioses. Con ello, siguieron adentrándose aún más hasta dar con otro grupo, ahora mayor, pero que también consiguieron reducir. Estos, sin embargo, llamaron más la atención por su indumentaria, pues, aunque ya oxidadas, algunas tenían algo de oro ceremonial, haciéndoles pensar que podrían tratarse de guardias de la realeza. Por desgracia, entre los integrantes no había ningún historiador, por lo que no se pudo corroborar esa teoría.

Ya con la noción del tiempo algo perdida, por fin se encontró algo importante: un hombre herido que portaba una armadura completa. Lo que más llamó la atención de este era una marca en un costado provocada por lo que parecía una herida de daga, habiendo dejado una especie de borde oscuro alrededor de ella.

—Por el Justo… aguantad, buen hombre —dijo Claire justo antes de dejar sus armas a un lado para buscar sus útiles de sanación con intención de tratarlo a la mayor brevedad posible.

—¿Puede que sea uno de los lathanderitas? —Inquirió Amberley posando la mirada en el caballero sentado con la espalda apoyada en la fría pared de piedra.

Empezaron a escucharse ruidos y quejidos, por lo que el grupo se cerró alrededor de la maestre de la Orden del Guantelete que estaba tratando las heridas del medio caído.

—Atentos a cualquier cosa —dijo Nadja—, no intentéis llegar a mí en el caso de que me sobrepasen y cerrad la segunda línea.

—Habrá que prepararse —dijo Fery.

Poco a poco se pudo vislumbrar algo entre la oscuridad más absoluta, cientos de rostros de nomuertos condenados que se arrastraban en dirección al grupo con sus murmullos ininteligibles.

Armas en mano, los combatientes del bien se enzarzaron esta vez en una gran contienda que pudo ser repelida gracias a las bendiciones de los dioses. Al final, y para sorpresa de todos, los caídos llevaban ropas más modernas, algo que contrastaba con lo encontrado anteriormente: algunos portaban uniformes del Puño Llameante de Puerta de Baldur mientras que otros lucían ropas oscuras y un símbolo de calavera pintada en rojo sobre un triángulo inverso. Aún sin amenaza presente, el silencio y el frío penetraba en los huesos de los integrantes, todo como un temor persistente y una sensación de peligro inminente y letal.

—Recuerdo algo que escuché o leí —comenzó a decir Zarah—, ese símbolo… había una criatura o algo así, llamada «Absoluta».

—¿Absoluta? —preguntó Amberley— Me quiere sonar… aunque no termino de ponerle el dedo encima.

—El nigromante del que nos advirtieron los lathanderitas cada vez se torna más real —comentó Alice.

—Cerraré la marcha —dijo Fery volviendo atrás junto a Navin.

Sus pasos siguieron y las sensaciones se tornaron aún peores: la magia profana se concentraba alrededor de ellos, estando claramente en un lugar antiguo y de muerte que contenía un gran poder. El frío parecía agarrarse a la carne de ellos como el abrazo de un ser querido que no querría marcharse. Avanzando, finalmente el grupo llegó a abandonar los túneles para salir a una sala con un gran abismo, esta rodeada por montañas de huesos y restos. En el fondo de la misma se podía vislumbrar lo que parecía una estructura, un altar de mármol antiguo y desgastado; y justo delante, una marabunta ósea fluctuaba y se movía según los gestos de un hombre que parecía estar haciendo algún tipo de sortilegio. Al lado de este, una figura embutida en una pesada armadura de acero oscuro contemplaba al grupo en silencio sepulcral, pudiendo apreciarse dos llamas cerúleas en el interior de su yelmo.

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«Avanzad», escucharon todos en su cabeza. Y avanzaron, pero no por obligación de cualquier magia oscura, si no por la devoción y voluntad por averiguar qué era lo que ocurría y por fin encontrar una explicación a todo. Sus pasos atravesaron un inmenso osario, pilas inacabables de huesos y cráneos, pero con la particularidad de que eran mucho más grandes que los de cualquier humano.

—¡Deteneos en nombre de la Orden del Guantelete! —exclamó Claire con energía y autoridad hacia el desconocido que parecía conjurar— ¡Detened vuestra actividad e identificaos de inmediato!

—Nada de esto está bien —dijo Alice a la vez que paseaba su vista por los alrededores— Los muertos deben descansar y sus restos deben respetarse: hay que poner fin a todo esto.

El hombre cesó lo que parecía ser un ritual y se giró con parsimonia para contemplar a todo el grupo.

—He de admirar vuestro esfuerzo —dijo con una voz que resonaba de manera aguda, dividida en dos—. Encomiable lo que habéis exterminado para llegar hasta aquí. ¿Buscáis luchar, tal vez?

—No parece tener intención de esconder sus fechorías ni muestra signo de arrepentimiento alguno, maestre Loftur —dijo Alice dirigiéndose a Claire.

—No os quepa duda —le dijo Claire para luego dirigirse hacia el hombre misterioso—. Pero primero le daremos la oportunidad de explicar quién es y qué está haciendo.

—¿Qué fin podría tener explicaros nada? —tomó de nuevo la palabra el hombre— Comando a los muertos: no hablo con aquellos que pronto lo serán. ¿Sabéis dónde os encontráis? ¿Acaso siquiera reconocéis este lugar?

—Todo esto son esqueletos de ogros, es evidente que no son humanos —contestó Claire—. El osario fue un símbolo de triunfo, para conmemorar la mayor victoria del rey Esmel Torlath I, fundador de Amn, en las Guerras Ogras.

—Tenemos a una entendida de la historia de este reino —dijo el desconocido antes de asentir—. Así es, y entonces confío en que podréis suponer qué os aguarda.

El ya claramente nigromante chasqueó los dedos, para luego dar la espalda al grupo y encararse hacia el portal que había estado abriendo con el ritual.

—Debo terminar la obra que el Maestro Thorm no pudo concluir y aún falta mucho para eso: tal vez volvamos a vernos si sobrevivís —volvió a pronunciarse antes de marchar junto al nomuerto de la armadura pesada.

El chasquido del nigromante había dejado un remanente de energía dividida en varios rayos que fueron alcanzando las distintas pilas de huesos que había por toda la oscura estancia. Y tal y como esperaba todo el grupo, que por ello se habían puesto en guardia, un montón de esqueletos se formaron para atacar de manera feroz. Los valerosos héroes aguantaron todo lo que pudieron, pero el cansancio hizo mella en ellos para hacerles sucumbir a las heridas por la gran superioridad en número de sus enemigos. Sus cuerpos se sumaron a la pila de cadáveres olvidados por los milenios y la oscuridad se cernió sobre ellos en los últimos hilos de vida.

—Vosotros me devolvisteis la luz… no dejaré que el abismo os consuma —escucharon una voz los pocos que todavía mantenían un hilo de consciencia.

Y efectivamente, la oscuridad volvió a ser luz. Cuando todos recobraron la consciencia, se encontraron en el Hospicio de San Annur con todas sus heridas tratadas y vendadas, con poco más que la ropa interior como ropa.

—Benditos sean los dioses buenos… os vais despertando —escucharon la misma voz, pero aquella vez si pudieron ponerle rostro, que no era más que el del caballero que habían encontrado malherido allí en las mismas grutas—. Pensaba que tal vez alguno no lograría sobrevivir, pero sois hombres y mujeres fuertes.

—¿Habéis sido vos? —preguntó Claire tras recomponerse, al igual que el resto.

—El mérito es solo vuestro —contestó el hombre mayor—. Yo solo he acabado con un par de bestias casi destrozadas, pues mis heridas no me habrían permitido hacer mucho más. Mi nombre es Erkund, Erkund de Neverwinter.

—Había un nigromante y su guardián —continuó Claire—. Hemos evitado que cumpliese su objetivo de alzar un ejército de ogros, pero se ha escapado.

—Asumo que es lo que yo mismo perseguía.

—Sabían lo que buscaban pero no sabemos su identidad ni su conexión con el resto de nomuertos. De hecho, lejos de haber encontrado una explicación a los rumores, nos hemos topado con otro problema adicional.

—¿Alzar un ejército? —Las cejas del caballero se alzaron en sorpresa—. Vaya, entonces ha sido bueno que hayáis llegado y detenido sus planes.

Erkund sacó algo envuelto en un paño de sus pertenencias y lo ofreció al grupo.

—Creo que esto os puede resultar de utilidad —volvió a dirigirse a todos—: me la clavó ese temible caballero cuando intenté emboscar al nigromante.

Retiró lentamente el paño para mostrar a todos una daga utilizada para rituales, hecha de hermosa obsidiana pero que no había sido forjada, más bien tallada de manera perfecta, lisa y horriblemente fría al tacto.

—Nos aseguraremos de examinarla en profundidad —dijo Claire a la vez que tomaba la pequeña arma, asintiendo en agradecimiento al hombre—, pues es una gran pista. Sir Erkund, vos nos habéis salvado, vuestra ayuda ha sido de un valor incalculable.

—Es lo mínimo que podía hacer, pues daba mi destino por alcanzado. Pensaba que mi destino era caer ahí, pero llegasteis envueltos en una luz sagrada para y para mí fue como volver a nacer.

—Os agradezco el gesto —dijo Fery con una gran y genuina sonrisa—, pues podremos combatir un día más por los dioses buenos.

Con horas por delante por la recuperación de las heridas, el grupo discutió los siguientes pasos. La daga se llevaría a la Arcanum Schola para tratar de averiguar algo más, incluso si se podía dar con su creador, y sir Erkund quedaría bajo la hospitalidad del castillo de la Orden del Guantelete.

¿Cuál sería entonces el misterio que encerraba la daga ritual?
 

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Presente XIX – Murann y la Fiesta de los Placeres Entrelazados (Parte I)


Fery se había mantenido alejada de la conocida Ciudad de las Bestias durante años. A decir verdad, siempre se había preguntado cuándo sería el momento en el que debería de viajar hasta Murann para actuar movida por su deber y juramento, y ese día iba a llegar más pronto que tarde.

Una noche, tras una reunión de socios de la Casa Gáldrim, Mernalyn aguardaba en la entrada de la sede junto a Sariel. Mientras la primera zanjaba unos asuntos con Sulion y Talivia, la segunda preguntó a la paladín de Sune por si conocía a alguien que supiera bailar. Por supuesto, Fery conocía a una gran bailarina, «la mejor», pensó incluso cuando Brizaelinth se le vino a la mente. Pero la pregunta era… ¿para qué? Y Sariel explicó que en Murann se iban a celebrar la Feria del Emperador, siendo uno de los espectáculos una prueba de baile en la cuál el regalo por ganar era ni más ni menos que una esclava sacerdotisa de Selune.

La mestiza no dudó en ir al encuentro con su amada, la elfa oscura, para explicarle sobre lo que le habían trasmitido. Ambas estaban de acuerdo en que debían de intentar dar una oportunidad a esa esclava, por mínima que fuera, teniendo Brizaelinth claro el hecho de aprovechar su ascendencia y aptitudes para participar como una más. Pero faltaba algo, y es que Fery nunca había estado allí, por lo que desconocía todos los accesos y salidas de la famosa ciudad, viéndose también con la necesidad de conocer los lugares a evitar dentro de las oscuras calles.

La paladín tenía claro que no iba a ocultarse, que iba a ir de frente sin usar nada de subterfugio, pues estaba al servicio de su diosa por el bien, y eso era algo que jamás iba a esconder. Por ello, pensó que lo correcto era que la informaran e invitaran como a cualquier otra persona que pasara por Murann, por lo que decidió emprender un viaje hasta allí acompañada de Brizaelinth.

Les tomó algunos días llegar hasta Caravasar desde Púrskul, pues habían descansado allí en el origen, pero luego solo tuvieron que seguir las indicaciones para adentrarse en las tierras del imperio de las bestias. Ya cerca de la capital portuaria, Fery se vio en la obligación de detener a su yegua, Emperatriz, para ver de cerca y con sus propios ojos aquello que no terminaba de discernir en la lejanía.

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Era una clara advertencia, un aviso de lo que le esperaba a cualquiera que se atreviera a atentar contra el Emperador. Cuerpos empalados, también colgados, la imagen era de lo más grotesca que Fery había presenciado, y por eso no le pasó inadvertida. La paladín no tuvo miedo, pues dejó de sentir esa sensación desde que había sido bendecida por Sune, pero tampoco había presenciado nada igual, por lo que le fue imposible el no poder quitar ojo de los cuerpos, y, en otras circunstancias, habría hecho lo posible por bajarlos y evitarles su sufrimiento, pero en esa ocasión ya era claramente tarde para salvar a nadie.

—¿Estás bien? —preguntó Brizaelinth a escasos metros de la metiza de orco.

Fery desvió la mirada, incluso paseó esta por el suelo, todo para luego girarse hacia su amada y mirarla a los ojos, como si tratara de conectar con algo que la alejara de lo que había presenciado.

—Sí… —tardó en contestar.

—¿Quieres que demos la vuelta?

—No —dijo acompañándose de una negación con la cabeza—. Es más, es mejor que sigamos, pues ahora ya sé lo mínimo que voy a encontrar allí.

No dudó y caminó hasta Emperatriz para montarla de nuevo, todo bajo un rostro serio e imperturbable, marchando con tanta decisión que pareció que sería capaz de dejar a Brizaelinth ahí, de no ser porque esperó pacientemente a la elfa oscura tras tomar las riendas de la yegua.

Ambas continuaron por el camino hasta por fin dar con la gran ciudad y cruzar las puertas, que, aunque fueron objetivos de miradas, no tuvieron ningún problema para atravesar estas como cualquier otro ciudadano o viajero más.

Era sorprendente como ante la decadencia, la ciudad estaba muy concurrida con ir y venir de muy diversas bestias y humanoides. Por desgracia y de igual modo, era un lugar realmente incómodo para Fery debido a las lúgubres calles, el saber que muchas de las bestias tendrían el corazón tan negro como la noche, las idas y venidas de esclavos, el olor a sangre, y por supuesto algún que otro nomuerto que se movía con libertad.

A las horas de visitar un poco los lugares más públicos para evitar problemas, la pareja se encontró con un hombre tapado hasta arriba que se detuvo frente a ellas. La paladín se mantuvo firme, pero pensó que los problemas se les iban a echar encima, que bastante habían aguantado en aquel lugar sin que nadie mostrara un mínimo de hostilidad: pero se equivocó.

Este, que portaba un gran báculo, se vio acompañado poco después por lo que parecía un hombre de capucha calada y ropajes oscuros que respondía al nombre de Ceniza; y casi al instante, un drow de escalofriante aspecto hizo acto de presencia, pues este poseía cicatrices en las comisuras de sus labios como seña de haber sufrido dos horribles cortes en el pasado.

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—En unas lunas se celebrará la Feria de Muranndin —dijo el hombre del báculo—. Estoy seguro de que podrán disfrutar de las diversas actividades, ¿hm?

—Vaya, una feria —dijo Fery, claramente no sorprendida al haber llegado con los rumores sobre ello—. ¿Con artistas y artesanos?

—Oh, eso está bien, quizá podemos venir para la feria entonces —dijo Brizaelinth.

—Llamarme artista es todo un halago —tomo de nuevo la palabra el hombre, esta vez llevándose la mano zurda al pecho para terminar asintiendo—. Habrá de todo, espectáculos con magia, luchas en el Circo…

—Tendrá de todo —se pronunció entonces el drow tras tomar asiento en medio de la calle para seguir charlando como si nada—, juegos con sangre, sangre… ¿A vosotras os gusta la sangre y la glora, féminas? —preguntó luego.

—Más el honor, si os soy honesta —contestó Fery.

—No es mi pasión —contestó la elfa oscura a la misma pregunta—. Aunque un buen combate donde ambas partes están dispuestas a combatir está bien, supongo.

—¿Pero solo habrá combate y espectáculos mágicos? —preguntó entonces la mestiza.

—Apuestas, juegos, danzas… —contestó el hombre.

—Hay carteles por todos lados: coged uno —dijo el drow tras señalar algunos que incluso se movían por la calle con la brisa que recorría por esta.

Fery caminó hasta la pared del edificio más cercano y tomó uno para observarlo por encima, guardándolo luego a buen recaudo. No tardó en que sus pasos la devolvieran cerca de su amada y los tres desconocidos.

—Los juegos y las danzas me interesan, las apuestas también, aunque en menor medida —comentó Brizaelinth.

—La danza tiene, justamente, un premio jugoso, ¿hm? —dijo el hombre del báculo antes de reír.

—¿Premio jugoso?

Los carteles lo habían confirmado, pero el hombre también. No eran rumores, era algo que iba a acontecer y la mestiza y la elfa oscura se dirigieron sendas miradas de complicidad.

—Oh, entonces es el premio: teníais razón —dijo Brizaelinth hacia Fery antes de reír un poco—. En ese caso me apuntaré, ¿por qué no? —terminó por dirigirse al trío que tenía delante.

—¡Os agradecemos la participación! —exclamó el hombre— Y si les da, por un casual, tiempo a difundirlo por ahí, seguro que termina toda la capital abarrotada, ¿hm?

—¿Tenemos permiso para difundirlo? —preguntó Fery para asegurarse.

—Hay carteles por todos lados, no creo que sea información delicada.

—Mejor, porque no queremos problemas.

Los desconocidos se despidieron tras la charla para dejar a la mestiza y la elfa oscura solas. Estas dieron un corto paseo hasta acabar en el puerto, tomando más tarde el primer barco que navegara hacia el norte.


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La sensación de alivio se iba haciendo más patente conforme el navío iba abandonando Murann, agradeciendo en parte de que la toma de contacto había ido bastante bien. Pero en realidad, su charla las llevó a la conclusión de que lo peor estaba por llegar el día en que se personificaran para la Fiesta de los Placeres Entrelazados, y que, de seguro para ambas iba a ser una dura prueba si realmente querían darle una oportunidad a la esclava selunita. Pero estaban dispuestas: cada una a su manera debería de hacerse fuerte en lo que mejor sabían hacer, pero lo harían juntas, sabedoras de que una tendría la espalda cubierta de la otra.



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Presente XX


Llegaron más amaneceres para la paladín de La Dama del Amor, avanzando paso a paso por el sendero que ella misma había decidido escribir.

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Que toda la Gáldrim no pudiera hacer acto de presencia en el conflicto de Nashkel contra los Matabestias no era algo que evitara el hecho de que la casa comercial enviara apoyo al frente. Se había contratado a la Hermandad del Botijo y la Parra, liderada por Beltrán de Parres, pero que lo haría con apoyo de la ya conocida Aitana. Y ahí estuvieron para recibirlos a la vuelta, donde además el grupo mercenario había conseguido salvar a un montón de crías de orco que iban a ser pasadas a cuchillo. Si bien Fery tenía sentimientos encontrados por todo el asunto de los orcos y su pasado, era Sune aquella que siempre habla sobre el amor, por lo que, a fin de cuentas, había estado del todo de acuerdo en dar una oportunidad a esos pequeños.


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Fery nunca había asistido a una de las fiestas organizadas por Boti, y como se suele decir, siempre hay una primera vez. Aunque en aquella ocasión hubo varios artistas que tocaron muy bien y la música acompañaba al baile, le pareció bastante curioso el tratar de entender que la fiesta era en honor a él solo y en honor a Eldat, por la ubicación, u otro dios. En cualquiera de los casos, le sirvió para tomar un poco de aliento y además ver tocar a miembros del Colegio de las Mil Emociones.


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¡Y por fin llegó la gran actuación al completo del Colegio de las Mil Emociones! Todos y cada uno se unieron para su presentación, llevando a cabo un gran espectáculo en los campos de Púrskul. La mestiza estaba realmente contenta de haber podido apoyar el proyecto a sabiendas de que el grupo llegaría lejos y aportaría muchos momentos de felicidad a toda la nación amniana, algo que de seguro complacería a Sune.


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Fue todo un honor recibir una invitación de Ajhuu yn Nassher, el gran Sultán del Coral, para que la Casa Gáldrim estuviera en la Feria del Fuego Celeste por la inauguración de la nueva Caravasar. Enseguida se pusieron manos a la obra para llevar algún artículo nuevo y que llamara la atención, donde la maestre Talivia tuvo la gran idea de crear una tirada limitada de artículos cosméticos. El «Ícor de la Tierra», que así se llamó al kit de cosméticos, fue un rotundo éxito y además Fery pudo mostrar su habilidad a la hora de utilizar estos, ofreciendo servicio de maquillaje a aquellos y aquellas que compraran.


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Y continuando con los honores, fue toda una sorpresa para la mestiza el hecho de recibir una invitación personal de parte de la bardo Astrid, conocida por ser antigua miembro de La Eterna Melodía. En esta, se la invitaba como público a una obra de teatro organizada por la Sociedad Noble y Comercial del Broche Áureo, que le fue muy bien porque sabía que tanto Brizaelinth como Kath iba a formar parte de los actores que saldrían al escenario. Disfrutó entonces de una hermosa velada sin poder quitar los ojos de su amada.


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De nuevo, en la conjunción de eventos y festividades, Kazad Gromdal no iba a ser menos. El Gremio de Artesanos de Athkatla había organizado una feria en el frío norte, siendo algo que Fery no deseaba perderse. Con puestos de venta, talleres y actuaciones, la mestiza probó el tallaje de gemas, dándose cuenta de que sus cuidadas manos no estaban hechas para ello; pues era claramente capaz de combatir con fiereza bajo el amparado de su diosa, así como de aplicar la diplomacia de manera precisa gracias a su labia: pero jamás podría dar forma a las gemas brutas.


Mucho le aguardaba todavía a la seguidora de la Princesa de la Pasión y por eso avanzaba siempre y hacia delante con mucha decisión.
 

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Presente XXI – Por Gambiton (Primera parte)


Sin posibilidad alguna de alcanzar un pacto para una paz duradera con la tribu orca que amenazaba la mancomunidad, solo quedaba prepararse para lo peor.

Pero los dioses buenos estaban del lado de los hins, pues un gran número de gente estaba dispuesta a ayudar de manera altruista en todo lo que hiciera falta. Afincada ahí desde el principio, Fery no iba a ser menos, así que solo quedaba prepararse para defender a punta de espada a los inocentes tras no haber podido avanzar por la vía diplomática, muy a su pesar.

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La presidenta Qini había puesto a Magán Sinmiedo como oficial del autoproclamado Ejército de Liberación Hin, y aunque entusiasta, estaba claro que la poca experiencia militar de este iba a jugar en su contra. Sin embargo, no iba a ser Fery quien pusiera a la autoridad en una disyuntiva, al menos en aquel momento y sin un motivo de peso, pues los medianos necesitaban sentirse unidos y no lo contrario: la mestiza tenía claro que no iba a hacer como Calendil o Numina, que esta última había puesto en entredicho y en público el mandato de la presidenta.

Magán tenía un plan, pero acabó escuchando a todos, por lo que se llegó a un acuerdo en que tratarían de sacar a los orcos de su campamento a través de un grupo que haría de cebo para luego atraerlos hacia la mancomunidad, con intención de que cayeran en las trampas previamente hechas y aprovechar las defensas alzadas en favor a la pequeña villa. Y eso fue lo que se acordó.

Pasaron pocos días y ya todo quedó listo. El grupo defensor estaba preparado tras las protecciones alzadas y Magán y el resto caminaron hacia el norte, dirección campamento orco. Cincuenta hins entusiastas acompañaban a su oficial y Fery estaba dispuesta a asumir el mando en cuanto la cosa se torciera, pues nada auguraba algo bueno y mucho menos fácil, ya que el camino estaba plagado de trampas: ¿era posible que los enemigos supieran del plan?

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Ya por fin a las puertas del campamento, era hora de hacer ruido. El grupo no era bueno en sigilo, y tampoco era su cometido, así que muchos de los enemigos salieron a dar con los héroes, empezando así un enfrentamiento. Pero todo era extraño, y es que la respuesta de los orcos era menor de la esperada, así que incluso el grupo pudo adentrarse en el campamento: el lugar estaba vacío, solo unos pocos habían hecho resistencia y casi todo había sido recogido. Pero el sonido de la alarma de la mancomunidad sonó, producido por el cuerno, llegó hasta los oídos del grupo ahí presente y que tenía como misión el hacer de cebo.

—Mierda… No me digas que el ataque ya ha empezado en el campamento… —dijo Mernalyn— ¡Fery!

—Diosa… —fue lo único que salió de los labios de la paladín ante la sorpresa.

—¡Maldición! ¡Los orcos deben estar yendo para la Gambiton! —exclamó Nicodemus.

—¿Cómo es posible…? —preguntó Calendil de manera retórica.

Pero Brizaelinth los alertó a todos.

—Tened cuidado: hay movimiento encima de las lomas, ¿sí? —susurró hacia el grupo.

Varios orcos empezaron a descender por el terraplén con no buenas intenciones, habiéndose valido de una emboscada.

—Atraed a todos los que podamos: si podemos con ellos, bien, si no, tendremos que retroceder —dijo el magistrado Gelvalm.

—¡A las armas! —gritó Fery.

Los enemigos atacaron con fiereza y supusieron un reto dada la ventaja, dejando a la mayoría de hins no preparados para esa situación muy malheridos, incluso Magán. Se hizo recuento tras acabar con todos y se trataron las heridas como buenamente se pudo, descubriendo también que esos orcos no tenían marca alguna o señas de haber tenido algo que ver con entes de los planos inferiores, que era una de las suposiciones. La elfa oscura se hizo con su laud para tocar una melodía que ayudaría a sanar las heridas y animar el espíritu de los heridos.

—Alguien ha debido de avisarles, por lo que… —dijo Fery.

—¿Seguro? —preguntó el magistrado.

—Nos habían dicho que eran doscientos y aquí no habremos hecho frente a muchos más de treinta —contestó la paladín para luego señalar los restos conforme el campamento había sido abandonado—: esto ha sido un giro de los acontecimientos.

—¡¿No habéis oído el cuerno?! —dijo Calendil.

—Este plan es un desastre —dijo Mernalyn—, no puede salir bien. ¡¿Y qué hacemos con los heridos?!

—Que se pongan en pie: nuestra prioridad es que vuelvan sanos y salvos —contestó Fery con firmeza, recordando que su labor era la de salvar vidas más que sesgarlas.

Brizaelinth aprovechó para buscar entre lo que quedaba del campamento, dando con una carreta algo maltrecha pero funcional, mostrándola al resto.

—Los pies más veloces podemos ayudar en la defensa y aquellos más lentos quedarse atrás para seguir el plan, si gustan —comentó Gelvalm—. O volver todos.

—No voy a dejar atrás a toda esta gente, pero no os detendré si el resto queréis seguir adelante —dijo Fery.

—Podemos usar este carro para llevarnos a los más heridos, ¿sí? —compartió su idea la elfa oscura.

—Bien, carguemos a todos en el carro y a empujar —dijo Nicodemus.

—No tiene sentido que nos separemos ahora y acabar todos muertos, volvamos juntos y ya —añadió Gavin.

—Calendil, Nicodemus, ¿podéis ir avanzando? No me fío de estos pielesgrises —dijo Fery tras alzar la parte delantera de la carreta.

Una parte del grupo ayudó a empujar la carreta por detrás para hacer el peso más llevadero, mientras que otra se dedicó a ir de avanzadilla para evitar más problemas. Algunos orcos rezagados atacaron, pero no supusieron problema alguno, y cuanto más cerca se estaba de la comunidad, más se podía sentir el peligro latente. El humo empezó a verse por la proximidad, a pesar de la gran lluvia que estaba cayendo, y ya a las puertas de la mancomunidad el peor de los temores se hizo presente: los orcos que no estaban en el campamento luchaban ferozmente dentro de la misma villa, con todos los defensores tratando de repeler el ataque.

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El grupo dejó el carro con los heridos a buen recaudo y avanzó con decisión para ayudar a los defensores. Fueron abriendo brecha, tratando de salvar todo lo que fuera posible mientras los enemigos respondían con fuerza. Al final, por la suma, los orcos decidieron tomar algunos campesinos en la retirada, incluso a la alcaldesa.

La gran mayoría de edificios estaban en llamas, pero la lluvia impidió que el fuego creciera. Algunos defensores alzaron las espadas en señal de victoria mientras otros lloraban desconsolados, pues habían perdido amigos o familiares en el conflicto. Cuando Fery recuperó la consciencia, pues ella también había sucumbido a las numerosas heridas por poner su espada delante de aquellos que no podían defenderse, se dio cuenta del estado de la villa: era un desastre.

Las divagaciones no tardaron en estar en boca de todos, pues muchos indicaban que había sido una trampa, pero, ¿quién había revelado los planes? Fery sentía la furia dentro de ella, pues su mitad orca, más siendo hija de un Sangreardiente, era algo con lo que debía de lidiar casi a diario para mantener su rectitud. Muchos decidieron rastrear a los orcos huidos y ella tomó sus armas con rapidez a pesar de las heridas, pero por desgracia para todos, pronto llegó la confirmación de la aplastante evidencia: se halló un túnel secreto que llevaba hasta detrás del ayuntamiento. Tal y como había advertido la mestiza en más de una ocasión, los caudillos orcos destacan del resto de sus semejantes por ser inteligentes, dispuestos a utilizar tácticas menos expuestas y más efectivas, pues eso le había demostrado su difunto padre. Así que era cierto, alguien había traicionado a la mancomunidad y a todas las gentes de bien que habían decidido ayudar; por lo que, lejos de haber acabado con todo lo que acontecía a la tribu de los Desgarrahuesos, ahora tocaría meterse en la boca del lobo para salvar a todos aquellos que habían secuestrado.
 

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Pasado – Los Krill de Púrskul (I)

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La pequeña Krilge se encontraba rodeada de desconocidos. Sin embargo, esta vez, lo hacía frente a una mesa que encima tenía algunos platos de comida y agua, sentada en una silla al cobijo de una manta, asomando su cabeza por encima de la gran tabla. Su mirada observaba con curiosidad al resto de los presentes, aunque también se mantenía alerta y algo tensa. Había un semiorco que ya había alcanzado la madurez, ataviado con ropas gastadas de trabajo y algo de suciedad en su rostro. A su lado, de brazos cruzados, un hombre de mediana edad con canas imperando en su cabello, de semblante sereno y tez castigada por las labores de sol a sombra. Y finalmente, algo más alejada de la mesa, una mujer que rondaría la edad del hombre parecía acabar de ordenar algunas cosas en la sala, manteniendo una sonrisa que evocaba tranquilidad, con unos grandes anteojos reposando en su nariz.

—¿No tienes hambre, pequeña? —preguntó la mujer, llevando un cuenco con algo de fruta hacia la mesa.

Krilge desvió su mirada hacia todo lo que había encima de la mesa, deseosa por probar algo a causa del tiempo que llevaba sin comer. Pero ella había sido criada para obedecer, nunca para decidir, por lo que aguardó con prudencia.

—Esto es una mala idea —dijo el hombre.

—Quizá no nos entienda, ¿me dejáis que pruebe algo? Puedo probar en idioma orco —dijo el semiorco buscando la aprobación de los Krill.

El hombre asintió y el mestizo se aclaró la garganta.

—Soy Krothu —se señaló y luego movió su palma hacia los humanos—. Ellos son el señor Seibert y la señora Grell: los Krill.

La pequeña semiorco los volvió a mirar, esta vez con más detenimiento, aunque no por ello dejó de estar alerta. Después, posó su vista en Krothu, tomando algo de valor para pronunciarse.

—Soy Krilge —se presentó de manera escueta.

—Ah, bien, Krilge… Si quieres, puedes comer de…

Y a Krothu no le dio tiempo a acabar su frase antes de que la pequeña mestiza se dispusiera a llevar toda la comida que podía hacia su boca, con el fin de masticar con rapidez y tragar de igual modo.

—Pobrecita… —dijo Grell con cierta ternura antes de llevarse la mano a la boca, tomando una silla después para sentarse cerca.

Seibert se descruzó de brazos con intención de relajarse un poco. El hombre había trabajado toda la vida en Púrskul y era consciente de que las crías de orco, o mestizas, podían suponer un problema de ser violentas. No obstante, Krilge no se había mostrado hostil incluso tras haber sido descubierta en uno de los graneros.

—¿Qué vamos a hacer con ella, Grell? —preguntó luego, dirigiéndose a su esposa.

—Podemos darle cobijo, ¿no crees? —contestó la mujer.

—No la conocemos de nada y podría ser peligroso tenerla aquí.

—Pero mírala —señaló a Krilge con la palma—. De haber querido hacernos daño ya lo habría hecho y ha esperado a que Krothu se dirigiera a ella para empezar a comer.

Seibert negó con la cabeza para luego suspirar, girando después la cabeza hacia el semiorco.

—¿Puedes preguntarle qué hace aquí? No parece haber tenido mucho trato con la civilización.

Krothu asintió para luego acercarse un poco más a la pequeña mestiza.

—¿Vienes de muy lejos? —preguntó.

—He caminado durante un par de días casi sin descanso —repuso Krilge, deteniéndose por lo justo y necesario del comer para ello.

—¿Dónde están los tuyos?

—Escapé de la tribu de mi padre que fue atacada por unos hombres con mucho metal encima.

—¿Y no quieres volver con ellos?

—Nunca.

Krothu explicó a los Krill lo que Krilge les había dicho y estos parecieron reflexionar ante las palabras.

—Por los dioses buenos, Seibert, esta pequeña necesita un lugar con amor —dijo Grell.

—¿Y qué pasará si esa tribu la busca? —preguntó el señor Krill entonces.

—¿Cuántas posibilidades hay? Puede que la hayan dado por muerta o desaparecida.

Seibert suspiró con pesadez para luego pasar su mano por la cara, masajeándose los ojos en el proceso.

—Está bien —dijo tras despejar su rostro—. Mañana sin falta iré a la guardia mientras Krothu empieza a enseñarle las labores que tocan.

Grell sonrió. Su sonrisa no era la de haber ganado algo, más bien de satisfacción por saber que podría brindarle una oportunidad a la pequeña mestiza.

—Quizá sea una señal de los dioses por no poder tener hijos, querido —dijo la mujer—. Siempre quisimos una parejita, y mira: tenemos a Krothu y ahora a ella.

Los pasos del señor Krill lo llevaron hasta su esposa y este colocó una mano sobre el hombro de ella como gesto afectivo. Apretó este con gentileza, sonriéndole por tan solo un instante.

—Puedes decirle que es libre de quedarse si así lo desea, pero que en ese caso tendrá que trabajar como todos nosotros —dijo Seibert hacia Krothu.

El semiorco asintió, pero espero a que Krilge terminara de comer, siendo ese momento justo después de que ella bebiera una taza de agua en pocos segundos.

Y la mestiza aceptó, por supuesto. Quizá los dioses se habían mostrado misericordiosos con ella o simplemente había tenido buena suerte, ¿y si se trataba del mismo destino? Nunca lo supo, pero no por ello iba a perder una gran oportunidad por tener una vida normal, toda ella alejada de la sangre, el dolor y las muertes sin sentido.
 

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Presente XXII – Murann y la Fiesta de los Placeres Entrelazados (Parte II)


Fery había tomado un buen baño antes de su rezo matutino. Fue un largo momento de introspección, meditación y reflexión, pidiéndole fortaleza y entereza a su diosa para aguantar todo lo que estaba por llegar.

La mirada de la mestiza parecía perdida en el mar, habiendo dejado a Brizaelinth su espacio para prepararse. Pero cuando la elfa oscura fue al encuentro de Fery, pudo apreciar la seriedad en el rostro de su compañera sentimental. Sin embargo, ya habían hablado largo y tendido sobre el asunto que les acontecía, estando enteramente dispuestas a dar una oportunidad, por pequeña que fuera, a la pobre esclava selunita.

El barco por fin atracó en el infame puerto de Murann y ambas descendieron por la pasarela. Brizaelinth había optado por una capa sencilla para cubrirse, pero la mestiza iba tal cual como siempre, ataviada con su armadura completa y ondeando su capa con el rostro de Sune. No buscaba provocar, pues la Dama del Amor no era una deidad prohibida allí, pero sí quería dejar clara su intención, ya que parte de la determinación de Fery consistía en ir de cara y jamás de lado y mucho menos por la espalda: era consciente de las miradas que atraía, pero también de que su acto era una carta de presentación conforme no tenía nada que ocultar.

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Los pasos las llevaron hasta el centro de la ciudad donde ya había un montón de gente congregada y tan solo vieron una cara amiga, que no era más que Lythana. Al parecer, habiéndose enterado del asunto, ella también había venido para tratar de ayudar. La cosa empezó a tornarse más cruda al esconderse el sol, pues las fiestas estaban a punto de comenzar y más gente se acercó al lugar. La mezcla de bestias con gente de mala calaña como drows y duergars solo había sido la presentación, pues varios nomuertos hicieron acto de presencia. La mestiza ardía en deseos de quemar toda la maldad presente con fuego purificador, pero había sido adiestrada para dar lo mejor de sí misma en las peores situaciones; y en esta ocasión, su tarea era salvar una vida sin morir en el intento, por lo que aguantó todas sus ganas haciendo acopio de su fuerza de voluntad.

—Alguien iba a cantar a la media noche, ¿cierto? —preguntó Zakarel quien haría las presentaciones de los artistas, drow de cabellos rojizos hacia Brizaelinth.

—Esa soy yo, ¿sí? —repuso ella para luego sonreír de manera divertida— ¿Soy la única?

—¿Quieres que te presentemos como Do’ett?

—Me parece bien —rio un poco.

Zarakel marchó con calma mientras otra drow de ropajes semitransparentes lo acompañaba del brazo, siendo entonces cuando Brizaelinth se acercó para susurrar a Fery.

—Me tocará actuar en nada —dijo—. Al final lo haré con estos ropajes.

—Os sientan bien, Briz —dijo Lythana, que estaba cerca—. Mucho ánimo: confío en vos.

—Estoy aquí contigo, no lo olvides —fue lo único que dijo la mestiza de orco antes de sonreír tenuemente.

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La elfa oscura se dirigió al centro del supuestamente escenario donde Zakarel estaba listo para presentarla.

—¡Deleitaos! —exclamó el drow—. Que los ssins d’aerth se detengan por un momento, que los gritos se acallen y la atención quede puesta sobre aquella que cantará para todos nosotros. Ella es… ¡Do’ett! Una de las más cautivadoras voces que escucharéis en mucho tiempo, será la dueña de la medianoche.

Brizaelinth sonrió mientras agitaba la mano a modo de saludo. Fery no le quitaba ojo de encima, pero se permitió el lujo de pasear la vista por el público, terminando por cerrar los ojos en un ejercicio de paciencia y autocontrol.

—Do’ett: la noche es tuya y este es tu público —susurró Zakarel hacia la elfa oscura.

En las costas del brío, donde el viento es ley,

Se alzan las torres que miran al Rey.

En Murann se canta con voz de tempestad,

Sus mares traicioneros, su fiera libertad.



La sal en la piel, el sol en la sien,

En los muelles se cruzan destino y desdén.

Las montañas vigilan con ceño feroz,

Mientras canta el océano con su atronadora voz.



¡Oh Murann, salvaje rincón,

De los héroes errantes y el mar sin perdón!

Tu historia es un eco de gloria y traición,

Con puños de hierro y un alma de dragón.



En tabernas rugientes se forjan canciones,

Con historias de barcos y oscuras traiciones.

Los dados retumban, el oro reluce,

Pero el viento del norte su furia traduce.



Se alzan los ogros en noches sin luna,

Desafían las sombras, buscan fortuna.

Mas los bardos narramos sus sueños de mar,

En canciones que nunca podrán silenciar.


Y su canción gustó, pues mezcló de manera cuasi divina el tono de la voz, la letra y por su puesto la habilidad con el violín. El público quedó contento y asombrado casi de la misma manera.

Pero lo peor estaba por llegar, al menos para Fery. La última prueba constaba de la danza, por lo que Brizaelinth debía de apostar todo lo que le quedaba si de verdad quería optar por ganar, pues, aunque la actuación anterior le había ido bien, en la siguiente iba a tener muchísima competencia. La esclava selunita hizo acto de presencia, siendo tirada de las cadenas y grilletes que impedían su libertad para luego ser encerrada en una jaula a la vista de todos: una visión horrible en la que la paladín solo pudo apretar los puños en clara impotencia.

Muchos contendientes hicieron gala de sus aptitudes, incluso Lythana con su baile que mezclaba el uso de la espada, llegando el momento en el que Brizaelinth debía de brillar.

—¡Oh! Dadme un momento, pues me cambiaré —dijo la elfa oscura con un tono algo divertido, colocándose tras Fery.

Allí mismo y sin pudor alguno se retiró las ropas que habían cubierto prácticamente todo su cuerpo en la canción, quedando en un conjunto de prendas semitransparentes y telas que poca cosa dejaban a la imaginación. La mestiza habría disfrutado de dicha indumentaria en otra ocasión, pero en aquella estaba más fría y calculadora que nunca, alerta y pendiente de cualquier cosa que pudiera pasar.


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Los movimientos de Brizaelinth captaron toda la atención del público, siendo Zakarel alguien claramente pendiente de ella. La visión grotesca de bestias y otros seres relamiéndose bajo miradas claramente poseídas por la más pura lujuria hicieron suspirar con pesadez a Fery, que, aunque igualmente embelesada por la actuación de su amada, de vez en cuando miraba a las demás personas que poblaban el lugar por no perder su vigía.

Y el baile gustó mucho, donde por un momento les dio un brillo de esperanza a la pareja que había viajado hasta Murann para intentar salvar a la esclava. Pero por desgracia, no ganaron. Si bien Zakarel causó algo de intriga en la resolución, el ganador fue un hombre que sabía manipular las sombras de manera extraordinaria, algo más morboso y más del estilo de la ciudad de las bestias.

La mestiza y la elfa oscura suspiraron, sabiendo que el destino que aguardaba a esa pobre mujer no iba a ser nada bueno. Pero lo habían intentado. Y entonces la sorpresa llegó por partida doble. En primer lugar, apareció Sariel, aquella que tiempo atrás había informado de que el premio era una esclava selunita y hasta pedido ayuda para liberarla, y en segundo lugar se dejó salir a esta última, siendo entonces cuando tomó la palabra para dirigirse a todos los presentes.


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—Debo agradeceros el haberme liberado —dijo en tono lo suficientemente alto para que la mayoría pudieran oírla—, sin embargo, esta noche os haré un obsequio: os revelaré la verdad —hizo una breve pausa para crear expectación antes de continuar—: nunca existió una sacerdotisa de Selûne. Todo esto es un homenaje, un tributo afligido en el arte de las palabras. Se han levantado pasiones, esperanzas, furias y castigos hacia mi persona, pero todo no importa mientras los asistentes se hayan divertido, y sobre todo mis contratistas.

Fery quedó boquiabierta junto a Brizaelinth, y entonces dirigió su mirada hacia Sariel. Al principio pensó que la sacerdotisa no había hecho acto de presencia antes por si su seguridad se veía comprometida, cosa lógica, pero eso dejó de tener sentido cuando simplemente había aparecido en último momento para quedarse entre el público como una más, ataviada tan solo con una túnica de color blanco. Y entonces la vio sonreír complacida por las palabras que la falsa esclava había pronunciado, como si de antemano hubiese sido conocedora de todo el ardid de Murann. La mestiza se sintió tan idiota y utilizada, recordando que no solo había puesto su vida en peligro al pasear su capa de Sune en una región llena de seres tan malvados, si no que, además y a su vez, eso había arrastrado a Brizaelinth, que siendo públicamente eilistraelita, también era como un dulce para todas las bestias y drows seguidores de Lolth: ninguna de las dos se habría puesto en peligro si alguien las hubiera avisado de que todo era una artimaña.

—Esta clase de ardides causan admiración de donde vienen muchos de los presentes —continuó la artista que se había hecho pasar por esclava, acompañándose de una gran sonrisa—, por lo que espero que os haya complacido mi actuación.

Los gritos se mezclaron con los aplausos y muchos reclamaron sangre. Algunos habían quedado contentos con el devenir de los acontecimientos y luego con el sorprendente final, pero otros tan solo querían que los peores deseos salieran a la luz.

Cansada por todo el esfuerzo mental que Fery había tenido que hacer, acompañó a Brizaelinth hasta el puerto tras pasar por la multitud de manera medianamente discreta y dieron por finalizada la fiesta, teniéndose la una a la otra para suspirar algo aliviadas, ya que, aunque no consiguieron salvar a la esclava, al final no había sido necesario y ambas habían podido volver sanas y salvas.


Offtopic :
Gracias a los DMs que lo llevaron, pues fue divertido y sobrecogedor, aunque ya no estéis ahí arriba. Dejo algunas screens:
Offtopic :

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Pasado – Los Krill de Púrskul (II)


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Era un día caluroso, pero la cosecha no se hacía de esperar. Habían pasado cuatro años desde que los Krill habían acogido a Krilge y esta ya se encontraba a las puertas de la adultez. Su cuerpo demostraba los cambios, habiendo desarrollado una silueta generosa pero proporcionada, donde había tomado lo mejor de su ascendencia orca al ser alta y fuerte; y lo mejor de su posiblemente ascendencia humana, otorgándole unos rasgos hermosos y delicados, con tan solo unos pequeños colmillos salientes de su mandíbula inferior. El amor y cariño que los Krill le habían regalado había conseguido que la mestiza creciera sin miedo, convirtiéndose en una persona simpática y de agradable sonrisa allá por donde iba de Púrskul, encantada con la vida que tenía. No era poca la gente que siempre hacía comentarios agradables de ella, casi tantos como las miradas interesadas que atraía.

Krilge utilizó la hoz por las espigas para cortar y tomar algunas, y luego, se irguió con estas en el puño para tomar algo de aire. Retiró su pañuelo de la cabeza y luego pasó la misma mano por su frente, todo antes de suspirar. Después sonrió ampliamente al notar el sol bañar su rostro, cerrando los ojos para sentir como la brisa movía su largo cabello de color negro azabache.

Krothu se detuvo para observar a su compañera, y no era la primera vez que lo hacía. Él le sacaba algunos años, y tiempo atrás no había dejado de verla como aquella niña a la que tuvo que enseñarle el idioma y las labores de campo; pero las cosas habían cambiado, ahora era algo diferente, y es que el semiorco no dejaba de agradecer a Chauntea que Krilge se hubiera convertido en una flor tan bonita como exótica. Aprovechó que ella seguía con los ojos cerrados para no apartar la vista, pero fue interrumpido de manera abrupta cuando un buen puñado de espigas atadas golpearon sus piernas, haciéndole que casi cayera. Giró su cabeza para averiguar el origen del lanzamiento y entonces pudo ver al señor Seibert con dos fardos de estas, uno a cada mano.

—Descontaré de tu jornal cada minuto que pases mirando a Krilge —dijo el hombre mayor en un tono claramente audible para los presentes.

Krilge abrió los ojos y movió su cabeza hacia la izquierda para poder mirar a ambos, recogiendo entonces algo de cabello tras su oreja derecha.

—Discúlpeme, señor Seibert, pero yo no… —se excusó Krothu.

El semiorco giró medio cuerpo para dirigir su mirada hacia la mestiza.

—No, no te estaba mirando —le dijo.

Y Krilge le sonrió de manera sosegada, dedicándole ese simpático gesto a su compañero para después colocarse el pañuelo que guardaba su cabello, todo con intención de continuar sus labores.

Las horas pasaron hasta llegar al atardecer, haciendo que los Krill se recogieran al no poder trabajar por la falta de luz. La señora de la casa había decidido descansar en uno de los sillones debido al dolor de espalda, dejando que Krilge se hiciera cargo de la cena.

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La mestiza tarareaba felizmente mientras cortaba algunas verduras, observando de reojo agua dentro de una olla calentarse sobre el fuego. Su melodía se vio interrumpida por el sonido que provocaron los pasos de Krothu, algo pesados. El semiorco limpiaba sus manos con un trozo de tela húmeda, clavando su mirada en el hacer de Krilge. Se lo pensó durante unos instantes, pero finalmente decidió acercarse a ella por detrás.

—Vaya, qué bien huele —dijo.

Krilge rio para terminar negando con la cabeza.

—Qué mentiroso eres… ¡Pero si solo estoy cortando verduras!

Krothu dejó el pañuelo en su hombro y luego pegó su cuerpo al de la mestiza, colocando ambas manos en la cintura de ella, una a cada lado.

—Entonces debes de ser tú.

Krilge dejó caer lo que tenía en las manos, siendo el cuchillo lo que más ruido hizo al golpear contra el mármol. Se vio paralizada por completo cuando sintió sobre su cuerpo las fuertes manos del semiorco, así como el resto del cuerpo pegado al suyo. Pero no fue lo único: notó como un repentino calor le recorría el cuerpo, algo que no había sentido nunca, pensando de manera inconsciente que debía de ser algo relacionado con la ascendencia de su padre, que por algún motivo siempre había sido llamado Sangreardiente.

—Lo… lo siento —dijo Krothu apartando su cuerpo a la vez que las manos, incluso alzando estas hasta la altura del pecho para que acompañaran la disculpa.

La mestiza tomó aire y luego giró su cuerpo entero para observar a Krothu: no era un hombre guapo, pero sí aquel que le había dedicado todo su tiempo para que ella se convirtiera en alguien más de los Krill. Lo miró a los ojos sin mediar palabra alguna y sus labios se entreabrieron con intención de decir algo. Pero no lo hizo: Krilge llevó sus manos hasta el rostro del semiorco, acercando rápidamente sus labios para chocarlos con los de él, cerrando luego los ojos para sumirse en un largo beso con lengua. Empezó a sentir como esa temperatura y ese calor se hacía más fuerte en su interior, por lo que llevó las manos entonces hasta la blusa del hombre, abriendo esta por la parte de arriba y haciendo entonces que el trapo que reposaba en el hombro cayera al suelo. Arañó sin querer el torso del semiorco esculpido por los años de trabajo mientras prolongaban el beso, y ella se sorprendió cuando su cuerpo fue alzado por los brazos fuertes de su compañero hasta quedar sentada sobre el mármol, dejándola con la falda de trabajo y el delantal por encima de las rodillas en el proceso. Por desgracia, varios utensilios de cocina cayeron al suelo produciendo bastante ruido en su conjunto, más cuando Krothu volvió a pegar el cuerpo junto al de Krilge.

—Que corra el aire.

La voz del señor Krill hizo que los mestizos detuvieran todo lo que estaban haciendo, separándose de manera abrupta. Seibert se los quedó mirando de brazos cruzados mientras ambos se recolocaban las ropas.

—Creo que Grell tiene algo de fiebre así que le irá bien cenar algo cuanto antes —volvió a pronunciarse.

—Sí, señor Krill: lo lamento —se disculpó Krilge, inclinándose respetuosa luego.

Krothu tomó el pañuelo que había caído al suelo notando como su patrón no le quitaba ojo de encima, sacando todo el valor posible para mirarlo luego a la cara.

—Esta noche podéis ir a la casa de invitados y juntar las camas individuales, si queréis —dijo el hombre mayor.

Y no dijo nada más. El señor Krill marchó tal y como vino, dejando a ambos semiorcos totalmente sorprendidos por esas últimas palabras.

La cena en familia se llevó a cabo de manera rutinaria para dar paso a la hora de dormir y descansar. Sin embargo, y sin haber mediado palabra, Krilge y Krothu marcharon a descansar a su lugar habitual, que no era más que las literas de la parte anexa al almacén.

El silencio se hizo algo incómodo, más cuando ambos daban vueltas en la cama sin poder dormir.

—¿Estás despierta? —preguntó él.

—Sí… —respondió Krilge en tono bajo.

—Verás…

—Siento lo de antes —se disculpó la mestiza sin dejar que Krothu terminara la frase.

—No: fue mi culpa.

Los dos suspiraron casi al unísono.

—Mira, Krothu, es solo que estoy cambiando y... creo haber perdido la cabeza y hasta haberme dejado llevar por lo que algo dentro de mí me estaba pidiendo…

—Pero no te disculpes por ello.

—Créeme, estoy muy avergonzada…

—¿Pero por qué?

—¡Porque estoy hecha un lío!

Y con la exclamación de Krilge, vino el silencio.

—Descansemos y mañana será otro día —dijo Krothu algo más serio tras tomar la palabra al cabo de unos segundos.

—Sí, será lo mejor…

Pero no pudieron volver a hablar. Y es que, en ese mismo momento, ruidos provenientes de la casa de los Krill llamaron su atención. Esos ruidos que no eran más que los orcos de Xunag Sangreardiente que acabarían con la paz de Krilge y darían paso a la bendición de la misma Sune para que Fery naciera como paladín...
 

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Presente – Por Gambiton (Segunda parte) y el peso de la fatiga


Con la localización exacta del asentamiento orco, tan solo quedaba generar una distracción con el tiempo suficiente para que el grupo de rescate pudiera hacerse con los hins y ponerlos a salvo. Muchos sabían a lo que iban, pues sangrarían por darle una oportunidad a todos aquellos inocentes que habían tenido la desdicha de ser secuestrados en el primer ataque hacia la mancomunidad: Fery sería una de ellos. Y sin mucho tiempo que perder, el numeroso grupo de ataque se adentró por las oscuras cuevas hasta dar con lo que sería la puerta del asentamiento.

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La cruenta batalla no se hizo esperar y parecía no tener fin. Lo que en un inicio habían dicho que eran doscientos orcos, ascendió alrededor de quinientos, y no solo, pues seres de los planos inferiores también hicieron acto de presencia.

Pero el grupo no se detuvo. Los héroes aguantaron todo lo que mejor pudieron a pesar de caer varias veces. Las energías se acababan, los recursos también, y los dones y conjuros empezaron a escasear. Pero llegó la señal. Esa misma que indicó el hecho de que el grupo de rescate había completado su misión, consiguiendo salvar a todos los hins presos: y con ello la retirada.

La misión había sido un éxito, pero, ¿cuál fue el coste? La reagrupación en la mancomunidad llevó alegría por esas familias que habían recuperado a sus familiares, más cuando la alcaldesa Qini había vuelto. ¿Pero qué había sido de aquellos que estuvieron al frente? Habían vuelto diezmados.

Cuando Fery dejó caer su cuerpo para tomar asiento en el suelo, agotada, empezó a notar una sensación extraña. Ese calor que Sune le brindaba, esa sensación de apoyo y amor incondicional al ser una bendecida: todo ello… empezó a sentirse lejano. La mestiza abrió los ojos sorprendida, y aunque sin fuerzas, algo en su interior la hizo despertar y mantenerse alerta cuando esa sensación continuó para hacerse mayor. Su respiración se agitó y pronto se dio cuenta de que algunas personas como Calendil y Brizaelinth se habían reunido a su alrededor, preocupadas por no haber visto nunca antes a la paladín con una expresión tan perdida.

—Tengo… que volver al templo de mi diosa —fueron las únicas palabras que salieron de la boca de la mestiza, absorta y ajena a todo lo que había a su alrededor.

Entonces fue cuando Brizaelinth la ayudó a levantarse y ambas emprendieron el camino hasta el Distrito de los Templos. La elfa oscura trató de arrancar alguna explicación a su compañera sentimental, pero Fery no era capaz de expresarse con claridad: su cabeza era un cúmulo de pensamientos y sensaciones, de preocupaciones e incertidumbres.

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Una vez allí, en la casa de Sune, la mestiza se arodilló de nuevo, abatida, aferrando su colgante dentro de uno de sus puños. Su sensación no cambiaba, no mejoraba: no había dejado de sentir a la Dama del Amor, pero sí la sentía lejos, como si le costase más obtener cualquier cosa de ella. Unas lágrimas cayeron por su rostro, preguntándose si había obrado mal, si había hecho algo que no era adecuado. Brizaelinth, que no se había separado de su lado, expresó que quizá era una buena idea el ir a descansar, que quizá todo se debía a ello. Fery hizo caso con la esperanza de que todo se arreglaría, pero se dio cuenta de que no fue así al llegar la mañana siguiente y darse cuenta de que todo seguía igual, incluso con los cuidados que su amada la había brindado durante toda la noche.

Los días pasaron y no había ni uno en que la mestiza dejara sus obligaciones con la iglesia aunque la sensación no menguaba. Pero en una ocasión, y tras a viajar a Crimmor para también echar una mano en el Teatro de la Alegría, Fery dio con Sulion y Talivia, sus compañeros de la Casa Gáldrim. Ambos aprovecharon para preguntar por ella ya que habían estado envueltos de igual modo en el asunto de Gambiton, y los tres decidieron tomar un poco de vino para ponerse al día.

—No es la primera vez que me cuentan un caso como el vuestro, Fery —dijo Talivia antes de tomar un trago del vino especiado.

—¿En serio? —preguntó la paladín claramente sorprendida.

—Se rompe la conexión… —Juntó las manos Talivia, separándolas luego con elegancia.

—Pero todavía puedo sentirla, es solo que me cuesta más.

—Si podéis sentirla, aunque débilmente, tal vez todo esté aquí…

Talivia estiró un índice para darse dos veces con este en una de las sienes, todo justo para producir una pausa antes de continuar.

—No creo que hayáis contravenido el dogma de la Pelofuego jamás, Fery. Vuestra diosa haría la vista gorda si se os rompiese una uña en batalla. Es más, tampoco creo que os castigara en silencio por llevaros un rasguño en el rostro.

La paladín sonrió de manera genuina ante esas palabras, pues al menos era reconfortante el escucharlas de alguien que veía la situación desde el exterior.

—Puede que se deba al cansancio, sí —se pronunció Sulion entonces—. Y ser demasiado exigente con vos misma ante una marea fuera de control incluso de los Sabios. Pero esa es una de vuestras virtudes también, doña Fery.

—Yo no he experimentado jamás tal conexión con mi patrón, pero… bueno, también le rezo —tomó de nuevo la palabra Talivia.

—Vuestro patrón… —las palabras se escaparon de los labios de Sulion, arrugando la nariz a su vez.

—¿Vuestro patrón? ¿Quién es vuestro patrón? —preguntó Fery bajo la sorpresa.

—Me refería a entrar en comunión del modo en el que un clérigo o un paladín lo hacen, ya que exige unos altos niveles de concentración —dijo la maestre de la Casa Gáldrim a modo de explicación, para luego llevar una mano hasta el lóbulo de su oreja izquierda y acariciar un pendiente en forma de estrella fugaz que adornaba esta—. Como patrón, me he ido a buscar al más vago del Seldarine: Erevan Ilesere.

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Eso fue toda una revelación para la mestiza, pues nunca imaginó que Talivia sería seguidora de un dios conocido por las bromas, la juerga y la incapacidad de estar quieto en un único lugar. Pero cuando reflexionó sobre ello… recordó las veces en que la maestre de la Casa Gáldrim había demostrado ser experta los dobles sentidos, la socarronería, el sarcasmo y el humor negro. Así que… ¿tenía más sentido de lo que creía?

—Soy una de sus sacerdotisas —dijo para continuar, asintiendo después—. Os recetaría un par de decanas de reposo y meditación, pues aunque el cuerpo no se haya resentido en exceso, a menudo la cabeza va por su cuenta en otra dirección: y ni siquiera somos conscientes de ello.

—Tendré vuestras palabras en cuenta —dijo Fery sonriente en agradecimiento.

—Supongo que os ha cogido por sorpresa lo del clero erevaniano —rio—. Pero nunca se ha dignado en concederme ni un milagrito de andar por casa, el muy rácano.

—Y de sacerdotisa semejante podéis imaginar por qué lo llaman El Bufón Feérico —comentó Sulion.

—El clero erevaniano es muy peculiar —dijo Talivia—. Uno, si así lo desea, se puede ordenar a sí mismo como sacerdote: yo voy cambiando de título a razón de mes.

—Soy claramente desconocedora de todo eso —admitió Fery.

—Para ser sacerdote de El Camaleón basta con predicar con el ejemplo. Esto es ser un completo e irremediable imbécil. Y puedo decir, sin temor a equivocarme, que he sido la mejor ministra de mi patrón en estas tierras.

La risa de la maestre de la Casa Gáldrim se escuchó por toda la estancia, donde Sulion asintió para conceder de manera discreta. La conversación continuó hasta acabar el vino, siendo entonces cuando Fery optó por tomar una caravana de vuelta a la capital.

Dirigió su mirada hacia el Hospicio una vez en los llanos. El famoso edificio estaba bañado por los rayos del sol y entonces recordó que debía de comprar algunos ungüentos para sus cuidados, por lo que decidió aproximarse hasta el lugar de las hermanas de San Annur. Al lado de la puerta jugaban unos niños y la mestiza se percató de que la suma sacerdotisa Anith los vigilaba en la cercanía, sentada en un banco. Conocía a la elfa seguidora de Sehanine, y Calendil en más de una ocasión le había dicho que era alguien muy sabia, por lo que pensó que no sería mala idea comentarle lo ocurrido para obtener también, y quizá, algo de guía. Por ello la saludó y le dedicó la mejor de sus sonrisas, poniéndola en antecedentes de lo ocurrido.

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—A ver si me acerco a vuestros síntomas… —comenzó a decir Anith— ¿Os supone mucho esfuerzo el realizar un conjuro, incluso el más sencillo? ¿Os tiemblan las manos o el cuerpo como si no pudierais realmente dominar ese poder?

—No he perdido la conexión con mi diosa, pero… todo me cuesta más —dijo Fery a modo de respuesta—.

—¿No podéis concentraros adecuadamente y estáis siempre fatigada? —continuó la elfa con las preguntas.

—Así es, sí.

La sacerdotisa de Sehanine asintió con calma, quedamente. Su pausa reflexiva hizo que la paladín posara la vista en los ojos de ella, todo mientras aguardaba con paciencia.

—Es normal, Fery —se pronunció Anith de nuevo—. Y dejadme deciros que tardaréis un tiempo en recuperaros.

La mestiza levantó las cejas en sorpresa al escuchar que todo aquello era normal, pero la naturalidad de Anith la hacía sentirse cobijada al tratar con una experta.

—Estuvisteis batallando con una gran cantidad de brujos y demonios, por lo que escuché —prosiguió—. Debéis tener en cuenta de que somos mortales en un cuerpo frágil que manejamos los poderes otorgados por dioses, por lo que este también ha de estar preparado para ello: no solamente nuestro espíritu y corazón debe de estar en sintonía. Estoy segura de que habéis sometido a vuestro cuerpo a mucha tensión, eso sumado a las heridas de la batalla.

—Pero…

Anith levantó una mano con suavidad antes de continuar, sonriendo un poco también.

—Debéis dejar que todo sane para poder volver a tener esa conexión en perfecto estado y en sintonía, como antaño: volveréis a la normalidad en cuanto todo esté recuperado.

—¿Solo tengo… que vigilar mi descanso? —preguntó Fery antes de mirarse las manos.

—Básicamente es eso, Fery —repuso la elfa—. Descansad, tomad masajes y baños calientes, aprovechando para hacer esas tareas que más os relajen, aunque sean con vuestro clero.

—He estado consternada desde que me ocurrió al no encontrar explicación alguna, temiendo el… abandono de mi diosa.

—Tardaréis más en recuperaros si sobre esforzáis la situación —dijo Anith acompañándose de un asentimiento con la cabeza—. Que sepáis que solo hay dos motivos por el cual un sacerdote pierde su poder divino: o porque fue maldito por un enemigo del dios, que en cuyo caso la cura es más costosa de encontrar, o porque el sacerdote se alejó en actos y pensamientos del dogma del dios.

La paladín suspiró con pesadez y cerró los ojos al darse cuenta de la situación, habiendo tratado las palabras de Anith como una revelación.

—Me siento… ¿estúpida? —dijo luego y tras abrir los ojos para mirar a la seguidora de Sehanine.

—No os sintáis estúpida. Es normal esa amalgama de sentimientos pues hay cosas que no nos explican, siendo el primer pensamiento aquel que nos hace temer por si hemos obrado mal ante el dios que seguimos.

—Me alegra muchísimo el haber podido conversar con vos, señora Anith.

—Hacedme caso. Cuidaros las lesiones, tomad baños calientes, que os hagan algunos masajes y haced uso de algunos ungüentos, todo bajo actividades que os aporten paz: estaréis bien en un par de decanas si seguís todo al pie de la letra, sintiendo que la conexión con vuestra diosa vuelve a ser familiar.

La conversación no duró mucho más y Fery pudo agradecer toda la sabiduría que había adquirido.

Y así fue. Los siguientes días los empleó en relajarse mientras no perdía sus quehaceres de la iglesia, así como paseando por los bonitos parques y monumentos del Distrito de la Gema, leyendo también varias de sus novelas románticas favoritas mientras Brizaelinth le otorgaba infinitos cuidados con todo su amor. Y pasadas poco más de un par de decanas, la paladín por fin recuperó toda la sintonía con su diosa, volviendo a estar lista para su continuar en su senda de la pureza, devoción y belleza.


Offtopic :
Ha tardado pero aquí está, y es que me gusta hacer los relatos en orden cronológico (sin son los de «Presente»). Es más que nada para @DM Faith que me pidió el rolear las consecuencias de la casi MP de la PJ. ✌️
 
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Presente XXIII - Amor


La noche había caído en el Risco de Plata. Aquella calma antes de la tormenta envolvía el ambiente donde muchas tropas aguardaban por su destino que sería escrito con sangre y hierro, todo por proteger a los ciudadanos de Imnescar.

Fery ojeaba algunos documentos en su gran y ostentosa tienda de campaña, aquella ubicada junto a las del resto de las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí que la habían acompañado. La luz tenue no habría sido de mucha ayuda para otra persona, pero no era problema para ella debido a su ascendencia de orco, por lo que no tenía problema para pasar su vista por los papeles.

La mestiza masajeó su hombro aún con la armadura completa, algo entumecida por alguna refriega que habían tenido de vuelta a la ciudad, y el sonido de las placas se mezcló con aquel que produce alguien cuando desliza una de las telas para pasar. No esperaba visita, así que se giró con una expresión de alerta y sorpresa, pues los caballeros del amor siempre tenían que presentarte antes de pedir paso.

—Sorpresa —dijo Brizaelinth tras irrumpir a su manera.

La paladina relajó el gesto y suspiro para terminar sonriendo.

—No deberías de estar aquí —dijo después sin perder la sonrisa.

La elfa oscura caminó en círculo pasando uno de sus dedos índice por algunas de las cosas que había dentro de la tienda, mirando curiosa, aunque terminó por observar a la mestiza de orco.

—¿Qué manera de saludar es esa? —preguntó bajo su natural sonrisa.

Instantes después sus pasos la llevaron hasta quedar frente a Fery, donde se puso de puntillas para robar un cálido beso de reencuentro de su amada, siendo ayudada por una mano en la cintura que le colocó la paladina de manera sistemática. La elfa oscura llevaba el atuendo típico de los karaturienses, demostrando que también había estado trabajando en las labores de la compañía y con las tropas mercenarias enviadas por estos.

—¿Cómo ha ido la patrulla? —preguntó justo antes de llevar las manos hasta las correas más cercanas de la armadura de Fery, todo par ayudarla a retirar las placas.

—Pues… —comenzó a decir la mestiza, cortándose un poco por el razonamiento y a la vez observar el gesto de su amada— Ha ido bien, no hemos tenido mucho problema salvo algunos asaltadores que están aprovechándose de la situación.

—Entonces esta vez no has tenido que darle trabajo extra a Calistia, ¿sí?

Ambas rieron con simpatía, Fery negando al final con suavidad.

Poco a poco, y como si de una metáfora se tratara, la paladina fue despojada de las placas que protegían su cuerpo. La marca de algún golpe o rozadura se mostró entonces cuando retiró la parte superior de su ropa, así como las vendas que aún portaba alrededor de toda la zona del abdomen debido a las heridas que había sufrido en la parte baja de la espalda algunos días atrás. Fery tomó asiento y luego observó cómo Brizaelinth colocaba cada pieza con sumo cuidado en el maniquí para ello, siendo entonces cuando se le escapó una sonrisa. Sin poder apartar la vista de su amada, la siguió con la vista al verla acercarse con pasos felinos. La elfa oscura posó las manos sobre los hombros de tonalidad verdosa para comenzar a masajear estos, aprovechando que ahora ella tenía la altura y no al revés como de costumbre.

—Me encanta cuando me tocas como si fuese un instrumento… —fue lo único que salió, de manera sosegada, de los labios de Fery.

Brizaelinth sonrió por algún motivo, avanzando un paso más en sus intenciones al hacer descender su cabeza para otorgar algunos besos en el cuello de la mestiza.

—Te cuelas aquí sin avisar y ahora esto… ¿No te parece que eres un poco traviesa?

—Y lo que te gusta eso.

Ambas rieron.

—Ten cuidado, que nos pueden oír… —dijo Fery tras echar un vistazo hacia la entrada de la tienda.

—Amor, entonces este instrumento deberá de tener cuidado de no… ¿sonar?

La paladina suspiró, no por resignación ni por pesar, más bien porque ya había caído en la trampa de su amada.

—También puedo marcharme si quieres… —dijo Brizaelinth con una pícara sonrisa.

Fery estiró sus brazos hacia arriba para rodear el cuello de la elfa oscura, trayéndola para poder besarla de manera invertida mientras su respiración subía y bajaba.

—No te voy a dejar, no —dijo totalmente presa de su deseo, justo después de separarse un poco de los labios de su compañera.

Un momento de complicidad, intimidad y pasión silenciosa las envolvió bajo aquella tenue luz de algunas velas que cada vez menguaban más, quedando ambas tumbadas al acabar en el improvisado pero firme lecho que servía para descansar.

Fery se perdía, en su manera habitual, en los ojos violetas de la elfa oscura, a la vez que dibujaba su perfil de manera sosegada con algunos dedos. Su compañera desenredaba las hebras de color rojizo de la paladina con sus dedos de artista, con la misma calma y cariño que recibía.

—¿Qué pasa por esa cabecita tuya? —interrumpió Brizaelinth el silencio sin perder ni un ápice de su sonrisa.

—Es la extraña sensación de como a pesar de todo lo que se nos viene encima, me es imposible sentir miedo —confesó.

La elfa oscura llevó una mano hasta la mejilla de su compañera, regalándole una caricia tierna y sincera, comprensiva incluso, justo antes de tomar la palabra.

—Juntas haremos frente a lo que haga falta, ¿sí?

Fery tomó esa mano para juntarla con la suya, regalando un beso al conjunto dada la cercanía a sus labios, entrelazando luego todos los dedos.

—Tenemos que volver, que todavía no nos hemos casado —dijo la mestiza.

—Dile a Calistia que nos case ahora —comentó Brizaelinth tras encogerse levemente de hombros.

—Ni hablar: tiene que ser uno de los días más especiales de nuestra vida.

—Está bien, está bien… Entonces, cuando todo esto pase.

La paladina asintió con ensanchada sonrisa, buscando luego acomodarse para quedar ambas tumbadas. Sus ojos se cerraron buscando el descanso mientras las caricias se tornaban más calmadas, tranquilas, perdiendo la energía poco a poco en la entrada al sueño.

Fery creía firmemente que Imnescar aguantaría y que ambas seguirían viendo los siguientes amaneceres, pero de no ser así, no la ponía triste, más bien lo contrario: la hacía muy feliz el tener presente de que si moría sería junto a su amada, habiendo hecho las dos todo lo posible por ayudar a los demás en la máxima expresión altruista en ese deber que compartían.
 
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Presente XXIV - La horrible cara de la guerra




El ruido de la bolsa de placas al caer en el suelo se escuchó por toda la estancia. Luego, los pasos de Fery sonaron de manera algo sorda, con sus pies ya desnudos, llevándola hasta la bañera. Allí, bajo la luz de las velas, fue retirándose la ropa hasta que su cuerpo solo quedó con las vendas de las heridas que la habían tenido que tratar.

Levantó una pierna y notó el agua acariciar su cuerpo, fría, helada. Después hizo lo mismo con la otra y finalmente se sentó para sumergir la mayor parte de este en el líquido. En otras ocasiones, la mestiza hubiera preferido un baño con el agua caliente, algo que la reconfortara, que la relajara: pero esta vez era distinto. La temperatura hizo que su cuerpo tuviera sensaciones punzantes, quizá hasta de alivio, pero eso era lo que buscaba. Quería sentirse mortal, pero humana sobre todo… para alejarse de su parte de orco.

Llevó sus manos hasta el agua y recogió de esta, echándosela por encima del cabello para limpiarlo lo mejor que pudiera. Su mirada se vio perdida, absorta por completo, cuando los recuerdos de la última parte de la batalla volvieron a su mente, tan vivos como aquel momento. Vio de nuevo como su espada se clavaba en los grandes trasgos, en los osgos, como esta salía y volvía a entrar en la carne de sus enemigos, de esas bestias malvadas que lo arrasaban todo a su paso. Pero había algo en ellos, algo que ella nunca hubiera esperado, algo que nunca hubiera imaginado: su pasado.

—Deberías estar liderando a los orcos, pues eres una Sangreardiente —sonó en su mente.

Sus enemigos tenían el rostro de su padre. No eran orcos, no, esta vez no. ¿Pero y qué? Eran él. Las fauces de ira, de dolor, de burla, de sufrimiento y hasta de… diversión, no eran de aquellos, si no de su padre: el difunto Xunag Sangreardiente.

—Hice sangrar a tu madre, quebré a tu madre: maté a tu madre. ¿Crees que no lo haré contigo? Debiste haberte quedado con nosotros —la voz volvió, acompañándose de una risa al final.

Fery se llevó las manos a la cabeza y apretó los dedos en esta, rompiendo alguna uña de las pocas que le habían sobrevivido a la batalla en el proceso, todo con la intención de acallar su mente y alejar esos pensamientos. Al poco, y tras lograrlo, volvió en sí para notar algo de cobijo bajo la luz de las velas. Emitió un profundo suspiro y se puso en pie como buenamente pudo, tomando una de las toallas que había cerca para secarse un poco.

Dolorida, caminó hasta quedar frente al espejo de cuerpo entero, ese que había pedido expresamente que le pusieran ahí para observar su reflejo. Dejó la toalla caer, y el peso de todo se le vino encima para obligarla a quedar de rodillas. Observó su cuerpo con las vendas mojadas casi hechas jirones y las marcas de la batalla, luego sus manos, y finalmente volvió a mirarse. Varias lágrimas brotaron de sus ojos para recorrer sus mejillas.

—Ahora más que nunca os entiendo, mi diosa, pues cuando miro mi reflejo solo veo el resultado de lo que la guerra hace, todo lo hermoso que se lleva por delante, todo lo que destruye… —fueron las palabras que salieron de sus labios.

Los pensamientos de Fery se perdieron en la no comprensión de la naturaleza de algunos dioses. Se preguntaba cómo los seguidores de Tempus podían hacer grandes las guerras, si quiera disfrutarlas. ¿Y qué había de Las Furias? Dioses de la fuerza de la naturaleza que arrasaban todo a su paso con tan solo un chasquido de dedos. Decían que nada servía mejor que la experiencia vivida para enseñar y no faltó más para que la paladina entendiese más todavía una de las grandes motivaciones de su diosa, el por qué había de estar dispuesta a proteger todo lo bello.

Pero sintió una cálida sensación de manera repentina. Sus ojos se abrieron en asombro y se quedó inmóvil, presa del hermoso sentimiento. ¿Era el cariño de la suave piel de Brizaelinth al juntar su mejilla con la de ella? ¿Era el maestro Renaud colocando las firmes manos sobre sus hombros? ¿Era su hermana Calistia abrazándola para no perderla?

—Todavía nos necesitan, Fery.

Fue lo escuchó en su mente, sin ser capaz de reconocer el origen. Pensó entonces en todos aquellos que se habían llenado siempre la boca sobre juramentos por Amn, sobre proteger a los inocentes, sobre cuidar al pueblo, de la lucha contra el mal y las bestias: todos aquellos que no habían venido ni vendrían a ayudar en Imnescar, aquella ciudad que pronto comprobaría si realmente todas las piedras iban a aguantar el mayor de los males.

Y… lejos de perder la fe, dudar o si quiera sentir un pequeño atisbo de pesimismo: se levantó. Sacó las fuerzas de los últimos rincones de su ser y entonces su mente se liberó, pensando en todos aquellos hombres, mujeres y niños tras los muros de la ciudad, aquellos que eran los últimos que debían sufrir las consecuencias de la guerra y los primeros que debían de ser salvados.

—Es cierto: todavía tengo mucho que hacer.​
 
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Presente XXV - La última carta


La tenue luz de las velas era lo poco que iluminaba dentro de la carpa de la comandante debido a la tormenta que no dejaba de cesar sobre Imnescar, siendo el sonido de la lluvia chocar en la tela lo que más se escuchaba. Fery había utilizado pluma y tinta para escribir al templo de Sune que hay en la capital, con intención de informar de todo lo último acontecido, quizá en la que podría ser su última carta. Introdujo el papel escrito en un sobre, luego vertió cera caliente y terminó por plasmar el sello con el símbolo de su diosa para dejarlo cerrado. Tomó el conjunto entre los dedos de su mano y observó hacia la rendija de entrada de la tela, para instantes después volver a mirar los útiles de escritura, siendo entonces cuando pensó: «¿De verdad quiero que esta sea mi última carta en el caso de no haber más?».

Apartó de nuevo la rudimentaria silla y tomó asiento como pudo debido a las placas que de nuevo cubrían su cuerpo para protegerla. Extendió otro pergamino en la mesa sin mucho problema al no llevar los guanteletes todavía, y luego tomó la pluma para mojar la punta en tinta, dispuesta a plasmar lo que tenía en mente.

No disponía de mucho tiempo pues los enemigos ya habían prácticamente alcanzado la ciudad tras tomar el flanco, siendo el peor escenario al que debían de enfrentarse, y ella iba a estar cara a cara contra las bestias junto el resto de los aliados. Por ello, su escritura fue rápida, alejada de esa caligrafía cuidada de toque femenino que normalmente acompañaban todos sus escritos, mezclada con algunas lágrimas que recorrieron sus mejillas debido a los bonitos recuerdos. Al acabar, llevó el papel hasta sus labios y le regaló un beso justo al final de las letras para dejar la huella del carmín, uno tan cargado de castidad como de sentimiento, aunque pudiera parecer algo diametralmente opuesto. Al igual que con el anterior, introdujo el papel en un sobre y luego procedió a sellarlo con cera de color rojo y el símbolo de la Dama del Amor.

Después se levantó del asiento y recogió un poco las cosas para finalmente colocarse los guanteletes. Tomó sendos sobres y caminó con ellos en la mano hasta salir de la carpa. Allí, la esperaba un Hermano de la Rosa Rubí con el brazo en cabestrillo, vestido con armadura que había visto mejores días y algunas magulladuras en el rostro. Este asintió con respeto a su capitana al margen de comandante, para aguardar órdenes.

—Hermano —lo saludó llevando la palma al corazón—. Esta primera para el sumo sacerdote del templo de la capital, y esta segunda para el capitán Duval: en el mismo lugar se encargarán de dar con él para hacerle entrega.

El caballero tomó los sobres y los metió en una pequeña bolsa. Fery lo acompañó luego hasta el corcel más cercano y también lo ayudó a montar debido al impedimento que tenía en uno de sus brazos.

—Viajad con cuidado: la diosa estará con vos. Contactad con Acala en la sede de la Casa Gáldrim y ella os ayudará a llegar hasta Athkatla.

La capitana sonrió de manera genuina y su hermano de fe hizo lo mismo, devolviendo el gesto afectivo. Poco después, este partió dirección al camino del norte, aquel que en primera instancia lo llevaría hasta Púrskul tras alejarse del campo de batalla. La mestiza sostuvo la mirada en el jinete hasta que lo perdió de la línea de visión, girando su cuerpo al final para volver con el resto de los aliados para organizar juntos el siguiente paso de la defensa. En el proceso, acarició con cariño el colgante de Sune que reposaba en la parte superior de su pecho y no pudo dejar de rememorar las palabras que había plasmado sobre el papel.​



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Querido Renaud,


No nos hemos vuelto a ver desde mi entrada en las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí, mucho tiempo antes de mi ascenso a capitana.

Querría enmendar eso y compartir el mejor vino de la Gáldrim contigo, así como otras muchas historias que de seguro te habrás encontrado en tu visita a los templos del norte. Además, tengo pendiente el que conozcas a Brizaelinth, mi prometida, y así os podréis gastar buenas bromas con lo traviesa que es. ¡No puedes faltar a nuestra boda!

Quiero que sepas que has sido el mejor hombre que he conocido, mi segundo amor y el mejor maestro que pude tener. Todo lo que soy es gracias a tu paciencia, enseñanzas, pero sobre todo cariño: aquel de una figura que mi alma más rota necesitaba en ese momento.

Por todo ello, aguardaré respuesta en el santuario de nuestra diosa de la capital amniana.


Siempre tuya,

Fery​
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Presente XXVI - El duelo


La noche caía sobre Imnescar, estando el cielo oscuro con estrellas y luna ocultas bajo una espesa capa de nubes de tormenta. Esta última, claramente profana, parecía estar conjurada por poderes infernales que tintaban las nubes oscuras de un fulgor demoniaco y ardiente. Los rayos en la distancia envolvían todo con un tinte oscuro y carmesí. Las campanas de Imnescar retumbaban. Los gritos de batalla se podían escuchar en las murallas del este, resonando con fuerza: los efectivos enviados por Fery resistían en aquella zona contra el embiste de una multitudinaria horda no-muerta.

Mientras tanto, en los cielos, la dragona negra había hecho acto de presencia al fin y lanzado directamente a por la que Murann había traído, ambas volando en círculos sobre la ciudad mientras intercambiaban rugidos y se tanteaban, tratando de dar con ese contacto que no parecía llegar en lo que muchos podrían interpretar como un juego de «corre que te pillo», de no ser por la presencia intimidante de los dos seres.

Por otro lado, en el sur, la batalla campal todavía no había empezado. Entre la tormenta y la lluvia, los defensores de las murallas señalaban a la línea de asedio de Murann, ya perfectamente visible. Las máquinas de asedio duergar habían sido alzadas, cubiertas de espeso hierro negro e imbuidas con runas oscuras de poder. Pero las líneas imperiales se mantenían a la expectativa. En su flanco occidental, bajo el látigo de los capataces duergar, los esclavos trasgos y humanos cavaban zanjas, clavaban estacas, y alzaban muros que estaban siendo arrastrados desde las zonas de batalla del sur por ogros y ettins: dando la sensación de que se preparaban para algo.

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En los portones sur de Imnescar, que estaban cerrados a cal y canto, las fuerzas defensoras preparaban trincheras, alzaban estacas y se disponían fuertes con pensamiento de ralentizar el inminente asalto muranní, entrando y saliendo de la ciudad por la pequeña compuerta del portón de gruesa hoja doble y rejas de acero.

—¡Vamos, hijos de puta! ¡Por los cojones de cada uno de nosotros! -exclamó Talivia, poco creyente de las proclamas dogmáticas para apelar a la individualidad más absoluta.

—¡Cada enemigo abatido, una vida salvada! —la siguió Sulion antes de golpear su escudo para intentar provocar un efecto eco entre la soldadesca.

—¡Sujetad los hilos de la Urdimbre con ahínco, arcanos! ¡Hoy demostraremos que la magia que anhela ser constructiva también puede manejarse para destruir a nuestros enemigos! —se unió el senescal Kerloch para tratar de infundir ánimo también.

Brizaelinth, que se había colocado cerca de Fery, posó su mano en el hombro de la mestiza para atraer entonces la atención de la paladina.

—Verás como todo irá bien, ¿sí? —dijo la elfa oscura para dedicarle una esperanzadora y hermosa sonrisa.

Pero algo ocurrió. Desde abajo clamaban y gritaban por la comandante, pues se había divisado a una figura solitaria que se acercaba a los muros desde las líneas de Murann: un jinete montado en un huargo de guerra que portaba una bandera oscura con una hoja ardiente en ella.

Fery avanzó con decisión para atravesar las puertas y encontrarse con la bestia, siendo entonces cuando soldados y mercenarios se agolparon en los muros para contemplar a la comandante salir por la pequeña compuerta del portón sur, quedando ambos cara a cara sin armas a la vista.

—¿Eres tú la comandante de esta ciudad? —preguntó con acento trasgoide la criatura, mientras contemplaba desde su montura y tras una máscara infernal y carmesí a la semiorco.

—Así es —repuso Fery antes de colocar su palma en el pecho en un gesto solemne. —Mi nombre es Fery Krill y soy la comandante de la defensa, paladina de la Dama del Amor.

La mestiza mantuvo la mirada con aquel que tenía delante, lejos de sentirse intimidada y mucho menos con miedo, aguardando expectante por aquello que tuviera que decir, para ser entonces cuando este carraspeó con intención de entonar con fuerza.

—¡Por voluntad del Lord Brujo Morkruk, Señor de la Guerra de Murann, se exige la rendición de la ciudad de Imnescar! ¡Deponed las armas, entregad la ciudad y se perdonará la vida de la mayoría de sus defensores!

La comandante suspiro, aunque una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Bueno, al menos no me habéis decepcionado —dijo con calma, asintiendo mientras mantenía la sonrisa, tomando algo de aire antes de continuar—. Y por eso mismo yo tampoco os decepcionaré a vos: no hay rendición posible, salvo que sea la vuestra.

El mensajero asintió sin apartar la mirada de Fery antes de tomar la palabra de nuevo.

—Vuestro valor os honra como guerreros.

—Agradezco vuestra franqueza —dijo la paladina manteniendo tanto su sonrisa como su posición, en gesto genuino de gratitud.

—¡En ese caso, su excelencia Morkruk desafía a los campeones de Imnescar a un duelo ritual! ¡Los campeones de cada legión demostrarán ante la vista de los dioses y tropas qué voluntad es más inquebrantable!

Fery no miró hacia atrás, ni siquiera se inmutó. Conocía cuál era su responsabilidad, aquella que todos habían apoyado y puesto sobre ella: esa que de no cumplirla se saldaría con vidas de un montón de inocentes. Así que conocía su papel y por eso no iba a dudar, pues confiaban en ella, así como ella confiaba en todos aquellos a su espalda: amigos, compañeros y aliados por igual. Se preparó entonces para pronunciarse con firmeza y decisión.

—Decidle a Morkruk que aceptamos el duelo.

El jinete asintió hacia ella, inclinando levemente la cabeza.

—Que el brillo de vuestras hojas nunca se apague. ¡Que vuestros dioses os reciban con el hierro ensangrentado! —dijo antes de tirar de las riendas de su huargo de guerra para alejarse al galope.

Entonces la paladina sí se giró para observar a los que aguardaban sobre el muro. Su mirada paseó por todos y cada uno de aquellos que habían estado dando su vida por la defensa de la ciudad y dio vueltas a las tantas posibilidades. Suspiró, pues no tenía mucho tiempo. Tuvo en cuenta de que la defensa necesitaría de buenos líderes y estrategas, así como gente dispuesta a sacrificarse por los inocentes bajo el peor escenario, por ello optó por ser pragmática y no pasional. Estaba claro que siendo comandante iba a tener que estar delante de los enemigos, por lo que ni siquiera se le pasó por la cabeza el no ir al duelo. Por otra parte, pensó que Calendil sería una buena opción, pues ella la había ayudado a enfrentar a la tribu de su padre y conocía bien sus aptitudes marciales relacionadas con el ki y la autosuperación, siendo alguien temible sin importar lo pequeña que fuese. Su pensamiento se vio interrumpido cuando el senescal Kerloch se ofreció para acompañarlas, y la paladina no dudó ni un instante: la capacidad de aquel hombre para controlar la magia parecía no conocer límites, por lo que sería decisivo en un duelo de tales magnitudes. Y por último escogió a Druulxakmilesh, pues este también había demostrado en no pocas ocasiones tener aptitudes sobresalientes en el campo de la magia, pero más que eso, Fery quería ayudarlo a recuperar su memoria, por lo que quizá le sentaría bien el hecho de combatir de nuevo a su lado. Quizá no eran las mejores elecciones, pero sí por las que ella había apostado bajo la mirada de los dioses, aquellos que harían de jueces.

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El cuarteto avanzó por el camino sur hasta llegar un poco más allá de los muros, donde aguardaban los campeones de Murann. Honestamente, ambos grupos eran tan dispares entre sí que ninguno parecía desentonar entre una guerra con tanta mezcla.

—Son bastantes más feos de lo que pensaba —dijo Druulxakmilesh sin mucho reparo.

—¡Por fin das la cara, maldito criminal! —Espetó el senescal Kerloch tras descubrir que Aryan era uno de los que estaban presentes por el bando enemigo—. Ven... ven a las cárceles de las que nunca debiste salir.

—Aryan, estamos a tiempo de parar esta locura —dijo Calendil de manera honesta.

Pero el guerrero se limitó a asentir y sonreír de un lado, sin mediar palabra. Y ahí, frente a los muros de Imnescar, los campeones de ambas fuerzas se contemplaron. En la distancia, los rayos seguían retumbando y envolviendo de un fuego cegador los alrededores de la ciudad. Los dragones de color esmeralda y negro volaban sobre ella, rugiendo, pero su duelo pareció dejar de ser tan relevante: todos los ojos estaban sobre el suelo.

—Venimos a aceptar vuestra rendición —dijo uno de ellos.

—Ya lo veo —dijo Fery tras observar que todos tenían las armas a la vista, sonriendo amistosa después—. ¿Una rendición agresiva… quizá? —se permitió el lujo de ser algo sarcástica ante la situación.

—Que lo sepáis —volvió a pronunciarse el mismo—. Os están apuntando cuarenta y cinco ballesteros escondidos en cada maíz, a nuestro flanco: rendíos.

La paladina parpadeó un par de veces, luego giró levemente el rostro para observar a la infinidad de arqueros que aguardaban en los muros de la ciudad, más que preparados para lo que pudiera pasar.

—Vosotros tenéis… ¿doscientos? —dijo, de nuevo sonriente.

—Mentirosos: los he contado y solo tenéis ciento noventa y nueve.

Un suspiro salió de los labios de la mestiza: pensó en sus adentros que ya era mala suerte el hecho de tener que batirse en duelo contra gente tan desagradable, si no que, además, alguno se creía hasta gracioso.

—¿Alguna vez habéis escuchado la expresión amniana «cómeme los huevos por debajo del culo», muranníes? ¡Se originó para comodidad para la altura de vuestros sucios goblin!: voy a masacraros —fueron las últimas palabras que dedicó el senescal a sus enemigos.

Y lo siguiente que vino fue el choque. Armas benditas así como impías, magia hostil al igual que de protección sobre unos y otros, palabras de fe y maldiciones, el chapoteo sobre el barro entre los sonidos de los metales que se encontraban unos con otros: una encarnizada lucha en la que todos tenían la responsabilidad de dar lo mejor de sí ante la mirada de las tropas y de los dioses.

Lo último que sintió Fery antes de caer fue el haberse batido contra un impotente guerrero que no había visto antes, un rival tan formidable como agresivo con el que compartió varios cortes de manera mutua, todo a la vez que era constantemente golpeada por una mano mágica de gran tamaño. Intentó levantarse tras sus labios quedaran sobre el barro mezclado con el sabor de la sangre, pero terminó por perder el conocimiento cuando se vio envuelta en una nube mágica que empezó a quemar su piel.




Pero la oscuridad se tornó luz, pura e intensa. Cuando la mestiza abrió los ojos no había nada más que vacío en aquel lugar. Tenía la sensación de estar tumbada, pero era incapaz de controlar su cuerpo, aunque sí podía pensar.

—¿Es mi final? —preguntó de manera retórica ante la confusión, descubriendo que era capaz de hablar aunque su voz sonase con un leve eco nada molesto.

—Todavía no —escuchó una voz femenina venida de todos lados a la vez, aunque a Fery le pareció que provenía de su espalda.

De repente, la paladina sintió como si algo o alguien la ayudara a recostarse, y además la mantuviera en esa posición.

—Estoy agotada, la guerra es cruel y trata de sacar constantemente lo peor de mí —dijo Fery algo abatida.

—Pero tú no eres así.

—¿No soy…?

La mestiza notó como si una mano acariciara su mejilla de manera cariñosa para luego entrelazar los mismos dedos a través de la melena del color de una llama.

—Te entregué mi bendición porque eras una flor que había nacido entre la maleza, para luego crecer fuerte entre los pisotones de aquellos que quisieron arrancarte de la tierra. Una flor tan dura como hermosa, de enorme bondad que siempre era capaz de ver lo mejor en los demás y dedicarles una sonrisa.

—He tenido que enviar gente a morir. He enviado a mis hermanos de fe a morir —dijo Fery con un pequeño hilo de voz.

—Y acogeré a todos en mi seno, mi pequeña, pues todos lucharon por impedir que el mal destruya todo lo bello que la vida nos da.

—¿Qué hay sobre…?

—Créeme: te acogeré cuando sea tu momento. Pero has llegado hasta aquí por lo que eres en tu conjunto, no por lo que te has negado a aceptar o rechazar. Sigues y seguirás no solo por mi bendición, sino también por la entrega a tu juramento, incluso a pesar de que la mitad de tu ser posea la sangre de un orco: la pasión y el fuego nos da fuerza, solo hay que saber encauzarlos de manera adecuada.

La paladina se quedó sin palabras, pensativa ante esa harmoniosa voz que la reconfortaba.

—Krilge. Fery. Mi pequeña: todavía queda mucho por lo que luchar y te prometo que cuando llegue el momento tendrás tu merecido descanso.

Y sintió como unos labios besaron su frente, de manera cálida pero igualmente pura, aunque sin perder un ápice de cariño, idéntico a aquel que una madre otorgaría a su hija.

—¿Quién…? ¿Sois vos, mi diosa?

Una suave risa se hizo eco por aquel vacío lugar, tornándose algo distante a cada segundo que pasaba.

—Podría ser ella, así como tu madre, o simplemente tú misma…

Lo siguiente que notó fue una sensación de caída hacia un vacío sin fin donde su cuerpo no dejaba de dar vueltas. No fue capaz de gritar, ni de hablar, y de manera repentina una voz familiar que no dejaba de hablarle la hizo volver al lugar del duelo.

—¡Hermana! —exclamó Calendil.

La mestiza sacó fuerzas para reincorporarse un poco y paseó la mirada por el lugar. A su lado sonreía el senescal con el cuerpo en pose calmada, y la pequeña elfa la ayudó a levantarse. Juntos se aproximaron hacia Druulxakmilesh y lo pusieron en pie, para observar luego cómo los campeones de Murann eran retirados por sus mismas tropas al haber sido vencidos por los defensores de Imnescar.

El cuarteto, tal y como había marchado, volvió sobre sus pasos con algunas heridas pero con el duelo vencido. El senescal alzó el puño y gritó «¡Victoria!» cuando ya estaban prácticamente a punto de cruzar el portón sur, siendo atendidos después con agua y vítores, aplausos y alegría por la subida de moral que las tropas habían obtenido.

Fery tomó algo de aliento y aguardó unos instantes hasta recuperarse de la cojera por una de las heridas que había sufrido, todo para dirigirse luego al resto de los presentes.

—Quiero a todo el mundo en sus puestos —comenzó a decir—, conocéis vuestras labores y ya no nos queda tiempo. Los refuerzos están a punto de llegar y hemos de brindarles todo el tiempo posible: nuestros enemigos no van a pasar.

Entonces desenvainó su espada que aún conservaba la bendición de su diosa en la hoja, con intención de que el gesto acompañara a su siguiente grito.

—Todos conmigo: ¡No van a pasar!

Y ya sí. El sonido de la maquinaria del ejército del enemigo empezó a resonar desde el horizonte, así como el del movimiento de las tropas. La paladina era consciente de que resultado del duelo no había sido plato de buen gusto para ellos, por lo que les tocaría aguantar más todavía la ira y descontrol de las bestias. Caminó con calma hasta el centro de la ciudad para dar las últimas órdenes y lo siguiente que llegaría, ya sería el peor momento de sus vidas y que les iba a obligar a dar lo mejor de ellos mismos.


Offtopic :
Bueno, bueno. Tengo que agradecer que de un PVP haya podido sacar este relato con tan solo unas perlitas de rol otorgadas por mis compañeros de bando, así como por el DM y por supuesto los del bando enemigo. ¡Gracias a todos! :)
 
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Presente XXVIII - Dolor y recuerdo


En cualquier otra ocasión el sol habría sido una bendición. No es que no lo fuera para Fery, pero habían pasado tanto tiempo bajo aquella fatídica y anormal tormenta, que la mestiza se vio obligada a poner su mano sobre los ojos para mitigar un poco la luz directa.

El grupo avanzaba de manera cansada con Púrskul ya en el horizonte tras horas de duro y largo viaje, con algún que otro caballo como ayuda para aquellos que habían sufrido las peores heridas. La paladina cerraba de vez en cuando los ojos en un intento de descansar un poco, pero los recuerdos y palabras volvían para golpearla, impidiendo recuperarse por completo de la fatiga. No obstante, otorgaba algo de esperanza el hecho de ver la Ciudad Granero en la distancia como si de una vuelta a casa se tratara, que en mayor parte así lo era.

Pero sus ojos se cerraron y el sonido de los pasos y el poco tránsito del camino la llevó a rememorar de nuevo.

—El imperio de las bestias ya no es lo que era —dijo Morkurk, el Lord Brujo—. Hemos aprendido: vuestras lenguas, vuestras tradiciones, qué ciudades arrasar, así como aquellas que domar. —Después extendió un estuche para entregarlo a Ewan, allí presente delante del ser junto a Fery. —Llevarás este mensaje a tu consejo regente, sea este cual sea…

El sonido del crepitar de las llamas era lo único que es escuchaba, pues ni los lloros ni sollozos de los refugiados estaban permitidos, si se podía decir de algún modo. Se creó una pequeña e intensa pausa antes de que Morkurk tomara la palabra de nuevo.

—Tú y tus guerreros supervivientes tendréis paso libre hacia el norte: no seréis atosigados por mi legión. Pero esta ciudad… Imnescar, ya no volverá a ver otro amanecer. ¡Será derribada hasta la última piedra que compone sus muros y casas!

Más allá de sus palabras, el silencio fue roto por los gritos y vítores del ejército de las bestias ante las palabras de su líder. Incluso exhaustos por el esfuerzo de la conquista, sus fuerzas se revitalizaron con rapidez.

—Y esta afrenta al Imperio de Sothillis y al linaje de los Jotuun será borrada de la historia —prosiguió—. ¡Todos aquellos que la han llamado hogar marcharán al imperio bajo el látigo de mis capataces! ¡Allí prosperarán o sucumbirán como esclavos!

Esas palabras se clavaron en Fery como si de un centenar de cuchillas se tratara. No era miedo lo que sentía, no lo tuvo nunca gracias a la bendición de su diosa, pero sí desesperación y hasta impotencia.

—Dejadnos que nos llevemos a los máximos posibles, por favor —dijo la paladina bajo mirada firme hacia el Lord Brujo—: hemos combatido hasta la última gota con honor y valor.

Morkurk miró a Fery y negó, escuchándose tan solo el crujir de metal.

—Aquellos que han luchado y sangrado merecen el honor del guerrero derrotado —dijo—. No merecen nada aquellos que se han refugiado tras los muros y las muertes de los más fuertes: serán reforjados bajo el látigo y grillete para prosperar en el imperio si se que tienen fuego en su pecho. ¡Esa es la ley del Murkul y esa es la voluntad de Sothillis!

Y la paladina no pudo hacer nada. Desarmada, agotada y sin ya nada con lo que poder pelear, solo pudo aceptar la derrota. Sus ojos no pudieron apartarse de todos aquellos que eran arrastrados para ser llevados hasta la capital de las bestias, grabándose a fuego en su interior, en el recuerdo. Después giró su cabeza hasta observar a los vencedores y en su mirada no había desafío alguno, más bien, no olvidar a todos y cada uno de aquellos que estaban disfrutando del momento.

Minutos después, la mayor parte del grupo hizo caso y recogió todo lo que pudo ante el poco tiempo que las fuerzas de Murann les habían dado para marcharse. El capitán Ewan organizó la salida como pudo y el grupo se hizo con algunos carros y hasta caballos para los más heridos. Justo antes de marcharse, Fery fue interrumpida por un hombre que portaba una capa con el símbolo del Tirano.

—Dama Fery —dijo para atraer su atención.

La mestiza se giró hacia la voz, saliendo de sus más profundos pensamientos por lo acontecido, no sin antes suspirar con pesadez. Brizaelinth, que estaba cerca, avanzó un par de pasos para acompañar a su amada.

—¿Vos sois? —preguntó la paladina.

—Mi nombre es Talkorion, el Tirano Eterno —Asintió para pronunciarse con un tono calmado—. Miembro del Cónclave y Embajador del Imperio.

Fue toda una sorpresa para ella dar con alguien tan dado a las buenas palabras, medidas y cuidadas, pero pensó que era una pena que se tratara de alguien seguidor de dicho dios. Entonces paseó la mirada por lo poco que quedaba de Imnescar y sonrió con cierto sarcasmo.

—Una ardua tarea la de ser embajador, desde luego —fue lo único que salió de sus labios.

—Lo es, sin duda alguna. Es mi deber informaros que el imperio no desea destruiros y es por ello que os deja marchar de la ciudad. Me gustaría deciros que esto solo ha sido consecuencia de la protección ofrecida a Colmillos.

La paladina se aguantó la risa al pensar lo ridículo de la situación. Esas palabras le habían sonado tan absurdas que solo podían ser comparadas con el gesto que había tenido el Ejército de la Alianza del Norte al atacar Crimmor en vez de Athkatla, habiéndose estos llenado la boca incontables de veces con que su objetivo era ir a por la dragona. Pero no lo hizo, y Fery debía mantenerse cortés, respetuosa y por supuesto diplomática.

—Siento si no puedo aceptar que justifiquéis la matanza de cientos de inocentes por la caza de una dragona —dijo de manera solmene la mestiza.

—Sentir es algo que ya no puedo tener, pero conozco la situación que tenéis actualmente: la abadía y su destrucción fueron consecuencia de los actos de Sariel: mi persona ofreció a esta un pacto y a cambio la misma abadía sería respetada.

No hubo sorpresa para Fery en esas palabras. Ninguna.

—Sariel pagará por sus malas decisiones y tendrá su juicio con su diosa, pues ha condenado a decenas de feligreses de su religión.

—Sus actos han sentenciado a toda una ciudad —dijo Talkorion con claridad.

—Por mi parte, y en lo que me concierne con ella, es una persona que dejó de tener mi respeto desde hace tiempo por sus propias acciones.

—Esta guerra entre Amn y el Imperio debe de llegar a su final.

—Es extraño que habléis de poner fin a las guerras cuando habéis decidido atacar toda una ciudad, ¿sí? —se pronunció Brizaelinth entonces, que había estado presente en todo momento.

—Os aseguro que no deseamos sangre —volvió a tomar la palabra el servidor del Tirano—. Esto que se ha presenciado en estas lunas, el asedio a Imnescar, no será necesario que vuelva a repetirse.

Todo sonaba tan absurdo, pero los días pasados habían sido una locura entre tanta noticia y tantas malas decisiones. Fery se preguntó, el por qué en ese momento no iba a ser distinto.

—Estaré dispuesta a tender un puente diplomático si queréis que la guerra llegue a su final —dijo la paladina—, pero os advierto que no miraré hacia otro lado si lo que hacéis es volver a verter sangre: espero que lleguéis a comprender mis palabras.

—Mis señoras. No está en mi ser comprenderos, así como tampoco debatir sobre temas de moral la cual ya no poseo… pero tengo potestad para tratar asuntos diplomáticos, y sí, quizá sea una buena idea que seáis vos el puente, dama Fery.

—Pues recordad mis palabras antes de que nos marchemos al no tener mucho más que discutir: abogaré por salvar vidas a través de la diplomacia, pero tendréis que acabar conmigo si de lo contrario elegís las armas.

Pero cuando creía que la conversación estaba zanjada, Talkorion volvió a pronunciarse.

—No elegiré las armas como le dije en su momento a Sariel, y el gran Sondakur fue testigo de ello —Cabeceó hacia uno de los ogros hechiceros que estaban cerca—: ofrecí palabra y unión, pero ella decidió tomar las armas y este fue el resultado.

La mestiza tomó aire y lo echó lentamente. Estaba realmente cansada de todo lo que había alrededor de aquella sacerdotisa de Selune, muy cansada. Era consciente de que en la situación actual lo mejor era que los enemigos dispusieran de una cabeza de turco, pero, por otro lado, era conocedora de que Sariel había tomado un montón de decisiones cuestionables, así que no iba a defenderla en absoluto porque no lo creía justo.

—No tengo nada que ver con ella, así que… me importa bien poco —dijo Fery de manera humilde y honesta, sin buscar agraviar la situación.

—Dejadme que os pregunte algo —dijo Brizaelinth tras aguardar su turno—, ¿habéis atacado Imnescar por querer luchar contra los seguidores de la Señora de Plata?

—Era otro de los motivos —repuso Talkorion.

Y no hubo tiempo para muchas más palabras, pues debían de marcharse.

Cuando Fery abrió los ojos tras salir del pequeño trance que la había llevado hasta aquel momento, por fin se encontró en la entrada de Púrskul. Su yegua la conocía y había cabalgado con calma junto al resto de los supervivientes para tratar de dar un poco de descanso a su dueña.

Allí en la Ciudad Granero fueron informados de otras malas noticias, ya que Espurtha había caído también, pero, por fuerzas relacionadas con los draconianos. Al parecer se avecinaba otra guerra, todo sin dar respiro a nadie.

Con las heridas habiendo sido tratadas, la fatiga todavía les hacía mella, por lo que, tanto Fery como Brizaelinth marcharon a la habitación que esta primera tenía en la sede de la Casa Gáldrim. Allí, en un silencio incómodo, ambas retiraron sus maltrechas prendas de guerra para vestir algo más liviano, y en la tenue luz de las velas, la mestiza se acercó para abrazar a su amada.

—Lo siento —dijo.

—No es culpa tuya, ¿sí? Es algo que hicimos entre todos: no pudimos defender Imnescar y sus gentes.

Pero no hubo consuelo para la paladina en esas palabras surgidas del hermoso corazón de la elfa oscura. Unas lágrimas brotaron de sus ojos sin ni tan siquiera poder evitarlo al recordar toda la gente que había muerto bajo su mando, así como esos inocentes que habían sido llevados para ser esclavizados, algo que para ella era un destino aún peor que la muerte.

—Creían en mí.

—Pero tú sola no podías contra todo un ejército, así pues, el fracaso es de todos.

La mestiza se aferró con más fuerza a su amada sin mucho más que poder decir, para finalmente separarse con gentileza y cariño.

—Intentemos descansar y tomar algo de aliento… pues debo volver a la capital —dijo Fery.

Finalmente, ambas en la cama, todo se les vino encima para caer rendidas, teniéndose una a la otra. Aunque la paladina pudo cerrar los ojos para tratar de conciliar el sueño por fin, los recuerdos la azotaban y se mezclaban en imágenes y palabras fugaces: porque su cuerpo volvería a ser el mismo, aquel templo hermoso bendecido por la Dama del Amor; pero lo que jamás podría reparar y debería de aprender a vivir con ello, era con el dolor que habían sufrido todos aquellos que no lo merecían y que no pudo salvar.​
 
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Presente XXIX - El rosal de los Héroes y Heroínas de Imnescar


Pocos sabían el estado real de Fery tras la guerra, aquella que la había marcado para siempre. Se esforzaba cada día por ser la misma de siempre, no por evitar preocupar a los demás, si no para transmitir al resto que debían de avanzar: tenía claro que debía de seguir siendo un pilar para aquellos que necesitaban apoyo, por muy mal que ella pudiera estar.

Pero la vuelta no había sido grata. Sin ni tan siquiera pisar la capital, estuvo ayudando a los refugiados que se amontonaban en Púrskul, ya no solo aquellos aliados que habían combatido hasta la última gota de sangre, sino también aquellos que habían podido escapar del fuego que había quemado la ciudad amurallada. La mestiza había prometido a sus hermanos el volver a casa, el obtener un merecido descanso; pero no dejaba de sentirse culpable, pues de los cien que habían ido con ella, solo veinticinco habían vuelto.

Era consciente de que sus hermanos de fe descansaban en el seno de la Dama del Amor al haber muerto en servicio, pero de igual modo se hacía responsable por haberlos enviado a la muerte. Era duro, mucho, incluso para alguien con tan fuerte voluntad para ella. No dejaba de pensar en que hubiera preferido cambiarse por todos ellos, y mucho más por aquellos pobres que las fuerzas de Murann se habían llevado para esclavizarlos.

Todo hacía mella en ella, siendo duras las noches en las que le costaba descansar, sintiéndose a cada día peor amante para Brizaelinth y cada vez costándole más el cumplir la promesa que le había hecho a sus hermanos restantes. Se aferraba como a un clavo ardiendo en el tener que seguir de pie, en volver a ser ese pilar inamovible para el resto. Pero los ánimos no ayudaban, pues no habían sido ni una, ni dos, si no más, las veces que había tenido que meterse por medio para apaciguar el fuego de las discusiones generadas por las rencillas quedadas tras la guerra civil; sumado a que se había visto envuelta en un duelo de honor por sus hermanos caídos, aquellos que ya no podían defenderse. Fery estaba cansada, agotada, y sabía que no iba a recuperarse si no hacía un punto y aparte, si por fin hacía eso que le decía al resto que debía de hacer: seguir adelante.

La mestiza pensó en algo y se reunió con Calistia. Le presentó la idea de, allí en Púrskul, hacer una misa por los caídos con la participación de todos aquellos que así lo quisieran, para entre todos crear un rosal conmemorativo. No perdieron el tiempo y pagaron una buena suma por varios esquejes listos para ser replantados, ayudando económicamente a varios campesinos en el proceso. Con las plantas y un gran llamamiento, al cabo de los días por fin pudo celebrarse el evento, quedando contentas ambas por la numerosa aceptación: se alegraron mucho de ver como personas que habían estado enfrentadas en la guerra civil habían hecho el esfuerzo por recordar a los caídos de Imnescar.

Todos y cada uno de los presentes plantaron el esqueje que se les había entregado antes, donde algunos dijeron algunas palabras mientras que otros prefirieron dejar estas para sus adentros, mostrando respeto de igual modo. Fery, la última, se puso de rodillas sin importar mancharse la túnica. Cavó algo de tierra con sus manos, dejando maltrecha más de una uña en el proceso para luego introducir el esqueje y tapar la raíz. Observó todo aquello que los presentes habían creado, algo absorta, inmersa en los nombres de todos y cada uno de sus hermanos que habían caído, aquellos que la habían acompañado en Crimmor cuando combatieron a la Iglesia de la Salvación, como así también en Púrskul cuando el ejército de nomuertos y draconianos atacaron la ciudad: aquellos que habían creído en ella como su líder.

Y las lágrimas nacieron en sus ojos para recorrerle las mejillas sin poder evitarlo, sin importarle siquiera que todos la estuvieran observando. Como guerrera sagrada debía de mantenerse fuerte, implacable y firme en sus convicciones, pero, ¿cuánto más podía aguantar? Ya no importaba, pues una de las lecciones que había aprendido es que era tan mortal como el resto, y más humana que muchos a pesar de tener sangre de orco.

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—Por todos aquellos que nos permitieron seguir respirando para luchar un día más —dijo antes de ponerse en pie para secar las lágrimas y luego sonreír a los presentes—. Hermanos, amigos, aliados y amantes: este es el rosal de los Héroes y Heroínas de Imnescar. Gracias a todos por asistir, pues, aunque ellos no sigan aquí, será nuestro amor el que jamás los olvidará en esta unión que hemos creado.

Después la noche se tornó distendida, habiendo incluso bromas o momentos de ánimo entre unos y otros, haciendo del duelo algo más llevadero, cosa que las sunitas agradecieron y no tuvieron impedimento alguno en que así fuese. Con el paso de las horas y poco a poco, cada uno fue abandonando el lugar para volver a sus quehaceres o descansar, quedando Fery la última. Allí, en la ya entrada noche, tomó asiento en el suelo, frente al rosal y pasó la mano con cariño por aquellos esquejes que tenía cerca.

Y no hubo lágrimas. Lo que sintió fue una sensación de libertad por fin, de desahogo por haberse quitado ese nudo en la garganta que no dejaba de ahogarla, la misma que le cogía el corazón con dolorosa fuerza o que simplemente le había quitado las ganas de comer o de hacer el amor: la paladina ya se encontraba lista para volver a la capital y retomar sus deberes, aquellos que ya la reclamaban desde el primero paso que había dado sobre Púrskul.

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Y perdió la noción del tiempo hasta que tuvo que frotarse los brazos para entrar un poco en calor, cayendo en la cuenta de que quizá se había hecho muy tarde. Así que se levantó, echó un último vistazo al color rojizo de las rosas y sonrió ampliamente antes de tomar sus pasos hacia su habitación. Dentro, las velas que Brizaelinth había dejado puestas ya estaban a punto de consumirse y la elfa oscura parecía descansar profundamente acostada de lado. Fery retiró su túnica con cuidado para no hacer ruido y luego se deslizó bajo las sábanas con el mismo cariño para abrazar por detrás a su amada.

—Estás helada —surgió un fino hilo de voz de los labios de la eilistraelita cuando la piel de la paladina entró en contacto con la de ella.

Una sonrisa se dibujó en los labios de la mestiza al ser consciente de aquello que su amada había indicado.

—¿Estás bien? —preguntó luego Brizaelinth a la vez que giraba un poco el rostro para mirar de reojo a Fery.

—Ahora sí —contestó la sunita.​
 
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Presente XXX - Heredera (Parte 1 de 2)


El sol pegaba fuerte y producía la extraña sensación de que, de algún modo, el clima era favorable en los humedales. Los soldados se habían congregado para adentrarse por la zona y los más ávidos exploradores habían sido capaces de guiar al nutrido grupo por lo más enfangado. A pesar de todo, no eran para nada conscientes de que algo les estaba esperando, incluso con la creencia de que ellos iban a ser los encargados de llevar una emboscada contra los orcos.

Cerca de ahí, Xunag había recibido informe de aquellos batidores que había enviado a, precisamente, averiguar qué era lo que estaba tramando el enemigo que avanzaba con cautela. Habiendo formado un círculo alrededor suyo, los orcos más cercanos a él escuchaban sus órdenes y le atendían por completo, siendo entre ellos una mestiza la que llamaba la atención. Esta, que portaba sobre las ropas algunas pieles endurecidas cubriendo su cuerpo como protección, también se valía de un escudo de madera algo rudimentario, así como de un hacha de batalla que descansaba en su hombro derecho con sus dedos alrededor del mango. Su complexión era fuerte, incluso algo ruda debido a varias cicatrices, con oscuro cabello que caía como una cascada salvaje hasta descansar en los hombros; pero sus facciones eran diferentes, pues parecían más humanas que de orco, poseyendo un curioso y exótico atractivo, con una nariz alejada del tipo que comúnmente poseen estos, así como un tono verdoso de piel y una mandíbula poco pronunciada en la que unos pequeños colmillos sobresalían.

Sus ojos de iris de color rojizo mantenían la mirada clavada en el gran jefe de la tribu Sangreardiente, aquel que era su padre, al que esperaba no defraudar en la batalla que les iba a acontecer para por fin pasar el rito de madurez y convertirse en una guerrera marcada por el clan, muriendo con honor en combate de no ser así. Krilge sonrió entre sus divagaciones, incluso fantaseó, pero luego volvió a la realidad cuando todas las órdenes fueron dadas.

—No creo que sea una buena idea descartar el factor sorpresa, gran jefe —objetó uno de los orcos alrededor de Xunag.

El líder levantó un brazo con calma, cerrando el puño de la misma forma. Las arrugas de su piel debido a la avanzada edad se acentuaron cuando su rostro se endureció, listo para tomar la palabra de nuevo.

—Os prometí una batalla honrosa y eso es lo que tendremos —dijo—. Ellos portan metal que protege sus cuerpos, pero nosotros estamos en nuestro territorio y ese es el mensaje que quiero entregarles: no solo estamos en nuestro hogar, si no que avanzaremos y tomaremos todo aquello que se nos antoje incluso pasando por encima de sus cuerpos si es necesario.

Aquellas palabras que hubieran estado rodeadas de gritos y vítores en otro momento solo recibieron silencio, asentimiento y aceptación, incluso sonrisas macabras de satisfacción; y es que, el nutrido grupo de orcos bien guiado tenía consciencia de que era importante mantener el perfil bajo hasta el choque de armas con el enemigo.

Y así avanzaron. Las tropas de colmillos pronunciados siguieron por los humedales en dirección al inminente choque con los soldados enemigos, caminando Krilge al lado de su padre. Este era conocido por blandir una enorme hacha, tan mortal como terrorífico, que no solo cortaba y cercenaba con facilidad, pues su peso también había servido como arma contundente en innumerables ocasiones. Su hija lo admiraba, lo miraba con devoción, y en su estómago sintió esa extraña sensación de felicidad cuando este se dirigió a ella.

—Hoy espero grandes cosas de ti, hija mía —se dirigió a ella tras girar un poco el rostro en su dirección—. Has decidido crecer fuerte ante todas las adversidades y creo que eso puede hacer de ti una buena Sangreardiente.

—No os defraudaré, padre: pues moriré en batalla antes que ser una deshonra.

Los colmillos de Xunag se mostraron mucho más ante lo escuchado, aunque en sus pensamientos, su hija todavía tenía mucho que demostrar y la experiencia de los años lo había convertido en alguien escéptico y pragmático, habiendo borrado años atrás la ilusión o expectación por según qué cosas.

Uno de los batidores se aproximó de nuevo al líder orco, informando de que ambos grupos estaban muy cerca. Entonces Xunag tomó el cuerno que reposaba en su cinturón y lo hizo sonar al soplarlo, alertando así a todas sus fuerzas, y por ende, incluso a las del enemigo.

Los soldados humanos, sorprendidos por el ruido, se replegaron rápidamente para tomar las armas y posiciones defensivas: algunos arqueros tomaron flechas, listos para disparar en cuanto se les diera la orden. Al poco, y sin haber escuchado más el cuerno, los minutos se hicieron algo eternos hasta que los primeros orcos empezaron a aparecer de entre los árboles, siendo Xunag el que más avanzó con el barro y el agua por los tobillos, demostrando claramente que el terreno no era impedimento alguno para él. El líder de los Sangreardiente, con su enorme hacha sostenida en ambas manos no hizo más que acercarse hasta pocos metros de sus enemigos, aquellos que ya estaban listos para la batalla y cubrían sus cuerpos con armaduras de diversa índole.

—Estáis lejos de vuestras tierras, humanos —tomó Xunag la palabra en idioma común, con tono autoritario y perfectamente audible para todos.

Alguien avanzó de entre los humanos: un hombre ataviado con una armadura completa bajo un tabardo de color púrpura en el que se podía distinguir un guantelete derecho alzado con la palma hacia el frente, blandiendo entre sus manos protegidas un espadón tomado en forma de cruz invertida. No le faltó valor, pero tampoco prudencia, pues sus pasos lo alejaron lo suficiente como para poder parlamentar y ser una cabeza visible, pero no como para perder la posición de defensa que sus compañeros le otorgaban.

—Soy sir Hazel, caballero al servicio del Leal —dijo tras levantar un poco la visera de su yelmo y observar así al imponente orco que tenía delante—. Estamos en la búsqueda de aquellos que han estado asaltando Púrskul en estas últimas decanas, tomando bienes de otros y matando gente inocente en el proceso.

Suaves tintineos y algunos chocares de metal fueron viciando el silencio sepulcral que sir Hazel había conseguido, todo mientras un montón de miradas se encontraban, tanto de compañeros como de enemigos.

—¿Os suena de algo, orco? —terminó por preguntar, sin haber apartado la vista del líder de aquellos con los colmillos pronunciados.

—Soy Xunag, caudillo de la tribu Sangreardiente. —Asintió—. Los vuestros sois penosamente predecibles, pues siempre escondéis vuestras acciones tras palabras tan banales como la bondad, justicia o inocencia.

—Os lo preguntaré una única vez entonces: ¿habéis sido vos y vuestra tribu la causante de los últimos saqueos?

La comisura de los labios del líder orco se encorvó lentamente hacia el cielo, mostrando su dentadura, falta de algún diente, pero no de sus grandes colmillos, todo listo para hablar de nuevo.

—Sí, hombrecillo: hemos sido nosotros. Esta es vuestra última oportunidad para volver por donde habéis venido, pues sabed que tomaremos todo lo que nos plazca.

Sir Hazel llevó su mano cubierta por un el guantelete de metal hasta la visera de su casco e hizo bajar esta, tapando por completo su rostro.

—Vuestro mal acaba aquí, orco, pues los dioses harán justicia y pagaréis, pues solo una muerte rápida y dolorosa es lo que os espera. —La voz del caballero sonó algo metálica, pero no por ello carente de valor inspirador para sus compañeros, tomándose el lujo de coger algo de aire para gritar con fuerza después—: ¡Por Torm!

—¡Sangre y honor para la tribu Sangreardiente! —exclamó Xunag con todas sus fuerzas.

Las flechas silbaron hacia un lado, así como las jabalinas salieron de la espesura por el otro, generando las primeras bajas en ambos frentes. El lugar se había convertido una sangrienta escaramuza y los humanos empezaron a mostrarse casi tan fieros como los orcos. Los líderes, sin querer, habían sido rodeados por el resto de las fuerzas y se enfrentaban ajenos al resto en una extraña danza donde ambos esquivaban la pesada arma de su rival para evitar morir rápidamente.

Krilge descendió rápidamente con el resto de los orcos que había a su lado y alzó su escudo para detener espadas y lanzas de sus enemigos, hundiendo el hacha de batalla en los cuerpos de los humanos y viéndose salpicada entonces de la sangre de estos, todo mientras sentía crecer el calor dentro de su cuerpo. Su herencia Sangreardiente la hacía voraz, arrojada y temible, sintiendo que cada muerte le pedía más y más, como alguien insaciable. Esa sensación de no tener el control la llevó hasta avanzar sin parar, solo deteniéndose cuando hizo caer de culo a un soldado tras propinarle un fuerte golpe de escudo.

El humano, habiendo sido desarmado con la caída, miró rápidamente a sus lados para contemplar como su espada y escudo se habían hundido en el barro. Después alzó la vista y contempló a Krilge con el brazo levantado, firme e inmóvil, aquel que empuñaba la intimidante arma. Retiró rápidamente su yelmo y llevó las palmas de sus manos a la vista en claro gesto de clemencia, siendo entonces cuando la mestiza de orco pudo ver que se trataba de alguien muy joven, quizá de una edad humana de aquellos cercanos a la adultez o que hacía poco la habían alcanzado, como ella.

—Me rindo —dijo el joven desde el suelo.

Las pupilas dilatadas de Krilge recuperaron su normalidad, y entonces sonrió mirándole. Un atisbo de esperanza recorrió el cuerpo del soldado al ver eso, pero este se disipó al instante cuando llegó su muerte justo en el momento en que el hacha de la semiorco le abrió el cráneo.

—Cobarde —fue lo único que salió de la garganta de la mestiza de orco.

La batalla no cesó y poco a poco se fue inclinando para los orcos. Muchos soldados veían sus ataques o movimientos frustrados por caídas y resbalones, claramente poco preparados para luchar en una zona como aquella, donde aquellos con los colmillos pronunciados tenían todo a su favor al portar armaduras muy livianas como pieles y cueros.

Krilge avanzó entre los caídos hasta dar con su padre, viendo como este había acabado con el caballero. El cuerpo del humano yacía boca arriba, algo sepultado en el barro, con los ojos saltones en expresión de haber muerto de manera inmediata, donde la placa metálica del pecho mostraba haber sido hundida por un poderoso golpe con la parte plana de la enorme hacha.

Los soldados restantes huyeron en retirada, siendo entonces cuando los orcos más cercanos a Xunag se voltearon para mirarle.

—¡Perseguidlos para darles muerte! ¡Que no quede ninguno! —gritó con clara intención de que aquello que habían logrado escapar pudieran oírle.

—Gran jefe, ¿no se supone que debíamos de enviar un mensaje? —preguntó uno de los orcos.

—Claro: el mensaje es que no vuelva nadie.

El caudillo dejó escapar una gran risa después de sus propias palabras.

Cuando aquellos que habían marchado pudieron informar de que todos los enemigos estaban muertos, los orcos restantes se congregaron alrededor de su líder, tomando algo de tiempo incluso para hacer un pequeño fuego. Xunag mostraba heridas, pues no había salido indemne del combate contra sir Hazel, pero sí victorioso, y era lo único que le importaba. Levantó uno de sus brazos y extendió la palma en dirección a su hija.

—Acércate —le dijo.

Krilge, no temerosa pero sí dudosa, tardó unos instantes en hacer caso a la indicación de su padre, acabando por avanzar con energía tras haber perdido algo de tiempo. Después, notó como él posó la palma en el hombro de ella, cerrando un poco los dedos alrededor de este.

—Estoy orgulloso de todos vosotros —dijo paseando la vista entre aquellos a sus órdenes para terminar por posarla en la mestiza—, pero hoy en especial de ti, hija mía.

—Gracias, padre —dijo a la vez que asentía con cierta solemnidad.

—Es por eso por lo que deseo que formes parte de nuestra tribu como una guerrera más, una Sangreardiente.

Las cejas de Krilge se alzaron en sorpresa, sonriendo de emoción sin poder evitarlo, mostrando entonces sus colmillos claramente más pequeños que los del resto de sus semejantes. Luego, Xunag apartó la mano del hombro de su hija y tomó un cuchillo del cinto, cogiéndolo con dos de sus gruesos dedos por la pequeña hoja para ofrecer este a su hija.

—Pero antes debes sacrificar tu imagen humana delante de todos.

El gesto de Krilge se relajó hasta convertirse en una expresión ceñuda. Observó el cuchillo, luego a su padre y después a la multitud expectante para finalmente tomar con impulsividad el mango de la pequeña arma: estaba dejándose llevar por las emociones, tratando de hacer cualquier cosa por ser una más.

No tardó en pinzar su nariz con una mano, llevando la hoja con la otra hasta esta, para empezar a cortar la carne. Las lágrimas brotaron de sus ojos, que cerró, ahogando cualquier grito de dolor mientras el cuchillo iba haciendo su trabajo y su mandíbula se apretaba: el filo no era el más adecuado debido a la falta de mantenimiento, por lo que pensó que la dificultad formaba parte del sacrificio. Y cuando se dio cuenta, la nariz que había pinzado se encontraba en su mano tintada de rojo: al igual que su morro, sintiendo en la boca el sabor de su propia sangre.

Los congregados rieron, celebraron y gritaron. Xunag profirió un gran bramido y aplaudió con ganas, contagiando la efusividad a todos, pues no pudieron evitar seguirle. Krilge entregó el cuchillo a su padre y este se encaminó al fuego que habían hecho antes, arrojándolo lo más cerca posible de las llamas.

—He aquí, ante todos, Krilge demostrando que está dispuesta a cualquier cosa para ser una Sangreardiente —comentó dirigiéndose hacia los orcos, esta vez con una elocuencia más tranquila, como si quisiera ganar algo de tiempo—. Pero… —Levantó un índice—. Todavía nos falta algo, pues nadie forma parte de la tribu sin nuestra marca, aquella que nos une, aquella que nos define, aquella que nos hace hermanos.

El líder de los orcos hizo un gesto a los dos subordinados que estaban más cerca de su hija y luego cabeceó hacia ella. Estos la agarraron cada uno de un brazo, tomándola por sorpresa. Krilge se agitó algo nerviosa, mirando a estos, al principio casi forcejeando en simple gesto reflejo, pero quedándose quieta después.

Su padre tomó el cuchillo que había dejado caer en el fuego, pasándolo de mano en mano para evitar quemarse, todo mientras avanzaba con calma hacia la mestiza. Estiró el brazo para coger la ropa que cubría el torso de ella, tirando luego hacia abajo para arrancarla con violencia y dejar este desnudo.

—No me defraudes, hija —dijo mirándola a los ojos mientras sostenía la pequeña arma, ahora con firmeza.

El tono de Xunag no pareció el de dar una orden, tampoco de una petición, más bien sonó de la forma en que alguien obliga, doblega o simplemente no quiere esperar otra cosa que lo que desea. Acto seguido, acercó la punta del filo hasta el esternón de su hija para dibujar con calma el símbolo de la tribu sobre la carne y piel: una gota dentro de una llama. Krilge hizo acopio de todo su aguante para no gritar, aún presa por las dolorosas sensaciones de haberse cortado la nariz, pudiendo aguantar el proceso como buenamente pudo. Y así, entonces, fue finalmente marcada con la rudimentaria escarificación que la hacía formar parte de los Sangreardiente. Después fue liberada por los orcos que la habían agarrado de los brazos, siendo entonces cuando ella cayó de rodillas, algo cabizbaja, tratando de recuperar el aliento.

—Ponte en pie hija mía —Xunag tomó de nuevo la palabra mientras guardaba el cuchillo en el cinto—. Pero esta vez no lo vas a hacer como Krilge, pues ya no serás «aquella que sirve»; desde ahora, como una más de la tribu Sangreardiente, tu nombre será Shautha, que para nosotros significa «aquella que quiebra la tierra». —Hizo una breve pausa para tomar aire justo antes de gritar—. ¡Pues eso es lo que harán tus pasos como futura heredera de mi propia sangre!

Shautha, ya no Krilge, se puso en pie. Todos los orcos gritaron, aplaudieron y algunos hasta se golpearon por la emoción, pues ya nadie creía que con la edad de Xunag él mismo podría elegir a alguien para seguir con el mando de la tribu, pero por fin lo habría.

—Gracias, padre: no le defraudaré —dijo la recién nombrada Shautha.



Fery se despertó sobresaltada y miró a sus lados, viendo que seguía siendo bien entrada la noche y las velas estaban casi agotadas. Brizaelinth descansaba inmóvil a su izquierda, probablemente inmersa en el trance de la ensoñación, por lo que decidió no molestarla. Puso un pie en el suelo, luego el otro, y tomó la bata que había sido colgada de manera meticulosa en la percha cercana a la cama. Sus pasos la llevaron hasta el espejo más próximo mientras envolvía su cuerpo con la translúcida pieza de ropa y buscó su reflejo con rapidez, palpando su nariz y viendo que esta seguía en su lugar. Suspiró con alivio, pero no tanto como cuando pasó su mano por el esternón para darse cuenta de la realidad, de que no había marca alguna de la funesta tribu Sangreardiente: había sido otra mal sueño.

Frotó sus sienes y luego exhaló con pesadez. No sabía por qué cada vez más la azotaban pensamientos y sueños sobre la parte de su padre, pues tampoco obtenía ninguna señal de su diosa, ninguna visión. Los dolores de cabeza eran más fuertes y en ocasiones sentía que quizá era una llamada del deber, de algo que tenía pendiente y que creía haber zanjado años atrás. O quizá, era tan solo algo que iba a acompañarla hasta el fin de su deber, del servicio para con su diosa.

Vertió con calma algo de agua dentro de un vaso que tenía a mano y luego bebió un par dedos del líquido, suficiente como para quitarse el gusto amargo de lo que había saboreado en la pesadilla. Después volvió a la cama para tumbarse, esta vez de lado para observar a su amada, llevando luego una mano hasta las hermosas hebras blancas del cabello de la elfa oscura y tratar de conciliar el sueño al otorgarle unas suaves caricias, como en muchas otras ocasiones le surgía efecto.
 

Manny_LoneWolf

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Presente XXXI - Heredera (Parte 2 de 2)


El cielo estaba encapotado, y aunque era de día, el clima se encontraba en el punto óptimo para que los copos de nieve no pararan de caer: raro sería que en el norte no nevara.

La casita de Talivia era un refugio en el que cualquiera podría quedarse a vivir, pues, aunque no muy grande, se notaba el esfuerzo dedicado para hacerla acogedora y llena de comodidades: a la mestiza de orco le encantó el disponer de una gran bañera con patas.

La chimenea crepitaba para brindar un calorcillo agradable y Fery observaba en completa abstracción el horizonte que se podía apreciar a través de la ventana. Se encontraba sentada en uno de los dos sofás que había a cada lado, quedando una pequeña mesita en medio, en la que por ahora tan solo la acompañaba un vaso prácticamente vacío con algunas gotas de agua.

—Toma esto, querida: te irá bien para la jaqueca —la voz de Brizaelinth ganó entonces la atención de la paladina.

Fery sonrió de manera genuina al observar cómo la elfa oscura depositaba sobre la mesa un par de tazas de porcelana con algo humeante dentro, presentadas estas sobre pequeños platos a juego. Después tomó asiento en el sofá vacío, cruzando una pierna sobre la otra, para quedar estas libres tras asomar por debajo de la bata translúcida que cubría su delicado cuerpo.

—Gracias, mi negra flor —dijo la mestiza.

—¿Estás mejor, pues? —preguntó Brizaelinth a la vez que mecía con suavidad la pierna que le colgaba.

—Más o menos —contestó a la vez que cogía su taza con el índice y el pulgar, soplando un poco el líquido—. Recibí un recado de Calistia informándome de que ha pasado un día más sin que el templo haya recibido respuesta de mi maestro.

La elfa oscura frunció los labios, algo pensativa, dejando tiempo suficiente para que Fery tomara algún trago de la infusión que le había preparado, buscando comentar algo más después.

—Son tiempos complicados, Fery: tú misma dices siempre que no hay que perder la esperanza.

La paladina negó, aunque, una tenue sonrisa asomó por sus labios justo antes de pronunciarse.

—Le he dicho que no hace falta que me informe más al respecto, que vamos a volver a Athkatla.

Brizaelinth giró el rostro, un poco, parpadeando varias veces ante esas palabras. Luego, con calma, apoyó las palmas en los reposabrazos para tener ayuda al levantarse, haciéndolo con la gracia que caracterizaba comúnmente a los de su especie, donde el suave sonido de sus desnudos pasos en el suelo de madera la llevaron hasta su amada, para finalmente sentarse de lado sobre los muslos de esta. Estiró un brazo hasta alcanzar la melena rojiza de Fery, optando por pasar los dedos entre los cabellos de esta justo antes de conectar con su mirada.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Para los sunitas, amar es algo que nos revitaliza, nos llena y nos devuelve la energía: algo así como un ritual. El poder hacerlo todos estos días sin limitaciones me ha ayudado más de lo que crees, por lo que tengo la certeza de estar lista para volver, pues tenemos mucho trabajo por delante.

La elfa oscura llevó un índice a los labios, torciendo un poco estos, para darse algunos toquecitos en la zona.

—Revitalizada estarás tú, pues a mí me has agotado más que nunca —dijo tras apartar el dedo para mostrar una perfecta sonrisa que acompañaba a la broma.

—Qué exagerada.

Ambas rieron por un momento para luego Fery alcanzar el mentón de su amada y acercarse a besarla con calma, consiguiendo que sus lenguas jugasen un poco, pero siempre buscando no hacerla daño con los colmillos. Mantuvieron la sonrisa de felicidad tras el gesto afectivo.

—Me encanta cuando eres tan atenta conmigo —le confesó tras haber tomado la iniciativa del beso.

—¿Eso significa que no te gusto cuando no lo soy? —preguntó Brizaelinth a la vez que enarcaba una ceja.

—¡Eres idiota! —exclamó la mestiza al saber que seguía con la broma, pellizcándole un poco el brazo a modo de castigo.

—¡Au, bruta!

Las risas volvieron a embriagar el ambiente y la elfa oscura bajó de las piernas de su amada, quedando entonces de pie frente a ella.

—Tocará caminar hasta Náshkel y luego tomar una caravana desde allí —comentó Fery.

—Me parece bien. —Asintió—. Además, podremos brindar escolta al resto de personas que viajen hacia el sur en el caso de que haya problemas.

—Ya he avisado a Calistia para que informe al templo de Sune, pero tendré que escribir a mis compañeros de la Gáldrim.

—Nos podremos distribuir desde la capital, pues yo también tendré que hacer una visita a la compañía oriental.

La paladina movió la cabeza en vertical para aprobar las palabras de su amada, tomando entonces un último trago del líquido que quedaba en la taza. Después se puso de pie, plisando las arrugas que la bata había adquirido al estar sentada y observó a la elfa oscura.

—¿Y qué hay de tus sueños y dolores de cabeza? —preguntó la trovadora con expresión de estar preocupada por la mestiza de orco.

—Tendré que lidiar con ello. —Negó—. Pero poca importancia tienen si no tenemos un mundo en el que seguir viviendo, así que de nuevo tendremos que dar lo mejor de nosotras ante lo que se nos viene encima.

Brizaelinth sonrió ante las palabras de la mestiza.

Ambas emprendieron el camino de vuelta unas horas después, dejando la casita que les había servido de refugio durante tantos días. Fery estaba deseosa de poder agradecer a Talivia el gesto que había tenido con ella, pues realmente la había ayudado mucho. Si bien desconocía el estado de su maestro, el haber ido tras él podría haber sido la peor de las decisiones en medio de la guerra, por lo que agradeció a Sune el hecho de que Talivia se hubiera interpuesto ante ello para borrar esa idea de su mente.

La paladina se esforzaba por pensar que Renaud estaba bien, o que, de lo contrario, había caído bajo el deber de su diosa, esa por la que compartían fe. Por otro lado, si bien los sueños sobre todo lo relacionado con los Sangreardiente se habían acentuado, tenía claro que era algo que debería de esperar para encontrar una solución.

No iba a heredar ninguna tribu, y no iba a dejar de ser la paladina que era, la devota por su diosa y aquella que pondría su vida ante la del resto: por lo que sí había heredado ese deber, ese juramento, y era a lo que se iba a atener.
 

Manny_LoneWolf

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Presente XXXII - «Feryscar»


Los pocos días de descanso habían sido un soplo de aire fresco para Fery a pesar de que, sabía que a su vuelta todo iba a seguir igual o peor: pero pensaba que ante el mal tiempo, buena cara, como se suele decir.

El orbe, aquel que había costado tanto conseguir, había sido robado y de nuevo las fuerzas enemigas habían puesto en jaque a los que aún luchaban por resistir, por vivir un día más. Pero en los peores momentos es cuando más brilla la esperanza, por muy pequeña que sea, y así lo era todo lo relacionado con el herrero Cromwell como los meteoritos que habían caído y quedado dispersos por toda la nación.

Una vez más, valientes de todos los lugares y creencias se juntaron para obtener todo lo posible y no fue poco, pues el herrero, que había desparecido, fue hallado junto a una pieza muy valiosa y necesaria que formaba parte de un conjunto que ayudaría a hacer frente a las fuerzas enemigas. Pero la desdicha llegó. Un complot bien orquestado consiguió que estos lograran tomar la fortaleza robusta de Khazad Gromdal, aquella que no podría haber sido tomada de otro modo que no fuese desde dentro, ya que los muros de los enanos siempre habían sido infranqueables.

Las noticias no tardaron en hacerse eco, pues todo era más comprometido que en otras ocasiones: no solo había innumerables vidas de inocentes y hasta la del rey en peligro, si no que, además, Cromwell y parte de lo recuperado se encontraban en los interiores de las paredes de piedra.

Dicen que parte del trabajo del paladín es la vigilia, la previsión y hacer uso de la experiencia y vivencias adquiridas para anteponerse a las peores situaciones: los primeros pasos son determinantes a la hora de salvar vidas. Así pues, y con una esperable reunión de crisis organizada por las Fuerzas Armadas ante lo que había ocurrido, Fery no dudó ni un ápice en su intención por encontrar nuevos caballeros que la pudieran seguir.

Como una capitana ordenada más de las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí, se permitió el lujo de hacer una convocatoria en el interior del templo de Sune, ese que brillaba con fulgores rojizos en el Distrito de los Templos de la capital amniana. La mestiza había escogido una túnica ajustada y escotada pero elegante para su propósito, confeccionada a medida con telas de las más caras que se podía encontrar en aquel momento en la capital, con una escala de rojos intensos y vibrantes para reflejar aquella pasión que los sunitas poseen en su interior. Sus joyas habían sido minuciosamente seleccionadas, pero ninguna opacaba el hermoso colgante que reposaba en la parte superior de su pecho, aquel que era directamente el símbolo de su amada diosa. Su rostro, ya bien marcado por la madurez, mostraba una hermosa sonrisa que ni siquiera sus pequeños colmillos prominentes podían ensombrecer, siendo lo contrario, pues le daban un toque más exótico aun si cabía a su belleza junto a esa preciosa melena que caía en cascada sobre sus hombros, y que se mecía con suavidad en algunos movimientos de su cabeza.

—Hermanos, hermanas: me gustaría agradeceros el haber acudido con tanta rapidez a mi llamada —se dirigió a ellos mientras mantenía una pose tranquila donde sus manos reposaban una encima de la otra pegadas al regazo, paseando su mirada por los presentes—. El mal no descansa y por lo tanto nuestro deber tampoco. La sombra se ha apoderado de la fortaleza robusta que hay al norte y van a requerir de toda la ayuda posible.

Los murmullos aparecieron entre los presentes, haciendo que Fery pudiera hacer una pausa antes de continuar para aguardar con paciencia al momento en cuanto el silencio volvió a estar en el aire.

—Algunos ya me conocéis pues habéis combatido en varias ocasiones conmigo, incluso en la ya extinta Imnescar —continuó, tornando entonces su expresión a una más seria al nombrar dicha ciudad—. Pero veo caras nuevas, nuevos caballeros que han recibido la visión de nuestra diosa para formar parte de nuestra querida orden de la Rosa Rubí —señaló con la palma, en gesto comedido y como ejemplo a un grupo de jóvenes que estaban cerca—. Así que aquí y ahora, hermanos y hermanas: os pido ayuda. —La paladina separó las manos para llevar una de ellas hasta la altura del corazón, mostrando entonces sus largas pero cuidadas uñas pintadas de rojo—. Me gustaría lideraros en esta empresa para hacer frente al mal y la nomuerte, con intención de que estos no puedan arrebatar más vidas y salvemos a todos los inocentes posibles.

Los susurros volvieron a generarse entre la pequeña multitud, yendo y viniendo, algunos más altos, otros de más bajos. Había seriedad, sonrisas y hasta miradas algo endurecidas, haciendo todo una impredecible mezcolanza.

Pero Fery avanzó unos pasos, siendo cuando sus tacones hicieron eco entre los altos y amplios muros del templo. Estos, elegantes y sosegados, fueron acompañados de un leve pero hipnótico sonido suave procedente de sus joyas, que al chocar entre ellas generaron más atracción e interés sobre su persona.

—Sé que, aunque a los de la Rosa Rubí no se nos permita dudar pues somos fuertes en nuestras decisiones y el valor siempre nos lleva por delante, puedo ver la incertidumbre en vuestros ojos, en vuestras miradas.

Detuvo sus pasos, ahora en el centro de todos, para girar sobre sí misma y observarlos con detenimiento, con cariño para dedicarles una sonrisa, aunque esta fue fugaz por el tema que iba a tratar.

—No hay día que no recuerde a mis setenta y cinco hermanos y hermanas que cayeron bajo mi mando en la defensa de Imnescar: podría deciros el nombre de todos y cada uno —expresó sin vacilar.

Asentimientos de aprobación se vieron entonces entre un buen puñado de paladines veteranos, probablemente por haber sobrevivido a aquella guerra o quizá porque en sus ojos se podía leer que la vida les había golpeado con dureza: pero ahí seguían.

—Algunos ya lo sabéis, y de no ser así, quiero compartir algo que guardo en mi interior, como fe hacia vosotros, como confianza a mis hermanos y hermanas que sois —de nuevo, llevó una de sus manos libres hasta el pecho—: la caída de la ciudad no hizo que esta desapareciera, pues la cicatriz de Imnel pasó a ser la mía, siendo una que me acompañará para siempre en mi alma.

Y de nuevo los murmullos se hicieron notar aunque esta vez acompañados de miradas, algunas que mostraban aprobación, otras admiración, y por qué no, otras de acusación. No había indiferencia alguna, pero nada amedentró a la paladina para volver a tomar la palabra.

—En breve se organizará una reunión con las Fuerzas Armadas para valorar la situación, pero tendremos mucho ganado si partimos lo más pronto posible para encontrarnos con ellos en los campamentos que han dispuesto, pues el norte no queda cerca. —Asintió con calma—. Mi intención será volar hasta allí en cuanto obtenga más información para encabezar nuestra marcha.

La mestiza tomó aire, visible para todos, preparándose para alzar la voz sin intención de perturbar a nadie pero sí para que fuese perfectamente audible entre las paredes del templo.

—¿Quién está conmigo? —preguntó con decisión antes de que su mirada repasara a todos y cada uno de los presentes.

Y hubo un silencio, pero este fue roto con rapidez. Varios veteranos avanzaron, estos dispuestos con su brillante armadura y tabardo rojo a los que solo les faltó desenvainar.

—Sangraremos juntos de nuevo si hace falta, capitana —dijo uno de ellos antes de llevar su puño al pecho e inclinarse levemente con respeto—, destruyendo al mal atroz y a la nomuerte.

Poco a poco otros dieron pasos al frente, siendo la mayoría jóvenes con poca carrera, pero con fuego y pasión en su mirada, listos para luchar contra lo que hiciera falta en pos de su deber como guerreros sagrados.

—Estaremos con vos, capitana —dijo uno de ellos, haciendo de igual modo el mismo saludo que el veterano instantes antes.

Fery les sonrió. Les dedicó su mejor sonrisa. También pasó sus manos por los hombros de algunos de ellos, asintiendo en agradecimiento ante el gesto que habían hecho y la decisión que habían tomado. Contó alrededor de setenta miembros de la Rosa Rubí. No eran los cien que había conseguido reunir para cuando lo de Imnescar, pero serían suficientes para aportar y hacer algo importante en la salvación de Khazad.

—¡Larga vida a la hermosa capitana Fery! ¡Porque su cicatriz jamás ensombrecerá su bondadoso y bello corazón! —fueron los vítores y gritos que rompieron el silencio, a los que muchos se unieron para traer alegría a todos.
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