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La Voz de Amn

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LA VERDAD TRAS BODA ROJA DEL CEREAL: EL ECO DE LAS VICTIMAS
Por Helios Odger, Columnista de la Voz de Amn
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Es dificil que nadie haya escuchado sobre el trágico suceso que hasta dia de hoy sigue asolando en los corazones y las mentes de los habitantes de Purskul, mi compañera de redacción Evelyn Blackwood expuso lo sucedido en aquel incidente, pero son muchos los detalles, quizas por no alterar a la población civil, los que han sido omitidos quizas con la intención o no, por entregar una narrativa, una de guerra, una mirada hacia las bestias, hacia los licantropos, hacia Murann

Pero uno debe de temer a aquellas que se esconden en nuestros muros, en nuestra sociedad, con la piel de los hombres.

La Boda Roja y sus testimonios.
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El incidente tomó la vida de personas a las cuales un servidor hoy entregará su nombre, Lina, una muchacha querida y respetada en la villa, hija de uno de los molineros locales, quien en aquella festividad se habia entregado en matrimonio a Rob, el asistente del alcalde, un enlace nupcial que prácticamente unía a la gran parte de los vecinos de Purskul, sin importar su clase y pertenencia, Margaret la Dama de Hierro y ex jinete de la Liga del Cereal, era una amiga muy cercana de la familia, incluso podria decirse, que todos los alli presentes, tenian un vinculo único el cual les fue arrebatado aquel fátidico dia.

Ahora, con el beneplácito de los que desean que se encuentre justicia, hago eco de sus testimonios, de aquellos quienes sobrevivieron y contemplaron el horror antes de que el fuego y la muerte consumiera todo.


Rosalie, mujer, 33 años, viuda y madre de tres niños:
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Fue horrible, ¡horrible! Estábamos bailando, comiendo. Los novios acababan de casarse, Lina la hija del molinero y Rob el asistente del alcalde. Buenos chicos, buenas personas. Eran muchos, casi una decena ¡o tal vez más, no lo sé, se movían muy deprisa! Y llevaban una bestia con ellos. Un toro a dos patas que hacía temblar el suelo al caminar. Hubo conjuros, eso lo sé... Fueron los que más gente se llevaron. Yo me escondí y me quedé mirando desde el ventanuco del sótano, por si podía guiar a alguien hasta un lugar seguro. Pero no tenían tiempo, les... Les mordían, bebían de ellos, algunos tenían garras que no parecían humanos. ¡Oh, Dios y todos respondían a una mujer! ¡Sí, es verdad, ahora lo recuerdo! Una mujer menuda con el rostro cubierto por una capucha. Ella les trajo hasta aquí.

Edmund, varón, 51 años, molinero y padre de la novia difunta:

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Había... Había subido a lo alto de la colina, a ver a Margaret. Era una vieja conocida de mi mujer, que en paz descanse. Ayudó mucho a la familia cuando se la llevó la crisis del gorgojo. Si me hubiera quedado con mi hija, tal vez... Tal vez habría podido...


Venían desde el Norte, estoy seguro. Si hubieran venido desde el Sur, Margaret y sus hombres les hubieran visto y estaríamos prevenidos. Si eran bestias de Murann, muy listas tendrían que haber sido, y no parecían gente cuidadosa, ¿sabe usted? No cubrieron sus huellas, ni limpiaron los mordiscos y garras. Seres de la noche, estoy seguro. Desde Crimmor o la capital, no lo sé. Llegan muchos rumores... Sé que así es. Uno de ellos se ha llevado la espada de Margaret, la Matabestias. Le vi cogerla desde mi escondite, un tipo alto y fornido, el que luchaba con fuerza sobenatural.

Enel'dur, varón élfico, edad indefinida pero venerable, astrónomo:
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Yo ni siquiera debería estar aquí. Había venido por casualidad, a estudiar la luna de sangre y cómo afecta a nuestro cosmos. Vine con la caravana de mercaderes que vieron una oportunidad en el enlace y acampamos a las puertas. Arrasaron con todos, pero no comprobaron el interior de las carretas, donde yo estudiaba. No se llevaron mercancía, joyas ni enseres de valor. No era gente desesperada buscando sustento, solo buscaban el placer de la muerte.

Como digo estaba escondido, les escuché hablar. Mencionaban una fiesta, que habían tenido un golpe de suerte porque le habían puesto melodía a su hazaña, en referencia a la música nupcial. Estaban deleitados con que así fuera, hablaban de la sangre, esperando que hubiera jóvenes e infantes. Vampiros, sin duda. Soy un hombre estudiado. Por sus palabras, parecía que llevaban acechando la zona un tiempo, preparando un ataque. Pero no habían escuchado del enlace, por eso estaban sorprendidos... Dioses, cuánta sangre, cuánta tragedia...


Salí cuando se fueron y pude ver algo más. Uno llevaba la espada de la jinete, un hombre alto, de musculatura fornida. Otra, una mujer de complexión delgada y ágil, se llevó la lengua de la ya mentada. Examiné las víctimas que quedaban más enteras, por si alguno aún tenía salvación. Ninguno, pero un hombre que plantó batalla tenía un mechón de pelo albino entre sus dedos, fuertemente aferrado. Tiraría de él, supongo.

Sea como fuere, sin duda les lideraba alguien de entre los míos... O que algún día lo fuera. Nada me llena de más congoja que eso.

De la fuerza de aquellos que han tenido la capacidad de hablar, podemos llegar a construir el sendero para averiguar la verdad sobre lo ocurrido, evitar que aprovechados busquen que la sangre de los inocentes impulse una idea o una lucha que no es la que les pertenece.

Los perpretadores estan entre nosotros, criaturas de la noche, dominantes de bestias, un individuo de herencia elfica, entre ellos un varón de fuerza sobre humana y al menos uno de ellos o quizas varios con el cabello blanquecino, lanzadores de conjuros, y lo más importante, atacaron desde el Norte, desde suelo amniano., no vinieron de fuera.

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Skotos

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Sopa de caracoles y memoria​
Por Gwenaëlle Shade, Editorial - Corresponsalía del Norte

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Apreciados lectores,

La reinauguración del Teatro de la Alegría fue celebrada por todo lo alto, atrayendo para la ocasión a figuras célebres de todo Amn. Desde algunas más polémicas, como el ahora exalcalde Morian Mausser, hasta Lady Fery Krill de Sune, que actuó como mecenas y una de las anfitrionas de la velada; pasando, naturalmente, por las propias actrices: Astrid MinstrelTides, antigua compañera de redacción de este medio; mi compañera del Consejo Editorial, Madeleine Sweeney; y la joven promesa de las artes, Elisabeth Langley.

También hubo otras presencias sonadas (y no siempre por su fama, sino por el momento elegido para hacerse presentes), como la del Senescal James Kerloch, que acudió justo al finalizar la obra y, según algunos, confundió los aplausos de la bancada con una ovación por su llegada.

Pero bueno, no han venido a leer chanzas y cotilleos. ¡Eso espero! Hablemos mejor de la obra.

La representación elegida fue una pieza alegórica llamada "Tarde de brebajes mágicos y sopas de caracol". Tras abrirse el telón, el público vislumbró el interior de una acogedora torre de magia, repleta de libros, plantas secas, recuerdos de otros tiempos y, como no podía faltar en semejante lugar, algún gato cuya presencia resultaba más sospechosa de lo que probablemente debería.

Allí se reencontraban tres viejas conocidas: Winifred, "la Nostálgica"; Mary, "la Aguafiestas"; y Sarah, "la Phyros". Tres mujeres que parecían haber sobrevivido durante décadas tanto a los peligros de la magia como, quizá con mayor dificultad, las unas a las otras.

Buena parte de la representación se centró en sus discusiones y recuerdos. Una acusaba a otra de haber incendiado un bosque (accidentalmente, por supuesto); luego hablaron sobre gatos mágicos, brebajes cuya composición quizá fuese mejor no preguntar y viejas hazañas que cada una recordaba de manera ligeramente distinta. Mary llegó incluso a explicar que había pasado treinta años encerrada en aquella torre intentando convertir un dragón en bibliotecario.

La obra no pretendía tomarse demasiado en serio a sus protagonistas. Ellas mismas tampoco parecían tener intención alguna de hacerlo. Hicieron bromas sobre como otros las trataban a medida que pasaban los años, sobre sus antiguos errores y muchas excentricidades. Había un cierto componente de surrealismo en la interpretación, bien entendido, en el que se mostraba a un género bien conocido en Amn: el del aventurero que ha vivido todo. Personas tan acostumbradas a lo extraordinario, que trataron la presencia de un gato mágico lanzando rayos como poco más que una molestia ocurrente.

Sin embargo, entre broma y broma, la conversación fue cambiando.

Las tres comenzaron a hablar de lo que había sido de sus vidas después de aquellos años de aventuras. Del tiempo transcurrido. De las decisiones que habían tomado y también, inevitablemente, de aquellas que nunca llegaron a tomar.

En un momento determinado, Winifred reconoció que nunca había tenido hijos. No porque hubiese decidido necesariamente no tenerlos, sino porque, sencillamente, nunca había encontrado tiempo para ello.

Esto, por sí solo, plantea una reflexión que hizo pensar a más de un asistente. ¿Damos realmente un uso debido al tiempo del que disponemos? ¿Podemos afirmar, verdaderamente, que vivimos sin arrepentimientos?

A partir de ahí, las tres comenzaron a imaginar qué clase de madres habrían sido. Winifred aseguró que habría sido estricta; Sarah respondió con un entusiasmo algo preocupante, propio de quien podría considerar perfectamente razonable enseñar a una criatura cómo lanzar bolas de fuego; y Mary, entre chanzas, admitió también que aquella posibilidad formaba parte de las muchas cosas que su vida había dejado atrás.

Fue una escena divertida. También fue, a su manera, bastante entristecedora.

No porque aquellas mujeres pareciesen arrepentirse de todo cuanto habían hecho. Al contrario: habían vivido vidas extraordinarias. Habían conocido la magia, viajado, sobrevivido a peligros y acumulado suficientes historias como para discutir durante otra treintena de años acerca de cuál de ellas recordaba correctamente cada una.

Pero incluso una vida llena de acontecimientos nos obliga a escoger. Y escoger una cosa significa, inevitablemente, renunciar a otra.

Quizá por eso me pareció acertado que la obra hablase del paso del tiempo sin convertirlo en una tragedia. Aquellas mujeres seguían riéndose, discutiendo, exagerando sus historias y burlándose de sus propios errores. No eran ya las jóvenes que habían sido, pero tampoco necesitaban serlo.

Cuando finalmente cayó el telón, el público respondió con un largo aplauso.

Fue entonces cuando el acto adquirió un significado diferente.

El señor Morian Mausser, quien hasta fechas recientes había ejercido como alcalde de Crimmor, tomó la palabra para recordar que la representación no había sido organizada únicamente como entretenimiento. Se cumplían también seis años desde uno de los momentos más difíciles vividos por la ciudad, cuando Crimmor sufrió el asedio durante la guerra, y la ocasión servía igualmente para conmemorar la recuperación de la villa y cerrar una etapa de su gobierno.

Hizo asimismo mención de varios mecenazgos y esfuerzos que contribuyeron a la reconstrucción del Teatro de la Alegría, aunque, lastimosamente, no hubo referencia a las tempranas aportaciones al proyecto del antiguo Maestro Artesano del Gremio, Sir Lekin Tan'naru.

bellota2.pngSe habló después de Imnescar.

Y aquí conviene detenerse un momento, porque existe una historia detrás de aquella iniciativa que no llegó a explicarse durante el acto, pero que considero que merece ser conocida.

Cuando el Lord Brujo concedió apenas dos horas para abandonar Imnescar, Madeleine Sweeney acudió, antes de partir, hasta el Gran Roble de la ciudad. Quería llevar consigo algo de aquella tierra, por cuanto representaba para ella y para quienes habían vivido allí. Fue entonces cuando encontró una bellota caída del propio roble y decidió conservarla.

No debió de parecer gran cosa en aquel momento. Apenas una bellota recogida durante una evacuación, cuando difícilmente podía saberse qué quedaría en pie una vez transcurridas aquellas dos horas.

Años después, sin embargo, aquella misma bellota sirvió de origen a la iniciativa presentada durante la velada. Con la colaboración del Enclave Esmeralda, se pretendió que de ella naciese un nuevo árbol, conservando así algo vivo de aquello que un día perteneció a Imnescar.

Lady Fery Krill tomó entonces la palabra para explicar el significado que se quería otorgar al gesto. Insistió en que no deseaba hablar únicamente de tragedia. Que de cuanto nos sucede, incluso de las ocasiones en que caemos, también debe extraerse alguna enseñanza. Del mismo modo que el Teatro de la Alegría volvía a abrir sus puertas después de ser reconstruido, allí donde un árbol había muerto podía crecer otro.

Creo que la representación que acabábamos de contemplar hacía que aquel gesto adquiriese todavía más sentido.

Las tres mujeres de la obra habían dedicado buena parte de la noche a recordar aquello que hicieron, aquello que perdieron y aquello que nunca llegaron a tener. Ninguna podía regresar treinta años atrás para escoger nuevamente su camino.

Y ciertamente, la reflexión que plantea resulta muy actual.

Últimamente se habla mucho de la situación del Yermo y vuelven a discutirse errores pasados, señalándose la implicación (o ausencia de ella) de distintos grupos en la caída de la ciudad. Habrá quienes continúen debatiendo esas responsabilidades, y seguramente sea necesario hacerlo. Pero, con independencia de las conclusiones a las que se llegue, existe una verdad incómoda que todos debemos asumir: no podemos regresar atrás en el tiempo.

No podemos devolver sus casas a quienes las perdieron, deshacer aquello que ocurrió ni ofrecer otra vida a quienes encontraron allí el final de la suya. Pero sí podemos decidir, en cambio, qué hacemos con aquello que permanece. Con su recuerdo.

Recordar no consiste únicamente en conservar unas ruinas ni en repetir una y otra vez las mismas desgracias. Tampoco exige permanecer inmóviles frente a cuanto se perdió. Significa procurar que quienes vengan después sepan qué hubo allí, qué ocurrió y por qué merece ser recordado; que el dolor enseñe algo a quienes todavía pueden aprender de él, y que quienes sobrevivieron puedan continuar viviendo sin que ello suponga abandonar a quienes no pudieron hacerlo.

No sé cuánto tardará aquel nuevo árbol en crecer. Probablemente muchos años. Quizás quienes lo plantaron no lleguen a verlo alcanzar toda su altura.

Pero alguien lo hará.

Espero que cuando eso ocurra, todavía haya quien pueda explicar por qué fue plantado allí.​
 
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Skotos

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La historia mal contada​
Por Gwenaëlle Shade, Editorial - Corresponsalía del Norte

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Apreciados lectores,

Quizás desconozcan este hecho y quizás sea culpa mía concederle más trascendencia de la que merece, pero lo cierto es que la comunidad del Bosque de Alandor atraviesa unos días agitados. Durante las últimas jornadas ha circulado por las comunidades de la fronda una declaración en la que se habla de sangre, de traidores, de infecciones y de enemigos interiores. En ella se invita a los elfos a purgar de entre los suyos a quienes defiendan a los humanos y, finalmente, se reclama de manera abierta la muerte de aquellos a quienes se considere traidores.

Huelga decir que semejantes palabras son las de un exaltado y que difícilmente pueden tomarse como representación del sentir del Pueblo, como habitualmente se autodenomina la colectividad élfica. Tampoco deberían interpretarse como una verdadera declaración de intenciones colectiva. Cada día asistimos a toda clase de divagaciones elevadas a la categoría de doctrina por el mero hecho de haber sido escritas y difundidas. Coincidiré, por ello, con quienes puedan cuestionar el interés informativo de dedicarles una columna. Mi propósito, sin embargo, es otro: llamar la atención sobre lo sencillo que resulta construir antagonismos y, a la inversa, sobre lo frágil que puede llegar a ser la concordia cuando dejamos de cuidarla.

Conviene empezar por una pregunta incómoda. ¿Existe alguna base real para que un elfo pueda albergar pensamientos hostiles hacia los humanos? Lo cierto es que sí, aunque para encontrarla debamos remontarnos bastante atrás. Repasemos, siquiera brevemente, nuestra historia regional.

Los bosques que hoy se extienden dentro y alrededor de Amn conocieron tiempos en los que ser elfo podía bastar para convertirse en enemigo. Durante el dominio de los Shoon, los habitantes élficos del Bosque de las Serpientes fueron perseguidos hasta quedar prácticamente aniquilados. Unos fueron expulsados de sus hogares; otros reducidos a esclavitud; otros sometidos a experimentos mágicos cuyo recuerdo todavía perdura. No se juzgó entonces a cada individuo por sus propios actos. Se juzgó a todos por aquello que eran.

El lector sagaz habrá reparado ya en un detalle importante: hablo de los Shoon, y no de Amn. Es decir, aquellos agravios pertenecen al imperio precedente, del cual los amnianos ciertamente descendemos, pero no como sus amos, sino, en buena medida, como quienes terminaron por liberarse de sus cadenas. No es casual que Amn haya desarrollado desde entonces una particular desconfianza hacia la nobleza hereditaria. Existe en ella, a ojos del amniano medio, una connotación parasitaria y determinista; una pretensión de que el nacimiento otorgue por sí solo un valor que contradice esa pulsión autosuficiente, práctica y mercantil que hoy caracteriza buena parte de nuestra sociedad.

Los agravios pasados, reales o imaginarios, especialmente cuando dejan de pertenecer a la experiencia de quienes los padecieron y pasan a integrarse en el pensamiento colectivo, pueden dejar de ser una advertencia contra los excesos para convertirse en una herramienta de sometimiento. El recuerdo, mal empleado, también puede constituir un yugo mental.

El mecanismo suele ser conocido. Primero se señala al díscolo porque su opinión contradice aquello que se supone que la comunidad debe pensar. Después se desacreditan sus argumentos no por su contenido, sino porque quien los pronuncia está contaminado por una suerte de pecado original. Finalmente, si el relato lo exige, se reescribe incluso la historia: se borran las manchas propias, se colorean las ajenas y se ordenan los acontecimientos de manera que sirvan mejor a las necesidades del presente.

Cuando dejamos de hablar de personas y comenzamos a hablar de sangres; cuando el vecino deja de ser vecino para convertirse en una infección; cuando quien discrepa deja simplemente de estar equivocado y pasa a convertirse en traidor, abandonamos el terreno del razonamiento para entrar en el de la identidad y el resentimiento. La culpa deja de depender de los actos y comienza a atribuirse colectivamente. Desde ese momento importa cada vez menos lo que alguien haya hecho. Empieza a importar qué es, de dónde procede, con quién convive o a quién se atreve a considerar digno de amistad.

El Pueblo élfico, naturalmente, tampoco está exento de responsabilidad por los desastres de nuestra historia, incluidos algunos bastante recientes. La Guerra del Norte es buen ejemplo de ello. Pocos podrán negar que se produjeron matanzas entre comunidades y que, aun cuando determinadas acciones tuviesen en su origen causas legítimas, esa legitimidad fue utilizada en ocasiones para justificar excesos que nunca debieron producirse. Aquel que anteponga sistemáticamente el bienestar de una sola comunidad al de todas las demás, confundiendo la virtud con el aislacionismo y mostrándose indiferente al sufrimiento ajeno, difícilmente podrá después invocar ante terceros una superioridad moral que él mismo se ha negado a reconocerles.

Amn, por supuesto, es un país de contradicciones. También de no pocas hipocresías. Pero precisamente por ello conviene observar un caso mucho más cercano y bastante más sencillo: Púrskul.

Todavía hoy existen en Amn quienes contemplan a los semiorcos como ciudadanos de inferior condición, no por sus actos, sino por aquello que suponen de ellos antes siquiera de conocerlos. Y, sin embargo, en la Ciudad del Grano esa misma ascendencia ha dejado de tener semejante significado.

Los antepasados de buena parte de su población orca llegaron allí encadenados, capturados por ejércitos amnianos y obligados a trabajar. Sus descendientes comercian hoy, cultivan los campos, protegen las rutas y forman parte de la vida ordinaria de la ciudad. No hizo falta que su sangre cambiara para que cambiase su consideración. Bastó con que el prejuicio tuviese que enfrentarse, durante generaciones, con la incómoda realidad de conocer a aquellos sobre quienes pretendía juzgar.

Algo parecido ocurre con nuestra conocida desconfianza hacia el arcanismo. Hace generaciones hubo motivos concretos para temer a determinados hechiceros; aquellos responsables desaparecieron, pero la sospecha sobrevivió en refranes, historias y lugares comunes. A veces el prejuicio ni siquiera necesita recordar sus razones para conservar intacto su objetivo.

Por eso importan las palabras. Cuando el vecino se convierte en una infección, quien discrepa en un traidor y toda una comunidad queda reducida a su sangre, dejamos de juzgar a las personas por sus actos y comenzamos a condenarlas por aquello que son.

Ningún pueblo hereda por sangre la virtud ni la culpa. Han existido humanos que destruyeron bosques y otros que murieron protegiéndolos; elfos que defendieron inocentes y elfos que los asesinaron. La diferencia no estuvo en su sangre, sino en sus actos.

Podemos discutir sobre bosques, fronteras, costumbres o agravios pasados. Podemos exigir responsabilidades y condenar los abusos de unos y otros. Lo que no deberíamos hacer es convertir la memoria de una injusticia en permiso para cometer la siguiente.

Ya que cuando alguien reclama enemigos interiores, purgas y muerte para quienes considera traidores por el mero hecho de poseer un linaje, ya no está defendiendo un bosque, una tradición ni un pueblo. Está pidiendo que dejemos de distinguir entre personas.

Y nuestra historia contiene ya suficientes tumbas para saber qué nos espera si decidimos recorrer ese sendero.​

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Cartas a la Redacción​

Con esta edición inauguramos una nueva sección dedicada a las cartas de nuestros lectores. Un espacio abierto a quienes deseen hacer llegar a la redacción agradecimientos, reflexiones, aclaraciones o cualquier otra consideración que estimen de interés para la comunidad.

Las misivas seleccionadas se publicarán respetando, en la medida de lo posible, la voz y voluntad de sus autores. Estrenamos esta sección con una carta remitida por Astrid Minstreltides con motivo de la reciente reapertura del Teatro de la Alegría de Crimmor:
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carta.pngEstimada Gween

Como ya sabes, hace unas jornadas tuvo lugar la esperada reapertura de mi amado Teatro de La Alegría en Crimmor. Han sido unos años largos, unas obras complicadas y días llenos de incertidumbre . Sin embargo, a pesar de todo nos llenaban de esperanza por verlo de nuevo en todo su esplendor. Según contaba una placa en la zona de los altares del propio templo, La Eterna Melodía contribuyó a su anterior reconstrucción. Igualmente fueron días inciertos y por increíble que parezca, ha sido el mismo culpable en ambas ocasiones. Ese inmundo e impío dragón. No le daré más reconocimiento pues esta carta a la redacción es para recordar , al completo, a todos los que hicieron posible volver a alzar el telón. Solicito encarecidamente que sea publicada.

Agradezco desde lo más profundo de mi alma de Trovadora:

A los miembros del Gremio de Artesanos tanto de Crimmor como Athkatla, que montaron los primeros andamios y prepararon las labores de reconstrucción bajo la batuta del capataz Lekin Tannaru.

A la señora Seraphine, que buscó las fórmulas más convenientes para recrear tintes y materiales alquímicos que respetaran la historia original.

A Vesper Riordan, que procuró maderas para levantar nuevos escenarios, reforzar tramoyas, reparar graderías y, quizá, hasta tallar decorados que arrancarían risas y aplausos en la próxima inauguración.

Y también a la joven Eileen, que realizó todos los frescos y pinturas que decoran hoy las paredes y bóvedas del Teatro de La Alegría.

Sin sus aportaciones, así como la del ex Alcalde y la señora Odger de la Arcanum, o la de la dama Fery, no habría sido lo mismo y mi alma de Trovadora habría seguido cantando endechas por el Teatro de La Alegría.

Fue y siempre será mi casa, también la de mi hermana escogida, Madeleine, y por eso, creo que la reapertura estaba algo huérfana mientras no se diese el lugar a todos y cada uno de los que lo hicieron posible.

Deciros a todos vosotros que siempre tendréis hueco en mi alma de Trovadora y una nota en cada una de las partituras que canten mi magia.
​

Astrid Minstreltides, Trovadora y Bardo de Amn.​
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Arrakis

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DE CASTIGOS Y ESCLAVOS​

No tiene que hablar uno mucho en Amn para darse cuenta de que hay temas que poseen la virtud de alterar el ambiente antes de que se haya terminado la primera frase. Conversas que agitan el avispero y se convierten una competición de indignación moral. La Esclavitud es uno de esos temas. Se habla de ella y de repente aparecen predicadores, reformistas y personas dispuestas a indignarse. Admito que encuentro cierta gracia en ello, no lo oculto.

La práctica de la esclavitud no está tan extendida en el resto de los reinos como lo está en Amn y en las naciones vecinas, y muchas tierras repudian abiertamente a los esclavistas. Puedo entender -aunque no compartir- que alguien procedente de una región donde esta práctica está prohibida encuentre nuestra sociedad desconcertante o desafiante en sus valores. Aquí no solamente se trata de una actividad legal, sino que además forma parte de uno de los negocios que históricamente más riqueza han llevado a nuestras arcas. Y no sólo a las nuestras, por supuesto.

En Amn la esclavitud es legal, especialmente en Athkatla, aunque en otras regiones se practica de forma más limitada. Nuestra sociedad la contempla dentro de su entramado de leyes, contratos, deudas y obligaciones. Si alguien pide prestado y no puede pagar, en determinadas circunstancias puede terminar trabajando para su acreedor. Del mismo modo, algunos delitos se castigan mediante multas y restitución y cuando el culpable carece de recursos mediante trabajo al servicio de su víctima.

Me resulta fácil de entender. Supongamos que un hombre roba una cantidad considerable de dinero y posteriormente descubrimos que no posee absolutamente nada con lo que compensar a su víctima. Podemos encarcelarlo durante algunos años, pero entonces el culpable permanece encerrado, la víctima continúa sin recuperar aquello que perdió y la sociedad debe asumir el coste de mantenerlo apartado. ¿En qué momento se repara realmente el daño original? La respuesta es convertir el trabajo del condenado en parte de esa compensación. Si no puede pagar con sus bienes paga con aquello que todavía conserva: su capacidad para trabajar.

Esta lógica no es exclusiva de Amn. Los dos mayores explotadores de Faerûn son Thay y Calimshan, y los esclavistas que no se ajustan a las leyes amnianas dirigen sus incursiones contra el Shaar, Chult, Anauroch y otras regiones incapaces de resistirse. Calimshan, además, ha sido una fuente de esclavos durante buena parte de su historia, utilizándolos como trabajadores, sirvientes, soldados y trabajadores de sus no poco numerosas casas de placer. Las Nelanther también son exportadoras, por su parte.

Tampoco debemos olvidar Luskan, donde -pese a estar prohibida- el comercio de esclavos se practica abiertamente y cuenta con el apoyo de la Hermandad Arcana. Los Uthgardt practican igualmente ciertas formas de esclavitud y toman prisioneros durante sus incursiones, esclavizando normalmente a los adultos y adoptando a los jóvenes fuertes.

En Amn por nuestra parte, tenemos una ventaja y es que la condición de esclavo continúa estando sometida a la ley. Existen normas que establecen qué puede exigirse de un esclavo, cuáles son las responsabilidades de su propietario y qué límites existen sobre el trato que puede recibir. La pérdida de determinadas libertades no significa necesariamente que una persona deje de estar protegida jurídicamente. Algunos extranjeros encuentran esto contradictorio, aunque no estoy segura de que lo sea tanto como parece.

La propiedad, después de todo, siempre ha estado subordinada a la ley. Una espada puede pertenecerme, pero eso no significa que pueda utilizarla para asesinar a cualquiera que encuentre en la calle. Del mismo modo, que alguien sea propietario de un esclavo no significa que pueda hacer con él absolutamente cualquier cosa que se le ocurra.

Existe además - y imagino que es el tema que ha hecho salir a colación este en mis pensamientos- a figura de los gladiadores esclavos. La arena convierte al condenado en algo más que una simple mano de obra. Puede convertirse en entretenimiento para quienes pagan por contemplar el combate, generando ingresos y proporcionando al público aquello por lo que está dispuesto a pagar. Los condenados suelen ser delincuentes graves, del tipo irredimible y, al menos de esta manera, su castigo proporciona algo tangible a la sociedad que perjudicaron.

No me interesa defender la esclavitud simplemente porque Amn la permita, del mismo modo que tampoco me interesa condenarla únicamente porque otros pueblos hayan decidido hacerlo. Las costumbres extranjeras pueden enseñarnos cosas pero no sustituyen automáticamente nuestras propias leyes, nuestras necesidades y nuestra concepción de la responsabilidad o de lo que debe hacerse. Decir que algo es inmoral resulta sencillo pero construir una alternativa que repare las deudas, compense a las víctimas y castigue determinados delitos es bastante más complicado, y esta es la forma que ha elegido nuestra sociedad para ello.

Amn ha decidido que existen delitos y deudas suficientemente graves como para justificar la pérdida temporal de determinadas libertades, y también ha decidido que el trabajo de quienes se encuentran en esa situación puede servir para devolver algo a la comunidad. Esto está bien, después de todo, exigimos constantemente que las personas reparen los daños que provocan: pedimos indemnizaciones, confiscamos propiedades, imponemos multas y obligamos a los condenados a realizar trabajos que jamás habrían elegido voluntariamente.

En lo personal me parece interesante discutir dónde está exactamente esa frontera pero no puedo evitar saber, en el fondo de mi corazón, que quienes desean prohibir esta práctica poco tardarán en descubrir que cuando llega el momento de sustituirla las sociedades rara vez funcionan tan bien como sus principios escritos.


​
Jadzia Odger
Decana de la Arcanum,
Historiadora y Arqueóloga
​
 

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La última llama se apagó

La secta que acosaba el sur de Amn, descabezada ​


Púrskul. Durante meses, la Llama Eterna había convertido el sur de Amn en un lugar donde el calor extremo parecía anunciar un futuro inevitable. La sequía estaba castigando los campos de Púrskul, los Humedales se agostaban bajo un calor antinatural y los vecinos de la zona eran testigos de fanáticos sectarios que anunciaban un supuesto fuego purificador mientras entregaban sus vidas a una causa nacida del odio y del caos. El Granero de Amn peligraba.

Aquella amenaza ya pertenece al pasado. Tras meses de investigaciones, patrullas y expediciones, una compañía formada por las Fuerzas Armadas de Amn, el Gremio de Aventureros, la Orden del Guantelete, miembros de la casa comercial Galdrim de Púrskul y de la Liga del Cereal, fieles de Selûne y numerosos aventureros independientes logró localizar el último refugio de la Llama Eterna en una zona situada en los alrededores de los Humedales de Zehoarast.

No fue una marcha sencilla. Quienes participaron en la expedición describen un paisaje que parecía salido del plano elemental del fuego. La tierra se abría bajo sus pies dejando brotar ríos de lava, el aire abrasaba los pulmones con cada respiración y la ceniza inundaba de lágrimas los ojos, mientras grupos de poderosos elementales de ffuegoyllamas.JPGuego y sectarios mágicamente armados trataban de impedir su avance.

La resistencia de la Llama Eterna fue feroz pero terminó cediendo. Tras atravesar aquel infierno de brasas y cenizas, la expedición descubrió un complejo de grutas donde no solo se ocultaban las enormes forjas en las que durante meses habían fabricado sus equipos y armamentos. Allí también se encontraba la semilla del poder de la Llama Eterna: un portal mágico del que emergió un poderoso ifrit cuya presencia convirtió el aire en puro fuego. Se cree que aquella criatura no era un simple genio del fuego sino Imix, Príncipe Elemental del Fuego, al que los sectarios adoraban como a una divinidad. Fuera cual fuese su verdadera naturaleza, la criatura fue derrotada y con su caída también cayó la montaña. Las grutas comenzaron a derrumbarse mientras toneladas de roca sepultaban forjas, portales, sectarios y combatientes por igual. Muchos de quienes habían acudido para impedir que el fuego consumiera nuestro hogar jamás volvieron a contemplar la luz del sol.

Hoy Amn celebra una victoria pero también guarda luto. Desde La Voz de Amn queremos trasladar nuestro más profundo respeto a todos aquellos que lucharon contra la Llama Eterna. A aquellos que regresaronRetrato épico de una compañía fantástica.jpg y, sobre todo, a aquellos que no lo hicieron. Sus nombres serán recordados por quienes compartieron camino con ellos y por una tierra que seguirá existiendo gracias a su sacrificio. Nuestro pensamiento acompaña igualmente a las familias, amigos y seres queridos de los fallecidos. Ninguna victoria puede devolverles aquello que han perdido pero sí puede otorgar un sentido al precio que pagaron.

La derrota de la Llama Eterna supone el golpe definitivo contra una organización que durante demasiado tiempo había estado sembrando el miedo entre los vecinos de Púrskul. Puede que algunos de sus miembros sigan ocultos entre las sombras pero han perdido aquello que los mantenía unidos. Las llamas que prometían consumir Amn terminaron consumiendo a quienes las avivaban.

La última llama del caos elemental por fin se ha extinguido.
​
M.S.​


*Tras el artículo, se publica la lista de quienes perdieron la vida durante la expedición contra la Llama Eterna, recogiendo sus nombres en recuerdo y homenaje.*​
 
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Arrakis

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UN CUENTO Y UNA REFLEXIÓN


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Hace muchas generaciones, un campesino heredó una granja. Un hogar modesto, situado en unas montañas cubiertas de una vegetación prístina, que parecía salida de otro plano. Allá entre el verdor se alzaba un caserón, enorme y lleno de vida, junto a unos campos que podían colmar de comida villas enteras.

Pero-.. desde que se instaló con su familia, el campesino notó como empezaban a ocurrir cosas extrañas: cada noche encontraba el grano esparcido por el suelo de su casa, la leche agria en sus lecheras,y las puertas del granero abiertas. Supo entonces que no estaba solo, que algo más habitaba el hogar en el que ahora se hallaba.

Acudió preocupado a sus vecinos. Se acercó a un poblado cercano, buscando a los más sabios entre los suyos y tras preguntas y preguntar, uno de los más ancianos del lugar le dijo que en ese pueblo en cada casa vivía un ser feerico, un duende que ejercía como un espíritu del hogar, y que se le debía respeto y alimento. Debía dejar a menudo su tributo cerca de la chimenea.El hombre rió. ' No le debo nada a una sombra que campa por mi hogar. Este lugar ahora es mio.'- dijo con desdén.

No dejó pan sobre el umbral. No pronunció palabra al cruzar la puerta por primera vez. Se burló de la tradición, y cada noche, el grano se volcaba, las vacas mugían inquietas y el pozo parecía más profundo. Más oscuro.

Los días se tornaron sombríos. El pan se agrió. Las ratas invadieron los rincones. El hijo del granjero cayó enfermo. Su mujer lo abandonó. Y aún así, no cedía. Maldecía al aire, culpaba al frío, a los lobos, al rey. Maldijo finalmente un dia al aire:

- ¡Si hay algo aquí, yo lo maldigo! Que se queme o huya!

Esa noche, soñó con un anciano encorvado, cubierto de hollín, con ojos como carbones apagados. El duende susurró a su oído: ' Antes me llamaban con canciones. Ahora solo oigo tu desprecio.'

El duende , herido en su orgullo más profundo, no huyó. En un gesto de rabia, arrojó las brasas sobre la paja. La granja ardió como si el fuego hubiera estado esperando ese momento para desatarse con furia. El granjero, atrapado por una viga caída, gritó hasta que su voz se apagó.

Y la casa quedó vacía, un cúmulo de cenizas. Nadie volvió a construir en ese lugar. Sin granero que cuidar, sin niños que reír, sin leche ni sal, el espíritu se marchitó, convertido en sombra errante. Dicen que a veces, en noches frías, se oye a alguien llorar bajo la tierra chamuscada. Y su llanto solo pide un poco de pan.​


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Siempre me han fascinado los relatos. Los cuentos, como estos transmiten el conocimiento entre generaciones. Veo en este una reflexión sobre la necesidad de reciprocidad entre aquellos que comparten un mismo hogar o espacio, por diferente que -crean- es su propósito. El campesino y el duende no deben nunca entenderse como dos fuerzas enfrentadas. Son en cambio dos partes que dependen, de formas distintas, del mismo lugar: que trabajan, ambos, por el bienestar del mismo. Mientras existe respeto y reconocimiento mutuo, ambos pueden coexistir, pero en cuanto uno pretende imponerse sobre el otro y negar su valor, el equilibrio se rompe.

La tragedia surge precisamente cuando desaparece esa idea de igualdad. El campesino deja de considerar al duende como una presencia con derecho a existir y lo convierte en algo que debe someter o expulsar.

Y he aquí la moraleja final. Un vínculo basado en la dominación termina destruyendo a todas las partes. Cuando quienes deberían convivir como iguales pasan a tratar de supeditarse unos a otros, todo se marchita.

Encuentren y respeten a sus duendes del hogar.



Jadzia Odger​
Decana de la Arcanum,
Historiadora y Arqueóloga
 
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