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Las crónicas de Zilvra Veldrin

Skotos

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XIX.

Iba a ser una incursión más.

Unidos por un propósito común, varios aventureros se adentraron en el Distrito de la Tumba. Un viento gélido se arrastraba entre las lápidas, ahogando los gemidos de los muertos vivientes que recorrían tambaleantes los irregulares suelos de piedra. Cada pisada de los aventureros resonaba ominosamente, atrayendo la atención de las criaturas con el tintineo de las placas y el golpeo de tacones contra el suelo. A pesar de las antorchas que llevaban en las manos, las sombras nocturnas se extendían por todas partes, espesas como el humo, y opresivas en su silencio.

Y entonces, lo oyeron.

Un gemido. Un llanto melancólico. Las sombras se afilaron y envolvieron el lugar como una sábana. Anyae miró a Zilvra, asustada, mientras la elfa oscura entrecerró su ojo carmesí para dilucidar qué se ocultaba en la oscuridad.

Zilvra lo sintió antes de verlo.

Una presencia. Un pesar, un frío doloroso que invadió sus sentidos cuando se acercaron a una de las lápidas. Se detuvo y apretó con fuerza la empuñadura de la espada.

- ¿Sentís eso?

Los demás intercambiaron miradas entre ellos, pero no dijeron nada.

Surgió de la oscuridad, como si esta lo hubiese engullido.

Era una figura que vagamente recordaría a una silueta humana, pero dibujado por sombras. Sus cuencas estaban vacías, pero eso no impedía dilucidar una extraña pena en su expresión cadavérica. El espectro flotaba en el aire, cerniéndose sobre ellos. Su forma translúcida se mezclaba con la negrura de la noche, portándola como una túnica.

Y luego habló. Era una voz arrastrada por el viento gélido, un susurro melancólico y hueco.

- Ayudadme.

Era una petición que hizo helar la sangre. Pues, aunque suplicaba, arrastraba tintes de pavor y malicia difíciles de describir. Zilvra, sin darse cuenta, se había situado justo frente al ser, mientras que los demás se habían apartado instintivamente. Solair, el paladín, meditaba en voz alta si no era más prudente exterminar al espectro allí mismo, sin darle patíbulo.

Pero ella ya no podía oír sus palabras. El espectro continuó su lamento, sus palabras arrastradas por el viento mortecino.

- Traed mi corona de huesos, y podré marchar de este mundo en paz. Os lo suplico.

Aquella melancolía en sus palabras hizo que algo en Zilvra reaccionara. La luz, la fuerza que la empujaba a seguir los avatares de sus sentidos, empezó a agitarse, como una llama a merced de las inclemencias del evento. Trataba de aplacar sus sentidos, de mitigar la influencia del fantasma.

Pero en aquel momento, ni la Luz fue suficiente.

Cuando quiso darse cuenta, extendió su mano hacia el incorpóreo. Y este, a su vez, atraído por el movimiento de una mortal, buscó alimentarse de su esencia.

Los gritos de los demás, que observaron el súbito gesto de la drow, llegaron demasiado tarde.

Un dolor agudo y helado la golpeó cuando los dedos del espectro rozaron su frente. En ese momento, el tiempo se detuvo y un torrente de imágenes inundó su mente: visiones de manos ensangrentadas, rostros retorcidos y chillidos ensordecedores. Se vio a sí misma atada, indefensa, mientras una miriada de encapuchados retorcían dagas cubiertas de motivos rúnicos en sus costados. La apuñalaban mientras proferían cánticos en una lengua oscura. Repetían un nombre incesantemente mientras su sangre se derramaba por el suelo. El dolor, el miedo, la pena infinita la ahogaban.

Y de pronto, sintió un tirón. Volvió al mundo, que se enfocó como si hubiese sido antes una imagen borrosa.

Pero algo iba mal.

Zilvra retrocedió, jadeante, sintiendo que los años se habían escapado de su ser como agua por un sumidero. Sus compañeros la agarraron para evitar que desfalleciese.

--

Un reguero de sangre guió a Eothain, Lythana, Zilvra y varios más al lugar. Habían atendido poco antes las súplicas de una mujer que había sido atacada por encapuchados. Pudieron salvar su vida y retirar la daga clavada de su costado. Sus motivos rúnicos hicieron sospechar a los aventureros, pues se oían rumores de atacantes misteriosos que realizaban rituales impíos en extraños aquelarres.

La gruta no era más que una pequeña hendidura en una loma, pero lo que ocurría en su interior era inconfundible.

El olor que emanaba de la misma era repulsivo. Se entremezclaba el hedor del cobre, vísceras y putrefacción, impregnando el ambiente como un miasma denso. El montaraz arrugó el cejo, cubriéndose con un paño mientras condujo a los demás al interior.

Zilvra se detuvo en la entrada, con la respiración tranquila, aunque su corazón aún soportaba el peso del encuentro con el espectro.

Dentro, los cultistas esperaban. Sus ojos refulgían, impregnados de una pasión únicamente presente en mentes delirantes. Vestían ropas hechas jirones, marcadas con la insignia de una calavera y empuñaban armas demasiado afiladas para ser meros asaltantes de caminos. Las hojas aún estaban húmedas con la sangre de sus sacrificios.

Sus compañeros se adelantaron, abriéndose paso entre la multitud de cultistas menores con facilidad. Al principio, Zilvra se quedó rezagada, agarrando con fuerza la espada. Pero entonces, uno de los sectarios se abrió paso entre el tumulto y se abalanzó sobre ella con un grito salvaje y desquiciado. Reaccionó instintivamente, esquivando el ataque y bajando la espada en un arco limpio y afilado. La hoja atravesó la garganta del cultista, que cayó al suelo en un charco de sangre.

Una voz fría atravesó el caos.

Ahora le perteneces... Toda la sangre le pertenece.

En realidad, era un pensamiento intrusivo que recorrió su ser. Un aullido abrumador. La Luz, de nuevo, se agitó, parpadeando como un foco a punto de extinguirse. Zilvra amagó una arcada, pero se contuvo.

Cuando volvió en si misma, el resultado de la contienda ya se había decidido. Una pila de cuerpos, los sacrificios de los cultistas, se amontonaban en torno a un círculo seguramente dedicado su dios oscuro. El rostro de Lythana, apesadumbrado, recorrió los cadáveres. Pronto Eothain y los demás se unieron. Buscaban signos de vida. Cualquier signo.

Pero estaban todos muertos.

Zilvra se mantuvo en silencio mientras Arianne y Lythana se intercambiaron miradas. La drow finalmente asintió y sacó unas gemas de una bolsa. Eran diamantes, grandes como puños.

Quizás podría traer algunos de vuelta.

Lythana se concentró, buscando en su Poder la esencia divina suficiente para restablecer la vida en los cuerpos de aquellos desdichados campesinos. Los diamantes empezaron a deshacerse en fino polvo, que impregnó el ambiente y envolvió la instancia como una bruma plateada. De los cinco fallecidos, uno de ellos empezó a retorcerse mientras la chispa de la vida se restablecía.

Los demás se mantuvieron fríos e inertes. Para ellos, el ritual había fracasado.

El hombre, cubierto por un manto de su propia sangre, se levantó con una expresión desorientada.

- Levantaos, buen hombre – dijo Lythana, inclinándose junto a él. – Hemos de sacaros de aquí.

- ¿Dónde estoy…? – musitó el campesino.

¿Sería quizás él, el marido de la desdichada a la que salvaron antes?

Decidieron quemar los cuerpos que quedaban. Rociaron el interior de la instancia con aceite y una vez salieron de la cueva, lanzaron una antorcha a su interior. Una explosión y el olor a carne quemada llenaron el aire, mientras los aventureros regresaron a Athkatla para devolver al hombre a la civilización.

Allí, junto al cuartel de la guardia, les esperaba la mujer que habían salvado. Al ver al hombre lo reconoció de inmediato.

Era él. Su marido.

Lythana y Zilvra se intercambiaron miradas y una breve sonrisa. La última, siempre buscando aprovechar en la desdicha una oportunidad, se acercó a la pareja y dijo.

- Me alegra mucho que esta aventura haya tenido un final feliz para vosotros. Lo único que os pido es que recordéis el nombre de la persona que os ha salvado.

E hizo un gesto hacia Lythana. Los demás no dijeron nada y se limitaron a sonreír.

La pareja se intercambió una mirada y asintió, con ojos llorosos.

- ¡Por supuesto! ¡Recordaremos su nombre por siempre!

- Querido, ¿y qué tal si llamamos a la nueva ternera Lythana? Es oscura, como ella…

Las risas que sucedieron después alejaron sus mentes de la carnicería. Era el único antídoto contra el terror que últimamente asolaba Amn.

Pero en el fondo de la mente de Zilvra, las palabras que creyó escuchar su mente seguían siendo un recuerdo perenne.
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Offtopic :
Agradecimientos a DM Himmel, Onyxia y Fauno por las escenas.
 
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Skotos

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XX.

Poco después del incidente que tuvo en el Distrito de la Tumba, Zilvra volvió a tener dificultades para conciliar su descanso. Le costaba ensoñar, y cuando lo hacía, su trance se convertía en una sucesión de imágenes dantescas y sangrientas. Un nombre resonaba en sus pensamientos, por encima de todo lo demás.

El Señor del Asesinato.

Quizás como consecuencia de ello, cada vez se veía más obligada a dejar preparados varios papeles enrollados antes de retirarse a descansar. Antes solían durar varios días, pero últimamente los consumía con más frecuencia, y más seguidamente.

Con uno entre los labios, dio una calada al mismo, pensativa, mientras cruzó el umbral de la posada del Acero. El ambiente contrataba con sus últimas experiencias. Jolgorio, la luz tenue de las lámparas de aceite que contribuían a fomentar una atmósfera acogedora. Wiston recorría la sala de un lado para otro, siempre despertando miradas curiosas.

Y entonces ocurrió algo extraño. Oootra vez.

Las llamas de las lámparas empezaron a parpadear, como si un viento invisible las agitase. Y de pronto, en un parpadeo, la posada se llenó de negrura.

Y como vino, se fue. En su lugar, una figura misteriosa apareció junto a la puerta. Parecía un tiefling de tez roja incandescente. Y era enorme. Incluso más alto que Eothain. Vestía ropas elegantes, propias de un burgués, o de un noble amniano. Desentonaba con la estética más bien pragmática y humilde del local, lugar de reunión y de descanso habitual de los viajeros que iban y venían de Imnescar.

Numina, Misog y Zilvra se giraron, sus miradas inmediatamente atraídas a la presencia del tiefling. Él sonrió, mostrando una hilera de dientes demasiado afilados para ser naturales. Recordarían a los de un tiburón.

- Saludos, saludos. ¿Qué tal estáis? Mi nombre es Azrael, para serviros.

Azrael entonces adelantó un brazo y se inclinó, en una reverencia cortés. Pero su voz aterciopelada escondía un matiz extraño, peligroso.

Misog, Numina y Zilvra intercambiaron sus miradas. El archimago dio una calada a su pipa y alzó las cejas. La Decana no parecía tampoco demasiado sorprendida por aquella puesta en escena.

Zilvra, sin embargo, frunció los labios, retorciendo el cigarrillo atrapado entre las comisuras.

- Saludos, Azrael. – dijo Misog en un tono afable – Bienvenido a esta humilde posada. Dinos, ¿qué podemos hacer por ti?

- ¿Por mí? Ah, no, no. Más bien, vengo a proponeros un acuerdo muy ventajoso. Dispongo de una información muy útil para el Acero.

- ¿Una información?

- Así es. Y como precio, simplemente…

La mirada del tiefling, o lo que fuese, se desvió inmediatamente hacia Wiston, con anhelo. El mono ladeó la cabeza, frunciendo el ceño.

Los parroquianos, mientras tanto, se habían sumido en un silencio incómodo.

- ¿Que quieres el qué? ¿A Wiston?

- Así es. Ofrecedme el mono y obtendréis esta información crítica. No os arrepentiréis.

El silencio entonces se rompió en una miríada de murmullos incómodos. El susodicho, Wiston, se apartó del tiefling y se colocó tras Misog. El archimago torció el gesto, en una mueca que podría decirse divertida, aunque había algo en su mirada que contradecía esa impresión. Miró a Azrael fijamente, y sentenció.

- Me temo que Wiston es un miembro del Acero, así que no es un objeto sobre el cual podamos transaccionar.

- Numina se pregunta qué podría ser tan importante. ¿Y qué eres, Azrael?

Azrael se limitó a ofrecer otra sonrisa llena de dientes. Su mirada recorrió la estancia, clavándose en cada parroquiano por un instante. Buscaba, quizás, alguien a quien tentar. Cuando se detuvo en Zilvra, la elfa oscura tuvo la impresión de que se demoró algunos segundos más.

- Es una pena. De acuerdo, no insistiré. Pero volveremos a vernos, seguramente.

- No lo creo, Azrael. – dijo Misog, negando con la cabeza suavemente.

- Oh, yo creo que sí.

Y cuando dijo esto, guiñó un ojo. Para luego chasquear los dedos… y desaparecer, como si nunca hubiese estado allí.

Zilvra ni se dio cuenta de que había dejado caer el cigarrilo. Primero el espectro, luego las visiones… ¿Y ahora esto? ¿Pero qué diablos ocurría en Amn? ¿Y por qué sentía que estaba en medio de todas estas intrigas?

Otro hilo del que tirar, otro misterio que debía desentrañar. Se acumulaban los problemas.​
 

Skotos

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XXI.

Al fin, una buena noticia.

El ambiente en la Jarra Adamantina era de pleno júbilo. La música y las risas se oían por doquier.

Reunidos en un reservado, un grupo de amigos se agolpaba en un corrillo, sosteniendo copas burbujeantes. Algunos coreaban abrazados, otros apretando incesantemente la palanca de la máquina tragaperras. El oro fluía sin cesar, el presente y el futuro entremezclándose en una estela llena de esperanza y certeza.

El propósito de aquella celebración no era algo menor. La protagonista no era otra que Lythana. La drow, ataviada con un vestido precioso que se ceñía a su cuerpo atlético, lucía un nuevo complemento: un lazo rojo atado a un mechón de su pelo, visible ante todos.

Era un momento de triunfo para todos. Un reconocimiento tardío, ciertamente, pero que al menos se había hecho realidad.

Zilvra estaba de pie cerca del fondo, con una copa de vino en la mano, con su mirada fija en Lythana mientras esta última reía y probaba suerte con la palanca. Su radiante sonrisa iluminaba la sala y su alegría era contagiosa.

Fue ahí cuando la elfa oscura se dio cuenta de cuantos amigos la rodeaban.

Gente de todas clases y estamentos, incluidos algunos que eran ya personalidades célebres en Amn. Ewan, de la Guardia. Numina, la Decana. Lili y Hilmice, del Segundo Doblón. Eothain. Rainde. Eolas.

Y la que, si bien no era protagonista, pero merecía su oportuno reconocimiento: la gran Trabbar, Arianne. La obispo de Waukeen observaba a todos con una sempiterna sonrisa en su rostro, dando pequeños sorbos a su copa.

- Por un futuro de escl…digo, empleo no voluntario, en el Segundo Doblón. Como ciudadana de pleno derecho. ¡Brindemos, amigos!

Y siguieron gritos de júbilo. De victoria.

El ambiente estaba cargado de camaradería y de la emoción de ver a alguien que había luchado tanto conseguir por fin una victoria en el opresivo mundo de la burocracia de Amn. Era todo un mensaje de esperanza.

Zilvra vio a Lythana como nunca antes, en aquel momento. Feliz, despreocupada. Era raro ver tanta felicidad en los ojos de su mentora. No pudo evitar sentir una mezcla de orgullo y envidia. Levantó su copa, brindando en silencio desde lejos por el éxito de Lythana, y sus labios se curvaron en una sonrisa melancólica.​
 

Skotos

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XXII.

Los contornos del lugar eran difusos.

Recordaba el gran salón de la Ilharess. Sumido en casi completa oscuridad. Apenas una leve iridiscencia, proporcionada por hongos luminiscentes colocados de forma simétrica en las esquinas de la estancia, ofrecía un matiz a los tonos grises.

Parpadeó. Sus ojos. Veía con ambos.

Estaba situada en una esquina de la sala. Era un lugar vacío, de piedra desnuda, únicamente decorado en un lateral por una gran silla de madera negra que pretendería recordar a un trono. Y en medio, una mesa redonda, tallada con patrones que recordarían a los de una telaraña. En torno a la misma, varios asientos menos destacables, elegantes pero uniformes.

Zilvra estaba allí, de pie, en una esquina. Para ella no habría un asiento; nunca se proporcionaba a los niños.

Procuraría pasar desapercibida. Sus ojos se clavaron en las figuras sentadas en torno a la mesa, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

Todas mujeres. Pero no mujeres cualesquiera. Jabbress. Yathrin.

Sacerdotisas de Lolth.

A la cabecera de la mesa, la matrona Veldrin, con su túnica de seda negra cargada de ambiciones fallidas. Frente a ella, las yathrin, vestidas de rojo y negro. Tan sólo una de ellas hablaba. Su voz era un susurro venenoso.

- Vuestra casa nos ha fallado, Ilharess.

El rostro de su madre se mantuvo inmutable, aunque Zilvra se fijó como sus dedos apretaron con fuerza los reposabrazos.

- Las otras casas conspiran contra nosotros, noble yathrin. Y no tenemos tantos recursos.

- Lolth no favorece a los débiles.

Un silencio. Espeso. Asfixiante. Los ojos de las sacerdotisas se clavaron en la matrona. Distintos tonos de carmesí, todos irradiando malicia pura. Ninguna de ellas sonreía. Había una extraña indiferencia en su frialdad.

La matrona trató de responder con un tono firme, calmado.

- Seguimos siendo útiles, yathrin. Conservamos nuestros derechos mineros. Controlamos las rutas comerciales. Traemos riqueza a Undrek'Thoz, para la gloria de la Madre Oscura.

Y por primera vez, la yathrin sonrió.

Sin embargo, era una expresión burlona. Mostró una hilera de dientes afilados.

- Tonterías, Ilharess. Vuestra casa está en decadencia. Vosotras no aportáis nada. No controláis nada. ¿Y ahora nos pedís un favor?

- El templo nos debe su lealtad. Nosotras siempre hemos contribuido…

- El templo no os debe nada.

La yathrin se inclinó hacia adelante. Sus ojos carmesíes refulgían, ocultando una sutil inquina.

- Si queréis el favor de Lolth, debéis ganároslo. Con sangre. Con sacrificio. Con oro. Vuestra casa, desde hace tiempo, no ha aportado nada a nuestras arcas.

La mirada de la matrona Veldrin se desvió, por un momento, hacia la esquina donde estaba Zilvra.

Sus ojos fríos se clavaron en la elfa oscura, atravesándola como una daga. Ojos fríos, carentes de afecto alguno. La observaría como si fuese un trozo de carne.

Zilvra contuvo la respiración, procurando quedarse completamente quieta.

Las siguientes palabras de la matrona fueron bien calculadas.

- Puedo ofrecer riqueza al templo. Pero mis hijas... Ninguna está preparada para unirse al yathrin.

Una pausa peligrosa.

La sacerdotisa sonrió, lentamente. Saborearía las palabras que diría a continuación, llenas de veneno.

- Ciertamente. Ninguna es digna. Los rumores dicen que la sangre de los Veldrin, desde hace tiempo, engendra mentes pusilánimes.

Los labios de la matrona fruncieron, su entrecejo se arrugó.

Zilvra reconoció aquella expresión. Su madre estaba furiosa. Por palabras más inocuas habría recibido decenas de latigazos.

Haciendo acopio de toda su compostura, la matrona finalmente proporcionó una réplica.

- Podemos cambiar eso.

- Nos gustaría saber cómo. Vuestras hijas no bastarán. Ni vuestras escasas ofrendas.


- ¿Qué quiere el templo, entonces?

Las yathrin se alzaron, una tras otra, en un gesto lento, pero deliberado. Dejaron que el silencio se extendiese y se espesase en el ambiente.

- Todo.

La matrona Veldrin se levantó. Su voz se afiló como un cuchillo.

- Eso no es una respuesta.

La sonrisa de la yathrin que presidía la comitiva se ensanchó.

- Es la única respuesta. La Iglesia exige sacrificios; el oro no es suficiente. No acumuláis más que fracasos con vuestras hijas. Entregadlas a la voluntad de la Madre Oscura, o arriesgaos a perder lo poco que os queda.

Sus palabras cayeron sobre su cabeza como piedras pesadas. Provocaron en Zilvra un miedo atroz, un terror reptiliano. Un dolor agudo se retorció en su pecho.

La matrona se quedó allí, de pie, con semblante taciturno.

Su silencio fue una respuesta suficiente para las yathrin.

Las sacerdotisas se giraron. Sus capas de seda rozaron el suelo de piedra con cada paso que daban. La líder se detuvo en el umbral, mirando por encima de su hombro.

- Decida pronto, Ilharess. Lolth no es paciente.

Y entonces, ya se había ido, dejando únicamente la compañía del frío y de las sombras, y de una incipiente desesperación que llenó la sala.

Zilvra se quedó paralizada, congelada. Su respiración, entrecortada, sus pulsaciones descontroladas.

Su último recuerdo de aquel momento fue la silueta de su madre, de pie, con la mirada fija en el suelo, calculando sus próximos movimientos.


--

Zilvra se despertó del trance, empapada en un sudor frío.

Se incorporó lentamente, con la respiración aún entrecortada. Encendió un cigarrillo y caminó hacia la ventana, dejando que el humo llenara sus pulmones mientras el recuerdo del sueño se desvanecía, pero no su peso.

Todo.

Aún recordaba aquella palabra, proferida hace años ya. El precio de un poder que nunca llegó.

Exhaló el humo, observando cómo se disipaba en la oscuridad de la noche.

El cigarrillo se consumió en sus dedos, y Zilvra caviló en silencio, preguntándose por qué estos espectros de sus recuerdos volvieron de pronto para atormentarla.

Un nombre vino a su mente. Azrael.

Torció los labios en una mueca desagradable.

A este ritmo jamás encontraría la paz que buscaba. Era hora de afrontar sus problemas, antes de que estos tomasen la decisión por ella.

Apagó el cigarrillo y se sentó en el escritorio de su habituación. Cogió un pergamino, lo extendió y empezó a escribir, mojando la pluma en el tintero.

Empezaría a ajustar sus cuentas pendientes desde ya.

Las primeras, en Murann.​
 
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Skotos

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XXIII.

La habitación apestaba a humo y vino derramado. Unos rayos de luz atravesaban los postigos de madera, revelando el aire polvoriento.

Estaba tumbada en un rincón, la cama intacta. Sostenía una botella medio vacía con un par de dedos.

Había perdido la cuenta de cuántas noches había pasado allí. Dos, tres… ¿Quizá más?

¿Qué esperabas que iba a pasar, Zilvra?

Miró la sombra que se extendía sobre la pared, frunciendo los labios antes de dar otra calada al cigarrillo. El humo llenó sus pulmones, pesado y espeso, antes de exhalarlo lentamente.

La posada estaba en silencio. Sólo se oía el crujido ocasional de las maderas del suelo o el murmullo incesante de los parroquianos de abajo. Zilvra cerró su ojo y apoyó la cabeza contra la pared.

El rostro de Lythana estaba fijo en su mente: la frialdad de sus ojos, la decepción en la forma en que se había dado la vuelta sin decir una palabra. Había sido más cortante que cualquier espada.

- Lo prometiste. Me mentiste.

Y era cierto. ¿Por qué había roto su promesa?

- Si me dejaras explicarte… No tenía otra opción.

Repitió esa frase varias veces. Pero ella no quiso escuchar. Porque, aunque en esa precisa ocasión fuese cierto, en otras no lo fue tanto.

Hice lo que tenía que hacer.

El pensamiento le supo hueco ahora. No era más que un eco agrio de justificación. La sonrisa burlona de Azrael ardía tras sus párpados. Tan solo un encargo, le dijo. Y ella, como una estúpida, aceptó, ligando su destino a una misión incierta.

A cambio, había obtenido una información valiosa. Pero el precio a pagar fue muy alto.

El diablo la advirtió. O ella ganaba y sus aliados perdían, o a la inversa.

Finalmente, eligió perder.

¿Y cuánto podía costar su transgresión? Suficiente, al parecer, para que todos le giraran el rostro. Para que se cuestionaran lo que antes nunca dudaron. Notó en sus miradas, o eso creía, un atisbo de decepción.

Se sintió desamparada. Como si había trepado por la pared de un pozo con todas sus fuerzas, y justo cuando llegaba a la cima, se hubiese resbalado y volviese a precipitarse hacia el fondo. Tanto esfuerzo para nada.

Golpeó la botella contra el suelo y el cristal se hizo añicos. Sentía una rabia inmensa.

Recordó las palabras de Eothain. Fue de los primeros que supo lo que había pasado en Murann. Y cuando se quejó del trato que le había dispensado Lythana, sus comentarios igualmente le resultaron dolorosos, aunque él siempre había tratado de consolarla.

- Deja de ser egoísta. Asume la responsabilidad de tus decisiones.

- Para ti es fácil decirlo. - murmuró, cogiendo otro cigarrillo. Le temblaron las manos al encenderlo, la llama bailó un instante antes de calmarse.

Eothain, siempre tan perfecto, siempre tan sereno. Asúmelo. Asúmelo. Vive con las consecuencias. Llevaba toda su vida asumiendo consecuencias.

Se sentía decepcionada, aunque sabía que el sentimiento no estaba del todo justificado. Creía haberlo hecho por ellos. Por seguir el credo. Por sus amigos.

Sin embargo, allí estaba, sola en la oscuridad de una habitación maloliente, envuelta en una neblina de humo.

La puerta crujió al abrirse, pero no entró nadie. El ruido la devolvió al presente. Zilvra suspiró y se frotó el ojo. Miró los restos de la botella rota y luego la vela que parpadeaba sobre la mesa.

Esto no va a cambiar nada.

Ahogarse en vino no desharía lo que había hecho. No le devolvería la confianza perdida, ni anularía el trato con el diablo. Ella lo sabía. Pero era más fácil quedarse allí, en la bruma del alcohol y del arrepentimiento, que enfrentar el silencio de Lythana.

- No eres mi madre. – le había dicho.

Se arrepentía de esas palabras, pronunciadas con veneno. Habían sido respondidas con una mueca y una mirada severa. Apagó el cigarrillo, aplastándolo contra el suelo.

Zilvra se levantó, tambaleándose, y se dirigió hacia la ventana. El sol se estaba poniendo y proyectaba largas sombras sobre el campo. Vio pasar a la gente, extraños en el crepúsculo. Vivían sus vidas ajenas a sus errores. Su bolsa de cigarrillos estaba casi vacía; sólo quedaban unos pocos. Encendió otro y el humo la envolvió como un sudario.

¿Cuántos días habían pasado? ¿Cuatro, quizás cinco?

Sabía que no podría esconderse en un agujero para siempre. El tiempo pasaba. Y, tarde o temprano, tendría que enfrentar sus decisiones.​
 

Skotos

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XXIV.

Habían decidido hablar. Ya era hora.

Vio a Lythana de pie, frente a la entrada de la Luz del Alandor. Los rayos de la luna destacaban la severa línea formada por sus labios y las sombras de sus ojos. Recibió a Zilvra con una expresión severa, que pronto se deshizo en un suspiro de alivio.

- Vamos, hablemos.
Un destello esperanzado se formó en el rostro de Zilvra. Esbozó una media sonrisa, tratando de aliviar el ambiente con una broma.

- Os la secuestro, entonces – diría a Selise y a Misog.

Lythana esbozó una sonrisa. Pero no había calidez en su tono.

- ¡Socorro! Me están secuestrando.

Se adentraron en el bosque y el silencio volvió a instalarse entre ambas. Zilvra mantenía la mirada fija en el suelo, con los pensamientos mezclados de arrepentimiento y vergüenza. Había esperado demasiado para tener esta conversación.

Sus pasos, vacilantes, cargaban con cada una de sus pisadas el peso de sus errores.

Se miraron, la una a la otra. Y sin embargo, esta vez, había algo en la mirada de Lythana, en sus ojos violáceos, que había cambiado. Parecía… preocupada.

- Fui dura contigo.

Zilvra sacudió la cabeza, cabizbaja.

- No. Tenías razón. Fui una estúpida. Rompí mi promesa.

Se voz se quebró, pero se obligó a continuar.

- Te he fallado.

- Eso no importa, Zil. Simplemente no quiero excusas. No quiero que te justifiques. Tenemos que afrontar todo lo que hagamos, bien o mal.

- Perdí la noción de lo que hacía. No sé qué hacer, Lythana. Lo siento. Pensé que podía hacer esto sola.

- No confiaste en mí.

Esas últimas palabras arrastraron una pizca de indignación. De traición. Zilvra lo sintió, haciendo que se volviese a sentir muy pequeña.

- La verdad es que no entiendo por qué estás haciendo estas cosas. Tus acciones no tienen sentido alguno. Te noto desesperada y dejaste que esa desesperación nuble tu juicio. Me mentiste, Zilvra. Y lo que es peor, te has mentido a ti misma.

Tenía toda la razón. Zilvra respondió en un susurro, apenas audible:

- No quiero perder tu respeto.

Lythana se acercó un paso, con expresión ilegible. Sus ojos violáceos escrutaron a la joven. Luego extendió la mano, tomando su barbilla, guiando así su mirada hacia la suya.

Y de pronto, curvó los labios en una pequeña sonrisa. Cándida.

- No lo has perdido, pero me sentí decepcionada cuando en vez de afrontarlo huiste. Selise me ha contado vuestra travesura.

Zilvra parpadeó y apartó la mirada por un instante. La dirigió hacia la luna, como si buscase su consuelo.

- Selise... ¿Lo sabe todo?

- No sé si todo, pero me pidió que hablase contigo. Me pidió que intentase hacerte entrar en razón. ¿Cómo quieres su patrocinio cuando haces eso?

Zilvra lanzó su mirada al suelo. Suspiró profundamente. El maldito patrocinio. Todo lo que había hecho hasta ahora, en realidad, seguía una misma obsesión. Y con cada error que cometía, con cada paso que daba, se sentía cada vez más estúpida y desorientada.

Lo que dijo a continuación provino de lo más profundo de su ser.

- Lo sé. Estoy muy cansada. Me he obsesionado con conseguir aprobación. Y no puedo más.

- Todo llegará cuando tenga que llegar. Comprendo la frustración. Pero tu obsesión te llevó por un camino peligroso.

Y no había reproche en su comentario. Lythana se acercó un poco más y la rodeó con sus brazos, en un gesto cálido. Pasó una mano por los cabellos de la elfa oscura y dejó que posara su cabeza sobre su hombro.

A Zilvra se le quebró la voz. Ya no pudo contener las lágrimas que empezaron a caer de su rostro.

- Lo siento. Lo siento.

- Tranquila.

Dejaron pasar un tiempo antes de retomar la conversación. Cuando Zilvra se calmó, Lythana la miró de nuevo, pero con una expresión entristecida. Recordó dolor. Su mano se dirigió a la cicatriz de su cuello.

- ¿Recuerdas lo que te conté de Elendar?

- Sí. Me dijiste que te había traicionado.

- Y fue porque dudé. Me quedé inmóvil y no pude detenerle. Llevaré ese fracaso conmigo para siempre.

La voz de Lythana dejaba entrever como esa herida, ese golpe a su espíritu aún resonaba en su psique a pesar de los años transcurridos. Le explicó las circunstancias de la traición. Y también relató un evento de su pasado. Otro error similar al que Zilvra había cometido. Un pacto… y sus consecuencias.

Los detalles estremecieron su corazón. Ahora entendió su reacción. No estaba enfadada con ella. Tenía pánico de las consecuencias de su decisión desastrosa.

Es por ello que Zilvra decidió hacer acopio de todo su valor para lo que planteó a continuación.

- ¿Quieres que te cuente lo que ha pasado?

- Habrá tiempo para eso, querida. Déjame… unos días. Pero quiero que tengas algo claro. Pase lo que pase, siempre me tendrás a tu lado.

Y luego añadió, alzando un dedo.

- Pero dime la verdad, Zilvra. No más mentiras. Ni secretos. No puedes afrontar todo sola. Has cometido muchos errores que yo misma cometí hace años. Pero no estás sola, y no necesitas recorrer el mismo camino que yo. Por favor, escúchame.

Zilvra asintió. Y se derrumbó, aferrándose a Lythana como si fuera un salvavidas, con sus lágrimas calientes contra el hombro de la mujer mayor. Permanecieron allí, abrazadas, mientras el viento susurraba entre los árboles.

- Después hablaremos y me contarás todo. Lo afrontaremos juntas.

Su voz retomó su carácter afable y dulce. Acarició nuevamente su cabello mientras la abrazaba.
Zilvra recordó unas palabras de su pasado. De un sueño reciente. Miró a Lythana, la que era su mentora, su amiga.

- ¿Te puedo decir algo? Pero no lo digo a malas.

- ¿Mh?

- A veces… me recuerdas a mi madre.

Lythana pareció descolocarse. Conocía el pasado de Zilvra, así que no se lo tomó demasiado bien.

- Espero que no lo digas en serio.

Zilvra se secó las lágrimas, algo más tranquila, y sonrió. Sí, era eso.

- No sé qué es de ella, pero… Quizás en otra vida, me hubiera gustado que la conocieras. No era… tan distinta.
- ¿Pero no me dijiste que te…?

- Sí. Pero nunca me obligó a ser sacerdotisa. Ni a mí, ni a ninguna de mis hermanas. Era fría, pero… a su manera, creo que me quería.

Sin embargo, Lythana no parecía muy convencida con esa explicación. Funció los labios y suspiró, revolviendo el pelo de su discípula.

- No vas a parar hasta matarme de un disgusto.

Y después se rieron. Sería una historia que contarían, años después.

Se volvieron hacia el río, la luz de la luna iluminando su camino. Era un largo camino de vuelta al campamento, y la senda a recorrer para librarse de sus cadenas sería aún más tortuosa. Pero ahora, Zilvra sabía que no tendría que recorrerla sola.

Por ahora, eso era suficiente.​
 
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Skotos

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XXV.

Los árboles del bosque de Alandor se alzaban a ambos lados del camino. Sus ramas oscurecían el cielo tormentoso y ofrecían poco refugio frente a la lluvia incesante. El grupo se movía al unísono: una mezcla de elfos, semielfos y algunos aliados más. Sus pasos resonaban en la tierra húmeda, anunciando su presencia con cada pisada.

Ésa era la intención. Querían hacerse notar.

En lo profundo del bosque, la luz era escasa y las sombras formaban un tapiz cambiante entre las ramas. A pesar de la compañía, Zilvra contuvo la respiración, con movimientos tensos y deliberados.

Nunca antes se había atrevido a aventurarse tan lejos dentro del bosque.

- Todo irá bien. - le diría Rhalein, con una sonrisa despreocupada.

¿Lo era? Ella no estaba tan segura.

Decían los rumores que, para una drow como ella, adentrarse en el bosque significaba una muerte segura. La bienvenida para los intrusos – y los llamados dhaerrow lo eran para los elfos – consistía en una lluvia de flechas, lanzadas por tiradores que habían practicado el arte del tiro durante siglos.

Pero aún así, decidió acudir al llamamiento de sus amigos. Confiaba que su presencia sería suficiente para demostrar que ella no sería amenaza alguna para aquél lugar.

La presencia de Do'ett ayudó a contener sus temores. La otra elfa oscura caminaba abiertamente con el grupo, con el rostro desenmascarado y una sonrisa tranquila jugueteando en sus labios.
Entre los elfos, era ya una figura familiar, una aliada conocida. Aunque el ambiente de la batida no era festivo -después de todo, estaban rastreando a la Horda-, Zilvra percibió un atisbo de emoción en la expresión de Do'ett, como si explorara un lugar que siempre había deseado conocer.

Erevain, Sével y Radix iban delante. Zilvra permanecía en la retaguardia, una sombra entre las sombras, alerta a cualquier sonido que no correspondiera. Eolas y Erin iban justo delante: el Caballero de Verde a caballo, mientras que la recién ungida campeona de Selûne caminaba con la mano apoyada en la empuñadura de su espada.

No muy lejos, figuras conocidas cerrarían la retaguardia: la hechicera Numina, el arcanista Vys e Hilmice, Guardiana de Secretos. Su magia era su mayor contribución a la incursión.

Conocedora de su situación clandestina, Zilvra eligió entonces un papel de poco protagonismo. Permanecería en la retaguardia, curando y protegiendo. Sus compañeros confiaban en ella para mantenerse enteros, especialmente con el conocido salvajismo de la Horda Negra.

Conforme pasaron las horas, siguieron adentrándose en el bosque, buscando cualquier traza de la presencia de orcos. Y a medida que avanzaban la inquietud de Zilvra aumentaba.

El bosque parecía tener vida propia. Cada susurro y cada movimiento recordaban a los de una respiración lenta y constante. Las sombras se deslizaban por los bordes de su vista, retrocediendo cada vez que se giraba para mirar. Se dijo a sí misma que serían sus nervios jugándole una mala pasada; el verdadero peligro residía en la banda de orcos escondida entre la maleza.

Y acabaron encontrando algunos.

Llegado un momento, un puñado de exploradores orcos, con rostros retorcidos por su rabia, cayeron sobre ellos de forma precipitada. Zilvra se quedó atrás, haciendo uso de sus dones para proteger a sus compañeros de cualquier daño.

El combate fue rápido. El silbido de espadas y los gruñidos porcinos de los enemigos llenó el silencio del bosque.

Siguieron adelante hasta que los árboles se ralearon y la última luz se desvaneció del cielo. Los orcos habían dejado señales: pistas que indicarían que estado buscando recursos mineros en depósitos de roca.

Pero para Zilvra, la verdadera batalla se habría librado en su interior. Contra sus propios temores.

Cuando dejaron atrás las sombras, miró hacia atrás, sintiendo el peso de un lugar que parecía conocerla. Un lugar místico, más antiguo que cualquier otra presencia que hubiese conocido antes.

Un lugar en el que ella sería una presencia extraña.

Como siempre, un extraño sentimiento de culpa y vergüenza la perseguía. Tenía la sensación de que estaba intentando recorrer un camino que no le estaba destinado.

El regreso a la seguridad fue tranquilo, más allá de los límites del bosque. La presencia envolvente que la había acompañado se desvaneció con cada paso, hasta que los secretos del bosque se hundieron de nuevo en la tierra.

Habían regresado ilesos. Y con información que enviarían al Enclave.​
 

Skotos

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XXVI.

De pie, apoyada sobre el alféizar de la ventana, Zilvra contempló el paisaje de los llanos exteriores de Athkatla desde su habitación de la posada. La luna, resplandeciente en el cielo, proyectaba un brillo mortecino sobre el lugar.

A esta hora, Athkatla enmudecía. El bullicio característico de las caravanas que iban y venían de la Ciudad de la Moneda daba paso a una quietud singular. Era un contraste que, en ocasiones como esta, cuando necesitaba tiempo para pensar, agradecía.

Pero últimamente, pensar le traía poca paz.

La Luz.

Refulgía en su interior, palpitando.

A veces, lo hacía de forma tenue, aunque constante; pero ahora su presencia se hacía difícil de ignorar. No importaba cuántas veces intentaba hacerlo: su influencia persistía, incesante, conminándola a seguir recorriendo un camino hacia un propósito que, a menudo, se le antojaba incierto.

Hacía tiempo que había dejado de cuestionar esa presencia, aceptándola como parte de sí misma. Pero eso no significaba que dejase de inquietarla.

La Luz.

Seguirla era una promesa de liberación.

Alimentar su esencia le traía calma y un sentimiento de propósito alcanzado. Y ahora, mientras se hacía cada vez más fuerte, cualquier intento de resistir su voluntad se volvía más difícil.

Reflexionó sobre las últimas semanas. Su mirada siguió lánguida la estela de la luna en el firmamento.

Azrael.

Recordó el trato. Y las consecuencias. El perjuicio ya estaba asegurado. Su reputación difícilmente se recuperaría después de haber caído en una trampa tan burda. Por su culpa, casi perdió a Lythana y a sus amigos, aunque creyera que actuaba por su bien.

Casi lo perdió todo.

Pero lo peor no fue eso. Era el hecho de que, en el fondo, él sabía la verdad. Que, dentro de aquel trato, aunque ella eligió la opción más altruista, dicha elección fue, en realidad, impuesta.

Un lazo rojo.

Solo tenía que decir que sí. Pero cuando las palabras se agolparon en su boca, sintió un súbito tirón desde las profundidades de su ser.

La Luz.

Se agitó furiosa, como una llama mecida por el viento. En última instancia, la conminó a seguir su propósito. La dirigió en una dirección. Incluso cuando entregó su voluntad, no lo hizo en beneficio propio.

- Zilvra, la valiente - murmuró, mirando hacia el firmamento. - O más bien, la estúpida.

Recordó la conversación que tuvo con Sariel, Lythana y Eolas. El Caballero de Verde, que había vuelto recientemente de una batida con los elfos, y a la cual ella precisamente había sido conminada a no acudir, había sido especialmente inquisitivo cuando trató de poner palabras a esa influencia. Su respuesta no la dejó indiferente.

- Entiendo lo que queréis decir. Pero aunque neguéis que forme parte de vuestra naturaleza, lo cierto es que habéis atendido su llamada. Permitís que crezca en vuestro interior. Y, de esa forma, servís la causa del Bien.

¿Pero sería realmente cierto? ¿Era este camino realmente suyo? ¿Un camino en el que no era bienvenida, allá donde fuese?

Sintió que no tenía una respuesta clara a esa pregunta. Por el contrario, sus sentimientos se presentarían encontrados: tenía la sensación de recorrer un camino impostado. Temía que, por mucho que lo intentara, solo estuviese siguiendo las compulsiones de un agente externo. Se sentía como un peón en un tablero de sava, sin verdadera agencia o control real sobre su destino.

Las palabras de Eolas seguían resonando en su memoria.

- Recordadlo, dama. Siempre existe una elección.

Pero la verdadera pregunta era: ¿cuándo comenzaría a sentir que esas decisiones eran realmente suyas? ¿Y cuánto podría aguantar hasta que las consecuencias de seguir la Luz llegaran para cobrar su precio?

La Luz.

Era una presencia brillante que se adhería a su espíritu, una llama que no temía la oscuridad que se cernía sobre su destino. Surgía cuando menos lo esperaba, como si fuese un suave empujón que la animaría a percibir la belleza en las cosas que durante tanto tiempo había ignorado.

Pequeños actos de bondad espontánea; la calidez en la sonrisa de un desconocido; la forma en que la luz de la luna suavizaba los contornos de su mundo.

Pensamientos intrusivos, a menudo enloquecedores. Cada vez que esa calidez surgía en su interior, su frustración se agudizaba. ¿Por qué no la dejaba en paz?

Cerró los ojos, deseando sentir quietud; poder ignorar ese resplandor opresivo en su corazón, aunque fuese por un momento.

En esa calma surgió un pensamiento.

¿Merece la pena seguir?

Por primera vez en mucho tiempo, intentó no indagar demasiado en sus sentimientos y frustraciones. Su ira se calmó, transformándose en tristeza. Si algo en ella valía la pena, no podía verlo. Y, sin embargo, ahí estaba: un susurro cálido que la sostenía con más convicción que cualquier cadena.

Abrió los ojos, y la noche se extendía, vasta y silenciosa, como si esperara que eligiera su propia respuesta. La Luz volvió a palpitar, firme, indiferente a su pasado y sus dudas.​
 
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XXVII.

Habían sido días largos. Muy largos.

Con una migraña incesante nublando sus pensamientos, Zilvra se despidió de Lythana, Sariel, Lili, Ylenthar y Zakariel. Lo atribuyó a una mezcla de ansiedad y cansancio. Teniendo en cuenta sus últimas vivencias, tampoco era de extrañar.

Movida por la incertidumbre y la sensación de tener una espada invisible pendiendo sobre su cabeza, no perdió tiempo. Recorrió Athkatla de una punta a otra, haciendo acopio de voluntad y tesón para explicar su angustia a conocidos de confianza. Habló con Hilmice, quien a su vez recomendó reunirse con Numina.

Necesitaba información. Antes de que fuese demasiado tarde.

Pero ahora estaba agotada. Se frotó la frente, pensativa, mientras Zakarel escupía ácido y trataba de provocar a los presentes. Ylenthar se mantuvo tranquilo, con una sonrisa cortés. Sariel y Lili, sin embargo, se mostraron más molestas por el carácter incisivo del drow.

Pero ella tenía problemas más importantes ahora mismo. Más acuciantes.

No tenía tiempo que perder.

Y sin embargo, estaba agotada.

- Necesito descansar. – admitió, murmurando para sí.

Lythana la miró de soslayo, clavando sus ojos violáceos en ella. Le dedicó una sonrisa que no pudo enmascarar su preocupación por su discípula.

- No te preocupes. Encontraremos una solución. Descansa.

Zilvra asintió y decidió retirarse, rumbo a la posada. Mañana sería otro día y podría retomar su investigación sobre Azrael.

El diablo tenía todas las cartas en la mano. Si es que era un diablo; ni tan siquiera eso sabía con certeza. Maldita la hora en la que trató de hacerse la valiente, cargando sobre si misma el peso de una carga que en realidad no le correspondía; como un niño queriendo afrontar un problema a cabezazos, creyéndose invencible.

Se sentía estúpida. Muy estúpida.

Aunque al menos tenía un consuelo. Se suponía que el perjuicio sólo afectaría a ella y no a sus amigos. Ellos estarían a salvo de su error.

Cruzó el umbral de la Luz de Alandor y, sin decir nada al mesero, se encaminó hacia su habitación. Necesitaba ensoñar, ordenar sus pensamientos. Mañana sería otro día.

Todo comenzó cuando cerró la puerta del cuarto.

Era una sensación ya familiar, pero no por ello dejaba de ser horripilante. Un frío que absorbía el aire y lo envolvía todo. Oscuridad hecha esencia, agolpándose como un miasma en un rincón de la estancia.

Una presencia.

Zilvra.

La voz del ser resonó en su mente. El ojo de la drow se lanzó hacia su zurrón. Desesperada, trató de buscar entre sus pertenencias un objeto. El amuleto que le dio Sével. ¿Dónde estaba?

No pierdas el tiempo. Es hora de hablar de nuestro pacto.

- ¡No! ¡No! – gritó al aire, apretando los dientes. - ¡No es justo! ¡Me engañaste! ¡No me dejaste cumplir el encargo!

Juró haber escuchado una risotada, surgiendo desde un rincón de su pensamiento. Era hueca, maliciosa. Llena de desdén.

No niego que te lo haya puesto difícil. Pero nadie dijo que yo no pudiese llevar a Sariel al templo. Y además, me conviene que hagas otras cosas por mí. No te preocupes, pues aceptaré renegociar los términos.

Zilvra trató de ordenar sus pensamientos, a toda velocidad. Tenía que avisar a sus amigos. A Lythana. A Sével. A Eothain. A...

Pero primero pongamos nuestros asuntos en orden. Necesito, antes de nada, una garantía de que vas a cumplir con lo acordado. Sin interferencias. Así que vas asumir ahora el perjuicio pactado.

Y entonces comenzó. Sintió un dolor agudo, una punzada recorriendo su mente. Como si le hubiesen clavado una aguja. Y de pronto, otra. Y otra.

Y otra.

Zilvra cayó al suelo, de rodillas, llevándose las manos a la cara.

- ¡No! ¡Para! ¡Maldito seas!

Pero era demasiado tarde. De pronto, donde había sentido dolor, sólo quedaba una neblina. Una bruma tenue, donde antes había recuerdos. Se escaparon como arena entre los dedos. Rostros, voces, risas...

En su lugar, vacío. Sintió un agujero en su estómago. ¿Qué es lo que acababa de pasar?

Tenía que… buscar a alguien. ¿Pero quién?

No conocía a nadie en Amn en quien pudiese confiar. Estaba sola.

De pronto, el dolor volvió. Pero era distinto, más físico, como si apretasen una brasa ardiente contra su frente. El ardor dio paso a un dolor palpitante e incandescente. Se pasó los dedos sobre la superficie, sintiendo como su piel, de pronto, había quedado abrasada.

Tuvo un mal presentimiento.

Se levantó y se acercó al espejo de la cómoda. Y entonces la vio.

Una marca de quemadura, como si le hubiesen aplicado hierro ardiente sobre su piel. Su carácter impío era inconfundible. Era una declaración de intenciones de la criatura.

Tus recuerdos me pertenecerán hasta que cumplas con lo pactado. Ahora no me falles, Zilvra. Espero grandes cosas de ti.

Y como vino ese susurro, esa presencia, desapareció. Zilvra se quedó de rodillas en la habitación, sollozando.

¿Por qué ahora? ¿Y por qué así? No había tenido tiempo de reaccionar, de defenderse. Se sentiría desamparada.

Y lo peor de todo, es que no tenía a nadie en quien confiar.

Estaba sola.
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XXIX.

Desde su habitación en la Luz del Alandor, Zilvra Veldrin contempló el cielo estrellado, coronado por la luna. A ella entregaba cada noche sus pensamientos. Creía la drow que, en su brillo, hallaría el consuelo que acallaba las tribulaciones de su alma e indicaciones del camino a seguir.

Muchas cosas habrían sucedido en los últimos meses.

El segundo pacto con Azrael y la pérdida de sus memorias. La bruma. El desconcierto. Los sucesivos reencuentros con varios a los que había llamado amigos. Tuvo que volver a conocerlos, uno por uno. Pacientes, fueron recuperando su confianza poco a poco.

Pero aún existía una cierta distancia entre ellos. Una distancia que, admitiría, sería impuesta por ella misma. Cuando Lythana relató sus vivencias, su relación, percibiría estas como una historia que concernía a otra persona. Veía en su mirada ternura, un afecto que sólo podría brindar alguien con quien se habrían compartido memorias importantes.

Pero jamás sentía que fuesen verdaderamente suyas.

Y así, con muchos otros. Hasta aquél fatídico día. Honró una promesa que ni siquiera recordaría. La incursión al templo.

La muerte de Erin.

Había pasado ya algún tiempo, pero su piel aún se acordaría de las puñaladas. Aún le dolían. El mal puro, que inundó sus pulmones como un miasma infecto. La mácula de la culpa.

Y el condenado diablo, ah… en su sadismo, justamente entonces, decidió recompensar el sufrimiento de la drow. Y le devolvió ciertos recuerdos para que se recreara aún más en su tormento.

Ahora recordaría a Erin y a Eothain. Y a uno de ellos, los había perdido para siempre.

Su mirada languideció, perdiéndose entre las estrellas. Trató de contarlas. Se apoyó en el alfeizar de la ventana, pensativa.

Su vida, objetivamente, habría avanzado, pero al mismo tiempo se sentiría desorientada. Y no sólo era debido a la bruma que nublaba su mente. Sus amigos se alejaban. Algunos, presa del dolor. Erin era un elemento de unión entre varios versos discordantes. Hacía semanas que no sabía nada de Erevain. Lythana apenas se dejaba ver.

Sével también había desaparecido. Dijo que tenía negocios que atender en Argluna, pero no supo nada de él desde entonces. No le culpó; cada uno soportaba el dolor a su manera.

Se miró la muñeca, decorada con un simple lazo rojo.

El pensamiento, como le vino, se clavó en su corazón como una puñalada.

Todo por un trozo de tela.

La muerte de Erin lo habría cambiado todo. Lo sentía en su interior. La Luz pulsaba más intensamente. El dolor, el sufrimiento que sentía, hizo que reflexionase sobre sus actos pasados.

Los actos tendrían consecuencias. Y no habría vuelta atrás.

Erin había muerto. Por su culpa.

Zilvra se levantó, dejando la ventana abierta. Se encaminó hacia el escritorio y cogió la pluma. Se quedó frente al pergamino en blanco por lo que pareció una eternidad, tomando estos y muchos otros pensamientos en cuenta, antes de verterlos en su escritura.

Era hora de despedirse.​
 
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XXX.

- Veldrin.

La mención de su nombre sacó a la drow de su ensimismamiento. De pie, con la vista fija en un punto de la pared, miró a quien se dirigió a ella. Era un humano de mediana edad, rostro huraño y voz autoritaria. Lanzó una mirada severa e hizo un gesto para llamar su atención.

Estaba en el cuartel. Había ya pasado un tiempo… semanas, meses incluso. Su vida había dado un vuelco. Había conseguido la ciudadanía y nada más firmarla, se alistó a las Fuerzas Armadas.

- ¿Me estás escuchando, Veldrin? ¿Se puede saber qué te pasa, recluta?

- Mis disculpas, sargento.

La drow asintió e hizo un gesto que recordaría a un saludo marcial. Sin embargo, no era un ademán que le surgiese con naturalidad. Aún no. Había pasado un tiempo adiestrándose tras haber sido enlistada, aunque gran parte de la formación le pareció muy… básica. Pasaban poco tiempo practicando las armas y bastante más del que le gustaría leyendo la Carta de la Moneda.

No era lo que se había imaginado.

- Si no tienes la mente aquí, no me sirves, Veldrin. - El sargento dejó caer las palabras con firmeza, cruzándose de brazos mientras la observaba. - En esta vida no basta con saber blandir una espada. Aquí hay reglas, y a todos nos toca cumplirlas. ¿Entendido?

- Entendido, sargento.

El hombre no pareció del todo convencido, pero dejó el asunto y continuó repasando las tareas del día. Zilvra se mantuvo en su lugar, sin dejar que su expresión traicionara la mezcla de frustración y cansancio que sentía. Sí, era la palabra correcta para describir la sensación que la acompañaba siempre, últimamente.

Cansancio.

Aún tenía muchas cuestiones que resolver, pero le fallaban las fuerzas. El asunto del demonio. La Voz. Las entregas del periódico.

Y Lythana. Pasaban las semanas, y no la veía.

Tampoco a Sével.

El cuartel del Distrito de la Guardia de Athkatla no era un lugar particularmente acogedor. Su interior, haciendo gala de las preferencias castrenses, se mostraba frío, austero. Sobrio. La única decoración destacable eran los estandartes rojos que portaban el blasón del león, un símbolo de la autoridad amniana. Los reclutas iban y venían, la mayoría de ellos jóvenes humanos que hablaban entre murmullos, como si el simple hecho de levantar la voz fuera una falta de disciplina.

Zilvra destacaba como un clavo mal puesto. Era, sin duda, el origen de habladurías. ¿Una drow, en la guardia? Vale que ya tenían una kenku entre sus filas, y eso ya generaba todo tipo de comentarios en la comandancia. ¿Pero ella también?

De vez en cuando oía comentarios en los pasillos. Solían venir de los soldados veteranos.

- ¿Se ha vuelto loco el Teniente? Algún día aceptarán azotamentes, ya te lo digo yo.

- ¿Y si nos apuñala por la noche? He oído que los drow se vuelven locos con el olor a sangre.

Y estos eran los comentarios ‘afables’.

El sargento siguió hablando, volviendo a sacar a Zilvra de su ensimismamiento.

- Veldrin, toma estas instrucciones y dirígete al patio. El capitán quiere que estés en la ronda de inspección de esta tarde.

- Sí, sargento.

Tomó el pergamino enrollado y salió del barracón. Afuera, el aire refrescaba, pero el cielo comenzaba a nublarse. El patio del cuartel era un lugar amplio, con zonas de entrenamiento delimitadas y varios soldados practicando formaciones básicas.

Esta es mi vida ahora, pensó mientras se dirigía a la fila de reclutas que esperaba instrucciones para la ronda. Su mirada recorrió a los demás soldados: algunos parecían tensos, otros aburridos. Nadie hablaba mucho.

La ronda comenzó sin incidentes. Caminaron por las calles cercanas al cuartel, vigilando los mercados y observando a los transeúntes. Una disputa menor entre dos mercaderes les obligó a detenerse brevemente. Zilvra dejó que el líder de la patrulla, un soldado veterano resolviese el asunto.

No pudo evitar pensar en lo distante que resultaba esta rutina de su vida anterior, e incluso de sus vivencias previas. Se habían acabado las aventuras. Las intrigas. Las hazañas. Todo se había impregnado de una extraña sobriedad, pragmatismo y certidumbre.

Todo se volvió previsible. Y eso la desconcertaba más de lo que esperaba.

Mientras avanzaban por una de las calles principales, el cabo se giró hacia ella.

- ¿Qué opinas de todo esto, Veldrin? - preguntó con un tono casual que contrastaba con su habitual seriedad.

Zilvra lo miró por un momento antes de responder.

- Diferente a lo que esperaba.

- A todos nos pasa. Pero te acostumbras. La mayoría de los días son así: aburridos. Y créeme, cuando llega algo fuera de lo común, desearías volver a las patrullas tranquilas.

No respondió. No porque no tuviera nada que decir, sino porque las palabras no parecían suficientes para expresar lo que sentía. Quizás tenía razón. Quizás, con el tiempo, se acostumbraría.

Por ahora, simplemente seguiría caminando.​
 

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XXXI.

La segunda incursión al templo de Bhaal no trajo gloria alguna. Lo que quedó, al final, fue un sabor amargo en su boca, una sensación de vacío que no se llenaría con nada.

La comitiva, nutrida y bien organizada, incluía a la Iglesia de Selûne, el Acero Argénteo, Julieth Noylen y otros aventureros. Todos con su papel, todos con su propósito. Y, por supuesto, también estaba ella.

Pero lo que encontraron allí no se parecía a lo que ella había imaginado, ni mucho menos a lo que buscaba. Porque sí, había justicia en el fondo de todo aquello, en las palabras que había pronunciado para justificar su participación. Pero era una fachada. En lo más profundo de su ser, sabía que la justicia no era lo que la movía. No del todo. Lo que la impulsaba, lo que hervía bajo la superficie, era un sentimiento mucho más oscuro.

Mucho más propio de su antiguo yo.

La venganza.

Y esa venganza le fue negada.

Eothain lideró la incursión. El caballero ffolk, tras recuperarse de sus heridas y armarse con una renovada fe en Selûne, se convirtió en el guía natural del grupo. Su voz serena, su porte firme, reconfortaron los ánimos del grupo en un avance incierto.

No fue una marcha sencilla. Las emboscadas fueron constantes, y las trampas, cruelmente ingeniosas. Una de ellas, oculta con maestría, casi le costó la vida a Sir Vor, un Caballero de la Luna. Fue Numina quien resolvió el problema, con esa mezcla de pragmatismo y habilidad que siempre la caracterizaba.

- Esta vez no dejaremos a nadie atrás. - dijo Eothain. Su tono no admitía discusión.

El grupo llegó finalmente al templo. Las puertas se alzaban una vez más, con aquellos guardianes escalofriantes que parecieron observarlos, en su silencio inmóvil. Allí los esperaba un dilema, uno que Sariel resolvió sin vacilación. El sacrificio.

La sacerdotisa tomó una daga, cortó su muñeca y dejó que unas gotas de su sangre cayeran al suelo. El círculo frente al portón reaccionó de inmediato, iluminándose. Y los guardianes se quedaron inmóviles.

¿Y ya estaba? ¿Ése era el sacrificio? No podía ser. Tan… ¿sencillo?

Zilvra se sintió profundamente engañada y frustrada. ¿O es que habían desactivado las defensas del templo?

No, no podía ser eso. Aunque…

Lo era.

Zilvra esperaba encontrar resistencia al otro lado. Quizá huestes fanáticas, listas para morir por el Señor del Asesinato. Tenía la esperanza de que la Voz, en su fanatismo, hubiese decidido encerrarse en el santuario, quizás temiendo de que pronto caería si no protegiese. Pero si bien eran sanguinarios, no eran estúpidos. Ni siquiera cobardes.

Eran fanáticos, no estúpidos.

Eothain tenía razón. La lógica dictaba que los bhaalistas habían abandonado el lugar, que habrían trasladado su santuario a un nuevo escondite. Pero ella no quería lógica. Quería enfrentarse a ellos.

Quería saciar su sed de venganza.

Lo que encontró fue decepción. Las paredes estaban desnudas, despojadas de sus símbolos y adornos macabros. Los altares, los espejos oscuros, todo lo que representaba el poder y la devoción a Bhaal, había desaparecido. Y por supuesto, ni rastro del cuerpo de Erin.

Tan sólo había quedado algo. En el foso, un hombre los esperaba.

Era un despojo humano, encorvado, esperando su llegada. No intentó resistirse ni suplicar. Solo habló, y sus palabras, aunque quebradas, eran claras: sus esfuerzos habían sido en vano.

Zilvra sintió una profunda rabia. La Luz, a la cual ella había aprendido a escuchar, se agitó con fuerza, pero no como una guía. Era rabia pura, una tormenta que pedía acción. Titilaba, intentó advertirla. La ira trae consecuencias, susurró. Pero Zilvra no escuchó. No podía.

Él pidió que lo mataran.

Ella quiso hacerlo.

Pero no con su espada.

El primer puñetazo resonó en la sala vacía. Fue como romper un espejo, aunque el reflejo que se desmoronó no era el suyo. El segundo golpe fue más fuerte, más visceral. Toda su frustración, toda su impotencia, se concentró en sus puños. Iba a dar un tercero, pero una mano firme la detuvo.

- Basta. - dijo Sariel. Su voz intentó sonar autoritaria, pero en realidad tan sólo pretendía llegar a su amiga.

El cultista cayó al suelo, tosiendo sangre, pero aún vivo. Eothain y Sariel no permitirían que muriese. No todavía. Necesitaban respuestas, aunque fuesen fragmentos incoherentes. Así que lo arrastraron fuera del templo, un peso muerto que se tambaleaba entre ellos.

Antes de marcharse, prendieron fuego al lugar. Las llamas devoraron las paredes, consumiendo los últimos vestigios de Bhaal en aquel santuario impío. Pero ni el fuego ni las cenizas fueron suficientes.

Nada sería suficiente.

En medio de su locura, entre súplicas y gritos, el cultista habló. La Voz y su Profeta ya no estaban allí. Habían huido a Murann, llevándose con ellos su fe, sus matanzas, y su venganza.

Los estarían esperando allí. Era una provocación, sin duda. Una trampa, con toda seguridad.

Pero igualmente, esto no quedaría así. Acabarían lo que habían empezado.

Zilvra caminó en silencio tras el grupo, la mirada perdida en las llamas que consumían el templo. Se suponía que debía sentir algo: alivio, satisfacción, algo que justificara todo lo que habían hecho. Pero no era así.

Solo quedaba la rabia. Y el vacío.

Se haría justicia ese día, pero no sería la suya. El cultista sería llevado a las autoridades amnianas.

Y todo Amn sabría a partir de ese día quién era Gaib Ashul, la Voz de Bhaal.

Offtopic :
Agradecimientos a DM Ahriman por la escena.
 

Skotos

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XXXII.

Zilvra se aclimató a la vida castrense más rápidamente de lo que hubiese esperado. La vida en Amn, pese a todas las inclemencias previas que había sufrido, era infinitamente más benigna que su existencia anterior en la Infraoscuridad. Para suerte o desgracia, la memoria de los elfos, incluyendo los drow, era larga y precisa, por lo que seguiría marcada por mucho tiempo por esas experiencias previas. Incluyendo Thay.

Amn, pese a todas sus sombras, era una tierra de oportunidades. Incluso para desarraigados como ella.

Desde hace un tiempo había tomado un cierto gusto a vivir lo que algunos llamaban “la experiencia humana”. Ella simplemente llamaba a eso “vivir”. Disfrutar del presente, de los pequeños momentos. De no tomar nada como garantizado y duradero. La existencia, aún para aquellos que pudiesen “disfrutar” de un periodo largo, era igualmente breve dependiendo de estilo de vida escogido.

Y Zilvra Veldrin sabía que su vida jamás sería plácida. Podría autoengañarse, decir que buscaba tranquilidad y paz, pero en realidad era incapaz de quedarse quieta y quedarse viendo las nubes pasar.

Ahora que había saboreado las mieles de la ciudadanía, sabía que debía hacer algo con esta libertad adquirida.

Ahora, todo debía cambiar.



---



- Tú. La drow. Quédate.

La voz de la Comandante Zarah Al-Hakim era firme. Durante toda la reunión no habría apartado su vista de ella. Los soldados iban saliendo de la sala de reuniones, aún sorprendidos por lo sucedido. Llegaba la hora, al parecer, de imponer mano dura en la División de la Moneda. Y la nueva comandancia ya se habría cobrado sus primeras piezas.

Zilvra sospechaba que sería la siguiente. ¿Y por qué no? Su presencia era molesta.

- Esta división es conocida por su heterogeneidad. – dijo el Capitán Stromneld. – Y eso, soldados, no es una virtud. Con la falta de uniformidad llega el caos. Y con el caos, llega la anarquía.

Que Leandro Sarmiento hubiese sido expulsado no sería nada que tomase a nadie de sorpresa. Se presentó con su actitud habitual: inmune a cualquier convención social. Casi una hora tarde, interrumpiendo el discurso de la jefatura, arrastrando la panza y con un aire tranquilo, casi estúpido, de quien se siente intocable y rey de una taifa. Además, se habría cobrado una pequeña venganza. Recordando las palabras del Sargento Castillo, que empezó a discutir en una reunión anterior por el tamaño estándar de las hombreras de los uniformes, Sarmiento decidió cambiar las propias y optó por un conjunto lo más estrafalario posible: picudas, llenas de ornamentos innecesarios, que en conjunto con su panza le darían un aspecto similar al de una olla, o quizás una jarra.

Tras un breve intercambio, en el que Sarmiento mencionó algo fuera de lugar, el Capitán Stromneld frunció el entrecejo y dijo, severo.

- Soldado Leandro Sarmiento. Es usted un despojo miserable. Un trozo de basura cuyo acceso a las fuerzas de Amn sólo puede justificarse por un oficial reclutador desesperado por cubrir su cuota.

Y, tras agarrar sus hombreras, y arrancarlas de cuajo de su uniforme, prosiguió:

- Bajo autoridad de la Mesa de Oficiales, y tras una investigación de los registros y denuncias, queda usted con efecto inmediato y deshonor, expulsado de las Fuerzas Armadas de Amn.

El lloriqueo de Sarmiento, cuyo uniforme pareció incapaz de contener más su abultada figura, habiendo sido parcialmente desgarrado a la altura de los hombros, ayudó a reafirmar el patetismo del personaje y de la propia escena. Zilvra sintió por aquel hombre, que no era más que el producto de una nación corrupta y autocomplaciente, algo similar a lástima. Sin duda había llegado al límite de su competencia y parecía ser que Amn no estaba dispuesta a pagar el precio.

Otros oficiales corrieron suerte similar. Castillo y Tenorio fueron degradados. El mensaje era claro: se haría limpieza. No se permitiría incompetencia. Incluso el Teniente fue cuestionado, al priorizar los ataques de la Horda frente a la crisis del Heraldo.

Así que cuando Zilvra fue invitada a sentarse junto a la Comandante Zarah Al-Hakim, no recibió el ofrecimiento como un cumplido. Quizás aprovecharían para cuestionar el criterio de Ewan a la hora de elegir nuevos reclutas para sus filas.

No fue hasta cuando todos se sentaron en la mesa, que la Comandante empezó a hablar.

- Teniente Ewan. Si bien he sido dura, aquí se pretende mandar un mensaje. Recibimos su plan para Kalathyr y nos ha agradado mucho lo que se pretende hacer con los refugiados. Les daremos una salida tras haber invertido mucho en ellos.

Salida a la plaga. Es como la Comandante se había referido a ellos. Zilvra, que había pasado mucho tiempo atendiendo a esa gente, ayudándola, no pudo evitar esbozar muecas incómodas a medida que Al-Hakim se refirió a la situación de aquellos desgraciados como si se tratasen de una mancha difícil de quitar.

Pero detrás de aquella fachada inclemente, había algo más. La elfa oscura pronto lo descubrió.

- Trabajarán para nosotros, fortificando nuestra posición. Y les proporcionaremos entrenamiento y educación. Si pasan ese periodo formativo con éxito, les otorgaremos la plena ciudadanía amniana.

Y Al-Hakim fijó su mirada en Zilvra. Ella había estado en silencio todo este tiempo.

- Nombre y cargo.

- Zilvra Veldrin. Recluta.

- Bien, Recluta Veldrin. Tú te encargarás de su formación. Su éxito o fracaso dependerá de ti.

Zilvra abrió los ojos, de pronto. ¿Ella? ¿Cómo era posible? Miró a Ewan, el cual pareció simplemente asentir, conforme. El Magistrado Gelvalm, que seguiría repasando los esquemas de una carpeta que habría traído, tampoco tuvo mucho que decir al respecto.

- Sí, señora.

- Bien.- Al-Hakim asintió, dedicando una última mirada a la drow. Con cada una, pareció escrutarla con detenimiento. Pero pronto se volvió hacia Ewan. – En otro orden de asuntos…

Siguieron hablando de otros temas, pero Zilvra se quedó impactada por el encargo. No era un asunto menor. Después de aquellas críticas, había una voluntad de construir algo dentro de aquella necesidad. Quizás no con intenciones demasiado nobles, pero para ella también resultaría una ocasión de hacerse valer en un contexto distinto.

Podría ayudarles. Les daría una guía. Y mejor que fuese ella, frente a otros con intereses más opresivos.

Por ahora, creería en el sistema. No le quedaría más remedio. Y la Luz, por cómo refulgió en su interior, pareció coincidir con ella.​
 
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Skotos

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XXXIII.

Todo empezó con un maldito perro.

Maldita la hora. Fue en Caravassar donde se topó con él. Por algún motivo, sus pasos la llevaron a la ciudad de los genios. Se dijo a sí misma que necesitaba suministros que sólo podría encontrar en el Gran Bazar.

Sin embargo, en plena avenida, se topó con varios conocidos y otros que aún no lo eran. Eothain, Sariel, Arianne. Una muchacha llamada Mernalyn y una elfa llamada Briel. Al parecer, estaban allí para atender recados similares al suyo.

Pero todo cambió cuando Zilvra detuvo la vista en un pequeño animal que se escondía entre un par de caravanas.

Era un perro escuálido, un mestizo de raza incierta. De mirada vidriosa y asustada, propio de una criatura que había pasado mucho tiempo a la interperie y abandonada a su suerte. El can cruzó miradas con ella, y como muchos de los suyos harían, ante sabía instintivamente que tener la atención de una drow no era algo necesariamente positivo. Replegó las orejas, en clara señal de temor, y empezó a alejarse.

Cojeaba.

Zilvra se quedó inmóvil. Fijó su atención en el perro como si su mera existencia hubiera detenido el bullicio del Gran Bazar. Las voces de sus compañeros se desvanecieron en un segundo plano. Algo en sus ojos, el movimiento vacilante de sus patas, le resultaba dolorosamente familiar. Era una criatura que conocía el miedo, el hambre y el abandono.

Sintió un nudo en el estómago.

- ¿Zilvra? ¿Estás bien?

La drow no respondió de inmediato a la llamada de atención de Sariel. La Luz empezaba a murmurar en el fondo de su mente, Era un impulso que, aunque trataba de ignorar, siempre terminaba guiándola hacia actos que ella no habría elegido por voluntad propia.

El perro empezó a cojear rápidamente, desapareciendo entre las caravanas. Zilvra dio un paso hacia él, y luego otro, sin darse cuenta de que los demás la seguían con curiosidad.

- Vaya… Ahora me dedico a seguir perros callejeros. Espero que la Aurísima esté orgullosa de mi. – se lamentó Arianne, dejándose arrastrar por la presión de grupo.

- Os podéis quedar aquí.

Sariel intercambió una mirada con Arianne.

- Tampoco es que tengamos nada mejor que hacer, ¿no? Sigamos al perro. Pobrecito.

Zilvra se movió con rapidez, serpenteando entre la multitud. Pero el perro se mostró más esquivo y ágil de lo que parecería a primera vista. La drow murmuró una maldición, y por un momento casi lo perdió de vista, hasta que lo encontró en un rincón estrecho, entre dos carretas. Allí estaba, temblando y con la cabeza baja, como si esperara lo peor.

Se agachó lentamente, sin acercarse demasiado.

- No voy a lastimarte. - murmuró. Anque el animal no entendería sus palabras. Sus ojos, sin embargo, reflejaron algo más suave, algo que rara vez mostraba: comprensión.

El perro gruñó débilmente, un sonido más de advertencia que de agresión. Zilvra lo observó por un momento más y luego, sin decir nada, sacó un pedazo de carne seca de su bolsa. Lo dejó en el suelo, a una distancia segura, y retrocedió.

El perro dudó, sus ojos cambiando entre el rostro de la drow y la comida. Finalmente, se acercó, tambaleándose, y empezó a comer con avidez. Zilvra permaneció inmóvil, observándolo en silencio. Una pequeña sonrisa, apenas perceptible, apareció en sus labios.

- Zilvra, ¿qué haces con ese perro?

La voz de Sariel la sobresaltó. Giró la cabeza para encontrar a sus compañeros detrás de ella, todos mirándola con distintas expresiones de incredulidad y curiosidad.

Zilvra se levantó lentamente, su mirada mostrando una cierta perplejidad. Ni ella misma sabía lo que estaba haciendo.

- No. Sólo estaba... observando.

Eothain se acercó, agachándose junto al perro. En cuanto notó la presencia del Caballero de la Luna, retrocedió un paso.

- Parece que lleva días sin comer. Pobrecillo. Deberíamos hacer algo.

Cuando el chucho terminó de devorar la carne seca, comenzó a moverse de nuevo. Cojeaba menos, aunque aún se tambaleaba. Dio unos pasos hacia una callejuela oscura que conectaba con el resto del Gran Bazar. Zilvra lo observó con extrañeza. No era común que los animales simplemente se alejaran sin más después de recibir ayuda, ¿no? No es que fuese una experta en tratar con ellos, pero algo en todo esto no cuadraba.

Y de pronto, desapareció.

La drow bufó para sus adentros. Seguía herido.

- Zilvra, que es sólo un perro. – reprochó Arianne, al ver que echó a andar tras él.

Y así fue como el grupo siguió al perro por las calles de Caravassar. El animal caminaba con un propósito, probablemente, y era endiabladamente rápido para estar cojo. Atravesó múltiples callejones y evitaba a los comerciantes y transeúntes con una pericia propia de quien llevaba una vida entera vagando por el lugar.

Finalmente, llegaron a las afueras del bazar, donde una vieja casa abandonada, con las ventanas rotas y una puerta apenas colgando de sus bisagras, se alzaba como una mancha en el paisaje bullicioso.

El perro se detuvo frente a la puerta y miró al grupo. Sus ojos brillaron con un destello extraño, como si los estuviese … ¿escrutando?

Y entró de pronto en la casa.

Súbitamente, un torrente de maullidos. Una jauría de gatos, quizás unos veinte, empezaron a escurrirse despavoridos. Algunos salieron por la puerta; otros por la ventana. Era evidente que no querían compartir la estancia con el perro.

El grupo se quedó perplejo, observando aquella escena. Todo por un perro. ¿Realmente era el mejor uso de su tiempo?

La casa estaba oscura y olía a humedad y descomposición. El perro cojeó hasta el centro de la sala principal y se detuvo. Zilvra intentó acercarse para observar mejor su herida, pero el animal gruñó, mostrando unos colmillos que parecían demasiado afilados para un perro callejero.

- Déjame intentar algo.- dijo Mernalyn.

La muchacha murmuró unas palabras; una melodía. Al principio, un tarareo, pero era una melodía que portaba un extraño poder arcano. De pronto, un resplandor tenue rodeó al animal. Este quedó inmovilizado en el acto y sus patas se volvieron rígidas.

Pero por algún extraño motivo, no pareció alterarse lo más mínimo. Se quedó mirando al grupo fijamente. Expectante.

Zilvra, entonces, acudió a sus dones. Juntó los manos y murmuró unas palabras. No era una plegaria, si no más bien una promesa.

Una promesa de sanación.

La chispa divina se agitó en su interior y brotó de sus dedos, canalizándose hacia la herida. Los huesos del chucho crujieron y todo se recompuso. De pronto, la pata del animal se quedó intacta, como si jamás se hubiese lastimado.

Fue entonces cuando ocurrió.

El perro comenzó a temblar, y su cuerpo se deformó grotescamente. Se… incorporó. Sus ojos se retorcieron, revelando dos cuencas huecas, de cuales cuales irradiaron dos focos llenos de malicia rojiza. Su morro se abrió hasta un extremo imposible, mostrando hileras de dientes que más bien parecían sierras.

- Bien hecho, bien hecho.

La voz del ser era…. Sobrenatural. Desde luego, no era la de un perro. Los perros no hablaban. Sería drow, pero Zilvra habría vivido ya lo suficiente en la superficie como para saber lo evidente.

- Uuuh… ¡Eso no se parece a un perro! ¿Qué es esto? – la expresión de Mernalyn se torció, adoptando un semblante asustado.

Eothain, Sariel y Arianne se intercambiaron varias miradas. La elfa, de nombre Briel, se mantuvo en silencio y expectante.

No, no era un perro.

Era algo más.​
 
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